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miércoles, 22 de agosto de 2018

Lo que veo en su retrato

MIGUEL GAYA
(Ayacucho, Prov. de Buenos Aires, Argentina, 1953)



Algunas preguntas contemplando el último retrato registrado de Raúl González Tuñón

Treinta días después de esa foto 
estaba muerto.
pero, ¿cómo es que se mueren los poetas?

Los poetas jóvenes posaron con él
en otra foto.
pero, ¿qué juventud tiene ese hombre entre ellos?

Lo que veo en su retrato 
ya está muerto.
pero, ¿qué hace que en esos ojos yo esté vivo?

Treinta días después de esa foto que ahora miro 
estaba muerto
pero, ¿cuánto tiempo más que su vida los poetas viven?

De El alma y otros lugares. Ediciones en Danza. Buenos Aires, 2012.

viernes, 14 de julio de 2017

Sonámbula y blanca

MIGUEL GAYA
Tomada de Twitter

(Ayacucho, Prov. de Buenos Aires, Argentina, 1953)

Canción que entona Álvaro de Campos a la manera de Brassens, mientras Pessoa sueña

En el barrio del Alto
en una calle alta
y en la más alta ventana
una muchacha peina
sus tan rubios cabellos
con cepillo de plata
y la cabellera fluye
por el balcón y cae
en cascada amarilla
sobre la calle alta
del oscuro barrio
lisboeta del Alto
obstruyendo el tránsito
de personas y cosas
y vehículos varios.

Sentado en el café
fumando mi cigarro
dejo pasar la tarde
y también la mañana
hasta que 
amigos comedidos
me imploran ahí sentado
que de prisa intervenga.
Apuro mi pernod
sacudo las cenizas
del saco ceniciento
y me voy para el Alto
de bastón y bombín.

Ella se para ahora
en el alto balcón
sonámbula y blanca
y al abrirse sus ojos
las ventanas estallan
en todo alrededor
con aires de campana.

Los guardias se apresuran
para acordonar las calles
desvían los tranvías
alejan transeúntes
y alertan a las madres
de jóvenes incautos
que corren a inmolarse.

Subo las escaleras
con paso decidido
y te beso los labios
antes de que sonrías
y empiecen las desgracias.

viernes, 11 de marzo de 2016

No es del árbol del conocimiento que el dolor viene

MIGUEL GAYA
(Ayacucho, Prov. de Buenos Aires, Argentina, 1953-)



Dale Dunning

EL PARAÍSO DE LOS RENOIR

Tenemos sobre los Renoir una hipótesis inquietante:
La tristeza del padre fue a parar a sus hijos, las heridas de la guerra
declarada por él,
destinadas a él,
mordieron otros miembros
de esa familia
desgraciada
que vivía en el paraíso.

¿Y es que acaso el padre, todo padre, no atina solo a sacudirse de sí el sufrimiento
no ya como padre sino, apenas, como hombre, y cae todo
(el sufrimiento, la finitud, la incompletud) en el hijo
no tanto como hijo sino apenas, creo, como hombre?
Pero ese hombre, Renoir, el padre,
tiene puestos en las piernas, en las manos, en los brazos
el dolor y la pena y la enfermedad.
Y en un gesto de mala magia
a orillas del río que atraviesa el paraíso,
a la sombra del árbol del conocimiento que crece en el paraíso
las arroja
al viento de tramontana que atraviesa el paraíso
y las transmite, da en herencia,
a los hijos
por la mitad.
Porque a uno le duele solo el brazo, y solo la pierna al otro,
de ese dolor que fue causado
por el padre.
¿Y para qué? pregunta el menor de los hijos y el más dolorido
por no saber señalar con qué dolor
lo señaló el padre.
Señalado tal vez por el dolor de no poder
dejar de ver que,
cuando el padre eligió dar dolor,
para que no le doliera, él eligió mirar
lo que el padre se pintaba para ver otra cosa.

Y entonces, dice el hijo,
no es del árbol del conocimiento
que el dolor viene,
dice él,
el menor, el menos indicado,
sino de otro árbol,
de la arboleda absurda
de la creación,
que se mece
en el ocaso
a la suave brisa
del orgullo
y la pena.

Árboles engañosos, dice,
innecesarios
y por eso incesantes
como tumores del mundo,
repartiendo el dolor
que dicen ocultar.

Y el hijo menor dice,
doliéndose de lo que el padre le brinda
de beber,
que ojalá el padre
reviente
del dolor suyo,
y que el dolor ese
no le llegue a él,
ya que él solo quiere
ahora
irse del paraíso de una vez,
de la casa del padre,
para ensuciarse los pies
en el camino.

