MARTÍN ADÁN
Seud. de Rafael de la Fuente Benavides
(Perú, 1908-1985)
Gira
a noventa kilómetros por hora
en el espejo de la mañana atrasada
las vaquitas de ojos de viento y el tul morado
de usted señora no me convence los ojos
una chimenea anarquista arenga a los campos campesinos
la humarada prende un lenin bastante sincero
un camino marxista sindica a los chopos
y usted señora con su tul morado condal absurda
los campos abren la boca como una O
el teléfono de una sirena urge al destino
las vaquitas de ojos de ileana leen el diario de la mañana
y usted señora con su tul morado no sé qué me parece
la estación comisaria va a detener a usted señora
y va a fusilar en usted a la gran duquesa anastasia
y sería una pena que se nos frustara la gira
ahora que el hotel nos guiña todas sus ventanas
y usted señora con su tul morado sin pasaporte
**
Hotel
En un sabor romántico de naranja de enero,
en un dulzor de valse ácido todavía,
en el cesto de mimbre del verano frutero,
en yerbas de artificio, en pelusas de día...
-Gran hotel en arena. -Salmones sin dinero
exigen en los bares su trago de alegría.
Precipitadamente, registro del lucero.
Venus, aventurera, se da a la policía.
-El peligro venéreo de la estrella madama
en aderezos falsos, en quimono, en la cama...
-Dos quepís se la llevan de las manos, sonoras.
Cucharillas de plomo frustran la luz perfecta,
la Suzanne de a mi lado se pone azul, abyecta,
y anclan en mi jarabe las barcas pescadoras.
**
La rosa
A Enrique Peña
Pura rosa de teoría...
olor y color mental,
forma de melancolía...
Un ánima ajena mía,
deshacía y rehacía
nulo proyecto espiral.
Pura rosa de teoría,
olor y color mental,
forma de melancolía...
Mi rosa de pensamiento
en el espacio real.
Todo, todo fue un momento.
En el vaso de cristal,
cuerpo de la luz, había
la materia de lo ideal.
Pura rosa de teoría,
olor y color mental,
forma de melancolía...
El alma que sostenía
el divino movimiento,
situaba en el mundo, tento,
la creatura nadía.
Intimo tiempo cundía.
Fue un ánima ajena mía,
traspasando su deseo;
quien en la rosa que veo
vio la que no se veía.
Un ánima ajena mía,
en un vaso de cristal,
plenaba, a la luz vacía,
de olor y color mental,
forma de melancolía.
Pura rosa de teoría...
En la angustia, todavía,
claro incolor espiral.
Era la rosa absoluta
en la rosa resoluta.
Sensos miserandos pía-
mente cesaban. Rosal
de espíritu se sabía.
¡Ah, la rosa material!...
**
La piedra absoluta
Oído...
Y límite, absoluto, en el Espacio...
Oreja que escuchas y no respondes...
Poesía se está de fuera:
Poesía es una quimera
Que oye ya a la vez y al dios.
Poesía no dice nada:
Poesía se está callada,
Escuchando a su propia voz.
Como se va vida,
O como crece pelo de cadáver,
Estás tú, piedra eviternísima, piedra ilusa,
Entre las cosas reales.
Eternidad haraposa,
Firmeza sin edades,
Y un cordero de debajo que bebe el agua,
Y los cielos infinitos y con hambre...
Todo lo humano lo vi en ti,
Bestia mía y lejana, abiertas las fauces...
Todo de acto cumplido,
Y acezante...
Para cuando te estés muerto todavía,
Yo Mismo, eres la Muerte.
Eres yo mismo alguna vez
Entre las veces,
Entre las cosas,
Entre los quienes...
Pero tú, piedra enquistada,
¿Quién eres?
¿A qué voy en soledad?
¿A quién voy entre los seres?
¿A qué tiempo, a qué futuro
Iré con mis pies y mis desdenes
Y con mis piedras recónditas,
Yo Mismo, nube de mí mismo, celeste?
La Desesperación es una playa,
Sábelo, recóndita, alta piedra.
La Desesperación está contigo
Como tu piel o la miel de la abeja.
La Desesperación es un cielo
O una hembra o una piedra o una yedra.
La Desesperación no tiene otro
Límite que tu invocarla a ciegas.
La Desesperación está delante
De ti ahora: ahora es nueva,
Con sus monstruos invisibles de siempre
Y sus abiseles de fuera;
Con sus demonios de debajo, verdes,
Y con su cumbre, desierta.
Entre oleaje de roca, a ti llegué,
Muerto y vivo, con mortaja de yerba.
Y las necesidades y las luces,
De las que no te acuerdas;
Y las libertades emparedadas
Sobre las yerbas,
Que no atinan a irse en cualquier espacio,
Tu finito absurdo de almas circunflejas;
Y el ser que nunca será todavía;
Y el jamás, incorporado, de antes y después, que aceza;
Y los puntos y las comas,
Y los cielos y las aguas y las piedras...
Sí, tú eres tú mismo,
Yo alguno, yo cualquiera...
¿Y no descenderás hasta la rosa
Que me está como invisible, ajena?...
¿A dónde determinan ello y dicho,
Muda Piedra?
¿A dónde está lo que procuro
En simún de caricias y blasfemias,
Desdentadas las uñas, loco el pelo,
Pata de lagartija mi conciencia?
¿Y no descenderás y serás
La rosa una y cualquiera,
La que yo me imagino si la toco
Y es otra allá hasta trocarse en piedra?
Piedra de ansia sin flor alguna,
Piedra pura y siniestra...
¡No, no, detén el Tiempo, Tiempo Mío!
¡Estáte a la piedra!
¡A dónde crees que perecerás el último,
¡A dónde el alma eventual ya no sepa!
¡A dónde creeré si no supiere,
Entre otras rocas y yerbas!...
¡Cuánto de reales sin mí mismo!...
