Mostrando entradas con la etiqueta Mirta Rosenberg. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Mirta Rosenberg. Mostrar todas las entradas

miércoles, 15 de marzo de 2017

Con los ojos abiertos en la oscuridad

Mirta Rosenberg 
(Rosario, Santa Fe, Argentina, 1951)

"Siempre me imaginé la poesía como un territorio / mejor aun, una isla. / Es como si fuese una reserva / a donde todos podríamos recurrir / cuando haya escasez de sentimiento en el mundo / e incluso de pensamiento."
M.R.
                                                                     **
Utilidad de la poesía a las tres de la mañana

Con los ojos abiertos en la oscuridad
pienso rimas: de silencio 
todo lo que reverencio; 
de naturaleza su delicadeza
o su fortaleza, aunque nada
me da.
**
Traducir poesía
es una tarea de poetas,
difícil pero posible. Traducir poesía es necesario
para leer a Homero si uno no sabe griego
o a Dante cuando se ignora el italiano.
Traducir poesía es
imprescindible
para darle aire a la poesía en nuestra lengua, ahorrarle tiempo,
dejarle elegir
su camino en la poesía universal, inventar. El traductor, protegido
como está
por San Jerónimo de Estridón, e igualmente expuesto
a la misma fricción con la lengua que es el centro de su labor,
busca una tregua entre lo que el otro dijo y lo que digo yo.


De Cuaderno de oficio. Bajo la luna. Buenos Aires. 2016.
***
Entrevista, por Mauro Libertella
(Fuente: clarin.com)

–Nunca estuvo en las peleas internas de la poesía, que suelen ser terribles.
–No, nunca. Y tampoco fui objetivista ni neobarroca, ni nada. Sigue sin interesarme. Sí me interesa la buena poesía, sea de la tendencia que fuere.
Durante años integró el Diario de Poesía, un lugar de grandes debates.
–No eran tan fuertes los debates. Ocupó, eso sí, un lugar muy importante. Está en la historia de la literatura argentina. No hubo otra cosa como esa. Hubo algunos líos, pero no eran para tanto. En el Diario yo me ocupé mucho de la parte de traducciones, para liberarme de esas disputas y peleas internas que mencionabas, que nunca me interesaron.
–¿Qué le aporta la traducción a una poeta como usted?
–Traducir te abre la cabeza. Te saca de la idea de que hay que escribir una sola cosa. Además, yo soy de la opinión que puede haber más de una buena traducción de algo. Lo que sí: yo no me pondría a traducir los cuatro cuartetos de T. S. Eliot porque no le voy a ganar a Juan Rodolfo Wilcock. Ya lo sé. Y no le voy a aportar nada a esa traducción.
–Siempre se dice que Borges llevaba las traducciones a su propio estilo, ¿usted qué opina?
–Está bien. Yo no lo hago, pero Borges lo hacía a propósito. Por ejemplo, en Las palmeras salvajes (de William Faulkner) hay, sobre un alambrado, un carancho. Y en Estados Unidos no hay caranchos. El lo hacía ex profeso. Son operaciones culturales. Yo no me hubiera animado –en ese caso– a poner un carancho. O quizás a mí no me hubiera parecido necesario hacer eso; a él sí, era otra época. A mí lo que me interesa que se note es que es una traducción. Borges además tenía esa idea de que como nosotros somos un país periférico, disponemos de toda la literatura universal para hacer lo que queremos con ella.
–En algún texto habla de la poesía como un reservorio de emociones. ¿A qué se refiere?
–Yo digo que la poesía es como si fuera una gran reserva. Está la reserva donde siguen existiendo ciertas especies de plantas y de animales, por ejemplo, y en la reserva de la poesía siguen existiendo los sentimientos. Cuando hay barbaridades, cuando hay guerra, cuando hay aniquilación, la poesía ayuda a la gente, procura consolarlos de lo inconsolable. Estoy segura de eso. Si a todo el mundo le llueve derecho, la poesía no sirve. El cariño por tu hija cuando vos vivís bien es uno. Pero el valor de tu amor por tu hija cuando hay una guerra cambia, y eso está en la poesía.
–A principios de los noventa usted fundó la editorial Bajo la Luna, que ahora sigue a cargo de su hijo. ¿Fue difícil armarla?
–Mi hijo dice: “Mi mamá fundó una editorial y después la fundió”. Es exactamente así. Yo no tenía idea de como llevar la parte más dura, la de la comercialización. Sabía que había cosas que tenía que publicar, pero no es suficiente para una editorial.
–¿Está escribiendo actualmente?
–Estoy escribiendo algo que se llama Cuaderno de oficio y es eso: hablar de cuál es mi oficio. Estoy contenta con eso. Son poemas, prosas, cuadernos. Sobre la práctica y cosas que a mí me interesan. Por ejemplo, tengo dos retratos de mujeres artistas. Se llama Cuaderno de oficio por eso: qué cosas se me ocurren a mí, con las herramientas que dispongo, para pensar la poesía.

sábado, 6 de agosto de 2016

Dos artes

Elizabeth Bishop

(Worcester, Massachussets, EE.UU., 1911–Boston, id.,  1979)

UN ARTE

El arte de perder no es difícil de dominar.
tantas cosas nos muestran su posibilidad de ser perdidas
que perderlas no es un desastre

Pierde algo todos los días. acepta la desesperación
de perder las llaves de las puertas, el tiempo malgastado.
el arte de la pérdida no es difícil de dominar.

