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lunes, 24 de marzo de 2014

Yo era muy joven entonces, muy pobrecita

DE ARCHIVO

Dos poemas de MARÍA MORENO
(Buenos Aires, Argentina, 1947-)


EL PORVENIR DEL SOCIALISMO

Mientras subía por las piernas de mi tío Merril
él no me dejaba llegar hasta el fondo.
“Éstas son las llaves de la ciudad” decía
colocando la mano en su abultada hilera de botones,
y cuando yo alcanzaba una de sus rodillas
me hacía rodar sobre la alfombra
cerrando sus robustas piernas de muchacho
para todo trabajo.

¿Comprendí entonces que me negaba
no la reservada flor masculina
ni la fatal distancia de la sangre
sino el bravo secreto del amor entre varones?

Merril acostumbraba a ganarse el sustento
entregando toallas a la puerta de los baños.
Muchos pasaban sin siquiera un saludo
como si la toalla estuviera suspendida en el aire,
pero a veces alguno se detenía
y lo miraba fijamente a los ojos.
Entonces la toalla se convertía en un arco iris
entre las manos de Merril y el cuerpo del muchacho
y cuando éste se secaba dejando la puerta entreabierta
era un pedido angustioso y una promesa.

Para quitarme a Merril del pensamiento
mis padres quisieron ofrecerme una diadema,
muchachos en flor que no eran mi tío.
Me enviaron a Vicker Maxim´s
para que los viera.

El ir y venir de los cepillos metálicos
sobre las plataformas destinadas al armado diurno
de los barcos que usaríamos en la próxima guerra
levantaban una maleza de acero rizado
y la presión y la tensión de su musculatura
en el esfuerzo de levantar la pala
hicieron que ningún otro fuera como Merril:
alto y hermoso, alegre y valiente,
un señor Venus aceitando trapajos.

Y cuando años más tarde en un cine de la calle 42
fui a ver El acorazado Potemkim
todos los trabajadores me parecieron Merril,
dioses barriobajeros con callos en las manos.
Sólo que entre las estrellitas de los yunques
yo veía una cinta que no estaba en la bobina:
cuerpos cansados en la lucha por sustraerse
a toda esa infantería de metales pesados
dominada por tan alegre carne
que cuando el rigor de los turnos se rendía
en la noche enorme de los bares de Sheffield,
pechos velludos se estrechaban unos contra otros
retorciéndose y perlándose
en estériles abrazos estremecedores.

Yo era muy joven entonces, muy pobrecita,
mi idea de virilidad eran sólo imágenes
de potencia acorralada en trajes victorianos
que la ropa de trabajo, en cambio,
dejaba adivinar mejor a una mirada virgen.

Lleven al socialismo
el trotar de Merril tras los muchachos de los baños
que aunque sin vocación domiciliaria
a menudo estaban picados por las chinches
en la respiración común de las chozas de Leeds.

Lleven al socialismo las bicicletas de rayos azules,
los carteles pintados y las canciones
y la euforia gay por morir primero
para congelar el final de Hollywood
en la memoria débil de los pueblos.

Un día Merril se fue a vivir a Millthorpe
con un “profeta del mañana”
que le leía la Biblia mientras él pinchaba tocino
en el fuego de la chimenea
y cuando escuchó que Cristo había pasado su última noche en

/Getsemani
Merril preguntó “¿Con quién?”

En Millthorpe mujeres acaloradas por los mitines
se desabrochaban el primer botón de la blusa
para discutir sobre sindicalismo y cría de cerdos,
sobre cómo liberar el pie del calzado ordinario
a través de frescas sandalias artesanales
o si gardenias en los jarrones
riman con austeridad administrativa
cuando el socialismo es vida interior.

Una constelación de obreros manuales,
bellezas de garaje, operarios de las canteras,
facinerosos elegidos jocosamente
a través de los zapatones palurdos
que asomaban por las empalizadas de las letrinas
en los baños de la estación de ferrocarril,
afiladores de limas y choferes de grúa
jugaban en los salones guasos juegos de taller:
atarse, incendiarse los pies, empujarse desnudos a los jardines.
Muchos camaradas de lucha se encogían de hombros
cuando el amante de Merril decía
“El futuro se esconde en este cuarto”.

Y aquellos que se ponían guirnaldas en la cabeza
y bebían del mismo vaso en el cumpleaños de Whitman
no soportaban que un simple muchacho del servicio de mesas
pasara sin un respiro a ser ama de casa consciente
y que en Millthorpe leer fuera menos importante que barrer.

Nadie advirtió el acto de justicia
que Merril inventó, sin prédica alguna
cuando, abriéndose paso en el soplo del mañana,
arrastró un piano de cola hasta la cocina
decretando mudo que Mozart
es el derecho de todo trabajador doméstico
cuando se halla ocupado en la trituración de las verduras,
cosiendo el borde de un matambre
o simplemente esperando a que en el salón cese la filosofía.

Lleven al socialismo
el significado de la palabra “esposos”
a través de estos dos hombres que durante años
solían despertar juntos rodeados de pimpollos
(la jardinería comercial había sido sólo una idea),
el chistoso muchacho de Sheffield
cuyo único arte había sido
colocar un empapelado gótico
en el salón de los visitantes extranjeros
y un pañuelo de madrás a modo de tapete
para cubrir la jaula de la urraca,
y el aristócrata soñador
que deseaba la vida dual y todas sus criaturas
absueltas para siempre en el estado soltero
y desnudas al sol sobre las piedras de Millthorpe,
los dos cosiendo uno junto al otro sobre un huevo
y corriendo de vez en cuando las sillas
para estirar la luz de la ventana
al ritmo justiciero del piano en la cocina.

(de "El honor de las damas")
***
LA FUERZA

Cuando mis padres eran jóvenes
yo era inviolable.
El sol me daba todo el tiempo
en mi sombrero de ala ancha
mientras crecía el follaje
en el humus de mi axila,
y mis pasos mordaces
hacían volverse a los muchachos.

Siempre había feria en el confín del condado,
tómbolas junto a los copos de nieve.
Mi primo Jim festejaba la venta del mijo
deslizando cerezas en la boca de un pavo.
(Yo debía buscar para mi lazo
flores chicas.)

Era muy fuerte, tan grande me había vuelto
que podía romper doblones con los dientes
y navegar los grandes rápidos
como la Reina Africana,
la cabeza en lo alto flotando como un corcho.

