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viernes, 27 de octubre de 2017

I will teach you in my verse


Gerard Nolst Trenité
Pseudónimo: Charivarius 


The Chaos

Dearest creature in creation,
Study English pronunciation.
I will teach you in my verse
Sounds like corpse, corps, horse, and worse.
I will keep you, Suzy, busy,
Make your head with heat grow dizzy.
Tear in eye, your dress will tear.
So shall I! Oh hear my prayer.
Just compare heart, beard, and heard,
Dies and diet, lord and word,
Sword and sward, retain and Britain.
(Mind the latter, how it’s written.)
Now I surely will not plague you
With such words as plaque and ague.
But be careful how you speak:
Say break and steak, but bleak and streak;
Cloven, oven, how and low,
Script, receipt, show, poem, and toe.
Hear me say, devoid of trickery,
Daughter, laughter, and Terpsichore,
Typhoid, measles, topsails, aisles,
Exiles, similes, and reviles;
Scholar, vicar, and cigar,
Solar, mica, war and far;
One, anemone, Balmoral,
Kitchen, lichen, laundry, laurel;
Gertrude, German, wind and mind,
Scene, Melpomene, mankind.
Billet does not rhyme with ballet,
Bouquet, wallet, mallet, chalet.
Blood and flood are not like food,
Nor is mould like should and would.
Viscous, viscount, load and broad,
Toward, to forward, to reward.
And your pronunciation’s OK
When you correctly say croquet,
Rounded, wounded, grieve and sieve,
Friend and fiend, alive and live.
Ivy, privy, famous; clamour
And enamour rhyme with hammer.
River, rival, tomb, bomb, comb,
Doll and roll and some and home.
Stranger does not rhyme with anger,
Neither does devour with clangour.
Souls but foul, haunt but aunt,
Font, front, wont, want, grand, and grant,
Shoes, goes, does. Now first say finger,
And then singer, ginger, linger,
Real, zeal, mauve, gauze, gouge and gauge,
Marriage, foliage, mirage, and age.
Query does not rhyme with very,
Nor does fury sound like bury.
Dost, lost, post and doth, cloth, loth.
Job, nob, bosom, transom, oath.
Though the differences seem little,
We say actual but victual.
Refer does not rhyme with deafer.
Fe0ffer does, and zephyr, heifer.
Mint, pint, senate and sedate;
Dull, bull, and George ate late.
Scenic, Arabic, Pacific,
Science, conscience, scientific.
Liberty, library, heave and heaven,
Rachel, ache, moustache, eleven.
We say hallowed, but allowed,
People, leopard, towed, but vowed.
Mark the differences, moreover,
Between mover, cover, clover;
Leeches, breeches, wise, precise,
Chalice, but police and lice;
Camel, constable, unstable,
Principle, disciple, label.
Petal, panel, and canal,
Wait, surprise, plait, promise, pal.
Worm and storm, chaise, chaos, chair,
Senator, spectator, mayor.
Tour, but our and succour, four.
Gas, alas, and Arkansas.
Sea, idea, Korea, area,
Psalm, Maria, but malaria.
Youth, south, southern, cleanse and clean.
Doctrine, turpentine, marine.
Compare alien with Italian,
Dandelion and battalion.
Sally with ally, yea, ye,
Eye, I, ay, aye, whey, and key.
Say aver, but ever, fever,
Neither, leisure, skein, deceiver.
Heron, granary, canary.
Crevice and device and aerie.
Face, but preface, not efface.
Phlegm, phlegmatic, ass, glass, bass.
Large, but target, gin, give, verging,
Ought, out, joust and scour, scourging.
Ear, but earn and wear and tear
Do not rhyme with here but ere.
Seven is right, but so is even,
Hyphen, roughen, nephew Stephen,
Monkey, donkey, Turk and jerk,
Ask, grasp, wasp, and cork and work.
Pronunciation (think of Psyche!)
Is a paling stout and spikey?
Won’t it make you lose your wits,
Writing groats and saying grits?
It’s a dark abyss or tunnel:
Strewn with stones, stowed, solace, gunwale,
Islington and Isle of Wight,
Housewife, verdict and indict.
Finally, which rhymes with enough,
Though, through, plough, or dough, or cough?
Hiccough has the sound of cup.
My advice is to give up!!!

domingo, 2 de abril de 2017

Fuera croan los cuervos. Como en una obra de teatro

THOMAS BERNHARD

(Holanda, 1931-Austria, 1989) 

ENTREVISTA a THOMAS BERNHARD realizada por Asta Scheib

Pregunta: ¿Quién es Thomas Bernhard?
Thomas Bernhard: Uno nunca sabe quién es. Son los demás los que le dicen a uno quién y qué es ¿no? Y como esto uno lo oye millones de veces en su vida, por poco que ésta sea larga, acaba por no saber en absoluto quién es. Todos dicen algo distinto. Incluso uno mismo está siempre cambiando de parecer.

Pregunta: ¿Hay seres de los que usted dependa, que tengan una influencia decisiva en su vida?
Thomas Bernhard: Uno siempre es dependiente de las personas. No hay nadie que no dependa de algún ser. El hombre que estuviera siempre a solas consigo mismo acabaría hundiéndose al cabo de muy poco tiempo, se moriría. Yo soy de la creencia que para cada uno de nosotros existen seres decisivos. Yo he conocido a dos en mi vida; mi abuelo paterno y una persona a la que conocí un año antes de la muerte de mi madre. Fue una relación que duró más de treinta y cinco años. Todo lo que a mí se refería provenía de esta persona, de ella lo he aprendido todo. Y con su muerte también desapareció todo. Entonces uno se encuentra solo. Al principio a uno le gustaría morirse también; después se pone a buscar. A todas las personas que todavía se tienen, a las que se ha dejado olvidadas en el transcurso de la vida. Entonces se encuentra uno muy solo. Hay que aprender a vivir con ello. Cuando me encontraba solo, fuese donde fuese, siempre he sabido que esta persona me protegía, me mantenía, y también que me dominaba. Después, todo desapareció. Uno está en el cementerio. Están cerrando la tumba. Todo lo que tuvo algún significado se ha ido. Entonces se despierta cada día por la mañana con una pesadilla. No se trata forzosamente de que se quiera seguir viviendo. Pero uno tampoco quiere pegarse un tiro, o colgarse. A uno eso le parece feo, y desagradable. Entonces sólo quedan los libros. Se precipitan sobre uno con todos los horrores que en ellos se pueden escribir. Pero de puertas afuera se sigue viviendo como si nada, para evitar que el entorno, que siempre está al acecho de nuestras debilidades, nos devore. Por poco que uno las deje aflorar, abusará de nosotros y nos sumergirá en un mar de hipocresía. Entonces la hipocresía se llama compasión. Es la definición más bella de la hipocresía.
Tal como he dicho antes, es difícil, tras treinta y cinco años de convivencia con una persona, encontrarse de repente solo. Esto sólo lo entienden las personas que han vivido una experiencia parecida. Uno se vuelve de repente cien veces más desconfiado que antes. Uno se vuelve más frío de lo que antes ya se le catalogaba. Aún más reservado. Lo único que le salva a uno es que no hay que morirse de hambre.
En realidad, lo que se dice agradable, esta vida no lo es. Sin contar con la propia decrepitud. Un derrumbe total. Uno sólo se mete en casas con ascensor. Ingiere un cuarto de litro de vino para comer, otro cuarto para cenar. Más o menos se hace soportable. Pero cuando para comer se bebe ya medio litro, entonces, se pasa muy mala noche. La vida se reduce a este tipo de problemas. Tomar pastillas, no tomarlas, cuándo tomarlas, para qué tomarlas. Uno va enloqueciendo de mes en mes, porque las cosas se van embrollando.

Pregunta: ¿Cuándo tuvo usted alguna alegría por última vez?
Thomas Bernhard: Uno se alegra cada día de seguir viviendo y de no estar todavía muerto. Esto constituye un capital inapreciable.
Aprendí, del ser que se me ha ido, que uno se agarra a la vida hasta el final. En el fondo, todos estamos contentos de vivir. La vida no puede ser tan mala hasta el punto de no aferrarse a ella. La curiosidad es el estímulo. Uno desea saber: ¿qué más falta aún? Es más interesante saber lo que ocurrirá mañana, que lo que está pasando hoy. Cuanto mayor se hace uno, más interesante se vuelve la vida. Tras la destrucción del cuerpo, la mente se desarrolla sorprendentemente bien.
Lo que más me gustaría es saberlo todo. Siempre trato de robar a la gente, de sacarle todo lo que lleva dentro. En la medida en que esto se puede practicar a escondidas. Cuando la gente se da cuenta de que la estás robando, entonces se cierra. Como cuando se ve a un sospechoso acercarse a la casa, se atranca la puerta. Aunque también se puede forzar la puerta, cuando no queda más remedio. Todo el mundo puede dejarse una ventana abierta en el desván. Esto puede ser muy estimulante.

