Hugo Padeletti
(Alcorta, Santa Fe, Argentina, 1928)
Cómo se lee un poema
Pido perdón por estas tres hojitas que voy a leer. Sé que la expresión improvisada es más vivida, aunque menos exacta, pero en estos siete años de alejamiento de los claustros universitarios he olvidado casi todo lo que aprendí y me cuesta extraer como de un pozo lo poco que sé. El tiempo elástico de la escritura me ayuda a lograrlo. No voy a hacer por lo tanto una exposición doctoral de cómo debe leerse un poema. Eso, como dije, ha quedado atrás. Actualmente me considero sólo un poeta. Además, he hecho ejercicios de origen budista para vaciar mi mente del exceso de conceptos, para tenerla disponible para lo que se presente en el momento. Ustedes conocerán probablemente la anécdota del erudito occidental que fue a visitar a un sabio budista para preguntarle por el sentido del budismo. Mientras el monje preparaba el té, el erudito se explayaba en la exposición de sus innumerables conocimientos. Cuando el té estuvo listo, el monje pidió al occidental que acercara su taza y fue vertiendo el té hasta que éste desbordó de la taza, llenó el platillo y amenazaba con chorrear sobre el suelo. ¿Qué pasa?, preguntó el erudito, ¿no ve usted que la taza está desbordando? Así está su mente, contestó el sabio. ¿Cómo podría entrar en ella el sentido del budismo? No sólo el sentido del budismo requiere una mente vacía -o vaciada- sino también el sentido de un poema.
Cuando voy a leer un poema me presento a él con la mente libre de preconceptos. Primero hago una lectura global no analítica para tener una primera impresión. Generalmente basta para saber si el poema es bueno o no. Cuando éste está escrito en una lengua extranjera que no domino completamente pero cuyas estructuras fundamentales conozco, como me ocurre con el inglés, lo primero que observo es la construcción sintáctica; es la armadura, el hueso del poema, su columna vertebral. Luego observo la constelación de imágenes; ésta me da el clima del poema. Finalmente hago una traducción, que es mi lectura de ese poema. Si éste está escrito en mi propia lengua, el proceso es el mismo, sólo que no tengo que hacer la traducción. Si la estructura sintáctica es coherente y animada, el poema tiene vida. Casi seguramente, también tiene una buena estructura sonora, porque la sintaxis determina el fraseo, que es -más allá de la métrica- el verdadero ritmo del poema. Luego veo si la constelación de imágenes es realmente una constelación; es decir, si es coherente, si las imágenes se apoyan y refuerzan mutuamente o si chocan y se neutralizan. En este último caso el poema es malo. Luego trato de ver si hay una ilación conceptual explícita o si el sentido está en la constelación imaginaria y sonora.
Hay tres clases básicas de poemas: 1) los que tienen un hilo conductor conceptual, generalmente con disminución de los elementos imaginario y sonoro; 2) los que consisten esencialmente en imágenes, con probable disminución de los aspectos conceptual y sonoro; 3) los que ponen el acento en la música de las palabras: en la métrica, el ritmo, asonancias, consonancias y disonancias, paronomasias y juegos de vocablos en general, subordinando esto al sentido conceptual y en parte al imaginario. De más está decir que estas tres categorías rara vez se dan puras sino combinadas. Los tres elementos fundamentales del lenguaje: concepto, imagen y sonido pueden entrar en combinaciones múltiples, como lo prueba la apabullante variedad de la poesía a través de las lenguas y los siglos.
Si se trata de un poema principalmente conceptual, los conceptos nos guían desde el principio hasta el fin, las imágenes ilustran los conceptos y el ritmo los va articulando. Pero ojo, que un poema conceptual, pese su claridad, que a veces se complica en deliberada oscuridad y dificultad, puede ser muy poco poético. Si el poema está compuesto básicamente de imágenes, es importante ver si hay una buena organización o simplemente una acumulación de ellas, la acumulación incoherente de imágenes es el recurso favorito de los malos poetas. Si el poema es esencialmente sonoro hay que descubrir si es significante, si no es un mero juego de vocablos. Hay un tope que este último tipo de poesía no puede sobrepasar: la anulación del concepto y de la imagen; si esto ocurre no hay ya lenguaje y por lo tanto tampoco poesía; ciertas experiencias extremistas lo han probado. Si el poema, como ocurre en la mayoría de los casos, consiste en una dosificación variada de los tres elementos constitutivos, importa ver qué papel juega cada parte en el conjunto y saber apreciarlo.