Entonces mis padres reían en el porche de una foto fija
y aunque nunca tuve que cavar sus tumbas
si alguien me hubiera dicho que ése era el destino de mi fuerza,
queriendo romperle la quijada y así desmentirlo,
para fingir debilidad hubiera errado el golpe.

Y como mi fuerza tenía ese poder oscuro
debí castrarla en vilo.
Ahora sólo digiero la legumbre pisada
frases corteses y cuna de oro.

Y aunque hace tiempo que mis padres han muerto
necesito mucho más de sus cuidados
y los voy consiguiendo uno por uno, uno por uno,
como si después de muertos ellos fueran más padres
y pudieran, con sólo un poco de concentración,
extenderme nuevamente sus pulgares
para levantarme de la alfombra
y así volver a andar entre ellos
airosa.

(de "Exposición")

Pertenecientes a El affair Skeffington, Mansalva Ed., 2014.

viernes, 14 de marzo de 2014

“Mantenerse ocupado es esencial”

MARÍA MORENO
Caricatura d'Eco. Coreografia de Virginia Woolf

(Buenos Aires, 1947-)

De memoria
(Fuente: Suplemento Las 12, 2001)

"El 28 de marzo se cumplió un nuevo aniversario del suicidio de una de las mayores escritoras de siglo XX, Virginia Woolf.

La noticia apenas ocupó lugar en los suplementos literarios. Quizás porque el medio siglo es más impactante. El 28 de marzo de 2001 se cumplieron 60 años del suicidio de Virginia Woolf. Ahogada en el río Ouse, encontrada por unos niños, la escritora pareció haber acudido al llamado de las voces de la locura que tanto temió a lo largo de su vida y que suelen adquirir el rumor de un río encrespado pero monótono. Y su suicidio fue una suerte de puesta en escena cuya clave mostraba en ella, aun en el borde de la muerte y luego de haber afirmado que ya no podía escribir, ni siquiera leer, una última familiaridad con las palabras. Como si la escritura pudiera conservarse aún sin escribir, a través del gesto final: caer entre las olas luego de haber escrito un libro con ese nombre y en donde los personajes son voces que recorren la totalidad de sus vidas al ritmo de un agua que parece seguir las leyes de la marea. Marea mental, angustiada y lírica, que pone ante los ojos del lector la ilusión de una presencia. La escritura por otros medios, también esta muerte, porque Virginia Woolf ha entrado en el drama con los atavíos del lobo, en el cuento de Los siete cabritos: grandes piedras en los bolsillos del abrigo, un bastón que dejará clavado en el barro que bordea el río. El lobo muere a través de una escena idéntica. Woolf quiere decir lobo, a Virginia le decían “La Cabra”. ¿Qué ha querido decir ese gesto final? ¿Esa voluntad de que su muerte fuera encarnación del colapso entre sus nombres? Se puede soñar allí un sentido que nunca podrá desentrañarse del todo ahora que ella ha callado. Rastrear en sus palabras escritas... acompañar su agonía...
Hay gestos de lenguaje y hay gestos que se sustraen a él, pero cuya riqueza hace hablar.

Joyce & Woolf
Escribir para ella era un vicio y una prórroga. Al vicio lo prodigó en varias, notables novelas como La señora Dalloway (1925), Al faro (1927), Orlando (1928), Las olas (1931), Los años (1937), donde hizo creer que una diadema de palabras deslizándose en una música perfecta desde la querella hasta la exclamación gozosa, de la observación intelectual a la descripción de una punzada de desdicha, constituían un monólogo interior. James Strachey, su amigo, ha editado las obras de Freud. Y si Virginia no lo había leído, estaba en el aire de su época, permitiéndole tentar la retórica del inconsciente. El feminismo del siglo XX no ha podido escapar a la tradición de libros de ensayos como Un cuarto propio, Tres guineas o La torre inclinada. Y eso que su autora era escéptica y políticamente incorrecta.
“Palabras, palabras inglesas, en las casas, en las calles, en los campos; a lo largo de tantos siglos... Las palabras pertenecen a las otras palabras. Pero sólo un gran poeta sabe que la palabra incardine pertenece al océano de lo inefable. Para usar nuevas palabras habrá que crear un nuevo lenguaje. Se llegará a ello, pero no es cosa nuestra. Lo nuestro es unir viejas palabras en un orden nuevo para que subsistan y creen la belleza, para que digan la verdad”, dijo alguna vez en un programa de radio. Era su manera de preservar de Joyce a la lengua inglesa, aunque él ya estaba allí. Las relaciones de la flaca de barbilla afilada –hija de un patriarca libresco y cascarrabias, el erudito Leslie Stephen– con el autor de Ulises fueron difíciles o nada. En 1917, la editora de Joyce, Miss Waever, depositó en un escritorio de la Hogarth Press (perteneciente a los Woolf) un paquete envuelto en papel madera que contenía los originales de Ulises. Katherine Manfield lo encontró y lo leyó en solfa ante Virginia, aunque demudándose de a ratos y reconociendo que “tenía algo”. Virginia comentó que el autor era “iletrado, grosero, falto de educación, obrero autodidacta”. Un error o una paradoja.
Barthes definía el texto como “un fragmento de lenguaje infinito que no cuenta nada, pero donde algo inaudito y tenebroso pasa”.
Virginia Woolf renovó la lengua inglesa arrastrándola hasta los límites de su integridad; Joyce la hizo estallar desde el centro de un gesto que descubría al mismo tiempo “algo inaudito y tenebroso”. Ella no franqueó el silencio victoriano sobre la sexualidad, Joyce hizo decir de todo al deseo sexual. ¿Es Molly Bloom (Ulises) lo reprimido de Rhoda (Las olas)? Pero ella, Virginia, fue radicalmente futura cuando describió la pasión en términos no genitales, como un continuo soberano de donde el posterior feminismo de la diferencia extrajo algunas pruebas para fundar su teoría de la sexualidad femenina. 
Lo cierto es que debe ser el amor de estas dos obras (la de Joyce, la de Woolf) por la lengua inglesa lo que ha engendrado el texto contemporáneo. La torre inclinada con sus once ensayos constituyen una larga y a menudo velada alusión a Joyce y su escandaloso producto. En él, Virginia Woolf augura el ansiado maridaje entre verdad y belleza, la disolución de las fronteras entre los géneros, y una crítica literaria con rango de ciencia. No ve a Joyce en ese futuro, y ella misma renuncia a él, ya que su misión continúa siendo la de unir viejas palabras en un orden nuevo para soltarlas en las casas, en las calles, en los campos. 
Se ha insistido en mirar a Virginia Woolf con lentes psicoanalíticas: una seducción temprana por parte de un hermanastro que comienza cuando muere su madre y habría generado cierto disgusto por el sexo, el duelo congelado por su brillante hermano Toby muerto tempranamente, un Edipo victoriano de mala resolución. Todo convergiría en el suicidio. La crítica feminista hoy explica éste menos por las razones personales que por el horror de un mundo dominado por un sádico antisemita, Hitler –los Woolf planearon en algún momento suicidarse juntos–, unos avatares de la relación entre la artista y su escritura. La carta final a Leonard Woolf parece justificar la versión del psicoanálisis. Pero fue su fundador el primero que hubiera diagnosticado que la misma Virginia no tenía acceso a sus “verdaderas” razones (¡como que él no la había analizado!). 
En 1941, Ulises pertenece definitivamente al presente. El doctor Freud y sus discípulos, reunidos los miércoles como Bloomsbury –el grupo de luminarias de las artes y de las letras del que participaba Virginia–, han puesto un sentido a las voces oídas por el doctor Scherber, el caso de paranoia analizado por el maestro. Tres años antes, Freud había desistido, en un ambiguo episodio, de analizar a Virginia. ¿Fue un tanteo de los Woolf, un pedido denegado? Freud regaló a Virginia una rosa. ¿Negligencia romántica o temor a un genio con faldas?