Después practica perder más cosas y más rápido:
lugares, nombres y a donde se fue lo que significaba
para ti viajar. nada de esto provocará un desastre.

Yo perdí el cuidado de mi madre. Y, mira,
la última o penúltima de mis tres amadas casas
se fue. El arte de la pérdida no es difícil de dominar.

Perdí dos ciudades encantadoras y aún más inmenso que eso,
algunos reinos que poseía, dos ríos, un continente.
los extraño, pero no fue un desastre.

Aún si te pierdo a ti (tu voz mordaz, un gesto que amo)
no habré mentido. Es evidente que el arte de perder
no es demasiado difícil de alcanzar,
aun cuando pueda parecer (escríbelo) como un desastre.

Traducción de Francia Rosa Calzadilla

**
ONE ART

The art of losing isn’t hard to master;
so many things seem filled with the intent
to be lost that their loss is no disaster.

Lose something every day. Accept the fluster
of lost door keys, the hour badly spent.
The art of losing isn’t hard to master.

Then practice losing farther, losing faster:
places, and names, and where it was you meant
to travel. None of these will bring disaster.

I lost my mother’s watch. And look! my last, or
next-to-last, of three loved houses went.
The art of losing isn’t hard to master.

I lost two cities, lovely ones. And, vaster,
some realms I owned, two rivers, a continent.
I miss them, but it wasn’t a disaster.

Even losing you (the joking voice, a gesture
I love) I shan’t have lied. It’s evident
the art of losing’s not too hard to master
though it may look like (Write it!) like disaster.
***
Mirta Rosenberg
(Rosario, Santa Fe, Argentina, 1951)

The art of losing isn't hard to master;
so many things seem filled with the intent
to be lost that their loss is no disaster.
(Elizabeth Bishop)

EL ARTE

El arte sería tocarte, un invento,
insignificante si el olvido lo demora. Lo siento
porque es ahora estallido de la rosa
presurosa del instante,
extraviada en el jardín

y devuelta por el sinfín
de las horas transcurridas: una... dos... tres...
Si te toco, ¿cómo es? Hay lo mucho de lo poco, digo
el beso, el exceso del miraje y... ¿puede ser, ahora sigo,
el encaje de tu aliento

en el reloj del oleaje? Atravieso
los celajes, el fervor, las profecías (¿el amor?
¿no será la porfía de la "máquina del dolor"?)
y llego acá: "El arte sería tocarte". Silencio. No
confundo confetti con maná

pero igual estoy perdida
entre viejas cartografías de la ruta de la seda
y la pasión como centro. ¡Ah corazón, me decía,
explícate como yo, que estoy adentro de un cuerpo
y sin embargo con vida!

miércoles, 11 de noviembre de 2015

Últimamente no soy del todo yo misma, claro

MIRTA ROSENBERG

(Rosario, Prov. de Santa Fe, Argentina, 1951)

Una carta convertida en cosa

Cada vez, amiga, soporto menos
las emociones y sé que a veces tengo una expresión
capaz de entristecer el mediodía.
Con razón creo recordar otros días
cuya única sombra era
la que proyectaban los árboles,
y también recuerdo otras cosas.
Pero en fin, los recuerdos son pavadas.
Son como vendas, la momifican
a una, y soy como una momia
privada: últimamente tomo 
la vida como es: como el carozo
que se sabe, entorpece la aceituna
y le da un alma
laboriosamente amarga.
Últimamente murió mi madre
cuando ya era vieja.
He empezado a pensar en la vejez
como quien vaga en su catacumba privada
donde se aloja su propia momia privada
y ve pasar cada cosa como es.
Últimamente no soy del todo yo misma, claro,
y veo pasar las cosas
hasta terminar con ellas
como un reflejo de mí
estacionado en los espejos.
Casi todas las cosas.
Estás tan lejos que pensé
hacer un movimiento de fondo
y escribir una carta a mi amiga.
Pero en esta oscuridad del yo
no puedo pegar un ojo
por miedo de no ver el cambio
en la forma de las cosas
y me he ido convirtiendo en una
de ellas, de esas cosas.
Pensé escribir una carta a mi amiga
que fuera materia sólida entre otras cosas
más inasibles o más gaseosas, sombras
más serias que lo perdido.
Menos una carta que una cosa.
Y en vez de enviarla recordarla
como un cambio de la cosa,
y que se hiciera entre las dos,
mi amiga y yo,
materia de metáfora.

Cortesía de Marcelo Leites.

martes, 5 de agosto de 2014

El mal y el bien en el recuento

Mirta Rosenberg 
Tomada del blog otra iglesia es imposible

(Rosario, Santa Fe, Argentina, 1951)

