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sábado, 24 de agosto de 2013

Ya se podía morir



JULIÁN LÓPEZ
(Buenos Aires, Argentina, 1965-)

Una muchacha muy bella
(Fragmento)

Mi madre era una muchacha bella. Tenía la piel pálida y opaca, hasta podría aventurarme a decir que azulina, un destello que la hacía única y de una aristocracia natural, lejana de toda trivialidad mundana. Tenía el pelo negro; claro, ya dije que era una muchacha bella, lacio pero pesado y con un diseño de cabellera como no creo haber visto. No hablo de su peinado, de la manera en que lo dispusiera su pelo caía gracioso y en forma, siempre parecía prolijamente recortado. Hablo del contorno de su pelambre, del dibujo lineal de ese océano de antenas flexibles en el que terminaba el piélago de su cara. Nacía simétrico y visible en el contraste, potente en cada uno de sus hologramas tubulares, y dibujaba un corazón sutil en el inicio de la mollera que a medida que bajaba se hacía cóncavo en las sienes elegantes.

Mi madre era una muchacha bella y voluptuosamente delicada; aun cuando pasáramos la vida que vivimos en una casi absoluta soledad, tenía un modo extraordinariamente sensual de ser para sí y, claro, ahí estaba yo con mis siete años, también para mí.

Hablaba de un modo profundo y a la vez despojado de la pretensión con la que hablan quienes quieren impresionar o quienes querrían ser intelectuales o, incluso, quienes quieren seducir. En medio de alguna palabra poco usual, adoraba acicatear su lenguaje con insectos verbales que lo mantuvieran despierto, tiraba con las manos su pesada cabellera hacia un lado o hacia el otro, como el paño suntuoso de un torero; clavaba sus pupilas brunas en el piso –¿dije ya que mi madre era una muchacha muy bella?– y las ascendía lentamente hasta mis ojos para entonces retomar la velocidad de sus argumentaciones casi siempre indignadas, casi siempre ofensivas, casi siempre ingenuas.

Vivíamos en un departamento de dos ambientes con una cocina luminosa que daba al pulmón de un edificio modesto pero sofisticado, esas construcciones de los 50, de no más de tres pisos sin ascensor, fresca en verano, helada cuando llegaba el otoño. Nuestra casa tenía un baño revestido de mosaicos negros, junturas verde pálido y grifería que alguna vez fue importante pero que envejeció con la premura con que uno pasa las páginas de una revista de moda de temporadas anteriores. El departamento tenía un balcón inutilizable porque con solo abrir la puertaventana se caían a pedazos las molduras del frente. Además mi madre odiaba el hollín que llegaba desde la avenida a dos cuadras y también odiaba el ruido que venía desde más lejos, como del centro de los autos y de la circunvalación de los camiones, y temía a los pájaros que anidaban en los fresnos que daban su verde a nuestras dos ventanas. Una vez la vi refugiarse en mi cuarto por un pichón de calandria todavía sin plumas que la madre pájara habría arrojado del nido por imperfecto y agonizaba en el borde de nuestro balcón. Con un palito terminé de expulsarlo para que mi madre saliera de la madriguera y el pequeño monstruo terminara sus jadeos directamente en la calle.

Durante un rato lo miré para tratar de ver en qué mo- mento terminaba de cuajar esa gelatina, en qué segundo terminaba el estertor. No tenía plumas y tenía los párpados sellados pero había sido desairado por su madre y temido por la mía: ya se podía morir.

De Una muchacha muy bella, Eterna cadencia, 2013

lunes, 21 de septiembre de 2009

Pronto arreciará la geografía


Un poema de JULIÁN LÓPEZ
(Buenos Aires, Argentina, 1965-)


ALASKA

Fabulosa algarabía de la luz del cielo
un parque de diversiones en el aire,
esta geografía enloquece a las partículas solares
onda que llega del espacio
y que en la estampida contra el hielo
manifiesta lo concreto.
Esto es Alaska.

Soy un geronte en la era del descubrimiento
asisto al espectáculo ante mí
aurora que revela la tierra
encarnada de mi origen.
En tanto el festival celeste es un fulgor
que se proyecta sobre todo
aquí es blanco
de veinte innumerables modos

blanco
lento devenir

y ocultar lo inmenso
bajo la imparcialidad del agua helada.


Es mi canoa la que me trajo
corrompiendo el hielo con su gentil fricción
a través de minimísimas vaginas en la superficie,
mi modesta nave me condujo,
sin mascarón y casi ya sin proa
hacia esta exactitud del mundo.

Pero ahora son los pies los que deben internarse,
más allá de donde alguna vez han ido,
hacia lo cóncavo del palacio polar.
Peces de brazada lenta
boqueando su última tarea,
preferirían el terso frío
a la redondez con que los vestí para el evento.

