DE MARIE BASHKIRTSEFF
A GUY DE MAUPASSANT
[Marzo 1884]
Señor:
Le leo casi con entusiasmo. Usted adora las verdades de la naturaleza y en ellas encuentra una poesía verdaderamente inmensa, conmoviéndonos al mismo tiempo con los detalles de sentimientos tan profundamente humanos que nos reconocemos en ellos y le amamos a usted con un amor egoísta. ¡Es una frase! - Sea indulgente, el fondo es sincero. Es evidente que me gustaría decirle cosas exquisitas e impresionantes, esto es difícil así de pronto. Usted es tan notable que sueño, de manera muy novelesca, con llegar a ser la confidente de su hermoso espíritu, si es que su espíritu es bello. Si por el contrario no fuese así, yo lo lamentaría, en primer lugar por usted, luego le calificaría de fabricante de literatura y se acabó. Hace un año que estoy siempre a punto de escribirle pero... varias veces he pensado que yo lo engrandecía y que no valía la pena. Hasta que de repente, hace dos día, leí en Le Gaulois que alguien le había honrado con una graciosa epístola y que solicitaba la dirección de esa amable persona para responderle. Me he puesto de pronto celosa, sus méritos literarios me han deslumbrado de nuevo y heme aquí.
Ahora escúcheme bien, yo permaneceré siempre en el anonimato (es lo mejor) y no quiero incluso ni verle de lejos, su rostro podría disgustarme ¿quién sabe? Sé solamente que es usted joven y que no está casado, dos hechos tan esenciales como el azul del cielo.
No obstante, le advierto que soy encantadora; esta dulce idea le animará a responderme. Me da la impresión que si fuera hombre no querría mantener correspondencia al igual que si fuera una vieja inglesa harapienta...aunque pensase como Miss Hastings.
R. G. D. Oficina de la Magdeleine.
**
A MARIE BASHKIRTSEFF
Cannes, calle del Redan, nº 1
Marzo, 1884
Señora,
Mi carta, seguramente, no será lo que usted espera. Quiero en primer lugar agradecer sinceramente sus palabras para conmigo y sus amables cumplidos, tras lo que vamos a hablar como gente razonable.
¿Usted me pide ser mi confidente? ¿A cuento de qué? Yo no la conozco. ¿Por qué tendría yo que decirle a una desconocida cuyo espíritu, tendencias y demás podrían no concordar con mi temperamento intelectual, lo que puedo decirles, de viva voz, en la intimidad a las mujeres que son amigas mías? ¿Acaso no sería un acto de atolondramiento y de inconsciencia?
¿Es el misterio lo que puede añadir encanto a las relaciones epistolares?
¿Toda la dulzura de los afectos entre hombre y mujer (entiéndanse afectos castos) no vienen acaso del placer de verse, y de murmurar mirándose, y de encontrarse, imaginándose, cuando se escribe a la amiga, los contornos de su rostro flotando entre vuestros ojos y el papel?
¿Cómo escribir cosas íntimas, lo más profundo de uno, a una persona de la que se ignora su aspecto físico, el color de sus cabellos, la sonrisa y la mirada?
¿Qué interés tendría en confiaros "esto o aquello", sabiendo que eso no provocará en usted más que una imagen de hechos poco interesantes, puesto que usted no me conoce?
Alude usted a una carta que he recibido últimamente. Era un caballero que me pedía un consejo. Eso es todo.
Volviendo a las cartas de las desconocidas, he recibido en los últimos dos años unas cincuenta o sesenta. ¿Cómo elegir entre todas estas mujeres a la confidente de mi alma como usted dice?
Cuando ellas quieren mostrarse y darse a conocer como en el mundo de los sencillos burgueses, pueden establecerse unas relaciones de amistad y de confianza; si no es así ¿ por qué rechazar a las amigas encantadoras que uno conoce, por otra que quizás sea encantadora, pero desconocida, es decir que puede ser desagradable, bien a nuestros ojos, bien a nuestro pensamiento? Todo esto no es muy galante, ¿verdad? Pero si me arrojo a sus pies, ¿podría usted creerme fiel a mis afectos morales?
Perdóneme, señora, estos razonamientos de hombre más pragmático que poético, y considéreme agradecido y abnegado.
GUY DE MAUPASSANT
Perdón por las tachaduras de mi carta, no puedo escribir sin hacerlo y no tengo tiempo de copiarla.
**
DE MARIE BASHKIRTSEFF
A GUY DE MAUPASSANT
Marzo 1884
Su carta, señor, no me sorprende y no esperaba todo esto que usted parece creer.
En primer lugar yo no le he solicitado ser su confidente, sería demasiado simple, y si tiene tiempo para releer mi carta, podrá comprobar que no captó de entrada, el tono irónico e irreverente que yo empleé al respecto.
Me indica usted también el sexo de su otro corresponsal, le agradezco que me tranquilice, pero mis celos eran totalmente espirituales, por lo que me importa poco.
¿Responderme a unas confidencias, sería el acto de un atolondrado, teniendo en cuenta que usted no me conoce?... ¿Sería abusar de su sensibilidad, señor, aprender de usted a quemarropa la muerte del rey Enrique IV?
Responder a unas confidencias, puesto que usted ha interpretado que yo se lo solicitaba, a vuelta de correo, sería burlarse espiritualmente de mí y si yo hubiera estado en vuestro lugar, lo habría hecho, pues estoy alguna vez muy alegre estando a menudo bastante triste como para soñar el desahogarme por carta con un filósofo desconocido y para compartir sus impresiones sobre el Carnaval. Completamente y profundamente sentí esa historia, dos columnas que releí tres veces, pero en venganza, tuve que soportar la cantinela de la vieja madre que se venga de los Prusianos1!
Con respecto al encanto que el misterio puede agregar, todo depende de los gustos... Que ello no le divierta, ¡está bien!, pero a mí me divierte con locura, se lo confieso sinceramente del mismo modo que la alegría infantil que me ha producido su carta, tal cual.
Por lo demás, si esto no le divierte, es porque ni una sola de sus corresponsales ha debido interesarle, eso es todo, y si yo tampoco he sabido tocar la nota justa, soy demasiado razonable como para guardarle rencor por ello.
¿Nada más que 60? Yo le había creído más obsesivo... ¿Ha respondido usted a todas? Mi temperamento intelectual puede no convenirle... Usted sería muy difícil... en fin, me imagino que le conozco (es el resto del efecto que los novelistas producen en las mujercitas un poco tontas). Por tanto usted debe tener razón.
Como yo le escribo con la más grande sencillez (por encima del sentimiento además indicado), puede que tenga el aire de una joven sentimental o incluso de una buscadora de aventura...Esto sería una contrariedad.
No se disculpe entonces de su falta de poesía, galantería, etc.
Decididamente mi carta era aburrida.
¿Dejaremos esto así, para mi muy gran pesar? A lo mejor se me ocurre algún día demostrarle que no merecía el número 61.
En cuanto a sus razonamientos, son buenos pero parten de falsedades. Yo le perdono entonces e incluso las tachaduras y la vieja y los prusianos! ¡¡¡ Sea feliz!!!
Sin embargo, si lo único que se necesita es una descripción, para así atraer hacia mí las virtudes de su anciana alma sin olfato, yo podría decirle por ejemplo: cabellos rubios, talla media. Nacida entre el año 1812 y el año 1863. Y en el aspecto moral...No, daría la impresión de estar jactándome, y usted descubriría enseguida que soy de Marsella.2
PD.- Perdóneme las manchas y las tachaduras, etc, pero ya la he reescrito tres veces.
1 Se refiere al cuento de Maupassant "La mére Sauvage"
2 Los habitantes de Marsella tienen fama de ser exagerados.
**
A MARIE BASHKIRTSEFF
Cannes, calle del Redan, nº 1
Marzo 1884
Sí, señora, ¡una segunda carta! Es asombroso. Abrigo quizás el vago deseo de decirle algunas impertinencias. Me está permitido puesto que no la conozco; pero no, le escribo porque me aburro abominablemente!
Me reprocha usted el haber hecho la misma canción repetida con la anciana y los prusianos, pero todo es una vieja canción. No hago más que eso; no entiendo más que eso. Todas las ideas, todas las frases, todas las discusiones, todas las creencias son estribillos de la misma canción.
