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miércoles, 28 de noviembre de 2018

Ven entre destellos, amor

Mary Wollstonecraft Shelley

(Londres, Inglaterra, 1797- 1851)

Stanzas: ¡Oh, ven en mis sueños, amor!

¡Oh, ven en mis sueños, amor!
No hay otro feliz deseo;
Ven entre destellos, amor,
Cierra mis ojos con tus besos.

Dicen las fábulas viejas:
Amor visitó a una griega criada
Pero ella rompió la magia sagrada
Y despertó con su fe  traicionada

Pero velará mi vista sueño gentil,
Y será sombría lámpara de psiquis
Cuando, en las visiones del dormir,
tú renueves tus votos hacia mí.

¡Y, ven en mis sueños, amor!
No hay otro feliz deseo;
Ven entre destellos, amor,
Cierra mis ojos con tus besos.
*
Stanzas: Oh, come to me in dreams, my love!

Oh, come to me in dreams, my love!
I will not ask a dearer bliss;
Come with the starry beams, my love,
And press mine eyelids with thy kiss.

’Twas thus, as ancient fables tell,
Love visited a Grecian maid,
Till she disturbed the sacred spell,
And woke to find her hopes betrayed.

But gentle sleep shall veil my sight,
And Psyche’s lamp shall darkling be,
When, in the visions of the night,
Thou dost renew thy vows to me.

Then come to me in dreams, my love,
I will not ask a dearer bliss;
Come with the starry beams, my love,
And press mine eyelids with thy kiss.

Traducción: Andrea Rivas.

lunes, 12 de noviembre de 2018

En el silencio ¿no hay dicha?

Lord Byron
(Londres; Inglaterra, 1788 - Mesolongi, Grecia; 1824)



Al cumplir mis 36 años

¡Calma, corazón, ten calma!
¿A qué lates, si no abates
ya ni alegras a otra alma?
¿A qué lates?

Mi vida, verde parral,
dio ya su fruto y su flor,
amarillea, otoñal,
sin amor.

Más no pongamos mal ceño!
¡No pensemos, no pensemos!
Démonos al alto empeño
que tenemos.

Mira: Armas, banderas, campo
de batalla, y la victoria,
y Grecia. ¿No vale un lampo
de esta gloria?

¡Despierta! A Hélade no toques,
Ya Hélade despierta está.
Invócate a ti. No invoques 
más allá.

Viejo volcán enfriado
es mi llama; al firmamento
alza su ardor apagado.
¡Ah momento!

Temor y esperanza mueren.
Dolor y placer huyeron.
Ni me curan ni me hieren.
No son. Fueron.

¿A qué vivir, correr suerte,
si la juventud tu sien
ya no adorna? He aquí tu 
muerte.

Y está bien.
Tras tanta palabra dicha,
el silencio. Es lo mejor.
En el silencio ¿no hay dicha?
y hay valor.

Lo que tantos han hallado
buscar ahora para ti:
una tumba de soldado.
Y hela aquí.

Todo cansa todo pasa.
Una mirada hacia atrás,
y marchémonos a casa.
Allí hay paz.

Versión de Enrique Álvarez Bonilla
**
On this Day I Complete my Thirty-Sixth Year

'TIS time the heart should be unmoved,
Since others it hath ceased to move:
Yet, though I cannot be beloved,
Still let me love!

My days are in the yellow leaf;
The flowers and fruits of love are gone;
The worm, the canker, and the grief
Are mine alone!

The fire that on my bosom preys
Is lone as some volcanic isle;
No torch is kindled at its blaze--
A funeral pile.

The hope, the fear, the jealous care,
The exalted portion of the pain
And power of love, I cannot share,
But wear the chain.

But 'tis not thus--and 'tis not here--
Such thoughts should shake my soul nor now,
Where glory decks the hero's bier,
Or binds his brow.

The sword, the banner, and the field,
Glory and Greece, around me see!
The Spartan, borne upon his shield,
Was not more free.

Awake! (not Greece--she is awake!)
Awake, my spirit! Think through whom
Thy life-blood tracks its parent lake,
And then strike home!

Tread those reviving passions down,
Unworthy manhood!--unto thee
Indifferent should the smile or frown
Of beauty be.

If thou regrett'st thy youth, why live?
The land of honourable death
Is here:--up to the field, and give
Away thy breath!

Seek out--less often sought than found--
A soldier's grave, for thee the best;
Then look around, and choose thy ground,
And take thy rest.

Imagen: El sitio de Missolonghi

En este lugar murió Lord Byron. Historia Ilustrada de la guerra de Independencia griega. 1824. Foto: BRIDGEMAN / INDEX

jueves, 4 de octubre de 2018

Templo de nuestra unión al par que tálamo

JOHN DONNE

(Londres, Inglaterra, c.1572-1631)

LA PULGA
(Fragmento)

La pulga
Fíjate en esta pulga, y con su ejemplo advierte
que te haces del rogar por casi nada.
En mí chupó primero, y ahora chupa en ti,
y en ella nuestras sangres se combinan.
Admite que no puede eso llamarse falta,
ni deshonra ni pérdida de virgo.
Ella, no obstante, goza antes del galanteo
y se hincha, alimentada con la sangre de dos.
¡Y eso excede, ay, cuanto nosotros haríamos!.
¡Oh, detente! Tres vidas salvas en una pulga,
en la que somos casi… sí: más que cónyuges;
esta pulga es tú y yo,
templo de nuestra unión al par que tálamo.
Mal que pese a tus padres y a ti misma, esos
( muros
de azabache tan vivo nos enlazan y
( enclaustran.
Y aunque te predisponga el uso a que la
( mates,
evita que el suicidio, a más del sacrilegio,
se añada a ese delito: tres muertes, tres
( pecados.

Poesía erótica, de John Donne. Versión de José Luis Rivas. Madrid, Vaso Roto, 2015.

lunes, 3 de septiembre de 2018

Como una cortina se levanta la gloria sobre aguas distantes

Anne Stevenson
Photo credit: Annie Lennox

(Cambridge, Inglaterra, 1933)




EMPAPADA 

Dormís soñando un clima de verano,
despertás con el tecleo de la lluvia—amarrada por la lluvia.
Afuera no hay más que plumas de hierba pesadas como gotas
y aire lluvioso. La mesa plástica en la terraza
ha perdido tres patas para alcanzar la cerca del jardín.
Las montañas han atinado a desaparecer.
Es el temperamento celta—viento, luego torrentes, luego 
          remordimiento.
Como una cortina se levanta la gloria sobre aguas distantes.
La vieja casa de piedra, que nos condujo entre la oscuridad,
atraca en una piscina de sombras todas suyas.
Esa grieta que se ensancha en la tiniebla es como la buena suerte.
La suerte, en quien ni vos ni el mañana pueden confiarse.

