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viernes, 7 de septiembre de 2012

Esos rocíos, esos huevos, esos espejos

Renata Schussheim

MAROSA DI GIORGIO
(Uruguay, 1932-2004) 

Yendo por aquel campo, aparecían, de pronto...

Yendo por aquel campo, aparecían, de pronto, esas extrañas
cosas. Las llamaban por allí, virtudes o espíritus. Pero, en
verdad eran la producción de seres tristes, casi inmóviles,
                          que nunca se salían de su lugar.
Estancias al parecer, del otro mundo, y casi eternas,
porque el viento y la lluvia las lavaban y abrillantaban, cada
vez más. Era de ver aquellas nieves, aquellas cremas,
aquellos hongos purísimos... Esos rocíos, esos huevos,
                           esos espejos.
Escultura, o pintura, o escritura, nunca vista, pero, fácilmente
                           descifrable.
Al entreleerla, venía todo el ayer, y se hacía evidente
                           el porvenir.
Los poetas mayores están allá, donde yo digo.
***
Había nacido con zapatos. Rojos, finos, de taco alto...

Había nacido con zapatos. Rojos, finos, de taco alto,
que fueron la desesperación de todos los que vivimos juntos
en aquel tiempo.
Y en la cara tenía varias dentaduras, y lentes celestes como
el fuego.
Al pasar, por la tarde, parecía el ángel de la devoración con
pie punzó.
Mas, en realidad, amó la luz solar. Comía guindas, llevándose
una a cada boca.
Y sentía temor y amor hacia el Maestro Tigre que llegaba
en  la noche a buscar doncellas.
Y nunca la eligió.
***
La naturaleza de los sueños

Al alba bebía la leche, minuciosamente, bajo la mirada vigilante de mi madre; pero, luego, ella apartaba un poco,
volvía a hilar la miel, a bordar a bordar, y yo huía hacia la inmensa pradera, verde y gris.
A lo lejos, pasaban las gacelas con sus caras de flor; parecían lirios con pies, algodoneros con alas. Pero, yo sólo miraba
a las piedras, a los altos ídolos, que miraban a arriba, a un destino aciago.
Y, qué podía hacer; tenderme allí, que mi madre no viese, que me pasara, otra vez, aquello horrible y raro.

sábado, 2 de julio de 2011

Todo se da en un relámpago

MAROSA DI GIORGIO


(Uruguay, 1932-2004)

"Lo que yo digo es claro como la luz del día y misterioso como la noche."

Entrevista

por Julia Galemire

Marosa di Giorgio nació en Salto, Uruguay, y ha publicado numerosos libros, que fueron reunidos en dos tomos titulados "Los papeles salvajes", los que conocen dos ediciones, 1989 y 1991, en Montevideo y en Buenos Aires,2000, bajo el sello editorial Adriana Hidalgo. Asimismo es autora de una novela, "Reina Amelia", en la que acometió la singular tarea de interpretar sus propios textos. Marosa se ha definido a sí misma en un reportaje diciendo: "Soy esa que así piensa, sueña, vive, la última driade de este mundo, la falena y falena con el círculo del ala brillando". Esta es la entrevista.

-¿A qué territorio consideras que está destinada la literatura?
-Es letra, pensamiento, sueño. Está destinada a todo, a cada uno.

-¿Cómo leer a Marosa?
-Y bien. Como cada uno pueda. Se recibe, se percibe según la sensibilidad, las antenas. Lo que yo digo es claro como la luz del día y misterioso como la noche.

-¿Consideras que la esencia de la belleza es difícil hallarla a causa de su profundidad? ¿Qué hacer para encontrarla?
-La belleza está por todos lados; es el resplandor de la creación. Es la cara misma de Dios.

-¿Sigue teniendo vigencia la poesía clásica?
-Es la que desafía triunfante los tiempos. Seguirán hacia la eternidad, Homero, Virgilio, Dante...