¡Este día cuánto me quema!
¡No, no, detén el tiempo, Tiempo!
¡Déjalo si dejas!
¡Que estoy entre la piedra sin sentido,
Mirando arriba por las cosas ciertas!
Y todo de tiempo cae al Mundo
Sobre mi cabeza.
Entre las voces voy,
Sobre mi sombra.
Entre las veces voy,
Sola mi hora.
Y así, voy, yo solo,
No se dónde, de adónde, entre roca,
Por entre roca pulida, ajena,
Torva...
¡Si será la muerte
Que no se conozca,
En su demasía
Y su deshora!...
¡Vacía
La densidad extrema, asentada en flora!...
¿Nada era antes ni después
De la piedra que flota?
Cállate, Yo Mismo,
Que todo ya te estorba,
Sobre el agua que fuga,
Bajo la luz que azota...
Así, eres, monstruo que soy,
De las líneas inmensas encerradas
Todo te es indiferente,
Como a mí... el agua, el ala...
Que todo va pasando con mi sangre,
Todo mi alma...
Ese cirro que me soy,
Ese espíritu que me agarra,
Y la piedra que me pregunta,
Y el saber que se me abalanza...
Y yo, lejos de ti,
Yo, piedra humana
Del no sé hasta cuándo ni por qué,
¡Verticalidad substanciada,
Ante tus horizontes mortales,
Uno sobre otro, como en mi vida de ansia!...
Todo vacío como es todo
Si algún mío toca y ama.
Simple como tu piedra
Espíritu eres.
Pasa el agua,
Y tú arriba te sostienes.
Pasa el cielo,
Y tú ahondas y a tu sentido floreces.
Y pasan los otros
Y sus mujeres.
Pero tú, piedra de que soy,
Estás desnuda, exacta, sin qués ni quiénes,
Lista al tacto e impenetrable,
Sin una sola flor de verde.
Sí, es así. Todo es de nuevo
Y eterno. No lo recuerdes.
Estáte dentro de tu piedra
Como que no eres.
Pero estás solo entre los todos.
Y se abre la rosa, allá debajo
Y se abre la piedra arriba
Y tú te estás debajo de mi llanto.
Todo es de elemental
Y de exacto,
Hasta los mismos ojos
Y las mismas manos
Nada será después del instante,
Si es el acto.
Caerán otras piedras repulidas
Desde los cielos altos,
Y subirán las aguas hediondas,
Y será el Humano,
Pero tú, Piedra Mía,
Serás mi labor y mi descanso.
¡Sí, sí, escucha al viento!
¡Viene de lo más hondo de ti mismo!
¡Mama de piedra como tú mamaste,
Algún yo írrito!
¡Vino de bruces sobre esperanzas,
Y se está, sólido, todo de ser,
Todo de números incompletos,
Todo de seres sin sino!
Escúchalo todo.
¡Escucha al viento detenido!
No, Alegría,
No es la hora,
Aquella hora del espacio
Aquella hora remota,
Cuando una mano removió la tierra
Y obró la roca,
La roca relabrada y altísima
Que te sume en su vientre sin recoba.
No, Alegría. Se hizo tarde,
Tarde y piedra, piedra honda,
¡Piedra lejana de la mano,
Precisa figura de deshora!...
Toda descubierta,
Y toda sombra...
Toda al tacto,
Y toda recóndita...
No, Alegría, que en ti yace
El hueso del pensar, hueso de boca,
Hueso de mano, hueso mío,
Hueso de sobra...
Cualquier palabra, sí, cualquier palabra
Hace la cosa.
Sí, los grandes jardines,
Y en ellos una sola rosa...
Todo el ser cabal,
Toda la ironía y el amor y la carroña,
Todo está, piedra ideada,
En la palabra más remota.
Labrará otra mano y será en vano,
Nada es sino distancia y cosa,
La que te llevas, Yo Mismo,
A tus túes sin cimiento ni sombra.
Todo es verdad, porque tú eres tú,
Yo Mismo, pie alguno, pie de ahora,
Pie de tiempo duro, pie eterno,
Pie sobre la rosa...
No, no te nombro
Piedra: estás allí y allá, infinita.
Me sobrecoges y me sustentas,
Que soy de tuyo, que eres alma mía.
Si te toco una vez y huye el ángel
Circunstancial, de la angelería
Y humano y piedra somos uno
Otra vez de las veces írritas,
Cuando la mano como serojo cae
Y se ciega de cielo la pupila,
Y tú estás, simplemente,
Repulida,
La lección de tragedia, que no saben
Los cóndores ni las sabandijas.
Dime, Yo Mismo, la palabra. Dime
El nombre de la flor y de su suelo.
Dímelo alto entre roquedal que soy,
Que acá abajo asorda silencio.
No, Yo Mismo, no
Ninguno es muerto.
Abre el puño, y sentirás
El otro aliento.
Pisa con tu pie, y estarás
Entero y firme sobre misterio.
Todo es vida eterna,
Hasta tu vivido tiempo,
Hasta los dioses que creaste,
Hasta el agua que fluye de dentro...
Pero dime la palabra,
La del secreto.
Así es la tarde, así es.
El azul va ennegreciéndose.
La noche, una noche,
De lo más hondo de ti emerge.
Y nada es el verso
Ni el verde.
Entre piedra exacta,
Ninguno puede.
Todo está abajo o está arriba,
Sujeto de quiénes,
Yo Mismo. Precipitarse.
¿Por qué, si es la Muerte!...
No sabes nada, y de esto vives,
Por que no lo comprendes.
Vivir es un dolor, no una ansia,
Un agarrar de quereres.
¡Tan distante de todo...
Tan simplísimo como es lo verdadero,
De verdad indubitable,
De verdad de muerto!
¡Allá, de una sola forma
Y de un solo sujeto!...