¿Tienen entonces los hijos la culpa
del dolor del padre, aunque lo deseen?
No.
¿Tiene el padre la culpa
del dolor del hijo, aunque les espante?
Sí.

Rudas maneras de vivir
el paraíso
donde todo sucede
una sola vez
y nos marchamos
dejando detrás nuestro
delante nuestro
retahílas de padres y de hijos
baldados
y caminando.

De Cabeza de artista, Ediciones en Danza, próximo a editarse.

sábado, 29 de noviembre de 2014

Cuál será para mí la edad de la razón

MIGUEL GAYA
Tomada de revistaguka.wordpress.com


(Ayacucho, Prov. de Buenos Aires, Argentina, 1953-)

EL EMIGRADO

Un poeta que hablaba mi lengua
y no la de ustedes
pero a quien traiciono hablando como ustedes
para que ahora lo entiendan
decía:
“Mis ojos hace tiempo se niegan a ver claro,
desde el último mes, mis oídos son sordos,
la juventud perdida, ¿adónde iré a buscarla?

Sin embargo, yo, siendo joven,
tuve ojos que vieron sin entender
y oídos que fueron sordos a las voces de los hombres.
Mi juventud pasó entre gente extranjera
y la vejez no me traerá el consuelo de oír mi propia voz.
¿Cuál será para mí la edad de la razón,
quién me mirará alguna vez como a un hombre?

Espero la muerte
como quien llega al fin de una jornada sólo fatigosa.
¿Es mi corazón el único que palpita en esta tierra extraña?

(10-5-1979)

(en “Grupo Onofrio de Poesía Descarnada”, con Javier Cófreces y Jonio González, Ediciones en Danza)
Cortesía de Jonio González

miércoles, 17 de octubre de 2012

La palabra Manjar

Dos más de MIGUEL GAYA
(Ayacucho, Prov. de Buenos Aires, Argentina, 1953-)

Poema para ser leído en voz alta por el Barbado Alberto Muñoz

Olvida la piel nacarada de las ninfas del bosque.
Olvida el cuero moteado de los chanchos salvajes.
Que se pierdan todos ellos en la espesura.
Tu piel es la de los perramus percudidos que se cuelgan en las esquinas de adoquines mojados
Para espantar los autos de la muerte que te rondan como escarabajos gigantes.

Olvida los bosques, las montañas, los lagos.
Olvida los campos sembrados y los mares azules.
Del mar océano comprendes sólo la furia de Ahab
Y si acaso, a los piratas.

Lo tuyo son las ciudades.
Las ciudades de los hombres
Donde eliges siempre casas viejas
En las que tus risotadas puedan venir rebotando
Por las habitaciones.
Allí habitas. Allí vuelves
Después de pasearte por las calles como príncipe del exilio
Con magníficas capas de sombra y sortilegio.

Olvida el aire puro de las montañas, el leve rocío de las prímulas.
Tu aliento no es de ajonjolí.
Llevas contigo un aliento como de animal de pelo en las orejas
Y las mujeres que te rozan sienten el asalto de una íntima conciencia de ser presas con sangre y vísceras.
Olvida las familias.

Olvida las familias y las buenas conciencias.
Déjate cercar por los niños que te reconocen como uno de ellos
Y olvida que serán adultos.
Cuéntales historias que los dejen
Con los ojos abiertos para siempre.
Abre los ojos de los demás
Que ese es tu sino.

Porque tuyo es un reino
Que todos desconocen e intuyen
Sólo por las riquezas que expandes
Cuando caminas.

Cuando caminas
Nada te es ajeno
Nada te arredra y del vasto mundo
De todos los sonidos del vasto mundo
Eliges
La palabra
Manjar.
***
El imperio

Yo he contemplado desde una colina
la polvorienta caída del Imperio Británico,
la última carga de sus jinetes enhiestos
y sus taciturnos servidores.

Me ha sido dado ver, a edad temprana,
sus pompas y sus glorias marchando hacia el ocaso
con un rumor de mostachos y vajilla Reina Ana
y jardines anegados con lluvia tropical.
.
Adiós juventud, adiós Picadilly Circus
y Albert Hall, arrivederci. Los bárbaros gimen
“¡Mi coronel, mi coronel Kurtz, el bien amado!”

y luego, en esa noche, nos hemos golpeado las bocas
y gritado yeah yeah yeah
bailando rock & roll bajo la luna.
**
Los poemas pertenecen a El alma y otros lugares, Ediciones en danza, 2012)

domingo, 27 de marzo de 2011

La noche se traslada sobre la tierra

Dos poemas de MIGUEL GAYA
(Ayacucho, Prov. de Buenos Aires, Argentina, 1953-)


