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lunes, 30 de julio de 2018

No soy de los que afirman que sus acciones no se les parecen

MARGUERITE YOURCENAR

(Bruselas-Capital, Bélgica, 1903-Northeast Harbor, Maine, Estados Unidos, 1987)

Memorias de Adriano 
(Fragmento)

En cuanto a la observación de mí mismo, me obligo a ella aunque sólo sea para llegar a un acuerdo con ese individuo con quien me veré forzado a vivir hasta el fin, pero una familiaridad de casi sesenta años guarda todavía muchas posibilidades de error. En lo más profundo, mi autoconocimiento es oscuro, interior, informulado, secreto como una complicidad. En lo más impersonal, es tan glacial como las teorías que puedo elaborar sobre los números: empleo mi inteligencia para ver de lejos y desde lo alto mi propia vida, que se convierte así en la vida de otro. Pero estos dos medios de conocimiento son difíciles; el uno exige un descenso, y el otro una salida de uno mismo. Llevado por la inercia, tiendo como todos a reemplazarlos por una mera rutina, una idea de mi vida parcialmente modificada por la imagen que de ella se hace el público, por juicios en bloque, es decir falsos, como un patrón ya preparado al cual un sastre inepto adapta penosamente nuestra tela propia. Equipo de valor desigual; instrumentos más o menos embotados. Pero no tengo otros, y con ellos me fabrico lo mejor que puedo una idea de mi destino de hombre.

Cuando considero mi vida, me espanta encontrarla informe. La existencia de los héroes, según nos la cuentan, es simple; como una flecha, va en línea recta a su fin. Y la mayoría de los hombres gusta resumir su vida en una fórmula, a veces jactanciosa o quejumbrosa, casi siempre recriminatoria; el recuerdo les fabrica, complaciente, una existencia explicable y clara. Mi vida tiene contornos menos definidos. Como suele suceder, lo que no fui es quizá lo que más ajustadamente la define: buen soldado pero en modo alguno hombre de guerra; aficionado al arte, pero no ese artista que Nerón creyó ser al morir; capaz de cometer crímenes, pero no abrumado por ellos. Pienso a veces que los grandes hombres se caracterizan precisamente por su posición extrema; su heroísmo está en mantenerse en ella toda la vida. Son nuestros polos o nuestros antípodas. Yo ocupé sucesivamente todas las posiciones extremas, pero no me mantuve en ellas; la vida me hizo resbalar siempre. Y sin embargo no puedo jactarme, como un agricultor o un mozo de cordel virtuosos, de una existencia situada en el justo medio.

El paisaje de mis días parece estar compuesto, como las regiones montañosas, de materiales diversos amontonados sin orden alguno. Veo allí mi naturaleza, ya compleja, formada por partes iguales de instinto y de cultura. Aquí y allá afloran los granitos de lo inevitable: por doquier, los desmoronamientos del azar. Trato de recorrer nuevamente mi vida en busca de su plan, seguir una vena de plomo o de oro, o el fluir de un río subterráneo, pero este plan ficticio no es más que una ilusión óptica del recuerdo. De tiempo en tiempo, en un encuentro, un presagio, una serie definida de sucesos, me parece reconocer una fatalidad; pero demasiados caminos no llevan a ninguna parte, y demasiadas sumas no se adicionan. En esta diversidad y este desorden, percibo la presencia de una persona, pero su forma está casi siempre configurada por la presión de las circunstancias; sus rasgos se confunden como una imagen reflejada en el agua. No soy de los que afirman que sus acciones no se les parecen. Muy al contrario, pues ellas son mi única medida, el único medio de grabarme en la memoria de los hombres y aun en la mía propia; quizá sea la imposibilidad de seguir expresándose y modificándose por la acción lo que constituye la diferencia entre un muerto y un ser viviente. Pero entre yo y los actos que me constituyen existe un hiato indefinible. La prueba está en que sin cesar siento la necesidad de pensarlos, explicarlos, justificarlos ante mí mismo. Ciertos trabajos que duraron poco son despreciables, pero otras ocupaciones que abarcaron toda mi vida no me parecen más significativas. En el momento de escribir esto, por ejemplo, no me parece esencial haber sido emperador.

De todas maneras, tres cuartos de mi vida escapan a esta definición por los actos; la masa de mis veleidades, mis deseos, hasta de mis proyectos, sigue siendo tan nebulosa y huidiza como un fantasma. El resto, la parte palpable, más o menos autentificada por los hechos, apenas si es más distinta, y la sucesión de los acaecimientos se presenta tan confusa como la de los sueños. Poseo mi cronología propia, imposible de acordar con la que se basa en la fundación de Roma o la era de las olimpiadas. Quince años en el ejército duraron menos que una mañana de Atenas; sé de gentes a quienes he frecuentado toda mi vida y que no reconoceré en los infiernos. También los planos del espacio se superponen: Egipto y el valle de Tempe se hallan muy próximos, y no siempre estoy en Tíbur cuando estoy ahí. De pronto mi vida me parece trivial, no sólo indigna de ser escrita, sino aun de ser contemplada con cierto detalle, y tan poco importante, hasta para mis propios ojos, como la del primero que pasa. De pronto me parece única, y por eso mismo sin valor, inútil —por irreductible a la experiencia del común de los hombres. Nada me explica: mis vicios y mis virtudes no bastan; mi felicidad vale algo más, pero a intervalos, sin continuidad, y sobre todo sin causa aceptable. Pero el espíritu humano siente repugnancia a aceptarse de las manos del azar, a no ser más que el producto pasajero de posibilidades que no están presididas por ningún dios, y sobre todo por él mismo. Una parte de cada vida, y aun de cada vida insignificante, transcurre en buscar las razones de ser, los puntos de partida, las fuentes. Mi impotencia para descubrirlos me llevó a veces a las explicaciones mágicas, a buscar en los delirios de lo oculto lo que el sentido común no alcanzaba a darme. Cuando los cálculos complicados resultan falsos, cuando los mismos filósofos no tienen ya nada que decirnos, es excusable volverse hacia el parloteo fortuito de las aves, o hacia el lejano contrapeso de los astros.

Memorias de Adriano, traducción de Julio Cortázar (Edhasa)



miércoles, 3 de enero de 2018

Como el alma atiza el fuego

MARGUERITE YOURCENAR
(Bruselas-Capital, Bélgica, 1903-Northeast Harbor, Maine, Estados Unidos, 1987)


El poema del yugo
(De Archivo)

Las mujeres de mi país llevan sobre los hombros un yugo;
Su corazón pesado y lento oscila entre esos dos polos;
A cada paso, dos grandes baldes de leche chocan
Uno con otro contra sus rodillas;
El alma materna de las vacas, la espuma del pasto masticado,
Brotan en olas nauseosas dulces.

Soy igual que la sirvienta de la granja;
A lo largo del dolor me avanzo de un paso firme;
El balde del lado izquierdo está lleno de sangre;
Puedes beber y saciarte de ese pujante jugo.
El balde del lado derecho está lleno de hielo;
Puedes inclinarte y contemplar tu rostro laso.
Así voy entre mi destino y mi suerte,
Entre mi sangre caliente y líquida y mi amor límpido muerto.
Y cuando esté segura que ni espejo ni bebida
Pueden ya distraer o sosegar tu corazón salvaje,
No quebraré el espejo resignado,
No volcaré el balde donde sangró toda mi vida.
Iré llevando mi balde de sangre en la noche negra
Allí donde están los muertos que en él a beber vendrán.
Iré donde están las olas con mi balde de hielo;
El breve gemido de la orilla será menos dulce que mi llanto;
Un rostro pálido grande se asomará a la duna
Y ese espejo, que ya no quieres, reflejará la faz calma de la luna.

Versión de Silvia Barón-Supervielle
**
Erótico

Tú la avispa y yo la rosa;
Tú el mar, yo la escollera;
En la creciente radiosa
Tú el Fénix, yo la hoguera.
Tú el Narciso y yo la fuente,
En mis ojos tú brillando;
Tú el río y yo el puente;
Yo la onda en mí nadando.
Y tú el sol y la sal
Y en los labios el caudal
Del rumor meciendo el juego.
Yo el pájaro y el cielo
Azul cruzando su vuelo,
Como el alma atiza el fuego.

