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jueves, 4 de octubre de 2018

Templo de nuestra unión al par que tálamo

JOHN DONNE

(Londres, Inglaterra, c.1572-1631)

LA PULGA
(Fragmento)

La pulga
Fíjate en esta pulga, y con su ejemplo advierte
que te haces del rogar por casi nada.
En mí chupó primero, y ahora chupa en ti,
y en ella nuestras sangres se combinan.
Admite que no puede eso llamarse falta,
ni deshonra ni pérdida de virgo.
Ella, no obstante, goza antes del galanteo
y se hincha, alimentada con la sangre de dos.
¡Y eso excede, ay, cuanto nosotros haríamos!.
¡Oh, detente! Tres vidas salvas en una pulga,
en la que somos casi… sí: más que cónyuges;
esta pulga es tú y yo,
templo de nuestra unión al par que tálamo.
Mal que pese a tus padres y a ti misma, esos
( muros
de azabache tan vivo nos enlazan y
( enclaustran.
Y aunque te predisponga el uso a que la
( mates,
evita que el suicidio, a más del sacrilegio,
se añada a ese delito: tres muertes, tres
( pecados.

Poesía erótica, de John Donne. Versión de José Luis Rivas. Madrid, Vaso Roto, 2015.

viernes, 17 de agosto de 2018

Pero el cuerpo es su libro

John Donne

(Londres, Inglaterra, 1572-1631)

EL ÉXTASIS

En una preñada colina que se ondula
Como una almohada sobre un lecho,
Para que las violetas reclinen sus cabezas,
Nos sentamos tú y yo, cada cual lo mejor del otro.
Nuestras manos, estrechamente ligadas
Por un fuerte bálsamo que de ellas provenía,
Y nuestras miradas, entrelazadas,
Ensartando nuestros ojos en una doble cuerda;
Entretejer así nuestras manos era, por el momento,
El único medio de hacer ambos, uno,
Y nuestra única propagación,
Las imágenes de nuestros ojos,
Como en dos ejércitos iguales, el destino
Aplaza la incierta victoria,
Nuestras almas (que para engrandecer su condición
Salieron del cuerpo), estaban suspendidas entre ella y yo.

Y mientras allí parlamentaban
Nosotros yacíamos como estatuas sepulcrales;
Todo el día estuvimos en la misma posición,
Y nada nos dijimos durante todo el día.
Si alguien, tan afinado para el amor,
Como para comprender el lenguaje de las almas,
Y que por el buen amor se hiciera todo espíritu,
Se hubiera detenido a conveniente distancia,
Él (aun sin saber qué alma hablaba,
Pues ambas decían, ambas significaban lo mismo),
Podría sacar de allí un nuevo elixir,
E irse mucho más puro que al llegar.
Este éxtasis nos ilumina
(Pensamos), y nos revela lo que amamos,
Vemos así que no era el sexo,
Vemos que no veíamos cuál era el móvil;
Pero todas las almas contienen
Una mezcla de elementos que ellas no conocen,
El amor mezcla de nuevo estas almas mezcladas,
Y hace de dos, una, siendo cada una de ellas misma y la otra.

Trasplanta una violeta,
La fuerza, el color y el tamaño,
(Todo lo que antes era mísero y escaso),
Crece aun, y se multiplica.
Cuando el amor una con otra,
Vivifica así dos almas,
El alma enriquecida que de allí brota
Los defectos de la soledad controla.
Entonces nosotros, que somos esa nueva alma,
Sabemos de qué estamos compuestos y hechos,
Pues los átomos de los cuales crecemos
Son almas que ningún cambio puede invadir.
Mas, oh, ¿por qué nos alejamos
De nuestros cuerpos durante tanto tiempo?
Son nuestros, aunque no son nosotros,
Nosotros somos las inteligencias, ellos la esfera,
Les debemos gratitud, porque ellos al principio
Nos acercaron el uno al otro,
Nos cedieron sus fuerzas, los sentidos,
Y no son para nosotros escoria, sino alivio.
No opera así sobre el hombre la influencia del cielo,
Sino, que primero se imprime en el aire
Para que el alma dentro del alma pueda fluir
Aunque primero pase por el cuerpo.
Tal como nuestra sangre se afana por engendrar
Espíritus, semejantes a las almas, como puede,
Porque los dedos necesitan tejer
Ese sutil nudo que hace de nosotros hombres,
También el alma de los amantes puros
Debe descender a facultades y afectos
Que los sentidos pueden alcanzar y aprehender,
De otro modo, un gran príncipe yace encarcelado.
Nos volvemos pues a nuestros cuerpos,
Para que los débiles hombres puedan contemplar el amor revelado;