¡Allá, lejana
Como es lo cierto,
Sobre el ojo que crece
Como liquen sobre el oso!... ¡Creo,
Sí, creeré entre la primavera!
¡Sí, creeré sin término
Que no sea el tuyo, roca mía,
Límite de mi sueño!
¡Sí, sí, ven a los sueños, ven de veras,
Roca supina y árida,
La que hicieron mis manos un día,
Y ya me falta.
La que vi de lejos
Y todavía me espanta,
Toda de muerte,
Toda de grada!
¡Toda de innecesario y absoluto,
Vacía como la verdadera alma!...
¡Toda de estar tremendo,
Como es el ser que me embriaga!...
¿Dónde el cactus, que vive
Como vivo, Piedra Abstracta!...
La Desesperación está contigo
Como tu abrigo. Si sacas la mano,
Te helará la piedra cualquiera,
Y la Piedra se estará, sin embargo.
Compréndelo, Yo Mismo:
Eres humano,
Divino que eres
Y sujeto al calendario;
Y buceando entre prójimos;
Y tú, otro y exacto,
Con los mares cayéndote
De los labios, y tú vivo,
Y tú en playa pensando.
Sí, díselo a la roca que te remira
Desde antes que nacieras humano.
Sí, Poesía, tú llegaste
Tan de encuentro,
Que no se dónde te hallé,
Y eras un monumento.
Algo distinto de lo otro,
Algo que era un recuerdo...
Algo de ser entre una roca y otra,
Pulida de mi sentimiento,
Desarmada, sin nada que la asista
En el aventarse de los tiempos
Con tu rictus impenetrable,
Poesía enclaustrada, mano y dedo.
Todo vacío.
Lo sé, que toco
El no tocar. ¡Estoy tan defuera
De todo!...
¡Ante una piedra impalpable,
Y bajo dioses de chorro!...
¡Bajo dioses distintos y contrarios y humanísimos,
Ante una piedra de esbozo!...
¡Qué tremendo, Yo Mismo,...
Tú, que te atreves con tus ojos!...
¡Cuánto ser muerto e inmortal,
Listo al paso de su fondo!...
¡Cuánto ser, cuánto ser,
Piedra mía, de ahogo!...
Sí, Alma mía, así soy todo.
Así soy.
Así, ante las creaturas sin imagen
Y sin no.
Así entre la yerba extraordinaria
Que no acierta a dar flor...
¡Así entre las calles infinitas
Que no son!...
¡Así entre los seres superfluos,
Que es el hoy!...
¡Piedra maldita,
La que me mató!...
¡Dilo, Alma, a tu ser! ¡Dile lo último!
¡Amaste claros grises, y tocaste!
¡Nada es después del beso,
Sino la carne!
¡Y ese hueso terrible que te lleva
A no sé dónde de los ceños graves!...
¡Ay, cuándo moriré, La Muerte Mía,
Tan innata y distante,
Honda entre muertes de debajo
Y, de debajo, aires!
Y bajo la alegría sin orilla,
Estaba yo con mi arena.
Era una roca como tú, La Roca,
La de mi fatiga y pena.
Yo te labré la sola,
Yo te labré la perfecta.
No sé cuándo, no sé...
Ante la obra sobra la sorpresa.
¡Cuánta mano tenía yo, Mi Roca,
Cuánta mano increíblemente experta!
¡Cuánta mano de cielo!...
¡Cuánta mano de tierra!...
¡Déjame los sueños,
Déjame los sinembargos!
¡Eres eterno, y has de ir un día,
Entre los pensamientos y los algos,
Entre eternidades sin objetos,
Que te remiran como madres sin manos!...
Todo distante...
Todo extraño...
Todo perfecto...
Y raro...
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sábado, 8 de noviembre de 2014
jueves, 5 de junio de 2014
Estoy sin pasado, con un futuro excesivo
MARTÍN ADÁN
Seud. de Rafael de la Fuente Benavides
(Perú, 1908-1985)
Navidad
Tus ojos
unen las manos
como las madonas
de Leonardo.
Los bosques de ocaso,
las frondas moradas
de un Renacimiento sombrío...
El rebaño del mar
bala a la gruta
del cielo, llena de ángeles.
Dios se encarna
en un niño que busca los juguetes
de tus manos.
Tus labios
dan el calor que niegan
la vaca y el asno.
Y en la penumbra,
tu cabellera mulle sus pajas
para Dios Niño.
**
Urbanismo
Extramuros; meaban tufillos de ganado;
el sol, viudo, fregábase la marmita de cobre,
y un ficus malarioso, paupérrimo, baldado,
ingería la purga de un regato salobre.
Ketty; sus ojos agros ya se han urbanizado;
Ketty, yanquis elevan hierro y cemento sobre
sus pupilas palustres; postrero parvo prado
de la corbata verde de algún amigo pobre...
En seda vegetal salvo el color extenso
que ingenieros albinos, mascando chicle, a tenso
cordel y teodolito, van hurtando a mi pena:
-Viento agudo mondaba la tarde, que era una
manzana madurísima, y el plato de la luna
colmábase de tiras de cáscaras morenas...
**
Poemas underwood
Prosa dura y magnífica de las calles de la ciudad sin inquietudes estéticas.
Por ellas se va con la policía a la felicidad.
La poesía gafa de las ventanas es un secreto de costureras.
No hay más alegría que la de ser un hombre bien vestido.
Tu corazón es una bocina prohibida por las ordenanzas de tráfico.
Las casas rumian sus paces de buey.
Si dejaras saber que eres un poeta, irías a la comisaría.
Límpiate de entusiasmos los ojos.
Los automóviles te soban las caderas, volviendo la cabeza. Cree tú que son mujeres viciosas. Así tendrás tu aventura y tu sonrisa para después de la cena.
Los hombres que tropiezas tienen la carne encallecida de oficina.
El amor está en cualquier parte, pero en ninguna está de otro modo.
