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sábado, 1 de diciembre de 2018

Acerca de Hebe Uhart


Por Irene Gruss 

Nacida en Moreno, provincia de Buenos Aires, Hebe Uhart estudió Filosofía en la Universidad de Buenos Aires. Trabajó como docente primaria, secundaria y universitaria. Colaboró con distintos medios gráficos, entre ellos el suplemento cultural del diario El País de Montevideo, Uruguay. Escribió notas de viajes, crónicas de personajes y situaciones.
(Moreno, provincia de Buenos Aires, Argentina, 2 de diciembre de 1936- CABA, Argentina, 11 de octubre de 2018.)
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Mejor tarde que nunca, qué sé yo
Si no hubiese sido por el estratega Fogwil o sus amigos Elvio Gandolfo, Enrique Butti, me pregunto qué hubiese sido de la obra de Hebe Uhart en estos días. De veras me lo pregunto porque antes de que el estratega la consagró, como gran publicista que era, la cosa no era así.  Elvio E. Gandolfo cuenta en su prólogo a Camilo asciende y otros relatos (Interzona): "Con unos diez libros publicados, la obra de Hebe Uhart conoce momentos alternos de invisibilidad y difusión. Dios, San Pedro y las almas (1962) y Eli, Eli, lamma sabachtami (1963) conocieron un anonimato casi perfecto. Recién con Gente de la casa rosa (1970) alcanzó una difusión considerable -el sello era Fabril- y tuvo un prologuista de peso: Haroldo Conti. El volumen recogía varios cuentos de los dos libros previos. Los dos siguientes, La elevación de Maruja (1973) y El budín esponjoso (1977) fueron casi invisibles. La distribución masiva para quioscos de la colección Capítulo Argentino que dirigía Susana Zanetti para el Centro Editor de América Latina hizo que La luz de un nuevo día (1983) tuviera amplia difusión. En cambio Leonor (Per Abbat, 1986) se vio poco, y además estaba compuesto, en un movimiento extraño, por tres cuentos ya incluidos en La luz de un nuevo día. Un camouflage eficaz abarcó las tres novelas cortas siguientes: Camilo asciende (Torres Agüero Editor, 1987), Memorias de un pigmeo (Pluma Alta Ediciones, 1992) y Mudanzas (Mondadori, 1995). La contundencia de dos recopilaciones recientes, Guiando la hiedra (Simurg, 1997) y Del cielo a casa (Adriana Hidalgo, 2003) consolidó el lugar que sus libros ocupan en la narrativa argentina".

O sea que desde 1983 hasta 2003 (año en que Adriana Hidalgo la adopta hasta el presente, seguida luego por Alfaguara), Hebe misma habla de la edición de sus libros como un penar:

 “–¿Por qué nunca publicó en editoriales grandes?

–Lo único que te garantiza es una mejor distribución. Una vez estaba por publicar, pero como me postergaban, le pregunté al editor qué pasaba. Me contestó que tenía que esperar porque estaban sacando a Isabel Allende. A esta altura no voy a hacer ninguna penitencia, ni penar a ver si me admiten o no. (Página 12, 2004). “No me sometería ahora a ir a las editoriales y correr el riesgo de que me reboten material, ni en pedo. Me parecería un movimiento absurdo. No es que no sea ambiciosa: soy cómoda. Escuchá esto: es porque soy cómoda. Y quiero mi comodidad, mi tranquilidad. He tenido mucha agitación de joven.” De Página 12, 2009.