Los misterios del amor crecen en las almas,
Pero el cuerpo es su libro.
Y si algún amante, como lo somos nosotros,
Ha oído este diálogo de uno,
Que siga observándonos, verá
Que al retornar a los cuerpos muy poco habremos cambiado.

Traducción de Alberto Girri y William Shand.

jueves, 9 de junio de 2016

A partir de ayer


John Donne
(Londres, Inglaterra, 1572-id., 1631)


El cálculo

En los primeros veinte años,
a partir de ayer,
trabajo me costará creer
que te hayas ido;
en los cuarenta siguientes,
con los favores que me diste
me sustentaría,
y otros cuarenta en esperanza,
si tú quisieras,
podrían durar.
En lágrimas anegadas
otros cien,
y al aire los suspiros
dos años más. En mil
no me atrevería pensar
en dividir todo mi ser,
que es pensamiento tuyo,
o en otros mil
a olvidarlo tampoco.
Sin embargo, no llamo
esta vida larga, que pienso
que soy, al fallecer, inmortal.
¿Pueden acaso morir las sombras?


De “Poemas amorosos”, Colección Visor, 1972, traducción de José M. Martín Triana

miércoles, 23 de septiembre de 2015

La luz no tiene lengua, es toda ojo

JOHN DONNE
(Londres, Inglaterra, c.1572-1631)

Meditación XVII

Nunc Lento Sonitu Dicunt , Morieris (Now this bell, tolling softly for another, says to me, Thou must die.//
Ahora esta campana, que suena suavemente para otro, me dice, has de morir. 

Acaso, que para quien esta campana que suena puede ser tan mala, como que no sabe que suena para él, y tal vez me puedo creer a mí mismo mucho mejor de lo que soy, ya que los que están a mí alrededor y ven mi estado, pueden haber causado que sonara para mí, y yo no lo sabía. La Iglesia es católica, universal, también lo son todas sus acciones, todo lo que ella hace es de todos. Cuando se bautiza a un niño, la acción me preocupa, porque ese niño está así conectado a ese cuerpo que es mi cabeza también, e injertado en ese cuerpo del cual yo soy miembro. Y cuando se entierra a un hombre, la acción me preocupa; la humanidad es de un autor, y es un volumen, cuando un hombre muere, un capítulo no se arranca del libro, pero se tradujo en un mejor lenguaje, y cada capítulo debe ser traducido así: Dios emplea a varios traductores; algunas piezas son traducidas por la edad, otros por enfermedad , otros por la guerra, otros por la justicia, pero la mano de Dios está en todas las traducciones, y su mano vinculará a todas nuestras hojas dispersas de nuevo para esa biblioteca donde todos los libros se encuentran abiertos el uno al otro. Por tanto, la campana que suena a un sermón no exhorta sólo al predicador, pero sobre todo a la congregación que ha de venir, por lo que esta campana nos llama, pero ¿cuánto más yo, que soy llevado tan cerca de la puerta por esta enfermedad?

Hubo una disputa en cuanto a una demanda (en el que se mezclaban tanto la piedad y dignidad, la religión y la estimación), ¿cuál de las órdenes religiosas deben llamar a la oración primera de la mañana? y se determinó, que deben sonar primero las campanas la que se levantó más temprano. Si entendemos correctamente la dignidad de esta campana que suena para nuestra oración de la tarde, se espera que sea nuestro por levantarse temprano, en esa disciplina, que podría ser la nuestra, así como la suya, que de hecho lo es.

