JUANA DE IBARBOUROU
(Melo, Uruguay, 1892-Montevideo, Uruguay, 1979)
Palabras del frustrado suicida a la muerte
Dejar por ti el pan claro, la leche sosegada,
El perro de la sombra y el corro de las voces;
Dejar por ti los jaspes y el caballo del agua,
Los órganos del viento, los vegetales roces.
Dejar por ti, más ocre que toda la miseria,
Mi fulgurar de abejas, de flautas y luciérnagas,
Y aún tú, la cegadora, no quererme en tu valle
Donde todos los días los caminos entregas.
Cerrarme tus dominios, arisca y enconada;
Vedarme tus manzanos, romper por mí tus puentes,
Ver que estoy desvalido y negarme tu nave.
Sentir mi acerbo grito y no hacerte presente.
Dejarme así anhelante y así alucinado,
Sin tu brazo de ámbar redondeándome el hombro,
Mientras en el jardín la tormenta del día
Dobla los alhelíes y enronquece los coros.
Tener la seca lengua tajada y encendida
De contestar las voces del ángel que rechaza,
Y hacerte hielo oscuro, cuando puedes decirme
Para el sueño, la única, la inocente palabra.
El sueño que ya nunca en mis nervios madura
Ni levanta en mi frente su lucero tranquilo,
Ni acomoda en mi pecho, recostada, su luna,
Ni me acerca su espejo de imágenes sin filo.
Me has dejado perdido, mutilado, en la mengua
De mi paso seguro y mi aliento completo.
La de los briosos rasos que ya no me quiere ahora
Y no tengo tampoco tus dormidos corderos.
De nuevo en el dominio del sol amargo, amargo,
Ya te vuelvo la espalda hacia los duros llanos,
Hacia las malas tierras de gramíneas estériles,
De juncos maltratados e inútiles veranos.
De “Perdida”
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viernes, 25 de mayo de 2018
lunes, 1 de agosto de 2016
He vuelto a hundir la cara entre las flores
JUANA DE IBARBOUROU
(Melo, Uruguay, 1892-Montevideo, 1979)
ENCUENTRO
Olor de manzanillas curativas.
Manzanillas doradas y nevadas
Que guardan las abuelas campesinas.
En el flanco dulzón de las cuchillas
Y en la húmeda axila de los bajos,
Junto al camino zigzagueador
Y en torno de los ranchos,
La manzanilla da su aroma áspero
En los meses de sol.
Yo la he sentido hoy en el camino
Que bordean podados tamarindos
Y me saltó al encuentro como un perro
Festejador y amigo.
Fragancia amarga y sana
Que araña un poco la garganta,
Pero que tiene una bondad
De agua.
He vuelto a hundir la cara entre las flores
De olor cordial y antiguo.
Rueda-rueda de hojuelas cándidas
En torno del redondo corazón amarillo.
Y toda la mentira del mar se me ha hecho clara
De un golpe. Quiero el campo
Como todos los hombres de América lo quieren.
No tenemos entraña de marinos. Un ancho
Amor de labradores en la sangre nos viene.
La montaña y la pampa, la colina y la selva,
La altiplanicie brava y los llanos verdeantes
Donde pasta la vaca y galopa el bisonte,
Están más cerca nuestro que el mar innumerable.
Al tornar a mi casa he sentido en el viento
El vaho de mis campos fuertes del Cerro-Largo.
Me mana una alegría honda de reconquista.
El ramo puro albea en mi mano.
De La rosa de los vientos, 1930.
***
Solo mi azor y yo la muerte final
Es un gris azulado de ceniza
y cinco verdes de distintos grados,
que usa mi campo hoy para su risa
y el banquete plural de sus ganados.
Pero yo tengo en la ancha carretera
par mi gula de correr caminos
jóvenes chopos, pinos sin montera,
canto del libre viento en mis oídos.
De mi azor centelléanme los ojos,
desde mi mano que la tensa rienda
de mi hacanea, mido a mis antojos.
En la dulce mañana de neblina
sin rumbo andamos por camino y senda,
sólo mi azor y yo la muerte fina.
(Melo, Uruguay, 1892-Montevideo, 1979)
ENCUENTRO
Olor de manzanillas curativas.