(Traducción: G. A. Chaves)
**
Drench
You sleep with a dream of summer weather,
wake to the thrum of rain—roped down by rain.
Nothing out there but drop-heavy feathers of grass  
and rainy air. The plastic table on the terrace
has shed three legs on its way to the garden fence.     
The mountains have had the sense to disappear.  
It’s the Celtic temperament—wind, then torrents, then remorse.
Glory rising like a curtain over distant water.
Old stonehouse, having steered us through the dark,
docks in a pool of shadow all its own.
That widening crack in the gloom is like good luck.
Luck, which neither you nor tomorrow can depend on.
***
Correspondencias
(Fragmento: 
La correspondencia con Elizabeth Bishop, de 1963 a 1965)
"Por eso, para descargarme de tanta trascendencia, en la noche del sábado veo Carne, una de las indescriptibles películas que el erotómano argentino Armando Bo dirigió a mayor gloria de su musa, la opulenta Isabel Sarli. El título no llama a engaño: la película se llama así porque transcurre en una planta de procesado de carne de vacuno, en la que trabajan los protagonistas. Delicia -que así se llama el personaje que interpreta Sarli- es la novia del jefe de personal, que es también pintor -lo que da lugar a una serie de escenas en las que la exuberante actriz posa desnuda para su amado-; y es deseada por un tipo malencarado que también trabaja en la fábrica, y que la viola repetidamente -una de las veces, sobre un costillar de vacuno, "carne sobre carne", como él mismo se encarga de aclararnos-... No daré cuenta del desenlace entre machista y moralista que Bo da a esta trama. El caso es que, aun reconociendo su condición de bodrio, la veo con agrado. Tal vez por el encanto que le presta su anacronismo -en la época en que los argentinos perpetraban estas gamberradas, aquí en España, con la misma estética y parecidos patrones morales, triunfaba la radionovela Simplemente María-, o por esa sinceridad que sólo los directores malos -piénsese en Ed Wood- ponen en sus productos, tan alejados en esto del desdeñoso distanciamiento con el que los cineastas "de verdad" ejecutan los suyos. 
[...] 
Fuera, un frío cortante. Frío de gasolinera abierta a los cuatro vientos. El mundo es un arrabal, como muy bien retrata la película de Bo. Porque lo otro, su núcleo cordial, las sedes de cultura y refinamiento espiritual, está podrido, como muy bien demuestran los testimonios de sus hijos."
Tomado de ELPDP
**
 “Siempre tímida y, de una forma digna, modesta, a Elizabeth (Bishop) le gustó que me tomase tanto interés en su poesía, no en su vida… El arte, para ella, era cristalino, una posibilidad para la pureza. Por eso no lo mancillaba con excrecencias de su propia vida.”

viernes, 17 de agosto de 2018

Pero el cuerpo es su libro

John Donne

(Londres, Inglaterra, 1572-1631)

EL ÉXTASIS

En una preñada colina que se ondula
Como una almohada sobre un lecho,
Para que las violetas reclinen sus cabezas,
Nos sentamos tú y yo, cada cual lo mejor del otro.
Nuestras manos, estrechamente ligadas
Por un fuerte bálsamo que de ellas provenía,
Y nuestras miradas, entrelazadas,
Ensartando nuestros ojos en una doble cuerda;
Entretejer así nuestras manos era, por el momento,
El único medio de hacer ambos, uno,
Y nuestra única propagación,
Las imágenes de nuestros ojos,
Como en dos ejércitos iguales, el destino
Aplaza la incierta victoria,
Nuestras almas (que para engrandecer su condición
Salieron del cuerpo), estaban suspendidas entre ella y yo.

Y mientras allí parlamentaban
Nosotros yacíamos como estatuas sepulcrales;
Todo el día estuvimos en la misma posición,
Y nada nos dijimos durante todo el día.
Si alguien, tan afinado para el amor,
Como para comprender el lenguaje de las almas,
Y que por el buen amor se hiciera todo espíritu,
Se hubiera detenido a conveniente distancia,
Él (aun sin saber qué alma hablaba,
Pues ambas decían, ambas significaban lo mismo),
Podría sacar de allí un nuevo elixir,
E irse mucho más puro que al llegar.
Este éxtasis nos ilumina
(Pensamos), y nos revela lo que amamos,
Vemos así que no era el sexo,
Vemos que no veíamos cuál era el móvil;
Pero todas las almas contienen
Una mezcla de elementos que ellas no conocen,
El amor mezcla de nuevo estas almas mezcladas,
Y hace de dos, una, siendo cada una de ellas misma y la otra.

Trasplanta una violeta,
La fuerza, el color y el tamaño,
(Todo lo que antes era mísero y escaso),
Crece aun, y se multiplica.
Cuando el amor una con otra,
Vivifica así dos almas,
El alma enriquecida que de allí brota
Los defectos de la soledad controla.
Entonces nosotros, que somos esa nueva alma,
Sabemos de qué estamos compuestos y hechos,
Pues los átomos de los cuales crecemos
Son almas que ningún cambio puede invadir.
Mas, oh, ¿por qué nos alejamos
De nuestros cuerpos durante tanto tiempo?
Son nuestros, aunque no son nosotros,
Nosotros somos las inteligencias, ellos la esfera,
Les debemos gratitud, porque ellos al principio
Nos acercaron el uno al otro,
Nos cedieron sus fuerzas, los sentidos,
Y no son para nosotros escoria, sino alivio.
No opera así sobre el hombre la influencia del cielo,
Sino, que primero se imprime en el aire
Para que el alma dentro del alma pueda fluir
Aunque primero pase por el cuerpo.
Tal como nuestra sangre se afana por engendrar
Espíritus, semejantes a las almas, como puede,
Porque los dedos necesitan tejer
Ese sutil nudo que hace de nosotros hombres,
También el alma de los amantes puros
Debe descender a facultades y afectos
Que los sentidos pueden alcanzar y aprehender,
De otro modo, un gran príncipe yace encarcelado.
Nos volvemos pues a nuestros cuerpos,
Para que los débiles hombres puedan contemplar el amor revelado;

Los misterios del amor crecen en las almas,
Pero el cuerpo es su libro.
Y si algún amante, como lo somos nosotros,
Ha oído este diálogo de uno,
Que siga observándonos, verá
Que al retornar a los cuerpos muy poco habremos cambiado.

