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lunes, 14 de enero de 2013
El rayo verde
JULIO VERNE
(Nantes, 1828-Amiens, Francia, 1905)
¿Habéis observado alguna vez el sol cuando se pone en el horizonte del mar? Sí, sin duda alguna. ¿Lo habéis seguido hasta el momento en que la parte superior del disco desaparece rozando la línea de agua del horizonte? Es muy posible. Pero, ¿Os habéis dado cuenta del fenómeno que se produce en el preciso instante en que el astro radiante lanza su último rayo, si el cielo, limpio de nubes, es entonces de una perfecta pureza? ¡No, seguramente no! Pues bien, la primera vez que tengáis la ocasión –¡Y se presenta tan raramente!– de hacer esta observación, no será, como podría presumirse, un rayo rojo lo que herirá la retina de vuestros ojos, sino que será un rayo verde, pero en un verde maravilloso, un verde que ningún pintor puede obtener en su paleta. Un verde cuya naturaleza no se encuentra ni en los variados verdes de los vegetales, ni en las tonalidades de las aguas más límpidas. Si existe el verde en el paraíso, no puede ser más que este verde, que es, sin duda, el verdadero verde de la Esperanza.
Éste era el artículo publicado en el Morning Post, el periódico que la señorita Campbell tenía en la mano cuando entró en la habitación. La lectura de aquella nota la había sencillamente entusiasmado. Por esto, con apasionada voz, leyó a sus tíos las líneas antedichas, que celebraban en forma lírica las bellezas del rayo verde.
Pero lo que la señorita Campbell no dijo, era que precisamente este rayo verde se refería a una vieja leyenda, cuyo íntimo sentido le había escapado hasta entonces, una leyenda inexplicable entre tantas otras, originarias del país de los Highlands, y que cuenta lo siguiente: Este rayo tiene la virtud de hacer que aquel que lo ha visto no pueda jamás equivocarse en las cosas del corazón; su aparición destruye las ilusiones y las mentiras; y el que ha tenido la dicha de verlo sólo una vez, ya puede ver claro en su corazón, y en el de los demás.
Podemos perdonar a una joven escocesa de las Tierras Altas la poética credulidad que acababa de avivar en su imaginación la lectura de aquel artículo del Morning Post.
Al oírla, el hermano Sam y el hermano Sib se miraron pasmados, abriendo mucho los ojos. Hasta entonces habían vivido sin haber visto el rayo verde, y se imaginaban que podía vivirse perfectamente sin verlo nunca. Pero parece que Helena no pensaba así, y pretendía subordinar el acto más importante de su vida a la observación de aquel fenómeno, único entre todos.
–¡Ah! ¿Esto es lo que se llama el rayo verde? –dijo el hermano Sam, moviendo lentamente la cabeza.
–Sí –contestó la señorita Campbell.
–¿Este que quiere ver a todo trance? –dijo el hermano Sib.
–Que veré, con vuestro permiso, tíos, y lo más pronto posible, si no os parece mal.
–¿Y luego, cuando lo hayas visto...?
–Cuando lo haya visto, podremos hablar del señor Ursiclos.
El hermano Sam y el hermano Sib se miraron de reojo, sonriendo con aire de complicidad.
–¡Vamos a ver, pues, el rayo verde! –dijo el uno.
–¡Sin perder un minuto! –añadió el otro.
La señorita Campbell los detuvo con la mano, en el momento en que iban a abrir la ventana del vestíbulo.
–Hemos de esperar a que el sol se oculte –les dijo.
–Esta tarde, pues –contestó el hermano Sam.
–Cuando el sol se ponga en el más puro de los horizontes –añadió la señorita Campbell.
–Bueno, después de comer nos iremos los tres a la punta de Rosenheat –dijo el hermano Sib.
–O bien subiremos simplemente a la torre de la casa –terminó el hermano Sam.
–Tanto desde la punta de Rosenheat como desde la torre del tejado –contestó la señorita Campbell– no se ve más horizonte que el del litoral del río Clyde. Y es precisamente en la línea del horizonte que separa el mar del cielo donde debernos observar la puesta del sol. Así pues, tíos, no tenéis más remedio que ponerme ante este horizonte lo más pronto posible.
La señorita Campbell hablaba con tanta seriedad, mientras les dedicaba su más bella sonrisa, que los hermanos Melvill no pudieron resistir una requisitoria for¬mulada en aquellos términos.
–No será tan urgente como eso... –creyó prudente
decir el hermano Sam.
Y el hermano Sib acudió en su ayuda, añadiendo:
–Ya tendremos tiempo...
Pero la señorita Campbell agitó graciosamente la cabeza.
–No siempre tendremos tiempo –contestó– y, al contrario, ¡es muy urgente!
–Será acaso que, en interés del señor Aristobulus Ursiclos... –empezó a decir el hermano Sam.
–Cuya felicidad parece que depende de la observación del rayo verde... –dijo el hermano Sib.
–Es porque ya estamos en el mes de agosto, tíos –contestó la señorita Campbell–, y las nubes no tardarán en ensombrecer nuestro cielo de Escocia. Por ello, nos conviene aprovechar los buenos atardeceres que nos quedan en este final de verano hasta que comience el otoño. ¿Cuándo nos marchamos?
Lo cierto es que si la señorita Campbell se empeñaba en ver el rayo verde aquel mismo año, no tenían tiempo que perder. Partir inmediatamente hacia cualquier punto de la parte oeste del litoral escocés, instalarse lo más confortablemente posible, acudir cada atardecer a contemplar la puesta del sol, para observar su último rayo; esto es todo lo que tenían que hacer, sin esperar tan sólo un día más.
Quizá entonces, con algo de suerte, la señorita Campbell vería cumplidos sus deseos, un poco fantasiosos, si el cielo se prestaba a la observación del fenómeno –cosa rarísima–, tal como decía con mucha razón el Morning Post.
Y tenía razón aquel periódico bien informado.
***
"Mi sueño realizado"
por JULIO CORTÁZAR
(Ixelles, Bélgica, nacionalizado argentino, 1914 – París, Francia, 1984)
“Si todavía se pudieran escribir poemas narrativos, esto sería un poema. Por mi parte, apenas si alcanzo a recordar nostálgicamente algunos de los que llenaron de sonido, de furia y de lágrimas mi remota niñez. "El vértigo", por ejemplo, de don Gaspar Núñez de Arce, que usted no conoce, entendiendo por usted a ese señor que me habla de literatura en el café de una playa de Mallorca. Era un poema en décimas, forma métrica nada fácil y que don Gaspar esgrimía con soltura digna de una buena prosa (dicho sin la menor ironía). Yo que nunca supe poemar de memoria, ni siquiera los míos que sin embargo me parecen secretamente memorables, recuerdo el comienzo:
Guarnecido de una ría
la entrada incierta y angosta,
sobre un peñón de la costa
que bate el mar noche y día,
se alza gigante y sombría
ancha torre secular
que un rey mandó edificar
a manera de atalaya
para defender la playa
contra los riesgos del mar.
En mi vida sería yo capaz de mandarme (así decimos los argentinos) un poema capaz de narrar algo de manera tan perfectamente justa, económica y a la vez bella. Porque Don Gaspar sigue así durante sesenta o setenta décimas, lo que no es fácil. Mire usted ecológicamente esta situación de la ancha torre secular:
Cuando viento borrascoso
sus almenas no conmueve,
no turba el rumor más leve
la majestad del coloso.
