Mostrando entradas con la etiqueta LEOPOLDO MARECHAL. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta LEOPOLDO MARECHAL. Mostrar todas las entradas

miércoles, 28 de junio de 2017

No es bueno destruir el pan duro del alma

LEOPOLDO MARECHAL
(Buenos Aires, Argentina, 1900-1970) 


DIDÁCTICA DE LA ALEGRÍA

              1
Así, pues, Elbiamante, recogerás los frutos 
que yo he cortado en otras latitudes 
y a favor de otros climas, 
tal un grumete niño que ha encontrado en las playas 
el cinturón de Ulises navegante.

              2
No haré aquí un Evangelio (nunca logré la barba 
completa de un sectario), 
ni siquiera una Guía de Perdidos, 
obra que yo reservo a los calientes 
empresarios del alma. 
Te doy, sí, las grosuras de mi arte, 
su riñón bien cubierto, sus maduros pichones. 
Y no tras el halago de un laurel 
que ya toca mi frente sin herir su modestia, 
sino con la esperanza de quien puso en el viento 
una paloma rica de mensajes.

              3
Desertarás primero la Tristeza, 
Con su país de soles indecisos 
Y de rumiantes vacas. 
La Tristeza es el juego más tramposo del diablo: 
Tiene las presunciones de una Musa frutal, 
y sólo es un pañuelo con que se suena el alma 
su nariz en resfrío. 
Elbiamor, ¿qué dirías de una lámpara hermosa, 
pero sin luz adentro? 
Tal es, yo te lo juro, la Tristeza: 
es igual a esos platos de vitrina 
que nunca recibieron y no recibirán 
ni una manzana verde ni un cuchillo.

    4
Si la Tristeza es ya tu inquilina morosa, 
échala de tu casa, pero sin altivez. 
Le dirás que se lleve su catre y su baúl, 
que se ponga su gorro de astracán o de lluvia 
y que se valla, en fin, a pisar hojas muertas 
o a tocar los llorosos violones del hastío.

              5
Una vez expulsada la Tristeza, 
cuídate de los Tristes: 
ellos no ven la luz, como sea 
por el solo agujero de sus flautas. 
Yo propongo a los númenes que inventan 
la salud y el decoro de la ciudad humana 
la construcción de un Barrio de los Tristes 
en el suburbio menos frecuentado. 
Allá se juntarían, y por fuerza de ley, 
todos los hombres de color invierno: 
los mártires del hígado y la pena, 
los convictos de angustia, los no circuncidados 
en el ritual del júbilo, 
todos los confesores de zozobras, 
todos los virgos de la hilaridad. 
Ostentarían como distintivos 
una rama de sauce pluvial en el sombrero, 
en el brazo una liga de la Parca 
y en el ojal un búho de latón esmaltado. 
Sólo comerciarían en los ramos que siguen: 
el pan de la congoja y el vinagre del tedio; 
los barnizados muebles de la desolación, 
los trajes en buen uso del espanto, 
los ataúdes hechos a medida 
para las ilusiones que fallecen, 
los elásticos perros del insomnio, 
las mulas flacas de la soledad 
y otros artículos afines 
con la tiroides y el Parnaso.

              6
Elbiamor, la delicia que te pinté recién 
es apenas un sueño municipal del alma. 
Por lo cual te adelanto los consejos que siguen 
y has de observar escrupulosamente. 
Si yendo por la calle te enfrentas con un Triste, 
busca tu salvación en la otra vereda; 
y en premio, la Cordura te adornará la sien 
con una fresca rama de cedrón o de mirto. 
Si tu encuentro fatal con un Triste sucede
ya en el tranvía ya en el autobús, 
descenderás al punto del vehículo innoble 
y aguardarás el otro con naturalidad; 
entonces la Prudencia 
te llenará las manos de alelíes y los bolsillos de castañas. 
Si, por desdicha, un Triste visitara tu hogar, 
espera dignamente a que se marche; 
y luego, con urgencia, lavarás el asiento 
donde ubicó sus nalgas tormentosas, 
y romperás el vaso en que ha bebido, 
y quemarás en tu salón de seda 
nueve granos de incienso con tres de cinamomo. 
Buscarás en seguida la casa de un Alegre; 
pues en verdad te digo 
que vale más la rota pantufla de un Alegre 
que la sandalia nueva de los Tristes.