Manzanillas doradas y nevadas
Que guardan las abuelas campesinas.
En el flanco dulzón de las cuchillas
Y en la húmeda axila de los bajos,
Junto al camino zigzagueador
Y en torno de los ranchos,
La manzanilla da su aroma áspero
En los meses de sol.
Yo la he sentido hoy en el camino
Que bordean podados tamarindos
Y me saltó al encuentro como un perro
Festejador y amigo.
Fragancia amarga y sana
Que araña un poco la garganta,
Pero que tiene una bondad
De agua.
He vuelto a hundir la cara entre las flores
De olor cordial y antiguo.
Rueda-rueda de hojuelas cándidas
En torno del redondo corazón amarillo.
Y toda la mentira del mar se me ha hecho clara
De un golpe. Quiero el campo
Como todos los hombres de América lo quieren.
No tenemos entraña de marinos. Un ancho
Amor de labradores en la sangre nos viene.
La montaña y la pampa, la colina y la selva,
La altiplanicie brava y los llanos verdeantes
Donde pasta la vaca y galopa el bisonte,
Están más cerca nuestro que el mar innumerable.
Al tornar a mi casa he sentido en el viento
El vaho de mis campos fuertes del Cerro-Largo.
Me mana una alegría honda de reconquista.
El ramo puro albea en mi mano.
De La rosa de los vientos, 1930.
***
Solo mi azor y yo la muerte final
Es un gris azulado de ceniza
y cinco verdes de distintos grados,
que usa mi campo hoy para su risa
y el banquete plural de sus ganados.
Pero yo tengo en la ancha carretera
par mi gula de correr caminos
jóvenes chopos, pinos sin montera,
canto del libre viento en mis oídos.
De mi azor centelléanme los ojos,
desde mi mano que la tensa rienda
de mi hacanea, mido a mis antojos.
En la dulce mañana de neblina
sin rumbo andamos por camino y senda,
sólo mi azor y yo la muerte fina.
De Azor, Editorial Losada, 1953.
martes, 9 de febrero de 2016
Si comprende el idioma en que hablo
Juana de Ibarbourou
(Uruguay, 1892-1979)
De archivo
LA HIGUERA
Porque es áspera y fea,
porque todas sus ramas son grises,
yo le tengo piedad a la higuera.
En mi quinta hay cien árboles bellos,
ciruelos redondos,
limoneros rectos
y naranjos de brotes lustrosos.
En las primaveras,
todos ellos se cubren de flores
en torno a la higuera.
Y la pobre parece tan triste
con sus gajos torcidos que nunca
de apretados capullos se viste...
Por eso,
cada vez que yo paso a su lado,
digo, procurando
hacer dulce y alegre mi acento:
«Es la higuera el más bello
de los árboles todos del huerto».
Si ella escucha,
si comprende el idioma en que hablo,
¡qué dulzura tan honda hará nido
en su alma sensible de árbol!
Y tal vez, a la noche,
cuando el viento abanique su copa,
embriagada de gozo le cuente:
¡Hoy a mí me dijeron hermosa!
(Uruguay, 1892-1979)
De archivo
LA HIGUERA
Porque es áspera y fea,
porque todas sus ramas son grises,
yo le tengo piedad a la higuera.
En mi quinta hay cien árboles bellos,
ciruelos redondos,
limoneros rectos
y naranjos de brotes lustrosos.
En las primaveras,
todos ellos se cubren de flores
en torno a la higuera.
Y la pobre parece tan triste
con sus gajos torcidos que nunca
de apretados capullos se viste...
Por eso,
cada vez que yo paso a su lado,
digo, procurando
hacer dulce y alegre mi acento:
«Es la higuera el más bello
de los árboles todos del huerto».
Si ella escucha,
si comprende el idioma en que hablo,
¡qué dulzura tan honda hará nido
en su alma sensible de árbol!
Y tal vez, a la noche,
cuando el viento abanique su copa,
embriagada de gozo le cuente:
¡Hoy a mí me dijeron hermosa!
viernes, 24 de mayo de 2013
Embriagada de gozo
JUANA DE IBARBOUROU
o Juana Fernández Morales
(Melo, Uruguay, 1892 - Montevideo, íd., 1979)
LA HIGUERA
Porque es áspera y fea,
porque todas sus ramas son grises,
yo le tengo piedad a la higuera.