Queda en profundo reposo
largas horas sumergido,
y sólo se escucha el ruido
con que los aires azota
alguna blanca gaviota
que tiene en la peña el nido.
Azotar es aire con un ruido de alas... ¿no es admirable? Lo estamos escuchando todavía, y ya don Gaspar nos depara un brusco cambio que preludia el drama que tendrá por escenario la torre:
Mas cuando en recia batalla
el mar rebramando choca
contra la empinada roca
que allí le sirve de valla;
cuando en la enhiesta muralla
ruge el huracán violento,
entonces, firme en su asiento
el castillo desafía
la salvaje sinfonía
de las olas y el viento.
Después de algo así, y como dicen los entendidos en tauromaquia cuando han asistido a una faena memorable, ya nos podemos ir. Yo también, pero sin olvidar nada; la prueba es que en vísperas de mis sesenta y cinco me acuerdo todavía de esas décimas leídas en alguno de los tomos de El tesoro de la juventud, allá en mi infancia de Banfield, provincia de Buenos Aires. Y si ahora las rememoro en una costa mallorquina digna del castillo de don Gaspar, es porque todo se ha vuelto de nuevo infancia desde ayer por la tarde, a partir del instante en que me fue dado ver, desde el mirador del archiduque Luis Salvador cerca de Deyrà, el rayo verde.
Soy incapaz de saber en qué orden leí de niño una cierta novela de Julio Verne y el poema de Don Gaspar, ambas cosas coexisten en la memoria y acuden juntas a esta máquina de escribir, hoy en que me hubiera gustado hablar del rayo verde como don Gaspar de su torreón batido por el mar y la desgracia, ver nacer de mis manos tecleadoras un poema narrativo que contuviera toda la maravilla por fin realizada ayer de tarde (...).
Ayer, desde el mirador del Archiduque Luis Salvador, miré una vez más hundirse el sol en el mar. Un amigo mencionó el rayo verde, y me dolió por adelantado que los niños presentes lo esperaran con la misma ansiedad con que yo lo había deseado en mi absurdo horizonte suburbano; ahora sería peor, ahora las condiciones estaban dadas y no habría rayo verde, los padres justificarían de cualquier manera el fiasco para consolar a los pequeños; la vida —así la llaman— marcaría otro punto en su camino hacia el conformismo. Del sol quedaba un último, frágil segmento anaranjado.
Lo vimos desaparecer detrás del perfecto borde del mar, envuelto en el halo que aún duraría algunos minutos. Y entonces surgió el rayo verde, no era un rayo sino un fulgor, una chispa instantánea en un punto como de fusión alquímica, de solución heracliteana de elementos. Era una chispa intensamente verde, era un rayo verde aunque no fuera un rayo, era el rayo verde, era Julio Verne murmurándome al oído: ¿Lo viste al fin, gran tonto?
Un poeta romántico hubiera escrito esto mucho mejor, don Gaspar o Shelley. Ellos vivían en un sueño diurno, y lo realizaban en sus poemas. La flor azul de Novalis, La urna griega de John Keats, El perfil de los dioses de Holderlin. Mi rayo verde se vuelve a la nada en el mismo instante en que lo digo; pero era él, era tan verde, era por fin mi rayo verde. De alguna manera supe ayer que mucho de lo que defiendo y que otros creen quimérico está ahí en un horizonte de tiempo futuro, y que otros ojos lo verán también un día."
(Julio Cortázar: Papeles Inesperados).
viernes, 19 de febrero de 2010
Tras de un tigre que duerme
JULIO CORTÁZAR
(Bélgica-Argentina, 1914-Francia, 1984)
El perseguidor
(fragmento)
Y entonces ha entrado Johnny y nos ha pasado su música por la cara, ha entrado ahí aunque esté en su hotel y metido en la cama, y nos ha barrido con su música durante un cuarto de hora. Comprendo que le enfurezca la idea de que vayan a publicar Amorous, porque cualquiera se da cuenta de las fallas, del soplido perfectamente perceptible que acompaña algunos finales de frase, y sobre todo la salvaje caída final, esa nota sorda y breve que me ha parecido un corazón que se rompe, un cuchillo entrando en un pan (y él hablaba del pan hace unos días). Pero en cambio a Johnny se le escaparía lo que para nosotros es terriblemente hermoso, la ansiedad que busca salida en esa improvisación llena de huidas en todas direcciones, de interrogación, de manoteo desesperado. Johnny no puede comprender (porque lo que para él es fracaso a nosotros nos parece un camino, por lo menos la señal de un camino) que Amorous va a quedar como uno de los momentos más grandes del jazz. El artista que hay en él va a ponerse frenético de rabia cada vez que oiga ese remedo de su deseo, de todo lo que quiso decir mientras luchaba, tambaleándose, escapándosele la saliva de la boca junto con la música, más que nunca solo frente a lo que persigue, a lo que se le huye mientras más lo persigue. Es curioso, ha sido necesario escuchar esto, aunque ya todo convergía a esto, a Amorous, para que yo me diera cuenta de que Johnny no es una víctima, no es un perseguido como lo cree todo el mundo, como yo mismo lo he dado a entender en mi biografía (por cierto que la edición en inglés acaba de aparecer y se vende como la coca–cola). Ahora sé que no es así, que Johnny persigue en vez de ser perseguido, que todo lo que le está ocurriendo en la vida son azares del cazador y no del animal acosado. Nadie puede saber qué es lo que persigue Johnny, pero es así, está ahí, en Amorous, en la marihuana, en sus absurdos discursos sobre tanta cosa, en las recaídas, en el librito de Dylan Thomas, en todo lo pobre diablo que es Johnny y que lo agranda y lo convierte en un absurdo viviente, en un cazador sin brazos y sin piernas, en una liebre que corre tras de un tigre que duerme. Y me veo precisado a decir que en el fondo Amorous me ha dado ganas de vomitar, como si eso pudiera librarme de él, de todo lo que en él corre contra mí y contra todos, esa masa negra informe sin manos y sin pies, ese chimpancé enloquecido que me pasa los dedos por la cara y me sonríe enternecido.
***
De El Perseguidor, según Cortázar :
Yo no lo conocí personalmente [a Charlie Parker], aunque sí estéticamente, porque me tocó vivir en el momento en que Charlie Parker renovó completamente la estética del jazz y después de un período en que nadie creía y la gente estaba desconcertada por un sistema de sonidos que no tenía nada que ver con lo habitual, se dieron cuenta de que allí había un genio de la música. Y entonces la anécdota de ese cuento es la siguiente: a mí me perseguía desde hacía varios meses una historia, un cuento largo, en el que por primera vez yo me enfrentaba con un semejante. Porque la verdad es que, como decís vos, hay una ruptura en El Perseguidor. En todos los cuentos precedentes, los personajes pueden estar vivos, pueden comunicarle algo al lector, pero si se analiza bien –es como en los cuentos de Borges– los personajes son marionetas al servicio de una acción fantástica.