Versión de Silvia Barón-Supervielle
**
Escritos al dorso de dos cartas postales

Una sirena llora
La salida de un barco
Sobre el agua que borra.

Yo sufro la ausencia
Y el espacio duro;
La pena es un muro.

La ruta es una trampa:
Ni trenes, ni navío;
El viaje está vacío.

(...) 

Reflejo, que tu lanza
Traspase la distancia
Y pegue con dulzor.

(La miel de las heridas
Embalsama el amor).
1934

Versión de Silvia Barón-Supervielle
Publicados por Fausto Marcelo Ávila Ávila.

miércoles, 13 de diciembre de 2017

Ni aplicar al dolor el torniquete de la resignación

Marguerite Yourcenar
 (Bruselas, Bélgica, 1903 - isla de Mount Desert, Maine, EE. UU., 1987) 

Firme propósito
Ni protegerse del día bajo el árbol de las tinieblas,
ni morder en el fruto la dulce carne del verano,
ni besar largamente los lívidos labios
de muertos hastiados de haber existido.

Ni penetrar, transido, el frío corazón del álgebra,
ni clavar en el vacío una máscara,
ni acostar bajo el sólido olvido célebres huesos
ni derramar su nada en un sepulcro prestigiado.

Ni acariciar, amor, tu ardiente garganta,
ni quemar tu deseo en el fuego negro de la espera,
ni aplicar al dolor el torniquete de la resignación.

Ni levantar hacia el cielo las manos insatisfechas,
sino soportar en uno mismo, en medio de la noche sin pensamientos,
el profundo vacío de un corazón donde la vida ha sangrado.

sábado, 15 de abril de 2017

Hablaba como si el silencio fuera una pared

MARGUERITE YOURCENAR
(Marguerite de Crayencour; Bruselas, 1903 - isla de Mount Desert, Maine, EE. UU., 1987)

Fragmentos de sus cuentos

De "La leche de la muerte"
La larga fila beige y gris de turistas se extendía por la
calle principal de Ragusa; las gorras tejidas, los ricos
sacos bordados se mecían con el viento a la entrada de las tiendas, encendían los ojos de los viajeros en busca de regalos baratos o disfraces para los bailes de a bordo. Hacía tanto calor como sólo hace en el Infierno. Las montañas desnudas de Herzegovina mantenían a Ragusa bajo fuegos de espejos ardientes.

Philip Mild se metió a una cervecería alemana donde
unas moscas gordas zumbaban en una semioscuridad
sofocante. Paradójicamente, la terraza del restorán
daba al Adriático, que volvía a aparecer ahí en plena
ciudad, en el lugar más inesperado, sin que este súbito
pasaje azul sirviera para otra cosa que para añadir un
color más al abigarramiento de la plaza del mercado.
Un hedor subía de un montón de desperdicios de
pescados que algunas gaviotas casi insoportablemente
blancas hurgaban. Ningún viento de alta mar llegaba a
soplar. El compañero de camarote de Philip, el
ingeniero Jules Boutrin, bebía sentado a la mesa de un
velador de zinc, a la sombra de un quitasol color
fuego que de lejos parecía una enorme naranja flotando en el mar.
—Cuéntame otra historia, viejo amigo, dijo Philip
desplomándose pesadamente en una silla. Necesito un
whisky y un buen relato frente al mar... La historia
más bella y menos verosímil posible, que me haga
olvidar las mentiras patrióticas y contradictorias de
algunos periódicos que acabo de comprar en el
muelle. Los italianos insultan a los eslavos, los
eslavos a los griegos, los alemanes a los rusos, los
franceses a Alemania y casi tanto a Inglaterra.
Supongo que todos tienen razón. Hablemos de otra
cosa... ¿Qué hiciste ayer en Scutari, donde tanto te
interesaba ir a ver con tus propios ojos no sé qué
turbinas?

Traducción de Patricia Daumas, Silvia Molina y Leticia Hülsz 
**
De "Cómo se salvó Wang-Fo"
El anciano pintor Wang-Fo y su discípulo Ling erraban por los caminos del reino de Han.
Avanzaban lentamente, pues Wang-Fo se detenía durante la noche a contemplar los astros y durante el día a mirar las libélulas. No iban muy cargados, ya que Wang-Fo amaba la imagen de las cosas y no las cosas en sí mismas, y ningún objeto del mundo le parecía digno de ser adquirido a no ser pinceles, tarros de laca y rollos de seda o de papel de arroz. Eran pobres, pues Wang-Fo trocaba sus pinturas por una ración de mijo y despreciaba las monedas de plata. Su discípulo Ling, doblándose bajo el peso de un saco lleno de bocetos, encorvaba respetuosamente la espalda como si llevara encima la bóveda celeste, ya que aquel saco, a los ojos de Ling, estaba lleno de montañas cubiertas de nieve, de ríos en primavera y del rostro de la luna de verano.
Ling no había nacido para correr los caminos al lado de un anciano que se apoderaba de la aurora y apresaba el crepúsculo. Su padre era cambista de oro; su madre era la hija única de un comerciante de jade, que le había legado sus bienes maldiciéndola por no ser un hijo. 
Una noche, en una taberna, tuvo por compañero de mesa a Wang-Fo. El anciano había bebido, para ponerse en un estado que le permitiera pintar con realismo a un borracho; su cabeza se inclinaba hacia un lado, como si se esforzara por medir la distancia que separaba su mano de la taza. El alcohol de arroz desataba la lengua de aquel artesano taciturno, y aquella noche, Wang hablaba como si el silencio fuera una pared y las palabras unos colores destinados a embadurnarla. Gracias a él, Ling conoció la belleza que reflejaban las caras de los bebedores, difuminadas por el humo de las bebidas calientes, el esplendor tostado de las carnes lamidas de una forma desigual por los lengüetazos del fuego, y el exquisito color de las manchas de vino esparcidas por los manteles como pétalos marchitos. Una ráfaga de viento abrió la ventana; el aguacero penetró en la habitación. Wang-Fo se agachó para que Ling admirase la lívida veta del rayo y Ling, maravillado, dejó de tener miedo a las tormentas.
**
De "Cuento azul"
Los mercaderes procedentes de Europa estaban sentados en el puente, de cara a la mar azul, en la sombra color índigo de las velas remendadas de retazos grises. El sol cambiaba constantemente de lugar entre los cordajes y, con el balanceo del barco, parecía estar saltando como una pelota que rebotara por encima de una red de mallas muy abiertas. El navío tenía que virar continuamente para evitar los escollos; el piloto, atento a la maniobra, se acariciaba el mentón azulado.

Al crepúsculo, los mercaderes desembarcaron en una orilla embaldosada de mármol blanco; vetas azuladas surcaban la superficie de las grandes losas que antaño fueran revestimiento de templos. La sombra que cada uno de los mercaderes arrastraba tras de sí por la calzada, al caminar en el sentido del ocaso, era más alargada, más estrecha y no tan oscura como en pleno mediodía; su tonalidad, de un azul muy pálido, recordaba a la de las ojeras que se extienden por debajo de los párpados de una enferma. En las blancas cúpulas de las mezquitas espejeaban inscripciones azules, cual tatuajes en un seno delicado; de vez en cuando, una turquesa se desprendía por su propio peso del artesonado y caía con un ruido sordo sobre las alfombras de un azul muelle y descolorido.
Se levantó la luna y emprendió una danza errática, como un espíritu endiablado, entre las tumbas cónicas del cementerio. El cielo era azul, semejante a la cola de escamas de una sirena, y el mercader griego encontraba en las montañas desnudas que bordeaban el horizonte un parecido con las grupas azules y rasas de los centauros.

