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sábado, 6 de junio de 2015

La vida había difamado a la muerte. La vida sí que era cruel

JACK LONDON

John Griffith Chaney
(San Francisco, EE.UU., 1876-Glen Ellen, íd., 1916)


La llamada de lo salvaje
(The Call of the Wild)
Fragmentos

Sobre aquellos amplios dominios reinaba Buck. Allí había nacido y allí había vivido los
cuatro años de su existencia. Es verdad que había otros perros, pero no contaban. Iban y
venían, se instalaban en las espaciosas perreras o moraban discretamente en los rincones de
la casa, como Toots, la perrita japonesa, o Ysabel, la pelona mexicana, curiosas criaturas
que rara vez asomaban el hocico de puertas afuera o ponían las patas en el exterior. Una
veintena al menos de foxterriers ladraba ominosas promesas a Toots e Ysabel, que los
miraban por las ventanas, protegidas por una legión de criadas armadas de escobas y
fregonas.
Pero Buck no era perro de casa ni de jauría. Suya era la totalidad de aquel ámbito. Se
zambullía en la alberca o salía a cazar con los hijos del juez, escoltaba a sus hijas, Mollie
y Alice, en las largas caminatas que emprendían al atardecer o por la mañana temprano, se
tendía a los pies del juez delante del fuego que rugía en la chimenea en las noches de
invierno, llevaba sobre el lomo a los nietos de Miller o los hacía rodar por la hierba, y
vigilaba sus pasos en las osadas excursiones de los niños hasta la fuente de las caballerizas e incluso más allá, donde estaban los potreros y los bancales de bayas. Pasaba altivamente por entre los foxterriers, y a Toots e Ysabel no les hacía el menor caso, pues era el rey, un monarca que regía sobre todo ser viviente que reptase, anduviera o volase en la finca del juez Miller, humanos incluidos.
Su padre, Elmo, un enorme san bernardo, había sido compañero inseparable del juez, y
Buck prometía seguir los pasos de su padre. No era tan grande –pesaba sólo sesenta kilosporque su madre, Shep, había sido una perra pastora escocesa. Pero sus sesenta kilos, añadidos a la dignidad que proporcionan la buena vida y el respeto general, le otorgaban un porte verdaderamente regio. En sus cuatro años había vivido la regalada existencia de un aristócrata: era orgulloso y hasta egotista, como llegan a serlo a veces los señores rurales debido a su aislamiento. Pero se había librado de no ser más que un consentido perro doméstico. La caza y otros entretenimientos parecidos al aire libre habían impedido que engordase y le habían fortalecido los músculos; y para él, como para todas las razas adictas a la ducha fría, la afición al agua había sido un tónico y una forma de mantener la salud.
Así era el perro Buck en el otoño de 1897, cuando multitud de individuos del mundo
entero se sentían irresistiblemente atraídos hacia el norte por el descubrimiento que se había producido en Klondike. Pero Buck no leía los periódicos ni sabía que Manuel, uno de los ayudantes del jardinero, fuera un sujeto indeseable. Manuel tenía un vicio, le apasionaba la lotería china. Y además jugaba confiando en un método, lo que lo llevó a la ruina inevitable. Porque el jugar según un método requiere dinero, y el salario de un ayudante de jardinero escasamente cubre las necesidades de una esposa y una numerosa prole.
La memorable noche de la traición de Manuel, el juez se encontraba en una reunión de la
Raisin Growers' Association* y los muchachos, atareados en la organización de un club
deportivo. Nadie vio salir a Manuel con Buck y atravesar el huerto, y el animal supuso que
era simplemente un paseo. Y nadie, aparte de un solitario individuo, les vio llegar al
modesto apeadero conocido como College Park. Aquel sujeto habló con Manuel y hubo
entre los dos un intercambio de monedas.
* Asociación de Cultivadores de Pasas.
**
Buck había aceptado la soga con serena dignidad. Era un acto insólito, pero él había
aprendido a confiar en los hombres que conocía y a reconocerles una sabiduría superior a
la suya. Pero cuando los extremos de la soga pasaron a manos del desconocido, soltó un
gruñido amenazador. No había hecho más que dejar entrever su disgusto, convencido en su orgullo que una mera insinuación equivalía a una orden. Pero para su sorpresa, la soga se le tensó en torno al cuello y le cortó la respiración. Furioso, saltó hacia el hombre, quien lo interceptó a medio camino, lo aferró del cogote y, con un hábil movimiento, lo arrojó al
