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jueves, 26 de enero de 2017

Grité con tu nombre bueno

HOMERO MANZI

(Homero Nicolás Manzione.
Apodo: Barbeta)
(Añatuya, Santiago del Estero, Argentina, 1907 - Bs. As., Argentina, 1951)



Milonga triste

Llegabas por el sendero,
delantal y trenzas sueltas,
brillaban tus ojos negros,
claridad de luna llena.

Mis labios te hicieron daño
al besar tu boca fresca. 
Castigo me dió tu mano,
pero más golpeó tu ausencia.

Ay...

Volví por caminos blancos,
volví sin poder llegar.
Triste con mi grito largo,
canté sin saber cantar.

Cerraste los ojos negros,
se volvió tu cara blanca
y llevamos tu silencio
al sonar de las campanas.

La luna cayó en el agua,
el dolor golpeó mi pecho.
Con cuerdas de cien guitarras
me trencé remordimiento.

Ay...

Volví por caminos negros,
volví sin poder llegar.
Grité con tu nombre muerto
recé sin saber rezar.

Tristeza de haber querido
tu rubor en el sendero.
tristeza de los caminos que
después ya no te vieron.

Silencio en el camposanto,
soledad de las estrellas,
recuerdos que duelen tanto,
delantal y trenzas negras.

Ay...

Volví por caminos muertos,
volví sin poder llegar.
Grité con tu nombre bueno
lloré sin saber llorar.


jueves, 12 de junio de 2014

¡Cómo puedes fraguar maldad y muerte si hiciste a Dios para no ser tan fuerte...!

HOMERO MANZI

(Homero Nicolás Manzione.
Apodo: Barbeta)
(Añatuya, Santiago del Estero, Argentina, 1907- Bs. As., Argentina, 1951)


Hombre

¿Eres cientos de vidas, o una vida?
¿Una sola infinita y dolorida?
¿Eres dueño del mundo en que transitas
o el mundo es una gruta donde habitas?
¿Andas entre flores y el paisaje
sin poner el perfume y el celaje?
¿Creaste una deidad omnipotente
para que manejara tu presente
y tu pasado y lo que nunca ha sido,
lo muerto, lo vital, lo presentido?
Cruzas frente al espejo de tu espejo
y no eres el reflejo de un reflejo.
Manejas tardes y también mañanas
y ríos y amapolas y ventanas
y lágrimas y sombras y canciones
y juncos y fatigas y emociones
y guerra y paz y prados y ciudades
y juventud y ancianidad y edades
y libros y banderas y armonías
y das luna a la noche y sol al día.
Mides los mundos que tú hiciste mundos
con teoremas exactos y profundos.
Trabajando en tu nada y en tu todo
pintas blanca la nieve y negro el lodo.
Prescribes lo moral y abres caminos
y ponderas valores y destinos.
Juzgas para esta vida y otra vida.
Ésta fugaz y la de allá dormida,
sobre un tiempo sin tiempo —fuego o nube—
y dices que el mal rueda y el bien sube.
Corres como un gigante desolado
con fuerzas que tú mismo has convocado
y de pronto, cortando tu carrera,
te blasfemas, te lloras, te veneras,
te conviertes en cientos de millones
que maldicen o rezan oraciones
y te cambias el rostro en cada suerte
y vuelves a la vida y a la muerte
con una vanidad empecinada
hecha de polvo, de ceniza y nada
y aguardas rosa de la mano amiga
y de la mano sin amor ortiga.
Pero sabes que todo está en tu sueño:
ortiga y rosa, soledad y leño.
Eres trágico así y eres culpable.
Si eterno, te defines deleznable.
Si santo, buscas torpes tentaciones.
Si valiente, te ensucias con pasiones.