¿No es acaso una cantinela grande y pueril escribirle a una desconocida?
Para resumir, interiormente soy un tonto. Usted me conoce más o menos. Sabe lo que hago y a quién se dirige; se dice esto o aquello sobre mi, bueno o malo: poco importa. Aun cuando usted no conozca a persona alguna entre mis relaciones que son amplias, usted ha leído artículos de periódicos sobre mí, mi retrato físico y retrato moral; en fín usted se divierte muy segura de lo que hace. ¿Pero y yo?
¿Puede usted ser, ciertamente, una joven mujer y encantadora con lo que me haría feliz, algún día, besar su mano?
¿Pero usted puede ser también una vieja portera embobada con novelas de Eugene Sue?
¿Puede usted ser una dama de compañía letrada, madura y seca como una escoba?
Por cierto, ¿es usted delgada? No demasiado, ¿verdad? Estaría desolado teniendo una corresponsal flaca. Desconfío de todo con las desconocidas.
He caído en trampas ridículas. Un pensionado de señoritas ha mantenido conmigo una correspondencia por la pluma de una maestra. Se pasaban mis respuestas de mano en mano durante las clases. La estratagema era divertida y me hizo reír cuando lo supe por la propia mujer.
¿Es usted una mundana? ¿Una sentimental? ¿O simplemente una novelera? O aún sencillamente una mujer que se aburre - y que se distrae. Pero, mire usted, yo no soy en absoluto el hombre que usted busca.
No tengo ni un ápice de poesía. Tomo todo con indiferencia y paso los dos tercios de mi tiempo aburriéndome profundamente. Ocupo el tercio restante en escribir unas líneas que vendo lo más caro posible, lamentando el estar obligado a realizar ese trabajo abominable que me ha valido el honor de ser distinguido - moralmente - por usted.
-Aquí tiene unas confidencias - ¿Qué dice usted, señora? Debe encontrarme muy descarado, perdóneme. Me da la impresión, mientras le escribo, que camino por un subterráneo negro con el temor de tener un agujero ante mis pies. Y doy golpes de bastón al azar para tantear el suelo.
¿Cuál es su perfume?
¿Es usted golosa?
¿Cómo es su oreja?
¿Y el color de sus ojos?
¿Le gusta la música?
No le pregunto si es usted casada. Si lo es, me contestará que no. Si no lo es, me contestará que sí.
Beso su mano señora.
GUY DE MAUPASSANT
**
DE MARIE BASHKIRTSEFF
A GUY DE MAUPASSANT
Marzo de 1884
¡Usted se aburre abominablemente! ¡Ah, qué cruel! Que este sea el motivo al que yo deba el honor ... que, por otro lado, llegado un momento propicio, me ha encantado.
Es cierto que me divierto, pero no lo es que le conozca tanto; le juro que desconozco su color de piel y sus medidas y que, como hombre, no le he entrevisto más que en las líneas con las que usted me gratifica y aún a través de su malicia y pose.
En fin, para un pesado naturalista usted no es brutal y mi respuesta sería un mundo si yo no me recatara por amor propio. No hace falta dejarle creer que todo mi enfado ya pasó.
Tenemos primeramente que eliminar las cantinelas, si usted lo desea, lo que será un poco largo pues usted me ha colmado, ¿sabe? Tiene usted razón... a grosso modo.
Pero el arte consiste justamente en hacernos engullir las cantinelas en nuestro encanto eterno como lo hace la naturaleza con su eterno sol y su vieja tierra, y sus hombres creados todos sobre el mismo patrón y animados con los mismos sentimientos... Pero.... están también los músicos que no tienen más que algunos sonidos y los pintores que no tienen más que algunos colores... Del resto, usted lo sabe mejor que yo y usted quiere hacerme posar. Como no entonces, demasiado honrada...
¡Cantinela, así es! La madre y los prusianos en literatura y Juana de Arco en pintura.
Ahora bien, es evidente que como relato semanal es aún bastante bueno .... ¡Y esas otras cantinelas sobre su tan lamentable oficio! Usted me toma por una burguesa que le considera un poeta y busca iluminarme. George Sand ya ha sido alabado por escribir por dinero y el laborioso Flaubert ha gemido sobre sus penas extremas. El mal que es dado se siente. Balzac nunca se quejaba de ello, y el está siempre entusiasmado con lo que iba a hacer. En cuanto a Montesquieu, si se me permite expresarlo así, su gusto por el estudio fue tan vivo que eso fue la fuente de su gloria, fue también el motivo de su felicidad, como diría la maestra de su fantástico pensionado.
Esto de vender caro, está muy bien, pues no ha habido jamás gloria verdaderamente deslumbrante sin oro, como dijo el judío Baahron, contemporáneo de Job (fragmentos conservados por el sabio Spitzbube, de Berlín). Por lo demás todo gana estando bien flanqueado, la belleza, el genio e incluso la fe. Dios no ha venido en persona a explicar a su servidor Moisés los ornamentos de su arca, recomendando que los querubines que debían flaquearla fuesen de oro y de un trabajo exquisito.
Así que usted se aburre y todo se lo toma con indiferencia, y no tiene un ápice de poesía ... ¡Si cree usted asustarme!
Lo veo desde aquí: Debe usted tener un grueso abdomen, un chaleco demasiado corto, de una tela indefinida y con el último botón desabrochado. Pues me interesa usted igual. Lo único que no comprendo es como usted puede aburrirse; yo, me siento a veces triste, desanimada o rabiosa, pero aburrirme... nunca...nunca.
¿No es usted es el hombre que busco? ¡Que lástima! (he aquí a la portera)... Usted sería muy amable indicándome como es aquél.
Yo no busco a nadie, señor, y considero que los hombres solo han de ser accesorios para mujeres fuertes (la madura mujer seca).
Finalmente, voy a contestar a sus preguntas y con una gran sinceridad, pues no me gusta jugar con la ingenuidad de un hombre genial que, después de cenar, se queda dormido fumando un cigarro.
¿Delgada? ¡Oh, no! Pero tampoco gorda. ¿Mundana, sentimental, novelera? ¿Cómo lo entiende usted? Me parece que hay lugar para todo esto en un mismo individuo, todo depende del momento, de la ocasión, de las circunstancias. Yo soy oportunista y sobre todo victima de los contagios morales: así que puedo llegar a ser tan poco poética como usted.
¿Mi perfume? El de la virtud. Vulgar nunca. Golosa, sí, o exigente más bien.
La oreja es pequeña, poco regular, pero bonita, los ojos grises. Sí, me gusta la música pero no soy pianista como debe ser su maestra. Si no estuviese casada, ¿podría leer sus abominables libros?
¿Está usted satisfecho de mi docilidad? Si lo está, desabróchese otro botón, y piense en mí mientras cae el crepúsculo... Si no... tanto mejor, yo me encuentro aquí mucho mejor, intercambiando sus falsas confidencias.
¿Podría preguntarle cuales son sus músicos y pintores favoritos?
¿Y si yo fuera un hombre?
[Esta carta va con un boceto representando a un hombre gordo, adormecido en su butaca, bajo una palmera al borde del mar. Delante de él, una mesa, una jarra de cerveza y un puro.]
**
A MARIE BASHKIRTSEFF
Cannes, 3 de abril de 1884
Señora, vengo de pasar quince días en París, y como había dejado en Cannes las indicaciones cabalísticas para hacerle llegar mis cartas, no he podido responderle antes.
Sepa pues, señora, que ¡me ha alarmado bruscamente! Usted me propina golpe tras golpe sin prevenirme, ¡G. Sand, Flaubert, Balzac, Montesquieu, el judío Baahron, Jot y el sabio Spitzbube de Berlin, y Moisés!
¡Oh! ahora sé quién es usted, bonito disfraz, usted es un profesor de primero de bachillerato en el Instituto Louis-le-Grand. Confieso que lo sospechaba, pues su papel tiene un vago aroma de rapé. Entonces dejaré de ser galante (¿lo habré sido?) y voy a tratarle como a un universitario, es decir como a un enemigo. ¡Ah! Viejo zorro, viejo maestro, viejo roedor de latines, ¿así que quiso hacerse pasar por una linda mujer? ¡Y usted va a enviarme sus ensayos, un manuscrito sobre Arte o Naturaleza, para presentarlo en alguna revista y comentarlo en algún artículo!
