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lunes, 25 de marzo de 2013

Mi arcilla es mía; nadie hará otra cosa


HORACIO REGA MOLINA
(San Nicolás de los Arroyos, provincia de Buenos Aires, Argentina, 1899-1957)

La Casa del Acuerdo
      
He aquí que, como  hace tantos años, la calle
se llena de galeras de rancia y alta caja.
Se abre una portezuela, crepuscular. ¿Quién baja?
¿De quién es ese rostro, ese pecho, ese talle?

Caballeros que llegan a la ciudad, del valle,
de la montaña. Polvo con agua y nieve cuaja
cada rueda de cada vehículo en que viaja
la  patria misma, para que la guerra no estalle.  
               
Un farol plañe luces. Las sanguíneas baldosas
reverberan. La hierba nace entre sus junturas.
El aire acuña voces. ¿Quién olvida estas  cosas?
     
¿Pedestal de qué heroica figura es el aljibe?  
De pronto hay un silencio preñado de futuras
grandezas. Alguien llora. Y el Acuerdo se escribe.
***
AL POETA ANDRÉS DEL POZO
Que me envió una baldosa de la casa natal donde nací

Oh tú, que al repertorio de mis penas
Envías de mi casa una baldosa,
En la que el tiempo, que jamás reposa,
Fijó recuerdos y detuvo arenas.

Pequeño territorio donde apenas
Cabe mi pie, y adolescente rosa
Por su color; y por su forma, losa
Del primer niño que se ahogó en mis venas.

Cuando pienso en el patio y su rumores,
En el hueco dejado, y que así rueda
Hasta mi amor, abandonando amores,

En parecida soledad me encierro,
Pues desde ahora todo lo que queda
Fuerza de esa baldosa es mi destierro.
***
BALADA DE UN DOMINGO DE MI INFANCIA

Mañana el maestro dará prueba escrita
(Mi infancia no tuvo sino días malos).
Sentada en un banco mi infancia recita:
Colón ha partido del Puerto de Palos.

Es día domingo. Llovizna. Hace frío…
…el cuarto es muy grande, yo estoy solo en él.
Parece que arrastra en el cuarto sombrío.
Su cola de seda la reina Isabel.

Es día domingo. Con una constancia
que más dolorosa no pudo haber sido,
sentada en un banco, repite mi infancia:
del Puerto de Palos, Colón ha partido.

Las seis de la tarde. Se encienden candelas.
Se cierran las puertas. La casa es distinta…
Dan miedo, dan miedo, las tres carabelas
la Santa María, la Niña y la Pinta.
***

Déjenme así. Mi corazón no pide
nada más; pues no hay vida tan hermosa
como la que uno para sí decide.
Mi arcilla es mía; nadie hará otra cosa.

¿De qué recuerdos quieren que me olvide?
¿Qué huida me proponen, temerosa?
¿De qué peligros dicen que me cuide
si tengo los del verso y de la prosa?

¿Quién procura tomarme la medida
y el peso, y en el libro de lecciones
anotarme un examen de conciencia?

¿Qué haría con el alma corregida?
Gracias, Dios mío, porque Tú no pones
mi manera de ser en penitencia.

domingo, 22 de noviembre de 2009

La ciudad no admite castillos en el aire


Algunos poemas de
HORACIO REGA MOLINA
(Buenos Aires, Argentina,
1899-1957)


Mediodía

Bañado en luz bosteza el toro,
y con primor que el gesto amengua
le tiembla el sol sobre la lengua
como una píldora de oro.
***
MONOGRAFÍA DE UNA MANO LABRADORA

La mano sin tocar, sin hacer nada,
Máscara en sombra clara y luz obscura,
Ceñida piel de tierra cultivada
Y venas como riacho de llanura.

En cinco dinastías renovada
Su fuerza y benemérita dulzura.
La palma es de su amor la bocanada
Que en el nudo del puño se asegura.

Firme, parece en su sopor profundo
Que en síntesis del hombre y de su mundo
Pesara mucho más que todo peso.

Pero la mano, como ayer, ahora
Sabe lo que es y lo que puede, y llora
Con una seca lágrima de hueso.
***
La letanía del domingo

Como es día domingo, por la ciudad me pierdo.
Busco una calle muerta para mi poca fe.
La calle tiene un nombre que ahora no recuerdo
porque en un mismo sueño lo supe y lo olvidé.

La calle es como un niño que por la vez primera
busca sin esperanza un juguete perdido.
Su manera de hablar fue antaño mi manera
y su cabeza rubia, yo también la he tenido.

Tristeza del domingo. La soledad me agobia
y de improviso siento la pena singular
de que, sin conocerla, yo he tenido una novia
que en este mismo instante me ha dejado de amar.

La calle se ha llenado de parejas furtivas...
Un ómnibus vacío compendia mis dolores,
y siento que las únicas manos caritativas
son las manos de bronce que hay en los llamadores.

El domingo es el drama del hastío y del ocio,
es un palo vestido con cintas y sonajas.
Deseo madrileño de poner un negocio
con un billar de lance y un mazo de barajas.

Es como esos jardines que hay en los hospitales.
Es la vulgar cadencia de una música en boga.
Tiene las etiquetas y los sellos usuales
de un frasco destapado que contuvo una droga.