Pregunta: ¿Ha deseado usted alguna vez fundar una familia?
Thomas Bernhard: Sencillamente me he limitado a sentirme feliz de sobrevivir. Fundar una familia, ni se me podía pasar por la cabeza. No tenía salud, y por lo tanto, tampoco ganas de pensar en estas cosas. No me quedó más alternativa que refugiarme en mi capacidad de raciocinio, y tratar de sacarle algún provecho ya que mi cuerpo estaba agotado. Estaba vacío. Y así ha seguido, durante años y años. ¿Es eso bueno, o malo? ¿Quién lo sabe? Pero es una forma de vivir. La vida puede asumir infinitas formas.
Mi madre murió a los cuarenta y seis años. Fue en 1950. Conocí a mi compañera un año antes. Al principio sólo fue una amistad y una relación muy fuerte con una persona mucho mayor que yo. En cualquier lugar del mundo donde me encontrase, ella era el punto central del cual yo lo extraía todo. Yo siempre sabía que esta persona era totalmente mía en los momentos difíciles. No tenía más que pensar en ella, sin siquiera buscarla, y todo se arreglaba. Incluso ahora, sigo viviendo con esta persona. Cuando estoy preocupado pregunto: ¿Qué harías tú? Así he conseguido apartarme de algunas atrocidades integrales, que no se pueden excluir con la edad, ya que todo está dentro de uno. Para mí, ella fue el elemento de moderación y de disciplina. Y por otra parte también el elemento de apertura al mundo.

Pregunta: En algún momento de su vida ¿se ha sentido usted satisfecho?
Thomas Bernhard: Nunca me he sentido satisfecho de mi vida. Siempre me he sentido muy necesitado de protección. Con mi amiga encontré protección, y siempre me impulsó a trabajar. Ella se sentía feliz de verme hacer algo. Por eso fue maravilloso. Viajábamos. Yo le llevaba sus pesadas maletas, pero aprendí muchas cosas, por poco que se pueda decir esto refiriéndose a uno mismo, pues de todas maneras siempre es poco, o casi nada. Pero para mí lo fue todo.
Cuando yo tenía diecinueve años, en Sicilia, me enseñó donde vivía Pirandello, pero sin la pedantería empalagoso de la persona muy culta. Como de pasada. Fuimos a Roma, a Split, pero lo importante entonces eran sobre todo los viajes interiores que hicimos. Vivíamos en un sitio perdido en el campo, con mucha sencillez. Por las noches la nieve caía encima de nuestra cama. Sentíamos esta predilección por la sencillez. Las vacas pastaban junto al dormitorio, tocando a donde vivíamos, donde tomábamos la sopa rodeados de libros.

Pregunta: ¿Usted está conforme con su vida de escritor?
Thomas Bernhard: Bueno, uno siempre anhela mejorar escribiendo, sino sería para volverse loco. Es un fenómeno que aparece con la edad. Las composiciones deberían irse volviendo más rigurosas. Yo siempre he tratado de mejorar progresando. Partir del último paso para dar el siguiente. Evidentemente, los temas son siempre los mismos, claro está. Cada uno sólo tiene su propio tema, y se mueve dentro de él. Y entonces se hacen las cosas bien. Siempre se tienen muchas ideas: hacerse monje, ferroviario, o leñador, quizá. Pertenecer a la gente muy sencilla. Lo que evidentemente es un error, porque uno no pertenece a ella. Cuando uno es como yo, no puede convertirse en monje o en ferroviario, claro está. Siempre he sido un solitario. A pesar de este fuertísimo lazo siempre he estado solo. Al principio, claro, aún creía que tenía que ir a los sitios y participar. Pero por lo menos desde hace un cuarto de siglo apenas me relaciono con otros escritores.

Pregunta: Uno de sus temas principales es la música. ¿Qué significa para usted?
Thomas Bernhard: Estudié música cuando era joven. Me ha perseguido desde la infancia. Aunque siempre me ha gustado, la música ha sido como una caza y un acoso para mí. Sólo estudiaba para poder estar con gente de mi edad. Probablemente esta necesidad era la consecuencia de mi relación con esta persona mucho mayor que yo. He jugado, cantado, hecho teatro con mis colegas del Mozarteum. Después la música se volvió imposible debido a motivos puramente físicos. Sólo se puede hacer música cuando se está permanentemente con más gente. Como precisamente era esto lo que yo no quería, el problema se resolvió por sí solo.

Pregunta: Sus ataques, principalmente contra el Estado y contra la Iglesia, son a menudo muy fuertes. En Extinción (Auslóschung) describe usted el catolicismo como «lo que destruye el alma del niño, lo que le asusta, lo que anega su carácter». Para usted, su país, Austria se ha convertido en «un negocio sin escrúpulos donde sólo se comercia con todo y donde todos estafan a todos por todo». ¿ Escribe usted desde una posición de odio universal?
Thomas Bernhard: Yo amo a Austria. Esto no se puede negar. Pero la estructura del Estado y de la Iglesia es tan horrible que sólo se puede odiarla.
Soy de la opinión que todos los países y todas las religiones, a la que se los conoce de cerca, son igual de horribles. Con el tiempo se descubre que la estructura es en todas partes la misma, tanto en las dictaduras como en las democracias; en el fondo, para el individuo son igual de horribles. Por lo menos vistas de cerca. Pero más vale no dejarse llevar y no proclamar este tipo de cosas, para que no me echen los perros.

Pregunta: ¿Para usted no es importante el reconocimiento, como escritor y como ser humano en su propia patria?
Thomas Bernhard: El hombre, desde el principio, está sediento de amor por naturaleza. Sediento del cariño, del don que el mundo tiene por ofrecer. Cuando a uno le privan de esto, por mucho que repita mil veces que es un ser frío, que nada ve ni nada oye, le golpea con toda dureza. Pero esto es así, es inevitable. Cuando se dan voces en el bosque, el eco las devuelve. Cuando se conoce el bosque, también se conoce el eco. En el fondo, también se está enamorado del odio y del desdén.

Pregunta: ¿Es quizá por esta razón que de entrada, en sus libros, empieza usted por hacer tabla rasa? Da la impresión de un ajuste de cuentas algo brutal con determinadas personas. ¿Recibe usted las reacciones consecuentes ?
Thomas Bernhard: Sí. A veces se vuelve casi insoportable. Ayer, cuando estaba en la ciudad, una mujer se me echó literalmente encima. Se puso a gritar: «Si sigue usted por este camino reventará». Se está indefenso ante este tipo de cosas. O, por ejemplo, está uno tranquilamente sentado en un banco en el parque, y recibe de repente un golpe por la espalda. Aún no has tenido tiempo de reaccionar y apenas alcanzas a oír cómo alguien grita: «Muy bien, siga por este camino. » Uno mismo provoca estos incidentes. Lo que pasa, es que no se contaba con ello. Apenas puedo seguir viviendo en Ohlsdorf, mi lugar de residencia. Los atropellos por todas partes se me hacen insoportables. Por lo demás, las alabanzas son tan siniestras, falsas, hipócritas y egoistas como los insultos. Se da el caso, que la gente, si no abro en seguida la puerta, se enfada y me rompe los cristales. Primero llaman, después pican, después gritan, y acaban rompiéndome las ventanas. Después se oye el rugido de un motor que se aleja. Porque fui lo suficientemente estúpido, hace veintidós años, de dar mi dirección, ahora ya no puedo seguir viviendo en Ohlsdorf. La gente se sube al muro que rodea mi casa. Cuando por la mañana bajo hasta el portal, ya hay gente encaramada. Dicen que quiere hablar conmigo. O, los fines de semana, la gente va a ver al escritor, como antes iban al parque a ver los monos. Esto es más divertido. Se acercan hasta Ohlsdorf y asedian mi casa. Yo los observo escondido detrás de las cortinas como un preso o como un loco. Insoportable. Desde hace doce años ya no doy más, conferencias. Ya no me siento capaz de sentarme y ponerme a leer mis cosas. Tampoco soporto a la gente que aplaude. El aplauso es la recompensa del actor. Vive de ello. Yo, por mi parte, prefiero las transferencias de mi editorial. Pero las marchas, los desfiles y la gente que aplaude en los teatros o en los conciertos me son insoportables. Las calamidades siempre las provoca la masa enfervorizado que aplaude. Todos los horrores provienen de los aplausos.

Pregunta: Usted ha dicho, en Extinción que uno debería dejarse erigir en viejo bufón a los cuarenta. ¿Por qué?
Thomas Bernhard: Este método es el único que permite soportarlo todo. Usted me ha preguntado por la imagen que tengo de mí. Sólo puedo decir lo siguiente: la del bufón. Entonces funciona. La imagen del bufón, del viejo bufón. Un bufón joven carece de interés, ni siquiera se le reconoce como bufón.

Pregunta: ¿Fue para usted la escritura, sobre todo en sus libros primerizos como El Aliento o El Frío , también un medio de superar su enfermedad?
Thomas Bernhard: Mi abuelo era escritor. Hasta después de su muerte no me atreví a ponerme a escribir. Cuando yo tenía dieciocho años, se descubrió en el pueblo donde había nacido mi abuelo una placa en recuerdo suyo. Después de la ceremonia todos fueron al albergue de mi tía. Yo también estaba allí, y mi tía, dirigiéndose a unos periodistas que cubrían la información, dijo: «Allí está el nieto, que nunca será nada, aunque a lo mejor también sabe escribir». Entonces uno dijo: «Mándemelo el lunes». Así recibí el encargo de escribir sobre un campo de refugiados. Al día siguiente mi reportaje ya figuraba en el diario. No he vuelto a sentirme tan entusiasmado en mi vida. Es una sensación maravillosa: escribir algo que se imprime durante la noche, aunque sea mutilado y recortado. Pero en fin, ahí estaba. De Thomas Bernhard. ¡Sangre había sudado para escribirlo! Durante dos años escribí la crónica judicial, que me volvió a la memoria cuando me puse a escribir prosa. Un tesoro inestimable. Creo que de ahí surgen mis raíces.