Pasan obreros con los ojos resentidos con la tarde, con la ciudad y con los hombres.
¿Por qué había de fusilarte la Checa? Tú no has acaparado sino tu alma.
La ciudad lame la noche como una gata famélica.
Y tú eres un hombre feliz, quizá el único hombre feliz.
Tienes camisa y no tienes grandes pensamientos de ninguna clase.
Ahora siento cólera contra los acusadores y los consoladores.
Spengler es un tío asmático, y Pirandello es un viejo estúpido, casi un personaje suyo.
Pero no he de enfurecerme por pequeñeces.
Mil cosas han hecho los hombres peores que sus culturas: Las novelas de Víctor Hugo, la democracia, la instrucción primaria, etcétera, etcétera, etcétera, etcétera.
Pero los hombres se empeñan en amarse los unos a los otros.
Y, como no lo consiguen, acaban por odiarse.
Porque no quieren creer que todo es irremediable.
La polis griega sospecho que fue un lupanar al que había que ir con revólver.
Y los griegos, a pesar de su cultura, fueron hombres felices.
Yo no he pecado mucho, pero ya sé de estas cosas.
Bertoldo diría estas cosas mejor, pero Bertoldo no las diría nunca. El no se mete en honduras -y está viejo, quiere paz y hasta apoya a los moderados.
El mundo no está precisamente loco, pero sí demasiado decente. No hay manera de hacerle hablar cuando está borracho. Cuando no lo está abomina de la borrachera o ama a su prójimo.
Pero yo no sé sinceramente qué es el mundo ni qué son los hombres.
Sólo sé que debo ser justo y honrado y amar a mi prójimo.
Y amo a los mil hombres que hay en mí, que nacen y mueren a cada instante y no viven nada.
He aquí mis prójimos.
La justicia es unas estatuas feas en las plazas de las ciudades.
Ninguna de ellas me gusta ni poco ni mucho -no son diosas ni mujeres.
Yo amo la justicia de las mujeres sin túnica y sin divinidad.
En punto a honradez, no soy de los peores.
Como mi pan a solas, sin dar envidia a mi prójimo.
Nací en una ciudad, y no sé ver el campo.
Me he ahorrado el pecado de desear que fuera mío.
En cambio deseo el cielo.
Casi soy un hombre virtuoso, casi un místico.
Me gustan los colores del cielo porque es seguro que no son tintes alemanes.
Me gusta andar por las calles algo perro, algo máquina, casi nada hombre.
No estoy muy convencido de mi humanidad; no quiero ser como los otros. No quiero ser feliz con permiso de la policía.
Ahora en las calles hay un poco de sol.
No sé quién se lo ha llevado, qué mal hombre, dejando manchas en el suelo como un animal degollado.
Pasa un perrito cojo -he aquí la única compasión, la única caridad, el único amor de que soy capaz.
Los perros no tienen Lenin, y esto les garantiza una vida humana pero verdadera.
Andar por las calles como los hombres de Pío Baroja -(todos un poco perros)-.
Mascar huesos como los poetas de Murger, pero con serenidad.
Pero los hombres tienen posvida.
Por eso dedican su vida al amor del prójimo.
El dinero lo hacen para matar el tiempo inútil, el tiempo vacío...
Diógenes es un mito -la humanización del perro.
El anhelo que tienen los grandes hombres de ser completamente perros. Los pequeños hombres quieren ser completamente grandes hombres, millonarios, a veces dioses.
Pero estas cosas deben decirse en voz baja -siento miedo de oírme a mí mismo.
Yo no soy un gran hombre -yo soy un hombre cualquiera que ensaya las grandes felicidades.
Pero la felicidad no basta a ser feliz.
El mundo está demasiado feo, y no hay manera de embellecerlo.
Sólo puedo imaginarlo como una ciudad de burdeles y fábricas bajo un aletazo de banderas rojas.
Yo me siento las manos delicadas.
¿Qué soy, qué quiero? Soy un hombre y no quiero nada.
O, tal vez, ser un hombre como los toros o como los otros.
Tú no tienes las orejas demasiadas grandes.
Yo quiero ser feliz de una manera pequeña. Con dulzura, con esperanza, con insatisfacción, con limitación, con tiempo, con perfección.
Ahora puedo embarcarme en un trasatlántico. E ir pescando durante la travesía aventuras como peces.
Pero ¿a donde iría yo?
El mundo me es insuficiente.
Es demasiado grande, y no pudo desmenuzarlo en pequeñas satisfacciones como yo quiero.
La muerte es sólo un pensamiento, nada más, nada más...
Y yo quiero que sea un largo deleite con su fin, con su calidad.
El puerto, lleno de niebla, está demasiado romántico.
Citeres es un balneario norteamericano.
Las yanquis tienen la carne demasiado fresca, casi fría, casi muerta.
El panorama cambia como una película desde todas las esquinas.
El beso final ya suena en la sombra de la sala llena de candelas de cigarrillos. Pero está no es la escena final. Pero ello es por lo que el beso suena.
Nada me basta, ni siquiera la muerte; quiero medida, perfección, satisfacción, deleite.
¿Cómo he venido a parar en este cinema perdido y humoso?
La tarde ya se habrá acabado en la ciudad. Y yo todavía me siento la tarde.
Ahora recuerdo perfectamente mis años inocentes. Y todos los malos pensamientos se me borran del alma. Me siento un hombre que no ha pecado nunca.
Estoy sin pasado, con un futuro excesivo.
A casa...
**
Escrito a ciegas
(Versión de las libretas D367 y D368)
¿Quieres tú saber de mi vida?
Yo sólo sé de mi paso,
De mi peso,
De mi tristeza y de mi zapato.
¿Por qué preguntas quién soy,
Adónde voy?... Porque sabes harto
Lo del Poeta, el duro
Y sensible volumen de ser mi humano,
Que es un cuerpo y vocación,
Sin embargo.