La campana sonó para aquel que fue, y aunque intermitente suena de nuevo, sin embargo, a partir de ese momento que esta ocasión obró sobre él, que está unida a Dios. ¿Quién no echa un vistazo al sol cuando se levanta? ¿Quién le quita el ojo a un cometa que aparece? ¿Quién no presta oído a ninguna campana que suena en cualquier ocasión? pero ¿quién puede eliminarlo de la campana que está pasando un pedazo de sí mismo fuera de este mundo? Ningún hombre es una isla, completo en sí mismo, cada hombre es un pedazo del continente, una parte principal. Si un terrón de tierra es arrastrado por el mar, toda Europa queda disminuida, así como si fuera un promontorio, así como casa de tu amigo o la tuya propia: la muerte de cualquier hombre me disminuye, porque soy parte de la humanidad, y por lo tanto nunca preguntes por quién doblan las campanas, doblan por ti.

Tampoco podemos llamamos una mendicidad de la miseria, o bien una necesidad de la miseria, como si no estábamos lo suficientemente miserables de nosotros mismos, sino que debemos buscar en más de la casa de al lado, al tomar sobre nosotros el sufrimiento de nuestros vecinos. En verdad se trataría de una codicia excusable si lo hiciéramos, porque la aflicción es un tesoro, y escaso alguno tiene bastante de él. Ningún hombre tiene aflicción suficiente que no está maduro y madurado por el mismo, y se ajuste a Dios por esa aflicción. Si un hombre lleva tesoro en lingotes o en un lingote de oro, y no posee ninguno acuñado en dinero actual, su tesoro no le sufraga mientras viaja. La Tribulación es el tesoro de la naturaleza de la misma, pero no es moneda corriente en el uso de la misma, salvo que obtenemos cada vez más cerca nuestra casa, el cielo, por el mismo. Otro hombre puede estar enfermo también, y enfermo de muerte, y esta afección puede estar en sus entrañas, como el oro en una mina, y ser de ninguna utilidad para él, pero esta campana, que me dice de su aflicción, se esfuerza por salir y se aplica ese oro para mí: si por esta consideración del peligro de otro tomo la mía propia en la contemplación, y así asegurar a mí mismo, por lo que recurro a mi Dios, que es nuestra única seguridad.

(Quién no echa una mirada al sol cuando atardece?
¿Quién quita sus ojos del cometa cuando estalla?
¿Quién no presta oídos a una campana cuando por algún hecho tañe?
¿Quién puede desoír esa campana cuya música lo traslada fuera de este mundo?

Ningún hombre es una isla entera por sí mismo.
Cada hombre es una pieza del continente, una parte del todo.
Si el mar se lleva una porción de tierra, toda Europa queda disminuida, como si fuera un promontorio, o la casa de uno de tus amigos, o la tuya propia.
Ninguna persona es una isla; la muerte de cualquiera me afecta, porque me encuentro unido a toda la humanidad; por eso, nunca preguntes por quién doblan las campanas; doblan por ti.)