Pregunta: ¿Qué siente ahora, cuando críticos como Reich-Ranicki o Benjamín Henrichs escriben sobre usted con admiración? ¿También se siente entusiasmado?
Thomas Bernhard: Con las críticas no me he vuelto a entusiasmar más. Al principio, sí, porque me las creía; pero cuando se llevan treinta años viendo estos cambios de valoración, estas devoluciones de favores con intereses, uno acaba descubriendo los mecanismos. Uno manda a su criado y le dice: «Ahora quiero que me hagas una crítica negativa». Así funciona.

Pregunta: ¿Le molestan las críticas feroces?
Thomas Bernhard: Sí, hoy en día todavía sigo cayendo en todas las trampas. Los periódicos siempre me han fascinado, desde mi juventud hasta hoy. Apenas puedo soportar un día sin periódicos. Al cabo del tiempo se acaba conociendo a la gente en las redacciones. A lo mejor no los he visto en mi vida, pero sé cuáles son los entresijos de un teatro, el trasfondo de una redacción, conozco a los editores, a los lectores, los negocios. El espíritu siempre se pierde por el camino, el sabor también se queda en el camino, y la poesía. Por encima pasan los ejércitos de redactores y críticos. Pasan por encima de los cadáveres de todos los que hacen algo creativo. Volvemos a topar con algo fascinante: me hiere, pero ya no me molesta en mi trabajo.

Pregunta: En una conferencia usted dijo: «Nada tenemos que decir, excepto que somos miserables». ¿Escribe usted para dejar constancia de sus derrotas?
Thomas Bernhard: No. Todo lo que hago, lo hago sólo para mí. Todo el mundo lo hace todo sólo para sí, tanto el funámbulo, como el panadero, o el revisor de tren, o el acróbata del aire. Con la salvedad de que en las acrobacias aéreas, durante el espectáculo, el público mira al cielo, y, mientras el aeroplano está volando la gente ya espera que se estrelle. Con los escritores pasa lo mismo, con una diferencia importante: mientras el aviador sólo se estrella una vez, en cuyo caso suele matarse o quedar muy mal parado, el escritor también suele salir muerto o mal parado-, pero siempre resucita. Siempre vuelve a dar el espectáculo. Y cuando más viejo se hace, más alto vuelta, hasta que un día se le pierde de vista. Entonces la gente se pregunta: ¡Qué raro! ¿Cómo es que no se ha vuelto a estrellar?
Yo gozo escribiendo, lo que no es nada nuevo. Escribir es el único lazo que todavía me ata. Claro que la cuerda está algo deshilachada. Pero en fin, así es. Nadie es eterno. Pero mientras dure mi vida, viviré escribiendo. La escritura es mi existencia. Hay meses, o años, en los que no puedo escribir. Es horrible. Pero en algún momento siempre vuelve, y entonces algo se fragua. Este ritmo es terrorífico y extraordinario a la vez: es algo que los demás probablemente no conocen.

Pregunta: En sus libros, salvo contadas excepciones, no da usted una imagen muy favorable de la mujer. ¿Es un fiel reflejo de su experiencia personal?
Thomas Bernhard: Sólo puede decir que, desde hace un cuarto de siglo, me relaciono exclusivamente con mujeres. No soporto a los hombres, ni las conversaciones de hombres. Me vuelven loco. Los hombres siempre hablan de lo mismo: de su profesión o de mujeres. Es imposible escuchar algo original en boca de los hombres. Las reuniones de hombres me son insoportables. Prefiero la cháchara de las mujeres. Para mí, las únicas relaciones provechosas han sido con mujeres. Después de mi abuelo, lo he aprendido todo con las mujeres. No creo haber aprendido nada de los hombres. Los hombres siempre me han puesto de mal humor. Curioso. Después de mi abuelo, se acabó, ni un hombre más. Siempre he buscado protección y salvación entre las mujeres, que también se han mostrado superiores a mí en muchas cosas. Y además saben dejarme en paz. Yo puedo trabajar rodeado de mujeres. En cambio, sería totalmente incapaz de producir nada en un entorno de hombres.

Pregunta: Tras la muerte de la compañera de su vida, ¿existe alguien de quien usted no puede prescindir?
Thomas Bernhard: No, podría rodearme de cientos de personas, bailar en mil bodas, pero no imagino nada peor. Hace poco soñé que el ser que perdí, volvía. Yo le dije: «el tiempo que no has estado aquí ha sido el más horrible». Como si sólo hubiese sido un intermedio y los muertos ahora siguieran viviendo conmigo. Fue algo tan fuerte, irrepetible. Ya no es posible. Ahora me sitúo en el punto de vista del espectador, en un ángulo muy cerrado desde donde observo el mundo. Punto.

Pregunta: ¿Cree usted en la posibilidad de otra forma de existencia tras la muerte?
Thomas Bernhard: No. Gracias a Dios no. La vida es maravillosa, pero lo más maravilloso es pensar que tiene fin. Este es el mejor consuelo que me guardo en la manga. Pero tengo muchas ganas de vivir. Siempre las he tenido, salvo en los momentos en que he acariciado la idea del suicidio. Me ocurrió a los diecinueve años, otra vez a los veintiséis con muchas fuerza, y otra más a los cuarenta. Ahora, sin embargo, tengo ganas de vivir. Cuando se ha visto a alguien que se está muriendo, agarrarse con todas sus fuerzas a la vida, se comprende esto.
Lo más extraordinario que me ha ocurrido en mi vida es sostener la mano de este ser en mi mano, notar su pulso, notar que late más despacio, notar otro latido más lento aún, y se acabó. Es tan increíble. Cuando todavía retienes su mano entre las tuyas, entra el enfermero con la etiqueta numerada para el cadáver. La enfermera le vuelve a echar, diciendo: «Vuelva un poco más tarde». En seguida te vuelves a enfrentar a la vida. Uno se levanta sin hacer ruido, recoge las cosas; entre tanto vuelve ya el enfermero y pone la etiqueta numerada en el dedo gordo del pie del cadáver. Acabas de vaciar el cajoncito de la mesita de noche, y la enfermera dice: «También tiene que llevarse el yogurt». Fuera croan los cuervos. Como en una obra de teatro.
Entonces aparece la mala conciencia. Los muertos le dejan a uno con un inmenso sentimiento de culpa.
Me siento incapaz de volver a los sitios donde estuve con ella, donde escribí mis libros. Yo he escrito todos mis libros en lugares diferentes: en Viena, en Bruselas, en cualquier lugar de Yugoslavia, en Polonia. En sentido estricto, tampoco he tenido nunca mesa de escribir. Si se me daba escribir, me daba lo mismo donde lo hacía. Incluso he escrito sumido en el máximo ruido. Nada me molestaba. Ni el ruido de una grúa, ni los gritos de la multitud, ni los chirridos de un tranvía, ni una lavandería o un matadero debajo de mi piso. Siempre me ha gustado trabajar en países donde no entiendo el idioma. Es un estímulo increíble.
Sentirme perfectamente en mi casa en medio de la extrañeza más absoluta. Para mí lo ideal era alojarnos en un hotel; y mientras mi amiga paseaba durante horas, yo podía trabajar. A menudo, sólo nos veíamos durante las comidas. Verme dispuesto a trabajar la llenaba de felicidad. Nos quedábamos con frecuencia cinco meses, o más, en un país. Eran los momentos culminantes. Muchas veces, cuando se escribe, se tiene una sensación maravillosamente bella. Si además se puede compartir con alguien que sabe apreciarla y que sabe dejarle a uno en paz, es perfecto. Nunca he tenido mejor crítico que ella. Nada que ver con las tonterías de la crítica oficial que no profundiza. Esta mujer sacaba siempre una crítica fuerte, positiva, que me era útil. Ella me conocía a fondo. Con todos mis errores. Lo echo de menos. Me sigue gustando estar en nuestra vivienda de Viena. Allí me encuentro protegido, probablemente porque vivimos allí muchos años juntos. Es el único nido que queda de toda nuestra vida en común. El cementerio tampoco está lejos.
Es una gran ventaja haber vivido esto una vez en la vida. Las cosas después ya no te afectan. Dejas de interesarse por el éxito o por el fracaso, por el teatro o por los directores, por los redactores o por los críticos. En realidad a uno ya no le importa nada. Lo único, es tener todavía dinero en el banco para poder seguir viviendo. Por lo demás mi ambición ya no era lo que había sido, pero con su muerte también se acabó. Nada te conmueve. Sigues disfrutando con los filósofos antiguos, con algunos aforismos. Es parecido a refugiarse en la música: durante unas pocas horas se puede llegar a tener un excelente humor. Todavía tengo algunos planes: antes tenía cuatro o cinco, ahora sólo me quedan dos o tres. Pero no son imprescindibles. Ni yo, ni el mundo los estamos reclamando. Si tengo ganas todavía haré algo, si no las tengo, o me faltan las fuerzas, pues se acabó. Qué más da lo que yo escriba; en resumidas cuentas siempre son catástrofes. Esto es lo deprimente del destino del escritor: nunca consigues trasladar al folio lo que has pensado o imaginado; la mayoría se pierde durante el traslado. Lo que llegas a plasmar no es más que un pálido y ridículo reflejo de lo que habías imaginado. Esto es lo que más deprime a un autor como yo. En el fondo no puedes comunicarte. Todavía no lo ha conseguido nadie. En alemán mucho menos; es una lengua envarada y torpe, en el fondo horrible. Es una lengua espantosa que mata todo lo que es ligero y maravilloso. Lo único que se puede hacer, es sublimarla con el ritmo, confiriéndole musicalidad. Lo que escribo nunca corresponde a lo que he imaginado. Los libros deprimen menos, porque uno se imagina que el lector pone más fantasía y a lo mejor consigue que el texto cobre vida. En cambio en el escenario, en el teatro, lo único que se levanta es el telón. Sólo quedan los actores que, durante meses y meses, han sufrido hasta la noche del estreno. Ellos deberían representar a los personajes que uno ha imaginado. Pero no lo consiguen. Estos personajes que en mi mente todo lo podían, de repente se componen de carne, huesos y agua. Son torpes. Yo había concebido la obra como algo grandioso, poético; pero los actores no son más que unos intérpretes profesionales, unos traductores. Una traducción poco tiene que ver con el original. Por la misma regla de tres, la representación de una obra en el escenario, poco tiene que ver con lo que pasó por la cabeza del autor. Las tablas, que, dicen, son una representación del mundo, para mí, sólo han sido eso, tablas; unas tablas que me lo han detrozado todo. El teatro todo lo pisotea. Siempre es una catástrofe.