Que suerte que no le haya informado de mi regreso a París; habría visto llegar a mi casa, una mañana, a un anciano que habría depositado su sombrero en el suelo para sacar de su bolsillo un rollo de papel atado con una cuerda. Y me habría dicho "Señor, yo soy la dama que... ".
Y bien, señor profesor, voy mientras tanto a responder a algunas de sus preguntas. Comienzo por agradecerle unos detalles benevolentes que usted me ha dado sobre su físico y sobre sus gustos. Le agradezco igualmente la descripción que usted ha hecho de mí. Ha fortalecido mi fe. Le indico algunos errores:
1º Menos vientre.
2º No fumo nunca.
3º No bebo ni cerveza, ni vino, ni licores. Nada más que agua.
Así pues, la beatitud frente a una jarra no es mi pose predilecta.
Yo suelo sentarme al estilo oriental en mi diván. ¿Usted me pregunta cual es mi pintor favorito entre los modernos? Millet.
¿Si me gusta la música? ¡Me horroriza la música!
Prefiero en realidad una hermosa mujer a todas las artes. Pongo una buena cena, la verdadera cena, una cena exquisita, casi en el mismo puesto que una mujer bonita... He aquí mi profesión de fe, señor profesor.
Soy de la opinión que cuando se tiene una buena pasión, una pasión capital, es necesario dejarle todo el lugar, sacrificar todas las otras, eso es lo que yo hago.
Yo tenía dos pasiones. Tenía que sacrificar una - Tengo un poco sacrificada la glotonería. Me he vuelto sobrio como un camello, pero más difícil el no saber que comer.
¿Quiere usted un detalle más?. Me apasionan los ejercicios violentos. He apostado grandes sumas de dinero como remero, como nadador y como corredor.
Ahora que le he contado todas estas confidencias, señor profesor, hábleme de usted, de su esposa, pues usted está casado, de sus hijos. ¿Tiene una hija? Si es así piense en mí, se lo ruego.
Ruego al divino Homero que pida para usted al Dios que usted adora toda la felicidad de la tierra.
GUY DE MAUPASSANT
Regreso a París dentro de algunos días, calle Dulong, nº 83
**
DE MARIE BASHKIRTSEFF
A GUY DE MAUPASSANT
Abril de 1884
¡Infortunado Zolista! ¡Pero qué maravilla! Si el Cielo fuese justo, usted compartiría mi opinión. Me da la impresión de que no es solamente muy divertido, y que podría haber allí unos goces delicados, unas cosas verdaderamente interesantes, si solamente se fuese absolutamente sincero. Pues al fin y al cabo ¿cuál es el amigo, hombre o mujer, con el cual no se tiene ninguna reserva o ningún miramiento? ¡Mientras tanto unos seres abstractos! ¡No ser de ningún país, de ningún mundo, ser verdadero! Se podría llegar a unas largas expresiones shakesperianas...
Pero ya basta de bromas como esta. Puesto que usted sabe todo, no le ocultaré nada. Sí, señor, yo tengo el honor de ser profesor y voy a probárselo con ocho páginas de amonestaciones...
Demasiado astuto para llevar unos manuscritos con unos ostensibles cordeles, le haré saborear mis doctrinas a pequeñas dosis.
He aprovechado, señor, el ocio de la semana santa para releer sus obras completas...Es usted rudo, indiscutiblemente. Nunca le había leído en bloque y de una vez, así que la impresión que siento está fresca.
Usted tiene con que poner al revés a todos mis alumnos y perturbar a todos los conventos de la cristiandad
En cuanto a mí que no soy del todo púdico, estoy confundido, sí, señor, confundido por esta tensión de su espíritu hacia el sentimiento que el señor Alexandre Dumas hijo denomina el Amor. Esto se convertirá en una monomanía y sería lamentable pues usted está ricamente dotado y sus relatos rurales están bien construidos.
Se muy bien que usted ha escrito Una vida y que ese libro esta impregnado de un gran sentimiento de disgusto, de tristeza, de desaliento. Ese sentimiento, que hace perdonar muchas cosas, aparece de vez en cuando en sus escritos e incita a creer que usted es un ser superior que sufre con la vida. Eso es a lo que uno le rompe el corazón. Pero ese gimoteo, pienso yo, no es más que un reflejo de Flaubert.
En resumen, nosotros somos unos valientes pánfilos y usted un buen bromista (¿lo ve? la ventaja de no conocerse) con su soledad y sus seres de largos cabellos... El Amor, es todavía esa palabra que impacta a todo el mundo. ¡Oh! Gil Blas ¿donde estas? Fue acabando de leer uno de sus artículos en ese periódico cuando leí El ataque del molino1. Me pareció entrar en un magnífico bosque de fragancias y donde los pájaros cantan "Jamás una paz tan larga, había descendido sobre un rincón más feliz de naturaleza" Esta frase magistral recuerda a algunas de las famosas medidas del último acto de El Africano.
Usted aborrece la música, ¿Será posible?
Habrá usted juzgado la música erudita. En fin... por fortuna su libro no está todavía terminado, el libro donde habrá una mujer, sí, señor, una mujer y no ejercicios violentos. Llegando primero en una carrera, usted no será diferente de un caballo, y, algún noble que sea este animal, será un jovencito.
Permita a un viejo latinista que os recomiende el pasaje donde Salluste dice: Omnis homines qui sese student præstari, etc., etc. Procuraré también convencer a mi hija Anastasía, no se sabe, para que se presente ante usted, es posible...
¡La buena mesa, las mujeres! Pero mi joven amigo, cuidado, esto se está volviendo una juerga y mi condición de profesor debería prohibirme seguirle a usted en este terreno candente.
¿Nada de música, nada de tabaco? ¡Diablos!
Millet está bien, pero usted dice Millet como el burgués dice Rafael.
Yo le aconsejo que vea a un pequeño moderno que se llama Bastien Lepage. Vaya a la calle de Sèze.
¿Qué edad tiene usted exactamente?
¿Es cierto que pretende preferir las mujeres hermosas a todas las artes?
Usted se burla de mi.
Perdone la incoherencia de este párrafo y no me deje mucho tiempo sin su respuesta.
Y ahora, inmenso devorador de mujeres, le deseo... y quedo de usted con santo terror, su abnegado servidor.
SAVANTIN, JOSEPH
1 Cuento de Zola en la antología Las veladas de Médan, donde apareció publicado también Bola de sebo.
**
DE MARIE BASHKIRTSEFF
A GUY DE MAUPASSANT
Su carta huele demasiado bien. No había necesidad de tanto perfume para sofocarme. Asi pues, eso es todo lo que se le ocurre para contestarle a una mujer, culpable a lo sumo de imprudencia... ¡Muy bonito!
Sin duda Joseph no tiene toda la razón, por eso mismo es por lo que está tan ofendido. Pero él tenía la cabeza rebosante de todas las... ligerezas de sus libros como un estribillo del que no se puede desprender.
Por tanto yo se lo reprocho severamente, pues hay que estar seguro de la cortesía de su adversario antes de someterle unas burlas como las suyas.
Usted habría podido, me parece, humillarme con más estilo.
Ahora le diré una cosa increíble y sobre todo que usted no creerá nunca y que surgiendo después, probablemente no tenga más que un valor histórico. Pues bien, es que yo también ya he tenido bastante. A su quinta carta ya estoy fría1...hasta la saciedad.
¿Qué por que le escrito? Una se despierta un día pensando ser una persona rara rodeada de imbéciles. Nos quejamos de tantas perlas cuando hay tanta basura.
¿Y si le escribiera a un hombre célebre, a un hombre digno de comprenderme? Sería encantador, novelesco y ¿quién sabe?, al cabo de unas cuantas cartas, terminaría siendo un amigo, conquistado en circunstancias poco comunes... Entonces una se pregunta ¿a quién? Y le elegí a usted...
Para pareja de corresponsal no son necesarias más que dos condiciones. La primera es una admiración sin límites hacia el desconocido. De la admiración sin límites nace una corriente de empatía que le hace decir a una cosas que infaliblemente tocan e interesan al hombre celebre.
Ninguna de estas condiciones se da. Yo le he elegido con la esperanza de admirarle sin límites más adelante. Pues, como yo pensaba, usted es muy joven relativamente.