De Devociones sobre ocasiones emergentes (1623)
**
XV

Intereà insomnes noctes Ego duco, Diesque

No duerme ni de día ni de noche

Los hombres corrientes han concebido un doble uso del sueño; que es un alivio del cuerpo en esta vida; que es una preparación del alma para la próxima; que es una fiesta y la gracia de una fiesta; que es nuestro esparcimiento y nos regocija, y es nuestro catecismo y nos instruye; y yacemos en la esperanza de que nos levantaremos más fuertes; y yacemos en la inteligencia de que no hemos de alzarnos más. El sueño es un opio que nos da descanso, acaso, sometido a él, no nos despertaremos más. Pero aunque los hombres corrientes, que han inducido consideraciones secundarias y metafóricas, han hallado este segundo, este emblemático uso del sueño, de que es una representación de la muerte; Dios, quien forjó y perfeccionó su obra, antes de que la naturaleza comenzara (porque la naturaleza no fue sino su aprendiz, que aprendió en los primeros siete días, y ahora es su capataz y trabaja bajo sus órdenes), Dios, decía, destinó el sueño solamente para alivio del hombre mediante su descanso corporal, y no como imagen de la muerte, porque todavía no había pensado en la muerte. Pero habiendo el hombre provocado la muerte sobre sí mismo, Dios ha tomado esa criatura del hombre, la muerte, en sus manos y la ha mejorado; y por cuanto tuvo terrible forma y aspecto, y el hombre su horrorizó de su propia criatura, Dios e la presentó en una familiar, en una asidua, en una agradable y aceptable forma, como sueño, de modo que cuando el hombre despierta, y se dice a sí mismo: "No estaré de otra manera, cuando haya muerto, que como estuve ahora, mientras dormía", puede avergonzarse de sus sueños al despertar, y de su melancólica fantasía de una horrible y espantosa figura de esa muerte que tanto se asemeja al sueño. Así como necesitamos del sueño para vivir nuestros setenta años, también necesitamos de la muerte para vivir esa vida que no podemos sobrevivir. Y así como, siendo la muerte nuestro enemigo, Dios nos permite defendernos en contra de ella (ya que nos avituallamos en contra de la muerte dos veces por día, cuando comemos), también Dios, habiendo dulcificado, como lo ha hecho, nuestra muerte en sueño, nos pone en manos de nuestro enemigo una vez por día; en la medida en que el sueño es muerte; y el sueño es tan muerte como el alimento es vida. Tal es, pues, la miseria de mi enfermedad, que la muerte, conforme es creada por mí mismo, y es mi propia criatura, está ahora ante mis ojos, pero en la forma en que Dios la ha mitigado para nosotros, y la ha hecho aceptable, en sueño, no puedo verla; ¡cuántos prisioneros que han cavado ellos mismos sus tumbas en esta tierra, sobre la que han yacido tanto tiempo bajo fuertes grillos, sin embargo en esta hora están dormidos, aunque todavía trabajen sobre sus propias tumbas con su propio peso! El que ha visto a su amigo morir hoy, o sabe que lo verá morir mañana, se hunde sin embargo en un sueño intermedio. Yo no puedo; y, oh, si ahora estoy entrando en la eternidad, donde ya no habrá diferencias de horas, ¿por qué me ocupo ahora de la marcha de los relojes?; ¿por qué ninguna de las opresiones de mi corazón le son ahorradas a mis párpados, para que puedan caer, como caerá mi corazón? ¿Y por qué, puesto que he perdido mi placer en todas las cosas, no puedo interrumpir la facultad de verlas, cerrando mis ojos en el sueño? Pero, ¿por qué, ya que estoy entrando en esa presencia, donde estaré continuamente despierto y nunca más dormiré, no interpreto mi estar continuamente despierto, aquí, como una parasceve, y mi preparación para aquello?

De Devociones, traducción de Alberto Girri.
**
Usura de amor

Por cada hora que ahora me concedas,
                te entregaré,
Dios usurero del Amor, a ti, veinte,
cuando a mis cabellos negros los grises sean iguales.
Hasta entonces, Amor, deja que mi cuerpo reine, y deja 
que viaje, me quede, aproveche, intrigue, posea, olvide;
la del año anterior retorne, y piense que aún
                no nos conocíamos.

Deja que imagine mía la misiva de cualquier rival,
                y nueve horas después cumpla la promesa 
de la media noche. En el camino tome
a doncella por señora, y a ésta le hable del retraso.
Deja que a ninguna ame, ni a la diversión siquiera.
Desde la hierba del campo hasta las confituras de la Corte
o fruslería de la urbe, deja que informes 
                a mi mente la transporten.