Pregunta: Sin embargo usted sigue escribiendo, tanto libros como obras dramáticas. ¿De catástrofe en catástrofe?
Thomas Bernhard: Sí.

Cortesía de Matías Rivas, en Fb.

domingo, 8 de enero de 2017

Esa gente que, bajo la lámpara, come las patatas con las manos, que mete en el plato

Vincent van Gogh
(Zundert, Países Bajos, 1853-Auvers-sur-Oise, Francia, 1890) 


"Estoy trabajando en aquellos paisanos junto a un plato de papas otra vez", dice en una carta a su hermano Theo fechada el 9 de abril de 1885, refiriéndose a una de sus obras maestras más tempranas, "Los comedores de patatas". La nota también contiene un bosquejo de la pintura. Van Gogh, quien fue influenciado por los impresionistas, dijo que se sentía que había "vida" en la obra, que comenzó a trabajar de día y continuó acompañado de una lámpara frente a un gran lienzo. "Los hermosos efectos de la luz en la naturaleza requieren que uno trabaje muy rápido", dijo, agregando que no sentía que podría compararse con maestros holandeses del siglo XVII como Rembrandt. "En el momento en que estoy, sin embargo, veo la posibilidad de entregar una impresión sentida sobre lo que veo... (pero) nunca exacta, porque uno ve la naturaleza a través de su propio temperamento".
Fuente: emol.com

Abrigo muchas esperanzas de que la pintura de los comedores de patatas salga bien.
Para pintar la vida del campesino, se debe ser maestro en muchos temas. Qué bien suena esto a propósito de los personajes de Millet: '¡su campesino parece pintado con la tierra que siembra!'
Qué exacto y verdadero es esto. Y qué importante es poder mezclar en la paleta estos colores que 'nadie sabe nombrar' y que forman la base de todo.
(...)
Me he esforzado deliberadamente en dar la idea de que esa gente que, bajo la lámpara, come las patatas con las manos, que mete en el plato, son las mismas que han labrado la tierra, y que mi cuadro exalta el trabajo manual y el alimento que ellos tan honradamente se han ganado.
He querido que haga reflexionar sobre una manera de vivir opuesta a la de las personas civilizadas. De modo que no deseo en lo más mínimo que todo el mundo lo encuentre bello, ni siquiera bueno.
Durante todo el invierno, he tenido en mis manos el hilo de este tejido del cual buscaba el modelo definitivo, y si el resultado es un tejido de aspecto rudo y grosero, no es menos cierto que los hilos han sido elegidos con cuidado y siguiendo ciertas reglas. Y bien podría suceder que por esto fuera una 'verdadera' pintura de campesinos. 'Sé que es así'. Que pase de largo el que prefiera ver campesinos almibarados. Por mi parte, estoy convencido de que, a la larga, se obtienen mejores resultados pintándolos en toda su rudeza que dándoles un primor convencional.
Con su falda y su camisa azules, zurcidas y polvorientas, que bajo la acción del tiempo, el sol y el viento, han tomado los más delicados matices, una muchacha campesina es, a mi parecer, más hermosa que una dama; que se vista como una señora, y todo ello desaparecerá.
Un campesino es más hermoso entre los campos con su traje de fustán que yendo a la iglesia, el domingo, acicalado como un señor."
Y de la misma manera, sería un error a mi parecer, el dar a una pintura de aldeanos una pulcritud convencional.  Si una pintura de aldeanos huele a grasa, a humo, a olor de patatas, ¡perfecto! No es malsano. Si un establo huele a estiércol, ¡bueno!… por eso es un establo; si los campos tienen un olor de trigo maduro o de patatas o de guano y estiércol, allí está precisamente la salud, sobre todo para los ciudadanos.
De tales cuadros se aprende algo útil.  Un cuadro de aldeanos no debe estar jamás perfumado.  Estoy ansioso de saber si encontrarás en el mío algo que te plazca; por lo menos así lo espero.  Estoy encantado de que el señor Portier haya dicho que quiere ocuparse de mis obras.  Por mi parte he hecho cosas más importantes que simples estudios.
En cuanto a Durand-Ruel, aunque haya opinado que los dibujos no valen por toscos, muéstrale este cuadro.  ¿Que lo encuentra malo? Bueno.  Pero enséñaselo igual, a fin de que pueda ver que ponemos energía en nuestra lucha.  Seguro que oirás decir “¡Vaya mierda!”, prepárate para esto, que yo también lo estoy.  Pero ya terminaremos  por producir algo bueno y honesto.”

(Fragmento extraído de CARTAS A THEO, de VINCENT VAN GOGH. Selección, traducción y notas de Víctor Goldstein. Adriana Hidalgo editora)

Cortesía de Horacio Tubbia
Imagen: 

Los comedores de papas. 

 Óleo sobre tela sobre hoja, 1885. Museo Van Gogh de Amsterdam.

miércoles, 22 de julio de 2015

Piel de gallina sólo sesgada

Manolo Marcos
Tomada de totbarcelona.blogspot.com

(Rotterdam, Holanda, 1968. Reside en Córdoba, Andalucía, España)




REMEDIOS CASEROS CONTRA LA ANSIEDAD

No vigile nunca a sus semejantes,
a lo sumo limítese a atarles los zapatos.
El interruptor de la luz es verdad.
La dialéctica de Dios es hablar entre líneas,
no se le ocurra imitarle.
Dios es camaleón en calma.
Para ser poeta del cambio,
primero hay que pasar por la etapa:
ubicuo mentor del absurdo.
Prefiera medusa aunque pique.
La ansiedad es verdad,
deje que se pasee por el salón y acaríciela
cuando se acerque a carantoña con usted.
La nada nada fatal, no se acerque a socorrerla o
morirá usted por nada.
Nada más. Eso es todo.
***
Guiso de lentejas para dos

Usted dice, béseme aquí
en el labio umbrío. A pupila abierta.
Yo le propongo
hacha o violín
o bien contar lentejas,
no condenar la negra huérfana
a la inclusa.

La nuda rajatabla de un abrazo
sin pactos de ceniza.
Sean mis días una sonata o
piel de gallina sólo sesgada
por su voz párvula, felina, indecisa,
que me dice:
córteme el aliento otra vez.

¿Con qué hacha o violín?
**
TRACTATUS

La totalidad de los hechos
en el espacio lógico
son = mundo

una suma de
estados de cosas
cuyas figuraciones
son los nombres,

que significan el mismo
objeto que nombran.

Sobre este particular no se admite discusión.
***
Aritmética pesadumbre

Si eso es lo que desea,
sumaré caballero su tristeza a la mía,
señorita (en el pelo la flor) sumaré
su tristeza a la ya grande mía
para colmo de males
y bien de la poesía.
Sumaré también ésta:
la tristeza que calla
que es obesa y paciente
o quizá muy delgada.
Tanta tristeza unida
como quepa en mi manga,
hasta sumar la más ancha tristeza.
Mi traje de hombre parecerá un guiñapo
urdido por precisas dentelladas de pena.
La pena universal, señor, usted también,
con su forma de pene por completo vacía.

Aunque sea una pena absurda,
fruto de la economía,
sumo a la mía todas las tristezas y penas
que el anónimo mundo lleva encima.

Pero que nadie piense que estoy triste,
la infinita tristeza es indolora
como el llanto de un niño,
que parece de mimbre.

domingo, 5 de octubre de 2014

¿Orgulloso todavía o ya agotado?

