Christian Johann Heinrich Heine
(Düsseldorf, Alemania, 1797-París, Francia, 1856)
Los tejedores de Silesta
Silenciosos, sin fe, no brilla el llanto
De aquellos hombres en los ojos secos.
Crujen sus dientes, fúnebres canciones
Ante el telar sentados van diciendo:
«Vieja Alemania, tu sudario helado
Ya tejen en la sombra nuestros dedos,
Y en el tejido vil, los labios mezclan
De maldición y cólera los ecos.
¡Tejemos! ¡Tejemos!
»Maldito sea el Dios de los dichosos,
Al que elevamos míseros acentos,
Del hambre horrible en los eternos días
Y en las heladas noches del invierno:
En vano en su piedad la fe pusimos;
Él nos vendió, burlados: pobres necios!
¡Tejemos! ¡Tejemos!
»Maldito sea el rey, el rey del rico,
Al cual en vano, de amargura llenos,
Misericordia y compasión pedimos:
De nuestra bolsa ruin el postrer sueldo
Él arrancó con avidez, y ahora
Ametrallarnos hace como a perros.
¡Tejemos! ¡Tejemos!
»Maldita nuestra patria también sea,
Nuestra patria alemana, donde el cielo
Cubre tan sólo oprobio, mal e infamias,
Donde, al abrir sus pétalos al viento,
Se marchita la flor, y sólo viven
La laceria, el engaño, el vilipendio.
¡Tejemos! ¡Tejemos!
»La lanzadera vuela, el telar cruje;
Días y noches sin cesar tejemos.
Vieja Alemania, tu sudario helado
Ya tejen en la sombra nuestros dedos,
Y mezclan nuestros labios al tejido,
De maldición y cólera los ecos.
¡Tejemos! ¡Tejemos!»
***
Cuestiones
A orillas del mar desierto,
Junto al piélago intranquilo,
Un joven lleno de dudas
Se detiene pensativo,
Y así a las ondas inquietas
Dice con aire sombrío:
-«Explicadme de la vida
El arcano no sabido,
Enigma que tantas frentes
Ardieron por descubrirlo;
Cabezas engalanadas
Con adornos pontificios,
Frentes con mitras hieráticas,
Con turbantes damasquinos,
Con birretes doctorales,
Con pelucas, con postizos
Cabellos, y tantas otras
Cabezas que el escondido
Enigma saber quisieron,
Decidme, yo os lo suplico:
¿Qué es el hombre? ¿de dó viene?
¿Adónde va su camino?
¿Qué habita en el alto cielo
Tras los astros encendidos-»
El mar su canción eterna
Murmura triste y dormido;
Sopla el viento; huyen las nubes;
Los astros en el vacío
Fulguran indiferentes
Con sus resplandores fríos,
Y un demente una respuesta
Espera en tanto intranquilo.
Versiones: s/d
***
03
Cuando me lamentaba por mis dolores,
ustedes nada más bostezaron, señores.
Mas cuando los convertía en versos graciosos,
siempre hubo comentarios elogiosos.
***
DOCTRINA
Toca el tambor, nada temas
y besa a la cantinera.
Esta es la ciencia en total,
en los libros nada más hondo hallarás.
Tocando a la gente de su sueño saca.
Sácala con una vigorosa diana,
Toca y marcha al frente, hazlo sin cesar,
Esta es la ciencia en total.
En los libros, nada más hondo hallarás.
Ésta es la filosofía que Hegel enseñó.
Yo lo comprendí, porque soy sagaz
y porque soy un buen tambor.
Traducciones de Elisabeth Siefer
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lunes, 2 de junio de 2014
jueves, 6 de junio de 2013
La censura cruel de ser un hecho
CHRISTIAN JOHANN HEINRICH HEINE
(Alemania, 1797-1856)
Con motivo de la llegada de un amigo
-Oh, amigo mío, el de las largas piernas,
El de las largas piernas de progreso.
¿Por qué a París tan azorado vienes?
¿Qué hay tras el Rhin de nuevo?
¿Ha sonado por fin en nuestra patria
De libertad el salvador acento?