Conocí a Hebe a finales de los ’70. Gracias a Guillermo Boido, amigo en común. Con el tiempo, nos hicimos amigas y hubo un período en que leía, comentaba y hasta tipiaba sus originales. Conocí esa “agitación” cuando algunos editores la maltrataban, la bochaban sin leerla. Otros, más tarde, la usaban, le pagaban una miseria o nada por sus derechos de autor, y hasta le pedían dinero para publicarla (ella llegaba a ofrecerlo para que la publicasen en tal o cual sello). Algunas ediciones fueron descuidadas, mal distribuidas. Hebe realmente padecía todo esto en voz más que baja. Cuando Fogwill dijo que era la mejor escritora argentina no vino el reconocimiento inmediato, pasaron veinte años para que eso sucediera.
Desde loca, borracha, desprolija y otros epítetos, pagó el precio de no ser del palo, mucho menos pituca, muchísimo menos del canon. No era solamente rara para algunos. Elvio Gandolfo explicó este rasgo de rareza no como algo definitorio, sino como “producto de la persistencia misma de la mirada, sin modificar su sencillez aparente, que nada (y sobre todo nadie) es siempre ‘normal’”. Narradores reconocidos no entendían ni apreciaban su escritura. También les costaba leer a Clarice Lispector, Luisa Futoransky, Alicia Steimberg o a la uruguaya Armonía Somers.
Eli, Iamma sabachtani, que editó en 1963 gracias a un subsidio que le había otorgado el Fondo Nacional de las Artes. Ese libro sí lo presentó. “Invité a mis amigos y se pelearon esa noche, vino mediante, y nos fuimos unos para el norte, otros para el sur”, contaba y se reía para desdramatizar aquello que para otros podría resultar imperdonable, como estropearle la que había sido su primera presentación.
También fue etiquetada como minimalista: “La suya resulta entonces una literatura de la experiencia, pero de una experiencia de baja intensidad, siempre módica: tal vez por eso su literatura podría admitir, en este sentido, el atributo de minimalista. Es Uhart quien no lo admite: '¿Quién dictamina qué cosas son mínimas o máximas? No hay jerarquía de lo que es importante para escribir. La importancia la da el que escribe'”. Martín Kohan, reseña de Turistas. O naïve: “Lo de naïve tal vez venga de que yo trabajo con material de cosas que pasaron ya hace mucho, y entonces quedan con ese tonito medio elaborado, ya visto; digamos que el conflicto ya está oculto. (…) Eso puede ser lo que dé cierta pátina de ingenuidad. Pero yo no creo que sea naïve, porque parece como fama de pelotuda, ¿o no?” De Página 12, 2009;  “Yo no soy inocente. Lo que sí tengo es esa veta medio optimista”.
En 2017, cuando aceptó el Premio Iberoamericano de Narrativa Manuel Rojas en Santiago de Chile, afirmaba: “Pienso y siempre pensé que la conciencia de la propia importancia conspira contra la posibilidad de escribir bien, más aún, pienso que la hipertrofia del rol le juega en contra a un escritor y a cualquier artista. Cuando veo que alguien hace gala de su rol, sospecho que no escribe bien. Y no soporto los cuentos en que los protagonistas son escritores, ni las películas sobre el tema”.
Y sobre su relación con la poderosa tradición de la narrativa argentina, hace una finta: “Mi maestro es un uruguayo, Felisberto Hernández. Es una persona que me ha deslumbrado mucho. Me ha acompañado. Los escritores, decía un amigo, son como todas las personas; algunos son para tener en casa y otros para salir: Borges es para mostrarlo, para salir con él, mientras que Felisberto Hernández es para la intimidad, para amarlo”, dice la escritora que, después de ser admirada tantos años en secreto, ahora sale definitivamente a la luz. (PE/Nodal)
Publicado por Nodal, extraído de Economía y Negocios, Chile, el artículo fue editado por Mercurio, Chile, el 2 de agosto, bajo la firma de Roberto Careaga y Anfibia.
 "Cuando uno escribe, si es bueno, le termina llegando el reconocimiento. Mirá que voy a ser la mejor escritora de la Argentina, ¿qué quiere decir eso? Nada", dijo en una entrevista con Anfibia.
Puedo dar fe del caudal de anécdotas y salidas, algunas recogidas por su observación finísima; otras, por su sentido del humor mezclado con su arbitraria interpretación filosófica de los hechos y las personas. Nos juntábamos a tomar café muy seguido; Hebe, ansiosa, siempre llegaba antes y no daba tiempo a que me sentara para contar sus “novedades”.  En general, verbalizaba cuentos enteros que recién había escrito, o que iba a escribir, con la misma forma, la misma puntuación.  Amante de Simone Weil, Flannery O’Connor y Felisberto Hernández, esos cafés fueron clases magistrales que tuve el lujo de recibir.
En los asados que solía hacer cada tanto, invitaba a personas, al principio, muy dispares, y con el tiempo fue aprendiendo a reunir gente más afín;  hacía preguntas agudas a cada uno y, arbitrariamente, como siempre, daba su particular punto de vista. Reíamos y aprendíamos.
Una de esas “salidas” tan personales, un momento desopilante que quedará en la historia de la Feria del Libro, fue en una mesa en la que Uhart, que hablaba de las similitudes en la comunicación corporal de humanos y simios, una mujer sentada en las últimas filas la interrumpió, para decir que el hombre no desciende de los monos sino que los monos llegaron de otro planeta y, acto seguido, empezó a ladrar. Cuando todo parecía que se desmadraba, Uhart le dijo "Yo no comparto el creacionismo, yo creo en la evolución" y siguió como si nada hubiera pasado. El aplauso fue estridente.
Samanta Schweblin recuerda la vez que Hebe contó en una mesa organizada por el Centro Cultural General San Martín; Uhart habló última, cuando el público estaba casi dormido de escuchar a los escritores hablar de su vida. Y les dio un cachetazo en el rostro: "Les voy a contar un sueño. Soñé que cogía con Maradona", dijo (y/o provocaba), y comenzó a relatar ese sueño.
"Hablé de infancia a rolete, hablé de mi familia, de los inmigrantes, de mi pobre tía loca, ¡ya está! Ahora quiero otra cosa, por eso hablo de los animales."; “Pordelantear, por ejemplo, la tomé de una señora que vino a mi casa y que me dijo ‘Yo avanzo sin pordelantear a nadie’.” El hecho de evitar a toda costa el lenguaje académico, el savoir faire, etc., quizás haya sido uno de los motivos por los que sus clases se llenaban, y no volaba mosca alguna cunado señalaba: La obsesión, decía, no sirve para escribir, como no sirve la impaciencia. Y lo expresaba de esta forma: “Para escribir, como decía Chéjov, hay que estar a media rienda”. (Clarín)