Traducción de Alberto Girri y William Shand.

miércoles, 1 de agosto de 2018

La ancianidad tiene todavía su honra y su trabajo



Alfred Tennyson
(Somersby, Lincolnshire, Inglaterra,1809- LurgashallSussex OccidentalInglaterra,1892)


La estrofa final de este poema aparece inscrita en una cruz de madera levantada en el estrecho de McMurdo, en la Antártida, recordando al explorador Robert Falcon Scott y su expedición, que murieron en el Polo Sur en 1912.

Ulises

De nada sirve que viva como un rey inútil 
junto a este hogar apagado, entre rocas estériles, 
el consorte de una anciana, inventando y decidiendo 
leyes arbitrarias para un pueblo bárbaro, 
que acumula, y duerme, y se alimenta, y no sabe quién soy. 
No encuentro descanso al no viajar; quiero beber 
la vida hasta las heces. Siempre he gozado 
mucho, he sufrido mucho, con quienes 
me amaban o en soledad; en la costa y cuando 
con veloces corrientes las constelaciones de la lluvia 
irritaban el mar oscuro. He llegado a ser famoso; 
pues siempre en camino, impulsado por un corazón hambriento, 
he visto y conocido mucho: las ciudades de los hombres 
y sus costumbres, climas, consejos y gobiernos, 
no siendo en ellas ignorado, sino siempre honrado en todas; 
y he bebido el placer del combate junto a mis iguales, 
allá lejos, en las resonantes llanuras de la lluviosa Troya. 
Formo parte de todo lo que he visto; 
y, sin embargo, toda experiencia es un arco a través del cual 
se vislumbra un mundo ignoto, cuyo horizonte huye 
una y otra vez cuando avanzo. 
¡Qué fastidio es detenerse, terminar, 
oxidarse sin brillo, no resplandecer con el ejercicio! 
Como si respirar fuera la vida. Una vida sobre otra 
sería del todo insuficiente, y de la única que tengo 
me queda poco; pero cada hora me rescata 
del silencio eterno, añade algo, 
trae algo nuevo; y sería despreciable 
guardarme y cuidarme el tiempo de tres soles, 
y refrenar este espíritu ya viejo, pero que arde en el deseo 
de seguir aprendiendo, como se sigue a una estrella que cae, 
más allá del límite más extremo del pensamiento humano. 

Éste es mi hijo, mi propio Telémaco, 
a quien dejo el cetro y esta isla. 
Lo quiero mucho; tiene el criterio para triunfar 
en esta labor, para civilizar con prudente paciencia 
a un pueblo rudo, y para llevarlos lentamente 
a que se sometan a lo que es útil y bueno. 
Es del todo impecable, dedicado completamente 
a los intereses comunes, y se puede confiar 
en que sea compasivo y cumpla los ritos 
con que se adora a los dioses tutelares 
cuando me haya ido. Él hace lo suyo, yo, lo mío. 

Allí está el puerto; el barco extiende sus velas; 
allí llama el amplio y oscuro mar. Vosotros, mis marineros, 
almas que habéis trabajado y sufrido y pensado junto a mí, 
y que siempre tuvisteis una alegre bienvenida 
tanto para los truenos como para el día despejado, recibiéndolos 
con corazones libres e inteligencias libres, vosotros y yo hemos envejecido. 
La ancianidad tiene todavía su honra y su trabajo. 
La muerte lo acaba todo: pero algo antes del fin, 
alguna labor excelente y notable, todavía puede realizarse, 
no indigna de quienes compartieron el campo de batalla con los dioses. 
Las estrellas comienzan a brillar sobre las rocas: 
el largo día avanza hacia su fin; la lenta luna asciende; los hondos 
lamentos son ya de muchas voces. Venid, amigos míos. 
No es demasiado tarde para buscar un mundo nuevo. 
Zarpemos, y sentados en perfecto orden hiramos 
los resonantes survos, pues me propongo 
navegar más allá del poniente y el lugar en que se bañan 
todos los astros del occidente, hasta que muera. 
Es posible que las corrientes nos hundan y destruyan; 
es posible que demos con las Islas Venturosas, 
y veamos al gran Aquiles, a quien conocimos. 
A pesar de que mucho se ha perdido, queda mucho; y, a pesar 
de que no tenemos ahora el vigor que antaño 
movía la tierra y los cielos, lo que somos, somos: 
un espíritu ecuánime de corazones heroicos, 
debilitados por el tiempo y el destino, pero con una voluntad decidida 
a combatir, buscar, encontrar y no ceder. 

Versión de Randolph D. Pope 

***
La hija del molinero

Esa es la chica del molino
y tan linda, tan linda se hizo,
que quisiera yo ser el pendiente
que en la oreja le tiembla:
pues, oculto en sus bucles noche y día,
rozaría su cuello tibio y blanco.

Ser el cinto quisiera
de su talle tan fino, tan fino:
su corazón daría contra mí sus latidos,
dolorido o alegre;
si late como debe yo sabría,
abrazando su talle, muy apretado siempre.
Ser un collar quisiera
y así mecerme todo el día
en su seno aromado,
a una con su risa y sus suspiros :
y tan leve, tan leve allí estuviera,
que por la noche apenas me desabrocharía.