[…]
Cuentos en los que los personajes están situados, cada uno de ellos, pero no son lo determinante del cuento. Con una que otra excepción. Antes de El perseguidor yo ya había escrito algunos cuentos que no tienen nada de fantástico, que son muy humanos, como Final del juego. Esos ya eran caminos que se me iban abriendo. Pero la primera vez que se me planteó eso que vos llamás existencial –y es cierto–, es decir el diálogo, el enfrentamiento con un semejante, con alguien que no es un doble mío, sino que es otro ser humano que no está puesto al servicio de una historia fantástica, en la que la historia es el personaje, contiene al personaje, está determinada por el personaje, fue en El perseguidor. ¿Por qué fue Charlie Parker? Primero porque yo acababa de descubrirlo como músico, había ido comprando sus discos, lo escuchaba con un infinito amor, pero nunca lo conocí personalmente. Me perseguía la idea de ese cuento y al principio con la típica deformación profesional, me dije: «Bueno, el personaje tendría que ser un escritor, un escritor es un tipo problemático». Pero no me decidía porque me parecía aburrido, me parecía un poco tópico tomar un escritor. Pensé en un pintor, pero tampoco me entusiasmaba mucho. Tenía que ser un individuo que respondiera a características muy especiales. Es decir, todo eso que sale de El perseguidor: un individuo que al mismo tiempo tiene una capacidad intuitiva enorme y que es muy ignorante, primario. Es muy difícil crear un personaje que no piensa, un hombre que no piensa, que siente. Que siente y reacciona en su música, en sus amores, en sus vicios en su desgracia, en todo. Y en ese momento murió Charlie Parker. Yo leí en un diario una pequeña biografía suya –creo que era de Charles Delonnay– en la que se daba una serie de detalles que yo no conocía. Por ejemplo, los períodos de locura que había tenido, cómo había estado internado en Estados Unidos, sus problemas de familia, la muerte de su hija, todo eso. Fue una iluminación. Terminé de leer ese artículo y al otro día o ese mismo día, no me acuerdo, empecé a escribir el cuento. Porque de inmediato sentí que el personaje era él; porque su forma de ser, las anécdotas que yo conocía de él, su música, su inocencia, su ignorancia, toda la complejidad del personaje, era lo que yo había estado buscando.
[…]
Hubo una doble dificultad. La primera me concierne a mí. Yo empecé a escribir El perseguidor profundamente embalado y escribí casi de un tirón toda la primera secuencia, esa que transcurre en la pieza del hotel, cuando Bruno va a visitar a Johnny y lo encuentra enfermo, con Dédée. Eso toma unas veinte páginas, es bastante largo. Bruno le deja algún dinero y se va, se mete en un café y trata de olvidarse, con la ambivalencia típica del personaje. Y ahí me bloqueé. Al otro día quise seguir el cuento y nada. Releí las veinte páginas y nada. Quedé totalmente bloqueado, me era imposible seguir. Entonces metí todo eso en un cajón y pasaron tres meses, una cosa muy excepcional en mi trabajo de cuentista, porque a mí los cuentos me salen de un tirón. Pasaron tres meses, entonces, me dieron un contrato en las Naciones Unidas, en Ginebra. Tenía que pasarme tres meses en una pensión y me puse a sacar papeles. Entre ellos iban esas veinte páginas, pero yo no me di cuenta. Metí todo en una maleta y me fui. Hasta que un día, en la pensión, buscando no sé qué papel, salió eso. Después de tres meses vos te releés como si eso que estás leyendo fuera de otro, ¿no? Leí, y seguí, seguí, terminé las veinte páginas, me senté a la máquina, puse una hoja y en tres días terminé el cuento. Nunca me he podido explicar la razón del bloqueo y mucho menos la razón de que haya podido empalmarlo. Pero creo que si yo no contara esto nadie se daría cuenta de que el cuento estuvo interrumpido.
[…]
Las censuras son literarias, cada capítulo está escrito en un tiempo de verbo diferente. Está hecho a propósito, porque son alusiones musicales. Y salió así hasta el final. En cuanto a la segunda dificultad a la que aludiste, ocurrió que a mí el cuento me gustó mucho. Por esa época me fui a Buenos Aires y se lo di a leer a un amigo a quien yo le tenía plena confianza, era uno de esos lectores privados que tienen muchos escritores. Lo leyó y como era un tipo que no tenía pelos en la lengua me dijo: «Tiralo. Tiralo; es demasiado largo», me dijo. Y agregó: «No tiene sentido». Bueno, tuve la debilidad de desobedecerle y me traje el cuento de vuelta a París. Y entonces lo leyó Aurora (Aurora Bernárdez, la primera mujer de Cortázar) y le gustó enormemente. Esto no quiere decir que yo consulte mucho a otras personas; tal vez se trate de una extraña vanidad. Pero una vez que yo he conseguido lo que creo que tengo que conseguir, me importa un bledo que les guste o no les guste. De todos modos, lo di a leer a dos o tres personas. Ese cuento dio lugar a otro cuento largo, Las armas secretas, ahí ya se armó el libro y se publicó.
[…]
Esto que te voy a contar lo supe por Dolly Muhr (Dorotea Muhr, la última mujer de Onetti). Onetti leyó El perseguidor, se fue al cuarto de baño de su casa y rompió el espejo de un puñetazo. Nadie ha tenido una reacción que me pueda conmover más.
FUENTE:
Entrevista de Omar Prego a Julio Cortázar (1983), publicada en La fascinación de las palabras (1997).
domingo, 16 de agosto de 2009
Como una agüita cualquiera
JULIO CORTÁZAR
(Bélgica, 1914-Francia, 1984)
Capítulo 41, de Rayuela
(fragmento)
–No hablamos de nada –decía Traveler–. Vos prepará la soga.
–Ya está, es una soga macanuda. Dale, Talita, yo te la alcanzo desde aquí.
Talita se puso a caballo en el tablón y avanzó unos cinco centímetros, apoyando las dos manos y levantando la grupa hasta posarla un poco más adelante.
–Esta salida de baño es muy incómoda –dijo–. Sería mejor unos pantalones tuyos o algo así.
–No vale la pena –dijo Traveler–. Ponele que te caés, y me arruinás la ropa.
–Vos no te apurés –dijo Oliveira–. Un poco más y ya puedo tirar la soga.
–Qué ancha es esta calle –dijo Talita, mirando hacia abajo–. Es mucho más ancha que cuando la mirás por la ventana.
–Las ventanas son los ojos de la ciudad –dijo Traveler– y naturalmente deforman todo lo que miran. Ahora estás en un punto de gran pureza, y quizá ves las cosas como una paloma o un caballo que no saben que tienen ojos.
–Dejate de ideas para la N.R.F. y sujetale bien el tablón –aconsejó Oliveira.
–Naturalmente a vos te revienta que cualquiera diga algo que te hubiera encantado decir antes. El tablón lo puedo sujetar perfectamente mientras pienso y hablo.
–Ya debo estar cerca del medio –dijo Talita.
–¿Del medio? Si apenas te has despegado de la ventana. Te faltan dos metros, por lo menos.
–Un poco menos –dijo Oliveira, alentándola–. Ahora nomás te tiro la soga.
–Me parece que el tablón se está doblando para abajo –dijo Talita.
–No se dobla nada –dijo Traveler, que se había puesto a caballo pero del lado de adentro–. Apenas vibra un poco.
–Además la punta descansa sobre mi tablón –dijo Oliveira–. Sería muy extraño que los dos cedieran al mismo tiempo.
–Sí, pero yo peso cincuenta y seis kilos –dijo Talita–. Y al llegar al medio voy a pesar por lo menos doscientos. Siento que el tablón baja cada vez más.