LA MEDIDA de los átomos dura en la voluntad,
y es figura de la acción en movimiento
de una lucida estrella fugaz, la pasión que cae.
Lo que trae no es paz ni el cumplimiento
de los tres deseos en el firmamento, sólo un haz
de oscuridad ardida en la constelación perdida
por esa mira del telescopio. El tiempo
expira, y parece que el acopio que resiste
es de oscuración y gira sin ser de sentimiento
precisable: el mal y el bien en el recuento
son de la ficción de lo admirable, de la prez
de lo ejemplar y de lo impar que cada vez demora
el cálculo del hoy en el ahora, y lo agrega
a lo ocurrido. Caído sobre sí, el fruto desprendido
de la rama, amarillento, ha cumplido con la hora
que lo entrega y se ha soltado a tiempo: lento,
lento, aunque un simple sexto de segundo le ha llevado
colmar la decisión. Toda acción es un pretexto: rotundo,
madura para eso. Quien observa especula con el peso y,
cuando puede, se reserva el sentido que bascula
entre el tener y el ayer, enaltecido: ayer tenía.
Es el ayer que ha cedido; yo, no puedo.
En lugar idéntico, el mismo cuenco de porcelana, blanco
con el borde azul, concéntrico, abre en vana concentración
un centro estanco, de luz que no fulgura ni sujeta
ni está triste en su prisión segura. La ruptura
en cada acción es simiente de alguna decepción
de lo deseado que al caer, fugaz, oscuro, lento,
se hace resplandeciente.

De Madam (Ed. Libros de Tierra Firme, 1988).

domingo, 20 de abril de 2014

Creo en la palabra

Mirta Rosenberg 

(Rosario, Santa Fe, Argentina, 1951)

"La única pasión de mi vida ha sido el miedo."
                                                               Hobbes

El origen de la acción

La pasión más fuerte

                   de mi vida

ha sido el miedo.

Creo en la palabra

                 (dilo)

y tiemblo.


De Pasajes, 1984; del libro El árbol de palabras. Obra reunida 1984 / 2006. bajo la luna editorial

domingo, 24 de marzo de 2013

Escuchame, Oídos

MIRTA ROSENBERG
(Rosario, Santa Fe, Argentina, 1951)
Tomada de ustedleepoesia2.blogspot.com




¿Qué debo escuchar,
Oídos?

¿El viento en las palmeras,
el mareo del mar, el estruendo mental
del movimiento de estrellas inaudibles

o tu voz diciendo
"me das miedo"?

A veces me das miedo.

Soy una ruta secreta
y quería ser un atajo
para el corazón.

A veces me das miedo cuando escucho
"no sé si debo correr la carrera
o la vocación".

¿Cambiaste tus convicciones?
¿Cambió mi vocación?

A veces, Oídos, hace falta cierto tacto
con una misma, con ésta o con aquélla,
el vaivén de la metáfora y del mareo del mar,

y quedarse allí sentada, tranquila
como alguien satisfecha con la muerte,
como alguien satisfecha.

Escuchame, Oídos,
como lo que debo escuchar.

Tenés que seguir tu vocación,
convicción, corazón.

Soy una cabeza de alfiler repleta
de estruendo mental, prendida
a esa metáfora como a una cofia.


De "El arte de perder", 1998, El árbol de palabras. Obra reunida 1984/2006, editorial Bajo la Luna, Buenos Aires, 2006

lunes, 21 de enero de 2013

Cosas que se vuelven nombres


MIRTA ROSENBERG
(Rosario, Prov. de Santa Fe, Argentina, 1951)

“Me alegra que les guste, pero no me aplaudan que me cortan el mambo”,
dijo Mirta Rosenberg al público
reunido en el Teatro Príncipe de
Asturias. Fue en el cierre del último Festival Internacional de Poesía de Rosario, cuando adelantó algunos de los textos de El paisaje interior, su último libro. Empezó con “¿Será la
autobiografía...?”, un poema de inusual carga emotiva, y siguió con “Veinte años de mi vida”, como introducción a una lectura que perdurará como una de las más intensas en la historia del encuentro.
Mirta Rosenberg nació en Rosario en 1951. Se crió en Arroyito y cuando era adolescente y su padre le dijo que le iba a dar un estipendio semanal, abrió una cuenta en la librería Signos. Desde mediados de los años 90 vive en Buenos Aires. El paisaje interior aparece después de El árbol de palabras, libro donde reunió su producción anterior. Rosenberg integra el consejo de dirección de Diario de Poesía y entre otras distinciones recibió la Beca Guggenheim en poesía (2003) y el premio Konex en traducción literaria (2004).
El paisaje interior está compuesto por cuatro partes: la primera, “Cosas que se vuelven nombres”, reúne poemas que se plantean a la vez como envíos a otros escritores, desde Iris Murdoch a James Fenton; la que da título al libro, textos breves que pueden leerse como un solo poema; en la tercera, “Bestiario íntimo”,
Rosenberg presenta poemas de una serie que viene escribiendo desde hace tiempo y en “Conversos” incluye “traducciones de poesía que hice durante los últimos años, y que, según considero, ejercieron influencia sobre mi propia escritura”. El título, explica en esta entrevista, proviene de un término acuñado por Gerard Manley Hopkins (1844-1889). “Suele traducirse erróneamente por esencia, una palabra de lo más desagradable, que se parece al extracto de vainilla; entonces yo opté por traducirla literalmente, y eso es el paisaje interior”, según dijo en su lectura en el Parque de España.
 ***
Entrevista 
Por Osvaldo Aguirre