              7
Bueno es ahora que te diga yo 
cual ha de ser la esencia de un Alegre perfecto. 
No entiendas, Elbiamor, que un Alegre lo es 
porque la risa brota sin partera en sus labios, 
o porque sus talones en frescura 
son dos rojos ovillos de la danza. 
Baile, canción o risa traducen a menudo 
la sola complacencia de un hígado triunfante. 
No desdeñes, empero, la humildad de esas flores, 
porque lucir un hígado armonioso 
también es un regalo de la Bondad Primera.

              8
Según mi ciencia, es un Alegre puro 
quien se atrevió a reír 
después de haber mirado en equidad 
el semblante primero de la Rosa. 
¡Que un hombre así merezca tu saludo! 
Porque ya es el espejo de una flor sin otoño.

              9
Y es un Alegre bien atemperado 
quien se metió en la caja tenebrosa 
de su misma vihuela, 
y allí se desnudó para verse el ombligo, 
y entendió la verdad, 
y luego recobró sus vestiduras 
para cantar la desnudez eterna. 
Elbiamor, a ese Alegre cantante le darás 
un racimo de uvas y un gorro de viajero.

              10
Y es un Alegre de color exacto 
el que rompe a bailar 
después de haber quemado su corazón de tierra 
y de haber visto sobre la ceniza 
la figura de un dios ensimismado. 
No es bueno que saludes a ese Alegre 
ni que lo mires en su justa danza. 
Bastará con que dejes en su portal oculto 
dos huevos de torcaz y un porrón de agua fresca.

              11
Bajo tales principios, abordaré los altos 
problemas de conducta 
que ha de plantearte necesariamente 
ya el uso de tus días ya el paso de tus noches. 
Elbiamor, no es prudente dialogar con un ave 
(ya sea cuervo suelto, ya papagayo fijo), 
ni menos torturar a la bestia emplumada 
con la filosofía de algún amor difunto. 
En el reino animal y en sus hijos pintados 
hay un decoro alegre y una santa inocencia. 
Sobrecargar a un pájaro con el lastre de un hombre 
es como hacerle trampas al Pesador Divino.

              12
Entiendo, sin embargo, 
que la imprevista muerte de un Amante 
pueda llevar al otro, en su locura, 
o mejor dicho en su desgarramiento, 
a querer violentar el portón del Enigma 
con la llave sutil de los ladrones 
o con el pico charlatán de un cuervo 
sentado en la cabeza de una diosa. 
Elbiamor, si encontraras a ese lloroso Amante, 
le dirás que no irrite sus párpados de un día. 
Pues en verdad te digo que enterrar a un Amado 
es como devolver una guitarra 
que nos prestó el Silencio padre de toda música.

              13
Podría suceder que no diera el Amante 
ningún oído a tu palabra de oro, 
y que, siendo el Amante la mitad de un amor, 
insistiera en llorar su visible rotura. 
Le enseñarás entonces la ingeniosa lección
de ortopedia celeste que yo te di en su tiempo 
y en virtud de la cual un Amante partido 
sabe reconstruir la mitad que le falta. 
Pero, escucha: no es útil enseñar mi receta 
si el operario es flojo y el material endeble. 
Para el llagado Amante que se dice 
la mitad solitaria de un entero amoroso, 
es mejor ir saltando con la única pierna 
y el ojo impar que le dejó la muerte 
hacia el Polo feliz donde se juntan 
y se bendicen todas las mitades de amor.

              14
El llanto musical de las viudas recientes 
es la demostración de un teorema perfecto, 
y ha de inspirarte una emoción abstracta 
como el sollozo de la Geometría. 
Si alguna madre llora por su niño difunto, 
es bueno que te pongas tu vestido de fiesta; 
porque se dio la suerte del obrero 
que cumplió en un instante su trabajo del día. 
Si asistes al entierro de un héroe y si tus pies 
van acatando el ritmo de alguna marcha fúnebre, 
haz que tu corazón, al mismo tiempo, 
lleve un paso de baile; 
porque un héroe difunto es como un higo 
que al peso de su miel ha soltado la rama. 
Elbiamor, no es plausible remojar con el ojo 
tales desprendimientos necesarios; 
porque son alabanza de las cosas que vuelven 
a su centro natal.