Esta oferta es buena. Si, cuando viejo, por ti
                soy inflamado;
si tu honor, mi pudor o mi dolor
codicias, más a esa edad podrás ganar. 
Haz tu voluntad entonces; entonces objeto y grado,
y frutos del amor. Amor, a ti someto.
Déjame hasta entonces. Lo acataré, aunque se trate
                de una que me ame.

Versión de Purificación Ribes
**
Alquimia de amor

Algunos que más hondo que yo en la mina del amor han excavado
dicen dónde se halla su céntrica felicidad.
Yo he amado, y poseído, y relatado,
mas, aunque hasta la ancianidad amara, poseyera y refiriera,
ese misterio escondido no habría de encontrarlo.
Todo, ¡ay!, es impostura.
Y como ningún alquimista obtuvo aún el elixir,
mas su marmita repleta glorifica
si por casualidad
algo odorífero o medicinal le sobreviene,
así un deleite pleno y prolongado sueñan los enamorados,
para obtener una noche de estío, de apariencia invernal.
Por esta vana sombra de burbuja ¿habremos de entregar
nuestro bienestar, esfuerzo, honor y vida?
¿En esto amor termina? ¿puede cualquiera
tan feliz ser como yo si soportar puede
la burla breve de una representación de novio?
Ese infeliz amante que asegura,
no es la médula del cuerpo; es de la mente,
lo que él en ella angelical encuentra,
igual jurar podría que escucha en el rudo,
crudo, griterío de ese día, las esferas.
No esperes hallar inteligencia en la mujer: a lo sumo,
dulzura e ingenio; momias, sólo, poseídas.

Versión de Purificación Ribes
**
Al romper el día

Es cierto, es ya de día, ¿y a nosotros
qué nos importa? ¿Piensas levantarte
de nuestra cama? ¿Por qué, porque hay luz?
¿Nos acostamos porque anochecía?
Amor, que aquí nos trajo a pesar de la noche,
debiera mantenernos juntos pese al día.

La luz no tiene lengua, es toda ojo;
si hablar pudiera como puede espiar,
lo peor de que podría ser testigo
es de que, estando bien, querría quedarme
y de que tanto amé a mi corazón y honor
que no acepté alejarme de su dueño.

¿Te debe alejar tu trabajo de mí?
Oh, ése es el más cruel mal del amor:
el pobre, el falso, el flojo aceptan
amar con calma, no el hombre ocupado.
Quien tiene trabajo y seduce a una dama perjura
igual que un hombre casado que corteja a otra.

Versión de Fernando Pérez

domingo, 21 de julio de 2013

Yo he amado, y poseído, y relatado

JOHN DONNE

(Londres, Inglaterra, c.1572-1631)

Amor negativo

Nunca tanto me abatí como aquellos
Que en un ojo, mejilla, labio, hacen presa;
Rara vez hasta aquellos que más no se remontan
Que para admirar virtud o mente:
Pues sentido e inteligencia pueden
Conocer aquello que su fuego aviva.
Mi amor, aunque ignorante, es más audaz.
Fracase yo cuando suspire,
Si he de saber qué desearé.
Si es simplemente lo perfecto
Lo que expresarse no se puede
Sino con negativos, así es mi amor.
Al todo que todos aman digo no.
Si quien descifrar puede
Aquello que desconocemos, a nosotros, conocer puede,
Enséñeme él esa nada. Este, por ahora,
Mi alivio es y mi consuelo:
Aún cuando no progreso, fallar no puedo.
***
TESTAMENTO
(Legado al amor)

Antes que entregue al fin mi último suspiro, permíteme que exhale, oh poderoso Amor, algunas voluntades. Por la presente dejo mis pupilas a Argos, si mis pupilas ven,
mas si son ciegas, a ti te las dejo, Amor;
a la Fama, mi lengua; a los embajadores, mis oídos;
a las mujeres o al mar, mi llanto.
Tú, Amor, me has enseñado tiempo hace,
cuando me hiciste siervo de mujer que otros veinte tenía,
a nada dar sino al que antes en demasía hubiese ya tenido.