¿Cómo te parece que se ubica El paisaje interior en relación a tus libros anteriores? ¿Retoma alguna preocupación o línea en particular, la corrige, introduce otras nuevas?
El paisaje interior está absolutamente vinculado con mi escritura anterior. Pero hay en el libro, diría, un redondeo, mayor precisión formal, cierta preocupación o mayor gusto por el uso de formas establecidas, como la sextina por ejemplo (incluso en la parte de traducciones), pero siempre introduciendo algún elemento de distorsión que las vuelve imperfectas, deliberadamente. Hablo de la primera parte del libro, “Cosas que se vuelven nombres”, donde la rima también desempeña un papel muy evidente en la construcción del sentido, un papel que en la segunda parte, “El paisaje interior”, se vuelve más etéreo y menos perceptible. Allí la rima queda, me parece, subsumida en el fluir de los versos, sin enfatizar ni “marcar el paso” del sentido.
 –¿Cómo fue el proceso de armado del libro? ¿Quedaron poemas afuera? ¿Por qué?
Se fue dando naturalmente. La primera parte se fue construyendo gradualmente, sobre la base de la capacidad de mímesis de las palabras, su capacidad de “ser la cosa” que nombra en el acto mismo de darle un nombre. Es decir, aquello por lo que Platón expulsó a los poetas de su República, acusándolos de mentirosos e inexactos. Pero me tomé la libertad de pretender para la lengua la capacidad extraordinaria de ser eso que nombra y de usar todos mis recursos (incluso la aparente extrema transparencia, y el alto voltaje emocional) para reforzar la idea. La segunda parte, en cambio, fue escrita de corrido en un período de un par de meses, de manera más espontánea e “inspirada”. Y el “Bestiario” es algo que vengo escribiendo desde hace más de dos décadas. De tanto en tanto escribo un poema sobre un animal, que sirve como recordatorio de algún hecho importante de mi vida, una suerte de calendario privado que pienso seguir incluyendo en lo que publique, en la medida que aparezcan nuevos poemas. Y en las tres partes quedaron poemas afuera, bastantes en realidad, porque me parecían malos, meras repeticiones o añadidos que sólo servían para enredar y oscurecer el hilo casi imperceptible que conforma El paisaje interior como libro, y que sirve para encastrar las diferentes partes.
 –En 2006 reuniste tu obra en El árbol de palabras. ¿Qué significó la publicación de ese libro en términos de tu escritura? ¿Significó un cierre en algún sentido? ¿Y qué pasó después, con la escritura?
En cierto sentido fue un cierre, un balance, una revalorización. Es curioso, porque en El árbol de palabras incluí algunos inéditos históricos y otros que parecían apuntar a un futuro libro, que finalmente no existió. Un par de esos inéditos sirven de principio a las “Cosas que se vuelven nombres”, la primera parte, que más tarde adquirió nueva dirección, ese deseo de “ser la cosa” nombrada, del que ya hablé. Y después los hechos de mi vida me instaron a escribir, casi me dictaron, diría, la sarta de poemas de la segunda parte que, como dije, era mucho más larga y pedía a gritos una buena poda.
 En la introducción a la cuarta  parte del libro decís que el título “es mi versión del término inscape” acuñado por Hopkins. ¿En qué texto de Hopkins encontraste ese término? ¿Los poemas del libro aparecieron también en ese momento o los tenías de antes?
El término “inscape” es acuñado por Manley Hopkins en sus diarios, y con él alude a las características que hacen que cada cosa sea única y diferente a todas las demás. Se lo ha traducido, a mi entender imperfectamente, como “esencia”, y se lo podría comparar, por ejemplo, con las “epifanías” de James Joyce. Yo lo llamo “el paisaje interior”, esos rasgos de la realidad que sólo se perciben, por así decirlo, volviendo los ojos hacia adentro, más allá de la percepción de lo evidente, lo que diríamos una mirada de profundidad. Leí los diarios de Hopkins hace muchos años, en inglés (por lo que sé, no hay versión castellana) pero sólo cuando estaba escribiendo los poemas que forman esa parte del libro recurrí al término para designarlos, y acabó por designar todo el libro.
 –En abstracto, uno puede referir la expresión “el paisaje interior” a un estado de relativa tranquilidad. Pero aquí “sangra por la herida”. ¿Qué sentido le das al título del libro, que a la vez une como un solo poema a los textos de la segunda parte?
El paisaje interior, que el yo divisa al volver los ojos hacia adentro y quedar “suturado”, “sangra por la herida” porque esa herida es para mí la escritura misma, la exposición de mi vida más allá de lo que se ve, de mi vida, diría, en la tensión de la realidad de la lengua, que pretende algo así como “la pura verdad”, aunque de hecho no lo logre.
 –En una entrevista de hace unos años hablabas de la poesía como una esponja que absorbe distintas influencias. En este caso aparecen Gertrude Stein, Iris Murdoch, Olvido García Valdés, James Fenton. Se ve que las influencias no te producen angustia. ¿Serían más bien textos con los cuales tramás un diálogo, que te permiten comenzar a escribir o situar determinadas cuestiones?
Al igual que las traducciones, las lecturas adquieren para mí valor inspirador, me facilitan la construcción del poema, me dan pie para ampliar el recinto de la lengua, más allá de la intertextualidad. Esas, mis lecturas “aplicadas”, acaban por ser para mí una suerte de “paisaje interior” de la lengua, que identifica rasgos únicos, diferentes, a los que quiero hacer lugar en mis propios versos, eliminando en lo posible (gracias al trabajo de desarticulación que implica tanto la lectura como la traducción, que me brindan parámetros y modelos más “objetivos”) todo sobrante o desecho que siempre es producto de mi propia falibilidad poética, del exceso de insistencia y del deseo de figuración del yo.
 –¿Qué es eso “que se pierde” en “La rama de cerezo ornamental”? En otro poema se habla del terror a perder el amor y la escritura. Y en “Veinte años de mi vida” evocás “los años de arder y de perder algo cada día”. ¿Esas pérdidas son las de la vida cotidiana? ¿La poesía, en tanto “raíz de los afectos, casa compartida”, es lo que subsiste?
Vivir, he descubierto a los 60 años, es más bien una cuestión de resta y no de suma, algo que relaciono con la des-ilusión, usando el término de manera positiva. Las pérdidas son del orden de lo cotidiano, la energía vital, la inocencia. Y sí, mi apuesta es que subsista la poesía, en este caso encarnada en la rama de cerezo ornamental, también un testimonio de belleza impar y de energía. Jaime es el nombre de un amigo muy querido, y en hebreo quiere decir “vida”.
 –En “¿Será la autobiografía...?” se lee que “el egoísmo como equivocación... es el motor, de mí y de la poesía”. ¿El poema es un “ensayo de arrepentimiento”? ¿De qué?
De todo lo que hice mal, de esa “equivocación”, ese deseo de imponer el propio yo, de cerrar en vez de abrir, con generosidad, el sitio de la vida y la escritura.
 –Pasaste tu infancia y buena parte de tu vida en Rosario. ¿Cómo es tu relación actual con la ciudad?
Sigue siendo para mí el lugar del mundo más cómodo y familiar. Pero creo que prefiero escribir desde lugares más incómodos, que me exijan mayor esfuerzo y me induzcan a una autocrítica más severa.
 **
Fuente: LA CAPITAL | Rosario, Santa Fe. Argentina. Domingo 13 de enero de 2013
Foto: WILLY DONZELLI