La gentil rosa freudiana
El 28 de enero de 1939, Virginia Woolf y su marido Leonard visitaron en Londres al profesor Freud. Los nazis habían entrado en Austria. Londres era un refugio: había allí un cuarto claro en donde el profesor había reunido sus queridas tallas egipcias. Un jardín bien cuidado asomaba por la ventana, libre de toda interpretación. Puede imaginarse la mundanidad cordial de Leonard. Su pequeña falta de tacto al contar al profesor que un juez le había dicho a un hombre, a quien se juzgaba por ladrón de libros, que lo condenaría a leer un libro de Freud. El profesor entristeció, pero sin perder su afabilidad abstracta, propia de los acorralados entre la muerte y la obra.
Virginia Woolf era socialmente una loca, el profesor Freud un psicoanalista. La entrevista no tuvo una dirección –Leonard Woolf la relató en su breve texto La muerte de Virginia–, pero las fantasías debieron inquietar los corazones. 
El encuentro no fue gran cosa. Sólo el arte de la conversación ligera hizo retroceder el silencio. De pronto, Freud tomó una rosa de una jarra y la puso en la mano de Virginia Woolf. Este gesto era perfectamente convencional. Pero, ¿se puede soñar allí un sentido? ¿El profesor Freud entregó una rosa a Virginia Woolf porque en la Europa victoriana se solía regalar una rosa “a la más pura y bella”? ¿Este caballero victoriano hizo un modesto homenaje a una mujer tímida, precozmente limitada en su vida sexual, como él? ¿Este investigador honesto, pero desgarrado, que ha puesto en duda que las mujeres sublimaran, le estaba dando un trofeo a la excepción? ¿O es el Freud de las certezas casi de iluminado quien entregó su rosa para sellar un pacto, el que permitía continuar a un genio hacia la muerte, cuando él ya iba en dirección de la suya?
El 24 de marzo Virginia escribió en su diario una extraña frase: 'Y ahora con un cierto placer descubro que son las siete y que debo hacer la cena. Bacalao y salchichas. No cae duda de que se consigue cierto ascendiente sobre el bacalao y las salchichas al describirlas'. Y unos párrafos más arriba: 'Mantenerse ocupado es esencial'. Cuatro días más tarde, el 28 de marzo de 1941, algo inaudito y tenebroso había sucedido."

María Moreno, Subrayados, Mardulce ed., 2013.

lunes, 6 de enero de 2014

Detesto los ciclos cuando no son los de las mareas

MARÍA MORENO
Tomada de www.elpuercoespin.com.ar

(María Cristina Forero)
(Buenos Aires, Argentina, 1947)

“Me gustaría morir leyendo, nadie escuche en esta declaración la construcción pedante para una mitología intelectual, ya que podría leer cualquier cosa.”
***
“Hay una impronta muy fuerte de Borges que marca una economía del lenguaje que se chupó al modernismo, su idea de una economía del lenguaje totalmente puritana, su idea de que el barroco es la infancia del escritor. Cuando viene la democracia y retornan algunos cronistas, como Tomás Eloy Martínez, Horacio Verbitsky o Miguel Bonasso, nadie recoge la crónica de herencia modernista. Ahí hay una escritura de duelo, como si no se pudiera gozar mientras se denuncia, como hace Pedro Lemebel. Habría que ser apolíneo con una lengua que contiene la palabra desaparecido.”
***
De “Pronunciarás mi nombre en vano”: “También se nombra para agradecer la invitación a un Congreso o para incentivarla, bendecir discípulos, pagar mangazos sin contante ni sonante o extorsionar a los jóvenes para que se pronuncien contra el olvido, cuando no para honrar mecenas…”.
***
"A veces, como a tantos, leer jugando me ha consolado de la tragedia.”

De Subrayados, Mardulce Editora, 2013.
***
Cosita
Carta didáctica dirigida a una mujer y a todas las mujeres, a pesar de que se dice que ellas no aprenden nunca.