En mi quinta hay cien árboles bellos,
ciruelos redondos,
limoneros rectos
y naranjos de brotes lustrosos.
En las primaveras,
todos ellos se cubren de flores
en torno a la higuera.
Y la pobre parece tan triste
con sus gajos torcidos que nunca
de apretados capullos se viste...
Por eso,
cada vez que yo paso a su lado,
digo, procurando
hacer dulce y alegre mi acento:
«Es la higuera el más bello
de los árboles todos del huerto».
Si ella escucha,
si comprende el idioma en que hablo,
¡qué dulzura tan honda hará nido
en su alma sensible de árbol!
Y tal vez, a la noche,
cuando el viento abanique su copa,
embriagada de gozo le cuente:
¡Hoy a mí me dijeron hermosa!
viernes, 25 de febrero de 2011
Sin sentir, sin soñar
Otro poema de JUANA DE IBARBOUROU
o Juana Fernández Morales
(Melo, Uruguay, 1892 - Montevideo, íd., 1979)
BAJO LA LLUVIA
Cómo resbala el agua por mi espalda!
¡Cómo moja mi falda,
y pone en mis mejillas su frescura de nieve!
Llueve, llueve, llueve,
y voy, senda adelante,
con el alma ligera y la cara radiante,
sin sentir, sin soñar,
llena de la voluptuosidad de no pensar.
Un pájaro se baña
en una charca turbia. Mi presencia le extraña,
se detiene… me mira… nos sentimos amigos…
¡Los dos amamos muchos cielos, campos y trigos!
Después es el asombro
de un labriego que pasa con su azada al hombro
y la lluvia me cubre de todas las fragancias
de los setos de octubre.
Y es, sobre mi cuerpo por el agua empapado
como un maravilloso y estupendo tocado
de gotas cristalinas, de flores deshojadas
que vuelcan a mi paso las plantas asombradas.
Y siento, en la vacuidad
del cerebro sin sueño, la voluptuosidad
del placer infinito, dulce y desconocido,
de un minuto de olvido.
Llueve, llueve, llueve,
y tengo en alma y carne, como un frescor de nieve.
o Juana Fernández Morales
(Melo, Uruguay, 1892 - Montevideo, íd., 1979)
BAJO LA LLUVIA
Cómo resbala el agua por mi espalda!
¡Cómo moja mi falda,
y pone en mis mejillas su frescura de nieve!
Llueve, llueve, llueve,
y voy, senda adelante,
con el alma ligera y la cara radiante,
sin sentir, sin soñar,
llena de la voluptuosidad de no pensar.
Un pájaro se baña
en una charca turbia. Mi presencia le extraña,
se detiene… me mira… nos sentimos amigos…
¡Los dos amamos muchos cielos, campos y trigos!
Después es el asombro
de un labriego que pasa con su azada al hombro
y la lluvia me cubre de todas las fragancias
de los setos de octubre.
Y es, sobre mi cuerpo por el agua empapado
como un maravilloso y estupendo tocado
de gotas cristalinas, de flores deshojadas
que vuelcan a mi paso las plantas asombradas.
Y siento, en la vacuidad
del cerebro sin sueño, la voluptuosidad
del placer infinito, dulce y desconocido,
de un minuto de olvido.
Llueve, llueve, llueve,
y tengo en alma y carne, como un frescor de nieve.
domingo, 9 de enero de 2011
El esfuerzo de reírme tanto...
JUANA DE IBARBOUROU
o Juana Fernández Morales
(Melo, Uruguay, 1892 - Montevideo, íd., 1979)
La higuera
Porque es áspera y fea,
porque todas sus ramas son grises,
yo le tengo piedad a la higuera.
En mi quinta hay cien árboles bellos,
ciruelos redondos,
limoneros rectos
y naranjos de brotes lustrosos.
En las primaveras,
todos ellos se cubren de flores
en torno a la higuera.
Y la pobre parece tan triste
con sus gajos torcidos que nunca
de apretados capullos se viste...
Por eso,
cada vez que yo paso a su lado,
digo, procurando
hacer dulce y alegre mi acento:
«Es la higuera el más bello
de los árboles todos del huerto».