Si nací, lo recuerda el Año
Aquel de quien no me acuerdo,
Porque vivo, porque me mato.
Mi Ángel no el de la Guarda.
Mi Ángel es del Hartazgo y Retazo,
Que me lleva sin término,
Tropezando, siempre tropezando,
En esta sombra deslumbrante
Que es la Vida, y su engaño y su encanto.
Cuando lo sepas todo...
Cuando sepas no preguntar...
Cuando no sepas no saber nada
Sino roerte la uña de mortal,
Entonces te diré mi vida,
Que no es más que una palabra de más...
La toda tuya vida es como cada ola:
Saber matar,
Saber morir,
Y no saber retener su caudal,
Y no saber discurrir y volver a su principio,
Y no saber contenerse en su afán...
Si quieres saber de mi vida,
Vete a mirar al Mar.
¿Por qué me la pides, Literata?
¿Ignoras acaso que en el Mundo,
Todo de nadas acumuladas,
De desengrandar infinitudes,
No sino un trasgo
Eterno, sombra apenas de apetito de algo?
La cosa real, si la pretendes
No es aprehenderla sino imaginarla.
Lo real no se le coge: se le sigue,
Y para eso son el sueño y la palabra.
¡Cuídate de su atajo!
¡Cuídate de su distancia!
¡Cuídate de su despeñadero!
¡Cuídate de su cabaña!
¿Quién soy? Soy mi qué,
Inefable e innumerable
Figura y alma de la ira.
No, eso fue al fin... y era al principio,
Antes de donde el principio principia.
Soy un cuerpo de espíritu de furia
Asentada y de aceda ironía.
No, no soy el que busca
El poema, ni siquiera la vida...
Soy un animal acosado por su ser
Que es una verdad y una mentira.
¡Es tan simple mi ser, y tal ahogo,
Con punzada en nervio y carne!...
Yo buscaba otro ser,
Y ése ha sido mi buscarme.
Yo no quería ni quiero ya ser yo,
Sino otro que se salvara o que se salve,
No el del Instinto, que se pierde,
Ni el del Entendimiento, que se retrae.
Mi día es otro día,
Algún no sé dónde estarme,
A dónde no sé ir en mi selva
Entre mis reptiles y mis árboles,
Libros y cementos
Y estrellas de neón,
Y mujeres que se me juntan como la pared y como nadie... o como madre,
Y el recién nacido que sobre mí llora,
Y por la calle
Todas las ruedas
Reales y originales.
Así es mi día cabal,
Hasta la última tarde.
Y escribí libros para persuadirme
A que yo era alguien,
Uno según mi gana
O según mi nadie.
El Otro, el Prójimo, es un fantasma.
¿Existe el aire,
Donde te asfixias y recreas
Respirando, tu cuerpo inane?
¡No, nada es sino la sorpresa
Eterna de tu mismo reencontrarte
Siempre tú los mismos entre los mismos muros
De las distancias y las calles!
¡Y de los cielos estos techos
Que nunca me ultiman porque nunca caen!
Y no alcancé el furor de lo divino,
Ni a la simpatía de lo humano
Lo soy y no lo siento ni así me siento.
Soy en el Día el Solitario
Y el absoluto en la Zoología si pienso,
O como carnívoro feroz si agarro.
¿Soy la Creatura o el Creador?
¿Soy la Materia o el Milagro?
¡Qué mía y qué ajena tu pregunta!...
¿Quién soy? ¿Lo sé yo acaso?
¡Pero no, el Otro no es!
¡Sólo yo en mi terror o en mi orgasmo!
¡Y con todos mis sueños resoñados,
Y con toda la moneda recogida,
Y con todo mi cuerpo, resurrecto
Tras cada coito, ciego, vano, sin pupila!...
¡Cuando no seas nada más que ser,
Si llegas a la edad de la agonía!...
¡Cuando sepas, verdaderamente,
Que es inhallable ayuntamiento de muerte y vida!...
¡Entonces te diré quién soy,
Seguro sí, que ya sin voz, Amiga!
Que se curan con hierbas eficaces
Los puros animales que te hablaban
Allá, entre piedras inmateriales.
El mundo real y la ciencia humana
Donde, con una pelota
Los muchachos aparentes hediondos gozaban.
Sí, la vida es un delirio así, y sin embargo,
En esa vida no estuvo mi nada,
Ninguna, pero real, y alta pero celeste o volcánica.
¡Qué tarde llega el Tiempo
A su punto de olvido o de sensibilidad!
Viene arrastrando, como el aluvión,
De cúmulo, de suelo, de humanidad.
¡Cuán a destiempo llega uno a sí mismo!
¡Cuán inesperado y desesperado cualquier ya,
Todo yo que cae con el Tiempo
Desde nunca siempre y para siempre jamás!
¡Qué madrugada eterna no dormida
Lo del resolverme en el hacer y en el pensar!
La Soledad es una roca dura
Contra la que arroja el Aire.
Está en cada pared de la Ciudad,
Cómplice, disimulándose.
Me arrojo o me arrojo, sin cesar
-Yo soy mi impedimento y mi crearme.-
La Poesía es, amiga,
Inagotable, incorregible, ínsita.
Es el río infinito
Todo de sangre,
Todo de meandro, todo de ruina y arrastre de vivido...
¿Qué es la Palabra
Sino vario y vano grito?
¿Qué es la imagen de la Poética
Sino un veloz leño bajo un gato írrito?
Todo es aluvión. Si no lo fuera,
Nada sería lo real, lo mismo.
El Amor no sabía
Sino tragarse su substancia
Y así la Creación se renovaba.
Todo me era de ayer, pero yo vivo,
Y a veces creo, y la Vez me amamanta.
No soy ninguno que sabe.
Soy el uno que ya no cree
Ni en el hombre,
Ni en la mujer,
Ni en la casa de un solo piso,
Ni en el panque con miel.