              15
De las excavaciones arqueológicas 
te mando que te apartes (bien sé yo que te gustan). 
Remover con las palas un cementerio indio 
es como trastornar sin derecho ninguno 
la vieja utilería de la muerte. 
¡Ah, si tu pala fiel desenterrase, 
no la oscura tinaja de Santiago 
con sus huesos vencidos y su rostro que llora, 
sino un cántaro seco, 
dentro del cual se conservara el grano 
de la risa primera! 
¡Bendeciría entonces aquel don de tu mano, 
y te daría en premio una granada 
que se abrió sin cuchillo! 
Pero no es útil excavar el humus 
para desenterrar una imagen del llanto.

              16
Te ordeno que no explores ni selva ni espesura, 
tengan o no el prestigio de la fábula. 
Es poco saludable la humedad de los bosques 
e irrita las mucosas del corazón viajero. 
Además correrías el riesgo de toparte 
con los gastado monstruos de la literatura. 
¡Oh, qué distinto fuera si, vagando 
por un monte frutal, encontraras el árbol 
donde se posa el sol para dormirse, 
y a su tronco anillado con la doble serpiente 
lograras acercarte sin temor! 
Entonces dejaría yo de ser tu maestro, 
para besar tu frente con labios de discípulo. 
Fuera de tal encuentro, lo demás es un simple 
goce de la botánica.

              17
Elbiamor, yo conozco tu inclinación al viaje; 
pero no has de viajar extrañamente. 
No utilices en tierra, como cabalgadura, 
ni al Centauro parlante ni al Unicornio mudo; 
ni montes en el agua ni al Delfín que te brinde 
su lomo resbaloso, ni al Caballo de Mar; 
ni despeines el aire ya en Hipogrifo arisco 
ya en dócil Clavileño. 
Te romperás en vano los riñones del alma, 
si tomas a esas bestias como fácil vehículo. 
En cambio, te aconsejo navegar en la Rosa: 
ya sabes manejar su difícil timón. 
Si fatigas los remos y hay soplo en tu velamen, 
te allanará sus golfos la hermosura de arriba.

              18
Hay señores que abusan de los ángeles 
haciéndolos actuar en muy tristes oficios: 
ángeles de cocina o ángeles de salón, 
ángeles con tijeras o ángeles con la cítara. 
No caigas, Elbiamor, en tan burdo angelismo: 
has de saber que un ángel es tu hermano mayor 
en el conocimiento de la fruta celeste. 
Pero tales razones de familia 
no te acuerdan el goce de intimidad alguna, 
ni tampoco el derecho de jugar con los ángeles 
como si fueran vidrios de colores. 
Exactamente, un ángel es el primer espejo 
de la Divinidad. 
“¿Y cuál espejo soy?”, me dirá tu cordura. 
Elbiamor, necesarios y distintos metales 
espejaban la hermosa cara de tu Señor.

              19
Deja la soledad para el uso exclusivo 
de los poetas devastados 
y los filósofos en ruinas. 
“¡Estoy solo y medito!”, se gallardea el búho, 
muy arropado en su lujosa noche. 
Pero el cóndor sereno de los Andes, 
erguido en su montaña y al sol de mediodía, 
reflexiona en silencio: “La soledad no existe”. 
Y es verdad, Elbiamor, que ninguno está solo.

              20
No la curiosidad, torpe mendiga, 
sino el amor de relucientes ojos 
ha de guiar tus pasos en la ciencia. 
Elbiamor, en tu casa (y no lo olvides) 
hay una claraboya para la luz de Arriba 
y hay un sótano, abajo, para la oscuridad. 
No has de asomarte ni a la claraboya 
ni al sótano, buscando lo terrible. 
Sólo tendrás abiertos los oídos del alma; 
porque la claraboya y el sótano que dije 
son la doble frontera de tu mundo, 
y porque han de llamarte desde las dos fronteras.

              21
Abundan los poetas que, al menos en la estrofa, 
quieren eternizar sus amores de un año 
y eternizar su gozo de talón fugitivo 
y eternizar sus lágrimas que ya el sol evapora. 
Elbiamor, no me opongo si quieres imitar 
esas nobles tendencias del alma eternizante. 
Pero sea con una condición: 
en ese mismo anhelo de eternizar las cosas 
has de ver el indicio y hasta la vocación 
de tu más que segura eternidad. 
Porque un sabor eterno se nos ha prometido, 
y el alma lo recuerda.

              22
Tomo un pedazo de pan duro, 
lo remojo en el agua 
y lo doy a los pájaros de arriba. 
Come un gorrión el pan y luego tiende 
sus alas al espacio: 
Elbiamor, el pan duro se ha convertido en vuelo. 
Se nutre de mi pan una calandria 
y en seguida retoma su profesión del trino: 
Elbiamor, el pan duro se ha transformado en música. 
No es bueno destruir el pan duro del alma: 
vale más remojarlo y transmutarlo 
ya en altura ya en canción.