Sobre un autorretrato de Rembrandt



por Paul Ricceur

He aquí ante nuestros ojos, escogido entre los numerosísimos autorretratos de
Rembrandt —tan magníficamente reproducidos en Rembrandt, autoportrait-, el que
el maestro pintó en 1660, ocho años antes de su muerte.
Contemplo este rostro. Y súbitamente, mirándole mirarme, me planteo una
pregunta descabellada: ¿qué me hace decir que este rostro es el del propio pintor?
¿Cómo he sabido que el personaje aquí representado es el mismo que el que lo pintó?
Sólo me lo indica una inscripción externa al cuadro, un texto que hay que leer —una
leyenda, como se dice tan acertadamente—. Sin esa leyenda, no sabría que el hombre
pintado y el hombre que lo pintó tienen el mismo nombre: Rembrandt. Leemos claramente,
en el cuadro, en el interior del marco, la firma y la fecha. Pero éstas indican
el nombre del pintor. El personaje representado, en cambio, no lleva su nombre
en la fuente. Para identificar ambos nombres, necesito una información externa,
extraída de la biografía del pintor, que me asegura que en esa fecha el hombre Rembrandt
se pintó a sí mismo una vez más. Necesito además la garantía de la escuela de
Bellas Artes, de coleccionistas, directores de galerías y conservadores de museos para
confirmar que éste es el autorretrato en cuestión.
¿No ves, diréis, algo maravilloso en este bello hallazgo? Sin embargo, este autorretrato,
como todos los de su género, hace que no se cumpla una regla ascética
admitida por muchos críticos de arte, tanto en pintura como en literatura, según la
cual el acercamiento puramente estético exige que olvidemos al autor real, de carne
y hueso, y permitamos que la obra, a la que hemos dejado huérfana, se defienda por
sí sola. Ahora bien, el autorretrato, para responder a su título, me exige que identifique
al personaje representado con el que lo pintó. Me pide, pues, que considere
idénticos a dos seres ausentes: uno es el personaje irreal, a quien vislumbramos más
allá del lienzo material; otro es el pintor real, pero ya muerto. Hay un abismo entre
el personaje sin nombre del cuadro y el autor cuyo nombre atestigua la firma. Como
ya no tiene una identidad manifiesta, he de construirla.
Para hacerlo, debo proyectar en los rasgos del personaje representado lo que sé
de Rembrandt en esa fecha, e incorporar a la biografía del artista lo que sólo puede
mostrarme el análisis pictórico.
' P. Bonafoux, Rembrandt, autoportrait, Ginebra, Álbum Skira, 1985 (N. delT.).

Por una parte, la biografía me dice que en 1660 Rembrandt no era viejo aún
—tenía cincuenta y cuatro años—, pero ya estaba envejeciendo; que a los ojos de sus
contemporáneos era un artista en declive, un pintor desautorizado: cuatro años
antes, se había librado por poco de una quiebra infamante; hacía dos años que había
tenido que vender su casa y sus muebles, sus dibujos y sus grabados; a finales de ese
año de 1660, habrá de ceder su casa a su segunda compañera, Hendrickje Stoffeis, y
a su hijo Titus, y buscar refugio en el albergue al que había vendido sus bienes. Provisto
de este conocimiento biográfico, intento reencontrarlo en el rostro pintado. Por
otra parte, limitándome al estudio del cuadro, descubro cómo resolvió el maestro
determinados problemas de escritura pictórica en esa época de su carrera, dándoles
esa solución única que llamamos estilo; cómo, gracias a ese estilo singular, la expresión
del rostro deja que se transparente la interioridad de un alma; cómo se prescindió
del humor momentáneo del sujeto para insistir en un carácter, más allá de toda
anécdota; cómo, por último, el relato de un trozo de vida se halla condensado en el
espacio inmóvil de un retrato.
Esos son los dos cabos de la cadena que he de tener en cuenta.
Ahora bien, ¿cómo obtendré esta feliz conjunción entre el conocimiento biográfico
y el análisis pictórico? El único recurso que tengo para salvar la brecha abierta
entre la firma del pintor y el nombre del personaje pintado consiste en rehacer con
la imaginación el propio trabajo del artista al pintarse a sí mismo.
Una vez más, en 1660, este hombre de quien se dice que está envejeciendo,
arruinado y abandonado por su público, recurre al artificio del espejo para obtener
una im^en óptica de sí; después, olvidando el espejo, evitándolo incluso, ya que no
lo pinta, considera esa imagen especular idéntica a sí mismo. Ahí está, pues, enfrentándose
a sí mismo, preguntando a ese rostro qué hombre es: ¿más interesado por
conocerse que inquieto por envejecer? ¿Orgulloso todavía o ya agotado? ¿Mejor
representado con un disfraz de gran señor o con una prenda de ropavejero? Aquí
irrumpe, en la vía de la respuesta, la diferencia con Narciso. Narciso ama eróticamente
su propia imagen en las aguas. Al abrazarla, la rompe. Rembrandt, por el contrario,
mantiene la distancia y prefiere, sin odio o complacencia aparentes, examinarse.
A las preguntas que se plantea sobre sí mismo, ofrece como única respuesta
este cuadro que expone a nuestros ojos. Para él examinarse es pintarse en el sentido
Üteral de la palabra (a este respecto, se debería poder hablar de «examen de pintura»,
como hablamos de «examen de conciencia»). He aquí, pues, el principio de la solución
del enigma. Rembrandt interpretó su imagen en el espejo recreándola en el lienzo.
Pintarse, en el sentido que acabamos de decir, constituye el acto creador que establece,
para nosotros, espectadores y aficionados, la identidad de ambos nombres, el
del artista y el del personaje. Entre el yo, visto en el espejo, y el sí mismo, leído en el
cuadro, se insenan el arte y el acto de pintar, de pintarse.
Es inútil, pues, tratar de saber si esos rasgos corresponden exactamente a los del
artista en dicha época. No lo sabremos nunca. O, más bien, la cuestión carece de sentido:
porque lo que pudo descubrir en su rostro es exactamente lo que plasmó en su
retrato. A la imagen especular desaparecida sobrevive un retrato que el pintor dejó
de mirar; pero que tiene para siempre el poder de mirarnos.

(Traducción: Gabriel Aranzueque)
Imagen: Rembrandt, Autorretrato, 1660
Harmenszoon van Rijn, Rembrandt (Leiden1606 – Amsterdam, 1669

martes, 22 de octubre de 2013

En lo más oscuro, sólo lo incomprensible es convincente

THOMAS BERNHARD

(Holanda, 1931-Austria, 1989)

Helada 
(Fragmentos)

Jamás pude bastarme a mí mismo, y hoy menos que nunca. Es sorprendente, ¿verdad? Los hombres creo yo, fingen sólo no estar solos, porque siempre están solos. Cuando se ve cómo son absorbidos por sus comunidades: ¿o bien son precisamente las uniones, las sociedades, las religiones, los Estados, pruebas de una soledad infinita?

(...)

Es un gran crimen hacer un ser humano que se sabe será infeliz, que al menos alguna vez será infeliz. La infelicidad que dura un instante es toda la infelicidad. Engendrar una soledad porque no se quiere estar solo, eso es criminal.
***

"La infancia sigue corriendo con uno como un perrito que, en otro tiempo, fue un compañero alegre y que ahora hay que cuidar y entablillar, y administrarle miles de medicamentos, para que no se le muera a uno entre las manos." Iba a lo largo de ríos y descendía entre quebradas. El atardecer construía, si se le ayudaba,  las mentiras más costosas y complicadas. No lo protegía a uno del dolor ni de la indignación. Gatos al acecho lo atravesaban a uno con pensamientos oscuros. Como a él, las ortigas me arrastraban en algunos instantes a una lujuria diabólica. Lo mismo que él, desmenuzaba mi miedo con frambuesas y zarzamoras. Una bandada de cornejas mostraba la muerte por unos segundos. La lluvia traía humedad y desesperación. la alegría se devanaba entre las coronas de acederas. "La capa de nieve cubría la tierra como un niño". Ningún enamoramiento, ningún ridículo, ningún sacrificio. "En las aulas de la escuela se reunían los pensamientos sencillos, sin cesar." Luego, las tiendas de la ciudad con olor a carne. Fachadas y muros y nada más que fachadas y muros, hasta que volvía a irse al campo, a menudo por sorpresa, de la noche a la mañana. Donde empezaban otra vez los prados, amarillos, verdes, los campos pardos, los bosques negros. La infancia: sacudida de un árbol, ¡tanta fruta para tan poco tiempo! El secreto de su infancia estaba solo en él mismo. Crecer en estado salvaje, donde había caballos, aves de corral, leche y miel. Y luego otra vez: verse arrancado a ese estado primitivo, ser encadenado a proyectos que lo sobrepasaban. Planes sobre él. posibilidades multiplicadas que se reducen a una tarde llena de lloros. A tres o cuatro certidumbres. Inalterables. A tres o cuatro principios. esquemas. "Qué pronto se pueden construir aversiones. Sin decir palabra, el niño lo busca ya todo. Y no consigue nada." Los niños, realmente son mucho más insondables que los adultos.
***
Vigesimoprimer día
Sus frases son golpes de remo, con las que avanzaría si no hubiera una gran corriente. A veces se corta, se calla de súbito, como para asegurarse de que la situación en que encuentra será resuelta por otra a continuación. "No se puede dirigir nada." El futuro y el pasado remoto tiran en él de una misma cuerda, y a menudo diez veces en una sola frase. Es uno de esos que piensan continuamente en grandes pérdidas, sin renunciar. Se le aparece el mar, y en el mar una piedra hundida, un fragmento gigantesco, parte de una ciudad gigantesca, el fin de una historia no prevista y muy antigua. La muerte teje una red… Colores, que no son más que excrecencias de flores silvestres, lo anestesian parcialmente de forma filosófica… Traer aquí y llevar adentro extremos para poder escupirlos otra vez. Tensiones de imágenes subacuáticas siniestras. La palabra "contraerse" aparece a menudo. La palabra "verdadero" y las otras, "falso" e "irreal". La palabra "espiga" tiene, llegado el caso, el significado de "toda la historia de nuestro bienestar". Son sus ojos los que hablan, son los que hacen realidad el pensamiento, los que alternan violencia y tranquilidad ante los ojos de los demás, para inquietud ajena. El pintor, creo yo, está tan solo que nadie lo comprenderá jamás. No es un tipo. Confiado siempre a sí mismo y rechazándolo todo, ha utilizado todas las posibilidades hasta el hastío. Contemplarlo significa contemplar milenios. "Las montañas, sabe usted, son a menudo elementos de refuerzo con los que se puede prever a largo plazo." O "de forma inhumanamente humana". Él está en condiciones de irritar a los hombres donde no hay hombres. De contener furias donde no hay ninguna furia. "¿No es un animal el que habla? ¿No soy un bicho?" Todo tiende al progreso de la decadencia. Todo apunta a una infancia fácil en sus juicios, que pronto se vio herida, a un "centro nervioso afectado", a un doble sentido orgánico y fértil de la locura. (…)
***
Vigesimosexto día