-Todo va a maravilla: en nuestra patria
Hay paz fecunda, bendición del cielo;
Y Alemania, con pie firme y seguro,
Con pacíficos medios,
En lo exterior y en lo interior su vida,
Poco a poco, con calma, va extendiendo.
Prósperos somos, sí; no la de Francia
Prosperidad superficial tenemos,
Donde la libertad va destrozando
El exterior progreso:
Su libertad el alemán no lleva
Sino de su alma en los profundos senos.
Ya acabóse la iglesia de Colonia;
De Hohenzollern al linaje excelso
Debemos tal merced; Halzbourgo un poco
Contribuyó a tal hecho,
Y un rey de Wittelsbach fue el encargado
De hacer pintar los vidrios con esmero.
Leyes, constitución y libertades,
Con palabra del Rey nos prometieron,
Y del Rey la palabra soberana
Joya es de tanto precio,
Cual de los Niebelungos el tesoro
Que del Rhin enterrado está en el lecho.
El libre Rhin, el Bruto de los ríos,
Que nadie ha de robarnos en su anhelo,
Los holandeses graves lo sostienen
Por las plantas sujeto,
Y los suizos pacíficos lo guardan
Por la altiva cabeza prisionero.
Dios también una flota nos regala;
De una armada alemana, ya hablaremos;
Y la sobra de vida de la patria
Ya sobre barcos nuestros
Se extenderá gallarda y altanera,
De corrección las casas suprimiendo.
Llegó la primavera; la flor brota,
Los gérmenes estallan ante el viento;
Respiremos pacíficos y libres,
De la naturaleza libre en medio;
Y como nuestros libros se prohíben
Antes de estar impresos,
Seguramente dejará bien pronto
La censura cruel de ser un hecho.
***
El carpintero (El Corazón)
Tu mano se posa sobre el pecho mío.
¿Sientes de un rudo golpe la inquietud?
Es que hay adentro un carpintero impío
que labra mi ataúd.
Y no cesa un instante el golpe fiero...
Y en vano intento al sueño recurrir...
¡Acaba, acaba pronto carpintero,
y déjame dormir!
***
¡Otra Vez Dios!
¡Otra vez Dios!... De nuevo la mañana.
De nuevo su pureza conseguida.
De nuevo en mi tarea, la encendida
propuesta de una estrofa soberana.
Florece el corazón. Cunde la sana
canción de lo que nace. Todo olvida.
La luz cae sobre el alma esclarecida
y el alma la acrecienta en su campana.
Naciendo está el amor, ¡oh dulce instante!
Posible es la bondad, Dios es posible...
La muerte y el dolor, mudos despojos.
Hay un silencio nuevo. Una fragante
promesa de ventura preferible...
Sólo recuerdo el valle de tus ojos.
***
Ensueños
- 7 -
Cobrada tienes la paga,
¿por qué tardar, seor Demonio?
Sentado en mi triste cuarto,
aguardo inquieto y ansioso:
a sonar va media noche;
falta la novia tan sólo.
Ráfagas del Camposanto,
leves y callados soplos,
¿habéis visto a mi adorada?
Tal digo, y surgen de pronto
descoloridos fantasmas,
que envolviéndome en su corro,
-«La hemos visto, la hemos visto»-
exclaman a un tiempo todos.
Tú, el de la roja librea,
¿qué embajada traes, buen mozo?
-«Anuncia Su Señoría
que vendrá dentro de poco:
por los aires va su coche;
dos dragones son su tronco».
Tú, peliblanco vejete,
¿qué quieres? ¿Con qué propósitos
vienes, mi difunto dómine,
tan lúgubre y melancólico?
¿Por qué mudo me contemplas
y levantando los hombros,
te vas? Y tú, ¿por qué chillas,
velludo y horrible mono?
¿Por qué así, negro gatazo,
chisporrotean tus ojos?
¿Por qué, brujas desgreñadas,
alborotáis de ese modo?
¿Por qué de nuevo repites
con canturreo monótono
¡oh locuaz ama de leche!
tus cuentos burdos y tontos?
Vete a casa, ama de leche;
los romances y coloquios
no son, vieja charlatana,
de las circunstancias propios:
hoy mis bodas solemnizo;
y engalanados y orondos
vienen ya los convidados
a honrar el fausto consorcio.