Cuando dejó la ficción para pasar a sus crónicas dijo: 'Yo no soy aventurera'. Durante 2015, recorrió como siempre, block en mano: Bogotá, Lima, Quito, Otavalo, Resistencia, Tucumán, Carmen de Patagones para Viajera crónica. La Patagonia, Ecuador, Córdoba, Roque Pérez, pueblos de la provincia de Buenos Aires, distintos pueblos indígenas, cooperativas rurales (a una de ellas donó la mitad del Premio Premio Iberoamericano de Narrativa Manuel Rojas de Santiago, Chile, 2018).
“Mejor tarde que nunca, qué sé yo”, dice Uhart ante el reconocimiento tardío. Prefiere no opinar sobre su supuesta mirada asombrada en la escritura o eso de ser una autora de culto. “Eso que lo digan los otros”, añade.
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Bibliografía y comentarios
Elvio Gandolfo escribía en su prólogo para “Camilo asciende” (de 1987): “Lo que la convierte a la vez en un ejemplo muy poco frecuente de penetración filosófica o antropológica y en portadora de un humor opresivo, desopilante, es que se incluye a sí misma en esa mirada, a través de sus distintos alter ego cuando hablan en primera persona”.
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Por Tomás Abraham
Conozco a Hebe desde hace veinte años. Trabajó conmigo en la cátedra de Filosofía de la UBA. Durante el mismo lapso fue parte del Seminario de los Jueves. Es así que la escuché. Y leí algunos de sus libros. Hebe tiene una mirada rara. Toca y se va. No le gusta que se le impongan. Es un ser libre, inaprensible. Sus palabras se miden con una vara pequeña. Le gustan las frases cortas y odia discutir. Prefiere intervenir con interrogantes. Sus observaciones terminan con un “¿no?”.
Es una persona orgullosa, su compromiso con la literatura es vital. Escribir para ella es algo muy serio, no da lugar para poses y pavadas. No le interesa el negocio de la literatura, ni el aparentar de la gente que tiene la etiqueta de escritor. Escribió siempre, con una cadencia parecida. Quizá pueda decirse que le gusta la metonimia. Las cosas ocurren, pasa un perro, una tía tose, un pibe se olvidó una bolita, se quemó la tortilla. La vida sucede, y las personas son pequeñas. Para Hebe, los hombres se expresan en chiquito, pero ya sea cuando lo hacen así, con poco, con lo que pueden, o, cuando aparentan ser muy grandes y enfatuados, Hebe se ríe.
Hebe Uhart es una escritora con humor, leerla es entrar en una atmósfera liviana, matizada, con pinceladas finas. Nos saca una sonrisa. Pero no diría que es amable, por el contrario, es intransigente, eso por un lado; por el otro, su mirada no sale de sí, tiene la autonomía de ciertas locuras. Parece inconmovible. Admito que me he quedado en una descripción psicológica con escasos argumentos estéticos. Pero no se me ocurre más que decir que Hebe escribe bien, sabe componer cuentos y ofrendarlos ya destilados, y, con sus personajes, tiene el mismo buen trato que su maestro Felisberto Hernández. Concluyo diciendo que Hebe Uhart es una escritora doblemente oriental, tiene algo de uruguaya y de japonesa.
Página 12, 2004.
Hebe Uhart integró el Seminario de los Jueves, desde 1984, junto a Gustavo Mallea,  Zopi, Alfredo Tzbeivel, Hebe Uhart (con un profundo interés por el empirismo inglés, según Tomás Abraham), Carlos Savransky. También Esther Díaz y Jaime Plager. Gente que venía de la Universidad de Morón como Miguel Wiñasky, Oscar Terán, a Enrique Marí y a Alejandro Rússovich. Samuel Cabanchik.   Jorge Telerman, Elías Neumann, Eugenio Zaffaroni, Luis Moreno Ocampo, Néstor Perlongher, Horacio González, Christian Ferrer y Ricardo Forster, Edith Elorza, entre otros… Seminario dirigido por Tomás Abraham.
Fue profesora en Filosofía y trabajó durante casi toda su carrera en la cátedra de Tomás Abraham, en la UBA.y en la Universidad de Lomas de Zamora.