Todas las estrellas concentraban su fulgor en el interior del palacio de las mujeres. Los mercaderes penetraron en el patio de honor para resguardarse del viento y del mar, pero las mujeres, asustadas, se negaban a recibirlos y ellos se desollaron en vano las manos a fuerza de llamar a las puertas de acero, relucientes como la hoja de un sable.

Tan intenso era el frío, que el mercader holandés perdió los cinco dedos de su pie izquierdo; al mercader italiano le amputó los dedos de la mano derecha una tortuga que él había tomado, en la oscuridad, por un simple cabujón de lapislázuli. Por fin, un negrazo salió del palacio llorando y les explicó que, noche tras noche, las damas rechazaban su amor por no tener la piel suficientemente oscura. El mercader griego supo congraciarse con el negro merced al regalo de un talismán hecho de sangre seca y de tierra de cementerio, así es que el nubio los introdujo en una gran sala color ultramar y recomendó a las mujeres que no hablaran demasiado alto para que no despertaran los camellos en su establo y no se alterasen las serpientes que chupan la leche del claro de luna.

Los mercaderes abrieron sus cofres ante los ojos ávidos de las esclavas, en medio de olorosos humos azules, pero ninguna de las damas respondió a sus preguntas y las princesas no aceptaron sus regalos. En una sala revestida de dorados, una china ataviada con un traje anaranjado los tachó de impostores, pues las sortijas que le ofrecían se volvían invisibles al contacto de su piel amarilla. Ninguno advirtió la presencia de una mujer vestida de negro, sentada en el fondo de un corredor, y como le pisaran sin darse cuenta los pliegues de su falda, ella los maldijo invocando al cielo azul en la lengua de los tártaros, invocando al sol en la lengua turca, e invocando a la arena en la lengua del desierto. En una sala tapizada de telas de araña, los mercaderes no obtuvieron respuesta de otra mujer, vestida de gris, que sin cesar se palpaba para estar segura de que existía; en la siguiente sala, color grana, los mercaderes huyeron a la vista de una mujer vestida de rojo que se desangraba por una ancha herida abierta en el pecho, aunque ella parecía no darse cuenta, ya que su vestido no estaba ni siquiera manchado.

CUENTOS COMPLETOS de MARGUERITE YOURCENAR. Traducción de Emma Calatayud y María Fortunata. Ediciones DEBOLSILLO)
Cortesía de Horacio Tubbia

sábado, 28 de enero de 2017

Estamos menos inquietos porque vivió sin seguridad

MARGUERITE YOURCENAR

(Marguerite de Crayencour; Bruselas, 1903 - isla de Mount Desert, Maine, EE UU, 1987) 


No lo conocí, e incluso sus libros me fueron revelados bastante tarde, el mismo año en que este poeta tomaba definitivamente figura de fantasma. Toda una parte de su obra escapa a mi comprensión, se hunde para mí en el balbuceo y en la niebla, ya que los poemas traducidos nunca son más que palomas a las que les han cortado las alas, Sirenas separadas de su elemento natal, seres exiliados en la orilla extranjera que no pueden más que decir, gimiendo, que estaban mejor en otra parte. Me han bastado sus obras en prosa, sus cartas, algunos versos escritos directamente en francés, algunos relatos de personas que lo estimaron, para concebir por él un cariño infinito y fraternal, con el que sólo puedo comparar mi amistad por Virgilio. Pero el Tiempo no es sólo una ilusión, y tiene su importancia haber navegado en la balsa de un mismo siglo: mientras que Virgilio se hunde para nosotros en el polvo dorado de dos mil años de crepúsculos, Rilke está todavía tan cerca de nosotros, que podemos amarlo como a nosotros mismos. Es poca cosa ser grande, o ser puro: lo queremos porque sus sufrimientos fueron casi los nuestros, y porque el destino le asignó la misma porción de desdicha. Las soluciones que encontró para su vida dividida entre la angustia y el respeto están entre las que nosotros podríamos aceptar, y esta comunidad de peligro y soledad hace que su genio nos resulte un poco menos extraño. El profundo Virgilio hace pensar en las plantas nocturnas que crecen silenciosamente bajo los rocíos lunares, en la melancolía de los vergeles corrompidos por el otoño, en el destino dorado de las abejas y los astros. También Rilke tiene sus vergeles, sus astros y su Orfeo. Pero la verdadera patria del joven Malte no son los Campos Elíseos de Gluck, es el país enfermo y gris en el que el condenado se consuela con la esperanza, es París, es Praga, pensativos Purgatorios. La luz temblorosa que invade la habitación de la Rue Toullier es la de un amanecer aún pálido por haber atravesado la noche, y los árboles del vergel de Muzot se doblan con el peso tranquilizador y triste de la manzana de Cézanne. Manos extrañas, semejantes a las que Rodin no se cansó nunca de modelar, frecuentan los corredores de esta obra crepuscular como la mañana, y que parece dictada a la hora en que palidecen los fantasmas. Si este poeta acostumbrado a las visitaciones angélicas quiso ser insubstancial, humilde, despojado hasta la transparencia, es porque sabía que había nacido para transmitir, para escuchar, para traducir, poniendo en riesgo su vida, esos secretos mensajes que le permitían captar las antenas de su genio; encerrado en su cuerpo como un hombre a la escucha en un barco que zozobra, mantuvo hasta el final el contacto con esa misteriosa estación emisora situada en el centro de los sueños.

Respeto por los hombres, respeto por sus almas invisibles, o tan rara vez, tan patéticamente intuidas; respeto por sus tristes cuerpos que ellos mismos no respetan, contentándose con quererlos, torturarlos o negarlos. Respeto por las cosas de las que los hombres abusan con mayor inconsciencia aún, y que tratan peor que a su propio corazón. Respeto por el silencio, lleno del presentimiento de las voces futuras; respeto por el pasado, que está presente, como en el estuche la marca que ha dejado el anillo desaparecido, y respeto por el instante presente, que pronto irá a unirse con el pasado, atraído por el imán del Tiempo. Respeto por los ángeles, que son nuestros guardianes y son, quizás, nuestras almas; respeto también por nuestros demonios, que no son más que la sombra que proyectan nuestros ángeles. Respeto por Dios, incluso si no existe, porque no ser, después de todo, no es sino una manera más noble y más pura de existir, y porque lo poseemos, al menos, bajo la forma de deseo y de espera. Respeto por el amor, que los hombres y las mujeres ya no respetan, porque temen que se los obligue a ser dignos de él. Respeto por la muerte, que es el fruto de nuestra vida, y casi su hija. Rilke respetó todas estas cosas, y pasó su existencia venerándolas, posando sobre ellas manos cada vez más temblorosas, pero que sólo tiemblan, como las de un amante, de tan audaces que son. En una época que se muere de sequedad desdeñosa y de indiferencia grosera, Rilke es el único poeta al que las cosas y los seres han librado sus supremos secretos, porque fue el único en comprender la necesidad de ponerse de rodillas. No dispone de los dones del visionario, como Blake; del nigromante, como Swedenborg; o del brujo, como el viejo Goethe; no posee el extraño magnetismo telúrico que hace de la obra de Thomas Mann la más poderosa reserva de fuerzas elementales; ni siquiera tiene en las manos las herramientas cortantes y curvas de un Proust. Desde lo hondo de tanta carencia y de tanta soledad, los privilegios de Rilke, y su misterio mismo, son el resultado del respeto, de la paciencia, y de la espera con las manos juntas. Un buen día, esas manos doradas por el reflejo de no sabemos qué cielos desconocidos se separaron por sí solas, semejantes a la cáscara frágil y perecedera de un fruto formado en la profundidad de esas palmas, y del que nunca sabremos si le debe más a la luz que lo hizo madurar o a las tinieblas de las que nació.