–Si bajara –dijo Traveler– yo estaría con los pies en el aire, y en cambio me sobra sitio para apoyarlos en el piso. Lo único que puede suceder es que los tablones se rompan, pero sería muy raro.
–La fibra resiste mucho en sentido longitudinal –convino Oliveira–. Es el apólogo del haz de juncos, y otros ejemplos. Supongo que traés la yerba y los clavos.
–Los tengo en el bolsillo –dijo Talita–. Tirame la soga de una vez. Me pongo nerviosa, creéme.
–Es el frío –dijo Oliveira, revoleando la soga como un gaucho–. Ojo, no vayas a perder el equilibrio. Mejor te enlazo, así estamos seguros de que podés agarrar la soga.
"Es curioso", pensó viendo pasar la soga sobre su cabeza. "Todo se encadena perfectamente si a uno se le da realmente la gana. Lo único falso en esto es el análisis."
–Ya estás llegando –anunció Traveler–. Ponete de manera de poder atar bien los dos tablones, que están un poco separados.
–Vos fijate lo bien que la enlacé –djo Oliveira–. Ahí tenés, Manú, no me vas a negar que yo podría trabajar con ustedes en el circo.
–Me lastimaste la cara –se quejó Talita–. Es una soga llena de pinchos.
–Me pongo un sombrero tejano, salgo silbando y enlazo a todo el mundo –propuso Oliveira entusiasmado–. Las tribunas me ovacionan, un éxito pocas veces visto en los anales circenses.
–Te estás insolando –dijo Traveler, encendiendo un cigarrillo–. Y ya te he dicho que no me Ilames Manú.
–No tengo fuerza –dijo Talita–. La soga es áspera, se agarra en ella misma.
–La ambivalencia de la soga –dijo Oliveira–. Su función natural saboteada por una misteriosa tendencia a la neutralización. Creo que a eso le llaman la entropía.
–Está bastante bien ajustado –dijo Talita–. ¿Le doy otra vuelta? Total hay un pedazo que cuelga.
–Sí, arrollala bien –dijo Traveler–. Me revientan las cosas que sobran y que cuelgan; es diabólico.
–Un perfeccionista –dijo Oliveira–. Ahora pasate a mi tablón para probar el puente.
–Tengo miedo –dijo Talita–. Tu tablón parece menos sólido que el nuestro.
–¿Qué? –dijo Oliveira ofendido–. ¿Pero vos no te das cuenta que es un tablón de puro cedro? No vas a comparar con esa porquería de pino. Pasate tranquila al mío, nomás.
–¿Vos qué decís, Manú? –preguntó Talita, dándose vuelta.
Traveler, que iba a contestar, miró el punto donde se tocaban los dos tablones y la soga mal ajustada. A caballo sobre su tablón, sentía que le vibraba entre las piernas de una manera entre agradable y desagradable. Talita no tenía más que apoyarse sobre las manos, tomar un ligero impulso y entrar en la zona del tablón de Oliveira. Por supuesto el puente resistiría; estaba muy bien hecho.
–Mirá esperá un momento –dijo Traveler, dubitativo–. ¿No le podés alcanzar el paquete desde ahí?
–Claro que no puede –dijo Oliveira, sorprendido–. ¿Qué idea se te ocurre? Estás estropeando todo.
–Lo que se dice alcanzárselo, no puedo –admitió Talita–. Pero se lo puedo tirar, desde aquí es lo más fácil del mundo.
–Tirar –dijo Oliveira, resentido–. Tanto lío y al final hablan de tirarme el paquete.
–Si vos sacás el brazo estás a menos de cuarenta centímetros del paquete –dijo Traveler–. No hay necesidad de que Talita vaya hasta allá. Te tira el paquete y chau.
–Va a errar el tiro, como todas las mujeres –dijo Oliveira– y la yerba se va a desparramar en los adoquines, para no hablar de los clavos.
–Podés estar tranquilo –dijo Talita, sacando presurosa el paquete–. Aunque no te caiga en la mano lo mismo va a entrar por la ventana.
–Sí, y se va a reventar en el piso, que está sucio, y yo voy a tomar un mate asqueroso lleno de pelusas –dijo Oliveira.
–No le hagás caso –dijo Traveler–. Tirale nomás el paquete, y volvé.
Talita se dio vuelta y lo miró dudando de que hablara en serio. Traveler la estaba mirando de una manera que conocía muy bien, y Talita sintió como una caricia que le corría por la espalda. Apretó con fuerza el paquete, calculó la distancia. Oliveira había bajado los brazos y parecía indiferente a lo que Talita hiciera o no hiciera. Por encima de Talita miraba fijamente a Traveler, que lo miraba fijamente. "Estos dos han tendido otro puente entre ellos", pensó Talita. "Si me cayera a la calle ni se darían cuenta." Miró los adoquines, vio a la chica de los mandados que la contemplaba con la boca abierta; dos cuadras más allá venía caminando una mujer que debía ser Gekrepten. Talita esperó, con el paquete apoyado en el puente.
–Ahí está –dijo Oliveira–. Tenía que suceder, a vos no te cambia nadie. Llegás al borde de las cosas y uno piensa que por fin vas a entender, pero es inútil, che, empezás a darles la vuelta, a leerles las etiquetas. Te quedás en el prospecto, pibe.
–¿Y qué? –dijo Traveler–. ¿Por qué te tengo que hacer el juego, hermano?
–Los juegos se hacen solos, sos vos el que mete un palito para frenar la rueda.
–La rueda que vos fabricaste, si vamos a eso.
–No creo –dijo Oliveira–. Yo no hice más que suscitar las circunstancias, como dicen los entendidos. El juego había que jugarlo limpio.
–Frase de perdedor, viejito.
–Es fácil perder si el otro te carga la taba.
–Sos grande –dijo Traveler–. Puro sentimiento gaucho.
Talita sabía que de alguna manera estaban hablando de ella, y seguía mirando a la chica de los mandados inmóvil en la silla con la boca abierta. "Daría cualquier cosa por no oírlos discutir", pensó Talita. "Hablen de lo que hablen, en el fondo es siempre de mí, pero tampoco es eso, aunque es casi eso." Se le ocurrió que sería divertido soltar el paquete de manera que le cayera en la boca a la chica de los mandados. Pero no le hacía gracia, sentía el otro puente por encima, las palabras yendo y viniendo, las risas, los silencios calientes.
"Es como un juicio", pensó Talita. "Como una ceremonia."
Reconoció a Gekrepten que llegaba a la otra esquina y empezaba a mirar hacia arriba, "¿Quién te juzga?", acababa de decir Oliveira. Pero no era a Traveler sino a ella que estaban juzgando. Un sentimiento, algo pegajoso como el sol en la nuca y en las piernas. Le iba a dar un ataque de insolación, a lo mejor eso sería la sentencia. "No creo que seas nadie para juzgarme", había dicho Manú. Pero no era a Manú sino a ella que estaban juzgando. Y a través de ella, vaya a saber qué, mientras la estúpida de Gekrepten revoleaba el brazo izquierdo y le hacía señas como si ella, por ejemplo, estuviera a punto de tener un ataque de insolación y fuera a caerse a la calle, condenada sin remedio.
–¿Por qué te balanceás así? –dijo Traveler, sujetando su tablón con las dos manos–. Che, lo estás haciendo vibrar demasiado. A ver si nos vamos todos al diablo.