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1962- La editorial Menhir, de Rosario, publica su libro de cuentos Dios, San Pedro y las almas.

1963- Aparece en Buenos Aires su libro de cuentos Eli, Eli, Lamma Sabachtani, publicado por la editorial Goyanarte.

1970- La editorial Fabril publica en Buenos Aires su libro de cuentos La gente de la casa rosa.

1974- La Editorial Cuarto mundo publica la nouvelle La elevación de Maruja.

1976- Su libro de cuentos El budín esponjoso es publicado por la editorial Cuarto Mundo.

1983- El Centro Editor de América Latina publica en Buenos Aires su volumen de cuentos La luz de un nuevo día.

1987- Se publica su novela corta Camilo asciende (Torres Agüero Editor). Participa en el Primer Encuentro de Escritores organizado en Buenos Aires por el Diario Clarín.
1992- Aparece en Buenos Aires el libro de relatos Memorias de un pigmeo (Editorial Pluma Alta).
1995- La editorial Bajo la Luna Nueva publica en Buenos Aires su novela Mudanzas.
1997- La editorial Simurg, de Buenos Aires, publica su libro de cuentos Guiando la hiedra.
1999- Su novela breve Señorita es publicada en Buenos Aires por la editorial Simurg.

2003- La editorial Adriana Hidalgo publica su libro de cuentos Del cielo a casa. “En su nuevo libro Del cielo a casa abundan los cuentos cuyo tema es un viaje (viajes a Alemania, a una pequeña ciudad de la provincia de Buenos Aires, a la frontera de Uruguay con Brasil, o el viaje de un holandés a Buenos Aires). Se esperaría la secuencia característica: viajar, vivir, contar. Pero estos viajeros viajan esperando volver, porque el gusto del viaje es volver para encontrar todo distinto (‘la casa distinta’, dice Hebe Uhart, dejando ver que en su propia casa transcurre la parte de los viajes que más le agrada: ‘me gustaría tener el don de la bilocación’). Mientras viajan, es menos lo que viven que lo que observan (como Felisberto Hernández, al que Uhart señala como su referente, que ‘no hace más que mirar y mirar’). Viajan y viven; pero viajan incómodos y viven mirando, y lo que cuentan está por eso impregnado de observaciones agudas, leves o no tan leves descolocaciones, el lento incordio de las cosas que cambian”, escribió Martín Kohan, en la Revista Ñ, diario Clarín, el 2 de agosto de 2003.
2004- Se publica su libro de cuentos Camilo asciende y otros relatos (Interzona). “El mundo de Hebe Uhart, que con tanta nitidez aparece en estos relatos, es abundante, colectivo o absolutamente personal, nunca psicológico en el sentido tradicional, novelístico. Desde la primera persona, o desplegando múltiples vidas ajenas, siempre está mirando hacia fuera. Le ha dado a la literatura argentina decenas de personajes emocionantes, inolvidables, que establecen al hablar, al actuar, al tener sentimientos por otros, una manera de existir, de resistir, de no entregarse. Incluso algún ser que no habla, como esa isoca que se queda a escuchar el divague teológico y palabrero de un predicador mientras afuera llueve. Pero que en cuanto la lluvia para, se toma el olivo, silenciosamente”, escribe Elvio Gandolfo, en el prólogo de la edición.
2008- Se publica Turistas (cuentos), por Adriana Hidalgo Editora.
2010- Se publica Relatos reunidos (cuentos y nouvelles), por Alfaguara.
2011- Se publica Viajera crónica (crónicas de viaje), por Adriana Hidalgo Editora.
2012- Se publica Visto y oído, por Adriana Hidalgo Editora. “Hebe Uhart viaja desde muy joven, pero hace apenas dos años que publica crónicas. Hace décadas, publicó un texto sobre la previa del Carnaval de Corrientes, pero no mucho más. Antes, dice, el viaje era sólo por placer, por aventura. “No bien tuve mis primeros sueldos, los gasté en viajar. A los 18 años me fui a Ushuaia; a los 20 me fui a Bolivia, en un viaje de cuatro días en tren, y de ahí a Perú. Después, desde los 21, me fui todos los años a Brasil. En micro, en tren, de cualquier manera.” Sus crónicas conservan ese espíritu de turista: cuentan los incordios con la tarjeta-llave de los hoteles, se asombran con los excéntricos habitantes de Capilla del Monte. Pero si los textos de Visto y oído son, además, muy hermosos, es por las observaciones de narradora lúcida de Uhart.” (Página 12, Radar Libros, fragmento de la nota de Mariana Enriquez, diciembre 2012).
2015- Un día cualquiera (mapa de las lenguas) (cuentos) Adriana Hidalgo Editora.
2015- De la Patagonia a México (crónicas de viaje) Adriana Hidalgo Editora.
2017- De aquí para allá (crónicas de viaje) Adriana Hidalgo Editora.
2018- Animales (crónicas) Adriana Hidalgo Editora.