En Roma, una noche de Navidad que alcanza e iguala la mañana de Pascua del primer Fausto, Rilke le escribía a un joven poeta para aconsejarle que fuese grande, y consolarlo porque estaba solo. Entre los compañeros dispuestos a poblar nuestras soledades, enumeraba a Dios, y la primavera, y la infancia, y, sobre todo, el viento, “que ha pasado por encima de los árboles de muchos países”. Ahora el recuerdo de Rilke se ha vuelto semejante a esa brisa que, como una rosa de Jericó, vuelve a abrirles el corazón reseco a los solitarios. Porque fue triste, nuestra amargura es menos grande; estamos menos inquietos porque vivió sin seguridad; estamos menos abandonados porque él estuvo solo. Hace diez años que Rilke entró en esa tierra en la que el sepulturero de sus cuentos esperaba cavar lo bastante hondo para encontrar a Dios, y ya la obra de este poeta ha tomado figura de Ángel y calma la sed de los desdichados con el agua de sus propias lágrimas.
(1936)

Traducción para Literatura & Traducciones de Carlos Cámara y Miguel Ángel Frontán.

sábado, 16 de abril de 2016

La muerte espera que nos acunemos en ella

MARGUERITE YOURCENAR

(Bruselas, Bélgica, 1903-EE.UU., 1987)

Siete poemas a una muerta 

I

Cuando estaba por llegar, murió
Quien me esperaba, cansada de esperar.
Sus brazos abiertos volvieron a cerrarse
Legándome un remordimiento en vez de un recuerdo.

La plegaria, la flor, el gesto más tierno
Fueron regalos tardíos que nadie pudo bendecir.
Los muertos no escuchan a los vivos.
La muerte, cuando llega, nos junta sin unirnos.

Nunca conoceré la dulzura de su tumba.
Mis gritos, lanzados demasiado tarde,
Resuenan y se extinguen sin eco en la sorda eternidad.

Los muertos desdeñosos, forzados al silencio,
No nos escuchan llorar en el oscuro umbral del misterio
Por un amor que jamás existió.
**
III

Cuando debí acudir, sólo supe dudar;
Cuando debí llamar, callé.
Demasiado tiempo persistí en mi camino, solitaria;
Nunca imaginé que fueras a morir.

Nunca preví que fuera a secarse la fuente
Donde uno se refresca y se baña,
Ni supe que existieran en el mundo
Misteriosas frutas que maduran al morir.

Obstinada, siempre busqué en la ruta del sol tu sombra;
Ahora el amor es una palabra, el tiempo un número
Y mis penas chocan contra los ángulos de una tumba.

La muerte, menos indecisa, supo cómo acercarse a ti;
Si ahora piensas en nosotras, tu corazón debe
    compadecernos.
Uno se ciega cuando muere una antorcha.
**
V

La miel inalterable del fondo de las cosas
Está hecha de dolor, deseo y remordimiento;
Eterno alambique donde el tiempo destila
Las lágrimas de los vivos y la piedad de los muertos.

Tan inseparable es el perfume de la rosa
Como inseparable tu alma de tu cuerpo.
Una misma causa germina efectos idénticos
Y una misma nota vibra en mil acordes diversos.

El universo nos da y nos quita lo poco que somos.
Yo olvidaré cada día cuánto te amé
Pero tú no sabrás que mis lágrimas te amaron.

La muerte espera que nos acunemos en ella.
Arrullada en sus brazos, como una niña de pecho,
Escucho sonar el hierro de lo eterno.
**
VI

Sólo el silencio tiene palabras
Que pueden decirse junto a ti sin herirte.
Ante lo irremediable, sólo podemos sonreír;
Llueven sobre tu cuerpo las lágrimas de las corolas.

A la hora en que nos despojemos de nuestras máscaras
Deslizándonos soñolientas en el mismo lecho,
Por cada dedo tembloroso de la hierba que nos roce
Tú podrás bendecirme y yo acariciarte.

Es hacia tu dulzura que conduce mi camino.
De este suelo impregnado de alma humana,
El olvido, lento jardinero, extirpa el remordimiento.

Inagotable, vaga el amor de vena en vena;
No quisiera perturbar con un vano lamento
El eterno abrazo de la tierra y los muertos.
**
VII

Nunca sabrás que tu alma viaja
Dulcemente refugiada en el fondo de mi corazón,
Y que nada, ni el tiempo ni la edad ni otros amores,
Impedirá que hayas existido.

Ahora la belleza del mundo toma tu rostro,
Se alimenta de tu dulzura y se engalana con tu claridad.
El lago pensativo al fondo del paisaje
Me vuelve a hablar de tu serenidad.

Los caminos que seguiste, hoy me señalan el mío,
Aunque jamás sabrás que te llevo conmigo
Como una lámpara de oro para alumbrarme el camino

Ni que tu voz aún traspasa mi alma.
Suave antorcha tus rayos, dulce hoguera tu espíritu;
Aún vives un poco porque yo te sobrevivo.

Traducción de Humberto Saldaña Pico
Fuente: UNAM

martes, 20 de mayo de 2014

Un bruto con galones, olvidando precisamente que es un bruto, no se obsesionaría con el recuerdo de haber hecho sufrir

MARGUERITE YOURCENAR 
(Bruselas, Bélgica, 1903-EE.UU., 1987)



Prefacio de la autora
a EL TIRO DE GRACIA
(1939)