Si ella escucha,
si comprende el idioma en que hablo,
¡qué dulzura tan honda hará nido
en su alma sensible de árbol!
Y tal vez, a la noche,
cuando el viento abanique su copa,
embriagada de gozo le cuente:
¡Hoy a mí me dijeron hermosa!
***
Así es la rosa
De la matriz del día
se alzó la rosa vertical y blanca
mientras todo rugía:
la tierra, el aire, el agua.
Tendí la mano para protegerla,
criatura de paz y de armonía,
completa, virgen, intocable, exacta
en la extensión total del mediodía.
Y me llevó el brazo la metralla.
Impávida seguía
en su serenidad y su victoria,
aunque en mi sangre la embebía.
Ni mi alarido hizo temblar sus pétalos
ni apagó su fragancia mi agonía.
Era la rosa, la perfecta y única.
Nada la detenía.
***
Despecho
¡Ah, que estoy cansada! Me he reído tanto,
tanto, que a mis ojos ha asomado el llanto;
tanto, que este rictus que contrae mi boca
es un rastro extraño de mi risa loca.
Tanto, que esta intensa palidez que tengo
(como en los retratos de viejo abolengo),
es por la fatiga de la loca risa
que en todos mis nervios su sopor desliza.
¡Ah, que estoy cansada! Déjame que duerma,
pues como la angustia, la alegría enferma.
¡Qué rara ocurrencia decir que estoy triste!
¿Cuándo más alegre que ahora me viste?
¡Mentira! No tengo ni dudas, ni celos,
ni inquietud, ni angustias, ni penas, ni anhelos.
Si brilla en mis ojos la humedad del llanto,
es por el esfuerzo de reírme tanto...
***
VIDA - GARFIO
Amante: no me lleves, si muero al camposanto
A flor de tierra abre mi fosa, junto al riente
alboroto divino de alguna pajarera
o junto a la encantada charla de alguna fuente
A flor de tierrra, amante. Casi sobre la tierra,
donde el sol me caliente los huesos, y mis ojos,
alargados en tallos, suban a ver de nuevo
la lámpara salvaje de los ocasos rojos.
A flor de tierra, amante. Que el tránsito así sea
más breve. Yo presiento
la lucha de mi carne por volver hacia arriba,
por sentir en sus átomos la frescura del viento.
Yo sé que acaso nunca allá abajo mis manos
podrán estarse quietas.
Que siempre como topos arañarán la tierra
en medio de las sombras estrujadas y prietas.
Arrójame semillas. Yo quiero que se enraícen
en la greda amarilla de mis huesos menguados.
¡Por la parda escalera de las raíces vivas
yo subiré a mirarte en los lirios morados!
***
La promesa
¡Todo el oro del mundo parecía
diluido en la tarde luminosa!
Apenas un crepúsculo de rosa
la copa de los árboles teñía.
Un imprevisto amor, mi mano unía
a tu mano, morena y temblorosa.
¡Éramos Booz y Ruth ante la hermosa
era que circundaba la alquería!
–¿Me amarás? –murmuraste. Lenta y grave
libró en mis labios la promesa suave
de la dulce, la amable moabita.
Y fue como un ¡amén! en ese instante
el toque de oración que alzó vibrante
la rítmica campana de la ermita.
o Juana Fernández Morales
(Melo, Uruguay, 1892 - Montevideo, íd., 1979)
La higuera
Porque es áspera y fea,
porque todas sus ramas son grises,
yo le tengo piedad a la higuera.
En mi quinta hay cien árboles bellos,
ciruelos redondos,
limoneros rectos
y naranjos de brotes lustrosos.
En las primaveras,
todos ellos se cubren de flores
en torno a la higuera.
Y la pobre parece tan triste
con sus gajos torcidos que nunca
de apretados capullos se viste...
Por eso,
cada vez que yo paso a su lado,
digo, procurando
hacer dulce y alegre mi acento:
«Es la higuera el más bello
de los árboles todos del huerto».
Si ella escucha,
si comprende el idioma en que hablo,
¡qué dulzura tan honda hará nido
en su alma sensible de árbol!