Distinciones
2004 - Premio Konex, Diploma al Mérito por "Cuento: quinquenio 1999-2003".
2011 - Premio Fundación El Libro al Mejor Libro Argentino de Creación Literaria, por su libro Relatos reunidos, publicado por Alfaguara en 2010.
2014 - Premio Konex, Diploma al Mérito por "Cuento: quinquenio 2004-2008".
2015 - Premio Fondo Nacional de las Artes (letras).
2017 - Premio Iberoamericano de Narrativa Manuel Rojas.

miércoles, 17 de octubre de 2018

Iacocca piensa en el futuro, en la transformación de las personas

Hebe Uhart 
(Moreno, Buenos Aire, Argentina; 1936-Buenos Aires, Argentina; 2018)​

ALGUNAS REFLEXIONES SOBRE LEE IACOCCA Y EL CUIDADO DE SÍ
Por HEBE UHART

En sucesivas exposiciones correspondientes al año 1987, se aplicó la categoría
foucaultiana de "cuidado de sí" a griegos, romanos (estoicos), cristianos y a un sujeto moderno, un ejecutivo norteamericano, Lee Iacocca, empresario de la Ford y de la Chrysler. Me tocó a mí leer y comentar la autobiografía de Iacocca, que correspondería aparentemente a la del hombre que se hace a sí mismo, que se trabaja a sí mismo. En los sujetos anteriores el cuidado de sí estaba en función del autodominio del poder, de la salvación del alma, en fin, de algún poder terreno o supraterreno que los contenía y moldeaba en cuanto individuos. Si bien el examen de sí mismos realizado por los estoicos, por ejemplo, alcanza una gran amplitud en cuanto a la inserción del hombre en el mundo y en la naturaleza, y en el caso de Iacocca la tecnología del yo estaría solamente restringida al rendimiento empresario y por lo tanto, la exigencia del yo
consigo mismo sería volverse más útil para un objetivo heterónomo: la empresa, existe en el mismo Marco Aurelio una mirada similar a la de Iacocca, en cuanto hombre del poder. Dice Marco Aurelio:
"Al levantarte, cada mañana has de decidirte: tropezar hoy con un indiscreto, o con un
ingrato, o un insolente, o con un envidioso, o con un egoísta. Son vicios que le vienen de la ignorancia del bien y del mal... Acostúmbrate a escuchar con atención lo que te dicen y tanto como te sea posible, penetra en el alma de tu interlocutor".
Lo que en Marco Aurelio era una función propia del emperador, recibir gente, en
Iacocca es una técnica, la de la entrevista.
Dice Iacocca, evidentemente acostumbrado a leer en el alma del interlocutor, aunque no lo diga: "Lo que no se puede saber en una entrevista es si el sujeto es trabajador y si es perseverante, o sea si es un adulto y no un niño".
Dice Marco Aurelio, refiriéndose siempre a la gente que recibe: "Yo en esos seres
imperfectos veo a mis hermanos por el espíritu y nuestro común origen divino, yo no puedo recibir daño ni ofensa porque sus defectos no van a pasarse a mí ni es posible que yo me enoje contra mi hermano y lo odie".
Saquemos el origen divino, pero Iacocca piensa en el futuro, en la transformación de las personas; aparece el concepto de oportunidad y de adecuación. "No todas las personas son aptas para las mismas cosas, por eso estoy en desacuerdo con la rotación de puestos; pero cada uno tiene algún valor y hay que darle una oportunidad."
Aun desde la limitada perspectiva de lo que puede ser selección de personal dentro de
una empresa, el concepto de que alguien va a ser apto en una sección, trabajo o rubro, implica un conocimiento del otro y una valorización de su vocación y el virtuosismo que supone una tarea bien hecha. Las normas milenarias de vocación, autoejercitación y auto-examen, aparecen en nuestra sociedad tecnológica, aplicadas al trabajo. Medir a una persona por su rendimiento, es medirla por lo que hace, por su práctica. La objeción que se me planteó al exponer el tema es que no podría hablarse de cuidado de sí en este caso, ya que no se trata, en el sujeto que trabaja en una empresa, de una persona autónoma, dado que toda la tecnología del yo (autoexamen, prácticas para superar rendimiento, etcétera) está al servicio de la empresa, o sea con un fin heterónomo; no sería una relación libre del sujeto consigo mismo; el sujeto sería entonces la empresa. Pensé que la objeción era válida, hasta cierto punto, pero me planteé algunos interrogantes. ¿Es posible por ejemplo que un vendedor, haciendo su autoexamen como tal, descubra que no vende porque es impaciente y no se extienda en consideraciones sobre otras áreas de su vida en que le acontece lo mismo? ¿Es posible desglosar las prácticas económicas como si estuviesen aisladas de otras prácticas sociales, o mejor dicho, como si vender fuera una actividad abstracta y no llevara consigo todo un mayor mundo de intercambios, conversaciones, seducciones?
Suponiendo que en el caso de la empresa se trata de un virtuosismo restringido,
destinado a vender; tomemos un ejemplo que por algún motivo me resulta similar, tal vez porque tiene por objeto el dominio del cuerpo, el deportista, que trabaja su cuerpo, ¿no tendrá acaso un contacto consigo mismo, con sus logros, con los otros -aunque habitualmente no lo expresa-, no adquiere a través del trabajo con su cuerpo un conocimiento mayor o distinto de sí mismo?
En el debate posterior a la exposición se llegó a la conclusión de que en nuestra época
sólo se podría hablar de cuidado de sí en un artista, por la relación consigo mismo que se refleja en su obra, y en aquellos casos en que el arte tiene que ver con la tecnología, por ejemplo un arquitecto, ¿vamos a decir que el sujeto es el edificio, o acaso éste no pareciera ser, como en el caso de la empresa, un conglomerado de intenciones, imaginaciones, producción, personas, que existe como la empresa cuando es habitado, vivido, usado? O en el caso de las artes que lindan con la gimnasia, donde hay una intención de belleza, como la gimnasia acrobática, ¿es cosa sólo de técnica y del cuerpo? ¿Tendremos que distinguir entre arte puro y del otro, y a los puros estaría destinado el cuidado de sí?, a pocos; volveríamos a la línea socrático-platónica de ascesis en contraposición de lo mundanal, de lo que hay. Una empresa, ¿no puede ser acaso algo bello?
De Foucault y la ética.Seminario dirigido por Tomás Abraham. Edición original: Buenos Aires, Editorial Biblos, mayo 1988; 
Hebe Uhart fue profesora en Filosofía y trabajó durante casi toda su carrera en la cátedra de Tomás Abraham, en la UBA y en la de Lomas de Zamora.. 