Querida mía:
Por lo que sé de ti últimamente quisieras ser la feliz poseedora de una conciencia. No lo consentiré ni por asomo. ¿No te contentas con haber llegado, con tu enorme y variada energía animal, a tener un alma? ¿Un alma que ha perturbado profundamente el ánimo de los filósofos? ¿No te bastó la hoguera de las brujas ni la hornacina de las santas, ni la matriz natural con que reproducen seres con las ínfulas de una copiona de Dios?
Ahora ambicionas el trono y el altar, interrumpir la economía universal y la cincha de las grandes potencias con tu realismo propio del doctorado doméstico, con tu infantil sentido de la equidad que consiste en preservar del progreso y su necesaria ley de transformación los reinos que te son más familiares: el animal y el vegetal (No digo el mineral porque a ti no te gustan las cosas que, como las piedras, no tienen sangre ni corazón, pero que en cambio tienen historia, una ciencia que según tu versión te ha jugado una mala pasada).
Bien, no voy a consentirte un solo paso más. ¡Atrás! O te encerraré en un zoológico modelo que funciona clandestinamente en Centroamérica, un zoológico donde la jaula de las feministas está al lado de la de los zorrinos.
Voy a recordarte qué es lo que quiero.
Quiero tu mirada perdida por un placer que sea el resultado meritorio de mis trabajos forzados. Quiero tus ojos grandes y derramados como los de un animal de presa (un bambi o una gacela, nunca un zorro). Quiero tus lágrimas cuando, partido como estoy entre el amor y el deseo, salgo en busca de otros cuerpos, para marcarlos uno por uno con una simiente que, no está de más decirlo, has aprendido a esterilizar con unos métodos antinaturales e incómodos.
Quiero tu atención magnetizada por el Falo.
Quiero tu fe en mí, cubriéndome como una Caperucita. Sí, como una Caperucita. ¿Acaso no te conmovían los hombres que accedían a tener un rasgo femenino?
Quiero tu boca bien pintada, para que yo pueda saber si has besado o no a algún otro. Quiero que selles con ella mi cuerpo, que esas marcas sean mis medallas de honor en la guerra de los sexos.
Quiero tus pechos lo suficientemente grandes como para apenas desbordar mis manos, pero no tanto como para evocarme su índole nutricia, que he olvidado.
Quiero que te muevas a mi compás como otro Yo Mismo y que tu desobediencia sea sólo para arrancarme un placer con el que no contaba.

Quiero tus dientes lo suficientemente duros para no hacerme cosquillas pero no tan filosos como para castrarme o dejarme una cicatriz duradera.
Quiero que te vistas siempre así, como una prostituta, pero no cuando vas al médico, y que no te asomen negras puntillas o cintos de raso por los bordes de tu ropa de calle. Que esas tramas abiertas que escriben sobre tu piel blanquísima sean el argumento del amor, resistentes y elásticos para mi barbarie en tono menor (dudo que mi dentadura pueda arrancarlos como mi antepasado, el lobo).
Quiero ver tu sexo sólo en el momento de poder taparlo con el mío, nada es tan desagradable como la animalidad de una mujer. Y nada hay de más animal que un sexo de mujer, un animal que engulle sin crecer ni morir. No quiero ver tu sangre, me bastó la de tu himen que necesité como prueba de que tu padre no me había engañado. Detesto los ciclos cuando no son los de las mareas o cuando no duran nueve meses.
Quiero tu instinto ágil y aleccionador para orientarme allí donde el conocimiento no llega. Pero si exageras, te llamaré bruja y te quemaré.
Quiero que me aceptes en tu cuerpo cuantas veces yo quiera, pero no tantas. Porque entonces te haré responsable de matar mi deseo en rutina o te acusaré de desear más allá de mí y te llamaré ninfómana.
Quiero que seas como una madre, no como la que tuve ni como la que deseé, sino como la que podría tolerar aunque no tan semejante como para que tu contacto me repugne.
Quiero tu mente en blanco, no tus maquinaciones de loca.
Te quiero muerta o dormida o, mejor, una mujer robot si no tuviera que escuchar en tu pecho dos corazones.
Quiero tu sangre para mi apellido (te dije que no me gusta verla), tu sexo como un guante, tu goce como una orden al mérito.
También te quiero como si fueras un hombre, que me recuerdes a los hombres sin que yo tenga necesidad de ellos. Quiero tu vida interior para saber quién vive ahí y tu pasado para saber a quién hay que matar.
Quiero un contrato que lleve solamente tu firma.
Quiero tu laboriosidad, no tus creaciones. Quiero tus manos para que me toquen o me curen y tus pies para que vengas a mí, constantemente, constantemente.
Quiero todo y a cambio de eso tú me quieres a mí, ¿no es cierto?
Entonces prométeme que vas a olvidarte de tener conciencia.
¿Acaso no te encanta que te llame “Cosita”?
Un beso de él.
**
Demasiado tensa para ser hada
Querida Demasiado Tensa:
Quisiera no incurrir en una falta de delicadeza, pero ese hombre no es un ideólogo comprometido con los conflictos sociales y, si lo es, ¿qué tendrá que ver eso con su erotismo de repertorio? Francamente, usted confunde a un Apolo del placer con un perrito que cava ansiosamente una zanja en busca de un hueso. Si es absurdo hacerlo para tener cría, no es menos absurdo hacerlo para obtener una simple descarga neurológica. Usted no es el perro de Pavlov. ¿O sí? Un orgasmo no hace un Perú. Aunque por su edad deduzco que padece las secuelas de la revolución sexual. Todos hemos estado en Vietnam, a nuestro modo, querida, pero eso no la autoriza a arrojarse sobre el lecho como un comando palestino sobre un aeropuerto. La imaginación, el crescendo, las molduras, el tienta y niega, son los aparejos del placer, no la anestésica vuelta de la noria. Ya sé que es una estupidez suponer que los hombres recuerdan más a las mujeres con las que no que a las con que sí, pero no se puede vivir con el sí en el borde de las ligas. Recapacite y abandone esa gimnasia animal populista, que su cuarto ya debe oler a salón de entrenamiento de Luna Park. Dignidad, querida Demasiado Tensa. Dignidad. Mande a su ideólogo a hacer la mano muerta por Florida. Si es fetichista, regálele como objeto transaccional una botita de charol. Y usted, cómprese un perro de mediano formato, raza indiferente, austriaca.
**
La náusea
Querida Asqueada:
Ojo por ojo, diente por diente, cutícula por cutícula. No le deje pasar una. Pero devuelva con altoparlante, con la magnificencia y exageración de los obispos vaticanos. ¿Que él deja El Gráfico sobre el sofá? Usted, a sacarse la tierrita de entre los dedos de los pies. ¿Que él dijo “se acabó la yerba”? Grítele desde el baño, sentada en el inodoro “¡Cómo! ¿No hay papel?” ¿Que él moja el pan en el plato mientras lee el diario? Aféitese las piernas sobre la mesa y deje la taza con la cera perlada de pelitos junto a la jarra de vino. ¿Que el diario que él lee se llama Diario de Poesía? Sugiérale que es impotente. ¿Que él le dijo que la vida de ambos es mediocre? Conteste mientras hojea ansiosamente un ejemplar de Playgirl: “¡Oh, oh, oh... ya lo creo que sí!” Coma ajo y cocine brócoli. Deje de usar desodorantes y repita doscientas veces por día: “¡Me cacho en Die!”.
¿Que su problema es que él se muestra repugnante y que yo pretendo ahora que la repugnante sea usted? Bueno, le voy a dar un truco que ni Mata Hari. Cómprese el libro de Irene Gruss El mundo incompleto, copie el poema titulado “Rara, como encendida”, fírmelo usted y envíelo para su publicación a Diario de Poesía. Él morirá de celos; Irene Gruss le hará un juicio. Alégrense ambas. Las mujeres que salen a la esfera pública son las más deseadas.