suelo. A continuación apretó con crueldad la soga, mientras Buck luchaba frenéticamente
con la lengua fuera y un inútil jadeo de su gran pecho. Jamás en la vida lo habían tratado
con tanta crueldad, y nunca había experimentado un furor semejante. Pero las fuerzas le
abandonaron, se le pusieron los ojos vidriosos y no se enteró siquiera de que, al detenerse
el tren, los dos hombres lo arrojaban al interior del furgón de carga.
Al volver en sí tuvo la vaga conciencia de que le dolía la lengua y de que estaba viajando
en un vehículo que traqueteaba. El agudo y estridente sil bato de la locomotora al acercarse a un cruce le reveló dónde estaba. Había viajado demasiadas veces con el juez, para no reconocer la sensación de estar en un furgón de carga. Abrió los ojos, y en ellos se reflejó la incontenible indignación de un monarca secuestrado. El hombre intentó cogerlo por el pescuezo, pero Buck fue más rápido que él. Sus mandíbulas se cerraron sobre la mano y él no las aflojó hasta que una vez más perdió el sentido.
**
En cuanto dio un paso sobre aquella fría superficie, las patas de Buck se hundieron
en algo blanco y fofo que parecía barro. Saltó hacia atrás con un bufido. Por el
aire caían más cosas de aquellas blancas. Se sacudió, pero le seguían cayendo encima. Entonces las olisqueó, curioso, y luego lamió algunas con la lengua. Quemaban como el fuego y luego desaparecían.
Esto le intrigó. Repitió la operación con los mismos resultados. Algunas gentes
lo observaban riéndose a carcajadas y a Buck le dio vergüenza sin saber por
qué: era la primera vez que veía la nieve.
**
Hay un éxtasis que señala la cúspide de la vida, más allá de la cual la vida no puede elevarse. Pero la paradoja de la vida es tal que ese éxtasis se presenta cuando uno está vivo, y se presenta como un olvido total de que se está vivo. Ese éxtasis, ese olvido de la existencia, alcanza al artista, convirtiéndolo en una llama de pasión. Alcanza al soldado, que en el ardor de la batalla ni pide ni da tregua, y alcanzó a Buck que corría al frente de la jauría lanzando el atávico grito de los lobos y pugnando por atrapar la presa que huía a la luz de la luna. Estaba surcando los abismos de su especie y de las generaciones más remotas, estaba retornando al seno del Tiempo. Estaba dominado por el puro éxtasis de la vida, por la oleada de la existencia, por el goce perfecto de cada músculo, de cada articulación, de cada nervio, y todo era alborozo y delirio, expresión en sí misma del movimiento que lo hacía correr triunfante bajo la luz de las estrellas y sobre la materia inerte y helada. 
**
Una vez en el suelo, a Morganson se le quitó el miedo. Se imaginó que lo encontraban muerto en la nieve y estuvo un rato llorando, compadeciéndose de sí mismo. Pero no tenía miedo. Ya no se sentía con fuerza para luchar. Cuando intentó abrir los ojos se dio cuenta de que las lágrimas se le habían helado y le resultó imposible hacerlo. No se molestó en quitarse el hielo. Que más daba. No se había imaginado que la muerte fuera tan sencilla. Hasta le irritaba haber luchado y sufrido durante tantas semanas de agotamiento. Le había acobardado y engañado el temor a morir. Pero la muerte no era dolorosa. Cada tomento que había sufrido había sido un tormento de la vida. La vida había difamado a la muerte. La vida sí que era cruel.
Pero se le pasó la irritación. Qué importaban las mentiras y los engaños de la vida ahora que se hallaba al término de la suya. Se dio cuenta de que se quedaba amodorrado y le embargaba un dulce sueño reparador que le prometía alivio y descanso. Apenas oía el aullido de los perros y por un momento tuvo conciencia de que el hielo ya no mordía los dominios de su carne. Luego la luz y el pensamiento cesaron de latir bajo sus párpados de lágrimas y con un cansado suspiro de alivio se quedo dormido.
***
"Todo ese resurgir de viejos instintos que en determinados períodos lleva a los hombres desde las bulliciosas a los bosques y las llanuras para matar con perdigones de plomo impulsados por métodos químicos, la concupiscencia de la sangre, el placer de matar, todo eso lo sentía Buck, sólo que de una manera más íntima.