domingo, 13 de noviembre de 2016

Los dueños eran indios y los que atendían, criollos mestizos.

HEBE UHART
(Moreno, Buenos Aires, Argentina, 1936)


“¿Por qué se me ocurrió escribir sobre las comunidades indígenas en sus distintos contextos? Cuando tengo una inclinación, primero la sigo y después me pregunto por qué. En este libro cuento la visita a los wichis y a los quom, una inolvidable charla con don Haroldo Coliqueo, descendiente del gran cacique Ignacio Coliqueo. Visité Otavalo, Ecuador, donde los indios se han enriquecido y han desplazado a los mestizos del centro de la ciudad. En mis viajes reforcé mi creencia de que este mundo está hecho de mezcla y en todas las etnias que visité encontré lo antiguo mezclado con lo actual. En definitiva, quise saber más de aquellos que, teniendo en cuenta a la mayoría de los países de América Latina, forman más de la mitad de la población.”
**
 En Lima conocí indios aculturados de la selva peruana, de Pucallpa, también a una criolla casada
con un indio de la selva- un indio previamente pasado por los pastores, ¿viste que los pastores van a misionar y eso? Estaba todo de lo más bien. Me llevaron a un pueblo joven, ellos llaman “pueblo joven” a una villa miseria. Había una artesana buenísima que venía de la selva y hacía unas cosas hermosas: collares, pulseras. También anduve en Ecuador, donde viven los otavalo, que están ricos. Hay comunidades que están ricas. Se avivaron, en lugar de pedir tierra aprendieron a exportar.
El mestizaje, lo que traen, lo que tienen, hay un montón de cosas en todas las comunidades.
(...)
Hice una visita a Los Toldos. A cuatro horas de acá hay todos descendientes del Cacique
Coliqueo. Cerca de Junín. Y viajo sola y en este caso me tomé un micro. En Los Toldos me atendió Don Haroldo Coliqueo, fundador de la primera clínica del lugar. En ese pueblo se llaman todos Coliqueo. Calle Coliqueo, veterinaria Coliqueo… 
Como los Buendía de Macondo…
Sí, ¡son todos Coliqueo! Ellos se aculturaron en 1870, porque en la provincia de Buenos Aires lograron acorralarlos mucho. No sucedió igual en el sur, con los mapuches, porque rajaban
a Chile por la cordillera. Acá, en la provincia de Buenos Aires, los acorralaban porque estaban a cuatro horas de la capital. Y el bisabuelo de Don Haroldo, antes de morir, pidió que sus descendientes se acristianaran y fueran a la escuela. Y los descendientes cumplieron. El hijo de Don Ignacio
Coliqueo, está lanza en el suelo en la foto de que vi. Este Don Haroldo es un médico, es como un médico, nada más que de origen indio. Casado con una criolla. Un Coliqueo más. El veterinario se llama Coliqueo, la calle es Coliqueo, en la plaza hay un busto de Coliqueo. Y yo quería ver a Don Haroldo Coliqueo . En un pueblo chico, de diez mil habitantes, le  preguntás a la gente, ¿está Don Haroldo? “No, no está porque el coche no está”, te dicen. Y después, “venga, pase, pase al
livingcito de él”. El lugar era más bien pequeño. Ahí entrás en un hogar médico, Haroldo es el fundador de la primera clínica quirúrgica de Los Toldos. Entonces trabajó mucho por
la historia de la comunidad. Le digo, “Don Haroldo, ¿y la herboristería indígena?”… Me contesta “No, m´ hija – como si estuviera en la historia eso – ahora hay hepatogramas”. Mirá, justo este verano, yo cambié mi televisor por uno de pantalla plana. Yo tenía uno muy antiguo. Y me acordé de Don Haroldo, de cómo está modernizado, tecnologizado. Mirá, ahora me viene a la cabeza que, cuando estuve allá, le pregunté, “Don Haroldo, ¿a usted lo discriminan acá? No, qué van a discriminar, acá somos todos Coliqueos. En La Plata me discriminaron, donde fui a estudiar medicina. Había Pérez, Fernández… “¿y vos cómo te llamas?”, me decían.” Coliqueo“, contestaba. “¿Y de dónde son los Coliqueo?”.
¿Sabés cómo llegué hasta la casa de Don Haroldo? Por el camino, me bajé a fumar en una parada, en un pueblo anterior a Los Toldos, Chacabuco. Yo vi un tipo que tenía en el bolsillo de la camisa una etiqueta que decía “cacique”. Entonces me acerco y le digo: “¿Usted es cacique?” Lo empecé a indagar. “Organizo fiestas”, me dijo. Me dio la impresión de un tipo turbio. Luego lo vi entrando a una oficina, dando vueltas, lo vi raro. Entonces le dije: “Don Haroldo – me inspiró mucha confianza el médico, era muy linda persona- yo vi en Chacabuco un señor así y asá, llevaba en la camisa una etiqueta que decía “cacique”… Y me dijo “¿Y usted qué cree? Acá hay gente como en todos lados. No por ser indio va ser puro ni santo.”
(...)