Versión de Màrie Manent

viernes, 27 de julio de 2018

Y escucho las voces lejanas y jóvenes, que cantan

DORIS LESSING
(Kermanshah, Persia (actual Irán), 1919 − Londres, id., 2013)

... En algún momento de la edad adulta, la mayoría de la gente cae en la cuenta de que un siglo no es más que el doble de sus años. A partir de este pensamiento, toda la historia se precipita junta y a partir de este momento viven ya dentro de la historia del tiempo, en vez de mirarla desde fuera, como observadores. Sólo hace diez o doce veces su vida, Shakespeare estaba vivo. La Revolución francesa fue el otro día. Hace cien años, no mucho más, fue la Guerra Civil norteamericana. Antes parecía como algo de otra época, casi de otra dimensión del tiempo o del espacio. Pero una vez has dicho: Cien años es dos veces mi edad, te sientes como si hubieras estado en aquellos campos de batalla, o curando a aquellos soldados. Con Walt Whitman, quizás.
***
Fábula


Cuando miro hacia atrás me parece recordar el canto.
Aunque siempre estaba en silencio aquel salón largo y tibio.

Impenetrables, creíamos, esos muros
oscurecidos de escudos antiguos. La luz
brillaba sobre la cabeza de una chica o sobre sus piernas 
jóvenes despatarradas. Y las voces bajas
subían en el silencio a perderse como en el agua.

Incluso, al estar todo tibio y quieto como una mano,
si uno de nosotros corría las cortinas
una lluvia bordada soplaba afuera con descuido.
A veces se colaba un viento que hacía bambolear las llamas
y proyectaba sombras agazapadas en las paredes,
o aullaba un lobo afuera en la noche vasta  
y al sentir que se nos helaba la carne nos acercábamos.

Pero la danza continuaba por un rato
—así me parece ahora:
formas lentas que se movían serenas a través
de charcos de luz como una red dorada sobre el piso.
Así debe haber seguido, para siempre, como un sueño.

Pero entre un año y otro —¿cambió el viento? 
¿La lluvia al final pudrió las paredes?
¿Vinieron los hocicos de los lobos a empujar los rayos caídos?

Hace tanto.
Sin embargo a veces me acuerdo del salón cortinado
y escucho las voces lejanas y jóvenes, que cantan.
***
Oh cerezos que son demasiado blancos para mi corazón

Oh cerezos que son demasiado blancos para mi corazón,
y todo el suelo blanquean con su muerte,
y todas sus ramas van a sumergirse al río,
y cada gota cae de mi corazón.

Si hay justicia en el ángel de los ojos que brillan,
va a decir “¡Esperá!” y me va a alcanzar una rama de cerezo.
El ángel barbudo, justo y firme como una cabra
levanta una cabeza rumiante y mastica en la nieve con lentitud.

¿Hace falta, cabra, que te quedes acá?
¿hace falta que te quedes acá, quieta?
¿siempre vas a estar parada acá,
a prueba de fe, a prueba de inocencia?

Versiones en castellano de © Sandra Toro.
**
Otra versión de OH, CEREZOS, SOIS TAN BLANCOS PARA MI CORAZÓN
Oh, cerezos, sois tan blancos para mi corazón,
y vuestra muerte emblanquece la tierra,
y todos vuestras ramas se inclinan hacia el río,
y cada gota cae de mi corazón.
Ahora, si es que hay justicia en el ángel de brillantes ojos,
dirá "¡Detente!" y me entregará una rama de cerezo.
El ángel barbado, firme y erguido como un macho cabrío
levanta una rumiante cabeza y mastica lentamente la nieve.
Macho cabrío, ¿es necesario que permanezcas aquí?
¿Es necesario que permanezcas aquí todavía?
¿Es que siempre permanecerás aquí,
a prueba de fe, a prueba de inocencia?
_______________________________
De "Fourteen Poems", Scorpion Press, Londres, 1959. Versión de Jonio González.
Cortesía de Jonio González.
***
Entrevista

Aquí


crueles-y-brutales-partieron-de-un-idealismo/

sábado, 21 de julio de 2018

Llorar hasta volverse piedra es fábula

Sir Thomas Browne 
(Londres, Inglaterra, 1605-1682)



Amplios son los tesoros del olvido
[Fragmento]

Amplios son los tesoros del olvido
e innumerables los montones de cosas próximos
 a la nulidad.

Más hechos hay sepultados en el silencio que registrados,
y los más copiosos volúmenes
son epítomes de lo que ha sucedido.

La crónica del tiempo empezó con la noche
y la oscuridad todavía la sirve.

Algunos hechos nunca salen a la luz.


Muchos han sido declarados.
Muchos más fueron devorados por la oscuridad
en las tabernas del olvido.

Cuánto ha quedado en vacuo
y nunca será revelado

de esos longevos tiempos en que los hombres apenas recordaban su juventud,
y más que antiguos parecían antigüedades.
Cuando perduraban más en sus vidas que en nuestras memorias.

La tiniebla y la luz dividen el curso del tiempo,
y el olvido comparte con el recuerdo gran parte
incluso de nuestros seres vivos.

Apenas recordamos nuestras dichas
y los golpes más agudos de la pena
nos dejan tan sólo punzadas efímeras.
Los sentidos no toleran las extremidades
y los pesares nos destruyen
o se destruyen.

Llorar hasta volverse piedra es fábula.
Las aflicciones producen callosidades,
las desgracias son resbaladizas
o caen como la nieve sobre nosotros,
lo cual, sin embargo
no es un feliz entumecimiento.

Ignorar los males venideros y olvidar los males pasados
es una misericordiosa disposición de la naturaleza,
por la cual digerimos la mixtura
de nuestros escasos y malvados días.
Y al no recaer nuestros liberados sentidos en hirientes remembranzas,
nuestras penas no se mantienen en carne viva
por el filo de las repeticiones.

De Hidriotaphia o El Enterramiento en Urnas, 1658.
***
Pasamos la mitad de nuestros días en la sombra de la tierra,
y el hermano de la muerte exige un tercio de nuestras vidas. Gran parte
de nuestro sueño está zurcido de visiones, y de objetos fantásticos
en los que confesadamente nos engañamos. El día nos suministra
verdades, la noche ficciones y falsedades.