-¿Cuál es a tu juicio el futuro de la poesía, teniendo en cuenta que algunos consideran que ella puede encontrarse en cualquier texto que se escriba, sin necesidad de hacer poesía formal?
-Un poema puede ser ceñido como un vaso, un soneto, o erizado como un jardín o libre como el mar. ¿Qué más da? Tiene que haber ritmo, originalidad, algo nuevo, algo conmovedor, una visión, sin más allá, un corazón que late por primera vez.

-¿Qué acontecimientos de tu vida han marcado más tu escritura?
-Todos los acontecimientos marcan. Pero tuve el privilegio de vivir en los campos, escenario de lo maravilloso, de lo casi increíble. Todo se da en un relámpago, la gloria, la muerte, la resurrección. Es estar frente a frente con esas cosas magnas.

-¿Crees que la literatura actual está impregnada de tristeza?
-En la literatura de cualquier tiempo se presenta todo. Pero, sí, tal vez un aura de fracaso, del sin sentido, de búsqueda sin un fin claro, corra por las narrativas de estos años.

-¿Cómo te sientes respecto a tu obra, tomada esta como una unidad?
-Debe ser tomada como unidad. Ando con gusto por ese bosque. Yo misma, vuelta multiplicidad, complicidad, canto de los cantos, amor de los amores.

-¿Piensas que ejerces alguna influencia en los escritores jóvenes?
-Se han percibido resonancias en las franjas etarias últimas, sobre todo en Buenos Aires, donde fui editada varias veces, y donde recito todos los años. Yo no ando en investigaciones, pero me dicen que es así.

-¿Cuál es la mayor virtud de la cultura uruguaya?
-Como toda cultura tiene varias capas, varias napas. Pero yo ando distraída. Un poco distraída, y soy nerviosa. No puedo declarar.

-¿Y cuál es el mayor defecto?
-Y respondo lo mismo.

-¿Qué escritores, narradores y poetas no uruguayos te han atraído o atraen actualmente?
- La novela o memoria de Sei Shonagon, una escritora nipona de hace mil años atrás.

-¿Y de uruguayos?
-Sobre este punto no hay que hablar, debe pasar el tiempo, ese crítico que rara vez se equivoca.

-¿Hay una ruptura entre las generaciones literarias en el Uruguay?
- Nunca creí en generaciones. Hay quienes nacieron para escribir. Y otros que escriben porque se les da la gana.

-Volviendo a tu poesía... ¿Cuál es el elemento más significativo de la misma?
-Como toda escritura, es una red, una trama, una pedrería también. Difícil señalar los distintos hilos y reflejos.

-¿Y de tu narrativa?
-La respuesta anterior es válida aquí también.
**
COPY: LA ONDA® DIGITAL
***
Poema X

Este melón es una rosa,
este perfuma como una rosa,
adentro debe tener un ángel
con el corazón y la cintura siempre en llamas.
Este es un santo,
vuelve de oro y de perfume
todo lo que toca;
posee todas las virtudes, ningún defecto,
Yo le rezo,
después lo voy a festejar en un poema.
ahora, sólo digo lo que él es:
un relámpago,
un perfume,
el hijo varón de las rosas.
**

lunes, 7 de diciembre de 2009

Vimos todo casi con luz de fósforo


MAROSA DI GIORGIO
(Uruguay, 1932-2004)


Mi alma es un vampiro grueso

Mi alma es un vampiro grueso, granate, aterciopelado. Se alimenta de muchas especies y de sólo una. La busca en la noche, la encuentra, y se la bebe, gota a gota, rubí por rubí.
Mi alma tiene miedo y tiene audacia. Es una muñeca grande, con rizos, vestido celeste.
Un picaflor le trabaja el sexo.
Ella brama y llora.
Y el pájaro no se detiene.
***
A la hora en que los robles se cierran dulcemente, y estoy en el hogar junto a las abuelas, las madres, las otras mujeres; y ellas hablan de años remotos, de cosas que ya parecen de polvo; y me da miedo, y me parece que esa noche sí va a venir el labriego maldito, el asesino, el ladrón que nos va a despojar de todo, y huyo hacia el jardín y ya están las animalejas de subtierra ¿yo digo?, ellas tan hermosas, con sus caras lisas, de alabrtro, sus manos agudas, finas, casi humanas, a veces, hasta con anillos. Avanzan por senderos, diestramente.