              23
El quirquincho le dice al avestruz: 
“Te gano en la carrera”. 
Sobre sus patas fósiles ya se apura el quirquincho: 
el avestruz, en cambio, sin lanzarse al torneo, 
gira sobre sus pies y le muestra la cola. 
Elbiamor, si te vieras en caso parecido, 
seguirás la lección del avestruz; 
pero no has de mostrarle al quirquincho insolente 
las plumas de tu cola en arrogancia. 
Yo no despreciaría ni el flato de un mosquito.

              24
Sea la paz el agua de tu día 
y el vino de tu noche. 
Pero si la justicia te llamase a una guerra, 
ceñirás tu buen casco y empuñarás tu lanza. 
Y verterás tu sangre y la del otro, 
fiel a una rigurosa economía. 
La tierra se alimenta con la sangre del justo, 
y con la del injusto se purga sabiamente.

              25
La división del átomo en procura de la unidad de la materia 
es un viejo delirio de la física parda. 
Elbiamor, no te ocupes en esas liviandades 
ni manejes isótopos de uranio. 
Ellos dividirán, hasta perderse, 
la materia inasible, 
y sólo encontrarán, según peso y medida, 
los números cantores del Primer Intelecto. 
Porque, a decir verdad, la materia no existe.

              26
Si están o no habitados Marte, Venus y Júpiter, 
es una duda torpe que no has de mantener. 
Este globo terráqueo (planeta nada ilustre) 
se vanagloria, empero, de muchos habitantes: 
¿por qué no los tendrían, Elbiamor, los demás? 
¿Qué les falta una atmósfera de oxígeno? 
Respirarán fotones o electrones. 
¿Qué no tienen ganados ni trigales? 
Almorzarán sus cobres y amatistas. 
Sus almas racionales bien podrían tener 
un soporte de cuarzo, sin violentar la lógica. 
¿Por qué han de ser iguales a nosotros? 
La posibilidad es infinita, 
y el Divino Alfarero no se repite nunca.

              27
Un orden venerable, y a menudo cruel, 
preside la existencia de toda criatura. 
Le dijo el gavilán a la paloma: 
“Es mediodía ya, voy a comerte”; 
y la paloma se dejó embuchar, 
sin acudir a la jurisprudencia. 
Elbiamor, no te sumes a la hueste mojada 
que llora en estos casos de inefable justicia: 
ni le pegues un tiro al gavilán 
ni le ofrezcas un lauro a la paloma. 
Que nadie arroje a la balanza de oro 
ningún lastre importuno. 
Más temblaría yo si la paloma 
se comiera de pronto al gavilán.

              28
Cuando la rana corajuda 
por igualarse con el buey, 
se infló del aire de sí misma 
y reventó gallardamente, 
los olímpicos dioses estallaron 
en una formidable carcajada. 
Pero un dios que sin duda no reía 
dijo a los otros y a su hilaridad: 
“En la explosión heroica de la rana 
yo advierto la divina locura de los grandes”. 
Y entonces una rama de laurel 
se consagró al esfuerzo del batracio sublime.

              29
Elbiamor, que te vean siempre igual a ti misma, 
ya toques las alturas, ya recorras el suelo. 
Ni se rebaja el pan en la mesa del pobre 
ni se sublima en el mantel del rico. 
Sé como el pan, y la Justicia 
dirá tu elogio en la balanza.

              30
Te propongo, con ánimo docente 
varias definiciones de tu cuerpo. 
La viajera: “Es un traje de turismo, 
entre los muchos que ha de usar tu ser 
cumpliendo su moción helicoidal”. 
La tenebrosa: “Es el cajón de muerte 
o el ataúd grosero en que tu alma 
yace y espera su liberación”. 
La hotelera: “Tu cuerpo es una casa 
que has de habitar un día y una noche”. 
La fabril: “Es un útil de trabajo, 
una herramienta noble (martillo, escoplo, arado) 
con que realiza el alma sus oficios terrestres”. 
Sea un útil o un traje, sea chalet o féretro, 
cuidarás ese poco de tierra necesaria. 
Ni adores a tu cuerpo ni le des latigazos: 
es un buey de ojos triste, pero muy obediente 
si no lo abruma el yugo ni le sobra el alfalfa.