El tiro de gracia, novela corta que se sitúa en torno a la guerra del 1914 y a la Revolución rusa, fue escrito en Sorrento en 1938 y publicado tres meses antes de la Segunda Guerra Mundial –la de 1939–, o sea, aproximadamente veinte años despues del incidente que relata. El tema se halla a un mismo tiempo lejos de nosotros y muy cercano; lejos, porque innumerables episodios de guerra civil se han ido superponiendo a estos a lo largo de veinte años, y muy cerca porque el desamparo moral que describe sigue siendo el mismo en que nos vemos aún, y más que nunca, sumidos. El libro se inspira en un suceso auténtico y los tres personajes que aquí se llaman Eric, Sophie y Conrad son poco más o menos semejantes a como me los había descrito uno de los mejores amigos del principal interesado. La aventura me conmovió, como espero que conmoverá al lector. Además, mirándola desde el punto de vista literario, creo que lleva en sí todos los elementos del estilo trágico y, por consiguiente, se presta admirablemente a insertarse en el marco del relato tradicional, que parece haber contenido ciertas características de la tragedia. Unidad de tiempo, de lugar y –como lo definía antaño Corneille con expresión singularmente acertada– unidad de peligro; acción limitada a dos o tres personajes de los cuales uno, al menos, es lo bastante lúcido para tratar de conocerse y juzgarse a sí mismo; finalmente, inevitabilidad del desenlace trágico al que tiende siempre la pasión, pero que, de ordinario, en la vida cotidiana, adopta unas formas insidiosas o más invisibles. El escenario mismo, ese oscuro rincón de un país báltico aislado por la revolución y la guerra, parecía satisfacer –por unas razones análogas a las que Racine expuso perfectamente en su prefacio a Bajazet– las condiciones del juego trágico, liberando la aventura de Sophie y de Eric de lo que serían para nosotros sus contingencias habituales, y dando a la actualidad de ayer esa distancia en el espacio que es casi lo equivalente al alejamiento en el tiempo. Mi intención, al escribir este libro, no era la de recrear un medio o una época, o no lo era sino de forma secundaria. Pero la verdad psicológica que buscamos pasa demasiado por lo individual y particular para que podamos, con la conciencia tranquila, como lo hicieron antes que nosotros nuestros modelos de la época clásica, ignorar o silenciar las realidades exteriores que condicionan una aventura. El lugar que yo llamaba Kratovicé no podía ser únicamente un vestíbulo de tragedia, ni aquellos sangrientos episodios de la guerra civil eran solo un fondo rojo para una historia de amor. Habían creado en sus personajes cierto estado de desesperación permanente sin el cual sus actos y gestos no tenían explicación. Aquel muchacho y aquella muchacha a los que yo solo conocía por un breve resumen de su aventura no existirían plausiblemente a no ser bajo su propia iluminación y, siempre que ello fuera posible, dentro de unas circunstancias históricas. De ahí que este tema, elegido porque me ofrecía un conflicto de pasiones y voluntades casi puro, haya terminado por obligarme a desplegar mapas de Estado Mayor, a indagar más detalles en boca de otros testigos oculares, a buscar viejas revistas para tratar de encontrar en ellas el débil eco o el débil reflejo –que por aquella epoca llegaban a Europa occidental– de las oscuras operaciones militares en la frontera de un país perdido. Más tarde, en dos o tres ocasiones, hombres que habían participado en esas mismas guerras en el país báltico, me hicieron el favor de asegurarme espontáneamente que El tiro de gracia coincidía con sus recuerdos, y ninguna crítica favorable me ha tranquilizado nunca tanto sobre la sustancia de uno de mis libros. La narración está escrita en primera persona y puesta en boca del principal personaje, procedimiento al que a menudo he recurrido, pues elimina del libro el punto de vista del autor o, al menos, sus comentarios y permite mostrar a un ser humano haciéndole frente a la vida y esforzándose más o menos honradamente por explicarla, así como, en primer lugar, por recordarla. Pensemos, no obstante, que un largo relato oral hecho por el personaje central de una novela a unos complacientes y silenciosos oyentes es, pese a todo, un convencionalismo literario; en La sonata a Kreutzer o en El inmoralista, el héroe se narra a sí mismo con esa precisión de detalles y esa lógica discursiva; no es así en la vida real; las confesiones verdaderas suelen ser más fragmentarias o repetitivas, más enredosas o más vagas. Estas reservas pueden aplicarse también, como es natural, al relato que hace el héroe de El tiro de gracia en una sala de espera, a unos camaradas que apenas le hacen caso. Una vez admitido, no obstante, este convencionalismo inicial depende del autor de una narración de esta clase el crear aun ser de carne y hueso, con sus cualidades y sus defectos expresados por sus propios tics de lenguaje, sus enjuiciamientos acertados o falsos y los prejuicios que él ignora tener, las mentiras que él confiesa o sus confesiones que son mentiras, sus reticencias e incluso sus olvidos. Pero semejante forma literaria tiene el defecto de requerir más que ninguna otra la colaboración del lector: le obliga a reconstruir los acontecimientos y los seres vistos a través de un personaje que dice«yo», como si fuesen unos objetos vistos a través del agua. En la mayoría de los casos, esa desviación del relato en primera persona favorece al individuo que –se supone– se expresa en él; en El tiro de gracia, por el contrario, esa deformación inevitable cuando uno habla de sí va en detrimento del narrador. Un hombre como Eric von Lhomond piensa a contracorriente de sí mismo; su horror a engañarse lo empuja a presentar sus actos, en caso de duda, de la manera menos favorable para él; su temor a dar  pábulo a críticas lo encierra dentro de una coraza de dureza que no suele soportar un hombre auténticamente duro. De ello resulta que el lector ingenuo puede hacer de Eric von Lhomond un sádico y no un hombre decidido a enfrentarse, sin pestañear, con la atrocidad de sus recuerdos; un bruto con galones, olvidando precisamente que es un bruto, no se obsesionaría con el recuerdo de haber hecho sufrir; también puede el lector tomar por antisemita profesional a ese hombre en quien la burla referida a los judíos forma parte de un conformismo de casta, pero que deja asomar su admiración por el valor de la prestamista israelita e introduce a Grigori Loew en el círculo heroico de los amigos y adversarios muertos. Suele ser, como imaginamos muy bien, en las relaciones complicadas entre amor y odio donde más se marca esa separación entre la imagen que el narrador traza de sí mismo y lo que él es o lo que ha sido. Eric parece relegar a un segundo plano a Conrad de Reval, y no ofrece de este amigo ardientemente amado, sino un retrato bastante desdibujado, primero porque no es hombre a quien le guste insistir sobre aquello que más le conmueve y, seguidamente, porque no tiene gran cosa que decirles a unos indiferentes sobre aquel camarada desaparecido antes de haberse afirmado o formado. Un oído sagaz tal vez reconocería, en algunas de las alusiones a su amigo, ese tono de ficticia desenvoltura o de imperceptible irritación que uno siente hacia quien amó demasiado. Si, por el contrario, deja en el lugar mejor a Sophie y la pinta con bellos colores hasta en sus flaquezas o en sus pobres excesos, no es sólo porque el amor de la joven lo halaga y hasta lo tranquiliza, es porque el código de Eric lo obliga a tratar con respeto a ese adversario, que es una mujer a quien no ama. Otras tergiversaciones son menos voluntarias. Ese hombre, por lo demás clarividente, sistematiza sin quererlo unos impulsos y unos rechazos que fueron los de la primera juventud: quizás estuviera más enamorado de lo que creía de Sophie; con toda seguridad estaba más celoso de ella de lo que su vanidad le permitía reconocer y, por otra parte, su repugnancia y su rebelión en presencia de la insistente pasión de la joven son menos extrañas de lo que él supone, son efectos casi banales del primer encuentro de un hombre con el terrible amor. Más allá de la anécdota de la muchacha que se ofrece y del hombre que la rechaza, el tema central de El tiro de gracia es, ante todo, esa comunidad de especie, esa solidaridad de destino entre tres personas sometidas a las mismas privaciones y a los mismos peligros. Eric y Sophie, sobre todo, se parecen por su intransigencia y su apasionado deseo de ir hasta el final de sí mismos. Los extravíos de Sophie se deben, sobre todo, a la necesidad de entregarse en cuerpo y alma, mucho más que al deseo de ser poseída por alguien o de gustar a alguien. El afecto que Eric siente por Conrad es más que un comportamiento físico o incluso sentimental; su opción corresponde verdaderamente a cierto ideal de austeridad, a una quimera de camaradería heroica; forma parte de una manera de ver la vida; su erótica incluso es un aspecto de su disciplina. Cuando Eric y Sophie se encuentran al final del libro, he tratado de mostrar, a través de las escasas palabras que merecía la pena intercambiasen entre ellos, esa intimidad o ese parecido más fuerte que los conflictos de la pasión carnal o de vasallaje político, más fuerte incluso que los rencores del deseo frustrado o de la vanidad herida, ese lazo fraternal tan apretado que los une hagan lo que hagan y que explica la hondura misma de sus heridas. En el punto al que han llegado, importa poco cuál de esas dos personas da o recibe la muerte. Poco importa incluso que se hayan aborrecido o amado. Sé que me inscribo a contracorriente de la moda si añado que una de las razones que me hizo escribir El tiro de gracia es la intrínseca nobleza de sus personajes. Hay que entender bien el sentido de esta palabra, que para mí significa ausencia total de cálculos interesados. No ignoro que existe una suerte de peligroso equívoco en hablar de nobleza en un libro cuyos tres principales personajes pertenecen a una casta privilegiada, de la que son los últimos representantes. Sabemos muy bien que las dos nociones de nobleza moral y de aristocracia no siempre se superponen, ni mucho menos. Y, por otra parte, se caería en el prejuicio popular actual al negarse a admitir que el ideal de la nobleza de sangre, por muy ficticio que sea, ha favorecido en ocasiones en ciertos temperamentos el desarrollo de una independencia o de un orgullo, de una fidelidad o de un desinterés que, por definición, son nobles. Esa dignidad esencial, que a menudo la literatura contemporánea niega por convencionalismo a sus personajes, tiene tan poco que ver, por lo demás, con el origen social, que Eric, pese a sus prejuicios, se la concede a Grigori Loew y se la niega al hábil Volkmar que, sin embargo, pertenece a su medio y a su campo. Con el sentimiento de tener que subrayar así lo que debería caer por su propio peso, creo mi deber mencionar finalmente que El tiro de gracia no tiene por objetivo exaltar o desacreditar a ningún grupo ni a clase alguna, a ningún país ni a ningún partido. El hecho mismo de que yo, deliberadamente, le haya puesto a Eric von Lhomond un nombre y unos antepasados franceses –quizá para poder prestarle esa acre lucidez que no es especialmente una característica germánica– se opone a la interpretación que consistiría en hacer de ese personaje un retrato idealizado o, por el contrario, un retrato-caricatura, de un cierto tipo de aristócrata o de oficial alemán. Es por su valor de documento humano (si es que lo tiene), y no político, por lo que fue escrito El tiro de gracia, y así es como debe ser ser juzgado.
30 de marzo de 1962
**
El tiro de gracia, trad. Emma Calatayud, Alfaguara, Madrid, 1988.

lunes, 25 de febrero de 2013

Ni arrastrar en el cuerpo rendido la herida

MARGUERITE YOURCENAR
(Bruselas, Bélgica, 1903-EE.UU., 1987)

Firme propósito

Ni ampararse del día bajo el árbol de nieblas,
Ni morder el verano en las frutas dormido,
Ni besar en los labios lentos de tinieblas
Al muerto evaporado y vano de haber sido.