Un problema que se plantea frecuentemente es el del hermetismo de cierta poesía. Un poema puede ser hermético porque es incoherente, o porque tiene una articulación muy compleja de concepto, imagen o sonido, o de las tres a la vez, o porque intenta comunicar experiencias inefables. Está el hermetismo sintáctico de Góngora, el hermetismo por elipsis de ciertos sonetos de Mallarmé, el hermetismo esotérico de Lubicz Milosz y el hermetismo transparente, al menos para el que tiene siquiera una vislumbre de la experiencia mística, de San Juan de la Cruz. Hay una clase de hermetismo que sólo se da, creo, en la poesía contemporánea: es el de los poetas que parecen esforzarse intencionalmente por no decir nada: construyen una textura verbal vacía en el vacío. En este último caso, especialmente, pero en todos los casos hasta cierto punto, un recurso muy efectivo es el de la familiarización: aprender de memoria el poema hasta que forme parte de nuestro propio ser.
Recuerdo una experiencia que hice cuando era estudiante de filosofía en la Facultad de Filosofía y Humanidades de Córdoba. La materia Metafísica consistía exclusivamente en la lectura de cuatro libros. Uno de ellos era la Introducción a la metafísica de Heidegger. Yo era alumno libre desde Rosario, y no contaba con la ayuda constante del profesor, que era excelente: nada menos que Juan Adolfo Vázquez, entonces director de la colección de filosofía de Sudamericana. Recuerdo que leí tres veces la traducción al castellano y copié en un cuaderno las partes más difíciles sin lograr ningún avance. Conseguí entonces una versión francesa autorizada por el mismo Heidegger y continué mis lecturas con la ayuda de un amigo filósofo que había estudiado a Heidegger en Alemania y en alemán. Él me hizo la traducción literal de los pasajes más significativos. Aquí hay que recordar que Heidegger es un filósofo-poeta que crea de cabo a rabo su propio lenguaje aprovechando la ventaja de que el alemán, lengua aglutinante, permite formar siempre nuevas palabras por yuxtaposición de otras o partes de otras. Después de todo este esfuerzo, no puedo decir que haya logrado traducir a Heidegger a un lenguaje filosófico convencional, pero sí que la obra se abrió dentro de mí y toda ella me resultó luminosa. Fue casi una experiencia mística.
Éste es el esfuerzo que nos exigen los poetas auténticamente herméticos: que hagamos nuestra su poesía por la incansable relectura y, algunas veces, memorización. En ciertos casos también hace falta análisis, información, leer las notas del poeta y de sus exégetas y los libros que influyeron. Pero hay una clase de hermetismo que no se justifica estéticamente; es el hermetismo por exceso de individualidad: cuando el poeta, en vez de símbolos universales utiliza símbolos exclusivamente personales y alusiones a sus propias experiencias privadas que no se explican en ninguna parte. Éste, además de la abundancia de material no poético, es el defecto que hace ilegibles, salvo fragmentos, los Cantos de Ezra Pound, el más importante ejemplo de este tipo de hermetismo. Habría que leerlo con un diccionario explicativo, si pudiera hacerse, pero aun así sería muy engorroso .
A mí los poemas que más me gusta leer son los intensamente líricos y a la vez metafísicos, de forma más bien cerrada que invita a volver sobre ella. Me cuestan los poemas narrativos y los poemas-río, que empiezan en cualquier lado, fluyen largamente en cualquier dirección y terminan inesperadamente en cualquier momento. Siempre he considerado importante -como en los buenos cuentos- el final del poema, un final que lo cierra definitivamente pero que al mismo tiempo lo abre para la relectura, que nos reenvía al primer verso, haciéndonos recorrer innumerables circunferencias en torno a un centro, circunferencias que encierran la pulpa sabrosa que no se consume al comerla sino que cada vez tiene un sabor distinto y como enriquecido. Estos poemas esféricos que vuelven sobre sí mismos se mueven internamente, para decirlo con las palabras de Eliot, 'como se mueve un jarrón chino inmóvil / perpetuamente en su inmovilidad'.