Mi amor habla otro idioma.
Mi amor habla otro idioma esta mañana.
Mi amor habla otro idioma esta mañana en que me tiendo a su lado.
Mi amor habla otro idioma esta mañana en que me tiendo a su lado y escucho.
Esta mañana escucho otro idioma de mi amor y me tiendo a su lado.
A su lado esta mañana escucho otro idioma de mi amor.
Otro lado escucho de su idioma a mi amor.
Mi amor habla y me tiendo a su lado.
Escucho a mi amor.
***
San Miguel

Escucho un grillo en la oscuridad.
La noche se traslada sobre la tierra
como si este lugar fuera su ombligo
y el grillo la guiara a mí.
Hay viento y las ramas se agitan en lo alto
y todo calla
excepto el grillo
y aún él
deja de oírse
como si tomara impulso
y luego sigue
dando un lugar al silencio
para que cunda
alrededor.
Te observo desde la oscuridad.
Te mueves en la luz.
Eres el lugar donde mi vida se ilumina.
Rondo la casa
oculto entre los árboles.
Quieto
te miro como resuelves
los ritos de la casa.
Cómo de ella se derrama
hacia el pasto
la luz.
Bebo de vos

**
Para leer más de Miguel Gaya, aquí
Foto: tomada de 2bp.blogspot.com

domingo, 9 de agosto de 2009

Siseante


Tres poemas de MIGUEL GAYA
(Ayacucho, Prov. de Buenos Aires, Argentina, 1953-)

El Pasado

Si alguien se atreviera a poner sobre la mesa su pasado
y contemplar ese animal sangriento
que resuella
con la cabeza yacente y como absorto
deberíamos advertirle
de su doblez
de su astuto carácter de aguzados dientes.
A las bestias del tiempo conviene
acercarse con cuidado.
Su cuerpo con facilidad transmuta
en niebla
y al apartar las púas
para sorber el tuétano
podemos con facilidad
perder el rumbo
en sus ojos
fijos en nosotros.
El pasado tiene un cuerpo anormal
esponjoso
hasta que nos salta al cuello
enfurecido
hundiéndonos con él
como piedra de molino
en aguas quietas.
El pasado puesto sobre la mesa
tiene un ronroneo
de máscara satisfecha.
Acechante.
Siseante.
**
El ruido

No tengo nada que decir
O sea que perdonen
por interrumpir, pero
tal vez quisiera eso sí que continuara
esto que es apenas algo más que
silencio
un susurro
insistente monocorde mientras
sus voces restallan
con altura.
No es que fuera a decir algo
digo
apenas este murmullo
pero
insisto
es empecinado
y se mantiene al ras
entre los muebles de las habitaciones de los hombres
en sus lechos
y mesas
y en los huecos húmedos
que se arman y desarman
entre los cuerpos amantes.
Nada en que reparar
digo
mientras
los ruidos de ustedes
aturden.
**
Lo efímero

Durante nuestra niñez los balnearios
donde pasábamos los veranos eran
azotados por tormentas
y ráfagas de arena enfurecida.

Nuestros padres permanecían ausentes
o absortos en las tropelías de un gobierno lejano.
También los abuelos padecían enfermedades tremendas
o habían sido muertos por racimos
en guerras europeas.

Y nosotros trotábamos en un sol deslumbrante.

Nuestro lugar era precario,
nuestro tiempo, enorme,
y podíamos correr por horas
en el lugar exacto
donde el mundo caía.

Aun así, el ánimo
no flaqueaba
y en medio de médanos inhóspitos
o a merced de las olas
reíamos y chillábamos
como gaviotas maltratadas
por el vendaval.

Éramos feos.
Éramos tenaces.
Flacos y secos y oscuros
como palos
y no supimos hasta mucho más tarde
que conocíamos
la cara salvaje
de una cierta felicidad.


De Lo efímero y otros poemas inestables,
Ediciones en Danza
Somos parecidos a esos sapos que en la austera noche de los pantanos se llaman sin verse, doblegando con su grito de amor toda la fatalidad del universo.
René Char


No haría falta amar a los hombres para darles una ayuda real. Sólo desear hacer mejor cierta expresión de su mirada cuando se detiene en algo más empobrecido que ellos, prolongar en un segundo cierto minuto agradable de su vida. A partir de esta diligencia y cada raíz tratada, su respiración se haría más serena. Sobre todo, no suprimirles por entero esos senderos penosos, a cuyo esfuerzo sucede la evidencia de la verdad a través de los llantos y los frutos.
René Char