De A tontas y a locas, Sudamericana, 2001.
 ***
ENTREVISTA
(Fragmento)
EL SÍ FACIL
¿Cómo se integra el azar a este trabajo?
-Yo escribo por encargo. Claro que no me encargan cualquier cosa, y en mi casa tampoco hay cualquier cosa: aunque hubiera buscado al tuntún, apretada por las circunstancias, no habría salido un libro muy diferente. En este caso elegí la convención de armar un catálogo de registros de mujeres, un registro temático. Me interesó hacer algunos pases: poner personas reconocidas como poetas pero con un cuento (como en el caso de Olga Orozco) o llamar “cuento” a un texto de Pizarnik que es mucho más complejo de definir. En general, la ficción para escribir algo está en que me lo demanden; pero si me demandan algo que no me gusta, me las arreglo para llegar al punto que quiero.
¿Nunca dice que no?
-No. Por eso tengo muchos problemas.
También le encargan cosas que suponen que María Moreno puede hacer.
-Claro. Cada vez que una mujer, en algún lugar del mundo, hace algo -por ejemplo, un tapiz-, se supone que yo debo tener alguna idea al respecto. Me parece que tiene que ver con lo que uno produce en el mercado. Si alguien saca una revista y no tiene muchas ideas, cantado que le hace un reportaje a Fogwill. Por la misma razón me encargan a mí cosas ligadas al género mujeres. 
¿Por qué terminó especializándose en el tema de la mujer?
-Porque no estoy segura de ser una. Pero eso es algo muy femenino. En mi caso, ser una no-mujer no me hace un hombre. Quizás ahí esté el motor que me llevó a pensar algo sobre género: a partir del síntoma, tuve que “profesionalizarme”. Hay un dicho zen que se puede adaptar. Dice así: cuando los hombres no saben zen, los hombres son hombres y las montañas, montañas; cuando empiezan a aprender zen, las cosas son más complicadas; cuando ya saben zen, los hombres son hombres y las montañas, montañas. ¿Cuál es la diferencia? Que levantaron los pies del piso. Se podría decir eso con respecto al camino del feminismo.
DESPEINADA 
¿Siempre trabaja de manera tan intuitiva?
-Yo no diría “intuitiva”. Hay diferentes supersticiones de los “artistas”, de los que hacen estas cosas que son tomadas como arte: hay tipos que tienen la fantasía del control sobre sus obras, y otros que no. Pertenezco a los segundos. En la lectura de esta antología eso se puede revertir o confirmar totalmente. Alguien dirá: “Evidentemente, esto es la obra de alguien que encontró las cosas por azar y mezcló todo de cualquier forma”. Yo no sé cómo salió. Me resulta muy difícil leerme después de publicar: otra manera de soñarme irresponsable, despeinada.
¿Las mujeres se despeinan? 
-Yo, totalmente. Aunque conjeturo que las mujeres no se despeinan, no muy a menudo. Si pensamos en Virginia Woolf y James Joyce, mi ocurrencia es que ella se maneja con cierto cuidado por la lengua mientras que él la rompe. Creo que en esos modelos hay algo que sigue sucediendo. En esta antología, tal vez algunas están más peinadas que otras. En general percibo que son mujeres de cierto orden, pero de diferentes órdenes entre ellas. Por poner el orden como un peinado.
¿Cómo restringió esos peinados a los cinco estilos que marcan los subtítulos de la antología, que además son títulos de mujeres (ver recuadro)? 
-Porque la mujer empieza sola (por eso “Un cuarto propio”) y termina en la política (por eso “La sangre de los otros”). Hay una expresión repugnante que dice “de lo privado a lo público”, es un sonsonete que primero resulta operativo y que rápidamente coagula en estribillo. Con respecto a los títulos, creo que se deben a la relación que tengo con el plagio. Paralelamente al no hacerme responsable de lo que firmo, también firmo cosas de otros con ese nombre que no es mío. Es muy interesante que en México le digan “plagio” al rapto: me pasa que, una vez que le robo algo a alguien, no lo puedo encontrar en ese alguien, no puedo encontrar ese texto en el libro del que lo robé. Como si lo hubiera raptado. Igual, como plagiaria soy una ladrona de gallinas: lo que robo son fetiches, una frase. Por ejemplo, “la criaron bien” de Colette. Claro que los plagios se valoran de diferentes maneras. Por ejemplo, todos los lacanianos hablan en lacaniano y ninguno lo considera un plagio, sino una transmisión.
Libertella se incluyó en una de las antologías que hizo, ¿por qué usted no se puso en Damas de letras?
-Porque no quise tener otro problema aparte del prólogo. Hubiera tenido que entregar otra cosa más... Lo pensé, por qué no. ¿Qué significa no incluirse, ese acto de abstención, sino brillar por la ausencia? No es por una ética de la modestia, nada por el estilo: es una pose. Si uno mezcla el mazo, ¿cómo no se va a beneficiar? Claro que lo pensé. Pero llegué tarde. Y me dejé afuera.

Fuente: Página /12, Radar libros, 1998.

domingo, 15 de mayo de 2011

Porque casi todo es otra cosa

MARÍA MORENO
sobre GONZALO ROJAS
(Fragmento)
(...)
Del surrealismo le queda a Gonzalo Rojas, para nombrar la mujer, el abuso de la metáfora floral con insistencia en la rosa –”el primero que comparó a la mujer con una rosa fue un genio, él último un imbécil”, decía Paul Éluard– ...o (agregamos) un surrealista. Tiene también el buñuelesco fetichismo del pie (“..., pies/castísimos con uñas pintadas/por el rey...”, “bonitos pies de lujo bajo los dos/zapatos áureos...”, “... y esos zapatos verdes, altos...” pero muy atemperado y, quizá más atento al pie en cuanto contacto terrestre que al zapato como objeto de voyeur.