No soy más que una palabra
Volada de la sien
Y que procura compadecerse
Y anidar en algún alto tal vez
De la primavera lóbrega
Del Ser
No me preguntes más,
Que ya no sé...
Supe que no era lo que no era, no sé cómo, y todo era
Hasta la cosa de mi nada.
Y fui uno no sé cuándo,
Persiguiendo, por entre numen y maraña
Dentro de ella, yo, nacido y flaco, ya con todas armas,
Yo por todo paso que me hacía,
A ello persiguiendo... a la palabra
A cualquiera,
A la de a la madriguera o a la que salta.
Si mi vida no es esto
¿Qué será la vida?... ¿Adivinanza?...
Que me dé tiempo el Tiempo, a más del suyo,
Y yo me reharé mi eternidad;
La que me falta,
Porque la eché... me estuvo un momento demás.
¿Sabes de los puertos encallados
Del furor y del desembarcar,
Y del cetáceo con mojadísimo uniforme
Que no nada y cae ya?
¿Sabes de la ciudad tanta,
Que me parece ciudad,
Sino un cadáver disgregado,
Innumerable e infinitesimal?
Tú no sabes nada;
Tú no sabes sino preguntar.
Tú no sabes sino sabiduría.
Pero sabiduría no es estar
Sin noción de nada, sino proseguir o seguir
A pie hacia el ya.
Seud. de Rafael de la Fuente Benavides
(Perú, 1908-1985)
Navidad
Tus ojos
unen las manos
como las madonas
de Leonardo.
Los bosques de ocaso,
las frondas moradas
de un Renacimiento sombrío...
El rebaño del mar
bala a la gruta
del cielo, llena de ángeles.
Dios se encarna
en un niño que busca los juguetes
de tus manos.
Tus labios
dan el calor que niegan
la vaca y el asno.
Y en la penumbra,
tu cabellera mulle sus pajas
para Dios Niño.
**
Urbanismo
Extramuros; meaban tufillos de ganado;
el sol, viudo, fregábase la marmita de cobre,
y un ficus malarioso, paupérrimo, baldado,
ingería la purga de un regato salobre.
Ketty; sus ojos agros ya se han urbanizado;
Ketty, yanquis elevan hierro y cemento sobre
sus pupilas palustres; postrero parvo prado
de la corbata verde de algún amigo pobre...
En seda vegetal salvo el color extenso
que ingenieros albinos, mascando chicle, a tenso
cordel y teodolito, van hurtando a mi pena:
-Viento agudo mondaba la tarde, que era una
manzana madurísima, y el plato de la luna
colmábase de tiras de cáscaras morenas...
**
Poemas underwood
Prosa dura y magnífica de las calles de la ciudad sin inquietudes estéticas.
Por ellas se va con la policía a la felicidad.
La poesía gafa de las ventanas es un secreto de costureras.
No hay más alegría que la de ser un hombre bien vestido.
Tu corazón es una bocina prohibida por las ordenanzas de tráfico.
Las casas rumian sus paces de buey.
Si dejaras saber que eres un poeta, irías a la comisaría.
Límpiate de entusiasmos los ojos.
Los automóviles te soban las caderas, volviendo la cabeza. Cree tú que son mujeres viciosas. Así tendrás tu aventura y tu sonrisa para después de la cena.
Los hombres que tropiezas tienen la carne encallecida de oficina.
El amor está en cualquier parte, pero en ninguna está de otro modo.
Pasan obreros con los ojos resentidos con la tarde, con la ciudad y con los hombres.
¿Por qué había de fusilarte la Checa? Tú no has acaparado sino tu alma.
La ciudad lame la noche como una gata famélica.
Y tú eres un hombre feliz, quizá el único hombre feliz.
Tienes camisa y no tienes grandes pensamientos de ninguna clase.
Ahora siento cólera contra los acusadores y los consoladores.
Spengler es un tío asmático, y Pirandello es un viejo estúpido, casi un personaje suyo.
Pero no he de enfurecerme por pequeñeces.
Mil cosas han hecho los hombres peores que sus culturas: Las novelas de Víctor Hugo, la democracia, la instrucción primaria, etcétera, etcétera, etcétera, etcétera.
Pero los hombres se empeñan en amarse los unos a los otros.
Y, como no lo consiguen, acaban por odiarse.
Porque no quieren creer que todo es irremediable.
La polis griega sospecho que fue un lupanar al que había que ir con revólver.
Y los griegos, a pesar de su cultura, fueron hombres felices.
Yo no he pecado mucho, pero ya sé de estas cosas.
Bertoldo diría estas cosas mejor, pero Bertoldo no las diría nunca. El no se mete en honduras -y está viejo, quiere paz y hasta apoya a los moderados.
El mundo no está precisamente loco, pero sí demasiado decente. No hay manera de hacerle hablar cuando está borracho. Cuando no lo está abomina de la borrachera o ama a su prójimo.
Pero yo no sé sinceramente qué es el mundo ni qué son los hombres.
Sólo sé que debo ser justo y honrado y amar a mi prójimo.
Y amo a los mil hombres que hay en mí, que nacen y mueren a cada instante y no viven nada.
He aquí mis prójimos.
La justicia es unas estatuas feas en las plazas de las ciudades.
Ninguna de ellas me gusta ni poco ni mucho -no son diosas ni mujeres.
Yo amo la justicia de las mujeres sin túnica y sin divinidad.
En punto a honradez, no soy de los peores.
Como mi pan a solas, sin dar envidia a mi prójimo.
Nací en una ciudad, y no sé ver el campo.
Me he ahorrado el pecado de desear que fuera mío.
En cambio deseo el cielo.
Casi soy un hombre virtuoso, casi un místico.
Me gustan los colores del cielo porque es seguro que no son tintes alemanes.
Me gusta andar por las calles algo perro, algo máquina, casi nada hombre.