Mi constancia doy a los planetas;
mi verdad, a quienes viven en la corte;
mi ingenuidad y mi franqueza
doy a los jesuitas; a los bufones, mi melancolía;
mi silencio, a cualquiera que haya vuelto de lejanos países;
a un capuchino, mi dinero.
Tú, Amor, me has enseñado, pues me hiciste
Amar donde el amor no tenía acogida,
a dar tan sólo a quien el don no sirve.

Doy mi fe a los católicos-romanos;
mis buenas obras doy a los cismáticos
de Ámsterdam; lo mejor de mis modos
y mi cortesanía, a una universidad;
mi modestia la doy a harapientos soldados,
compartan los jugadores mi paciencia.
Tú, Amor, me has enseñado, pues me hiciste
amar a una mujer que mi amor tuvo en poco,
a dar a quien mis dones juzga indignos.

Doy mi reputación a cuantos fueron
mis amigos; mi habilidad, a mis enemigos;
lego a los escolásticos mis dudas;
mi enfermedad, a médicos o a excesos;
a la naturaleza, cuanto he escrito en verso;
y a mis compañeros, doy mi ingenio.
Tú, Amor, que me rendiste
a quien antes en mí este amor engendrara,
me has enseñado a dar como si diese, cuando tan sólo restituyo.

A aquel por el que doble la próxima campana
dejo mis libros médicos; todos mis manuscritos
de consejos morales doy a los manicomios;
mis medallas de bronce, a los que viven
en privación de pan; lego a los que viajan
por tierras extranjeras mi lengua inglesa.
Tú, Amor, que me impusiste amar
a quien creyó su amor suficiente alimento
para amantes más jóvenes, da también a mis dones igual desproporción.

Dejaré, pues, de dar; más desharé
el mundo con mi muerte, porque con ella morirá el amor.
Todas vuestras bellezas no valdrán más entonces
que el oro de las minas cuando nadie lo extrae;
ni serán ya más útiles todos vuestros encantos
que un cuadrante solar en una tumba.
Tú, Amor, me enseñas, pues me has enamorado
de quien a ti y a mí deja en el olvido,
a inventar y aplicar el solo medio que a los tres a la nada nos reduce.

(Versión de José Ángel Valente)
***
Alquimia de amor

Algunos que más hondo que yo en la mina del amor han excavado
Dicen dónde se halla su céntrica felicidad.
Yo he amado, y poseído, y relatado,
Mas, aunque hasta la ancianidad amara, poseyera y refiriera,
Ese misterio escondido no habría de encontrarlo.
Todo, ¡ay!, es impostura.
Y como ningún alquimista obtuvo aún el elixir,
Mas su marmita repleta glorifica
Si por casualidad
Algo odorífero o medicinal le sobreviene,
Así un deleite pleno y prolongado sueñan los enamorados,
Para obtener una noche de estío, de apariencia invernal.
Por esta vana sombra de burbuja ¿habremos de entregar
Nuestro bienestar, esfuerzo, honor y vida?
¿En esto amor termina?, ¿puede cualquiera
Tan feliz ser como yo si soportar puede
La burla breve de una representación de novio?
Ese infeliz amante que asegura,
No es la médula del cuerpo; es de la mente,
Lo que él en ella angelical encuentra,
Igual jurar podría que escucha en el rudo,
Crudo, griterío de ese día, las esferas.
No esperes hallar inteligencia en la mujer: a lo sumo,
Dulzura e ingenio; momias, sólo, poseídas.


Tomado de grandespoetasfamosos.blogspot.com.ar/

miércoles, 20 de junio de 2012

¿Pueden acaso morir las sombras?