Ni penetrar el centro del álgebra frío,
Ni en el vacío clavar la máscara infinita.
Ni sembrar el olvido en el glorioso río
Y derramar la nada en la tumba bendita.

Ni rozar, Amor mío, tu boca entregada,
Ni su deseo quemar sin la llama esperada,
Ni arrastrar en el cuerpo rendido la herida.

Ni rezar con las manos juntas de la pena,
Pero traer consigo en la noche serena
El hondo corazón donde sangró la vida.

Trad.: s/d

domingo, 9 de septiembre de 2012

Soy igual que la sirvienta de la granja


MARGUERITE YOURCENAR
(Bruselas, Bélgica, 1903-EE.UU., 1987)

Una vez más:
El poema del yugo

Las mujeres de mi país llevan sobre los hombros un yugo;
Su corazón pesado y lento oscila entre esos dos polos;
A cada paso, dos grandes baldes de leche chocan
Uno con otro contra sus rodillas;
El alma materna de las vacas, la espuma del pasto masticado,
Brotan en olas nauseosas dulces.

Soy igual que la sirvienta de la granja;
A lo largo del dolor me avanzo de un paso firme;
El balde del lado izquierdo está lleno de sangre;
Puedes beber y saciarte de ese pujante jugo.
El balde del lado derecho está lleno de hielo;
Puedes inclinarte y contemplar tu rostro laso.
Así voy entre mi destino y mi suerte,
Entre mi sangre caliente y líquida y mi amor límpido muerto.
Y cuando esté segura que ni espejo ni bebida
Pueden ya distraer o sosegar tu corazón salvaje,
No quebraré el espejo resignado,
No volcaré el balde donde sangró toda mi vida.
Iré llevando mi balde de sangre en la noche negra
Allí donde están los muertos que en él a beber vendrán.
Iré donde están las olas con mi balde de hielo;
El breve gemido de la orilla será menos dulce que mi llanto;
Un rostro pálido grande se asomará a la duna
Y ese espejo, que ya no quieres, reflejará la faz calma de la luna.


Versión de Silvia Barón-Supervielle

martes, 13 de septiembre de 2011

Los treinta y tres nombres de Dios

Tomada de biografiasyvidas.com
MARGUERITE YOURCENAR
(Bruselas, Bélgica, 1903-1987)


7.

El suave hocico
de la vaca
el hocico salvaje
del toro.


10.

El camello
cojo
que atravesó la
gran ciudad atascada
camino a su muerte.

11.

La hierba
El olor a hierba.

17.

La piel–
toda la superficie
del cuerpo.

30.

Sol naciente
sobre un lago
aún helado
a medias.

32.

El silencio
entre dos amigos.



De Los treinta y tres nombres de Dios, Córdoba, Alción Editora, 2003.
Traducción: Silvia Baron Supervielle
**
Cortesía de Silvina López Medin

lunes, 1 de noviembre de 2010

El negro no le sienta bien a su figura sombría

MARGUERITTE YOURCENAR
(Bélgica, 1903-EE.UU., 1987)


Fedra o la desesperación

Fedra lo realiza todo. Abandona su madre al toro, su hermana a la soledad: esas formas de amor no le interesan. Deja su tierra como quien renuncia a los sueños; reniega de su familia y vende sus recuerdos como antigüedades. En ese ambiente, en que la inocencia es un crimen, asiste asqueada a lo que ella acabará por ser. Su destino, visto desde fuera, la horroriza; aún no lo conoce bien: sólo en forma de inscripciones en la muralla del Laberinto. Se arranca mediante la huida a su espantoso futuro. Se casa distraídamente con Teseo igual que Santa María Egipciaca pagaba con su cuerpo el precio de su pasaje; deja que se hundan hacia el Oeste, envueltos en una niebla de fábula; los mataderos gigantescos de su especie de América cretense. Desembarca, impregnada de olor a rancho y a venenos de Haití, sin darse cuenta de que lleva consigo la lepra, contraída bajo un tórrido Trópico del corazón. Su estupor al ver a Hipólito es como el de una viajera que ha desandado camino sin saberlo: el perfil de aquel niño le recuerda a Knossos y al hacha de dos filos. Ella lo odia, ella lo cría; él crece contra ella, rechazado por su odio, habituado desde siempre a desconfiar de las mujeres, obligado desde el colegio, desde las vacaciones de Año Nuevo, a saltar los obstáculos que en torno suyo erige la enemistad de una madrastra. Está celosa de sus flechas, es decir, de sus víctimas; de sus compañeros, es decir, de su soledad. En esa selva virgen que es el lugar de Hipólito planta ella, a pesar suyo, los hitos del palacio de Minos: traza a través de las malezas el camino de dirección única hacia la Fatalidad. Crea a Hipólito a cada instante. Su amor es un incesto. No puede matar al muchacho sin cometer una especie de infanticidio. Fabrica su belleza, su castidad, sus debilidades; las extrae del fondo de sí misma; separa de él esa pureza detestable para poder odiarla en forma de insípida virgen: forja por completo a la inexistente Aricia. Se embriaga con el sabor de lo imposible, único alcohol que sirve de base a todas las mezclas de la desgracia. En el lecho de Teseo, siente el amargo placer de engañar de hecho al que ama y con la imaginación al que no ama. Es madre: tiene hijos como quien tiene remordimientos. Entre las sábanas humedecidas con el sudor de la fiebre, se consuela mediante susurros de confesiones, como aquellas confidencias de su infancia que balbuceaba abrazada al cuello de su nodriza. Mama su desgracia; se convierte, por fin, en la miserable sirvienta de Fedra. Ante la frialdad de Hipólito, imita al sol cuando choca con un cristal: se transforma en espectro. Habita su cuerpo como si del propio infierno se tratara. Reconstruye un Laberinto en el fondo de sí misma, en donde no puede por menos de encontrarse: el hilo de Ariadna ya no la ayuda a salir pues se lo enrolla en el corazón. Se queda viuda: por fin puede llorar sin que le pregunten por qué; pero el negro no le sienta bien a su figura sombría: siente rencor hacia su luto, porque engaña sobre su dolor. Libre de Teseo, soporta su esperanza como un vergonzoso embarazo póstumo. Se dedica a la política para distraerse de sí misma: acepta la Regencia de la misma manera que aceptaría tejerse un chal. El retorno de Teseo se produce demasiado tarde para que ella vuelva al mundo de las fórmulas, en donde se atrinchera aquel hombre de Estado; sólo puede entrar allí por la rendija del subterfugio; se inventa, alegría tras alegría, la violación con que acusa a Hipólito, de suerte que su mentira es para ella como saciar un deseo. Dice la verdad: ha soportado los peores ultrajes; su impostura no es sino una traducción. Toma veneno, pues se halla mitridatizada contra ella misma; la desaparición de Hipólito produce el vacío a su alrededor; aspirada por ese vacío, se hunde en la muerte. Se confiesa antes de morir, para tener el placer de hablar por última vez de su crimen. Sin cambiar de lugar, regresa al palacio familiar donde la culpa es inocencia. Empujada por la cohorte de sus antepasados, se desliza por aquellos pasillos de metro, llenos de un olor animal, donde remos y vagones se hunden en el agua espesa de la laguna Estigia, donde los raíles relucientes sólo proponen el suicidio o la partida. En el fondo de las galerías mineras de su Creta subterránea acabará por encontrar al joven, desfigurado por sus mordiscos de fiera, pues dispone de todos los caminos recónditos de la eternidad para reunirse con él. No lo ha vuelto a ver, desde la gran escena del tercer acto; ella ha muerto por su causa; a causa de ella, él no ha vivido. El sólo le debe la muerte, mientras que ella le debe los espasmos de una inextinguible agonía. Tiene derecho a hacerle responsable de su crimen, de su inmortalidad sospechosa en labios de los poetas, que la utilizarán para expresar sus aspiraciones al incesto, del mismo modo que el chofer, que yace en la carretera con el cráneo aplastado, puede acusar al árbol contra el que fue a chocar. Como toda víctima, fue asimismo su verdugo. Palabras definitivas van a salir por fin de sus labios, que ya no tiemblan de esperanza. ¿Qué irá a decir? Probablemente «gracias».
**
[En Fuegos. Traducción Emma Calatayud. Madrid, Alfaguara, 1989.]
Imagen: Fedra, tomada de http://aigialos.wikispaces.com/

domingo, 25 de abril de 2010

Como el cielo de verano que devora las cosas


MARGUERITE YOURCENAR
(Bélgica, 1903-EE.UU., 1987)