sábado, 17 de noviembre de 2012

Advierto que soy todo un pueblo

Un poema del nuevo libro de 
MIRTA ROSENBERG
(Rosario, Santa Fe, Argentina, 1951)



Dichosa aquella, Witold Gombrowicz,

que en el mes diez
cumple sesenta
el día siete
y se alegra de haber llegado
y de poder hacer la cuenta.

Es el Día del Perdón,
buena ocasión
para que toda mi familia judía
me ofrezca absolución
porque jamás les hice nada
ni pedí. Aquí 
sentada con mi propio Libro de Números,
largo y asimétrico como el húmero,
ni levita ni coanita,
advierto que soy todo un pueblo
si tengo en cuenta el dolor, mis lecturas aplicadas
y yo. El resultado de censar mi vida
trae esta frase pulida,
y Gombrowicz tiene razón:
“No hay horror que no consiga amor”.
No, no hay, y ¡ay!
tampoco hay nada mejor.

Sentarse y aun a oscuras
proseguir con la lectura.

**
De 
El paisaje interior, bajo la luna editorial, 2012 


En librerías desde el 26/11

martes, 2 de octubre de 2012

Traducciones argentinas


Cesare Pavese
(Santo Stefano Belbo, 1908-Turín, 1950)
Versión de Jorge Aulicino

Poggio Reale

Una breve ventana en el cielo tranquilo
calma el corazón; alguno ha muerto contento.
Afuera están las plantas y las nubes, la tierra
y también el cielo. Llega aquí arriba el murmullo:
los sonidos de toda la vida.

La ventana vacía
no revela que, bajo las plantas, hay colinas
y que un río serpentea, lejos, desnudo.
El agua es límpida como el soplo del viento,
pero nadie se da cuenta.

Aparece una nube
sólida y blanca, que se demora en el cuadrado del cielo.
Vislumbra casas azoradas y colinas, cada cosa
que el aire transparenta, ve pájaros perdidos
deslizarse en al aire. Viandantes tranquilos
van a lo largo de río y nadie se percata
de la pequeña nube.

Ahora está vacío el azul
en la breve ventana: se desploma el chillido
de un pájaro, que rompe el rumor. Aquella nube
quizá toca las plantas o desciende hacia el río.
El hombre tendido en el prado debería sentirla
en la respiración de la hierba. Pero no mueve la vista,
solo la hierba se mueve. Debe de estar muerto.

Lavorare stanca (1936, 1943), Poesie, Mondadori, Verona, 1969
**
Poggio Reale

Una breve finesta nel cielo tranquillo
calma il cuore; qualcuno c'è morto contento.
Fuori, sono le piante e le nubi, la terra
e anche il cielo. Ne giunge quassù il mormorio:
i clamori de tutta la vita.

La vuota finestra
non rivela che, sotto le piante, ci sono colline
e che un fiume serpeggia lontano, scoperto.
L'acqua è limpida come il respiro del vento,
ma nessuno ci bada.

Compare una nube
soda e bianca, che indugia, nel quadrato del cielo.
Scorge case stupite e colline, ogni cosa
che traspare nell'aria, vede uchelli smarritti
scivolare nell'aria. Viandanti tranquilli
vanno lungo quel fiume e nessuno s'accorge
della picola nube.