JOHN DONNE
(Londres, Inglaterra, c.1572-1631)

X

Muerte no seas soberbia porque tú no eres así,
aunque algunos te han llamado temible y poderosa,
puesto que, aquellos a quienes tú piensas has derrocado,
no mueren, pobre muerte, ni siquiera puedes tú matarme.
Del descanso y del sueño, que solo tus imágenes son
—gran placer— entonces de ti, mucho más debe fluir,
y tarde o temprano nuestros mejores hombres van contigo,
los restos de sus huesos, y la salvación de sus almas.
Tú eres esclava del Destino, Azar, reyes y hombres desesperados,
y con veneno, crueldad y enfermedad moras,
y fetiches o encantos también pueden hacernos dormir,
y mejor aun tu caricia; ¿por qué presumes, entonces?
Pasado un corto sueño, despertamos a la eternidad,
y la muerte ya nunca será; muerte, tú morirás.

Versión de Silvia Camerotto
***
Por quién doblan las campanas

¿Quién no echa una mirada al sol cuando atardece?
¿Quién quita sus ojos del cometa cuando estalla?
¿Quién no presta oídos a una campana cuando por algún hecho tañe?
¿Quién puede desoír esa campana cuya música lo traslada fuera de este mundo?  

Ningún hombre es una isla entera por sí mismo.
Cada hombre es una pieza del continente, una parte del todo.
Si el mar se lleva una porción de tierra, toda Europa queda disminuida, como si fuera un promontorio, o la casa de uno de tus amigos, o la tuya propia.
Ninguna persona es una isla; la muerte de cualquiera me afecta, porque me encuentro unido a toda la humanidad; por eso, nunca preguntes por quién doblan las campanas; doblan por ti.
***
El cálculo

En los primeros veinte años,
a partir de ayer,
trabajo me costará creer
que te hayas ido;
en los cuarenta siguientes,
con los favores que me diste
me sustentaría,
y otros cuarenta en esperanza,
si tú quisieras,
podrían durar.
En lágrimas anegadas
otros cien,
y al aire los suspiros
dos años más. En mil
no me atrevería pensar
en dividir todo mi ser,
que es pensamiento tuyo,
o en otros mil
a olvidarlo tampoco.
Sin embargo, no llamo
esta vida larga, que pienso
que soy, al fallecer, inmortal.
¿Pueden acaso morir las sombras?

Traducción de José M. Martín Triana
***
La prohibición

Cuídate de amarme,
Recuerda al menos que te lo he prohibido;
No es que compense mi derroche de sangre y aliento
Con tus lágrimas y suspiros,
Siendo contigo como tú fuiste para mí;
Pero es tanta la alegría que nuestra vida goza,
Que al menos que tu amor se frustre con mi muerte,
Si me amas, cuídate de amarme.

Cuídate de odiarme,
O de triunfar con exceso en la victoria.
No es que quiera defenderme,
Y devolver odio por odio,
Mas perderás tu hábito de conquistador,
Si yo, tu conquista, perezco bajo tu odio.
Entonces, para que mi nulidad no te disminuya,
Si me odias, cuídate de odiarme.

No obstante, ámame y ódiame,
Para que estos extremos se neutralicen;
Ámame, y podré morir de la manera más dulce;
Ódiame, pues tu amor es demasiado para mí:
O deja que ambas cosas se marchiten, y no yo,
Que siendo tu escenario, viviré sin triunfar,
No sea que destroces tu amor, tu odio y a mí mismo,
Para dejarme vivir, oh ámame y ódiame.

Versión de William Shand y Alberto Girri
Somos parecidos a esos sapos que en la austera noche de los pantanos se llaman sin verse, doblegando con su grito de amor toda la fatalidad del universo.
René Char


No haría falta amar a los hombres para darles una ayuda real. Sólo desear hacer mejor cierta expresión de su mirada cuando se detiene en algo más empobrecido que ellos, prolongar en un segundo cierto minuto agradable de su vida. A partir de esta diligencia y cada raíz tratada, su respiración se haría más serena. Sobre todo, no suprimirles por entero esos senderos penosos, a cuyo esfuerzo sucede la evidencia de la verdad a través de los llantos y los frutos.
René Char