T. Browne, De los sueños
***
“[...] pues es Dios como el hábil geómetra que, pudiendo describir o partir una
línea recta con enorme facilidad y un solo trazo de su compás, prefiere hacerlo
de manera más larga o circular... sin embargo, a veces infringe esta norma
suya a fin de que el mundo conozca sus prerrogativas, no vaya a ser que la
arrogancia de nuestra razón cuestione su poder y concluya que es incapaz de
imprimir una alteración”
.De La religión de un médico (1643)
***
“Los pesares nos destruyen o se destruyen. Llorar hasta volverse piedra es
fábula: las aflicciones producen callosidades, las desgracias son resbaladizas,
o caen como la nieve sobre nosotros; lo cual, sin embargo, no es un infeliz
entumecimiento. Ignorar los males venideros, y olvidar los males pasados, es
una misericordiosa disposición de la naturaleza, por la cual digerimos la mixtura
de nuestros escasos y malvados días; y, al no recaer nuestros liberados
sentidos en hirientes remembranzas, nuestras penas no se mantienen en
carne viva por el filo de las repeticiones”

De El enterramiento en urnas (1658)
Versiones sin datos

martes, 17 de julio de 2018

Y aún el amor debe descansar

Lord Byron
George Gordon Byron
(Inglaterra, 1788-1824)



NO VOLVEREMOS A VAGAR...
Así es, no volveremos a vagar 
Tan tarde en la noche, 
Aunque el corazón siga amando 
Y la luna conserve el mismo brillo.
Pues la espada gasta su vaina, 
Y el alma desgasta el pecho, 
Y el corazón debe detenerse a respirar, 
Y aún el amor debe descansar.
Aunque la noche fue hecha para amar, 
Y demasiado pronto vuelven los días, 
Aún así no volveremos a vagar 
A la luz de la luna.

Versión sin datos

martes, 29 de mayo de 2018

Para la clara voz que canta

Wystan Hugh Auden

W.H. Auden 
(York, Inglaterra, 1907-Viena, Austria, 1973)

At last the secret is out

Ya el secreto salió a la luz
como es forzoso que suceda,
maduro el chisme que divierte
al amigo que tienes cerca;
sobre manteles y en la plaza
las lenguas se van de la lengua;
que las apariencias engañan
y nunca hay humo sin hoguera.

Detrás del cuerpo en el estanque,
detrás del fantasma en los hoyos,
detrás de la dama que baila
y el hombre que bebe a lo loco,
bajo la mueca de cansancio,
la migraña y los ojos rojos
hay historias que no se cuentan,
no todo lo que brilla es oro.

Para la clara voz que canta
desde la tapia del convento,
el perfume de los arbustos,
los cuadros con escenas de recreo,
el croquet en verano,
el saludo, la tos, el beso,
hay siempre una clave privada,
hay siempre un secreto perverso.


Traducción de Jordi Doce 
**
Hace unos años el responsable de una revista cultural madrileña me llamó para solicitarme la traducción de un célebre poema de Auden. El poema, en realidad una canción, se titula «At last the secret is out» y forma parte, junto con «Funeral Blues» y otras piezas, de las «Twelve Songs» («Doce canciones») que Auden compuso en 1936. Entre nosotros el poema es muy conocido porque Jaime Gil de Biedma lo tradujo al español para la edición definitiva de Las personas del verbo. Eso fue justamente lo que razoné al atender la llamada: ya existe la versión de Gil de Biedma, ¿por qué no recurrís a ella? Mi interlocutor hizo como que no me había oído. Quizá pensó en problemas de derechos, en agentes y herederos espinosos. El caso es que el encargo se mantuvo.

Cuando alguien te muestra su confianza hasta ese punto lo mejor es no hacerse de rogar y proceder con rapidez. Pero antes releí la traducción de Gil de Biedma y la comparé con el original. Me llevé una sorpresa. Bien es verdad que el autor de Moralidades dice que la suya es una versión «en romance»: tres estrofas de ocho octosílabos cada una, con rima asonante en los versos pares. Pero es más que eso, pues lo que hace Gil de Biedma es traducir culturalmente la escena del poema de Auden, ese mundo británico del club de golf y salones de té y setos de boj, a la España de su tiempo, con su café de plaza y su juego de naipes y hasta un monasterio con la correspondiente tapia. Alguna decisión es más difícil de entender: por ejemplo, traducir «still waters run deep», que es algo así como «la procesión va por dentro», por el refrán «que la cabra tira al monte», que tampoco –diría– se justifica en el contexto del poema.

En mi caso he preferido optar por el eneasílabo, aunque manteniendo la rima del original en forma de asonancia en los versos pares: ea en la primera estrofa, oo en la segunda, y eo en la tercera.
J.D.
(Tomado de su blog)
*

At last the secret is out,
as it always must come in the end,
the delicius story is ripe to tell
to tell to the intimate friend;
over the tea-cups and into the square
the tongues has its desire;
still waters run deep, my dear,
there's never smoke without fire.

Behind the corpse in the reservoir,
behind the ghost on the links,
behind the lady who dances
and the man who madly drinks,
under the look of fatigue
the attack of migraine and the sigh
there is always another story,
there is more than meets the eye.

For the clear voice suddently singing,
high up in the convent wall,
the scent of the elder bushes,
the sporting prints in the hall,
the croquet matches in summer,
the handshake, the cough, the kiss,
there is always a wicked secret,
a private reason for this. 


WH Auden's Other Poems

jueves, 3 de mayo de 2018

Donde viven los perros su perra vida

WYSTAN HUGH AUDEN
(Inglaterra-EE.UU., 1907-1973)


Musée des beaux-arts


Acerca del dolor jamás se equivocaron
Los Antiguos Maestros. Y qué bien entendieron
Su función en el mundo. Cómo llega
Mientras alguno cena o abre la ventana
O nada más camina sin objeto.
Cómo, mientras los viejos aguardan reverentes
El milagroso Nacimiento, habrá siempre
Niños sin mayor interés en lo que ocurre,
Patinando
En el estanque helado a la orilla del bosque.

No olvidaron jamás
Que el eterno martirio ha de seguir su curso,
Irremediablemente, en sórdidos rincones,
Donde viven los perros su perra vida
Y la yegua del verdugo se rasca
Las inocentes grupas contra un árbol.

Por ejemplo, en el Icaro de Brueghel:
Con qué serenidad
Todo parece lejos del desastre.
El labrador oyó seguramente
El rumor de las aguas y el grito inconsolable.
Pero el fracaso no lo conmovió:
Brillaba el sol como brilló en el cuerpo blanco
Al hundirse en las aguas verdes.