"Tengo que señalarle", dijo el pintor, "que un paso más allá" se piensa de forma muy distinta, que un paso más allá se existe de forma muy distinta, son las mismas virtudes y las misma cuestiones, las mismas negligencias, las mismas impresiones, las mismas causas, pero unos efectos horriblemente distintos…Sólo con dificultad me puedo hacer comprender por usted, podría hablar a un árbol, al fin y al cabo hablo a una silueta, sí, a una silueta, a un concepto extensible hasta la locura, pero usted es un ser humano, cuya constitución es siempre de oído fino. Quisiera señalarle que, cuando se evoca el concepto de "paisajes exangües", se evoca simplemente y se hincha como un globo, como un globo gigantesco, con una fuerza de pulmones inigualable, con la fuerza de pulmones de todo el inmenso universo, que entonces es posible moverse fuera de al vertiente de sombra de nuestro mundo de ideas…Me enfrento con el grado de frialdad más temerario, que el pensamiento considera cierto y agudo, y abandonado de Dios y ridículo en sentido máximo…Lo que acabo de decir es un rodeo muy desviado, un rodeo de la más baja destrucción humana, sin embargo, escucha: atravieso aquí una "congelación profunda de mi
memoria" que, sencillamente, me tomo la libertad de llamar "extrarradical" , quisiera decir: ¡me aparto de mí hacia dentro de mí mismo!, ¡para dejarme en paz a mí mismo! Quisiera decir: mi cerebro se aparta de las relaciones de parentesco con el mundo, se aparta de mí, se aparta de la maldad de las invenciones que me han permitido extinguirme… En lo más oscuro, sólo lo incomprensible es convincente, comprende, y quisiera exponerle a usted a una comparación fascinante, como se expone a un perro en un océano infinito, como se expone a un pájaro profundamente bajo tierra, como se expone a un hombre en su memoria: que no es la altura, que no es la profundidad, que altura y profundidad son ridiculeces frente a las circunstancias, que lo catastrófico es ridículo frente a la caridad…, pero la verdad es que a causa de estos conceptos míos tendré que desaparecer pronto, quemarme a causa de esos conceptos: siempre he tenido la idea de quemarme, tener que quemarme por repugnancia hacia mí mismo ha sido siempre mi secreto conjunto de circunstancias de la fama personal…Si dejo de morir, he pensado siempre, si dejo de ser confundido…, si dejo mis ideas…¡Comprenda usted!…Me preparo para el viaje y engaño al mundo…lleno mi maleta y engaño al mundo…Subo a mil trenes y engaño al mundo… Lo aparto de allí adonde voy…Porque el fin no es más que la náusea que le provoca a uno un hombre sencillamente podrido… Y sí, aunque también el fin sea un naufragio, tengo que sufrir ese estúpido y taimadamente estipulado acto sexual, es tortura, que la fatalidad de la existencia que dejo atrás hace degenerar en una conspiración diabólica segura de sus fines. No pienso en absoluto en la muerte", dijo el pintor, "no pienso en absoluto en la fama…, no pienso en absoluto en la lujuria, no en la lujuria de la disolución".

Traducción de Miguel Sáenz
Alianza Editorial

jueves, 14 de octubre de 2010

Estos tipos todavía inéditos o casi inéditos

VINCENT VAN GOGH

(Holanda, 1853-Francia, 1890)

Borinage, 26 de diciembre de 1878:

..."Estos últimos días era curioso ver por la tarde sobre la nieve blanca, a la hora del crepúsculo, a los obreros de las minas que volvían a sus casas. Estas gentes están todas negras cuando salen de las oscuras minas a la luz del día, tienen aspecto de desollinadores. Sus casas son más bien pequeñas, podría decirse que son chozas, a lo largo de los caminos profundos y en los bosques y sobre las laderas de las colinas. Aquí y allá se ven aún techos cubiertos de musgo y por las noches las ventanas de los pequeños vidrios arrojan una claridad amable. "
***
 "Los carboneros y los tejedores siguen constituyendo una raza aparte de los demás trabajadores y artesanos y siento por ellos una gran simpatía y me sentiría feliz si un día pudiera dibujarlos, de modo que estos tipos todavía inéditos o casi inéditos fuesen sacados a luz.(...)."
***
Van Gogh consideraba que si no se adaptaba a la clase de vida de los mineros, nunca les transmitiría la religión, pensando que "No es muy difícil dar lecciones, pero lo es mucho más que aprendan" (Ref. Libros 13, Pág. 40). Cuando convivió con ellos compartió conocimientos y aprendizaje: "Acabo de recibir de un obrero a destajo lecciones que me parecen más útiles que el griego" (Ref. Libros 13, Pág. 66 ). En Borinage comenzó a realizar dibujos de los mineros, a quienes acompañó cuando iban de su casa a la mina, al interior de la mina, o de regreso con sus familias. Se puede decir que su decisión para ser pintor la tomó en Borinage, para dedicarse a esa actividad durante los últimos diez años de su vida.
**
De CARTAS A THÉO, por VINCENT VAN GOGH y Google.
Imagen: El regreso de los mineros. Borinage, 1881

martes, 23 de marzo de 2010

No podemos fingir una mosca infinita


BARUCH DE SPINOZA
(Holanda, 1632-1677)


«La mayoría de aquellos que han escrito acerca de las emociones [affectibus] y de la conducta humana parecen estar tratando no con fenómenos que siguen las leyes de la naturaleza sino con fenómenos que suceden fuera de la naturaleza. Parecen ir tan lejos como para concebir al hombre en la naturaleza como un reino dentro de otro reino. Creen que perturba en lugar de seguir el orden de la naturaleza, que tiene un poder absoluto sobre sus acciones y no es determinado por ninguna otra causa que por sí mismo».
***
"Del mismo modo, por ejemplo, que antes hemos visto que, mientras pensamos no podemos fingir que pensamos y que no pensamos, así también una vez que hemos conocido la naturaleza del cuerpo, no podemos fingir una mosca infinita; e igualmente, después que hemos conocido la naturaleza del alma, no podemos fingir que es cuadrada, aunque podamos expresar todas esas cosas con palabras" (DIE, Párrafo 58).
***
"De lo anterior se sigue que no podemos poner en duda las ideas verdaderas, porque quizás exista algún Dios engañador, que nos engañe incluso en las cosas más ciertas, a menos que no tengamos una idea clara y distinta: es decir, si examinamos el conocimiento que tenemos del origen de todas las cosas y no hallamos nada, que nos enseñe que Dios no es engañador, con el mismo tipo de conocimiento con que comprobamos, al examinar la naturaleza del triángulo, que sus tres ángulos son iguales a dos rectos, en cambio, si tenemos de Dios el mismo conocimiento que tenemos del triángulo, entonces desaparece toda duda". (DIE, Párrafo 79).
***
"… el alma y el cuerpo son un solo y mismo individuo, al que se concibe, ya bajo el atributo del Pensamiento, ya bajo el atributo de la Extensión; por lo cual, la idea del alma y el alma misma son una sola y la misma cosa, concebida bajo un solo y mismo atributo, a saber, el Pensamiento." (Spinoza, Ética, II, Prop. XXI. Esc.).
***
"Por otra parte, si hubiese también otro objeto del alma además de un cuerpo, dado que nada existe de lo que no se siga un efecto, debería haber necesariamente en nuestra alma una idea de ese efecto. Ahora bien, no hay idea alguna de él. Por consiguiente, el objeto de nuestra alma es un cuerpo existente, y no otra cosa." (Spinoza, Ética, II, Prop. XIII, Dem.)
***
Decreto de excomunión de Baruch de Spinoza - 1656