¡Salud, caballeros! ¡Eso
es cortesía y buen tono!
La cabeza por sombrero
lleváis en la mano todos.
¡Chusma de piernas colgantes!
¡Racimos de horca gloriosos!
¿Por qué, si el viento ha cesado,
venís tan tardos y zompos?
También, montada en la escoba,
has venido, vejestorio;
tu hijo soy yo, Marizápalo,
y tu bendición imploro.
Abriendo las secas fauces
en el carcomido rostro,
gruñe la pícara bruja:
-«Per secula seculorum!»
Dando tumbos vienen luego
doce músicos indómitos,
incansables rascatripas,
regocijo de los sordos;
vestido de colorines,
va el payaso, haciendo el bobo;
y el sepulturero inquieto
corre de un lugar a otro.
Van detrás doce beatas
bailando con doce acólitos;
lleva el compás Celestina,
y entonan a voz en coro,
con música de salmodia
cantares escandalosos.
Calla tú, ropavejero,
¡no te desgarres los bronquios!
Guarda ese ropón de pieles;
pues, aquí, en el Purgatorio,
fuego tenernos de balde,
en cuyo ardiente rescoldo
huesos de rey y mendigo
calientan del mismo modo.
Gibosas y patizambas
son las floristas: ¡qué monstruos!
Y vienen cabeza abajo,
dando vueltas en redondo.
¡Pasad, caras de mochuelo!
¡Basta de zambra y holgorio!
¡Descanso dad a los huesos,
que crujen secos; y rotos!
El infierno está de huelga;
sueltos andan los demonios;
la música de los réprobos
toca el rigodón diabólico.
¡Calla, tropa alborotada,
que ya viene el bien que adoro!
¡Lárgate, canalla! Apenas
mis propias palabras oigo.
¿No escucháis el traqueteo
de un coche que pasa próximo?
¿En dónde estás, cocinera?
Corre y abre el portal pronto.
¡Bienvenida, hermosa mía!
¿Cómo estás, dulce tesoro?
También vino el celebrante:
sentaos, señor canónigo,
el de la pata de cabra,
el de las barbas de choto;
vuestra mano humilde beso
y a vuestras plantas me postro.
¿Por qué tan pálida y muda,
mi amor? Está el desposorio
dispuesto; caro me cuesta,
pago bien los vidrios rotos;
pero, porque seas mía,
-ya lo ves- me avengo a todo.
Arrodíllate a mi lado.
¡Oh momento venturoso!
En mi seno palpitante
busca tu cabeza apoyo;
y en mis brazos convulsivos
te estrecho anhelante y loco.
juntos nuestros corazones.
palpitan, ebrios de gozo,
y suben al quinto cielo
nuestros audaces propósitos.
Bogan en mar de venturas
nuestras almas, y hasta el trono
llegan de Dios, cuando súbito,
cual nubarrón espantoso,
su negra mano el Infierno
extiende sobre nosotros.
El hijo triste y sombrío
de la Noche, el matrimonio
bendice; en libro de fuego
el formulario estrambótico
deletrea; sus plegarias
son blasfemias, y a sus votos
los condenados responden
con infernal alborozo.
Silban, graznan, gritan, rugen
con tal fuerza y de tal modo
que atrás dejan huracanes
borrascas y terremotos.
Tenue vislumbre azulada
rasga el horizonte lóbrego,
y Marizápalos gruñe:
«Per secula secolurum».
Traducciones S/D
(Alemania, 1797-1856)
Con motivo de la llegada de un amigo
-Oh, amigo mío, el de las largas piernas,
El de las largas piernas de progreso.
¿Por qué a París tan azorado vienes?
¿Qué hay tras el Rhin de nuevo?
¿Ha sonado por fin en nuestra patria
De libertad el salvador acento?
-Todo va a maravilla: en nuestra patria
Hay paz fecunda, bendición del cielo;
Y Alemania, con pie firme y seguro,
Con pacíficos medios,
En lo exterior y en lo interior su vida,
Poco a poco, con calma, va extendiendo.
Prósperos somos, sí; no la de Francia
Prosperidad superficial tenemos,
Donde la libertad va destrozando
El exterior progreso:
Su libertad el alemán no lleva
Sino de su alma en los profundos senos.