Y la elegante y delicada nave
Debió haber visto lo inaudito:
La caída de un niño que volaba.
Pero el barco tenía un destino
Y siguió navegando en calma.
                                                             
Versión de José Emilio Pacheco
**
El tiempo te ha enseñado
cuanta inspiración
te aportaron tus vicios,
la deuda de la imaginación
con la tentación
a la que cediste,
que más de un hermoso
verso expresivo
no habría existido,
si hubieras ofrecido resistencia:
como poeta, tú
sabes que es cierto,
y aunque en la Iglesia
a veces rezas
para sentirte contrito,
no funciona.
felix culpa, dices:
igual tienes razón.

Esperas, sí,
que tus libros te justifiquen,
te salven del infierno:
aun así,
sin parecer triste,
sin que en modo alguno
dé la impresión de que te culpa
(no le hace falta,
bien sabe
a qué hace caso
un enamorado del arte como tú),
Dios puede hacer
el Día del Juicio,
que te deshagas en lágrimas de vergüenza,
recitando de memoria
los poemas que
habrías escrito, si
hubiera sido digna tu vida.

De “Canción de cuna y otros poemas”. Selección, traducción y prólogo de Eduardo Iriarte. Lumen. Barcelona, 2006







jueves, 26 de abril de 2018

¿Restos, pedazos, fragmentos, nosotros también somos eso?

VIRGINIA WOOLF 

(Londres, Inglaterra, 1882-Lewes, Sussex, id., 1941)

Lunes o martes

Perezosa e indiferente, sacudiendo con facilidad el espacio de sus alas, conocedora de su camino, pasa la garza sobre la iglesia, bajo el cielo. Blanco e indiferente, ensimismado, el cielo cubre y descubre sin cesar, se va y se queda. ¿Un lago? ¡Quítale las orillas! ¿Una montaña? Sí, perfecto, con el oro del sol en las laderas. Cae desde lo alto. Helechos o plumas blancas, siempre, siempre…

Deseando la verdad, esperándola, destilando laboriosamente unas pocas palabras, deseando siempre (se inicia un grito a la izquierda, otro a la derecha; ruedas golpean divergentes; omnibuses se conglomeran en conflicto), deseando siempre (el reloj asevera con doce claras campanadas que es mediodía; la luz vierte escamas de oro; niños se arremolinan), deseando siempre verdad. Roja es la cúpula; de los árboles cuelgan monedas; el humo sale lento de las chimeneas; ladrido, alarido, grito. «Compro metal»… ¿Y la verdad?

Como rayos orientados hacia un punto, pies de hombres, pies de mujeres, negros o con incrustaciones doradas (Esa niebla… ¿Azúcar? No, gracias… La commonwealth del futuro), la luz del fuego salta y deja roja la estancia, salvo las negras figuras y sus ojos brillantes, mientras descargan una camioneta fuera, la señorita Thingummy sorbe té en su mesa escritorio, y las vitrinas protegen abrigos de pieles.

Cacareada, leve cual hoja, rizada en los bordes, pasada por las ruedas, plateada, en casa o fuera de casa, reunida, esparcida, derrochada en diferentes platillos de la balanza, barrida, sumergida, desgarrada, hundida, ensamblada… ¿Y la verdad?

Recordar ahora junto al fuego del hogar la blanca plaza de mármol. De las profundidades de marfil se alzan palabras que vierten su negrura, florecen y penetran. El libro caído; en la llama, en el humo, en las perecederas chispas; o ya viajando, la bandera en la plaza de mármol, minaretes debajo y mares de la India, mientras los espacios azules corren y las estrellas brillan… ¿la verdad?, o bien, ¿satisfacción con su proximidad?

Perezosa e indiferente la garza regresa; el cielo cubre con un velo sus estrellas; las borra luego.
**
La marca en la pared

Pero, en lo referente a la marca, realmente no estoy segura. A fin de cuentas, no creo que fuera una marca dejada por un clavo; era demasiado grande, demasiado redondeada.
Hubiera podido levantarme, pero si me levantaba y la miraba, había diez probabilidades contra una de que no supiera averiguarlo con certeza; debido a que, cuando se hace una cosa, una nunca sabe cómo ocurrió. Oh, sí, el misterio de la vida, la inexactitud del pensamiento...
La ignorancia de la humanidad... Para demostrar cuan poco dominio tenemos sobre nuestras posesiones —cuan accidental es nuestro vivir, después de tanta civilización—, séame permitido enumerar unas pocas cosas entre todas las que perdemos a lo largo de nuestra vida, comenzando por la pérdida que siempre me ha parecido la más misteriosa entre todas:
¿qué gato es capaz de masticar o qué ratón es capaz de roer, tres estuches azul pálido de herramientas para encuadernar libros? Luego vinieron los casos de las jaulas de pájaros, de los aros de hierro, de los patines metálicos, del recipiente para carbón estilo Reina Ana, del tablero de bagatela, del organillo... todo ello desaparecido, y también las joyas. Ópalos y esmeraldas, enterrados están entre las raíces de los nabos. ¡Qué difícil e irritante asunto es la certeza! Lo increíble es que lleve ropas puestas y esté rodeada de sólidos muebles en este instante. En realidad, si se quiere comparar la vida a algo, debe compararse a que la lancen a una por el túnel del metro a cincuenta millas por hora, para acabar en el otro extremo, sin siquiera una horquilla en el pelo. ¡Que la lancen a una a los pies de Dios totalmente desnuda!
¡Cruzar, rodando los prados de asfódelo igual que los paquetes de papel castaño son lanzados por el tobogán en correos! Con el cabello al viento, como la cola de un caballo de carreras. Sí, esto parece expresar la rapidez de la vida, el perpetuo destrozo y reparación, todo tan al azar, tan sin sentido...
Pero después de la vida. El lento arrancar de gruesos tallos verdes, de manera que el cáliz de la flor, al inclinarse, no arroje sobre una un diluvio de luz roja y morada. A fin de cuentas, ¿por qué no habría una de nacer allá, tal como nació aquí, indefensa, sin habla, incapaz de centrar la vista, a tientas entre las raíces del césped, entre los dedos de los pies de los Gigantes? Y en lo tocante a decir lo que son árboles, lo que son hombres y mujeres, o si semejantes entes existen, no se estará en condiciones de hacerlo en el curso de cincuenta
años aproximadamente. No habrá nada, salvo espacios de luz y de tinieblas, cruzados por recias vallas, y quizá, bastante arriba, marcas en forma de rosa de confuso color —oscuros rosados y azules— que, al paso del tiempo, se harán menos confusas, se convertirán en... No sé en qué.
Pero esa marca en la pared no es un agujero, ni mucho menos. Puede haber sido causada por una sustancia redonda y negra, como un pequeño pétalo de rosa, resto del pasado verano, ya que no soy un ama de casa muy esmerada —y, como demostración, basta mirar, por ejemplo, el polvo en la repisa del hogar, polvo que, según dicen, enterró a Troya tres veces, y sólo algunos fragmentos de cerámica se resistieron a ser aniquilados, lo cual parece cierto.