–No me muevo –dijo miserablemente Talita–. Yo solamente quisiera tirarle el paquete, y entrar otra vez en casa.
–Te está dando todo el sol en la cabeza, pobre –dijo Traveler–. Realmente es una barbaridad, che.
–La culpa es tuya –dijo Oliveira rabioso–. No hay nadie en la Argentina capaz de armar quilombos como vos.
–La tenés conmigo –dijo Traveler objetivamente–. Apurate, Talita. Rajale el paquete por la cara y que nos deje de joder de una buena vez.
–Es un poco tarde –dijo Talita–. Ya no estoy tan segura de embocar la ventana.
–Te lo dije –murmuró Oliveira que murmuraba muy poco y sólo cuando estaba al borde de alguna barbaridad–. Ahí viene Gekrepten llena de paquetes. Éramos pocos y parió la abuela.
–Tirale la yerba de cualquier manera –dijo Traveler, impaciente–. Vos no te aflijas si sale desviado.
Talita inclinó la cabeza y el pelo le chorreó por la frente, hasta la boca. Tenía que parpadear continuamente porque el sudor le entraba en los ojos. Sentía la lengua llena de sal y de algo que debían ser chispazos, astros diminutos corriendo y chocando con las encías y el paladar.
–Esperá –dijo Traveler–.
–¿Me lo decís a mí? –preguntó Oliveira.
–No. Esperá, Talita. Tenete bien fuerte que te voy a alcanzar un sombrero.
–No te salgas del tablón –pidió Talita–. Me voy a caer a la calle.
–La enciclopedia y la cómoda lo sostienen perfectamente. Vos no te movás, que vuelvo en seguida.
Los tablones se inclinaron un poco hacia abajo, y Talita se agarró desesperadamente. Oliveira silbó con todas sus fuerzas como para detener a Traveler, pero ya no había nadie en la ventana.
–Qué animal –dijo Oliveira–. No te muevas, no respires siquiera. Es una cuestión de vida o muerte, creeme.
–Me doy cuenta –dijo Talita, con un hilo de voz–. Siempre ha sido así.
–Y para colmo Gekrepten está subiendo la escalera. Lo que nos va a escorchar, madre mía. No te muevas.
–No me muevo –dijo Talita–. Pero parecería que...
–Sí, pero apenas –dijo Oliveira–. Vos no te movás, es lo único que se puede hacer.
"Ya me han juzgado", pensó Talita. "Ahora no tengo más que caerme y ellos seguirán con el circo, con la vida."
–¿Por qué llorás? –dijo Oliveira, interesado.
–Yo no lloro –dijo Talita–. Estoy sudando, solamente.
–Mirá –dijo Oliveira resentido–, yo seré muy bruto pero nunca me ha ocurrido confundir las lágrimas con la transpiración. Es completamente distinto.
–Yo no lloro –dijo Talita–. Casi nunca lloro, te juro. Lloran las gentes como Gekrepten, que está subiendo por la escalera llena de paquetes. Yo soy como el ave cisne, que canta cuando se muere –dijo Talita–. Estaba en un disco de Gardel.
Oliveira encendió un cigarrillo. Los tablones se habían equilibrado otra vez. Aspiró satisfecho el humo.
–Mirá, hasta que vuelva ese idiota de Manú con el sombrero, lo que podemos hacer es jugar a las preguntas-balanza.
–Dale –dijo Talita–. Justamente ayer preparé unas cuantas, para que sepas.
–Muy bien. Yo empiezo y cada uno hace una pregunta-balanza. La operación que consiste en depositar sobre un cuerpo sólido una capa de metal disuelto en un líquido, valiéndose de corrientes eléctricas, ¿no es una embarcación antigua, de vela latina, de unas cien toneladas de porte?
–Sí que es –dijo Talita, echándose el pelo hacia atrás–. Andar de aquí para allá, vagar, desviar el golpe de un arma, perfumar con algalia, y ajustar el pago del diezmo de los frutos en verde, ¿no equivale a cualquiera de los jugos vegetales destinados a la alimentación, como vino, aceite, etc.?
–Muy bueno –condescendió Oliveira–. Los jugos vegetales, como vino, aceite... Nunca se me había ocurrido pensar en el vino como en un jugo vegetal. Es espléndido. Pero escuchá esto: Reverdecer, verdear el campo, enredarse el pelo, la lana, enzarzarse en una riña o contienda, envenenar el agua con verbasco u otra sustancia análoga para atontar a los peces y pescarlos, ¿no es el desenlace del poema dramático, especialmente cuando es doloroso?
–Qué lindo –dijo Talita, entusiasmada–. Es lindísimo, Horacio. Vos realmente le sacás el jugo al cementerio.
–El jugo vegetal –dijo Oliveira.
Se abrió la puerta de la pieza y Gekrepten entró respirando agitadamente. Gekrepten era rubia teñida, hablaba con mucha facilidad, y ya no se sorprendía por un ropero tirado en una cama y un hombre a caballo en un tablón.
–Qué calor –dijo tirando los paquetes sobre una silla–. Es la peor hora para ir de compras, creeme. ¿Qué hacés ahí, Talita? Yo no sé por qué salgo siempre a la hora de la siesta.
–Bueno, bueno –dijo Oliveira, sin mirarla–. Ahora te toca a vos, Talita.
–No me acuerdo de ninguna otra.
–Pensá, no puede ser que no te acuerdes.
–Ah es por el dentista –dijo Gekrepten–. Siempre me dan las horas peores para emplomar las muelas. ¿Te dije que hoy tenía que ir al dentista?
–Ahora me acuerdo de una –dijo Talita.
–Y mirá lo que me pasa –dijo Gekrepten–. Llego a lo del dentista, en la calle Warnes. Toco el timbre del consultorio y sale la mucama. Yo le digo: "Buenas tardes". Me dice: "Buenas tardes. Pase, por favor". Yo paso, y me hace entrar en la sala de espera.
–Es así –dijo Talita–. El que tiene abultados los carrillos, o la fila de cubas amarradas que se conducen a modo de balsa, hacia un sitio poblado de carrizos: el almacén de artículos de primera necesidad, establecido para que se surtan de él determinadas personas con más economía que en las tiendas, y todo lo perteneciente o relativo a la égloga, ¿no es como aplicar el galvanismo a un animal vivo o muerto?
–Qué hermosura –dijo Oliveira deslumbrado–. Es sencillamente fenomenal.
–Me dice: "Siéntese un momento, por favor". Yo me siento y espero.
–Todavía me queda una –dijo Oliveira–. Esperá, no me acuerdo muy bien.
–Había dos señoras y un señor con un chico. Los minutos parecía que no pasaban. Si te digo que me leí enteros tres números de Idilio. El chico lloraba, pobre criatura, y el padre, un nervioso... No quisiera mentir pero pasaron más de dos horas, desde las dos y media que llegué. Al final me tocó el turno, y el dentista me dice: "Pase, señora"; yo paso, y me dice: "¿No le molestó mucho lo que le puse el otro día?". Yo le digo: "No, doctor, qué me va a molestar. Además que todo este tiempo mastiqué siempre de un solo lado". Me dice: "Muy bien, es lo que hay que hacer. Siéntese, señora". Yo me siento, y me dice: "Por favor, abra la boca". Es muy amable, ese dentista.