Los dirigentes de la comunidad ponen en su conocimiento que desde hace mucho tenían noticia de las equivocadas opiniones y errónea conducta de Baruch de Spinoza y por diversos medios y advertencias han tratado de apartarlo del mal camino. Como no obtuvieran ningún resultado y como, por el contrario, las horribles herejías que practicaba y enseñaba, lo mismo que su inaudita conducta fueran en aumento, resolvieron de acuerdo con el rabino, en presencia de testigos fehacientes y del nombrado Spinoza, que éste fuera excomulgado y expulsado del pueblo de Israel, según el siguiente decreto de excomunión: Por la decisión de los ángeles, y el juicio de los santos, excomulgamos, expulsamos, execramos y maldecimos a Baruch de Spinoza, con la aprobación del Santo Dios y de toda esta Santa comunidad, ante los Santos Libros de la Ley con sus 613 prescripciones, con la excomunión con que Josué excomulgó a Jericó, con la maldición con que Eliseo maldijo a sus hijos y con todas las execraciones escritas en la Ley. Maldito sea de día y maldito sea de noche; maldito sea cuando se acuesta y maldito sea cuando se levanta; maldito sea cuando sale y maldito sea cuando regresa. Que el Señor no lo perdone. Que la cólera y el enojo del Señor se desaten contra este hombre y arrojen sobre él todas las maldiciones escritas en el Libro de la Ley. El Señor borrará su nombre bajo los cielos y lo expulsará de todas las tribus de Israel abandonándolo al Maligno con todas las maldiciones del cielo escritas en el Libro de la Ley. Pero vosotros, que sois fieles al Señor vuestro Dios, vivid en paz. Ordenamos que nadie mantenga con él comunicación oral o escrita, que nadie le preste ningún favor, que nadie permanezca con él bajo el mismo techo o a menos de cuatro yardas, que nadie lea nada escrito o trascripto por él.

de Las Cartas del Mal, de Baruch de Spinoza
Correspondencia entre Baruch de Spinoza y Guillermo de Blyenbergh, un comerciante de cereales cristiano que interroga al filósofo por su concepto del mal. Spinoza se entrega a una consideración del problema, y arriesga análisis que transforman radicalmente la teoría racionalista según la cual no hay mal. El intercambio se despliega como polémica, condenando al fracaso el original intento de constituir una amistad filosófica.
Traducción: Natascha Dolkens/Florencio Noceti.
Prólogo: Florencio Noceti
Editorial Caja Negra

***
Estoy asombrado, realmente maravillado. Tengo un predecesor ¡y qué uno!

Casi no conocía nada de Spinoza: el que yo lo buscara precisamente ahora fue un acto del instinto. No sólo que su tendencia general es igual a la mía, de convertir el conocimiento en el más poderoso de los impulsos. Me identifico con cinco puntos principales de su doctrina: éste, el más inaudito y más solitario de los pensadores es el más cercano a mí precisamente en esas cosas: niega el libre albedrío, las finalidades, el orden cósmico-ético, lo no egoísta, lo malo.

Mi soledad es ahora al menos una soledad a dúo.

Friedrich Nietzsche

miércoles, 8 de julio de 2009

Invierno vino





















Por razones no ajenas a mi voluntad,
esto es que voluntariamente
me dispongo,
no daré nuevas entradas durante un brevísimo lapso.
Mientras tanto, los invito a visitar en el blog las que no hayan visto, leído o escuchado hasta ahora. Feliz invierno para cada uno, Irene Gruss




Imagen: Vincent van Gogh

lunes, 22 de junio de 2009



Fragmento de una entrevista a
THOMAS BERNHARD
(Holanda, 1931-Austria, 1989)


—“¿Tiene necesidad de silencio para escribir?”
—“De hecho, puedo escribir en cualquier parte, cuando llega el momento. Hasta puedo escribir en medio de la gente, con un ruido espantoso, cuando las cosas están a punto, y cuando las cosas no están a punto, el silencio puede ser tan grande, tan ideal como se quiera pero no marcha. No hay lugar preciso ideal.”
—“Qué hace cuando no puede escribir?”
—“Es espantoso, absolutamente espantoso. Pero finalmente uno se enamora de eso también, puesto que se sabe que hay primero muchos meses de horror. (...) Lo que nos mantiene es la tensión. Mientras se soporta no escribir, no se está obligado a hacerlo. Rilke dice que no se tiene derecho sino cuando se está obligado. De hecho no se está obligado a nada, se está obligado a ir hasta el fin, y ni siquiera eso”.(...)
Yo: “¿Cómo llegó a la primera publicación?”
Bernhard: “Eran poemas. Porque escribía muchos y me figuraba que eran mejores que los de Rilke, Trakl y los de todo el mundo. Se los llevé a Otto Müller. Se sentó, eligió algunos y efectivamente aparecieron. Era 1956. En esa época yo era muy ambicioso, muy pretencioso, y todo eso. Después, cuando se ha llegado, se ve que eso no es nada en absoluto. En el momento es como el sentimiento de subir a una cima. Pero cuando se está arriba se percibe que eso no tiene fin. A fin de cuentas, no es nada en absoluto. (...)
—“¿Ha intentado suicidarse alguna vez?”
—“Cuando era niño quise ahorcarme, pero la cuerda cedió. Tenía siete u ocho años. Después, me maldijeron diciendo que era un niño exaltado que quería hacerse el interesante atrayendo la desgracia sobre la familia”.
—“¿Siempre piensa en suicidarse?”
—“Es un pensamiento que siempre está allí. Pero no, por lo menos en este momento”.
—“¿Por qué?”
—“Creo que por curiosidad, por pura curiosidad. Sólo la curiosidad, creo, me mantiene con vida.”
—“¿Cómo es eso? Otros ni siquiera son curiosos y viven sin embargo”.
—“Pero yo no estoy contra la vida”.
—“Hay quienes, en embargo, consideran sus libros como una incitación al suicidio”.
—“Sí, pero nadie me sigue. Hace quince días encontré de pronto delante de mi ventana a una mujer que me dijo que era necesario que me hablara. Dijo: Antes de que sea tarde. Le dije: ¿Usted se quiere suicidar? Me dijo: No, pero usted sí. Le dije: Vuelva a su casa. Dijo no, es necesario que entre en su casa. Le dije no, es imposible, me voy a acostar en seguida. Dijo: No tenga miedo, tengo ya un marido, no tengo intención de ir a la cama con usted... Todo esto pasaba con la ventana abierta y cuando la quise cerrar, metió el dedo entre los batientes. Le dije: le aplasto el dedo. Entonces lo retiró, cerré la ventana y me recosté. Un rato después miré para afuera, estaba todavía en el patio. Se fue en un momento cualquiera y me mandó una carta diciendo que el día tal, a la hora veinte, en el cementerio junto al portal de la derecha, me esperaría. Pero ese día no estaba yo en casa. Entonces me escribió otra carta, de dieciséis páginas, donde contaba su vida. Quería probablemente suicidarse conmigo en el cementerio.” (...)
Yo: “¿Se ríe también cuando está solo?”
—“Me ha ocurrido reír solo, pero muy raramente. No importa qué situación, puede ser la mía propia, cuando algo me parece repentinamente ridículo”.
—“¿Aun de su desesperación?”
—“Sí, también”.
(...)
—“Cuando se reflexiona demasiado todo termina por parecer idiota. Si reflexiono primero en lo que voy a escribir y me ocupo de eso demasiado tiempo, no escribo nada”.
Yo: “Sigo asombrándome de que sea tan productivo ya que es consciente de lo absurdo de la escritura. Escribe sobre lo absurdo de la vida y vive. Casi se podría creer que es una deshonestidad”.
—“Aunque fuese una deshonestidad, la cosa no cambiaría nada. El nombre que se le dé no importa en absoluto. No se sabe nunca cómo nacen las cosas realmente. Uno se sienta, es todo, y es un esfuerzo que sobrepasa nuestra capacidad y después, un día, está terminado. (...) Ni la razón ni nada que se parezca al intelecto impiden hacerlo. Se lo hace o no se lo hace, es todo.”
Yo: “¿Puede imaginarse en un estado de ánimo en el que perdiera el control de sí mismo?”
—“No, no lo pierdo nunca. Pero eso no significa nada. ¿Qué quiere oír?”
—“Que no se suicidará”.
—“Nada ni nadie está a salvo de ello (...). Existen sistemas fantásticos en los que se cree que se ha erigido algo definitivo y enorme, y un instante después, ya no queda nada de ello. Una construcción de cemento no es sino un castillo de naipes. Basta que llegue la ráfaga precisa. (...) No puedo imaginar que alguien se suicide en un estado en que se observa a sí mismo, si se supone naturalmente que no crea en una vida después de la muerte. ¿Un verdadero ateo no se ha dado muerte nunca delante de un espejo?”
Yo: ...
Bernhard: (...) No hay nada que no pueda imaginarse, porque cada hombre es perfectamente diferente. No hay tampoco filosofía que sea válida, que valga para ningún otro que para aquel que la hizo. (...) Las verdades cambian constantemente, además, en el interior mismo de la persona. El hombre vive absolutamente por nada o por todo. (...) Cada segundo es un punto de partida. Se está siempre en la situación primera, sólo que hoy existe el nailon, pero ¿qué son estas cosas? Camisas de fuerza que la humanidad se inventa para tener una vez más de qué escapar”.
Yo: “Su característica personal, escribe en la autobiografía, es la indiferencia”.
Bernhard: No es posible decir eso, así como así. Nada me es indiferente, pero es necesario que todo me sea indiferente. De otro modo la cosa no podría continuar. Es la única frase que sobre ello puedo pronunciar.
Yo: “La frase ‘quiero estar solo’ ¿es todavía verdadera?”.
—No tengo otra solución que la soledad para llegar al fin de mis días. La proximidad me mata. Pero no debo quejarme. La culpa de todo está en uno”.
Yo: “¿Existe algo que pueda eventualmente reemplazar la escritura?”
—“Nada puede ser nunca reemplazado”.
—“¿Qué haría si un día no tuviera más ideas?”
—“Esa clase de preguntas no conducen a nada. Como si le preguntara a una cantante que haría si no tuviese más voz. ¿Qué debería responder? ¿Qué cantaría aires mudos? De todos modos, cada vez que se escribe algo se cree que se acabó, que no se puede y que no se quiere más. Pero ninguna otra cosa me interesa.”
—“¿Y si encontrara mañana el gran amor?”
—“No podría impedirlo”.