4

Lo que yo creí mío se disuelve y vacila,
Se desatan por dentro los nudos sin morir;
Como el canto de un violoncelo se evade
y se extiende en el aire, amortiguado, y se derrama,
Solamente me encuentro si me busco por fuera.

¡Templos griegos, callad! ¡Callad, catacumbas!
¡Que no narren las altas olas alteradas!
¡Muertos amordazados en la prisión de las tumbas,
Callad completamente bajo la lluvia del llanto!
¡Dioses! ¡Guardad mi secreto al hablar con el viento!

Testigo desesperado de mis metamorfosis,
Sin poder alcanzar el ser que una vez fui,
Como se busca un perfume en el corazón de las rosas
La muerte para encontrarme excavando las cosas,
En único mendigo rechazado se convierte.

Que vaya, si es necesario, a pedirles a las Sirenas
Mi corazón voluptuoso abandonado a las olas.
Frustré la absolución y los fúnebres cantos;
Como un nardo sobre el pecho de las Reinas derramado,
Existo eternamente en lo que di.

Versión de Silvia Barón-Supervielle
***
El poema del yugo

Las mujeres de mi país llevan sobre los hombros un yugo;
Su corazón pesado y lento oscila entre esos dos polos;
A cada paso, dos grandes baldes de leche chocan
Uno con otro contra sus rodillas;
El alma materna de las vacas, la espuma del pasto masticado,
Brotan en olas nauseosas dulces.

Soy igual que la sirvienta de la granja;
A lo largo del dolor me avanzo de un paso firme;
El balde del lado izquierdo está lleno de sangre;
Puedes beber y saciarte de ese pujante jugo.
El balde del lado derecho está lleno de hielo;
Puedes inclinarte y contemplar tu rostro laso.
Así voy entre mi destino y mi suerte,
Entre mi sangre caliente y líquida y mi amor límpido muerto.
Y cuando esté segura de que ni espejo ni bebida
Pueden ya distraer o sosegar tu corazón salvaje,
No quebraré el espejo resignado,
No volcaré el balde donde sangró toda mi vida.
Iré llevando mi balde de sangre en la noche negra
Allí donde están los muertos que en él a beber vendrán.
Iré donde están las olas con mi balde de hielo;
El breve gemido de la orilla será menos dulce que mi llanto;
Un rostro pálido grande se asomará a la duna
Y ese espejo, que ya no quieres, reflejará la faz calma de la luna.

Versión de Silvia Barón-Supervielle
Tomados del blog a media voz

***

El sufrimiento es uno. Se habla de sufrimiento como se habla del placer, pero se habla de ellos cuando ya nos dominan. Cada vez que entran en nosotros, nos sorprenden como una sensación nueva y tenemos que reconocer que los habíamos olvidado. Son diferentes porque nosotros también lo somos: les entregamos cada vez un alma y un cuerpo modificados por la vida. Y sin embargo, el sufrimiento no es más que uno. No conoceremos de él, como no conoceremos del placer, más que algunas formas, siempre las mismas, de las que estamos presos. Habría que explicar esto: nuestra alma, supongo, no tiene más que un teclado restringido y aunque la vida se empeñe en hacerlo sonar, sólo podrá obtener dos o tres pobres notas.

De Alexis o el tratado del combate estéril (fragmento)
***
FRAGMENTOS DE UNA ENTREVISTA

Matthieu Galey -¿La sorprendió la acogida que recibieron sus libros?
Marguerite Yourcenar -Sí, porque no esperaba nada. Me sorprendió que, desde la aparición de Alexis, Edmond Jaloux haya escrito un artículo que me aportó varias docenas de lectores y lo convirtió en un amigo. Sorprendida de que un hombre de buen gusto me haya dicho, hace ya unos años: “Para algunos hombres de mi generación, Eric (de El tiro de gracia) fue nuestro Werther”, o que ex combatientes de las guerras baltas hayan venido a decirme que había traducido sus recuerdos. Quedé estupefacta de que Memorias de Adriano alcance una tirada que al presente debe estar cerca del millón de ejemplares, creí haberlo escrito para tres personas y ¿por qué se ha traducido L'oeuvre au noir (Opus nigrum)a diecisiete idiomas? No obstante, es evidente también que muchos lectores ven en mis libros no lo que he puesto o intentado poner, sino lo que quieren hallar. Al mismo tiempo, por intermedio de la página impresa, nos llegan amigos. Está la gente a la que muchas veces no se contestará, por una simple falta de tiempo -por otra parte algunos no firman sus cartas-, que nos dicen que tal pasaje de nuestros libros les ha aportado algo. Uno siempre se entera con gran alegría.

¿No tiene usted la impresión de ser sobre todo una intermediaria, una médium, alguien a través de quien ha pasado algo?
Absolutamente sí, y es por eso que, en el fondo, sólo tengo un interés limitado en mí misma. Tengo la impresión de ser un instrumento a través del cual han pasado corrientes, vibraciones. Esto vale para todos mis libros, y aun diría que para toda mi vida. Quizá para cualquier vida, y los mejores entre nosotros quizá son también sólo cristales conductores. Así, a propósito de mis amigos, vivos o muertos, me repito la admirable frase que, según me dijeron, es de Saint Martin, “el filósofo desconocido” del siglo XVIII, tan desconocido para mí que jamás leí una sola línea, y jamás verifiqué la cita: “Hay seres a través de los cuales Dios me ha amado”. Todo viene de más lejos que nosotros. Dicho de otro modo, todo nos rebasa, y uno se siente humilde y maravillado de haber sido así rebasado y atravesado.

¿Eso no conduce a una actitud pasiva frente a la vida?
De ningún modo. Se debe pensar y luchar hasta el fin, nadar en el río siendo a la vez llevado y arrastrado por éste, y aceptar por adelantado la salida que significa hundirse, pero ¿quién se hunde? Basta con aceptar los males, las preocupaciones, las enfermedades de los otros y las nuestras, la muerte de los otros y la propia, para partir de la vida como algo natural, como lo hubiera hecho, por ejemplo, nuestro Montaigne, el hombre que en Occidente quizá más se pareció a un filósofo taoísta, y que sólo los lectores superficiales toman por un antimístico. La muerte, suprema forma de la vida... Sobre este punto pienso exactamente lo contrario de Julio César, que deseaba morir lo más rápidamente posible, lo que casi le ocurrió. Por mi parte, creo que desearía morir con pleno conocimiento, por un proceso de enfermedad bastante lento como para dejar que en cierto modo la muerte se inserte en mí, para tener tiempo de dejarla desarrollarse por entero.