Ora è vuoto l'azzurro
nella breve finestra: vi piomba lo strido
de un ucello, che spezza il brusio. Quella nube
forse tocca le piante o discende nel fiume.
L'uomo steso nel prato dovrebbe sentirla
nel respiro dell'erba. Ma non muove lo sguardo,
l'erba sola si muove. Dev'essere morto.
***
Denise Levertov
(Ilford, Reino Unido, 1923-Seattle, EE.UU., 1997)
Traducción de Mirta Rosenberg

La escalera de Jacob

La escalera no es
una cosa hecha de hebras relucientes
una evanescencia radiante
para los pies de los ángeles que sólo la atisban a su paso, y
no necesitan tocar la piedra.

Es de piedra.
Una piedra rosada que adquiere
un matiz de encendida suavidad
sólo porque detrás de ella el cielo es un dudoso,
un dudable gris noche.

Una escalera de ángulos
marcados, sólidamente construida.
Una que garantiza que los ángeles tengan que saltar
de un escalón al siguiente, con una leve
agitación de alas:

y un hombre que la suba
tiene que rasparse las rodillas, y poner en juego
la capacidad de agarre de sus manos. La piedra tallada
es un consuelo para sus pies que tantean. Lo rozan alas que pasan a su lado.
El poema asciende.

Diario de Poesía N° 82, junio-diciembre 2011

N. del E.: La traductora consigna una nota de Levertov (Notebook, 1997), que permite suponer que una pintura de la iglesia de Santo Domingo en Oaxaca es la que se describe en el poema. El patriarca Jacob soñó con una escalera por la que subían y bajaban los ángeles, luego de una pelea con su hermano Esaú. Despertó del sueño y con la piedra que le servía de almohada fundó el templo de Betel (Génesis, 28:10-22). La Escalera fue imaginada por algunos artistas de manera diversa: luminosa, en el caso de Blake; de madera, en el de Edward Burne-Jones.
**
The Jacob's Ladder

The stairway is not
a thing of gleaming strands
a radiant evanescence
for angels' feet that only glance in their tread, and
need not touch the stone.

It is of stone.
A rosy stone that takes
a glowing tone of softness
only because behind it the sky is a doubtful,
a doubting night gray.

A stairway of sharp
angles, solidly built.
One sees that the angels must spring
down from one step to the next, giving a little
lift of the wings:

and a man climbing
must scrape his knees, and bring
the grip of his hands into play. The cut stone
consoles his groping feet. Wings brush past him.
The poem ascends.
***
François Villon
(François de Montcorbier; París, Francia, 1431 o 1432-?, 1464)
Traducción de Rubén Abel Reches

Epístola a sus amigos

Tened piedad de mí, tened piedad
por lo menos vosotros, mis amigos.
No en fiesta estoy, sino en cautividad,
en esta fosa donde sin testigos
me atormenta Fortuna con grilletes.
Acróbatas, juglares, brincadores,
muchachos y muchachas, mozalbetes
punzantes como abeja entre las flores,
gargueros que hermoseáis toda canción:
¿olvidaréis aquí al pobre Villon?
Cantores que cantáis sin regla alguna,
en cuanto hacéis y en cuanto habláis jocosos,
vagantes que dormís bajo la luna,
si algo aturdidos, siempre espirituosos.
No tardéis más que cerca está su muerte
¡oh, rimadores de rondeles ciento!
¿Puchero le daréis a un cuerpo inerte?
Aquí no entran relámpagos ni viento
y en esta fosa late un corazón.
¿Olvidaréis aquí al pobre Villon?
Venid a ver su lamentable traza,
Nobles a los que el diezmo es exceptuado,
a quienes rey ni emperador emplaza
y sólo dependéis del Dios amado.
Domingo y martes a ayunar lo obligan
y como de un rastrillo son sus dientes.
Después de un duro pan que le desmigan,
vierte en sus tripas aguas malolientes,
siempre soñando con algún capón
¿Olvidaréis aquí el pobre Villon?
Príncipes que he nombrado, muchachitos,
obtened de mí gracias reales
y en cesta alzadme dando alegres gritos,
que los cerdos -y son sólo animales-
adonde gruñe uno va el montón,
¿olvidaréis aquí al pobre Villon?
**
Ayez pitié, ayez pitié de moi,
A tout le moins, s'il vous plaît, mes amis!
En fosse gis, non pas sous houx ne mai,
En cet exil ouquel je suis transmis
Par Fortune, comme Dieu l'a permis.
Filles aimant jeunes gens et nouveaux,
Danseurs, sauteurs, faisant les pieds de veaux,
Vifs comme dards, aigus comme aiguillon,
Gousiers tintant clair comme cascaveaux,
Le laisserez là, le pauvre Villon?

Chantres chantant à plaisance, sans loi,
Galants riant, plaisants en faits et dits,
Coureux allant francs de faux or, d'aloi,
Gens d'esperit, un petit étourdis,
Trop demourez, car il meurt entandis.
Faiseurs de lais, de motets et rondeaux,
Quand mort sera, vous lui ferez chaudeaux!
Où gît, il n'entre éclair ne tourbillon:
De murs épais on lui a fait bandeaux.
Le laisserez là, le pauvre Villon?

Venez le voir en ce piteux arroi,
Nobles hommes, francs de quart et de dix,
Qui ne tenez d'empereur ne de roi,
Mais seulement de Dieu de paradis;
Jeûner lui faut dimanches et merdis,
Dont les dents a plus longues que râteaux;
Après pain sec, non pas après gâteaux,
En ses boyaux verse eau à gros bouillon;
Bas en terre, table n'a ne tréteaux.
Le laisserez là, le pauvre Villon?