*
Al igual que en Breton, La Mujer es una sola que las funde a todas “... porque estoy condenado siempre a una/a esa una, a esa única que me diste en el viejo paraíso”. Y las palabras cubren, al igual que Don Juan, a la mujer Única en todas, pero una por una. Y, si para mostrar a la Unica, Gonzalo Rojas pone en posesivo a todas en una serie necesariamente incompleta, sugiere la llegada hasta la mismísima Eva por la pasión de nombrar “..., te dijera española/mía, francesa mía, inglesa, ragazza,/nórdica boreal, espuma/de la diáspora del Génesis... ¿Qué más/te dijera por dentro?//griega,/mi egipcia, romana/por el mármol?/¿fenicia,/cartaginesa, o loca, locamente andaluza/en el arco de morir/con todos los pétalos abiertos/tensa/la cítara de Dios, en la danza/del fornicio?” “te quedas honda pensando pensamientos por/los milenios que hablan fenicio, etrusco, maya en/ti, mi una única...”.
*
La Mujer como archivo de lenguas muertas, La Mujer transcivilización, La Mujer poseída “por un coito profundamente marcado por milenarios” como dictaba Joyce Mansour, no es nunca una Venus opulenta –como una escultura de Niki de Saint Phalle– y cuando se canta a sus senos es más a su leche venidera y a su pezón masticable que a la gloria de su exceso: “Mi posesa flaca de anca,/mi esdrújula bellísima de 50 kilos”. Acostarla es poseerla pero sobre todo fundirla a la silueta de Chile.
*
SEMILLA Y PIEDRA

Hay una única figura en la poesía de Gonzalo Rojas: el elogio redoblado del origen y la variación de este instante mítico. Por eso desnacer es su verbo favorito, el que habla de una condición necesaria para volver a escribir y a escribir sobre el parto que no se reduce nunca al de un ser humano. Sueño de ser feto y feto con la madre adentro de todas las cosas, de una panza destiladora de panzas hasta la eternidad, de la revolución por un fornicio que lejos de proyectarse al futuro consistirá en ir para atrás hasta que vuelva a hablarse etrusco en todas las playas del mundo y los continentes se unan para que otra vez la Antártida vuelva a entrar en Chile.
*
Las metáforas que envuelven el sueño de la vuelta al seno materno son abrumadoras y tan explícitas que debe buscarse en ellas un fantasma masculino fundamental que pone límites a una originalidad que sólo atina a decir vientre, raíz, semilla.
*
Gonzalo Rojas cree en el poder de las palabras en una eterna cita de hágase la luz. Quizá pueda ponerse en duda que su poesía sea erótica en cuanto es genital y deifica la reproducción en todas sus formas. Y el Eros que canta no escapa nunca a la cuenta fatal del fluido de sangre que señala el desperdicio del semen fecundante: “¡Borges,/Publio Ovidio!, nada: lo cierto es que no hay nada, salvo/cada 28, sangre/de parir y ese es el juego...” “y no lo besa con beso de hembra/que brama, hasta la otra/gran fecha ensangrentada y/tántrica”.
*
El poeta siempre cuenta una historia de putas que se vuelve siniestra: cuando tiene veintidós años y cumple el culto ritual de la hombría en un prostíbulo de la calle San Pablo en donde tiene su preferida, sube las escaleras y descubre que están velándola.
“Pasábamos por ti como las olas/todos los que te amábamos. Dormíamos con tu cuerpo sagrado/Salíamos de ti paridos nuevamente/por el placer, al mundo...
“No he podido saciarme nunca en nadie/porque yo iba subiendo, devorado/por el deseo oscuro de tu cuerpo/cuando te hallé acostada boca arriba...”

El horror de estos versos magníficos de La miseria del hombre es por el semen múltiple arrastrado a la muerte, frío y estéril en la fatalidad biológica que irrumpe en la prostitución sagrada; el cadáver es por definición lo ininsuflable y condición mítica del hacer nacer una y otra vez por la palabra.
*
En el año 2002 Gonzalo Rojas va con una amiga a Cafarnaum, donde Cristo hizo su primer milagro –otra vez la búsqueda de lo primero–. Dice que ésa es una dama con la que puede pasearse por las lenguas, del inglés al francés y del francés al italiano, amistad gustosa ya que tal vez pueda llamarla “francesa mía, inglesa, ragazza”.
Y la dama tiene ganas de hacer pis. Y como dos que se aman siempre hablan una lengua que no se entiende, el poeta le dice en medio de los otros turistas “vaya, hija, y mee encima de esas piedras que allí todas las piedras son sagradas”.
“–¿Entonces hay que mear en lo sagrado? –le pregunta Mariano Peyrou de La dama duende y él contesta:
–Hay que mear en la verdad. Es terrible.

La piedra que sólo puede reproducirse por desmoronamiento pero autosuficiente en su duración, sin necesidad de semilla, fuego o neuma, es el límite del poeta sembrador que aún amenaza con espurrear su semen sobre las muchachas. Hacer de la piedra sagrada un toilette de damas es como resucitar a los muertos o soñar como Gonzalo Rojas: “...Ay, cuerpo, quién/fuera eternamente cuerpo”.

Si puede decirse que al leer la Biblia en tiempo presente Dios parece una cuestión de audio, el estéreo poético ha ido desencarnando en la poesía de Gonzalo Rojas de Dios a Moisés y de Moisés a uno del rebaño, de la personificación a la persona del que puede reírse como un fauno. Su voz, al hacer poses ante el micrófono hasta hipnotizar a la audiencia, distrae de su cuerpo, al fijar la atención en sus labios movedizos, lo corre de los avatares de la vejez. Es como si en esa boca todavía colorida el tiempo hubiera dejado una síntesis de su carne bajo la forma de esa señal parlante de una lascivia con tropos.