¿Por qué?
Para no dejar escapar la última experiencia, el paso. Adriano habla de morir con los ojos abiertos, y es con esa intención que hice vivir su muerte a Zenón.
Se acercaría a Proust, que modifica la muerte de Bergotte, calcándola de su propia muerte. Comprendo muy bien que haya intentado hacerlo. Esta utilización de la propia muerte es una especie de heroísmo de novelista. Para mí, se trataría más bien de no perder una experiencia esencial, y es porque me interesa tenerla que me parece detestable robarle la muerte a alguien. En Estados Unidos el cuerpo médico es de una sorprendente sinceridad, mientras que en Francia los médicos, y en especial la familia, pasan muchas veces el tiempo engañando a los enfermos. Desapruebo esa actitud. Me gusta lo contrario y respeto a la gente que prepara su propia muerte.
Eso obliga a vivir en constante intimidad con su propio fin.
Lo cual está muy bien. Se debe pensar amistosamente en la propia muerte, aunque se tenga una cierta repugnancia instintiva en hacerlo.
De todos modos estamos muy desarmados frente a ese paso.
Tan desarmados que terminamos quizá lloriqueando o espantados, pero en ese caso se trata de una reacción física, como el mareo.
La aceptación que importa tendrá lugar antes. Además ¿quién sabe? Quizá se harán cargo de nosotros algunos recuerdos, como si fueran ángeles. Los místicos tibetanos aseguran que los moribundos son asistidos por la presencia de aquello en lo cual se ha creído: Shiva o Buda, para unos; Cristo o Mahoma, para otros. Los escépticos puros o la gente sin imaginación no verán nada, sin duda... Un amigo, reanimado luego de haber estado a punto de ahogarse, me dijo que era verdad la creencia popular según la cual se vuelve a ver toda la vida de manera fulgurante; si es así, a veces será desagradable. Se debería ser más selectivo, pero ¿qué querría volver a ver? Quizá los jacintos del Mont-Noir, o las violetas de Connecticut en primavera; las naranjas astutamente colgadas de las ramas por mi padre, en un jardín del medio día; un cementerio de Suiza cubierto de rosas; otro bajo la nieve y entre los abedules blancos, y otros más de los que ni siquiera conozco la ubicación, lo que después de todo, no importa. Las dunas, tanto en Flandes como en las islas de Virginia, con el ruido del mar que dura desde el comienzo del mundo; la humilde cajita de música suiza, que toca pianissimo una pequeña aria de Haydn... o también los largos chupones de hielo en las rocas de Mount Desert por donde, en abril, el agua encuentra su cauce y rebota con ruido de manantial. El cabo Sounion, al atardecer; Olimpia, al medio día; unos campesinos andando por un camino de Delfos, que ofrecían por nada a la extranjera los cascabeles de su mula; la misa de resurrección en un pueblo de Eubea, tras una travesía nocturna a pie por la montaña; la llegada de mañana a Segesto, a caballo, por unos senderos entonces desiertos y pedregosos que olían a tomillo. Un paseo por Versalles, en una tarde sin sol, o aquel día, en Corbridge, en Northumberland, en que, tendida en medio de un campo de excavaciones invadido por la hierba, me dejé impregnar pasivamente por la lluvia, como los huesos de los muertos romanos. Unos gatos que recogimos André Embiricos y yo en un pueblo de Anatolia; el “juego del ángel” en la nieve; una loca bajada en tobogán desde lo alto de una colina del Tirol, bajo unas estrellas llenas de presagios. O también, más cerca en el tiempo, apenas lo bastante decantados para ser recuerdos, el mar verde de los trópicos, manchado de aceite; un vuelo triangular de cisnes salvajes de camino hacia el Ártico; el sol naciente de Pascua (que no sabía que era el sol de Pascua), visto ese año desde un espolón rocoso de Mount Desert, con un lago aún helado, abajo, y que empezaba a resquebrajarse con la llegada de la primavera... Lanzo estas imágenes en montón, sin pretender convertirlas en símbolos. Y sin duda debería añadirles unos cuantos semblantes animados, vivos o muertos, mezclados con los rostros imaginarios o extraídos de la historia. O acaso nada de todo esto, sino simplemente el gran vacío azul-blanco que contempla -al llegar a su fin, en la última novela de Mishima, terminada unas horas antes de su muerte- el octogenario Honda, un juez de ojos perspicaces que es, al mismo tiempo y en el sentido enojoso del término, un voyeur. Vacío resplandeciente como el cielo de verano que devora las cosas y, comparado con él, todo lo demás no es sino un desfile de sombras.

Quizá no sea un azar que tome este ejemplo de una novela japonesa. Me parece que el budismo ha tenido una gran influencia en usted.
Depender sólo de nosotros mismos... “Sed una lámpara para vosotros mismos”, dice el budismo.
Tengo varias religiones, como tengo varias patrias, de manera que en cierto sentido no pertenezco quizás a ninguna. No pienso por cierto en renegar del hombre que ha dicho que aquellos que tengan hambre de fe y de justicia serán saciados -en otro mundo, con seguridad, porque en el nuestro no es verdad- y que los puros verían a Dios, y que en castigo se hizo crucificar -“Oh, a veces me pongo a temblar cuando lo pienso”, dice uno de los más bellos spirituals-, pero menos renuncio aún a la sabiduría taoísta, parecida a un agua límpida, unas veces clara, otras oscura, bajo la cual se descubre el trasfondo de las cosas. Estoy agradecida por lo precioso que me han enseñado sobre mí misma, y en la medida en que he emprendido y proseguido el estudio, al tantrismo y sus métodos casi fisiológicos para despertar las fuerzas del espíritu y del cuerpo, y al zen, esa espada centelleante. Sobre todo, permanezco profundamente ligada al conocimiento budista, estudiado a través de diferentes escuelas que, como las diferentes sectas cristianas, me parecen menos contradecirse que completarse. No sólo su compasión por todo ser viviente amplía nuestras nociones, muchas veces mezquinas, de la caridad, no sólo, como los presocráticos, vuelve a poner al hombre, pasajero, en un universo que pasa, sino que además, como Sócrates -y confiándose, por supuesto- nos pone en guardia contra las especulaciones metafísicas ambiciosas, para incitarnos, sobre todo, a conocernos mejor y, como en las filosofías modernas consideradas más audaces, insiste en la necesidad de depender sólo de nosotros mismos: “Sed una lámpara para vosotros mismos...”.

¿Es uno de los “deseos budistas” a los que ha aludido varias veces?
Los “cuatro deseos budistas” que, en efecto, me he recitado con frecuencia en el curso de mi vida, dudo volver a decirlos delante de usted, porque un deseo es una plegaria, y más secreto aún que una plegaria. Simplificando, se trata de luchar contra las malas inclinaciones; dedicarse hasta el fin al estudio, perfeccionarse en la medida de lo posible y, por fin, “por numerosas que sean las criaturas que erran en la extensión de tres mundos”, es decir, en el universo, “trabajar para salvarlas”. De la conciencia moral al conocimiento intelectual, del perfeccionamiento de sí, al amor por los demás, y a la compasión por ellos, todo está allí, me parece, en ese viejo texto que tiene alrededor de veintiséis siglos.

¿Ha puesto en práctica esos deseos?
Muy pocas veces, pero pensar en ellos ya es algo.
**
Con los ojos abiertos. Conversaciones con Marguerite Yourcenar. Matthieu Galey. Gedisa y algunos fragmentos de esa conversación citados por Walter Kaiser, profesor de Harvard y amigo de la escritora.
Tomado de http://www.periodicoelpulso.com/html/feb04/cultural/cultural.htm#uno
Foto: tomada de mexicomigrante
Somos parecidos a esos sapos que en la austera noche de los pantanos se llaman sin verse, doblegando con su grito de amor toda la fatalidad del universo.
René Char


No haría falta amar a los hombres para darles una ayuda real. Sólo desear hacer mejor cierta expresión de su mirada cuando se detiene en algo más empobrecido que ellos, prolongar en un segundo cierto minuto agradable de su vida. A partir de esta diligencia y cada raíz tratada, su respiración se haría más serena. Sobre todo, no suprimirles por entero esos senderos penosos, a cuyo esfuerzo sucede la evidencia de la verdad a través de los llantos y los frutos.
René Char