Eres trágico así y eres absurdo
cuando te vistes con el gesto burdo
y abismas en fracaso abominable
el bien, de cuya norma eres culpable
y cuando hieres con tus propias manos
tu propio corazón en tus hermanos
y descargas la furia de tus brazos
sobre el propio dolor de tus pedazos
y destruyes los sueños de ti mismo,
lanzando lo que es tuyo hacia el abismo.
¿Cómo puedes herir a la criatura
que es una imitación de tu figura?
¿Cómo puedes gozar del cataclismo
si está hecho todo en carne de ti mismo?
¿Si el cielo, la perdiz y la cabaña
salieron desde el fondo de tu entraña?
¿Si la bestia que pace y los pastores
tienen tu amor y tienen tus dolores?
Hombre que todo lo soñaste un día,
no puedes solazarte en la agonía.
Y no puedes mentir que son mil vidas
ajenas a tus manos atrevidas.
Eres uno, el primero, el que hizo todo.
Blanca la nieve blanca y negro el lodo.
El que duerme en las hondas sepulturas
y despierta después en las criaturas.
El creador de sí mismo, el propio dueño.
El responsable de su enorme sueño.
Deja tu vanidad empecinada
hecha de polvo, de ceniza y nada,
y vuelve a ser el ángel legendario
que hizo la cruz y que labró el rosario.
No puedes ver morir con sorda calma
las cosas que pariste con el alma.
Nada menos que tú, que eres poeta
y fuiste tu factor y tu profeta.
Nada menos que tú, que de tan noble
trajiste hasta tu casa el pez y el roble.
Y que hiciste infinita la medida
para encoger tu imagen y tu vida.
Y que al solo fervor de tu mirada
dibujaste los cosmos en la nada.
Y que al solo temor de hacerte malo
nombraste un juez y le entregaste el palo.
¡Cómo puedes fraguar maldad y muerte
si hiciste a Dios para no ser tan fuerte...!
 **
Douglas Fairbanks

Era un galán jocundo
que se casó una tarde
con la novia del mundo.
Había nacido en Denver City,
capital de un estado
que el Arkansas alegra,
corriendo entre cañones
trazados en la piedra.
Fue jugador de bolsa,
estudiante de minas
e intérprete de Shakespeare.
De su ciudad natal
que humedece el South Fork
pasó de un salto
al cielo de New York.
Y trajo de su Denver,
tierra de la ilusión
donde van los enfermos
que sufren del pulmón,
la limpieza del aire
y hasta la pretensión
de haber vivido en Araphoe
donde el pecho descansa
y la poesía roe el corazón.

Tenía “sex appeal” español.
Es decir brillante la mirada,
el caminar magnífico
y una flor en la risa.
Una flor decorada
con pétalos de dientes
y nácar de dentífrico.
Se enamoró tres veces
y se casó otras tantas.
Una vez con la madre del muchacho
que prolongó su estampa.
Otra vez con la novia de todos.
Mary Pickford, la dulce,
y la quiso a su modo.
Un modo de magnate
con castillo de piedra
escondido en la tarde
entre muros de hiedra.

Trabajó en cien películas
vestido de corsario
escalando ventanas
con músculo ligero
y gastando el florete
en los pechos falsarios
y sacando el sombrero
y haciendo el saltarín.
Porque en su estilo,
era un poco mosquetero
y un poco bailarín.
Nuestra infancia lo evoca
con las manos en guantes,
que parecían charol,
marcando con “zetas”
de su seña infamante
la frente del traidor.
Pero eso era en la pantalla
donde el amor se cumple
y la amistad estalla.
En la vida privada
era exuberante
que amaba el esplendor
de las cosas brillantes.
A su casa llegaban
y eran agasajados,
príncipes sin destino
y reyes destronados
y condesas y aristócratas
de las tierras demócratas
—hubo algún argentino—
que ilustra su moderno blasón.
Y también se asomaba
desparramando “splín”,
la sonrisa cansada
de Carlitos Chaplín.
Chaplín, que no gustaba
de ejercer ese boato,
y que no era corsario
y no era bailarín,
con un chiste muy fino
lo dejó turulato
y le mostró de golpe
su sueño de aserrín.
Douglas tenía el eterno
deseo de viajar
y juntando canciones
dentro de la victrola
y una corte de amigos,
se lanzaba a la mar
donde lo hacían soñar
los vientos y las olas.

Para ser como Drake
le faltaba fierez
si le sobraba empaque.
Lo traicionaban la sonrisa
y el afán de la luz.
Y, tal vez, el dinero
y la mala cabeza.
Porque se hastiaba mucho
y porque estaba viejo
y porque con crueldad,
la verdad del espejo
le presentaba arrugas
profundas en la piel,
con actitud histérica
cometió el disparate
de romper el consorcio
con “la novia de América”.
¡Y pedir el divorcio...!
¡Y casarse otra vez...!

Su gesto fue el contraste
de lo que no se espera.
Y entonces se hizo al mar
buscando aturdimiento
y desde la distancia
le mandaba a su nuera
—Joan Crawford— cien consejos
de sano entendimiento.
¡Douglas dando un consejo...!
¡Pobre...! ¡Ya estaba triste...!
¡Pobre...! ¡Ya estaba viejo...!
Para ser fiel en todo
y epilogar en fuerte
brincó un salto mortal
y cayó con postura final
ante el umbral de la muerte.