También la boca de Sartre lo sobrevivía en su cuerpo de feo jugoso, la de Diego Rivera en su tajo de sapo encallado antes del príncipe.
Porque el cuento que habla de la metamorfosis del sapo en príncipe miente. Su pretendida moraleja de adecuación, al volver humano lo animal y hacerlo entrar en la heráldica, la heterosexualidad y lo obvio, mata la carne. Porque el príncipe es un puritano vaciado del erotismo que quedó en el sapo, en su gran boca de la que él sabe hacer salir, como un mago, una lengua que enrolla. Si el sapo es verde como los chistes, en el príncipe que viene de ser sapo lo que queda verde es la carne.
Gonzalo Rojas es nuestro sapo sagrado. Entre la máquina coital de Masters y Johnson, la erección química y la orgía en Red: un antídoto de charca que canta. Se dice que Gonzalo Rojas es machista, ¿cómo sería una poesía no machista? ¿Una que cantara a una Nadja militante de los derechos humanos, a una lacaniana de mathema y escisión en Caracas, a una bioquímica que ha descubierto el mecanismo para la creación de un potente insecticida eco-compatible? Usando la edad como quería Ovidio –”debe usarse la edad pues la edad es propensa”– Gonzalo Rojas ha llegado a la mujer moderna y ha escrito el más bello poema de amor de sapo en retirada (que no en merma): “La desabrida”. Allí caen las metáforas germinantes, la rosa imbécil, Moisés se ha sentado. Queda la pamplina de la mujer como sorda a los enigmas pero que los oye los oye, la ser, la ser y la más ser. Tiempo, Nieve y Luna que sube al Acrópolis pero no ve a Píndaro. Gonzalo Rojas pronuncia “fármaca”, “electrónico”, dice (¡horror!) “No le transe a la depre”. Los atributos ya no son las ubres, el rouge y los zapatos sino el volante y la tele, el tabaco y el enfisema, los hijos como “infantofijaciones”. Al final, y como para limpiarse los labios, una reverencia a Breton: “La belleza será convulsa o no será”. La Unica, esta vez puesta bajo el nombre de Oriana, es la mujer venidera, nacida de la lava retórica para dar una vuelta completa y dejar de ser llamada y llamar (“la/que ese martes de mi muerte llamará...”, porque el jueves está ocupado por Vallejo).
*
¿No es mejor vivir en Oriana que en un paper? ¿Dejar la Cartera de Defensa por el adjetivo cartaginesa? ¿Ser la cuentamundo y no la sacacuentas? Luego de que Oriana llame, vayamos todas –venecianas finísimas, yeguas del faraón, cortesanas rifadas en Tiro (son algunas de las metáforas de Rojas para las mujeres)– hasta la alegre lápida de quien tanta carne supo ser (o decir ser, es lo mismo), nuestros puchos prendidos en los labios, el revoltijo del bolso colgando de los hombros, con sus valium bipartitos, sus fotos de infanto-fijaciones, el vibrador a pila y el móvil por el que Oriana nos indica el camino. Y copiemos el gesto aquel de Gonzalo Rojas ante la tumba de Ezra Pound para decir ¡Arrivederci Migliori Fabro (sabo sacro)!: nos vemos.

Fragmento de un ensayo publicado poco antes de la muerte del poeta en Teoría de la Noche, editada por la Universidad Diego Portales.
Fuente: Página /12, 13/05/011
**
La desabrida

por Gonzalo Rojas

a veces me gustaban
pavorosamente las feas

I
1. Ahora ahí los ojos, los dos ojos de Oriana
esquiza y órfica, la nariz
de hembra hembra, la boca:
osoris en la lengua madre de cuya vulva genitiva vino el
nombre
de Oriana, las orejas
sigilosas que oyeron y callaron los enigmas, el ángulo
facial, el pelo
bellamente tomado hacia atrás, sin olvidar sus manos
fuertes y arteriales de remera de lujo en la carretera y esa
gracia
cartaginesa, finamente veneciana, cortando pericoloso el oleaje
contra el infortunio torrencial, ahora
y en la hora de mi muerte Oriana.
2. ahí, traslúcida, con además
sus cuarenta y nueve que me son
flexiblemente diecinueve por lo fenomenal
del espinazo y qué me importan las estrellas
si no hay más estrella que Oriana, ahora ahí
con su decoro y esa sua eleganza, por decirlo en italiano,
adentro
de la turbulencia del mosquerío que será siempre la
ordinariez, llámese
casamiento o cuento de burdel, con chancro y todo, y rencor,
y pestilencia seca del rencor,
3. (¡cólera, a callar!), y otra cosa menos abyecta: ni soy
Heathcliff feo como soy ni ella Catherine
Earnshaw pero el espejo
es el espejo y Cumbres Borrascosas sigue siendo el
único
éxtasis: o vivir
muerto de amor o marcharse del planeta. De ahí
que todo sea Oriana: el tiempo
que apenas dura tres segundos sea Oriana. La luna
sobre la nieve sea Oriana, Dios
mismo que me oye sea Oriana,
4. solo que hoy no está. A veces
está pero no está, no ha venido, no ha
llamado por el teléfono, no anda
por aquí, estará fumando qué sé yo uno de esos 50
cigarrillos en los que le gusta arder, total
le gusta arder y que más da, se nace para pudrirse, o
para preferiblemente quemarse, ella se quema
y la amo en su humo de Concepción a Chillán de
Chile, ¡los pavorosos cien kilómetros
cuchilleramente cortantes!, me
atengo entonces a su figura que no hay, y es un
viernes
por ejemplo de algún agosto
que no hay y la constelación de los violines
de Brahms puede más que la lluvia, y el caso
es que el mismísimo Pound la hubiera adorado, por
loca la hubiera idolatrado a esta Oriana
de Orion en un sollozo
seco de hombre la hubiera cuando no hay
Rapallo, la
hubiera cuando no hay, y
sigue la lluvia, y las
espinas, y
además está sucio este compact, no suena,
porque el zumbido mismo no suena, o
suena al revés, o
porque casi todo es otra cosa y
el pordiosero soy yo, y qué voy a hacer
con tanto libro, con
tanta casa hueca sin ella y esta música
que no suena.
Llamará,
el día de mi muerte llamará.

lunes, 11 de mayo de 2009

Airosa


Dos poemas de MARÍA MORENO
(Buenos Aires, 1947-)



EL PORVENIR DEL SOCIALISMO

Mientras subía por las piernas de mi tío Merril
él no me dejaba llegar hasta el fondo.
“Éstas son las llaves de la ciudad” decía
colocando la mano en su abultada hilera de botones,
y cuando yo alcanzaba una de sus rodillas
me hacía rodar sobre la alfombra
cerrando sus robustas piernas de muchacho
para todo trabajo.

¿Comprendí entonces que me negaba
no la reservada flor masculina
ni la fatal distancia de la sangre
sino el bravo secreto del amor entre varones?

Merril acostumbraba a ganarse el sustento
entregando toallas a la puerta de los baños.
Muchos pasaban sin siquiera un saludo
como si la toalla estuviera suspendida en el aire,
pero a veces alguno se detenía
y lo miraba fijamente a los ojos.
Entonces la toalla se convertía en un arco iris
entre las manos de Merril y el cuerpo del muchacho
y cuando éste se secaba dejando la puerta entreabierta
era un pedido angustioso y una promesa.

Para quitarme a Merril del pensamiento
mis padres quisieron ofrecerme una diadema,
muchachos en flor que no eran mi tío.
Me enviaron a Vicker Maxim´s
para que los viera.