              31
Comerás las verduras de tu huerto, 
sin repudiar el haba como los pitagóricos. 
Una lechuga, dos acelgas, 
una manzana y un limón 
te dan las mismas calorías 
de un buen pedazo de ternera. 
Con todo, no rechaces un lomo de novillo 
por temor de que el alma de tu abuela 
se haya encarnado en ese pastoril animal. 
Tales encarnaciones repugnan al Demiurgo: 
Elbiamor, no se ha visto ni ha de verse jamás 
que un hombre habite dentro de un caballo. 
Lo más triste y usual es que un caballo 
se nos meta en el hombre.

              32
Del fermentado jugo de las uvas 
no beberás, como no sea 
ya en los bautismos, ya en los casamientos. 
Repudiarás en toda circunstancia 
los brebajes malditos 
que aviesamente se destilan 
en sigilosos alambiques. 
Todo borracho es una casa 
que abre sus puertas al ladrón. 
Y el que bebe agua pura consigue que florezca 
la barba de Esculapio.

              33
Te bañarás asiduamente, 
pero sin ínfulas ni orgullo. 
Gentes hay que se bañan y lo gritan 
como si fuera un acto de heroísmo. 
Que la modestia y la necesidad 
te lleven de la mano hasta la ducha, 
no de otro modo el labrador que limpia 
la reja de su arado.

              34
Cómodos e inocentes han de ser tus vestidos: 
ni ha de ahogarte la tela ni menos desnudarte. 
No des tu mano a las pulseras 
ni hagas tu cárcel de una túnica: 
el ostentoso pavorreal 
es un esclavo de su ropa.

              35
Con los preceptos de mi Alegropeya 
lograrás, Elbiamente, construir tu alegría 
por la virtud sapiente y obrante de tu alma. 
Y darás buena sombra 
para todos. Amén.

De Heptamerón. Ed. Sudamericana (1966).

martes, 10 de junio de 2014

Más duro que garrón de vizcacha. Mañero como petizo de lavandera. Solemne como pedo de inglés

LEOPOLDO MARECHAL

(Buenos Aires, Argentina, 1900-1970)

Del amor navegante

Porque no está el amado en el amante
ni el amante reposa en el amado,
tiende amor su velamen castigado
y afronta el ceño de la mar tonante.

Llora el amor en su navío errante
y a la tormenta libra su cuidado,
porque son dos: amante desterrado
y amado con perfil de navegante.

Si fuesen uno, amor, no existiría
ni llanto ni bajel ni lejanía,
sino la beatitud de la azucena.

¡Oh amor sin remo, en la unidad gozosa!
¡oh círculo apretado de la rosa!
con el número Dos nace la pena.
***
Poema sin título

En una tierra que amasan potros de cinco años
el olor de tu piel hace llorar a los adolescentes.

¡Yo sé que tu cielo es redondo y azul como los huevos de perdiz
y que tus mañanas tiemblan,
gotas pesadas en la flor del mundo!

Yo sé cómo tu voz perfuma la barba de los vientos...

Por tus arroyos los días descienden como piraguas.
Tus ríos abren canales de música en la noche;
y la luna es un papagayo más entre bambúes
o un loro que rompen a picotazos las cigüeñas.

En un país más casto que la desnudez del agua
los pájaros beben en la huella de tu pie desnudo...

Te levantarás antes de que amanezca
sin despenar a los niños y al alba que duermen todavía.
(El cazador de pumas dice que el sol brota de tu monero
y que calzas al día como a tus hermanitos.)

Pisarás el maíz a la sombra de los ancianos
en cuyo pie se han dormido todas las danzas.

Sentados en cráneos de buey
tus abuelos fuman la hoja seca de sus días;
chisporrotea la sal de sus refranes
en el fuego creciente de la mañana.
(Junto al palenque los niños
han boleado un potrillo alazán...)

En una tierra impúber desnudarás tu canto
junto al arroyo de las tardes.
Tú sabes algún signo para pedir la lluvia
y has encontrado yerbas que hacen soñar.

Pero no es hora, duermen
en tu pie los caminos.