Le he escrito entonces con la cabeza fría y he acabado por decirle unas inconveniencias e incluso cosas desagradables admitiendo que le hayan hecho daño sin darme cuenta. A estas alturas, como dice, bien puedo confesarle que su carta infame me ha hecho pasar un muy mal día.
Me siento lastimada, como si la ofensa hubiese sido real. Es absurdo.
Adiós, con gusto.
Si usted las conserva todavía, envíeme mis cartas; en cuanto a las suyas yo ya las he vendido, en América, a un precio desorbitado.
1 De hecho, Maupassant, no había enviado más que cuatro cartas.
**
A MARIE BASHKIRTSEFF
La Guillette, Étretat.
[Abril 1884.]
Señora, ¿tanto la he herido? No lo niegue. Me encanta. Y le pido disculpas muy humildemente.
¿Me pregunta que es esto? Ella me ha escrito de entrada una carta sentimental, una carta soñadora, exaltada. Es una pose frecuente en las jóvenes, ¿es una joven? Muchas desconocidas son jóvenes.
Entonces, señora, yo he respondido en un tono escéptico. Usted ha sido más rápida que yo y su penúltima carta contenía unas cosas extrañas. No podía saber más que en otras ocasiones, de que naturaleza podía usted ser. Siempre me preguntaba a mí mismo: ¿Es una mujer disfrazada que se divierte o una simple mundana?
¿Sabe usted cuál es la mejor manera de reconocer a las mujeres del gran mundo en el baile de disfraces de la Opera? Se le hace cosquillas. Las mujeres de pueblo están acostumbradas ya a ello y lo único que dicen es "Deje ya". Las otras se enojan. Yo la he pellizcado a usted de una manera muy conveniente, lo confieso y usted se ha enojado... Ahora le pido perdon, tanto más teniendo en cuenta que una frase de su carta me ha apenado mucho. "Usted dice que mi respuesta infame (no es infame lo que me ha dañado) le ha hecho pasar un mal día"
Busque, señora, las razones sutiles que han podido afligirme tanto con la idea de haber hecho pasar un mal día a una mujer que no conozco.
Créame, señora, que no soy ni tan bruto, ni tan escéptico, ni tan incorrecto como le he parecido. Pero a pesar de mi mismo, siento una gran desconfianza ante el misterio, lo desconocido y las desconocidas.
¿Como puede pretender usted que yo diga algo sincero a la persona X... que me ha escrito anónimamente, que quizás sea un enemigo (los tengo) o un simple bromista? Me pongo una máscara con las personas enmascaradas. Es algo legítimo. Sin embargo, acabo de ver gracias a un ardid, un pedacito de su naturaleza.
De nuevo discúlpeme.
Beso la mano desconocida que me ha escrito.
Sus cartas, señora, están a su disposición, pero yo no las entregaré mas que en sus manos. ¡Ah! Y haré para ello el viaje hasta París
GUY DE MAUPASSANT
**
DE MARIE BASHKIRTSEFF
A GUY DE MAUPASSANT
Abril de 1884
Escribiéndole de nuevo, me rebajo ante usted.
Pero me da lo mismo dado que lo hago para vengarme. ¡Oh! no podría contaros el efecto producido por su ardid para reconocer mi naturaleza.
Tenía mucho miedo de recoger el correo, imaginándome cosas fantásticas. Este hombre debía cerrar la correspondencia por...Confundí su modestia. Y pensando en ello me esperaba de todo para no estar enfadada. Ha sido incluso mucho más agradable.
Ante los acariciadores acentos de un noble arrepentimiento.
¿Es necesario señalar que ya no le odio?
A menos que sea otra estratagema: halagada de ser tomada por una mujer de mundo, mantendré esa pose, después de haber provocado un documento humano del que me siento alegre de responder.
¿Le parece entonces que sigo disgustada? Esto no puede ser una prueba concluyente, querido señor.
En fin, ¡adiós! Deseo perdonar si usted insiste, porque estoy enferma, y, como eso no me ocurre nunca, me deja enternecida conmigo misma, con todo el mundo, con usted que ha encontrado la manera de ser tan profundamente desagradable. Pienso que esto será de su agrado.
¿Cómo demostrarle que no soy ni un bromista ni un enemigo?...
También es imposible jurarle que estamos hechos para comprendernos. Usted no vale tanto como yo. Lo siento. Nada me sería más agradable que reconocer todas las superioridades en usted, o en otro...
Por tener qué apostar. Su último artículo era interesante y quisiera incluso, a propósito de las muchachas, preguntarle algo. Pero...
...........................................
Ya ve, una pequeña bobada delicada de su carta me hace soñar. Usted ha estado afligido de haberme apenado. Esto es tonto o encantador, demasiado encantador. Usted puede burlarse de mí, que yo me burlo. Sí, usted ha tenido un rasgo de romanticismo a lo Stendhal, pero quede tranquilo que no morirá aún por esta vez.
Buenas noches.
**
A MARIE BASHKIRTSEFF
calle Dulong., nº 83
[Fin abril 1884.]
Señora,
Vengo de pasar unos diez días en el mar, y por eso no le he podido responder antes. Me encuentro en París por algunas semanas, antes de alejarme de aquí durante el verano.
Decididamente, Señora, usted no está contenta y me declara, mostrándome su malestar, que yo soy inferior.
¡Oh, señora, si usted me conociese!, sabría que no tengo ninguna pretensión en lo relativo al valor moral, o del valor artístico. En el fondo, me burlo tanto del uno como del otro.
Todo me es casi igual en la vida, hombres, mujeres y acontecimientos. Esa es mi auténtica profesión de fe, y añado, aunque usted no me crea, que no me soporto más a mi que a otros. Todo se desdibuja en aburrimiento, broma y miseria.
Usted dice que se rebaja ante mí escribiéndome todavía, ¿por qué? Usted ha tenido la extraña valentía de confesarme que había sido lastimada por mi carta, y de admitirlo de un modo irritado, simple, franco y encantador, que me ha llegado hondo y me ha emocionado.
Yo le he pedido mis excusas exponiéndole mis razones.
Usted me ha respondido todavía muy amablemente, sin ceder, mostrando su benevolencia casi mezclada con cólera. ¡Nada más natural!
¡Oh! se bien que le voy a inspirar una gran desconfianza. Tanto mejor, usted no quiere que nos veamos. Se sabe más cosas sobre alguien escuchándole hablar cinco minutos que escribiéndole durante diez años.
Como es posible que usted no conozca a ninguna persona que yo conozco, pues mientras me encuentro en Paris, voy todas las noches a disfrutarlo. Usted me diría de ir tal día a tal casa ,yo iría. Si le pareciese demasiado desagradable, usted podría decidir no darse a conocer.
Pero no se haga ilusiones sobre mi persona.
No soy ni guapo, ni elegante, ni singular. Esto, además, debe darle a usted igual..
¿Acude usted a los ambientes orleanista, bonapartista o republicano?
Yo conozco los tres.
¿Desea usted que me deje ver en un museo, en una iglesia o en una calle?
Es ese caso, yo pondría unas condiciones para estar seguro de no ir a esperar a una mujer que no vaya a acudir. ¿Qué diría usted de una noche en el teatro sin que usted se de a conocer, si le parece?
Yo le diría el número de mi palco donde estaría con unos amigos. Usted no me diría el del suyo. Y usted podría escribirme al día siguiente "Adiós señor", ¿no soy acaso más magnánimo que los guardas franceses en Fontenoy?
Beso sus manos, señora.
GUY DE MAUPASSANT
**
En el Nuevo diario inédito de Marie Bashkirtseff, se encuentran las siguientes lineas:
Domingo, 15 de abril.
Quedo en casa para responder al desconocido, es decir que soy yo quien soy una desconocida para él. Ya me ha respondido tres veces. No es un Balzac que se adora completamente. Ahora yo lamento no haberme dirigido a Zola, sinó a su lugarteniente que tiene talento y mucho. Es, entre los jóvenes, el que más me ha gustado. Me levanté una buena mañana, con el deseo de hacer apreciar por un conocedor las hermosas cosas que sé decir; he buscado y lo he elegido a él.
Viernes 18
Como había previsto, todo ha acabado entre mi escritor y yo. Su cuarta carta est grosera y ordinaria...