El ir y venir de los cepillos metálicos
sobre las plataformas destinadas al armado diurno
de los barcos que usaríamos en la próxima guerra
levantaban una maleza de acero rizado
y la presión y la tensión de su musculatura
en el esfuerzo de levantar la pala
hicieron que ningún otro fuera como Merril:
alto y hermoso, alegre y valiente,
un señor Venus aceitando trapajos.

Y cuando años más tarde en un cine de la calle 42
fui a ver El acorazado Potemkim
todos los trabajadores me parecieron Merril,
dioses barriobajeros con callos en las manos.
Sólo que entre las estrellitas de los yunques
yo veía una cinta que no estaba en la bobina:
cuerpos cansados en la lucha por sustraerse
a toda esa infantería de metales pesados
dominada por tan alegre carne
que cuando el rigor de los turnos se rendía
en la noche enorme de los bares de Sheffield,
pechos velludos se estrechaban unos contra otros
retorciéndose y perlándose
en estériles abrazos estremecedores.

Yo era muy joven entonces, muy pobrecita,
mi idea de virilidad eran sólo imágenes
de potencia acorralada en trajes victorianos
que la ropa de trabajo, en cambio,
dejaba adivinar mejor a una mirada virgen.

Lleven al socialismo
el trotar de Merril tras los muchachos de los baños
que aunque sin vocación domiciliaria
a menudo estaban picados por las chinches
en la respiración común de las chozas de Leeds.

Lleven al socialismo las bicicletas de rayos azules,
los carteles pintados y las canciones
y la euforia gay por morir primero
para congelar el final de Hollywood
en la memoria débil de los pueblos.

Un día Merril se fue a vivir a Millthorpe
con un “profeta del mañana”
que le leía la Biblia mientras él pinchaba tocino
en el fuego de la chimenea
y cuando escuchó que Cristo había pasado su última noche en

/Getsemani
Merril preguntó “¿Con quién?”

En Millthorpe mujeres acaloradas por los mitines
se desabrochaban el primer botón de la blusa
para discutir sobre sindicalismo y cría de cerdos,
sobre cómo liberar el pie del calzado ordinario
a través de frescas sandalias artesanales
o si gardenias en los jarrones
riman con austeridad administrativa
cuando el socialismo es vida interior.

Una constelación de obreros manuales,
bellezas de garaje, operarios de las canteras,
facinerosos elegidos jocosamente
a través de los zapatones palurdos
que asomaban por las empalizadas de las letrinas
en los baños de la estación de ferrocarril,
afiladores de limas y choferes de grúa
jugaban en los salones guasos juegos de taller:
atarse, incendiarse los pies, empujarse desnudos a los jardines.
Muchos camaradas de lucha se encogían de hombros
cuando el amante de Merril decía
“El futuro se esconde en este cuarto”.

Y aquellos que se ponían guirnaldas en la cabeza
y bebían del mismo vaso en el cumpleaños de Whitman
no soportaban que un simple muchacho del servicio de mesas
pasara sin un respiro a ser ama de casa consciente
y que en Millthorpe leer fuera menos importante que barrer.

Nadie advirtió el acto de justicia
que Merril inventó, sin prédica alguna
cuando, abriéndose paso en el soplo del mañana,
arrastró un piano de cola hasta la cocina
decretando mudo que Mozart
es el derecho de todo trabajador doméstico
cuando se halla ocupado en la trituración de las verduras,
cosiendo el borde de un matambre
o simplemente esperando a que en el salón cese la filosofía.

Lleven al socialismo
el significado de la palabra “esposos”
a través de estos dos hombres que durante años
solían despertar juntos rodeados de pimpollos
(la jardinería comercial había sido sólo una idea),
el chistoso muchacho de Sheffield
cuyo único arte había sido
colocar un empapelado gótico
en el salón de los visitantes extranjeros
y un pañuelo de madrás a modo de tapete
para cubrir la jaula de la urraca,
y el aristócrata soñador
que deseaba la vida dual y todas sus criaturas
absueltas para siempre en el estado soltero
y desnudas al sol sobre las piedras de Millthorpe,
los dos cosiendo uno junto al otro sobre un huevo
y corriendo de vez en cuando las sillas
para estirar la luz de la ventana
al ritmo justiciero del piano en la cocina.

(de "El honor de las damas")

LA FUERZA

Cuando mis padres eran jóvenes
yo era inviolable.
El sol me daba todo el tiempo
en mi sombrero de ala ancha
mientras crecía el follaje
en el humus de mi axila,
y mis pasos mordaces
hacían volverse a los muchachos.

Siempre había feria en el confín del condado,
tómbolas junto a los copos de nieve.
Mi primo Jim festejaba la venta del mijo
deslizando cerezas en la boca de un pavo.
(Yo debía buscar para mi lazo
flores chicas.)

Era muy fuerte, tan grande me había vuelto
que podía romper doblones con los dientes
y navegar los grandes rápidos
como la Reina Africana,
la cabeza en lo alto flotando como un corcho.

Entonces mis padres reían en el porche de una foto fija
y aunque nunca tuve que cavar sus tumbas
si alguien me hubiera dicho que ése era el destino de mi fuerza,
queriendo romperle la quijada y así desmentirlo,
para fingir debilidad hubiera errado el golpe.

Y como mi fuerza tenía ese poder oscuro
debí castrarla en vilo.
Ahora sólo digiero la legumbre pisada
frases corteses y cuna de oro.

Y aunque hace tiempo que mis padres han muerto
necesito mucho más de sus cuidados
y los voy consiguiendo uno por uno, uno por uno,
como si después de muertos ellos fueran más padres
y pudieran, con sólo un poco de concentración,
extenderme nuevamente sus pulgares
para levantarme de la alfombra
y así volver a andar entre ellos
airosa.
(de "Exposición")

Pertenecientes a El affair Skeffington, Ed. bajo la luna.
Somos parecidos a esos sapos que en la austera noche de los pantanos se llaman sin verse, doblegando con su grito de amor toda la fatalidad del universo.
René Char


No haría falta amar a los hombres para darles una ayuda real. Sólo desear hacer mejor cierta expresión de su mirada cuando se detiene en algo más empobrecido que ellos, prolongar en un segundo cierto minuto agradable de su vida. A partir de esta diligencia y cada raíz tratada, su respiración se haría más serena. Sobre todo, no suprimirles por entero esos senderos penosos, a cuyo esfuerzo sucede la evidencia de la verdad a través de los llantos y los frutos.
René Char