Denver City,
donde canta el South Fork,
lo espera con su tierra
para brindarle osario.
Porque no es en Los Ángeles
y tampoco en New York
donde debe dormir
con gesto de corsario.
Es en la capital del Colorado
donde van los enfermos
que sufren del pulmón.
Entre cuencas hulleras,
bosques, rocas y nieves.

En el Condado de Araphoe
donde están los lectores
que lloran por Poe.
Y donde, a veces, llueve.
Donde reina un silencio
de alfombra de aserrín.
Donde una tarde de éstas,
revoleando el bastón,
llegará la tristeza
de Carlitos Chaplín
a despedirlo en nombre
de la generación
de niños que lo vimos
alegre y saltarín
escalando balcones
para marcar con “zetas”
rojas a la traición.

Fuente: Homero Manzi y su tiempo de Horacio Salas/ Eurindia.galeon.com
http://ar.geocities.com/webratacruel08/enverso08.htm
 **
TREN
Cada vez que atravieso la distancia
en el vagón que la distancia trilla,
renovando un impulso de la infancia
saco la mano por la ventanilla.

Y retorno a vivir de tal manera
que la simpleza de los ojos ven
a unas cuantas vaquitas de madera,
que están girando alrededor del tren.

Canto el ritmo del tren sobre los rieles,
acompañando una canción sencilla
y tiro una pelota de papeles,
sobre el paisaje de la ventanilla.

El mismo sol con su calor intenso
recortando su cola en la barranca,
volverá a ser un barrilete inmenso
remontado en el cielo de la pampa.

Voy a sentir un silencioso miedo
después que el perro de las sombras ladre
y haré otra vez de cuenta que me quedo
dormido en las rodillas de mi padre.

Ya junto a una estación vendrá la noche
trayendo en ancas su olorcito a pastos,
y el chirriar de las ruedas de algún coche,
que se va desbordando de canastos.

¡La candidez del alma que se asombra
recibirá el rigor de dos ultrajes...!
¡El ojo de un farol que está en la sombra
y el pito que se clava en el paisaje...!

jueves, 25 de agosto de 2011

Todas las calles terminan en un río

Uno más de HOMERO MANZI


(Homero Nicolás Manzione.
Apodo: Barbeta)
(Añatuya, Santiago del Estero, Argentina, 1907-Bs.As., Argentina, 1951)


CONTESTACIONES PARA
ACUNAR TU INFANCIA


Sí. Sí.
Todas las calles terminan en un río,
y un río es una calle, una calle con agua.
Las estrellas no caen al agua porque vuelan,
porque son pajaritos, pajaritos sin alas.

Yo he tenido en mi mano una estrella viajera.
¿Entiendes ...?
Era una estrella rubia como tu pelo.
Se la robé en un cuento a una princesa muerta.
¿Y después ...? Y después la tire contra el cielo.

La mariposa es una flor que voló del árbol.
La noche es una tarde que se viste de negro.
Y Dios es el patrón de todos los caminos
Y es el hombre más grande y es el hombre más bueno.

Tú no oyes cuando duermes porque todo se aleja.
Tú no ves cuando duermes porque todo se apaga.
Y porque tu mamita, cuando cierras los ojos,
se acerca hasta la luna y le sopla la llama.

Sí. Prometo esperarte para que tú me alcances
y seamos los dos altos y con sombrero.

Y ahora, si te duermes, tendrás al despertarte
una tarde, una estrella, una calle y un trueno.
Sí. Sí. Sí. Te prometo.

¡Shhhhhhh…! ¡Se durmió…!

sábado, 5 de septiembre de 2009

Y todo el cielo


HOMERO MANZI
(Homero Nicolás Manzione.
Apodo: Barbeta)
(Añatuya, Santiago del Estero, Argentina, 1907 - Bs. As., Argentina, 1951)


Che bandoneón

El duende de tu son, che bandoneón,
se apiada del dolor de los demás,
y al estrujar tu fueye dormilón
se arrima al corazón que sufre más.
Estercita y Mimí como Ninón,
dejando sus destinos de percal
vistieron al final mortajas de rayón,
al eco funeral de tu canción.

