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lunes, 29 de octubre de 2018

Algunos dicen que/ no existe

OLAV H HAUGE

(Ulvik, Noruega, 1908 - 1994)

Una palabra

Una piedra 
En un río frío. 
Otra piedra más 
Tengo que poner más piedras 
Para poder cruzarlo.
***
Corté el manzano grande 

Corté el manzano grande que tenía delante de la ventana. 
Me tapaba la vista, esa era una razón, hasta en verano 
estaba oscura la habitación, además 
en el mercado de frutas ya 
no querían sus reinetas. 
Pensé en lo que hubiera dicho 
mi padre, a él le gustaba 
aquel manzano. 
Pero lo talé. 

Todo se hizo más luminoso, puedo 
ver todo el fiordo 
y seguir mejor lo que pasa 
en todas las direcciones, 
la casa está ahora 
más a la vista, 
se exhibe mejor. 

No quiero admitirlo, pero echo en falta al manzano. 
***
La verdad

La verdad es un ave tímida,
como el Roc que
llega cuando no lo esperas,
a veces antes,
a veces después.
Algunos dicen que
no existe;
quienes la han visto
se quedan callados.
Nunca he pensado en la verdad
como en un ave doméstica,
pero si lo fuera
ciertamente se le podrían acariciar las plumas
sin encerrarla en algún rincón
hasta que levantara los ojos y las garras en contra nuestra.
Otros consideran que la verdad es
el filo frío de un cuchillo;
es a la vez
ying y yang,
la serpiente entre la hierba
y el carrizo que escapa de entre las garras del águila
cuándo ésta piensa que su vuelo es ya demasiado alto.
También he visto
a la verdad cuando muerta:
tenía los ojos como los de un conejo paralizado. 


Traducción de Francisco J. Uriz

martes, 7 de febrero de 2017

Cien habían muerto de alegría

ODVEIG KLYVE

(Noruega, 1954)

En un día de septiembre del siglo XX Colombia le ganó a Argentina cinco a cero Cien mil personas mareadas por el triunfo celebraron la hora la tarde la noche
el pasado el futuro Cuando el sol salió mil
seguían en la calle tendidos sangrando de júbilo y cien habían muerto de alegría
Los restantes regresaron sigilosos
al frío de la guerra a los códigos de corrupción con los restos de las victorias que marean
las esperanzas que marean.

De Balístico. Traducción al español de Zingonia Zingone.

domingo, 3 de enero de 2016

Un encuentro inesperado no debe durar demasiado

KJELL ASKILDSEN

(Mandal, Noruega, 1929)

MARÍA

Un otoño me encontré por sorpresa con mi hija María en la acera delante de la relojería; estaba más delgada, pero no me costó nada reconocerla.
No recuerdo ya por qué estaba yo en la calle, pero tenía que tratarse de algo importante, porque fue después de que la barandilla de la escalera se hubiera roto, así que en realidad ya había dejado de salir a la calle. Pero fuera como fuera, me encontré con ella, y se me ocurrió pensar: Qué casualidad tan extraña que yo haya salido justamente hoy.
Pareció alegrarse de verme, porque dijo «padre» y me dio la mano. Ella era la que más me gustaba de mis hijos; cuando era pequeña decía a menudo que yo era el mejor padre del mundo. Y solía cantar para mí, por cierto bastante mal, pero no era culpa de ella, lo había heredado de su madre.
«María -dije-, eres realmente tú, tienes buen aspecto». «Sí, bebo orina y soy vegetariana», contestó.
Me eché a reír, hacía mucho que no me reía, imagínate, tenía una hija con sentido del humor, incluso con un humor un poco atrevido, quién lo diría. Fue un momento hermoso.
Pero me equivoqué, qué fastidio que uno nunca consiga quitarse las ilusiones de encima. Mi hija se quedó como embobada y con la mirada perdida. «Te estás burlando de mí -dijo-, Pero si yo te contara…». «Me pareció haberte oído decir orina», contesté. «Orina, sí, y me he convertido en otra persona». No lo dudé ni un momento, era lógico, debe de resultar imposible seguir siendo la misma persona antes y después de haber empezado a beber orina. «Bueno, bueno», dije en tono conciliador, y con ganas de hablar de otra cosa, tal vez de algo agradable nunca se sabe.
Entonces me fijé en que llevaba una alianza y le comenté: «Veo que te has casado». Ella miró el anillo. «Ah, lo llevo sólo para mantener a raya a los pesados». Eso sí que tendría que ser una broma, calculé rápidamente que por lo menos tendría unos cincuenta y cinco años, y tampoco era tan guapa. Así que volví a reírme por segunda vez en mucho tiempo, y en medio de la acera. «¿De qué te ríes?», preguntó. «Creo que me estoy haciendo mayor», contesté, cuando me di cuenta de que me había equivocado una vez más, «conque es así como se hace hoy en día». Ella no contestó, así que no sé, supongo y espero que mi hija no sea muy representativa de los nuevos tiempos.
Pero ¿por qué he tenido hijos como ella, por qué?