Miércoles 23
Rosalie me ha traído del correo una carta de Guy de Maupassant. La quinta es la mejor. No estamos pues más enfadados. Y después él ha escrito en Le Gaulois un artículo encantador. Me siendo seducida. ¡Es tan divertido! Este hombre que no conozco, ocupa todos mis pensamientos. ¿Piensa él en mí? ¿Por qué me escribe?
**
DE MARIE BASHKIRTSEFF
A GUY DE MAUPASSANT
14 de junio de 1884
Al señor Guy de Maupassant.
Comprendo su desconfianza. Es poco probable que una mujer como es debido, joven y bonita, se divierta escribiéndole. ¿Es eso?. Pero señor... Vamos, iba a olvidar que esto acabó entre nosotros.
Creo que usted se equivoca. Estoy todavía en condiciones de decírselo pues voy a dejar de ser interesante, si es que lo he sido alguna vez. Verá usted como.
Me pongo en su lugar: "Una desconocida aparece en el horizonte, si la aventura es fácil ella me repugna; si no hay nada que hacer, ella es inútil y me aburre".
No tengo la dicha de estar entre ambos tipos de mujer y se lo advierto muy gentilmente puesto que hemos hecho las paces.
Encuentro muy divertido decirle simplemente la verdad mientras usted imagina que yo me burlo.
Yo no frecuento el mundo republicano, aun siendo republicana roja.
De todos modos yo no quiero verle.
Y usted...¿No quiere un poco de fantasía en medio de sus perrerías parisinas?¿No desea una amistad intangible? No rehuso verle y voy incluso a prepararme para ello sin advertirle. Si usted sabe que se le mira a propósito, tal vez habría podido adaptar una actitud tonta. Es necesario evitar esto. Su envoltura terrestre me es indiferente, bien, pero ¿y la mía a usted? Imagine que tiene el mal gusto de no encontrarme maravillosa, ¿cree que estaría contenta por muy puras que sean mis intenciones? Un día, no digo cuando, cuento incluso con asombrarle un poco.
Espero que si esto le cansa, no nos escribamos más. Me reservo no obstante el derecho de escribirle aun cuando me pasen atrocidades por la cabeza.
Usted me desafía, es natural. Pues bien, voy a darle un remedio de portera para asegurarle de que no soy una. Vaya a una vidente y dele a oler mi carta; ella le dirá mi edad, el color de mis cabellos, todo lo que me rodea, etc. Usted escribirá lo que ella le habrá revelado...
¡Aburrimiento, farsa, miseria!... ¡Ah! señor, es perfectamente lógico, incluso para mi. Pero en mi es porque deseo cosas grandiosas que no tengo...todavía. Lo suyo debe serlo también por el mismo motivo.
No es tan sencillo preguntarle cual es su sueño secreto, aunque mi enfermedad me provoca un candor a lo Chérie. ¡Qué ingenuo este viejo japonés naturalista con peluca estilo Luis XV!
Entonces usted piensa que después de haber escrito, nada es más simple que decir: "¿soy yo? Le aseguro que me disgusta mucho... Se dice que a usted no le gustan más que las mujeres fuertes y morenas. ¿Es cierto?
¿Vernos? Déjeme conquistarle con mi ... literatura; ¡usted lo ha hecho!
**
DE MARIE BASHKIRTSEFF
A GUY DE MAUPASSANT
Antes del 20 de junio de 1884
Señor,
No me gustaría ser pesada y siento que lo soy. Le escribo estas estupideces, humillada al haber sido plantada al cabo de seis cartas. He releído mi última carta (como persona ordenada que soy, guardo mis copias) y busco aquello en lo que he podido disgustarle tan bruscamente. ¿Soy bastante humilde? Le diré que sus Hermanas Rondoli1 me han hecho pasar un buen rato, es el equivalente de Este puerco de Morin2. Eso es el espíritu y el arte. Sus acciones han subido muchos enteros.
¿Conoce la rama de los Salzbourg? Pues bien, ¡yo me transformo en usted! me meto en usted y me enfado cuando usted escribe cosas mediocres alegrándome de lo contrario como si fuese yo.
En fin...lo apruebo, no le pido que me escriba, se bien que es un romance, y si yo soy quizás Eloisa, usted no es Abelardo. Da igual, cuando yo le he escrito usted ha pensado que aquí había una mujer atraída por... esto que hace a todo el mundo amarle y que quiere divertirse de un modo original.
Usted no puede comprender cuando me divierto en escribir a un hombre que no conozco. Me gustaría interesarle mucho. ¿Le aburro? Nadie lo sabrá, usted me ha insultado, nadie lo ha sabido. Es una rinconcito de mundo apartado.
¿Sabe lo que he hecho? Confusa ante mi ama de llaves que ha venido varias veces con las manos vacías de la oficina de correos, me he dirigido una carta para poder enviarla a recogerla. No habrá dos, eso es todo... es infantil.
1 Las hermanas Rondoli (Les soeurs Rondoli) es el título de una antología de cuentos, que lleva el título de uno de ellos. Su tema es el siguiente: En un viaje a Italia, dos jóvenes franceses conocen a una muchacha en el tren; hermosa pero arisca, los engatusa para hacerse amante de uno de ellos.
2 Ese cerdo de Morin (Ce cochon de Morin) es el título de un relato cuyo argumento es el siguiente: Morin, un burgués de provincias, en un arrebato de voluptuosidad incontenible, intenta besar a una desconocida en un compartimiento de un tren. Denunciado por la muchacha, su vida se convierte en un infierno. Pagará su error muy caro convirtiéndose en el puerco de Morin.
Fuente: iesxunqueira1.com/maupassant
Mostrando entradas con la etiqueta GUY DE MAUPASSANT. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta GUY DE MAUPASSANT. Mostrar todas las entradas
domingo, 17 de mayo de 2015
martes, 5 de mayo de 2015
Como se odia todo aquello que se es incapaz de comprender
GUY DE MAUPASSANT
acerca de GUSTAVE FLAUBERT
(Publicado en La République des Lettres, el 22 de octubre de 1876)
I
De vez en cuando, entre los escritores que dejan su nombre para la posteridad, se encuentran quienes se hacen un lugar especial por la perfección y la originalidad de sus obras. Otros, por el contrario, más prolíficos, mezclan lo extraño con lo banal, cuestiones acertadas con otras comunes, obligando a la crítica y al lector a un trabajo considerable para discernir lo que debe quedar y lo que debe desaparecer. Pero los primeros, por un proceso laborioso y paciente, producen una obra absoluta, perfecta en su conjunto y en sus detalles. Y si todas las obras de estos autores no obtienen del público un éxito absolutamente igual, hay siempre al menos uno de sus libros que permanece en la historia de la Literatura etiquetado como obra maestra, como esos cuadros de los grandes pintores que se exponen en el salón cuadrado del museo del Louvre.
Gustave Flaubert no ha producido aún más que cuatro libros y todos quedaron. Puedo que uno solo sea calificado de obra maestra, mientras los otros no tienen menos merecimiento que este.
Todo el mundo ha leído Madame Bovary, Salammbô, La educación sentimental y la Tentación de San Antonio; todos los periódicos ya han hecho a menudo análisis de estas obras, estudio que yo no tengo intención de abordar. Quiero hablar de un modo genérico de la obra de Flaubert y de buscar algunos matices que el público no haya quizás detectado hasta el momento.
II
Las personas que juzgan todo sin saber de nada, y que se precipitan demasiado cuando aparece un libro de un género nuevo y desconocido, a atarle, como una pancarta, las tonterías de su juicio que ellos creen ser eterno, han proclamado bien alto, a la aparición de Madame Bovary, que el señor Flaubert era un realista, esto que en su espíritu significaba materialista.
Más tarde publicó Salammbô, un poema antiguo, y San Antonio, la quinta esencia de las filosofías; ello no supuso nada; unos periodistas competentes lo habían bautizado como materialista, y materialista quedó para los rudimentarios cerebros de las personas bien pensantes.
No es este el lugar de hacer historia de la novela moderna y de explicar todas las causas de la profunda emoción generada por la aparición del primer libro del señor Flaubert. Me sugiere hacer resaltar algo más importante.