De La llamada de lo salvaje (1903)
Trad. de Joseph Culb

lunes, 29 de octubre de 2012

La vida es como una espuma, un fermento

Tomada de elbustodepalas.blogspot.com.ar
JACK LONDON
John Griffith Chaney
(San Francisco, EE.UU., 1876-Glen Ellen, íd., 1916)


Delante de los perros, calzando anchos y blandos zapatos de pelo para la nieve, avanzaba trabajosamente un hombre. Detrás del trineo iba otro. Dentro, en la caja, iba un tercero para quien todo esfuerzo había ya terminado: una víctima de aquel salvaje desierto, un vencido que no se movería ni lucharía ya más, aplastado, aniquilado por él. Al desierto no suele gustarle el movimiento. Toma como una ofensa la vida, porque vida es movimiento, y él tiende siempre a destruirlo. Hiela el agua para no dejarla correr hacia el mar; les roba la savia a los árboles –hasta helarles el potente corazón; y con mayor ferocidad, y por más terrible modo aún, anonada y obliga a someterse al hombre. Al hombre, que es lo más inquieto que la vida ofrece, siempre en rebelión, justamente en contra de la idea de que todo movimiento acaba con la cesación del mismo.

Fragmento de Colmillo Blanco
***

–Creo que la vida es como una espuma, un fermento –respondió prontamente–; una cosa que tiene movimiento y que puede moverse durante un minuto, una hora, un año o cien años, pero que al fin cesará de moverse. El grande se come al pequeño, para poder continuar moviéndose; el fuerte al débil, para conservar la fuerza. El afortunado se come la mayor parte, y se mueve más tiempo, eso es todo. ¿Qué te parecen estas cosas?
Dirigió  el  brazo  con un gesto  de  impaciencia  hacia  unos  cuantos  marineros  que maniobraban con unas cuerdas en el centro del barco.
–Esos se mueven para que se mueva la materia, se mueven para comer y para poder seguir moviéndose, ahí lo tienes todo. Viven para el estómago, y el estómago existe para ellos. Es un círculo que no tiene salida. Ellos tampoco. Se detienen al fin, ya no se mueven, están muertos.
–Pero sueñan –interrumpí yo–, tienen sueños radiantes, luminosos...
–De comida –concluyó sentenciosamente. 
–Y de otras cosas...
–¡Comer! Sueñan en tener más apetito y más suerte para satisfacerlo –su voz sonaba dura, monótona–. Porque, fíjate, ellos sueñan en hacer viajes productivos que les reporten más dinero, en llegar a ser segundos en los barcos, en encontrar fortunas... en una palabra, en mejorar de posición para comerse a sus semejantes, en tener buena comida todas las noches y
que otros carguen con el trabajo despreciable. Tú y yo somos exactamente como ellos. No hay ninguna diferencia entre ellos y nosotros, como no sea aquella que estriba en tener más comida y mejor. Yo les como a ellos ahora y a ti también; pero en otros tiempos tú has comido más que yo, tú has dormido en lechos mullidos, has vestido ropas buenas y comido buenos alimentos. ¿Quién hizo aquellas camas y aquellas ropas y aquellas comidas? Tú no, tú nunca hiciste nada con tu propio sudor. Tú vives de la fortuna que ganó tu padre; tú eres como la conocida palmípeda que se deja caer sobre las bubias para robarles el pez que han cogido; tú formas parte de una multitud de hombres que han hecho lo que ellos llaman un Gobierno, y que dominan a los demás hombres, que se comen los alimentos  que otros hombres han obtenido y que les hubiera gustado comerse ellos. Tú llevas las ropas que calientan; ellos las
hicieron, pero van tiritando en sus andrajos y te piden a ti, a tu abogado o al agente de negocios que te administra el dinero, que se las compres.
–Eso no tiene nada que ver con la cuestión –exclamé.
–Ya lo creo  –ahora hablaba  rápidamente  y sus  ojos  relampagueaban–. Esto es  un egoísmo y esto es la vida. ¿De qué sirve o qué sentido tiene la inmoralidad del egoísmo? ¿Qué objeto tiene? ¿Qué dices a todo? Tú no has hecho la comida; sin embargo, lo que tú has comido o desperdiciado hubiese salvado la vida de una veintena de infelices que hicieron la comida, pero no la comieron. Considérate a ti mismo a mí. ¿Qué valor tiene tu ponderada inmortalidad, cuando tu vida discurre mezclada con la mía? Tú quisieras volverte a tierra, que es sitio más favorable para tu clase de egoísmo; yo, en cambio, tengo el capricho de tenerte a bordo de este barco, donde puedo abusar de ti; te doblaré o te romperé, podrás morir hoy, esta semana o el mes que viene y aún podría matarte ahora mismo de un puñetazo, porque eres un
miserable alfeñique. Ahora bien; si somos inmortales, ¿qué razón hay para ello? El abusar como tú y yo hemos hecho toda la vida no parece que sea precisamente lo que deben hacer los mortales. De nuevo te pregunto: ¿qué dices a todo esto? ¿Por qué te he retenido aquí?
–Porque usted es más fuerte –conseguí articular. 
–Pero, ¿por qué soy más fuerte? –continuó, con sus interminables preguntas–. Porque soy una porción mayor del fermento que tú. ¿Lo ves?
–Esto es para desesperarse –protesté.
–Estoy  de  acuerdo  contigo  –continuó–.  Entonces  ¿por  qué  nos  movemos  si  el movimiento es vida? Sin moverse y ser una parte del fermento no habría desesperación. Pero (y en esto está el toque) queremos vivir y movernos aunque no tengamos razón para ello, porque sucede que la naturaleza de la vida es vivir y moverse, querer vivir más. Si no fuera por eso, la vida moriría. A causa de esta vida que hay en ti, es por lo que sueñas en tu inmortalidad; la vida que hay en ti vive y quiere seguir viviendo eternamente. ¡Una eternidad
de egoísmo!