Y danzas en el humo de mi pipa
donde las noches arden como tabacos negros...
***
ADÁN BUENOSAYRES
(Fragmentos)

Al escribir mi Adán Buenosayres no entendí salirme de la poesía. Desde muy temprano, y basándome en la Poética de Aristóteles, me pareció que todos los géneros literarios eran y deben ser géneros de la poesía, tanto en lo épico, lo dramático y lo lírico. Para mí, la clasificación aristotélica seguía vigente, y si el curso de los siglos había dado fin a ciertas especies literarias, no lo había hecho sin crear «sucedáneos» de las mismas. Entonces fue cuando me pareció que la novela, género relativamente moderno, no podía ser otra cosa que el «sucedáneo legítimo» de la antigua epopeya. Con tal intención escribí Adán Buenosayres y lo ajusté a las normas que Aristóteles ha dado al género épico.
Leopoldo Marechal

“¡Salve, otoño, padre de la cursilería! “Mostradme una hoja seca, y soltaré automáticamente un lugar común.” Enfermedad o privilegio de ver en todo figuras y translaciones, desde mi niñez, allá en Maipú, cuando los árboles eran para mí llamas verdes con su chisporroteo de pájaros, o el tiempo un arroyo invisible cuyas aguas hacían girar las ruedas de los relojes familiares. “Y el amor más alegre que un entierro de niños.”
**
Libro Quinto, Parte III
—Una, dos, tres, cuatro, cinco, seis, siete, ocho, nueve, diez, once, doce.

Las doce campanadas eran doce mochuelos:
Alguien abrió la puerta de la torre, y huyeron.

Medianoche: soledad y vacío. Sólo yo solo en la corteza de un mundo que gira huyendo, que huye girando, "viejo trompo sin niños". ¿Por qué sin niños? Entonces yo jugaba con la lógica, sin advertir que siempre hay una relación de armonía entre lo disímil: splendor ordinis. Anoche lo explicaba yo en lo de Ciro: bastante mamado. Como aquella otra figura: "La Tierra es un antílope que huye"; o aquella otra: "Mundo, piedra zumbante de los siete colores." Terror cósmico, desde la infancia: un niño que, abrazado a su caballo inmóvil, sollozaba de angustia bajo las constelaciones australes. Fría mecánica del tiempo, cono de sombra, cono de luz, la noche y el día, solsticio y equinoccio: el sol que nos cuenta mentiras fabulosas, y la tierra que se viste y se desviste de sus esplendores como una prostituta, "¡salve, moscardón ebrio!». Y al fin sólo una piedra que huye girando, que gira huyendo en un espacio infinito... no, indefinido; porque la noción de infinito sólo corresponde... ¡Bueno, alma, bueno ¡ojo fosforescente Adán se detiene, bajo la lluvia, en la esquina de Gurruchaga y Triunvirato. Desde allí, todavía indeciso, contempla el ámbito fantasmal de la calle Gurruchaga, un túnel abierto en la misma pulpa de la noche y alargado entre dos filas de paraísos tiritantes que, con sus argollas de metal a los pies, fingen dos hileras de galeotes en marcha rumbo al invierno. Fosforescente como el ojo de un gato, el reloj de San Bernardo atisba desde su torre: no queda ya en el aire ni una vibración de la última campanada, y el silencio fluye ahora de lo alto, sangre de campanas muertas. Inesperadamente, una ráfaga traidora sacude los árboles, que se ponen a lloriquear como niño: Adán recibe un puñado de lluvia en la cara y se tambalea entre un diluvio de hojas que caen y se arrastran con un rumor de papeles viejos, mientras que los faroles colgantes ejecutan arriba un loco bailoteo de ahorcados. Pasó la ráfaga: el silencio y la quietud se reconstruyen bajo el canturreo de la lluvia. Soledad y vacío, Adán entra en la calle Gurruchaga.
***
Adán sueña que avanza con una legión de guerreros anacrónicamente armados, entre los cuales, y a golpes de rebenque, anda, se tambalea, cae de rodillas y vuelve a incorporarse un hombre que lleva una cruz. Y, ¡cosa extraña!, en aquel hombre azotado reconoce al linyera del umbral; pero en sus barbas cobrizas hay sangre ahora, y sucios lagrimones gotean de sus ojos entre consternados y alegres. Lo más curioso de aquel sueño es que la víctima y los verdugos están cruzando una ribera semejante a la de Olivos o el Tigre, bajo un sol torrencial que se exalta en el brillo metálico de las abejas y en el subido color de las mariposas. Una multitud festiva discurre por allí, sin inmutarse al paso del cortejo (¿es que no lo ven?), indiferentes al chasquido de la fusta (¿es que no lo oyen?). Machos y hembras bailan aquí, al son de un fonógrafo portátil que se desgañita en el suelo; allá, hombres y mujeres panzudos vigilan sus asados, abren latas de conservas y arrojan papeles grasientos; los chiquilines, aullando como fieras, cazan mariposas a golpes de toalla o apalean flaquísimos caballos de alquiler; parejas furtivas, tras un ojeo circular, se pierden con astucia en los cañaverales; viejos borrachos se insultan con lengua estropajosa, cambian golpes lentos y se desploman al fin vomitando a chorros; más allá, caras brutales, en círculo, se asoman a un reñidero donde gallos rojos de sangre batallan a espolonazos. Y Adán vuelve sus ojos al hombre de la cruz, y su ánimo se conturba en sueños ante la ceguera de aquel gentío: quiere gritarles, pero ningún sonido brota de su garganta. Observa entonces a los guerreros que marchan a su lado, y el terror lo invade, porque todas y cada una de aquellas fisonomías parecen símbolos: esta cara de tinte amarillento, con bolsas azules debajo de los ojos, es el mismo semblante de la Lujuria; en esa otra de nariz encorvada, filoso mentón y ojitos de clavo se nombra la Avaricia; allí están la Pereza de ojos lagañosos, la Cólera de apretadas mandíbulas, la Gula de doble papada y la Envidia royéndose los pulgares. Llorando de pavor, Adán tantea sus propias facciones, y en ellas descubre los mismos rasgos odiosos, mientras el cortejo se abre camino en la multitud ciega y el hombre azotado cae y se levanta.
**
“¡Señor, yo hubiera querido ser como los hombres de Maipú, que sabían reír o llorar a su debido tiempo, trabajar o dormir, combatirse o reconciliarse, bien plantados en la vistosa realidad de este mundo! Y no andar como quien duda y recela entre imágenes vanas, leyendo en el signo de las cosas mucho más de lo que literalmente dicen, y alcanzando en la posesión de las cosas mucho menos de lo que prometían. Porque yo he devorado la creación y su terrible multiplicidad de formas: ¡ah, colores que llaman, gestos alocados, líneas que hacen morir de amor!; para encontrarme luego con la sed engañada y el remordimiento de haber sido injusto con las criaturas al exigirles una bienaventuranza que no saben dar.”
**
XIII 