No estoy muy convencido de mi humanidad; no quiero ser como los otros. No quiero ser feliz con permiso de la policía.
Ahora en las calles hay un poco de sol.
No sé quién se lo ha llevado, qué mal hombre, dejando manchas en el suelo como un animal degollado.
Pasa un perrito cojo -he aquí la única compasión, la única caridad, el único amor de que soy capaz.
Los perros no tienen Lenin, y esto les garantiza una vida humana pero verdadera.
Andar por las calles como los hombres de Pío Baroja -(todos un poco perros)-.
Mascar huesos como los poetas de Murger, pero con serenidad.
Pero los hombres tienen posvida.
Por eso dedican su vida al amor del prójimo.
El dinero lo hacen para matar el tiempo inútil, el tiempo vacío...
Diógenes es un mito -la humanización del perro.
El anhelo que tienen los grandes hombres de ser completamente perros. Los pequeños hombres quieren ser completamente grandes hombres, millonarios, a veces dioses.
Pero estas cosas deben decirse en voz baja -siento miedo de oírme a mí mismo.
Yo no soy un gran hombre -yo soy un hombre cualquiera que ensaya las grandes felicidades.
Pero la felicidad no basta a ser feliz.
El mundo está demasiado feo, y no hay manera de embellecerlo.
Sólo puedo imaginarlo como una ciudad de burdeles y fábricas bajo un aletazo de banderas rojas.
Yo me siento las manos delicadas.
¿Qué soy, qué quiero? Soy un hombre y no quiero nada.
O, tal vez, ser un hombre como los toros o como los otros.
Tú no tienes las orejas demasiadas grandes.
Yo quiero ser feliz de una manera pequeña. Con dulzura, con esperanza, con insatisfacción, con limitación, con tiempo, con perfección.
Ahora puedo embarcarme en un trasatlántico. E ir pescando durante la travesía aventuras como peces.
Pero ¿a donde iría yo?
El mundo me es insuficiente.
Es demasiado grande, y no pudo desmenuzarlo en pequeñas satisfacciones como yo quiero.
La muerte es sólo un pensamiento, nada más, nada más...
Y yo quiero que sea un largo deleite con su fin, con su calidad.
El puerto, lleno de niebla, está demasiado romántico.
Citeres es un balneario norteamericano.
Las yanquis tienen la carne demasiado fresca, casi fría, casi muerta.
El panorama cambia como una película desde todas las esquinas.
El beso final ya suena en la sombra de la sala llena de candelas de cigarrillos. Pero está no es la escena final. Pero ello es por lo que el beso suena.
Nada me basta, ni siquiera la muerte; quiero medida, perfección, satisfacción, deleite.
¿Cómo he venido a parar en este cinema perdido y humoso?
La tarde ya se habrá acabado en la ciudad. Y yo todavía me siento la tarde.
Ahora recuerdo perfectamente mis años inocentes. Y todos los malos pensamientos se me borran del alma. Me siento un hombre que no ha pecado nunca.
Estoy sin pasado, con un futuro excesivo.
A casa...
**
Escrito a ciegas
(Versión de las libretas D367 y D368)
¿Quieres tú saber de mi vida?
Yo sólo sé de mi paso,
De mi peso,
De mi tristeza y de mi zapato.
¿Por qué preguntas quién soy,
Adónde voy?... Porque sabes harto
Lo del Poeta, el duro
Y sensible volumen de ser mi humano,
Que es un cuerpo y vocación,
Sin embargo.
Si nací, lo recuerda el Año
Aquel de quien no me acuerdo,
Porque vivo, porque me mato.
Mi Ángel no el de la Guarda.
Mi Ángel es del Hartazgo y Retazo,
Que me lleva sin término,
Tropezando, siempre tropezando,
En esta sombra deslumbrante
Que es la Vida, y su engaño y su encanto.
Cuando lo sepas todo...
Cuando sepas no preguntar...
Cuando no sepas no saber nada
Sino roerte la uña de mortal,
Entonces te diré mi vida,
Que no es más que una palabra de más...
La toda tuya vida es como cada ola:
Saber matar,
Saber morir,
Y no saber retener su caudal,
Y no saber discurrir y volver a su principio,
Y no saber contenerse en su afán...
Si quieres saber de mi vida,
Vete a mirar al Mar.
¿Por qué me la pides, Literata?
¿Ignoras acaso que en el Mundo,
Todo de nadas acumuladas,
De desengrandar infinitudes,
No sino un trasgo
Eterno, sombra apenas de apetito de algo?
La cosa real, si la pretendes
No es aprehenderla sino imaginarla.
Lo real no se le coge: se le sigue,
Y para eso son el sueño y la palabra.
¡Cuídate de su atajo!
¡Cuídate de su distancia!
¡Cuídate de su despeñadero!
¡Cuídate de su cabaña!
¿Quién soy? Soy mi qué,
Inefable e innumerable
Figura y alma de la ira.
No, eso fue al fin... y era al principio,
Antes de donde el principio principia.
Soy un cuerpo de espíritu de furia
Asentada y de aceda ironía.
No, no soy el que busca
El poema, ni siquiera la vida...
Soy un animal acosado por su ser
Que es una verdad y una mentira.
¡Es tan simple mi ser, y tal ahogo,
Con punzada en nervio y carne!...
Yo buscaba otro ser,
Y ése ha sido mi buscarme.
Yo no quería ni quiero ya ser yo,
Sino otro que se salvara o que se salve,
No el del Instinto, que se pierde,
Ni el del Entendimiento, que se retrae.
Mi día es otro día,
Algún no sé dónde estarme,
A dónde no sé ir en mi selva
Entre mis reptiles y mis árboles,
Libros y cementos
Y estrellas de neón,
Y mujeres que se me juntan como la pared y como nadie... o como madre,
Y el recién nacido que sobre mí llora,
Y por la calle
Todas las ruedas
Reales y originales.