Princes nommés, anciens, jouvenceaux,
lmpétrez-moi grâces et royaux sceaux,
Et me montez en quelque corbillon.
Ainsi le font, l'un à l'autre, pourceaux,
Car, où l'un brait, ils fuient à monceaux.
Le laisserez là, le pauvre Villon?

sábado, 26 de mayo de 2012

La palabra no

Dos poemas de MIRTA ROSENBERG
(Rosario, Santa Fe, 1951)

Una elegía

En la época de mi madre
las mujeres eran probables.
Mi madre se sentaba junto a mi abuela
y las dos eran completamente de carne y hueso.

Yo soy apenas una secuela estable
de aquel exceso de realidad.

Y en la ansiedad del pasado indefinido,
en el aspecto durativo de elegir,
escribo ahora: una elegía.

En la época de mi madre
las mujeres eran perdurables,
completamente hueso y carne.
Mi madre se ponía el collar
de plata y de turquesas
que mi padre le había traído de Suecia
y se sentaba a la mesa como una especia exótica,
para que todo se volviera más grande que la vida,
y cualquier ficción fuera posible.

En la época de mi madre, las mujeres
eran un quid: mi madre nos contó
a mi hermano y a mí: ‘cuando salía de la escuela,
iba a buscar a mi padre al trabajo,
en Santa Fe, y los compañeros le decían es un biscuit,
tu hija es un biscuit, y nunca supe qué querían decir,
qué era un biscuit’, un bizcocho estando muy enferma,
una porcelana exquisita todavía para nosotros,
y mi hermano apurándola: ‘¿Y?’

No sé qué es un biscuit, ¿una especia exótica.
algo de todos modos, especial? Igual
andaba delicadamente por la casa, rozando los ochenta
como se roza una herida
con una gasa.

En la época de mi madre
las mujeres eran muy visibles.
Mi madre se miraba en los espejos
y yo no llegaba a abarcar
su imagen con mis ojos. Me excedía,
la intuía a lo lejos como algo que se añora.

Como ahora,
una elegía.

A la criatura adorable
fijada en lo remoto de la foto,
que ya a los ocho años parecía
más grande que la vida: te extraño,
aunque no te conocía. Eso fue antes
que a mí me dieras vida
en un tamaño apenas natural.

Igual,
una elegía.

Y a la otra de la foto que espero
conservar, la mujer bella que sostiene
el libro ante la hija de un año
en el engaño de la lectura:
te quiero por lo que dura, y es suficiente
leer en el presente, aunque se haya apagado
tu estrella.

Por ella,
una elegía.

Ahora soy la fotografía
y vos el líquido revelador. Tu muerte
me convierte en yo: como una ciencia aplicada
soy la causa y el efecto,
el ensayo y el error, este vacío
de la nada que golpea el corazón
como cáscara vacía.

Una elegía,
cada vez con más razón
***

RETRATO TERMINADO

Es una manera de decir
quiero quedarme sin palabras,
perder sin comentarios.

Hasta cuándo voy a hablar
de lo que ya no está.

De la que ya no está
viéndome escribir de ella.
¡Y con esos ojos!

También yo de noche los abro
y miro el silencio
en la oscuridad
donde el retrato termina
sin que lo alcance a ver

Y pienso
y pienso
y pienso

en temas como vos
que no parecen tener
vencimiento,

en tu deseo de llegar a casa:
con la llave preparada,
aferrada a la puerta del taxi,
te dejabas caer en tu puerta
casi con la voluntad incierta
de una hoja en otoño,

esa clase de vencimiento,

y esos ojos más bien dorados
de los que decías en las descripciones
ojos verdes. Para mirar
cada ocasión con buenos ojos
que no me miran más,
aunque los recuerde.

Y ahora
quiero quedarme
sin palabras. Saber perder
lo que se pierde.

O eso parece.

Parece que las dos
nos hemos quedado sin madre:
yo sin vos
vos sin ella,

y sucesivamente,
como eslabones perdidos,
y encontrados por un rato
Con los padres,

pero ésa es otra historia
que está mejor contada
en la foto de casamiento
para la que palabras
nunca tuve,

como si fuera anticipo
de mi propio vencimiento.

De los padres decías que el tuyo
tenía ojos verdes,
como vos, tu nieto Juan,
y nadie los tenía del todo
aunque merecían tenerlos:
tu manera
de embellecer el retrato
Era tu manera de verlo.

De ella decías en cambio
desde su muerte no fui la misma,
y ésa sería tal vez tu manera
de no terminar el retrato.

La palabra no.

Lo mismo digo yo.

Aunque también se diría una ocasión
más bien vulgar: en general,
todos nos quedamos sin ella,
y esa ausencia de la luz parece
descansar los ojos
sin vaciarlos. Los anima,

o los vuelve hacia la oscuridad,
que es donde el retrato termina.

Dijo mi padre de la suya:
nací con ella y ahora
voy a tener que morirme
solo. Y después
lo hizo.

Dijo mi maestro de la suya:
me pasé toda la vida para tener
la letra de mamá. Y después
la tuvo.

Era un dolor perfecto:
hablando de ella,
hablaban de sí mismos.

O eso parece.

Parece que perder
no es un arte difícil:
los muertos de verdad de uno
son víctimas amadas de los vivos.