Relatos completos (Virginia Woolf), Alianza Ed., 2006
**
Entre actos
(1941)

¿Era aquella voz nosotros mismos? ¿Restos, pedazos, fragmentos, nosotros también somos eso? La voz se apagó.»

Entre actos, Lumen, 2008.


jueves, 5 de abril de 2018

¡Oh, elementos!

William Shakespeare
 (Stratford-upon-Avon, c.1564-ibíd., 1616) 


El rey Lear
(Fragmentos del III Acto)

CONDE DE KENT
¿Quién va con tan rudo tiempo?

NOBLE
Alguien tan destemplado como el tiempo.

CONDE DE KENT
Ya sé quien eres, ¿dónde está el Rey?

NOBLE
Contiende con la furia del temporal; clama a los vientos que barran la tierra hasta sepultarla en el mar, o que las olas encrespadas se alcen hasta anegar los continentes; que todo se trastorne o desaparezca todo. Mesa, hasta arrancarlas, sus canas, que impetuosas ráfagas arrebatan y dispersan con despiadada furia. Pretende, en su breve mundo humano, sobrepujar la violencia del combate entre el agua y el viento. Esta noche, en que los oseznos secarán las ubres de la madre al abrigo de su guarida, y el león y el lobo, hambrientos, mantendrán su piel bien enjuta, él, desbonetado, va errabundo clamando destrucción y muerte.

CONDE DE KENT
¿Quién lo acompaña?

NOBLE
El bufón solamente, que en vano procura divertirlo de las tristezas que laceran su corazón.

SEGUNDA ESCENA
Otro sitio en campo abierto
Entran el Rey Lear y el bufón.

REY LEAR
¡Soplen, vientos, hasta reventar los carrillos; soplen con rabia! ¡Cataratas y trombas, diluvien hasta sumergir los campanarios y anegar las veletas, y ustedes, relámpagos, pensamiento y obra en un destello, precursores de los rayos rajadores de encinas, abracen mi cabeza blanca, y ustedes, truenos retembladores, aplasten la redondez de la tierra, quiebren los moldes todos de la naturaleza y dispersen por siempre los gérmenes que dan vida a seres ingratos!

BUFÓN
¡Ay, tío; el agua bendita seca bajo techado es preferible a la de lluvia a campo abierto! Vuelve, buen tío, y pídeles perdón a tus hijas; mira que es una noche esta que no tiene compasión de los cuerdos ni de los locos.

REY LEAR
¡Retumbe tu repleto vientre, escupe fuego, arroja agua! Ni la lluvia, ni el viento, ni el trueno, ni el rayo son mis hijos; no los acusaré de ser crueles conmigo. ¡Oh, elementos! Ni les di mi reino, ni los llamé hijos, ni me deben obediencia. Satisfagan sobre mí su horrible goce. Aquí me tienen esclavo suyo, desamparado, indefenso, débil y escarnecido viejo ... Aunque bien pudiera acusarlos por ser instrumentos serviles, cómplices de dos hijas malvadas, para humillar aun más desde su altura la cabeza blanca de un anciano. ¡Oh, indignidad!

BUFÓN
El que tenga una casa donde meter la cabeza, tiene un buen yelmo. El que acuda a defender su bragueta primero que su cabeza, se verá comido de piojos; de esta guisa se casan muchos pobretes. El que al andar echa el corazón antes que el pie, padecerá de callos que le quitarán el sueño. Pues no hay mujer linda que no estudie mil mohines al espejo.

REY LEAR
No; quiero dar ejemplo de resignación; callaré a todo. (Entra el Conde de Kent).

CONDE DE KENT
¿Quién está aquí?

BUFÓN
Una corona y un braguero; o si quieres, un cuerdo y un loco.

CONDE DE KENT
¡Ah, señor! ¡Los más amantes de la noche no quieren noches como ésta! La ira del cielo aterroriza a los que viven de las sombras, obligándolos a refugiarse en sus guaridas. Desde que tengo uso de razón no hago memoria de tales relámpagos, tan horrísonos truenos, tal aullar del viento y de la lluvia, que ponen espanto y aflicción en el hombre más aguerrido.

REY LEAR
Es que los altos dioses, al pasar con tan espantable estruendo sobre nuestra cabeza, buscan a quien los ha ofendido. Tiembla tú, miserable, con tantos secretos delitos que no castigó la justicia; ocúltate, ensagrentada mano, y tú, perjuro, y tú, simulador de virtud, que eres incestuoso, y tú tiembla también, malvado, que, bajo capa y apariencia de honradez, fuiste instigador de asesinatos ... ¡Encubiertas maldades, rasguen la vestidura que te disfraza, no desoigan tan terribles conminaciones y apresúrense a implorar misericordia! Yo soy un hombre contra quien han pecado más de lo que él pecó.

CONDE DE KENT
¡Ay de mí, al viento tus canas! Mi amado señor: no muy lejos de aquí hay una choza que de algún amparo puede servirte contra la tormenta. Yo volveré en tanto a esa altiva casa, más dura que las piedras de sus cimientos, donde poco ha fui a buscarte y se negaron a darme entrada; pero ahora, por la fuerza ha de atenderme su desmedrada cortesía.

REY LEAR
Mi razón se pierde ... Vamos, niño mío. ¿Cómo estás tú, rapaz? ¿Tienes frío? Yo también; mucho frío. ¿Dónde está esa choza? ¡Qué buen arte hay en la necesidad para hacer de lo más despreciable algo precioso! Vamos a tu choza. ¡Pobre loco mío; aún queda un lugar en mi corazón para compadecerte!