Bandoneón,
hoy es noche de fandango
y puedo confesarte la verdad,
copa a copa, pena a pena, tango a tango,
embalado en la locura
del alcohol y la amargura.
Bandoneón,
para qué nombrarla tanto,
no ves que está de olvido el corazón
y ella vuelve noche a noche como un canto
en las gotas de tu llanto,
¡che bandoneón!

Tu canto es el amor que no se dio
y el cielo que soñamos una vez,
y el fraternal amigo que se hundió
cinchando en la tormenta de un querer.
Y esas ganas tremendas de llorar
que a veces nos inundan sin razón,
y el trago de licor que obliga a recordar
si el alma está en "orsai", che bandoneón.
***
Fuimos

Fui como una lluvia de cenizas y fatigas
en las horas resignadas de tu vida...
Gota de vinagre derramada,
fatalmente derramada, sobre todas tus heridas.
Fuiste por mi culpa golondrina entre la nieve
rosa marchitada por la nube que no llueve.
Fuimos la esperanza que no llega, que no alcanza
que no puede vislumbrar su tarde mansa.
Fuimos el viajero que no implora, que no reza,
que no llora, que se echó a morir.

¡Vete...!
¿No comprendes que te estás matando?
¿No comprendes que te estoy llamando?
¡Vete...!
No me beses que te estoy llorando
¡Y quisiera no llorarte más!
¿No ves?,
es mejor que mi dolor
quede tirado con tu amor
librado de mi amor final
¡Vete!,
¿No comprendes que te estoy salvando?
¿No comprendes que te estoy amando?
¡No me sigas, ni me llames, ni me beses
ni me llores, ni me quieras más!

Fuimos abrazados a la angustia de un presagio
por la noche de un camino sin salidas,
pálidos despojos de un naufragio
sacudidos por las olas del amor y de la vida.
Fuimos empujados en un viento desolado...
sombras de una sombra que tornaba del pasado.
Fuimos la esperanza que no llega, que no alcanza,
que no puede vislumbrar su tarde mansa.
Fuimos el viajero que no implora, que no reza,
que no llora, que se echó a morir.
***
Milonga de arrabal

En un ranchito de Alsina
tengo el hogar de mi vida,
con cerco de cina-cina
y corredor de glicinas.
Hay un aljibe pintado,
bajo un parral de uva rosa,
y una camelia mimosa
temblando sobre el brocal.

Y allí también estás frisón
y eres mi lujo de cuarteador.
Rocín feliz, de crin azul,
famoso por todo el sur.
Cuando el domingo asolea
por no hacer de perezoso,
traigo el balde desde el pozo
y refresco el corredor.
Y aprovechando el fresquito
me siento bajo la parra
y al compás de mi guitarra
canto décimas de amor.

En mi ranchito de Alsina
paso tranquilo las horas,
junto al amor de la china,
que me respeta y me adora.
Y, entre su amor y las cosas
que adornan toda mi suerte,
temo, nomás, que la muerte
me saque de ese rincón.
***
SUR

San Juan y Boedo antigua, y todo el cielo,
Pompeya y más allá la inundación.
Tu melena de novia en el recuerdo
y tu nombre florando en el adiós.
La esquina del herrero, barro y pampa,
tu casa, tu vereda y el zanjón,
y un perfume de yuyos y de alfalfa
que me llena de nuevo el corazón.

Sur,
paredón y después...
Sur,
una luz de almacén...
Ya nunca me verás como me vieras,
recostado en la vidriera
y esperándote.
Ya nunca alumbraré con las estrellas
nuestra marcha sin querellas
por las noches de Pompeya...
Las calles y las lunas suburbanas,
y mi amor y tu ventana
todo ha muerto, ya lo sé...

San Juan y Boedo antiguo, cielo perdido,
Pompeya y al llegar al terraplén,
tus veinte años temblando de cariño
bajo el beso que entonces te robé.
Nostalgias de las cosas que han pasado,
arena que la vida se llevó
pesadumbre de barrios que han cambiado
y amargura del sueño que murió.
Somos parecidos a esos sapos que en la austera noche de los pantanos se llaman sin verse, doblegando con su grito de amor toda la fatalidad del universo.
René Char


No haría falta amar a los hombres para darles una ayuda real. Sólo desear hacer mejor cierta expresión de su mirada cuando se detiene en algo más empobrecido que ellos, prolongar en un segundo cierto minuto agradable de su vida. A partir de esta diligencia y cada raíz tratada, su respiración se haría más serena. Sobre todo, no suprimirles por entero esos senderos penosos, a cuyo esfuerzo sucede la evidencia de la verdad a través de los llantos y los frutos.
René Char