Nos quedamos un instante callados, pensé que ya era hora de despedirse, un encuentro inesperado no debe durar demasiado, pero justo en ese momento mi hija me preguntó si me encontraba bien. No sé lo que quiso preguntar, pero contesté la verdad, que lo único que me molestaba eran las piernas. «Ya no me obedecen, mis pasos son cada vez más cortos, y pronto no podré moverme».
No sé por qué le hablé tanto de mis piernas, y ciertamente resultó que no debería haberlo hecho. «Será la edad», dijo ella.
«Desde luego que es la edad -contesté-, ¿qué otra cosa iba a ser?». «Pero supongo que ya no necesitas usarlas tanto, ¿no?». «Si tú lo dices -contesté-, si tú lo dices».
Al menos captó la ironía, diré eso en su favor, y se irritó, pero no consigo misma, porque dijo: «Todo lo que digo está mal». No supe qué contestar a eso, ¿qué podría haber contestado? Me limité a sacudir la cabeza inexpresivamente, ya hay demasiadas palabras en circulación por el mundo, y el que habla mucho no puede mantener lo dicho.
«Bueno, tengo que seguir mi camino -dijo mi hija tras una pausa breve, pero lo suficientemente larga-, tengo que ir al herbolario antes de que cierren. Ya nos veremos». Y me dio la mano.
«Adiós, María», dije. Y se marchó.
Esa era mi hija. Sé que todo tiene su lógica inherente, pero no siempre resulta fácil descubrirla.
***
La señora M.

Una de las pocas personas que saben que aún existo es la señora M., de la tienda de la esquina. Dos veces por semana me trae lo que necesito para vivir, pero no es que se mate por el peso. La veo muy de tarde en tarde, porque tiene una llave del piso y deja la compra en la entrada, es mejor así, de ese modo nos protegemos mutuamente, y mantenemos una relación pacífica, casi diría amistosa.
Pero una vez que la oí abrir la puerta con su llave, me vi obligado a llamarla. Me había caído y me había dado un golpe en la rodilla, y era incapaz de llegar hasta el diván. Por suerte, era uno de los días en que le tocaba subirme la compra, así que sólo tuve que esperar cuatro horas. La llamé cuando llegó. Quiso ir a buscar un médico inmediatamente, su intención era buena, sólo es la familia más allegada la que llama al médico de mala fe, cuando quiere librarse de la gente mayor. Le expliqué lo necesario sobre hospitales y residencias de ancianos sin retorno, y la buena  mujer me puso una venda. Luego hizo tres sándwiches que me dejó en una mesa junto a la cama, además de una botella de agua. Al final, llegó con una vieja jarra que encontró en la cocina. “Por si la necesita”, dijo.
Y se marchó. Por la noche me comí un sándwich, y mientras me lo estaba comiendo vino a verme. Su visita fue tan inesperada que he de admitir que me vencieron los sentimientos, y dije: “Qué buena persona es usted”. “Bueno, bueno”, dijo escuetamente, y se puso a cambiarme la venda. “Esto le irá bien”, dijo, y añadió: “Así que no quiere saber nada de las residencias de ancianos; por cierto, supongo que sabe que ahora no se llaman residencias de ancianos, sino residencias de la tercera edad”. Nos reímos los dos de buena gana, el ambiente era casi alegre. Es un placer encontrarse con personas que tienen sentido del humor.
La pierna me estuvo doliendo durante casi una semana, y ella vino a verme todos los días. El último día dije: “Ahora estoy bien, gracias a usted”. “Bueno, no se ponga solemne –me interrumpió–, todo ha ido perfectamente”. En eso tuve que darle la razón, pero insistí en que, sin ella, mi vida podría haber tomado una desgracia sin rumbo. “Bah, se las hubiera arreglado de una u otra manera –contestó–, es usted muy terco. Mi padre se parecía a usted, así que sé muy bien de lo que  hablo”. Me pareció que estaba sacando conclusiones sobre una base demasiado endeble, pues no me conocía, pero no quise que pareciera una reprimenda, de modo que me limité a decir: “Me temo que piensa demasiado bien de mí”. “Oh, no –contestó–, debería usted haberlo conocido, era un hombre muy difícil y muy testarudo”. Lo decía completamente en serio, admito que me impresionó, me entraron ganas de reírme de alegría, pero me mantuve serio y dije: “Comprendo. ¿También su padre llegó a muy mayor?” “Ah sí, muy mayor: Hablaba siempre mal de la vida, pero nunca he conocido a nadie que se esforzara tanto por conservarla”. A eso podía sonreír sin problemas, resultó liberador, incluso me reí un poco, y ella también. “Supongo que usted también es así”, dijo, y me preguntó impulsiva si le dejaba leerme la mano. Le tendí una, no recuerdo cuál de las dos, pero quiso la otra. La miró atenta durante unos instantes, luego sonrió y dijo: “Justo lo que me figuraba, debería usted haber muerto hace mucho tiempo”. 
De Últimas notas de Thomas F. para la humanidad, Ediciones Lengua de Trapo.
Traducción: Kirsti Baggethum y Asunción Lorenzo