Un portón de hierro sin aparatosidad ninguna comunicaba el octavo círculo infernal con el noveno y último. Allí nos despedimos de Samuel Tesler, quien, tras un apretón de manos bastante frío, nos volvió sus espaldas y regresó a la Ciudad del Orgullo. Abierto el portón, Schultze me hizo entrar; y descendimos, el uno detrás del otro, cierta escalerita helicoidal que nos condujo al borde mismo de la Gran Hoya en que terminaba el Infierno schultziano. Me asomé a la hoya, y en su fondo vi estremecerse una gran masa como de gelatina, que daba la sensación de un molusco gigante, aunque no lo era. 
—Es el Paleogogo —me advirtió Schultze gravemente. 
Volví a contemplar el monstruo, y aunque no le noté forma de maldad alguna, me pareció que las reunía todas en la síntesis de su masa ondulante, y que las abominaciones del infierno schultziano tomaban origen y sentido en aquel animal gelatinoso que se retorcía en la Gran Hoya. 
—¿Qué le parece? —me interrogó Schultze al fin, señalando al Paleogogo. Le contesté: 
—Más feo que un susto a medianoche. Con más agallas que un dorado. Serio como bragueta de fraile. 
Más entrador que perro de rico. De punta, como cuchillo de viejo. Más fruncido que tabaquera de inmigrante. Mierdoso, como alpargata de vasco tambero. Con más vueltas que caballo de noria. Más fiero que costalada de chancho. Más duro que garrón de vizcacha. Mañero como petizo de lavandera. Solemne como pedo de inglés.

 ALA (Ediciones académicas de la literatura argentina) de la editorial Corregidor, 2013.
***
De MEGAFÓN o LA GUERRA
“Fue aquella misma noche y al filo de la madrugada cuando Megafón tuvo la experiencia o el ensueño que me refirió después y que titulo ahora La Calesita del Tango… Según el Autodidacto, de Villa Crespo, fue al llegar a la intersección de San Pedrito y Tandil cuando llegó a sus oídos aquella música fantasmal que al parecer brotaba de la misma esquina y en la que no tardó en reconocer los compases del Tango Nueve de Julio, pero transferido a lamentables escalas dodecafónicas… Y al entrar en el baldío comprobó dos hechos: el lugar parecía lleno de cierta luz fosfórica muy tenue y el tango resonaba en él con mayor fuerza… Jinetes de caballitos y cisnes de madera, giraban también ciertos hombres no identificables aún, bajo la mirada estudiosa de dos personajes que se mantenían de pie junto al palo de la sortija y que, según supo luego Megafón, eran un demonio llamado Ben y un demonio llamado Nelson. El matungo alazán comenzó a detener su marcha penosa, y con ella fueron deteniéndose la calesita y la música. No bien reinó el silencio y fue lograda la inmovilidad, el demonio llamado Ben se dirigió a los jinetes . -Senores-. les dijo en son de triunfo-, es inútil darle más vueltas a la calesita. ¡El tango ha muerto!”…  (Rapsodia II).