–Ya está –dijo Oliveira–. Oí bien, Talita. ¿Por qué mirás para atrás?
–Para ver si vuelve Manú.
–Qué va a venir. Escuchá bien: la acción y efecto de contrapasar, o en los torneos y justas, hacer un jinete que su caballo dé con los pechos en los del caballo de su contrario, ¿no se parece mucho al fastigio, momento más grave e intenso de una enfermedad?
–Es raro –dijo Talita, pensando–. ¿Se dice así en español?
–¿Qué cosa se dice así?
–Eso de hacer un jinete que su caballo dé con los pechos.
–En los torneos sí –dijo Oliveira–. Está en el cementerio, che.
–Fastigio –dijo Talita– es una palabra muy bonita. Lástima lo que quiere decir.
–Bah, lo mismo pasa con mortadela y tantas otras –dijo Oliveira–. Ya se ocupó de eso el abate Bremond, pero no hay nada que hacerle. Las palabras son como nosotros, nacen con una cara y no hay tu tía. Pensá en la cara que tenía Kant, decime un poco. O Bernardino Rivadavia, para no ir tan lejos.
–Me ha puesto una emplomadura de material plástico –dijo Gekrepten.
–Hace un calor terrible –dijo Talita–. Manú dijo que iba a traerme un sombrero.
–Qué va a traer, ése –dijo Oliveira.
–Si a vos te parece te tiro el paquete y me vuelvo a casa –dijo Talita.
Oliveira miró el puente, midió la ventana abriendo vagamente los brazos, y movió la cabeza.
–Quién sabe si lo vas a embocar –dijo–. Por otra parte me da no sé qué tenerte ahí con ese frío glacial. ¿No sentís que se te forman carámbanos en el pelo y las fosas nasales?
–No –dijo Talita–. ¿Los carámbanos vienen a ser como los fastigios?
–En cierto modo sí –dijo Oliveira–. Son dos cosas que se parecen desde sus diferencias, un poco como Manú y yo, si te ponés a pensarlo. Reconocerás que el lío con Manú es que nos parecemos demasiado.
–Sí –dijo Talita–. Es bastante molesto a veces.
–Se fundió la manteca –dijo Gekrepten untando una tajada de pan negro–. La manteca, con el calor, es una lucha.
–La peor diferencia está en eso –dijo Oliveira–. La peor de las peores diferencias. Dos tipos con pelo negro, con cara de porteños farristas, con el mismo desprecio por casi las mismas cosas, y vos...
–Bueno, yo... –dijo Talita.
–No tenés por qué escabullirte –dijo Oliveira–. Es un hecho que vos te sumás de alguna manera a nosotros dos para aumentar el parecido, y por lo tanto la diferencia.
–A mí no me parece que me sume a los dos –dijo Talita.
–¿Qué sabés? ¿Qué podés saber, vos? Estás ahí en tu pieza, viviendo y cocinando y leyendo la enciclopedia autodidáctica, y de noche vas al circo, y entonces te parece que solamente estás ahí en donde estás. ¿Nunca te fijaste en los picaportes de las puertas, en los botones de metal, en los pedacitos de vidrio?
–Sí, a veces me fijo –dijo Talita.
–Si te fijaras bien verías que por todos lados, donde menos se sospecha, hay imágenes que copian todos tus movimientos. Yo soy muy sensible a esas idioteces, creeme.
–Vení, tomá la leche que ya se le formó nata –dijo Gekrepten–. ¿Por qué hablan siempre de cosas raras?
–Vos me estás dando demasiada importancia –dijo Talita.
–Oh, esas cosas no las decide uno –dijo Oliveira–. Hay todo un orden de cosas que uno no decide, y son siempre fastidiosas aunque no las más importantes. Te lo digo porque es un gran consuelo. Por ejemplo yo pensaba tomar mate. Ahora llega ésta y se pone a preparar café con leche sin que nadie se lo pida. Resultado: si no lo tomo, a la leche se le forma nata. No es importante, pero joroba un poco. ¿Te das cuenta de lo que estoy diciendo?
–Oh, sí –dijo Talita, mirándolo en los ojos–. Es verdad que te parecés a Manú. Los dos saben hablar tan bien del café con leche y del mate, y uno acaba por darse cuenta de que el café con leche y el mate, en realidad...
–Exacto –dijo Oliveira–. En realidad. De modo que podemos volver a lo que decía antes. La diferencia entre Manú y yo es que somos casi iguales. En esa proporción, la diferencia es como un cataclismo inminente. ¿Somos amigos? Sí, claro, pero a mí no me sorprendería nada que... Fijate que desde que nos conocemos, te lo puedo decir porque vos ya lo sabés, no hacemos más que lastimarnos. A él no le gusta que yo sea como soy, apenas me pongo a enderezar unos clavos ya ves el lío que arma, y te embarca de paso a vos. Pero a él no le gusta que yo sea como soy porque en realidad muchas de las cosas que a mí se me ocurren, muchas de las cosas que hago, es como si se las escamoteara delante de las narices. Antes de que él las piense, zas, ya están. Bang, bang, se asoma a la ventana y yo estoy enderezando los clavos.
Talita miró hacia atrás, y vio la sombra de Traveler que escuchaba, escondido entre la cómoda y la ventana.
–Bueno, no tenés que exagerar –dijo Talita–. A vos no se te ocurrirían algunas cosas que se le ocurren a Manú.
–¿Por ejemplo?
–Se te enfría la leche –dijo Gekrepten quejumbrosa–. ¿Querés que te la ponga otro poco al fuego, amor?
–Hacé un flan para mañana –aconsejó Oliveira–. Vos seguí Talita.
–No –dijo Talita, suspirando–. Para qué. Tengo tanto calor, y me parece que me estoy empezando a marear.
Sintió la vibración del puente cuando Traveler lo cabalgó al borde de la ventana. Echándose de bruces sin pasar del nivel del antepecho. Traveler puso un sombrero de paja sobre el tablón. Con ayuda de un palo de plumero empezó a empujarlo centímetro a centímetro.
–Si se desvía apenas un poco –dijo Traveler–, seguro que se cae a la calle y va a ser un lío bajar a buscarlo.
–Lo mejor sería que yo me volviera a casa –dijo Talita, mirando penosamente a Traveler.
–Pero primero le tenés que pasar la yerba a Oliveira –dijo Traveler.
–Ya no vale la pena –dijo Oliveira–. En todo caso que tire el paquete, da lo mismo.
Talita los miró alternativamente, y se quedó inmóvil.
–A vos es difícil entenderte –dijo Traveler–. Todo este trabajo y ahora resulta que mate más, mate menos, te da lo mismo.
–Ha transcurrido el minutero, hijo mío –dijo Oliveira–. Vos te movés en el continuo tiempo-espacio con una lentitud de gusano. Pensá en todo lo que ha acontecido desde que decidiste ir a buscar ese zarandeado jipijapa. El ciclo del mate se cerró sin consumarse, y entretanto hizo aquí su llamativa entrada la siempre fiel Gekrepten, armada de utensilios culinarios. Estamos en el sector del café con leche, nada que hacerle.
–Vaya razones –dijo Traveler.