viernes, 22 de noviembre de 2013

Crepita la leche de las vacas de los prados

Jan Erik Vold
(Oslo, Noruega, 1939) 
Hokusai. Tomada de Wikipedia

Hokusai, el viejo maestro, que pintó una ola como nadie había pintado una ola antes que él
     Hokusai
llegó 
casi a los 90. Cuando tenía 75
años, dijo 
de sus cuadros: Empecé a dibujar
cosas cuando tenía 
6 años. Todo lo que conseguí hacer
antes de los 50, no vale
nada. Cuando llegué a los 70 
aún no había hecho
nada 
bueno. A los 73 años
empecé a comprender
las formas básicas 
de animales y plantas. 
Cuando llegue a los 80, habré 
comprendido más, y cuando tenga 90
conoceré
los misterios del arte
hasta el fondo
—así es que cuando llegue a los 100
produciré
cosas elogiables. Para no hablar
de los años
siguientes.
Ahora lo esencial es
seguir en marcha.


***
Poema de la alondra

Cuanto más
trina ella,
menos entiende

él. Al
final
ella
deja

de
trinar.
Entonces
él pierde la razón.
***
Cuaderno 8: Esta Europa de la que se habla - Hojas de calendario

I
"Desembarcamos.
Lo primero
que nos encontramos
fue una niña
pequeña. Le preguntamos
que dónde estábamos.
Luego le pegamos un tiro.
Pensamos
que era demasiado peligroso
dejarla
marcharse en paz.

2
Al que van a fusilar
le vendan
los ojos.
¿Para que no
vea
al
verdugo? No
— para que el verdugo
no
lo
vea
a él.

3
El presidente en zapatillas /pantuflas
la sala de control
con su esposa
Rosalyn a su lado, mientras el alcalde
está dispuesto a conquistar
la habitación el refugio, donde hay
provisiones para 240 personas
durante cuatro días. ¿Cuánta agua radiactiva
se ha soltado echado escapado al
rio Susquehanna? Crepita la leche
de las vacas de los prados. En Portugal
florece la herida del viejo.

4
Los campos reducidos
a escombros." Volverán
a reconstruirlos." Y
el Archivo Nacional trasladado
a Jerusalén. “Ha ocurrido
antes: Primero
se apodera uno
del pueblo, luego de la memoria
del pueblo" De un país que no
existe
no hay nada
que confiscar.

5
Les atan las manos a la espalda,
les ponen una capucha
en la cabeza, los colocan delante
del muro. El pelotón de ejecución
carga
y dispara, con cartuchos
de fogueo. Esto ocurre en el penal Libertad
en Montevideo
capital de
Uruguay. Luego llevan
a los presos
a comer.
***
La historia de una piedra 
La historia de una
piedra en una carretera
una piedra que ha estado allí
muchísimo tiempo un
día llega un camión
grande a toda velocidad y
la piedra se introduce
en una de las estrías de
la cubierta donde
se queda girando
vuelta tras vuelta tras
vuelta si la piedra es
grande es arrojada de repente
a vertiginosa velocidad
libre de nuevo si la piedra es
pequeña se va introduciendo
en lo negro hasta
que la cubierta queda destrozada.

Traducción: Francisco Uriz, de Poesía Nórdica. Ediciones de la Torre. 2ª edición 1999.

viernes, 23 de abril de 2010

¿Puede ser dicho?


JAN ERIK VOLD
(Oslo, Noruega, 1939)



Alce

Alce
me puedes nominar.
No soy alce
pero tengo la paciencia

la resistencia
la fuerza de un
alce, la bondad
de un alce. Patadas doy

pero no siempre.