Así es mi día cabal,
Hasta la última tarde.
Y escribí libros para persuadirme
A que yo era alguien,
Uno según mi gana
O según mi nadie.
El Otro, el Prójimo, es un fantasma.
¿Existe el aire,
Donde te asfixias y recreas
Respirando, tu cuerpo inane?
¡No, nada es sino la sorpresa
Eterna de tu mismo reencontrarte
Siempre tú los mismos entre los mismos muros
De las distancias y las calles!
¡Y de los cielos estos techos
Que nunca me ultiman porque nunca caen!
Y no alcancé el furor de lo divino,
Ni a la simpatía de lo humano
Lo soy y no lo siento ni así me siento.
Soy en el Día el Solitario
Y el absoluto en la Zoología si pienso,
O como carnívoro feroz si agarro.
¿Soy la Creatura o el Creador?
¿Soy la Materia o el Milagro?
¡Qué mía y qué ajena tu pregunta!...
¿Quién soy? ¿Lo sé yo acaso?
¡Pero no, el Otro no es!
¡Sólo yo en mi terror o en mi orgasmo!
¡Y con todos mis sueños resoñados,
Y con toda la moneda recogida,
Y con todo mi cuerpo, resurrecto
Tras cada coito, ciego, vano, sin pupila!...
¡Cuando no seas nada más que ser,
Si llegas a la edad de la agonía!...
¡Cuando sepas, verdaderamente,
Que es inhallable ayuntamiento de muerte y vida!...
¡Entonces te diré quién soy,
Seguro sí, que ya sin voz, Amiga!
Que se curan con hierbas eficaces
Los puros animales que te hablaban
Allá, entre piedras inmateriales.
El mundo real y la ciencia humana
Donde, con una pelota
Los muchachos aparentes hediondos gozaban.
Sí, la vida es un delirio así, y sin embargo,
En esa vida no estuvo mi nada,
Ninguna, pero real, y alta pero celeste o volcánica.
¡Qué tarde llega el Tiempo
A su punto de olvido o de sensibilidad!
Viene arrastrando, como el aluvión,
De cúmulo, de suelo, de humanidad.
¡Cuán a destiempo llega uno a sí mismo!
¡Cuán inesperado y desesperado cualquier ya,
Todo yo que cae con el Tiempo
Desde nunca siempre y para siempre jamás!
¡Qué madrugada eterna no dormida
Lo del resolverme en el hacer y en el pensar!
La Soledad es una roca dura
Contra la que arroja el Aire.
Está en cada pared de la Ciudad,
Cómplice, disimulándose.
Me arrojo o me arrojo, sin cesar
-Yo soy mi impedimento y mi crearme.-
La Poesía es, amiga,
Inagotable, incorregible, ínsita.
Es el río infinito
Todo de sangre,
Todo de meandro, todo de ruina y arrastre de vivido...
¿Qué es la Palabra
Sino vario y vano grito?
¿Qué es la imagen de la Poética
Sino un veloz leño bajo un gato írrito?
Todo es aluvión. Si no lo fuera,
Nada sería lo real, lo mismo.
El Amor no sabía
Sino tragarse su substancia
Y así la Creación se renovaba.
Todo me era de ayer, pero yo vivo,
Y a veces creo, y la Vez me amamanta.
No soy ninguno que sabe.
Soy el uno que ya no cree
Ni en el hombre,
Ni en la mujer,
Ni en la casa de un solo piso,
Ni en el panque con miel.
No soy más que una palabra
Volada de la sien
Y que procura compadecerse
Y anidar en algún alto tal vez
De la primavera lóbrega
Del Ser
No me preguntes más,
Que ya no sé...
Supe que no era lo que no era, no sé cómo, y todo era
Hasta la cosa de mi nada.
Y fui uno no sé cuándo,
Persiguiendo, por entre numen y maraña
Dentro de ella, yo, nacido y flaco, ya con todas armas,
Yo por todo paso que me hacía,
A ello persiguiendo... a la palabra
A cualquiera,
A la de a la madriguera o a la que salta.
Si mi vida no es esto
¿Qué será la vida?... ¿Adivinanza?...
Que me dé tiempo el Tiempo, a más del suyo,
Y yo me reharé mi eternidad;
La que me falta,
Porque la eché... me estuvo un momento demás.
¿Sabes de los puertos encallados
Del furor y del desembarcar,
Y del cetáceo con mojadísimo uniforme
Que no nada y cae ya?
¿Sabes de la ciudad tanta,
Que me parece ciudad,
Sino un cadáver disgregado,
Innumerable e infinitesimal?
Tú no sabes nada;
Tú no sabes sino preguntar.
Tú no sabes sino sabiduría.
Pero sabiduría no es estar
Sin noción de nada, sino proseguir o seguir
A pie hacia el ya.
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Somos parecidos a esos sapos que en la austera noche de los pantanos se llaman sin verse, doblegando con su grito de amor toda la fatalidad del universo.
René Char
No haría falta amar a los hombres para darles una ayuda real. Sólo desear hacer mejor cierta expresión de su mirada cuando se detiene en algo más empobrecido que ellos, prolongar en un segundo cierto minuto agradable de su vida. A partir de esta diligencia y cada raíz tratada, su respiración se haría más serena. Sobre todo, no suprimirles por entero esos senderos penosos, a cuyo esfuerzo sucede la evidencia de la verdad a través de los llantos y los frutos.
René Char
René Char
No haría falta amar a los hombres para darles una ayuda real. Sólo desear hacer mejor cierta expresión de su mirada cuando se detiene en algo más empobrecido que ellos, prolongar en un segundo cierto minuto agradable de su vida. A partir de esta diligencia y cada raíz tratada, su respiración se haría más serena. Sobre todo, no suprimirles por entero esos senderos penosos, a cuyo esfuerzo sucede la evidencia de la verdad a través de los llantos y los frutos.
René Char