Ya acabóse la iglesia de Colonia;
De Hohenzollern al linaje excelso
Debemos tal merced; Halzbourgo un poco
Contribuyó a tal hecho,
Y un rey de Wittelsbach fue el encargado
De hacer pintar los vidrios con esmero.
Leyes, constitución y libertades,
Con palabra del Rey nos prometieron,
Y del Rey la palabra soberana
Joya es de tanto precio,
Cual de los Niebelungos el tesoro
Que del Rhin enterrado está en el lecho.
El libre Rhin, el Bruto de los ríos,
Que nadie ha de robarnos en su anhelo,
Los holandeses graves lo sostienen
Por las plantas sujeto,
Y los suizos pacíficos lo guardan
Por la altiva cabeza prisionero.
Dios también una flota nos regala;
De una armada alemana, ya hablaremos;
Y la sobra de vida de la patria
Ya sobre barcos nuestros
Se extenderá gallarda y altanera,
De corrección las casas suprimiendo.
Llegó la primavera; la flor brota,
Los gérmenes estallan ante el viento;
Respiremos pacíficos y libres,
De la naturaleza libre en medio;
Y como nuestros libros se prohíben
Antes de estar impresos,
Seguramente dejará bien pronto
La censura cruel de ser un hecho.
***
El carpintero (El Corazón)
Tu mano se posa sobre el pecho mío.
¿Sientes de un rudo golpe la inquietud?
Es que hay adentro un carpintero impío
que labra mi ataúd.
Y no cesa un instante el golpe fiero...
Y en vano intento al sueño recurrir...
¡Acaba, acaba pronto carpintero,
y déjame dormir!
***
¡Otra Vez Dios!
¡Otra vez Dios!... De nuevo la mañana.
De nuevo su pureza conseguida.
De nuevo en mi tarea, la encendida
propuesta de una estrofa soberana.
Florece el corazón. Cunde la sana
canción de lo que nace. Todo olvida.
La luz cae sobre el alma esclarecida
y el alma la acrecienta en su campana.
Naciendo está el amor, ¡oh dulce instante!
Posible es la bondad, Dios es posible...
La muerte y el dolor, mudos despojos.
Hay un silencio nuevo. Una fragante
promesa de ventura preferible...
Sólo recuerdo el valle de tus ojos.
***
Ensueños
- 7 -
Cobrada tienes la paga,
¿por qué tardar, seor Demonio?
Sentado en mi triste cuarto,
aguardo inquieto y ansioso:
a sonar va media noche;
falta la novia tan sólo.
Ráfagas del Camposanto,
leves y callados soplos,
¿habéis visto a mi adorada?
Tal digo, y surgen de pronto
descoloridos fantasmas,
que envolviéndome en su corro,
-«La hemos visto, la hemos visto»-
exclaman a un tiempo todos.
Tú, el de la roja librea,
¿qué embajada traes, buen mozo?
-«Anuncia Su Señoría
que vendrá dentro de poco:
por los aires va su coche;
dos dragones son su tronco».
Tú, peliblanco vejete,
¿qué quieres? ¿Con qué propósitos
vienes, mi difunto dómine,
tan lúgubre y melancólico?
¿Por qué mudo me contemplas
y levantando los hombros,
te vas? Y tú, ¿por qué chillas,
velludo y horrible mono?
¿Por qué así, negro gatazo,
chisporrotean tus ojos?
¿Por qué, brujas desgreñadas,
alborotáis de ese modo?
¿Por qué de nuevo repites
con canturreo monótono
¡oh locuaz ama de leche!
tus cuentos burdos y tontos?
Vete a casa, ama de leche;
los romances y coloquios
no son, vieja charlatana,
de las circunstancias propios:
hoy mis bodas solemnizo;
y engalanados y orondos
vienen ya los convidados
a honrar el fausto consorcio.
¡Salud, caballeros! ¡Eso
es cortesía y buen tono!
La cabeza por sombrero
lleváis en la mano todos.
¡Chusma de piernas colgantes!
¡Racimos de horca gloriosos!
¿Por qué, si el viento ha cesado,
venís tan tardos y zompos?