BUFÓN
El que tiene un tejadillo para guarecerse, con el viento y la lluvia, la lluvia y el viento debe estar muy agradecido a su suerte; porque llover ... todos los días llueve.

REY LEAR
Es verdad, niño mío. Ven,llévame a esa choza. (Se van el Rey Lear y el Conde de Kent).

CUARTA ESCENA
Otra parte del campo abierto.
A un lado, una choza.
Entran el Rey Lear, el Conde de Kent y el bufón.

CONDE DE KENT
Aquí es; entra, amado señor. La crudeza de esta noche no puede soportarse a la intemperie.

REY LEAR
Déjenme solo.

CONDE DE KENT
No, mi amado señor; entra aquí.

REY LEAR
¿Vas a romperte, corazón mío?

CONDE DE KENT
Antes vea yo romperse el mío. Entra, señor.

REY LEAR
Tú juzgas insoportable mal esta tormenta que cala nuestros huesos. Así es para ti, sin duda; pero el que mayores males padece no siente un mal pequeño. Huyes de un oso feroz; mas si en tu huida te cierra el paso el mar embravecido, ya no te asustarán las fauces del oso. Cuando el espíritu está en calma, el cuerpo es más sensible. La tempestad de mi alma no deja padecer a mis sentidos otro dolor que el que aquí golpea. ¡La ingratitud de mis hijos! ¿No es como si mi boca despedazara a mordiscos mi propia mano por haberla alimentado? Pero tendrán su castigo. No; ya no lloro ... ¡En una noche así cerrarme sus puertas! ¡Arrecia, tempestad! ¡En una noche así! ¡Oh, Regania, oh, Gonerila! ¡Un padre anciano y bueno, de corazón tan generoso que les ha dado todo! Si sigo pensando en ello me volveré loco ... No quiero pensar más, no quiero ...

CONDE DE KENT
Amado señor: entra aquí.

REY LEAR
No; déjame ... Entra tú solo. Procura acomodarte. La tempestad me distrae de otros pensamientos que me atormentarían más crueles ... Pero entraré; sí ... Ven, niño mío. Entra tú primero. ¡Ay de la pobreza que ni una choza tiene! Vamos, entra. Rezaré y dormiré luego. Pobres que padecen desnudez y hambre, dondequiera que se hallen, expuestos a los rigores de noches tan despiadadas, mal cobijados, mal comidos, mal cubiertos de sus andrajos, con mil troneras y ventanas ... ¿Cómo pueden arrostrar los rigores de un tiempo semejante? ¡Qué poco me acordé de ustedes! ¡Provechosa medicina para el orgullo de los grandes! ¡Padezcamos como los pobres padecen, y no dudaremos en cederles de nuestras superfluidades, y resplandecerá sobre la tierra la justicia del cielo! (Entra Edgardo).

REY LEAR
¿Has dado a tus hijas cuanto tenías, y te ves de esta suerte?
(...)
REY LEAR
Mejor estarías en tu sepultura que aquí, sin más defensa que tu desnudez contra los rigores del cielo. ¿No es el hombre más de esto? Considérenlo bien: ni debe al gusano su seda, ni a la fiera su piel, ni su lana a la oveja, ni al gato de Algalia su perfume. Somos aquí tres que estamos adulterados. Tú eres la verdad de nuestro ser. Al natural, el hombre no es más que un pobre animal como tú, con la piel desnuda y zancudo. ¡Fuera, fuera postizos! ¡Desnúdenme!

BUFÓN
¡Detente, tío! No está la noche para nadar. Un poco de lumbre en medio del campo sería ahora como corazón de viejo crapuloso: allí unas chispas, y lo demás del cuerpo, frío. (Entra Glóster con una antorcha) Miren, un fuego fatuo.

CONDE DE GLÓSTER
(Al Rey) Ven conmigo. El amor que te tengo no consiente obediencia a las crueles órdenes de tus hijas. Aunque me hayan obligado a cerrarte mis puertas, entregándote a la crueldad de esta horrible noche, no he vacilado en salir a buscarte para conducirte a donde hallarás lumbre y comida.

REY LEAR
Déjame antes conversar con este filósofo. ¿Sabes tú cuál es la causa del trueno?

CONDE DE KENT
Amado señor: acepta su ofrecimiento. Ve con él.

REY LEAR
Quiero hablar dos palabras con este sabio tebano. ¿Cuáles han sido tus estudios?

EDGARDO
Huir del enemigo malo y matar piojos.

REY LEAR
Oye aquí. Quiero preguntarte algo en secreto.

CONDE DE KENT
Insiste, señor en llevarlo; empieza a desvariar.

CONDE DE GLÓSTER
(A Edgardo) Vuelve a tu choza, amigo; en ella puedes abrigarte.

REY LEAR
No; vengan todos.

CONDE DE KENT
Por aquí, señor ...

REY LEAR
Con él; no quiero separarme de mi filósofo.

SEXTA ESCENA
Habitación en una alquería, junto al castillo de Glóster.
Entran Glóster, el Rey Lear, el bufón y Edgardo.

CONDE DE GLÓSTER
Aquí se está mejor que a la intemperie. Acéptalo gustoso. Aun he de proporcionarte mayor comodidad en cuanto me sea posible. No tardaré en volver a tu lado.

CONDE DE KENT
Su razón no ha sido bastante fuerte para sobreponerse a su desesperación. Que los dioses te recompensen por tu lealtad. (Se va Glóster).

EDGARDO
Fratereto me llama y me dice que Nerón es ahora pescador de caña en el lago de las tinieblas. Recen los que sean inocentes y presérvense del espíritu maléfico.

BUFÓN
Escucha, tío; un loco. ¿Es villano o es noble?

REY LEAR
¡Es rey, es rey!

(...)
Somos parecidos a esos sapos que en la austera noche de los pantanos se llaman sin verse, doblegando con su grito de amor toda la fatalidad del universo.
René Char


No haría falta amar a los hombres para darles una ayuda real. Sólo desear hacer mejor cierta expresión de su mirada cuando se detiene en algo más empobrecido que ellos, prolongar en un segundo cierto minuto agradable de su vida. A partir de esta diligencia y cada raíz tratada, su respiración se haría más serena. Sobre todo, no suprimirles por entero esos senderos penosos, a cuyo esfuerzo sucede la evidencia de la verdad a través de los llantos y los frutos.
René Char