–No son razones, son demostraciones perfectamente objetivas. Vos tendés a moverte en el continuo, como dicen los físicos, mientras que yo soy sumamente sensible a la discontinuidad vertiginosa de la existencia. En este mismo momento el café con leche irrumpe, se instala, impera, se difunde, se reitera en cientos de miles de hogares. Los mates han sido lavados, guardados, abolidos. Una zona temporal de café con leche cubre este sector del continente americano. Pensá en todo lo que eso supone y acarrea. Madres diligentes que aleccionan a sus párvulos sobre la dietética láctea, reuniones infantiles en torno a la mesa de la antecocina, en cuya parte superior todas son sonrisas y en la inferior un diluvio de patadas y pellizcos. Decir café con leche a esta hora significa mutación, convergencia amable hacia el fin de la jornada, recuento de las buenas acciones, de las acciones al portador, situaciones transitorias, vagos proemios a los que las seis de la tarde, hora terrible de llave en las puertas y carreras al ómnibus, concretará brutalmente. A esta hora casi nadie hace el amor, eso es antes o después. A esta hora se piensa en la ducha (pero la tomaremos a las cinco) y la gente empieza a rumiar las posibilidades de la noche, es decir si van a ir a ver a Paulina Singerman o a Toco Tarántolaz (pero no estamos seguros, todavía hay tiempo). ¿Qué tiene ya que ver todo eso con la hora del mate? No te hablo del mate mal tomado, superpuesto al café con leche, sino al auténtico que yo quería, a la hora justa, en el momento de más frío. Y esas cosas me parece que no las comprendés lo suficiente.
–La modista es una estafadora –dijo Gekrepten–. ¿Vos te hacés hacer los vestidos por una modista, Talita?
–No –dijo Talita–. Sé un poco de corte y confección.
–Hacés bien, m'hija. Yo esta tarde después del dentista me corro hasta la modista que está a una cuadra y le voy a reclamar una pollera que ya tendría que estar hace ocho días. Me dice: "Ay, señora, con la enfermedad de mi mamá no he podido lo que se dice enhebrar la aguja". Yo le digo: "Pero, señora, yo la pollera la necesito". Me dice: "Créame, lo siento mucho. Una clienta como usted. Pero va a tener que disculpar". Yo le digo: "Con disculpar no se arregla nada, señora. Más le valdría cumplir a tiempo y todos saldríamos gananciosos". Me dice: "Ya que lo toma así, ¿por qué no va de otra modista?". Y yo le digo: "No es que me falten ganas, pero ya que me comprometí con usted más vale que la espere, y eso que me parece una informalidad".
–¿Todo eso te sucedió? –dijo Oliveira.
–Claro –dijo Gekrepten–. ¿No ves que se lo estoy contando a Talita?
–Son dos cosas distintas.
–Ya empezás, vos.
–Ahí tenés –le dijo Oliveira a Traveler, que lo miraba cejijunto–. Ahí tenés lo que son las cosas. Cada uno cree que está hablando de lo que comparte con los demás.
–Y no es así, claro –dijo Traveler–. Vaya noticia.
–Conviene repetirla, che.
–Vos repetís todo lo que supone una sanción contra alguien.
–Dios me puso sobre vuestra ciudad –dijo Oliveira.
–Cuando no me juzgás a mí te la agarrás con tu mujer.
–Para picarlos y tenerlos despiertos –dijo Oliveira.
–Una especie de manía mosaica. Te la pasás bajando del Sinaí.
–Me gusta –dijo Oliveira– que las cosas queden siempre lo más claras posible. A vos parece darte lo mismo que en plena conversación Gekrepten intercale una historia absolutamente fantasiosa de un dentista y no sé qué pollera. No parecés darte cuenta de que esas irrupciones, disculpables cuando son hermosas o por lo menos inspiradas, se vuelven repugnantes apenas se limitan a escindir un orden, a torpedear una estructura. Cómo hablo, hermano.
–Horacio es siempre el mismo –dijo Gekrepten–. No le haga caso, Traveler.
–Somos de una blandura insoportable, Manú. Consentimos a cada instante que la realidad se nos huya entre los dedos como una agüita cualquiera. La teníamos ahí, casi perfecta, como un arco iris saltando del pulgar al meñique. Y el trabajo para conseguirla, el tiempo que se necesita, los méritos que hay que hacer... Zas, la radio anuncia que el general Pisotelli hizo declaraciones. Kaputt. Todo kaputt. "Por fin algo en serio", piensa la chica de los mandados, o ésta, o a lo mejor vos mismo. Y yo, porque no te vayas a imaginar que me creo infalible. ¿Qué sé yo dónde está la verdad? Solamente que me gustaba tanto ese arco iris como un sapito entre los dedos. Y esta tarde... Mirá, a pesar del frío a mí me parece que estábamos empezando a hacer algo en serio. Talita, por ejemplo, cumpliendo esa proeza extraordinaria de no caerse a la calle, y vos ahí, y yo... Uno es sensible a ciertas cosas, qué demonios.
–No sé si te entiendo –dijo Traveler–. A lo mejor lo del arco iris no está tan mal. ¿Pero por qué sos tan intolerante? Viví y dejá vivir, hermano.
–Ahora que ya jugaste bastante, vení a sacar el ropero de arriba de la cama –dijo Gekrepten.
–¿Te das cuenta? –dijo Oliveira.
–Eh, sí –dijo Traveler, convencido.
–Quod erat demostrandum, pibe.
–Quod erat –dijo Traveler.
–Y lo peor es que en realidad ni siquiera habíamos empezado.
–¿Cómo? –dijo Talita, echándose el pelo para atrás y mirando si Traveler había empujado lo suficiente el sombrero.
–Vos no te pongás nerviosa –aconsejó Traveler–. Date vuelta despacio, estirá esa mano, así. Esperá, ahora yo empujo un poco más... ¿No te dije? Listo.
Talita sujetó el sombrero y se lo encasquetó de un solo golpe. Abajo se habían juntado dos chicos y una señora, que hablaban con la chica de los mandados y miraban el puente.
–Ahora yo le tiro el paquete a Oliveira y se acabó –dijo Talita sintiéndose más segura con el sombrero puesto–. Tengan firme los tablones, no sea cosa.
–¿Lo vas a tirar? –dijo Oliveira–. Seguro que no lo embocás.
–Dejala que haga la prueba –dijo Traveler–. Si el paquete se escracha en la calle, ojalá le pegue en el melón a la de Gutusso, lechuzón repelente.
–Ah, a vos tampoco te gusta –dijo Oliveira–. Me alegro porque no la puedo tragar. ¿Y vos, Talita?
–Yo preferiría tirarte el paquete –dijo Talita.
–Ahora, ahora, pero me parece que te estás apurando mucho.
–Oliveira tiene razón –dijo Traveler–. A ver si la arruinás justamente al final, después de todo el trabajo.
–Pero es que tengo calor –dijo Talita–. Yo quiero volver a casa, Manú.
–No estás tan lejos para quejarte así. Cualquiera creería que me estás escribiendo desde Matto Grosso.
–Lo dice por la yerba –informó Oliveira a Gekrepten, que miraba el ropero.
–¿Van a seguir jugando mucho tiempo? –preguntó Gekrepten.
–Nones –dijo Oliveira.
–Ah –dijo Gekrepten–. Menos mal.
Talita había sacado el paquete del bolsillo de la salida de baño y lo balanceaba de atrás adelante. El puente empezó a vibrar, y Traveler y Oliveira lo sujetaron con todas sus fuerzas. Cansada de balancear el paquete, Talita empezó a revolear el brazo, sujetándose con la otra mano.