Es, en cualquier esquina, el bastón y el sombrero
de un burgués que se mira los botines lustrados,
y la satisfacción de un sobrio jardinero
que anda por una calle con árboles podados.

Aparece, indeciso, al fin de la semana,
cual de una bocamanga la mano de un enfermo.
Y es también un hortera con alma veneciana
que va a remar, de tarde, al lago de Palermo.

Si adquiriera, de pronto, contornos personales,
con la necesidad de ganar su peculio,
sería un vendedor de tarjeta a postales
en un librería del Paseo de Julio.

Es uno de los días más trágicos y crueles.
Triste como un desfile de Ejército y Armada.
(Hay también otro ejército con muchos coroneles,
y es el de Salvación, que no ha salvado nada.)

Domingo, el almanaque te anuncia al rojo vivo
pero tú necesitas un color con sordina,
como un farol chinesco, será decorativo,
pero la luz que arroja no viene de la China.

Yo lo suprimiría, sin cargo de conciencia,
suprimiría el día y el hombre endomingado.
Pero es fatal, como esa ridícula frecuencia
con que se da un tropiezo en un patio alfombrado.

También suprimiría la calle, en la que exponen
los árboles urbanos su edilicio follaje.
¿Qué será de la calle cuando ellos la abandonen
para formar, más lejos, otro nuevo paisaje?

Guiñándome su ojo de vidrio en la capota
pasa un coche vacío, reumático, terroso,
la luna, sobre el cable de una esquina remota,
ha colgado su antiguo letrero luminoso.

Y el domingo es como una lata de caramelos
que en el atardecer ha sido terminada.
La calle se proyecta, entre los rascacielos,
como una galería de ciudad sepultada.

Entonces interpreto, bajo la trapisonda
de las calles lascivas y la innúmera gente,
los ojos enlutados de la mujer que ronda
y atisba, tras los vidrios del cafetín, un cliente.

El domingo, en estado comatoso y de fiebre
me ve, sin domicilio, caminar con desgaire;
he sido mi arquitecto, mi albañil y mi orfebre
mas la ciudad no admite castillos en el aire.

Pero qué importa, en medio de gritos y de fugas,
Ya la edificación, sin ruido, se desploma,
y en un encogimiento de pliegues y de arrugas
la ciudad se desinfla como un globo de goma.
***
ODA CON UN CABALLO PATRIO

El caballo encontróse de pronto con que le faltaba el cuerpo del jinete.
Ninguna afirmación entre el cenit y su lomo.
Bravocea al desafío atávico de las distancias.
Su indeleble trote era merced innecesaria
pues hecho estaba al peso de una imagen cuyo nombre
hacía volver la cabeza al enigma
aunque era como el árbol, que ya nace descrito
y patriarcaba, dichosa, en el vino nuestro de cada pulpería.
Las riendas perdían ataduras de la soledad
acariñado el amarillecer del pasto fundido al suelo como sarro
en esa fosca noche
en que una estrella le roba el fuego a otra estrella.
La bien hinchada luna olía a frutos del país.
Entonces se destuvo, levantó la testa, dilató los ollares,
miróse luego los cascos que malhirieron el sentido dinástico de las flores
olió su propio olor de fogata de cuero,
y se reconoció potro nacido a cuatro rumbos,
aquella mañana, cuando el oírse como en los primeros tiempos
el versículo veintiocho del Génesis
los hacendados pusieron en el fuego los hierros de marcar.
Su condición de bestia caída, expulsada del paraíso de las bestias
tornóse portentosa al dejarle la sombra
tan sólo las formas más salientes
como esos objetos envueltos en un lienzo.
La mitad de la noche parecía haber encontrado el buen camino
de su estado a la espera de un acto, de una súbita
iluminación del espíritu nocturno.
Y pensó:
Todos los días hay alguien que resucita.
En ese mismo instante fue tomado de las riendas
hacia un espacio de otra geografía equivalente a su tamaño,
crecido milagrosamente en el lugar donde estaba
con límites de palenques florecidos por la fiebre de la madera
porque las tierras donde nacen y mueren los caballos
son las favoritas de Dios.
***
MORTALIDAD

En esta urbana reclusión avara
en que me desconsuela estar conmigo
no quisiera que el campo me tomara
ni ocupar el lugar donde está el trigo.

No quisiera ser agua, turbia o clara,
pájaro que a su canto busca abrigo
como si fuese amor lo que cantara
como es indiferencia lo que digo.

Todo es mortal y se me va muriendo.
¿Cómo escucharme yo? ¿Cómo escucharte
si no comprendes y si nada entiendo?

Ni siquiera a la voz desconocida
que me dice, desde ninguna parte:
acércate que el cielo está con vida.
Somos parecidos a esos sapos que en la austera noche de los pantanos se llaman sin verse, doblegando con su grito de amor toda la fatalidad del universo.
René Char


No haría falta amar a los hombres para darles una ayuda real. Sólo desear hacer mejor cierta expresión de su mirada cuando se detiene en algo más empobrecido que ellos, prolongar en un segundo cierto minuto agradable de su vida. A partir de esta diligencia y cada raíz tratada, su respiración se haría más serena. Sobre todo, no suprimirles por entero esos senderos penosos, a cuyo esfuerzo sucede la evidencia de la verdad a través de los llantos y los frutos.
René Char