Sólo
cuando
es necesario.

Me ves
en
las señales de tráfico
a la orilla de los bosques, en óleos

bajo nubes tormentosas
de perfil
contra el fondo de una puesta de sol
canadiense.

Personalmente estoy
en otra
parte.

Vivo
en un relato
de Tarjei
Vesaas. Con la nuca alta

el hocico acechante, conociendo
donde
sabe bien
la corteza.

No me dejo tentar
por los pequeños
y brillantes espejos de la carretera.

Hay un blanco. No está siempre
donde tú
crees.
***
EL GRITO CONTRA EL PROYECCIONISTA

Sobre la alegría
no hay
mucho
que decir, se las arregla sola. La pena

sin embargo, es cuando la película
de la alegría
se rompe —y hay que encender
la luz

en el salón. El proyeccionista
es el hombre
al que entonces le gritan:
¡Hijo de puta!
***
Hokusai, el viejo maestro, que pintó una ola como nadie había
pintado una ola antes que él


Hokusai
llegó
casi a los 90. Cuando tenía 75
años, dijo

de sus cuadros: Empecé a dibujar
cosas cuando tenía
6 años. Todo lo que conseguí hacer
antes de los 50, no vale

nada. Cuando llegué a los 70
aún no había hecho
nada
bueno. A los 73 años

empecé a comprender
las formas básicas
de animales y plantas.
Cuando llegue a los 80, habré

comprendido más, y cuando tenga 90
conoceré
los misterios del arte

hasta el fondo —así es que cuando llegue a los 100
produciré
cosas
elogiables. Para no hablar

de los años
siguientes.
Ahora lo esencial es
seguir activo.
***
Poema de alondra

Cuanto más
trina ella,
menos entiende

él. Al
final
ella
deja

de
trinar.
Entonces
él pierde la razón.
**
Traducciones: Francisco Uriz
***
De LIBRO 8: VIDA

1

La casa es blanca
y las cortinas
se agitan. Las cortinas flamean
en la brisa matinal, allí dentro

ellos yacen
y duermen. Son dos, están
en buenas
manos. Fluyen.
**
5

¿Estás
donde estás? ¿No
estás
en donde

estás? Anda
adonde estás, te
espero
-allí.
**
6

En los abedules
está la luz, sólo
digo: En los abedules está la luz. Alguien
está con alguien

y alguien
espera, alguien descansa –el único
texto posible: En
los abedules está la luz.
**
10

Lo que está oculto
en el corazón, el tuyo
(y el de otros) –crees que está olvidado pero
¿cómo pueden los corazones

olvidar? Lo que está visto
es visto, lo que
se ha sentido, está sentido –lo cálido jamás se vuelve
otra cosa que cálido.
**
11

Ninguna despedida
es una despedida, esta es la primera
lluvia de primavera.
Esta es la primera lluvia

de primavera. Hoy el árbol florece
junto a Aars&Voss –flores
blancas, ninguna despedida
es una despedida.
**
13

Ahora tengo
un árbol, ahora tengo un abedul, hojas
verdes
que se mecen, no un

espejo (espejo
negro) –contra un pálido
cielo pálido
detrás, ¡eso es bello!
**
14

Sopla el viento en los árboles
y en el cielo
es azul el cielo –es algo que no
puedo decir. ¿Puede
ser dicho? ¿Puede

ser dicho? Sopla y sopla el viento
en las hojas, en la hojarasca –algún día
escribiré
un poema sobre tu cabello.

Traducción de Roberto Mascaró
**
Tomados de los blogs tuertorey, cosmopoeta y robertomascaro
Foto: www.aftenposten.no/amagasinet/article2042118.ece

lunes, 8 de junio de 2009

Tres poetas noruegos


INGER ELISABETH HANSEN
(Oslo, Noruega, 1950)


Tratado de la medusa sobre el lenguaje de las serpientes

I


Yo soy el lenguaje de las serpientes
columna de sueños lengua de agua
los labios a poca altura de la tierra
en torno al cuerpo de los sonidos
el hipnotizado pájaro en la garganta
la canción es lo que se hundió
bajo la piel que ascendía
en espiral y succionaba relucientes
segundos como veneno
la canción era el rayo de llamas
lanzada alrededor de huesos pulidos
el cuerpo era lo que cantaba
el pájaro en el vientre
la serpiente
en el aire

II

La palabra es pájaro
Si voy a decir la palabra me llevo el pájaro a la boca.
No lo mato sólo lo menciono por su nombre.
Pájaro repito y entonces ya tengo el pájaro en el estómago.
Yo soy pues lo que digo.
¿Qué dice el pájaro?