Asaltan la violeta mejor, la que tiene un grano de sal, la celedonia que humea como una masita con miel, el canastillo de los huevos de mariposa ¿oh, titilantes?

Actúan con tanta certeza.

Una vez mi madre dio caza a una, la mató, la aderezó, la puso en mitad de la noche, de la cena, y ella conservaba una vida levísima, una muerte casi irreal; parecía huída de un banquete fúnebre, de la caja de un muerto maravilloso. La devorábamos y estaba como viva.

El anillo que yo ahora uso era de ella.
***
9

El invierno es una casa cerrada, sin pintar. Es un altar boca abajo. El descenso a los infiernos. No la habitual honguera, sino el piso fracturado; los tablones rotos, llevan a otro piso igual, y a otro.
Ése desciende a los infiernos con un vestido rojo que tiene ala. No sé quién es. Ya bajaron dos o tres. Para siempre, jamás.
En cada puerta sale y crece el lirio blanco; una mano de adentro, por una hendija, lo saca y lo pone en la olla. Él hierve en el frío, se esponja como nieve. Por un rato hay hilachas blancas por todo el cuarto.
Dentro de la cama yo ofrezco mi ostra, pequeña, oval, ribeteada de coral, por donde Juan lleva y hunde su puñal. Que me parte en dos. Después, yo lo abrazo. Como si no me hubiera querido matar.
***
10

Dijo: -Vengo de Lhasa y de Altai.
Era de noche y en el humo de la cocina se balanceaban los murciélagos de siempre.
Se quitó el manto estrellado y quedó con ropa de lana negra.
El manto fue al suelo y era de tela tan liviana que se arrolló y se achicó pareciendo sólo un puntito, una luciérnaga.
Miró bien donde se quedaba ese punto y guardó en la memoria.
-¿Siguen acá?
-Pero, si es la primera vez que nos ve. No vino nunca, no estuvo.
Le explicamos lo que había detrás de la casa.
Quiso ir y fuimos. Pero, olvidamos el farol.
A la débil luz de las estrellas estaba el enramado y abajo cerdos y pavos, graznando semidormidos.
Un hombre rígido como una estatua parecía estar cuidando.
Vimos todo casi con luz de fósforo.
Esos animales eran como gruesos pecados. Carnales. Capitales.
Retrocedíamos con un poco de miedo. Pasamos de nuevo el jardín de azucenas. Los pecados quedaron gruesos y movientes.
Dentro de la cocina buscó en el suelo, el manto. Seguía del tamaño de una luciérnaga. Al colocárselo se desenrolló y brilló, grande como una sábana.
Tuvo prisa por irse, ansiedad, como si le fuéramos a cerrar la puerta.
***
15

En octubre, noviembre, se abre el "jazmín del cielo". Así, todo queda azul. Celeste. Y comienzan las representaciones, las comedias. Ya, no nos llaman por nuestros nombres, sino "Santa Amelia", "Santa Isabel". A lo sumo, "Estrella". Al pasar, a cada uno, dicen en voz baja, "Estrella". Y vamos entre los aparadores y los otros muebles, mostrando alas y coronas. Mi madre espía lo que yo recito, y mi prima toca en el piano algo que es siempre, igual. Cumplimos un extraño argumento que abarca toda la casa y el jardín.
Entonces, las criadas laboran recatadamente. Y las gallinas, también, se dan cuenta, y van al bosquecillo, y ponen sus huevos sin anunciarlos.
***
Somos parecidos a esos sapos que en la austera noche de los pantanos se llaman sin verse, doblegando con su grito de amor toda la fatalidad del universo.
René Char


No haría falta amar a los hombres para darles una ayuda real. Sólo desear hacer mejor cierta expresión de su mirada cuando se detiene en algo más empobrecido que ellos, prolongar en un segundo cierto minuto agradable de su vida. A partir de esta diligencia y cada raíz tratada, su respiración se haría más serena. Sobre todo, no suprimirles por entero esos senderos penosos, a cuyo esfuerzo sucede la evidencia de la verdad a través de los llantos y los frutos.
René Char