Como habrán observado, he hecho hincapié en la lectura intuitiva del poema. Pero no ignoro que el análisis puede arrojarnos a la boca frutos sabrosísimos. Recuerdo que hace unos diez años yo dictaba en el Instituto Superior de Música de la Universidad Nacional de Rosario una Integración Cultural de cuatro años que culminaba en un curso de Estética y que comprendía un año de Poética. Empezábamos con Bécquer y terminábamos con los Cuatro Cuartetos. Recuerdo la decepción de los alumnos cuando empecé con la lectura y análisis de 'Del salón en el ángulo obscuro...', un poema tan fácil, tan simple y resabido. Pero me llevó más de un mes analizar la riqueza de las sonoridades en relación con el sentido, las correspondencias entre concepto y concepto, imagen e imagen, concepto e imagen. Recuerdo también el asombro de los alumnos al ver convertirse la humilde semillita de mostaza en semilla del universo. Creo que no olvidarán en su vida que todo poema, como el Lázaro de la rima, necesita una voz que le diga: -Levántate y anda-. Lo único que no puede hacer, desgraciadamente, la buena lectura es transformar un poema malo en un poema bueno. Esto sólo puede hacerlo Berta Singerman (y no es broma).
Quiero recordar, por último, que un buen poema es una obra de arte. Que más allá de lo que el poeta dice -información, concepción del mundo, comunicación de experiencias, 'mensaje', como se decía antes- el poema es un objeto de belleza, la función de la belleza en la vida de un individuo y de una cultura es incomparable e irreemplazable. Por eso quiero terminar recordando los versos del Endymion de Keats: 'A thing of beauty is a joy for ever; / its loveliness increases; it will never / pass into nothingness'. Que más o menos puede interpretarse: 'Un objeto de belleza -una obra de arte- es un gozo para siempre; su encanto se acrecienta, nunca pasará a la nada. O, para decirlo con palabras de una poeta contemporánea (Marianne Moore): 'Beauty is everlasting and dust is for a time': La belleza es eterna; el polvo sólo por un tiempo.
Leído por Hugo Padeletti en un encuentro de poesía.
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sábado, 8 de febrero de 2014
lunes, 27 de mayo de 2013
La difícil extracción del sentido es simple
HUGO PADELETTI
(Alcorta, Provincia de Santa Fe, Argentina, 1928)
Pocas cosas
y sentido común
y la jarra de loza, grácil,
con el ramo
resplandeciente.
La difícil
extracción del sentido
es simple:
el acto claro
en el momento claro
y pocas cosas-
verde
sobre blanco.
(Alcorta, Provincia de Santa Fe, Argentina, 1928)
Pocas cosas
y sentido común
y la jarra de loza, grácil,
con el ramo
resplandeciente.
La difícil
extracción del sentido
es simple:
el acto claro
en el momento claro
y pocas cosas-
verde
sobre blanco.
martes, 31 de mayo de 2011
Canto un canto de rana en la sequía
Otros poemas de
HUGO PADELETTI
(Alcorta, Santa Fe, Argentina, 1928)
la forma de las cosas
No me gusta la forma
de las cosas
este año. Los peces
africanos
no brillan más. Los nuevos
no son peces. Por años
el aire se enrarece, los espacios
se oscurecen. 'Lo malo
–dijo Alicia– es que soy
yo'. ¿Soy yo?
No soy lo mortecino
de la luz, lo encogido
que me va a ahogar. No soy el repetido
vencimiento
de lo que pienso.
***
POEMA 9
No me canto a mí mismo
ni a la enredadera afanosa
que enmudeció en la barba procerosa
del poeta laureado.
Ni canto el esplendor de la leona,
miel o mies, que ondulaba, sigilosa,
pero ahora es duna viajera,
vago espectro de arena vagarosa.
Canto un canto de rana en la sequía,
la cosecha inundada de la hormiga,
la quema de hojas canas
y su crepitar sin mañana.
Así la mariposa, de sus huevos,
hace botella al mar:
el viejo plagio
apuesta por diluvios y naufragios.
***
El pensamiento a veces se hace realidad
entre dos parpadeos
y quedamos en vilo. Así la aparición
del colibrí.
De pronto, en la inviolada
tranquilidad,
vibra en el aire y está
–en vilo– en la flor roja
del hibisco.
No lo ahuyenten. Soy yo, en el transparente
vacío
girando alrededor. Soy él, prendido
del mantra:
el que liba
el gozo original en la corola
mojada.
**
Para leer más de Hugo Padeletti, haga clic aquí
HUGO PADELETTI
(Alcorta, Santa Fe, Argentina, 1928)
la forma de las cosas
No me gusta la forma
de las cosas
este año. Los peces
africanos
no brillan más. Los nuevos
no son peces. Por años
el aire se enrarece, los espacios
se oscurecen. 'Lo malo
–dijo Alicia– es que soy
yo'. ¿Soy yo?