Hay gente de todo tipo, hasta gente que pide tierras y se queda todo para ellos, cosa que pasa en Azul, con Martha Catriel, donde la comunidad está dividida. Ella es descendiente del cacique Catriel y está casada con un italiano. El hijo es abogado y vive en un country, aquí en Buenos Aires. Ella es logrera, logra para ella. Pide tierras y luego quema la leña, dice que la usa y en realidad la vende.
Yo fui con un escritor de allá y me quiso vender una rifa de un poncho, se la tuve que comprar y no voy a ver nunca ni al resultado de la rifa ni al poncho. Ella es así. Una parte de la comunidad está enojada con ella, claro, la consideran medio corrupta. Yo hablé con esa gente y me dijeron: “no sabe el idioma, es una vaga”. Porque, claro, la gente más empeñosa entre los pampas aprende el idioma, la gente más honesta, la que tiene que ver más con sus raíces. Yo le pregunté a Martha: “¿vos sabés hablar el idioma de tu gente?” Y me dijo: “No, porque si hablábamos en nuestro idioma, nos discriminaban en la escuela.” Una vez les dije a unos de la parte de esa comunidad que odiaban a la Martha Catriel: “Pero ella tiene una tarjeta que dice, ´Martha Catriel, cacique´” Y, con razón, me dijeron: “cualquiera puede hacerse una tarjeta”. Aunque, fíjate: cuando llega el día del indio, la llaman a ella. Los hijos le decían que no fuera. Ella, sin embargo, dijo: “yo me pongo la vincha y ya está… quizá un saquito para el frío“.
Pero bueno, ella es así. En su casa tenía una estufa y en la repisa había un indito y un blanco; era de 1900 la foto. Los dos azorados, el blanco y el indito, por el flash de la foto. Los dos azorados, tomaditos de la mano. “¿Y ellos quiénes son?”, le pregunté a Martha. “Esos son mis tíos bisabuelos”.
“Sí- le digo- el indito, sí. ¿Pero el blanco?” “Hijo de cautivo”, me dice. La historia de este país es… bueno, los peruanos tienen a los incas y los tienen internacionalizados.
Acá es asombrosa la cantidad que hay de personas mezcladas, ¡imaginate a esos dos, hermanados ante el terror! Y lo que habrá sido, yo no hice más que atisbar… Hay tanto para ver. Si vos entrás en un pueblo donde se dan estas mezclas entre indio, criollo y blanco, te quedás dos meses y te sacás una novela. Están todos enfrentados. Yo ya había empezado a atisbar las comunidades en el libro anterior. Ahora, más concretamente, fui a ver a los toba, en el norte. El director de la escuela toba nació en la selva, en el monte. Hasta los 10 años estuvo en el monte. Ahora estudia, es director, tiene un terciario. Lee lo mismo que nosotros: Galeano, Mafalda. El hombre me dijo: “Yo, hasta los diez años, no conocía las malas palabras. Es decir, conocía las palabras tabúes, pero no las malas palabras. Cuando llegó a la ciudad vio que los chicos hablaban mucho pero con poco contenido. Él es un toba lindo, moreno, ¿viste que son todos grandotes? Y a sus diez años no conocía ni los caramelos ni las malas palabras. ¡Si el padre pescaba a arpón!
(...)
Hablo de las comunidades de Perú, de los shipibos, los guajiros… esos son de Colombia, no los fui a ver pero tengo un material excelente. En Ecuador están los otavalos, a esos sí los visité y están riquísimos. Se avivaron, son medio capitalistas, aprendieron a exportar. Es la primera comunidad que está instalada en España. Igual, entre quienes están en Europa están los que tienen papeles y los que no. Los que tienen papeles ganan dinero. Si el hermano mayor no tiene papales y el menor sí, pues el hermano mayor se tiene que sujetar al menor.