También, montada en la escoba,
has venido, vejestorio;
tu hijo soy yo, Marizápalo,
y tu bendición imploro.
Abriendo las secas fauces
en el carcomido rostro,
gruñe la pícara bruja:
-«Per secula seculorum!»
Dando tumbos vienen luego
doce músicos indómitos,
incansables rascatripas,
regocijo de los sordos;
vestido de colorines,
va el payaso, haciendo el bobo;
y el sepulturero inquieto
corre de un lugar a otro.
Van detrás doce beatas
bailando con doce acólitos;
lleva el compás Celestina,
y entonan a voz en coro,
con música de salmodia
cantares escandalosos.
Calla tú, ropavejero,
¡no te desgarres los bronquios!
Guarda ese ropón de pieles;
pues, aquí, en el Purgatorio,
fuego tenernos de balde,
en cuyo ardiente rescoldo
huesos de rey y mendigo
calientan del mismo modo.
Gibosas y patizambas
son las floristas: ¡qué monstruos!
Y vienen cabeza abajo,
dando vueltas en redondo.
¡Pasad, caras de mochuelo!
¡Basta de zambra y holgorio!
¡Descanso dad a los huesos,
que crujen secos; y rotos!
El infierno está de huelga;
sueltos andan los demonios;
la música de los réprobos
toca el rigodón diabólico.
¡Calla, tropa alborotada,
que ya viene el bien que adoro!
¡Lárgate, canalla! Apenas
mis propias palabras oigo.
¿No escucháis el traqueteo
de un coche que pasa próximo?
¿En dónde estás, cocinera?
Corre y abre el portal pronto.
¡Bienvenida, hermosa mía!
¿Cómo estás, dulce tesoro?
También vino el celebrante:
sentaos, señor canónigo,
el de la pata de cabra,
el de las barbas de choto;
vuestra mano humilde beso
y a vuestras plantas me postro.
¿Por qué tan pálida y muda,
mi amor? Está el desposorio
dispuesto; caro me cuesta,
pago bien los vidrios rotos;
pero, porque seas mía,
-ya lo ves- me avengo a todo.
Arrodíllate a mi lado.
¡Oh momento venturoso!
En mi seno palpitante
busca tu cabeza apoyo;
y en mis brazos convulsivos
te estrecho anhelante y loco.
juntos nuestros corazones.
palpitan, ebrios de gozo,
y suben al quinto cielo
nuestros audaces propósitos.
Bogan en mar de venturas
nuestras almas, y hasta el trono
llegan de Dios, cuando súbito,
cual nubarrón espantoso,
su negra mano el Infierno
extiende sobre nosotros.
El hijo triste y sombrío
de la Noche, el matrimonio
bendice; en libro de fuego
el formulario estrambótico
deletrea; sus plegarias
son blasfemias, y a sus votos
los condenados responden
con infernal alborozo.
Silban, graznan, gritan, rugen
con tal fuerza y de tal modo
que atrás dejan huracanes
borrascas y terremotos.
Tenue vislumbre azulada
rasga el horizonte lóbrego,
y Marizápalos gruñe:
«Per secula secolurum».
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Somos parecidos a esos sapos que en la austera noche de los pantanos se llaman sin verse, doblegando con su grito de amor toda la fatalidad del universo.
René Char
No haría falta amar a los hombres para darles una ayuda real. Sólo desear hacer mejor cierta expresión de su mirada cuando se detiene en algo más empobrecido que ellos, prolongar en un segundo cierto minuto agradable de su vida. A partir de esta diligencia y cada raíz tratada, su respiración se haría más serena. Sobre todo, no suprimirles por entero esos senderos penosos, a cuyo esfuerzo sucede la evidencia de la verdad a través de los llantos y los frutos.
René Char
René Char
No haría falta amar a los hombres para darles una ayuda real. Sólo desear hacer mejor cierta expresión de su mirada cuando se detiene en algo más empobrecido que ellos, prolongar en un segundo cierto minuto agradable de su vida. A partir de esta diligencia y cada raíz tratada, su respiración se haría más serena. Sobre todo, no suprimirles por entero esos senderos penosos, a cuyo esfuerzo sucede la evidencia de la verdad a través de los llantos y los frutos.
René Char