–No hagás tonterías –dijo Oliveira–. Más despacio. ¿Me oís? ¡Más despacio!
–¡Ahí va! –gritó Talita.
–¡Más despacio, te vas a caer a la calle!
–¡No me importa! –gritó Talita, soltando el paquete que entró a toda velocidad en la pieza y se hizo pedazos contra el ropero.
–Espléndido –dijo Traveler, que miraba a Talita como si quisiera sostenerla en el puente con la sola fuerza de la mirada–. Perfecto, querida. Más claro, imposible. Eso sí que fue demostrandum.
El puente se aquietaba poco a poco. Talita se sujetó con las dos manos y agachó la cabeza. Oliveira no veía más que el sombrero, y el pelo de Talita derramado sobre los hombros. Levantó los ojos y miró a Traveler.
–Si te parece –dijo–. Yo también creo que más claro, imposible.
"Por fin", pensó Talita, mirando los adoquines, las veredas. "Cualquier cosa es mejor que estar así, entre las dos ventanas."
–Podés hacer dos cosas –dijo Traveler–. Seguir adelante, que es más fácil, y entrar por lo de Oliveira, o retroceder, que es más difícil, y ahorrarte las escaleras y el cruce de la calle.
–Que venga aquí, pobre –dijo Gekrepten–. Tiene la cara toda empapada de transpiración.
–Los niños y los locos –dijo Oliveira.
–Dejame descansar un momento –dijo Talita–. Me parece que estoy un poco mareada.
Oliveira se echó de bruces en la ventana, y le tendió el brazo. Talita no tenía más que avanzar medio metro para tocar su mano.
–Es un perfecto caballero –dijo Traveler–. Se ve que ha leído el consejero social del profesor Maidana. Lo que se llama un conde. No te pierdas eso, Talita.
–Es la congelación –dijo Oliveira–. Descansá un poco, Talita, y franqueá el trecho remanente. No le hagas caso, ya se sabe que la nieve hace delirar antes del sueño inapelable.
Pero Talita se había enderezado lentamente, y apoyándose en las dos manos trasladó su trasero veinte centímetros más atrás. Otro apoyo, y otros veinte centímetros. Oliveira, siempre con la mano tendida, parecía el pasajero de un barco que empieza a alejarse lentamente del muelle.
Traveler estiró los brazos y calzó las manos en las axilas de Talita. Ella se quedó inmóvil, y después echó la cabeza hacia atrás con un movimiento tan brusco que el sombrero cayó planeando hasta la vereda.
–Como en las corridas de toros –dijo Oliveira–. La de Gutusso se lo va a querer portar vía.
Talita había cerrado los ojos y se dejaba sostener, arrancar del tablón, meter a empujones por la ventana. Sintió la boca de Traveler pegada en su nuca, la respiración caliente y rápida.
–Volviste –murmuró Traveler–. Volviste, volviste.
–Sí –dijo Talita, acercándose a la cama–. ¿Cómo no iba a volver? Le tiré el maldito paquete y volví, le tiré el paquete y volví, le...
Traveler se sentó al borde de la cama. Pensaba en el arco iris entre los dedos, esas cosas que se le ocurrían a Oliveira. Talita resbaló a su lado y empezó a llorar en silencio. "Son los nervios", pensó Traveler. "Lo ha pasado muy mal." Iría a buscarle un gran vaso de agua con jugo de limón, le daría una aspirina, le pantallaría la cara con una revista, la obligaría a dormir un rato. Pero antes había que sacar la enciclopedia autodidáctica, arreglar la cómoda y meter dentro el tablón. "Esta pieza está tan desordenada", pensó, besando a Talita. Apenas dejara de llorar le pediría que lo ayudara a acomodar el cuarto. Empezó a acariciarla, a decirle cosas.
–En fin, en fïn –dijo Oliveira.
Se apartó de la ventana y se sentó al borde de la cama, aprovechando el espacio que le dejaba libre el ropero. Gekrepten había terminado de juntar la yerba con una cuchara.
–Estaba llena de clavos –dijo Gekrepten–. Qué cosa tan rara.
–Rarísima –dijo Oliveira.
–Me parece que voy a bajar a buscar el sombrero de Talita. Vos sabés lo que son los chicos.
–Sana idea –dijo Oliveira, alzando un clavo y dándole vueltas entre los dedos.
Gekrepten bajó a la calle. Los chicos habían recogido el sombrero y discutían con la chica de los mandados y la señora de Gutusso.
–Dénmelo a mí –dijo Gekrepten, con una sonrisa estirada–. Es de la señora de enfrente, conocida mía.
–Conocida de todos, hijita –dijo la señora de Gutusso–. Vaya espectáculo a estas horas, y con los niños mirando.
–No tenía nada de malo –dijo Gekrepten, sin mucha convicción.
–Con las piernas al aire en ese tablón, mire qué ejemplo para las criaturas. Usted no se habrá dado cuenta, pero desde aquí se le veía propiamente todo, le juro.
–Tenía muchísimos pelos –dijo el más chiquito.
–Ahí tiene –dijo la señora de Gutusso–. Las criaturas dicen lo que ven, pobres inocentes. ¿Y qué tenía que hacer ésa a caballo en una madera, dígame un poco? A esta hora cuando las personas decentes duermen la siesta o se ocupan de sus quehaceres. ¿Usted se montaría en una madera, señora, si no es mucho preguntar?
–Yo no –dijo Gekrepten–. Pero Talita trabaja en un circo, son todos artistas.
–¿Hacen pruebas? –preguntó uno de los chicos–. ¿Adentro de cuál circo trabaja la cosa esa?
–No era una prueba –dijo Gekrepten–. Lo que pasa es que querían darle un poco de yerba a mi marido, y entonces...
La señora de Gutusso miraba a la chica de los mandados. La chica de los mandados se puso un dedo en la sien y lo hizo girar. Gekrepten agarró el sombrero con las dos manos y entró en el zaguán. Los chicos se pusieron en fila y empezaron a cantar, con música de Caballería ligera:
Lo corrieron de atrás, lo corrieron de atrás,
le metieron un palo en el cúúúlo.
¡Pobre señor!¡Pobre señor!
No se lo pudo sacar. (Bis)
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Somos parecidos a esos sapos que en la austera noche de los pantanos se llaman sin verse, doblegando con su grito de amor toda la fatalidad del universo.
René Char
No haría falta amar a los hombres para darles una ayuda real. Sólo desear hacer mejor cierta expresión de su mirada cuando se detiene en algo más empobrecido que ellos, prolongar en un segundo cierto minuto agradable de su vida. A partir de esta diligencia y cada raíz tratada, su respiración se haría más serena. Sobre todo, no suprimirles por entero esos senderos penosos, a cuyo esfuerzo sucede la evidencia de la verdad a través de los llantos y los frutos.
René Char
René Char
No haría falta amar a los hombres para darles una ayuda real. Sólo desear hacer mejor cierta expresión de su mirada cuando se detiene en algo más empobrecido que ellos, prolongar en un segundo cierto minuto agradable de su vida. A partir de esta diligencia y cada raíz tratada, su respiración se haría más serena. Sobre todo, no suprimirles por entero esos senderos penosos, a cuyo esfuerzo sucede la evidencia de la verdad a través de los llantos y los frutos.
René Char