“La existencia de un pueblo no se da en un círculo cerrado: se desarrolla en una espiral abierta y creciente. La Paleoargentina es una vuelta de espiral que ha terminado su recorrido: la Neoargentina es una vuelta de la misma espiral que arranca en el punto exacto donde concluye la otra. De tal modo, la espiral entera se parece a una víbora enroscada en un árbol… La Víbora es la Patria. Hay, pues, dos Argentinas en sucesión y no en real enfrentamiento. Lo que sucede aún es que los argentinos finales, en su agonía, se resisten a la otra vuelta de la espiral y estorban su desarrollo; porque lo que actúa en los argentinos finales es una mentalidad igualmente finalista y cerrarda. Ustedes, los de la Metahistoria, la llamaron colonialista… Es una mentalidad que no rompe las estrechas y cómodas estructuras del coloniaje: un horizonte mental en que cabía otra noción de la Patria naciente y  sus destinos posibles. Un horizonte, al fin de cuentas, es también un círculo cerrado; y la Patria es un animal viviente que se desenrosca en expansión y exaltación”. (Rapsodia IV)
**
"La Tristeza no es un gas inodoro como sostienen  los químicos…  La Tristeza  huele a jabón de azufre; a rana en su pozo y a helecho que brota en la juntura de dos ladrillos." (Rapsodia VIII)
“Ahora sí, hermanos, este punto se va… Entonces, por haberme dictado las Escrituras y ejercido las virtudes heroicas, el filósofo recibió una copa rebosante de amrita, el vino de la Inmortalidad. ¿Y luego?: En la existencia universal no hay puntos finales- decía Samuel Tesler-: sólo hay puntos suspensivos"… (Rapsodia X)

(Final Enmarcado: Marechal/Editor):  ”Y éstas fueron las dos batallas de Megafón que debí narrar tan sólo en sus viscisitudes exteriores… Sea como fuere, todo está aquí en movimiento y como en agitaciones de parto. ¡Entonces, dignos compatriotas, recomencemos otra vez!. Asi lo aconsejaba Heródoto, gran farol de la Historia, que sabía un kilo. ¡Y adiós, que me voy!”. (Rapsodia X)

Editorial Planeta Argentina. Buenos Aires, 1970.

miércoles, 18 de marzo de 2009

Ah, colores que llaman, gestos alocados


Palabras de LEOPOLDO MARECHAL
de Adán Buenosayres


“¡Señor, yo hubiera querido ser como los hombres de Maipú, que sabían reír o llorar a su debido tiempo, trabajar o dormir, combatirse o reconciliarse, bien plantados en la vistosa realidad de este mundo! Y no andar como quien duda y recela entre imágenes vanas, leyendo en el signo de las cosas mucho más de lo que literalmente dicen, y alcanzando en la posesión de las cosas mucho menos de lo que prometían. Porque yo he devorado la creación y su terrible multiplicidad de formas: ¡ah, colores que llaman, gestos alocados, líneas que hacen morir de amor!; para encontrarme luego con la sed engañada y el remordimiento de haber sido injusto con las criaturas al exigirles una bienaventuranza que no saben dar.”
Somos parecidos a esos sapos que en la austera noche de los pantanos se llaman sin verse, doblegando con su grito de amor toda la fatalidad del universo.
René Char


No haría falta amar a los hombres para darles una ayuda real. Sólo desear hacer mejor cierta expresión de su mirada cuando se detiene en algo más empobrecido que ellos, prolongar en un segundo cierto minuto agradable de su vida. A partir de esta diligencia y cada raíz tratada, su respiración se haría más serena. Sobre todo, no suprimirles por entero esos senderos penosos, a cuyo esfuerzo sucede la evidencia de la verdad a través de los llantos y los frutos.
René Char