Desde el origen de los tiempos, el público francés bebía con delicia el untuoso sirope de las novelas inverosímiles. Le gustaban los héroes y las heroínas y las hechos que no se ven jamás en la vida, por la única razón de que son irrealizables. Se llamaba a los autores de estos libros, idealistas, porque se mantenían siempre a unas distancias abismales de los hechos posibles, reales, materiales. - Ideas que podrían incluso ser menores que la de sus propios lectores. Balzac llegó, y apenas nadie se fijó en él al principio.- Era sin embargo un innovador extraordinariamente poderoso y fértil y uno de los maestros del futuro, escritor imperfecto, sin duda, romo en la frase pero inventor de personajes inmortales que hacía mover como en un visor óptico, produciendo situaciones incluso más verdaderas que la propia realidad. - Madame Bovary aparece, y he aquí todo el mundo trastornado. ¿Por qué? Porque Flaubert es un idealista, pero también es sobre todo un artista, y que su libro era sin embargo un libro verdadero; porque el lector, sin tomar partido, sin saber, sin comprender, ha sucumbido a la todo poderosa influencia del estilo, a la iluminación del arte que aclara todas las páginas de este libro.
En efecto, la primera cualidad de Flaubert, que para mí brilla a los ojos de los que abren una de sus obras, es la forma; esta cosa tan rara en los escritores y tan imperceptible por el público; digo imperceptible, pero su fuerza irresistible domina y penetra en quiénes lo leen, como el calor del sol calienta a un ciego que no puede ver su luz.
El público entiende generalmente por " forma " una cierta sonoridad de las palabras dispuestas en periodos regulares, con unos inicios de frases imponentes y unas cadencias melodiosas. Tampoco se ha dudado jamás del arte inmenso encerrado en los libros de Flaubert.
En él, la forma es la propia obra: es como una sucesión de moldes diferentes que dan contorno a la idea, esta materia de la que están llenos los libros. Ella le confiere la gracia, la fuerza, la grandeza, todas esas cualidades que, por así decir, disimuladas en la idea misma, no aparecen más que para auxiliar a la expresión. Variable hasta el infinito como las sensaciones, las impresiones y los distintos sentimientos, ella se pega a éstos de forma inseparable. Se pliega a todas sus manifestaciones, aportándole siempre la palabra apropiada y única, la medida, el ritmo particular para cada circunstancia, para cada efecto, y creada por esta indisoluble unión esto que los literatos llaman el estilo, bastante diferente de lo que se admira oficialmente
En efecto, se llama generalmente estilo a una forma particular de frases propias en cada escritor, así como un molde uniforme en el cual se matizan todas las cosas que se quiere expresar. De este modo, hay el estilo de Pierre, el estilo de Paul y el estilo de Jacques.
Flaubert no tiene su estilo, pero tiene el estilo; es decir que las expresiones y la composición que emplea para formular un pensamiento cualquiera son siempre aquellas que convienen absolutamente a dicho pensamiento, su temperamento se manifiesta por la precisión y no por la originalidad de la palabra.
III
"Fuera el estilo, venga el libro", tal podría ser su divisa. Piensa, en efecto, que la primera preocupación de un artista debe ser hacer belleza; pues, la belleza es una verdad por sí misma, lo que es bello es siempre verdadero mientras que lo que es verdadero puede no ser siempre bello. Y por bello no entiendo la belleza espiritual, los nobles sentimientos, pero sí la belleza plástica, la única que conocen los artistas. Algo muy feo y repugnante puede, gracias a su interprete, revestir una belleza independiente de si mismo, mientras que el pensamiento más verdadero y el más bello desaparece fatalmente en las fealdades de una frase mal construida. Es necesario añadir que una parte del pública detesta la palabra "forma", como se odia todo aquello que se es incapaz de comprender.
Así pues Flaubert es ante todo un artista; es decir: un autor impersonal. Yo desafiaría a cualquiera, tras haber leído todas sus obras, a adivinar lo que este autor es en la vida real, lo que piensa, lo que dice en sus conversaciones diarias. Se sabe lo que debía pensar Dickens, lo que debía pensar Balzac. Ellos aparecen en todo momento en sus libros; pero ¿imaginan ustedes como era La Bruyére o que podía decir el gran Cervantes? Flaubert jamás ha escrito las palabras "yo", "mi". Nunca quiere hablar con el público por medio de un libro, o saludarlo al final, como un actor sobre el escenario, y no hace nunca prefacios. El es el domador de marionetas humanas que deben hablar por su boca, mientras que él se concede el derecho de pensar por la suya; y no es necesario que se perciban los hilos o que se reconozca la voz.
Hijo de Apuleyo, hijo de Rabelais, hijo de La Bruyère, hijo de Cervantes, hermano de Gautier, el tiene menos parentesco con Balzac, y mucho menos con el filósofo Stendhal.
Flaubert es el escritor del arte difícil, simple y complicado a la vez: complicado por la composición sabia, trabajada, que confiere a sus obras un carácter extraordinario de inmutabilidad; simple en apariencia, talmente simple y natural que un burgués, con la idea que se hace del estilo, no podrá jamás exclamar leyéndolo: "He aquí, para mí, unas frases bien torneadas".
Llega a ser como Balzac, ve como Stendhal y como otros; pero él es más justo que ellos, mejor y más simple; a pesar de las pretensiones de Stendhal a una simplicidad que no es más que sequía, a pesar de los esfuerzos de Balzac para escribir bien, esfuerzos que desembocan a menudo en un desbordamiento de imágenes falsas, de perífrasis inútiles, de relativos, de "quién", de "qué", en este empeño de un hombre que, teniendo cientos de veces más materiales que nadie para construir una casa, emplea todo porque no sabe escoger, y crea sin embargo allí una obra inmensa, pero menos bella y menos duradera que si hubiese sido más arquitecto y menos albañil; más artista y menos personal.
La inmensa diferencia que hay entre ellos está en efecto totalmente clara: Es que Flaubert es un gran artista y que la mayoría de los otros no lo son en absoluto. Él se mantiene impasible ante las pasiones que crea. En lugar de quedar en medio de los locos, se aísla en una torre para considerar lo que pasa sobre la tierra, y, no teniendo más la vista limitada por las cabezas de los hombres, capta mejor los conjuntos, tiene las proporciones más definidas, un plan más firme, unos horizontes más amplios.
También él construye su casa, pero el conoce bien los materiales que debe emplear, y rachaza los otros sin vacilaciones. También su obra es absoluta, y se podría retirar una parte sin destruir la armonía total ; mientras que se puede cortar en Balzac, cortar en Stendhal, cortar en tantos otros, y bien que se notaría.
IV
Él no piensa, como algunos, que la inteligencia y la inspiración, que el azar y el temperamento sean suficientes para escribir un libro, que la información sea inútil y la larga búsqueda despreciable, pues es de la vieja clase de personas que saben mucho. En lugar de ignorar que el mundo existía antes del 93, y que se sabía escribir antes de 1830, el ha meditado como Pantagruel sobre todos los doctores de antaño. El conoce la historia mejor que un profesor, porque la ha aprendido en muchos libros donde los demás no van a buscarla; y ha estudiado para sus obras la mayoría de las ciencias, únicamente accesibles a los especialistas. Mejor que los viejos sabios encorvados, él sabe las genealogías de los pueblos muertos y de las gentes desaparecidas, con sus costumbres, sus comportamientos, las telas con las que se cubrían y los manjares insólitos que comían con preferencia. Él domina el Talmud como un rabino; los Evangelios como un sacerdote; la Biblia como un protestante; el Corán como un mahometano. Sabe el encadenamiento de las creencias, de las filosofías, de las religiones y de las herejías. Ha hurgado en todas las literaturas, tomando notas de muchos libros desconocidos, los unos porque eran raros, los otros porque no se les leía. Conoce a los escritores de genio casi ignorados que predijeron la decadencia de los pueblos, los comentaristas y los bibliógrafos, los libros profanos como los libros sagrados, las vidas de santos, los padres de la Iglesia y los autores que los hombres púdicos no osan nombrar. Ha hecho acopio, para comunicárnoslo en algún día de indignación y de cólera, un volumen entero hecho con las faltas de los escritores sin estilo, los barbarismos gramaticales, los errores de los falsos sabios, todas las vanidades y todos los ridículos que pasarían desapercibidos y que él soplará al mundo.
V
Los periodistas no lo conocen.