De lo que cada uno dijo.
**
Foto: tomada de elpoetaocasional.blogspot.com

jueves, 5 de enero de 2012

Evitar los adjetivos. No calificar

MIRTA ROSENBERG

(Rosario, Santa Fe, Argentina, 1951)

Fuente: Diario de Poesía, dic. 2011

 Ahora, más cerca de la tierra,
veo las mismas cosas
pero veo más. Sentarse
para evitar la distracción,
y la ilusión retrocede.
Puedo menos y sé más
aunque no sepa nada nuevo:
¿seguramente no habrá?
propone el yo
que no alcanzó el desapego.

Sentarse y desconfiar.
***

No sé por qué
veo más. Esta
atmósfera sedente
no atrapó mi cabeza
obstinada en ganar altura,
acontecer allá arriba,
gobernar. El paisaje
interior, Manley Hopkins,
sangra por la herida,
sutura el yo. La verdad,
la virtud, la ilusión, son leudantes
de la vida. Ir adelante, arriba,
avanzar hacia allá, tener pensamientos,
evitar los adjetivos. No calificar.

Sentarse y saber dominar.
***

Saber dominarse.
En las nubes, contemplar
cómo pasan, altas, feas,
disciplinar las ideas,
las palabras un ejército
que va de acá para allá
bajo órdenes del yo
da pelea, le va mal.

Sentarse y capitular.
**
Para leer más de Mirta Rosenberg, haga clic aquí

lunes, 23 de febrero de 2009

Para evitar la furia

Tres poemas de Mirta Rosenberg
(Rosario, Santa Fe, 1951)



Haciendo del error virtud,
estoy donde mi cabeza estuvo y vio todo
hasta donde alcanzaba la vista,
porque ella –no yo– nunca se perdió:

en la entrevista oscuridad
del túnel, adelante, dio a pensar
–haciendo de virtud verdad– que esa cabeza
era todo el acontecimiento de la luz.

Y ella acontecía mientras yo
dentro del cuerpo me encerraba,
haciendo de cada órgano mi casa:
oeste o este era un todo sin ventanas,

una feliz ciudad descentrada
en la cuadrícula de la ocasión.
El horizonte desprestigiado
se retiró, se acercó, cambió todo

y todo para que entrara yo:
abajo, arriba, ejido, centro y alrededor.
¿Dónde pasó cada cosa, dónde todo
sucedió? ¿Infancia, juventud, virtud, error?

El tiempo fue quien pasó: salió, subió,
se puso y terminó. Aunque poco, no del todo
definido, el mundo –cabeza y cuerpo–
cobró la forma del contenido,
agrandó la o del yo.


***


EN EL MOMENTO de nacer, poco más tarde,
no hubo sentidos revelados. Lo auspicioso
de ese día fue una luz de neón, perecedera,
incandescente, enrarecida, dibujando el signo
de la palindromía –Madam, I´ m Adam– más perfecta
en otro idioma y más sombría
que dominar los sentidos. El reflejo
intermitente tornó inútil el espejo; demorado, ¡ay!
el círculo callado, sorprendido,
de los cuerpos que buscándose se evitan
en el calor de lo íntimo. ¡Haber nacido
bajo ese signo! Haber nacido. A diario
el tedio vuelve del revés el derecho natural,
y el asedio es del sitio de lo mismo:
Al no desear, me muero. Quiero a ese pájaro
de mal agüero, al que amenaza Mad am I
con énfasis vital y tanto élan... Madam, ¡ay!,
perdamos tiempo si todo está perdido, hablemos
trivialmente del paso, del abismo.


***



PARA evitar la furia, concentrar la mente
y su penuria en el espacio de lo elocuente.
Sería el de la poesía y bastaría,
en realidad, el puro espacio de un cuerpo
inseguro, que desmiente estar allí alimentado
de presente. Un lugar de ausencia se reclama,
de verdad, donde la llama excuse alguna
decepción: una cuestión de tiempo y tensión
–no de espacio de elocuencia–, de lejía
reservada a la inclemencia del error
y del ensayo. Expuesta al fallo de la ciencia,
la certeza ya no es propia: medir la realidad
por la crudeza de la copia es desvelo
de científico que apena al corazón y,
por prolífico, resiente la sanción y no la llena.
La mente habrá de poner celo en lo indudable
y consuelo en la mentira –moriré, pero jamás;
me estanco en lo mutable–, y eso es todo
a lo que aspira, a eso apela. A alguna salvación
de lo inminente en el papel en blanco
que revela lo vaciado del vacío,
y lo concentra y se ve. Si se centra
el resultado, impío, es un antro de fe.
(de Madam)

El árbol de las palabras, (Obra reunida 1984 - 2006) ,
Ed. bajo la luna, 2006
Somos parecidos a esos sapos que en la austera noche de los pantanos se llaman sin verse, doblegando con su grito de amor toda la fatalidad del universo.
René Char


No haría falta amar a los hombres para darles una ayuda real. Sólo desear hacer mejor cierta expresión de su mirada cuando se detiene en algo más empobrecido que ellos, prolongar en un segundo cierto minuto agradable de su vida. A partir de esta diligencia y cada raíz tratada, su respiración se haría más serena. Sobre todo, no suprimirles por entero esos senderos penosos, a cuyo esfuerzo sucede la evidencia de la verdad a través de los llantos y los frutos.
René Char