Sin mí el pájaro no sería palabra.

III

Ahora es mi boca un archivador y las palabras números de registro.
Ahora el pájaro es sólo el número de registro del pájaro.

El número de registro no canta

IV

La mortal era yo

La que nació de una ola
y vivió en el extremo del mundo.
La que llevaba serpientes en el pelo
y cantaba y hacía bailar a las serpientes.
Ella a la que llamaron peligro
un monstruo la llamaban.
Ella que dejó pesar la mirada
él la robó, la mirada, la pesada.
Fue el arma del guerrero
la dirigió contra otros.
Él mismo carecía de fuerzas
nunca se enfrentó a mi mirada.
Otros fueron alcanzados por ella
otros quedaron rígidos y se detuvieron.
Yo que no tengo cuerpo
mira ahora sólo puedo petrificar.
Mi boca no canta
los ojos hablan piedra.
La cabeza en manos del guerrero
no soy yo sino muerte.
Yo que parí demasiado tarde
a Pegaso fue al que estaba pariendo
cuando el guerrero me asestó un corte en el cuello.

La mortal era yo
***

PAAL BREKKE
(Noruega, 1923-1993)


El hombre que asesinó el martes
¿era el asesino del lunes?
Y si se despierta el miércoles frente a una ventana gris
y la niebla vagando solitaria a través de él
quién es ahora
¿el hombre de ayer?
cuando la piedra levantó su mano para golpear
o el que era anteayer
quién
cuando fue anteayer
Recuerda él la luz de la lámpara del piano
y las manos sobre las teclas
sí, Hãndel.
Y una pesada piedra gris, crujiente
Mira fijamente hacia adentro
donde viejos puntos de referencia se disuelven en la niebla
modifican su forma y cambian de sitio
Y él mira esas manos
¡de quién son!
una piedra que ellas lanzan a un malecón
o Hãndel, Hãndel
que se ha levantado del piano
sin mirarlo a él
deja que la puerta vuelva a cerrarse
Y sólo quedan las manos
usadas prestadas
Como perros callejeros están
por ahí aullando en un páramo desierto
hacia el jueves viernes

***

OLAV H. HAUGE
(1908-94)


Una palabra

—una piedra
En un río frío.
Otra piedra más—
Tengo que poner más piedras
Para poder cruzarlo.

La espada

Corta
Cuando se desenvaina,
Si no otra cosa
—el aire.

No se cuelga el sombrero en un rayo de sol

Tienes que tener siempre
suelo firme
bajo los pies, algo

a que aferrarte,
la idea
no se atreve

a soltarse,
es como un niño
no tiene confianza, pero

siempre anda
buscando apoyo.
No se cuelga

El sombrero en un
rayo de sol,
tarde aprendiste

a nadar, desconfías
del avión,
no te sientes seguro

más que a pie.

Corté el manzano grande

Corté el manzano grande que tenía delante de la ventana.

Me tapaba la vista, ésa era una razón, hasta en verano

estaba oscura la habitación, además

en el mercado de frutas ya

no querían sus reinetas*.

Pensé en lo que hubiera dicho

mi padre, a él le gustaba

aquel manzano.

Pero lo talé.

Todo se hizo más luminoso, puedo

ver todo el fiordo

y seguir mejor lo que pasa

en todas las direcciones,

la casa está ahora

más a la vista,

se exhibe mejor.

No quiero admitirlo, pero echo en falta al manzano.

Esto ya no es como antes. Nos protegía del viento y daba

buena sombra, el sol se filtraba por el ramaje

hasta la mesa, y por las noches me solía recostar a escuchar

el susurro del follaje. Y las reinetas, no hay

mejores manzanas en la primavera, tienen un sabor

tan aromático.

Me duele cada vez que veo el tocón, cuando se haya podrido
lo sacaré de la tierra y lo cortaré para leña.

* Reineta: una clase o tipo de manzanas.
De Poesía nórdica -siglo XX-, antología de F.J. Uriz
Somos parecidos a esos sapos que en la austera noche de los pantanos se llaman sin verse, doblegando con su grito de amor toda la fatalidad del universo.
René Char


No haría falta amar a los hombres para darles una ayuda real. Sólo desear hacer mejor cierta expresión de su mirada cuando se detiene en algo más empobrecido que ellos, prolongar en un segundo cierto minuto agradable de su vida. A partir de esta diligencia y cada raíz tratada, su respiración se haría más serena. Sobre todo, no suprimirles por entero esos senderos penosos, a cuyo esfuerzo sucede la evidencia de la verdad a través de los llantos y los frutos.
René Char