De El lobo de mar (fragmento)
***

Aquí abajo, la mujer es totalmente para el hombre. Le atrae, de buen o de mal grado, como el polo atrae la aguja imantada. Encanta las miradas del hombre con el perfecto equilibrio de su cuerpo, por las ondas de su cabellera, castaña o rubia, negra como las tinieblas o que se diría salpicada por los rayos del sol.

Sus pies son divinos. Su pecho y sus brazos un paraíso para quien en ellos reposa. El perfume que emite deleita el olfato. Su voz, cuando ríe, canta a la luz del sol o al claro de luna, y cuando gime de amor por las noches, tendida de espaldas y presa del vértigo, es mucho más dulce que cualquier música, que el canto de las espadas en la batalla. Sus palabras constituyen una exaltación de todo su ser. Electrizan el nuestro y hacen correr el fuego, mucho mejor que el penetrante vibrar de las trompetas. Incluso en el paraíso, el hombre, con las huríes o las valquirias, les ha reservado un lugar de oro. Pues el hombre, si no puede concebir la tierra, mucho menos puede imaginar un paraíso en el que no figure la mujer.

Las constelaciones se desplazan en el firmamento. Ni la Estrella Polar, ni Hércules, ni Vega, ni el Cisne o Casiopea estaban antes en el mismo sitio que hoy. Sólo la mujer permanece. Sólo ella es inmutable en la Eternidad. Es la amante y la madre, que protege a sus hijos como la perdiz con sus alas. Es Cleopatra y Herodías, Esther y la Virgen María, así como María Magdalena. Es Brunilda e Isolda, Julieta y Eloísa, Eva y Astarté. Y, en todas mis distintas existencias, la he amado locamente.

De El vagabundo de las estrellas (fragmento)
***
Carta de Jack London a Ana Strunsky
(Fragmento)

Ana querida:

¿Dije que el ser humano podría ser clasificado por categorías? Bien, y si lo hice, déjeme cuantificar: no todos los seres humanos. Usted me elude. No puedo encontrarla, no puedo entenderla. Puedo jactarme de que a nueve de diez personas, bajo circunstancias dadas, puedo pronosticar su acción; que de nueve de diez, por su palabra o acción, puedo tomar el pulso de sus corazones. Pero de la décima desespero. Está más allá de mí. Usted es la décima. 
¡Estaban siempre dos almas, con los labios mudos, emparejados más incongruentemente! Podemos sentirnos en comunión –seguramente, a menudo podemos– y cuando no nos sentimos en comunión, con todo nos entendemos; pero no tenemos ninguna lengua común. Las palabras habladas no vienen a nosotros. Somos ininteligibles. Dios debe reírse de la actuación.

Somos parecidos a esos sapos que en la austera noche de los pantanos se llaman sin verse, doblegando con su grito de amor toda la fatalidad del universo.
René Char


No haría falta amar a los hombres para darles una ayuda real. Sólo desear hacer mejor cierta expresión de su mirada cuando se detiene en algo más empobrecido que ellos, prolongar en un segundo cierto minuto agradable de su vida. A partir de esta diligencia y cada raíz tratada, su respiración se haría más serena. Sobre todo, no suprimirles por entero esos senderos penosos, a cuyo esfuerzo sucede la evidencia de la verdad a través de los llantos y los frutos.
René Char