Encuentra que bastante tiene con conceder sus escritos al publico y siempre ha mantenido su persona lejos de las popularidades, desdeñando la publicidad abrumante de las hojas difundidas, los reclamos oficiosos y las exhibiciones de fotografía en las vitrinas de las tiendas de tabaco, al lado de un famoso criminal, de un príncipe cualquiera y de una muchacha celebre.
No es accesible más que a un pequeño numero de amigos, hombres de letras, en el que el es querido como no lo es un jamás un colega y como lo es raramente un pariente, pues levanta a su alrededor afectos profundos. Pero como no ofrece su persona a las curiosidades de las muchedumbres, ávidas de mirar en los cristales de los hombres conocidos como a la caza de un animal curioso, unas leyendas circulan alrededor de su casa, y es posible que en casa de algunos de sus conciudadanos, se le acuse seriamente de haber comido burgués, lo que sería en todo caso también tan cierto como la famosa cena de charcutería, en Sainte-Beuve, un viernes santo, cena que, bajo la pluma de periodistas bien informados, pero sobre todo bien inspirados, acabó por convertirse en una intolerable cantinela.
En fin, para contentar a las personas que quieren siempre tener detalles particulares, yo les diría que él bebe, come y fuma absolutamente igual que ellos: que es alto y que, mientras pasea con su gran amigo Ivan Tourgueneff, ambos parecen gigantes.
22 de octubre de 1876
**
Traducción de José M. Ramos González para iesxunqueira1.com/maupassant
acerca de GUSTAVE FLAUBERT
(Publicado en La République des Lettres, el 22 de octubre de 1876)
I
De vez en cuando, entre los escritores que dejan su nombre para la posteridad, se encuentran quienes se hacen un lugar especial por la perfección y la originalidad de sus obras. Otros, por el contrario, más prolíficos, mezclan lo extraño con lo banal, cuestiones acertadas con otras comunes, obligando a la crítica y al lector a un trabajo considerable para discernir lo que debe quedar y lo que debe desaparecer. Pero los primeros, por un proceso laborioso y paciente, producen una obra absoluta, perfecta en su conjunto y en sus detalles. Y si todas las obras de estos autores no obtienen del público un éxito absolutamente igual, hay siempre al menos uno de sus libros que permanece en la historia de la Literatura etiquetado como obra maestra, como esos cuadros de los grandes pintores que se exponen en el salón cuadrado del museo del Louvre.
Gustave Flaubert no ha producido aún más que cuatro libros y todos quedaron. Puedo que uno solo sea calificado de obra maestra, mientras los otros no tienen menos merecimiento que este.
Todo el mundo ha leído Madame Bovary, Salammbô, La educación sentimental y la Tentación de San Antonio; todos los periódicos ya han hecho a menudo análisis de estas obras, estudio que yo no tengo intención de abordar. Quiero hablar de un modo genérico de la obra de Flaubert y de buscar algunos matices que el público no haya quizás detectado hasta el momento.
II
Las personas que juzgan todo sin saber de nada, y que se precipitan demasiado cuando aparece un libro de un género nuevo y desconocido, a atarle, como una pancarta, las tonterías de su juicio que ellos creen ser eterno, han proclamado bien alto, a la aparición de Madame Bovary, que el señor Flaubert era un realista, esto que en su espíritu significaba materialista.
Más tarde publicó Salammbô, un poema antiguo, y San Antonio, la quinta esencia de las filosofías; ello no supuso nada; unos periodistas competentes lo habían bautizado como materialista, y materialista quedó para los rudimentarios cerebros de las personas bien pensantes.
No es este el lugar de hacer historia de la novela moderna y de explicar todas las causas de la profunda emoción generada por la aparición del primer libro del señor Flaubert. Me sugiere hacer resaltar algo más importante.
Desde el origen de los tiempos, el público francés bebía con delicia el untuoso sirope de las novelas inverosímiles. Le gustaban los héroes y las heroínas y las hechos que no se ven jamás en la vida, por la única razón de que son irrealizables. Se llamaba a los autores de estos libros, idealistas, porque se mantenían siempre a unas distancias abismales de los hechos posibles, reales, materiales. - Ideas que podrían incluso ser menores que la de sus propios lectores. Balzac llegó, y apenas nadie se fijó en él al principio.- Era sin embargo un innovador extraordinariamente poderoso y fértil y uno de los maestros del futuro, escritor imperfecto, sin duda, romo en la frase pero inventor de personajes inmortales que hacía mover como en un visor óptico, produciendo situaciones incluso más verdaderas que la propia realidad. - Madame Bovary aparece, y he aquí todo el mundo trastornado. ¿Por qué? Porque Flaubert es un idealista, pero también es sobre todo un artista, y que su libro era sin embargo un libro verdadero; porque el lector, sin tomar partido, sin saber, sin comprender, ha sucumbido a la todo poderosa influencia del estilo, a la iluminación del arte que aclara todas las páginas de este libro.
En efecto, la primera cualidad de Flaubert, que para mí brilla a los ojos de los que abren una de sus obras, es la forma; esta cosa tan rara en los escritores y tan imperceptible por el público; digo imperceptible, pero su fuerza irresistible domina y penetra en quiénes lo leen, como el calor del sol calienta a un ciego que no puede ver su luz.
El público entiende generalmente por " forma " una cierta sonoridad de las palabras dispuestas en periodos regulares, con unos inicios de frases imponentes y unas cadencias melodiosas. Tampoco se ha dudado jamás del arte inmenso encerrado en los libros de Flaubert.
En él, la forma es la propia obra: es como una sucesión de moldes diferentes que dan contorno a la idea, esta materia de la que están llenos los libros. Ella le confiere la gracia, la fuerza, la grandeza, todas esas cualidades que, por así decir, disimuladas en la idea misma, no aparecen más que para auxiliar a la expresión. Variable hasta el infinito como las sensaciones, las impresiones y los distintos sentimientos, ella se pega a éstos de forma inseparable. Se pliega a todas sus manifestaciones, aportándole siempre la palabra apropiada y única, la medida, el ritmo particular para cada circunstancia, para cada efecto, y creada por esta indisoluble unión esto que los literatos llaman el estilo, bastante diferente de lo que se admira oficialmente
En efecto, se llama generalmente estilo a una forma particular de frases propias en cada escritor, así como un molde uniforme en el cual se matizan todas las cosas que se quiere expresar. De este modo, hay el estilo de Pierre, el estilo de Paul y el estilo de Jacques.
Flaubert no tiene su estilo, pero tiene el estilo; es decir que las expresiones y la composición que emplea para formular un pensamiento cualquiera son siempre aquellas que convienen absolutamente a dicho pensamiento, su temperamento se manifiesta por la precisión y no por la originalidad de la palabra.
III
"Fuera el estilo, venga el libro", tal podría ser su divisa. Piensa, en efecto, que la primera preocupación de un artista debe ser hacer belleza; pues, la belleza es una verdad por sí misma, lo que es bello es siempre verdadero mientras que lo que es verdadero puede no ser siempre bello. Y por bello no entiendo la belleza espiritual, los nobles sentimientos, pero sí la belleza plástica, la única que conocen los artistas. Algo muy feo y repugnante puede, gracias a su interprete, revestir una belleza independiente de si mismo, mientras que el pensamiento más verdadero y el más bello desaparece fatalmente en las fealdades de una frase mal construida. Es necesario añadir que una parte del pública detesta la palabra "forma", como se odia todo aquello que se es incapaz de comprender.
Así pues Flaubert es ante todo un artista; es decir: un autor impersonal. Yo desafiaría a cualquiera, tras haber leído todas sus obras, a adivinar lo que este autor es en la vida real, lo que piensa, lo que dice en sus conversaciones diarias. Se sabe lo que debía pensar Dickens, lo que debía pensar Balzac. Ellos aparecen en todo momento en sus libros; pero ¿imaginan ustedes como era La Bruyére o que podía decir el gran Cervantes? Flaubert jamás ha escrito las palabras "yo", "mi". Nunca quiere hablar con el público por medio de un libro, o saludarlo al final, como un actor sobre el escenario, y no hace nunca prefacios. El es el domador de marionetas humanas que deben hablar por su boca, mientras que él se concede el derecho de pensar por la suya; y no es necesario que se perciban los hilos o que se reconozca la voz.
Hijo de Apuleyo, hijo de Rabelais, hijo de La Bruyère, hijo de Cervantes, hermano de Gautier, el tiene menos parentesco con Balzac, y mucho menos con el filósofo Stendhal.