No soy lo mortecino
de la luz, lo encogido
que me va a ahogar. No soy el repetido
vencimiento
de lo que pienso.
***
POEMA 9
No me canto a mí mismo
ni a la enredadera afanosa
que enmudeció en la barba procerosa
del poeta laureado.
Ni canto el esplendor de la leona,
miel o mies, que ondulaba, sigilosa,
pero ahora es duna viajera,
vago espectro de arena vagarosa.
Canto un canto de rana en la sequía,
la cosecha inundada de la hormiga,
la quema de hojas canas
y su crepitar sin mañana.
Así la mariposa, de sus huevos,
hace botella al mar:
el viejo plagio
apuesta por diluvios y naufragios.
***
El pensamiento a veces se hace realidad
entre dos parpadeos
y quedamos en vilo. Así la aparición
del colibrí.
De pronto, en la inviolada
tranquilidad,
vibra en el aire y está
–en vilo– en la flor roja
del hibisco.
No lo ahuyenten. Soy yo, en el transparente
vacío
girando alrededor. Soy él, prendido
del mantra:
el que liba
el gozo original en la corola
mojada.
**
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viernes, 18 de septiembre de 2009
Reposo, novilunio
Algunos pocos poemas de
HUGO PADELETTI
(Alcorta, Santa Fe, Argentina, 1928)
(...)
No hay secreto
que no sea interior.
Aún en flor
su encubrimiento prevalece.
¿Qué primavera
dice su invierno?
La primavera
es.
(...)
[LA PACIENCIA]
***
Ahora soy un ojo
inmóvil en el cielo,
una nostalgia sin yo
que forma nubes en el cielo.
Ahora soy la imagen del cuadro, sobre fondo
de rojo sombrío,
la mirada perdida en insondable dignidad,
reclinado en un marco de oro.
Mañana habré caído
en un pozo de sangre,
en una vieja trampa familiar,
me habré enredado entre los hechos.
Mañana habré bajado hasta una alfombra
raída,
hasta el polvo que enciende los deseos,
hasta la culpa.
***
Misión
Hay sedimentos de sequía
en el fondo del cauce.
En el pasto su propio
secar
y brotar.
Reposo, novilunio.
Me llego hasta las ramas abiertas
porque tiemblo y vacilo.
Las ramas tienen su actitud cada una.
Los álamos obstinan
la misión de lo magro.
Goza en los trigos
el barbecho
su maternidad sombría.
Sube y me reconforta
-proyección de la savia-
algo que viene de antes
de la tierra
y vuelvo de los campos
tenso
de gestaciones.
Reverdezco así tras de la entrega,
de la higuera repito el milagro
y, diciendo,
me cumplo.
***
PARA DECIR que te arrastras
habría que limpiar esa palabra
de las adherencias del uso.
No te arrastras, desbordas
tu circunstancia.
Si la violeta ilustra la modestia,
tú floreces la fiel culminación,
la plenitud de lo chato.
Porque has descartado la ambición
encarnas la autenticidad.
No trepas, te encarama
lo cotidiano.
***
Crédito imagen: Ahora es ahora es ahora
01/05/1997, de Hugo Padeletti,
monocopia láser s/ tela
62,5 x 72,5 cm.
Firmada y fechada en el ángulo inferior derecho.
Ingresa al museo en el año 2003. Donación del artista.
Núm. de registro: en trámite.
Núm. de inventario: en trámite.
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Somos parecidos a esos sapos que en la austera noche de los pantanos se llaman sin verse, doblegando con su grito de amor toda la fatalidad del universo.
René Char
No haría falta amar a los hombres para darles una ayuda real. Sólo desear hacer mejor cierta expresión de su mirada cuando se detiene en algo más empobrecido que ellos, prolongar en un segundo cierto minuto agradable de su vida. A partir de esta diligencia y cada raíz tratada, su respiración se haría más serena. Sobre todo, no suprimirles por entero esos senderos penosos, a cuyo esfuerzo sucede la evidencia de la verdad a través de los llantos y los frutos.
René Char
René Char
No haría falta amar a los hombres para darles una ayuda real. Sólo desear hacer mejor cierta expresión de su mirada cuando se detiene en algo más empobrecido que ellos, prolongar en un segundo cierto minuto agradable de su vida. A partir de esta diligencia y cada raíz tratada, su respiración se haría más serena. Sobre todo, no suprimirles por entero esos senderos penosos, a cuyo esfuerzo sucede la evidencia de la verdad a través de los llantos y los frutos.
René Char