Ahora toca a este cardumen desoír
las ganas de quedarme,
de ser yo en cuerpo joven
y bordear los fiordos congelados;
príncipe de la caza del salmón
sostenido por antiguos muslos temerarios
en la legada habitación
de una comprensión más vasta.

La faena que me obliga al páramo ártico
es el surco que confirma que estoy fuera,
tras la estela de mi paso se derriten
las terrazas de lo compartido,
una infancia de narices rojas
y bosques áureos en los que aguarda el oso
por los que cruza el casal de lobos endiablados
toda la fauna que resiste al blanco.

Soy un borde móvil que separa mundos
atrás quedan las naciones afligidas por el ritmo,
factoría de estructuras que edifican existencia,
todo es asunto de reproducción:
el pez niño; el pez niño; el pez niño.

Por delante intuyo una armonía que viene a despojarme:
la Piedra Verdadera.
Unas décimas de calor suceden a mi espalda,
supernova que dejo en auxilio a los menores,
los jóvenes que quedaron en resguardo de la hoguera,
esa majestad de la que me desprendo.

Serena valentía de las tribus del iglú
la vejez a la sorda madriguera del témpano,
catedral que aguarda impávida
el arribo del hombre en su última tibieza.

Desde aquí percibo la misión de otro modo,
cumplo el deber de mi comunidad:
ya no hay joven marfil en sus cabales,
es menester ahuyentar
posibles lentitudes al progreso.

Porque en las familias del invierno cada miniatura cuenta,
la vitalidad es un dedal
cualquier gesto es desmesura
¿cómo suspirar siquiera?

No hace falta anticipar la sentencia
el futuro se avecina con una corte de gestos previos
un escándalo en silencio hasta que el hielo atruena.
La puntualidad de las especies,
la migración de las aves,
el mismo sol en su destino hacia los cuatro encajes.
Es así la ley común
parte del acuerdo:
un hombre sin sus dientes tiene que marcharse.

Se aleja entonces
el cuerpo que seré hasta el último minuto,
lo veo andar y parece que me busca
como a un oriente al que referirse.
Para cuando se eche permaneceré erguido:
una celebración de justicia,
lo que obtuve de su parte al momento de llegar.
Será mi ofrenda a ese yo
arrojado desde siempre al mundo de las cosas.

Pronto arreciará la geografía,
mi espalda se arqueará como una cueva,
bahía vertebral para las últimas corrientes cálidas.
Algo de mí se saciará
con el triunfo del cazador de ballenas
cuando constata que las moles han caído en su cerrojo.
De su trepidar se insinuarán estalactitas anilladas,
allí dejaré mis prendas saturnales, una a una,
como un reguero de nostalgia alrededor.

Filos de una ley doble
naturaleza de múltiple intemperie;
¿Es el hombre o el lugar lo que define?
¿Hay distancia entre esos puntos?
¿Y quién mira a quién?
¿Qué se congela?

Levanto la mirada aunque los ojos están quietos,
percibo la unidad de lo que veo dual
y no sé si los pies cincelan el camino
o la huella coagula la estadía.

Voy recto a un invisible murallón inapelable
insisto en la poca trinidad
y por el hábito biográfico del padecimiento
supongo que respecto de este suelo
soy quien porta el don de la extrañeza.

Sin embargo, en este punto exacto
ambos conformamos algo, la experiencia absoluta:
Paisaje Humanidad.

Cuenco del extremo norte de la Tierra,
aquí lumière impacta
y desgarra la cúpula
con un hormigueo de gotitas tornasol
plumas de un vapor configurado.
Esa calamidad es causa del encuentro;
lo etéreo, lo tosco: su engendro.

(El magnífico espectáculo de la luz
en este sitio,
al trayecto final
de quien ya no desgarra
el bocado con sus dientes.
Instante en que el mundo particular
se vacía en el cielo inmenso:
ataúd boreal del demasiado viejo.)

El sitio del origen y del fin
ataviado con las leyes de su pueblo.
Somos parecidos a esos sapos que en la austera noche de los pantanos se llaman sin verse, doblegando con su grito de amor toda la fatalidad del universo.
René Char


No haría falta amar a los hombres para darles una ayuda real. Sólo desear hacer mejor cierta expresión de su mirada cuando se detiene en algo más empobrecido que ellos, prolongar en un segundo cierto minuto agradable de su vida. A partir de esta diligencia y cada raíz tratada, su respiración se haría más serena. Sobre todo, no suprimirles por entero esos senderos penosos, a cuyo esfuerzo sucede la evidencia de la verdad a través de los llantos y los frutos.
René Char