Y tal vez, a la noche,
cuando el viento abanique su copa,
embriagada de gozo le cuente:
¡Hoy a mí me dijeron hermosa!
***
Así es la rosa
De la matriz del día
se alzó la rosa vertical y blanca
mientras todo rugía:
la tierra, el aire, el agua.
Tendí la mano para protegerla,
criatura de paz y de armonía,
completa, virgen, intocable, exacta
en la extensión total del mediodía.
Y me llevó el brazo la metralla.
Impávida seguía
en su serenidad y su victoria,
aunque en mi sangre la embebía.
Ni mi alarido hizo temblar sus pétalos
ni apagó su fragancia mi agonía.
Era la rosa, la perfecta y única.
Nada la detenía.
***
Despecho
¡Ah, que estoy cansada! Me he reído tanto,
tanto, que a mis ojos ha asomado el llanto;
tanto, que este rictus que contrae mi boca
es un rastro extraño de mi risa loca.
Tanto, que esta intensa palidez que tengo
(como en los retratos de viejo abolengo),
es por la fatiga de la loca risa
que en todos mis nervios su sopor desliza.
¡Ah, que estoy cansada! Déjame que duerma,
pues como la angustia, la alegría enferma.
¡Qué rara ocurrencia decir que estoy triste!
¿Cuándo más alegre que ahora me viste?
¡Mentira! No tengo ni dudas, ni celos,
ni inquietud, ni angustias, ni penas, ni anhelos.
Si brilla en mis ojos la humedad del llanto,
es por el esfuerzo de reírme tanto...
***
VIDA - GARFIO
Amante: no me lleves, si muero al camposanto
A flor de tierra abre mi fosa, junto al riente
alboroto divino de alguna pajarera
o junto a la encantada charla de alguna fuente
A flor de tierrra, amante. Casi sobre la tierra,
donde el sol me caliente los huesos, y mis ojos,
alargados en tallos, suban a ver de nuevo
la lámpara salvaje de los ocasos rojos.
A flor de tierra, amante. Que el tránsito así sea
más breve. Yo presiento
la lucha de mi carne por volver hacia arriba,
por sentir en sus átomos la frescura del viento.
Yo sé que acaso nunca allá abajo mis manos
podrán estarse quietas.
Que siempre como topos arañarán la tierra
en medio de las sombras estrujadas y prietas.
Arrójame semillas. Yo quiero que se enraícen
en la greda amarilla de mis huesos menguados.
¡Por la parda escalera de las raíces vivas
yo subiré a mirarte en los lirios morados!
***
La promesa
¡Todo el oro del mundo parecía
diluido en la tarde luminosa!
Apenas un crepúsculo de rosa
la copa de los árboles teñía.
Un imprevisto amor, mi mano unía
a tu mano, morena y temblorosa.
¡Éramos Booz y Ruth ante la hermosa
era que circundaba la alquería!
–¿Me amarás? –murmuraste. Lenta y grave
libró en mis labios la promesa suave
de la dulce, la amable moabita.
Y fue como un ¡amén! en ese instante
el toque de oración que alzó vibrante
la rítmica campana de la ermita.
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Somos parecidos a esos sapos que en la austera noche de los pantanos se llaman sin verse, doblegando con su grito de amor toda la fatalidad del universo.
René Char
No haría falta amar a los hombres para darles una ayuda real. Sólo desear hacer mejor cierta expresión de su mirada cuando se detiene en algo más empobrecido que ellos, prolongar en un segundo cierto minuto agradable de su vida. A partir de esta diligencia y cada raíz tratada, su respiración se haría más serena. Sobre todo, no suprimirles por entero esos senderos penosos, a cuyo esfuerzo sucede la evidencia de la verdad a través de los llantos y los frutos.
René Char
René Char
No haría falta amar a los hombres para darles una ayuda real. Sólo desear hacer mejor cierta expresión de su mirada cuando se detiene en algo más empobrecido que ellos, prolongar en un segundo cierto minuto agradable de su vida. A partir de esta diligencia y cada raíz tratada, su respiración se haría más serena. Sobre todo, no suprimirles por entero esos senderos penosos, a cuyo esfuerzo sucede la evidencia de la verdad a través de los llantos y los frutos.
René Char