---
Entrevista de André Müller (1979) –extraído de Thomas Bernhard, Tinieblas (Barcelona, 1987).***

Un fragmento de
Maestros antiguos


(.../...)
Durante esas seis semanas de encierro sólo sostuve algunas conversaciones telefónicas con el administrador de mis bienes y leí a Schopenhauer, eso me salvó probablemente, así Reger, aunque no estoy seguro de si es acertado haberme salvado, probablemente, así Reger, hubiera sido mejor no haberme salvado, haberme matado. Pero la verdad es que sólo el hecho de que, en relación con el entierro, hubiera tenido que hacer tantas gestiones, no me dejó tiempo para matarme. Si no nos matamos enseguida, la verdad es que no nos matamos ya, eso es lo espantoso. Tenemos el deseo de estar muertos exactamente como nuestro ser querido, pero sin embargo no nos matamos, pensamos en ello, pero no lo hacemos, dijo Reger. Curiosamente, en esas seis semanas no soportaba ninguna clase de música, ni una sola vez me senté al piano, una vez, con el pensamiento, hice un intento con un pasaje de El clave bien temperado, pero renuncié inmediatamente a ese intento, no fue la música lo que me salvó en esas seis semanas, fue Schopenhauer, una y otra vez unas líneas de Schopenhauer, así Reger. Tampoco fue Nietzsche, sólo Schopenhauer. Me sentaba en la cama y leía unas líneas de Schopenhauer y reflexionaba sobre ellas y volvía a leer unas frases de Schopenhauer y reflexionaba sobre ellas, así Reger. Después de cuatro días de sólo beber agua y leer a Schopenhauer, comí por primera vez un pedazo de pan, que estaba tan duro que tuve que cortarlo de la hogaza con un hacha de cortar carne. Me senté en el taburete de la ventana del lado de la Singerstrasse, ese espantoso asiento de Loos, y miré abajo a la Singerstrasse. Figúrese, finales de mayo y había una ventisca de nieve, dijo. Me espantaban los hombres. Los contemplaba desde el piso, allí abajo en la Singerstrasse, yendo de un lado a otro, bien forrados de prendas de vestir y de comestibles, y me daban asco. Pensé, no quiero volver con esos hombres, no con esos hombres y al fin y al cabo no hay otros, así Reger. Mientras miraba abajo a la Singerstrasse tuve conciencia de que no había otros hombres que los que iban de un lado a otro allí abajo en la Singerstrasse. Miraba abajo a la Singerstrasse y aborrecía a aquellos hombres y pensaba, no quiero volver con esos hombres, así Reger. A esa bajeza y esa mezquindad no quiero volver, me dije, así Reger. Saqué varios cajones de varias cómodas y miré en ellos y cogí una y otra vez fotografías y escritos y correspondencia de mi mujer y los fui poniendo sobre la mesa y lo fui mirando poco a poco todo, mi querido Atzbacher, como soy sincero, tengo que decir que mientras tanto lloraba. De pronto dejé libre curso a mis lágrimas, hacía decenios que no lloraba y de repente dejé libre curso a mis lágrimas, así Reger. Estaba allí sentado y daba curso libre a mis lágrimas y lloraba y lloraba y lloraba, así Reger. Durante años no había llorado, no desde mi infancia, y de repente dejé libre curso a mis lágrimas, me dijo Reger en el Ambassador. Al fin y al cabo no tengo nada que esconder ni nada que callar, dijo, a mis ochenta y dos años no tengo lo más mínimo que esconder ni que callar, dijo Reger, y por lo tanto tampoco tengo que callar que, de repente, lloré a lágrima viva y una y otra vez lloré a lágrima viva, durante días enteros lloré a lágrima viva, así Reger. Estaba allí sentado y miraba las cartas que había escrito mi mujer en el transcurso del tiempo y leía las notas que había tomado en el transcurso del tiempo y lloraba a lágrima viva. Nos acostumbramos naturalmente durante decenios a un ser humano y lo amamos durante decenios y lo amamos en definitiva más que a cualquier otro y nos encadenamos a él y, cuando lo perdemos, es realmente como si lo hubiéramos perdido todo. Siempre había creído que era la música la que lo significaba todo para mí, a veces al fin y al cabo también que era la filosofía, la literatura elevada y más elevada y elevadísimo, lo mismo que, en general, que era sencillamente el arte, pero todo eso, todo el arte, el que sea, no es nada en comparación con ese único ser querido. Cuántas cosas hemos hecho a ese único ser querido, dijo Reger, en cuántos miles y cientos de miles de sufrimientos hemos precipitado a ese ser al que, más que a cualquier otro, hemos querido, cómo hemos atormentado a ese ser y, sin embargo, lo hemos querido más que a cualquier otro, dijo Reger. Cuando el ser querido por nosotros más que cualquier otro del mundo ha muerto, nos deja con horribles remordimientos, dijo Reger, con espantosos remordimientos, con los que tenemos que existir después de su muerte y en los que un día nos asfixiaremos, dijo Reger. Todos esos libros y escritos que he reunido durante mi vida y que he llevado a mi piso de la Singerstrasse, para abarrotar todas esas estanterías, no me habían servido al final de nada, mi mujer me había dejado solo y todos esos libros y escritos eran ridículos. Creemos que podemos aferrarnos entonces a Shakespeare o a Kant, pero es un error. Shakespeare y Kant y todos los demás que hemos levantado en el curso de nuestra vida como lo que llamamos Grandes nos dejan en la estacada precisamente en el momento en que los hubiéramos necesitado tanto, así Reger, no son ninguna solución para nosotros ni son para nosotros ningún consuelo, de repente sólo nos resultan repugnantes y extraños, todo lo que esos, así llamados, Grandes e Importantes, pensaron y por añadidura escribieron nos deja fríos, así Reger. Creemos siempre que podemos confiar en esos, así llamados, Importantes y Grandes, lo que sean, en el momento decisivo, es decir, en el momento decisivo para nuestras vidas, pero es un error, precisamente en el momento decisivo para nuestras vidas todos esos Importantes y Grandes y, como suele decirse, Inmortales, nos dejan solos, no nos dan más que el hecho de que también entre ellos estamos solos, abandonados a nosotros mismos en un sentido totalmente horrible, así Reger. única y exclusivamente Schopenhauer me ayudó, porque sencillamente abusé de él para mi objetivo de sobrevivir, así Reger a mí en el Ambassador. Si todos los otros, incluidos por ejemplo Goethe, Shakespeare, Kant, me repugnaban, me precipité sencillamente sobre Schopenhauer en mi desesperación y me senté con Schopenhauer en el taburete del lado de la Singerstrasse para poder sobrevivir, porque la verdad es que de repente quería sobrevivir y no morir, no seguir a mi mujer en la muerte sino quedarme ahí, permanecer en el mundo, me oye, Atzbacher, así Reger en el Ambassador. Pero naturalmente sólo tuve con Schopenhauer una oportunidad de sobrevivir porque abusé de él para mi objetivos y lo falsifiqué realmente de la forma más innoble, así Reger, al convertirlo sencillamente en un medicamento de supervivencia, lo que en realidad no es en absoluto, lo mismo que tampoco los otros que ya he nombrado. Nos confiamos durante toda la vida a los Grandes Ingenios y a los, así llamados, Maestros Antiguos, así Reger, y nos vemos luego mortalmente decepcionados por ellos, porque no cumplen su finalidad en el momento decisivo. Atesoramos los Grandes Ingenios y los Maestros Antiguos y creemos que podremos luego, en el momento decisivo de supervivencia, usarlos para nuestros fines, lo que no quiere decir otra cosa que abusar de ellos para nuestros fines, lo que resulta ser un error mortal. Llenamos nuestra caja fuerte espiritual de esos Grandes Ingenios y Maestros Antiguos y recurrimos a ellos en el momento decisivo para nuestras vidas; pero cuando abrimos esa caja fuerte espiritual, está vacía, ésa es la verdad, nos quedamos ante esa caja fuerte espiritual vacía y vemos que estamos solos y realmente por completo sin recursos, así Reger. El hombre atesora en todos los campos durante toda la vida y al final se encuentra vacío, así Reger, también en lo que se refiere a su patrimonio espiritual. Qué monstruoso patrimonio espiritual he atesorado, así Reger en el Ambassador, y al final me encuentro totalmente vacío.
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Maestros antiguos, Ed. Alianza.
Somos parecidos a esos sapos que en la austera noche de los pantanos se llaman sin verse, doblegando con su grito de amor toda la fatalidad del universo.
René Char


No haría falta amar a los hombres para darles una ayuda real. Sólo desear hacer mejor cierta expresión de su mirada cuando se detiene en algo más empobrecido que ellos, prolongar en un segundo cierto minuto agradable de su vida. A partir de esta diligencia y cada raíz tratada, su respiración se haría más serena. Sobre todo, no suprimirles por entero esos senderos penosos, a cuyo esfuerzo sucede la evidencia de la verdad a través de los llantos y los frutos.
René Char