El que tiene papeles se puede mover por toda Europa, el que no, tiene que trabajar para el que tiene papeles. Muchos, una vez que consiguen papeles, se van a Tokio, a Dubái. Están muy tecnificados y ricos. Yo estaba en un hotel hermoso, cuatro  estrellas, muy bien tenido: se llamaba “El indio inn”. Los dueños eran indios y los que atendían, criollos mestizos.
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 Yo estaba en el medio de un festival de cine. Les mostraron una película muy buena de
un realizador indígena boliviano, San Jinés. Hablaba sobre Evo. La película habla de por qué Evo no fue ningún milagro. Bolivia tiene luchas desde el siglo XIX donde los baleaban, caían todos y venía más gente para ser baleada. Esa sí es una lucha de poner el cuerpo. Esa película pudo ser oportuna si el contexto era otro, ante los wichí, no: ellos no se pueden levantar. Igual, la inauguración fue emocionante, fue en un pueblo del Chaco, donde había una escuela muy linda, recién inaugurada. Y los asistentes eran 500 o más personas morenas, bien morenas, cantando el himno wichí. Eso me emocionó. Y la abanderada, con sus zapatillas blancas, limpias como una cara de cierta bronca que prometía. Eso era emocionante. Pero después, los cineastas deciden pasar a esa gente traída de otras comunidades en camiones, para hacer la ceremonia de inauguración. Una película de lo que hacían con los indios en el siglo XIX. Cómo los medían, cómo los pesaban. A ver: ese fue un momento de encuentro, de alegría. Al lado, yo tenía un señor wichí que estaba llorando. Si yo soy de una comunidad indígena y vienen los blancos a decirme qué hicieron los abuelos blancos con mis antepasados y te ponen el cajón de una nena cuando la llevaron a Alemania, y dijeron “la cabeza viene de una indiecita paraguaya”… ¡Me dio indignación! Le dije al cineasta que nos entristeció a todos. No me dio decepción, me dio indignación. Y a los mismos wichí que son muy pobres, ¿qué les pasaron?, fotos de los mapuches de la fábrica recuperada de Neuquén. Los wichí no tienen nada, están en medio del campo. Los mapuches tienen fábricas, ¡tienen una labia al hablar!
 Pero lo que quiero decir es que debieron ofrecerles algo que les alegrara la vida, no todo lo contrario. Luego, pasaron a una cantante mapuche, Aimé Painé, con un auto de novela, un chico de novela y un señor que hablaba de las tierras con unas botas preciosas. Ojo, también había gente muy piola.

De aquí para allá, Adriana Hidalgo, 2016.
Fragmentos extraídos del blog elanartista.
Somos parecidos a esos sapos que en la austera noche de los pantanos se llaman sin verse, doblegando con su grito de amor toda la fatalidad del universo.
René Char


No haría falta amar a los hombres para darles una ayuda real. Sólo desear hacer mejor cierta expresión de su mirada cuando se detiene en algo más empobrecido que ellos, prolongar en un segundo cierto minuto agradable de su vida. A partir de esta diligencia y cada raíz tratada, su respiración se haría más serena. Sobre todo, no suprimirles por entero esos senderos penosos, a cuyo esfuerzo sucede la evidencia de la verdad a través de los llantos y los frutos.
René Char