Flaubert es el escritor del arte difícil, simple y complicado a la vez: complicado por la composición sabia, trabajada, que confiere a sus obras un carácter extraordinario de inmutabilidad; simple en apariencia, talmente simple y natural que un burgués, con la idea que se hace del estilo, no podrá jamás exclamar leyéndolo: "He aquí, para mí, unas frases bien torneadas".
Llega a ser como Balzac, ve como Stendhal y como otros; pero él es más justo que ellos, mejor y más simple; a pesar de las pretensiones de Stendhal a una simplicidad que no es más que sequía, a pesar de los esfuerzos de Balzac para escribir bien, esfuerzos que desembocan a menudo en un desbordamiento de imágenes falsas, de perífrasis inútiles, de relativos, de "quién", de "qué", en este empeño de un hombre que, teniendo cientos de veces más materiales que nadie para construir una casa, emplea todo porque no sabe escoger, y crea sin embargo allí una obra inmensa, pero menos bella y menos duradera que si hubiese sido más arquitecto y menos albañil; más artista y menos personal.
La inmensa diferencia que hay entre ellos está en efecto totalmente clara: Es que Flaubert es un gran artista y que la mayoría de los otros no lo son en absoluto. Él se mantiene impasible ante las pasiones que crea. En lugar de quedar en medio de los locos, se aísla en una torre para considerar lo que pasa sobre la tierra, y, no teniendo más la vista limitada por las cabezas de los hombres, capta mejor los conjuntos, tiene las proporciones más definidas, un plan más firme, unos horizontes más amplios.
También él construye su casa, pero el conoce bien los materiales que debe emplear, y rachaza los otros sin vacilaciones. También su obra es absoluta, y se podría retirar una parte sin destruir la armonía total ; mientras que se puede cortar en Balzac, cortar en Stendhal, cortar en tantos otros, y bien que se notaría.
IV
Él no piensa, como algunos, que la inteligencia y la inspiración, que el azar y el temperamento sean suficientes para escribir un libro, que la información sea inútil y la larga búsqueda despreciable, pues es de la vieja clase de personas que saben mucho. En lugar de ignorar que el mundo existía antes del 93, y que se sabía escribir antes de 1830, el ha meditado como Pantagruel sobre todos los doctores de antaño. El conoce la historia mejor que un profesor, porque la ha aprendido en muchos libros donde los demás no van a buscarla; y ha estudiado para sus obras la mayoría de las ciencias, únicamente accesibles a los especialistas. Mejor que los viejos sabios encorvados, él sabe las genealogías de los pueblos muertos y de las gentes desaparecidas, con sus costumbres, sus comportamientos, las telas con las que se cubrían y los manjares insólitos que comían con preferencia. Él domina el Talmud como un rabino; los Evangelios como un sacerdote; la Biblia como un protestante; el Corán como un mahometano. Sabe el encadenamiento de las creencias, de las filosofías, de las religiones y de las herejías. Ha hurgado en todas las literaturas, tomando notas de muchos libros desconocidos, los unos porque eran raros, los otros porque no se les leía. Conoce a los escritores de genio casi ignorados que predijeron la decadencia de los pueblos, los comentaristas y los bibliógrafos, los libros profanos como los libros sagrados, las vidas de santos, los padres de la Iglesia y los autores que los hombres púdicos no osan nombrar. Ha hecho acopio, para comunicárnoslo en algún día de indignación y de cólera, un volumen entero hecho con las faltas de los escritores sin estilo, los barbarismos gramaticales, los errores de los falsos sabios, todas las vanidades y todos los ridículos que pasarían desapercibidos y que él soplará al mundo.
V
Los periodistas no lo conocen.
Encuentra que bastante tiene con conceder sus escritos al publico y siempre ha mantenido su persona lejos de las popularidades, desdeñando la publicidad abrumante de las hojas difundidas, los reclamos oficiosos y las exhibiciones de fotografía en las vitrinas de las tiendas de tabaco, al lado de un famoso criminal, de un príncipe cualquiera y de una muchacha celebre.
No es accesible más que a un pequeño numero de amigos, hombres de letras, en el que el es querido como no lo es un jamás un colega y como lo es raramente un pariente, pues levanta a su alrededor afectos profundos. Pero como no ofrece su persona a las curiosidades de las muchedumbres, ávidas de mirar en los cristales de los hombres conocidos como a la caza de un animal curioso, unas leyendas circulan alrededor de su casa, y es posible que en casa de algunos de sus conciudadanos, se le acuse seriamente de haber comido burgués, lo que sería en todo caso también tan cierto como la famosa cena de charcutería, en Sainte-Beuve, un viernes santo, cena que, bajo la pluma de periodistas bien informados, pero sobre todo bien inspirados, acabó por convertirse en una intolerable cantinela.
En fin, para contentar a las personas que quieren siempre tener detalles particulares, yo les diría que él bebe, come y fuma absolutamente igual que ellos: que es alto y que, mientras pasea con su gran amigo Ivan Tourgueneff, ambos parecen gigantes.
22 de octubre de 1876
**
Traducción de José M. Ramos González para iesxunqueira1.com/maupassant
domingo, 26 de abril de 2015
Lo verdadero puede, a veces, no ser verosímil
GUY DE MAUPASSANT
(Francia, 1850-1893)
Prólogo a Pedro y Juan
No es mi intención abogar a favor de la novelita que sigue. Por el contrario, las ideas que intentaré hacer comprender implicarían más bien la crítica del género llamado de estudio psicológico, estudio que he emprendido en Pedro y Juan.
Voy a ocuparme de la novela en general.
No soy el único a quien los mismo críticos dirigen el mismo reproche cada vez que aparece un nuevo libro.
Entre las frases de elogio, encuentro por lo general la siguiente, debida a las mismas plumas:
“El mayor defecto de esta obra es que, propiamente hablando, no es una novela”.
Ahora bien, podría responderse con el mismo argumento:
“El mayor defecto del escritor que me honra con su juicio es que no es un crítico.”
¿Cuáles son, en efecto, los caracteres esenciales de un crítico?
Es preciso que, sin prejuicio alguno, ni opiniones preconcebidas, sin ideas de escuela, sin compromisos con ningún grupo de artistas, comprenda, distinga y explique las tendencias más opuestas, los temperamentos más contrapuestos y admita las más diversas búsquedas del arte.
Así pues, el crítico que tras Manon Lescout, Pablo y Virginia, Don Quijote, Las amistades peligrosas, Werther, Las afinidades electivas, Clarisse Harlowe, Emile, Candide, Cincq-Mars, René, Los tres mosqueteros, Mauprat, Papá Goriot, La prima Bette, Colomba, El rojo y el negro, Mademoiselle de Maupin, Nuestra Señora de París, Salambó, Madame Bovary, Adolfo, El señor de Camors, L’assomoir, Sapo, etcétera, se atreve a escribir también: “Esto es una novela y aquello no lo es”, me parece que está dotado de una perspicacia que se asemeja mucho a la incompetencia.
Por lo general, este crítico entiende por novela una aventura más o menos verosímil, dispuesta como una obra teatral en tres actos, de los que el primero contiene la exposición, el segundo la acción y el tercero el desenlace.
Este modo de componer es absolutamente admisible, pero a condición de que se acepten todos los demás.
¿Existen reglas para escribir una novela, fuera de las cuales una historia escrita debiera llamarse de otro modo?
Si Don Quijote es una novela, ¿no lo es también El rojo y el negro? Si El Conde de Montecristo es una novela, ¿ no lo es también L’assomoir? ¿Puede establecerse una comparación entre Las afinidades colectivas de Goethe, Los tres mosqueteros de Dumas, Madame Bovary de Flaubert, El Señor de Camor de M.O. Feuillet y Germinal de Zola? ¿Cuál de estas obras es una novela? ¿Cuáles son esas famosas reglas? ¿De donde proceden? ¿Quién las ha establecido? ¿En virtud de qué principio, de qué autoridad y de qué razonamientos?
No obstante, parece ser que esos críticos saben de una manera cierta, indudable, lo que constituye una novela y lo que la distingue de otra que no lo es. Esto, sencillamente, significa que sin ser productores están agrupados en una escuela y rechazan, a la manera de los mismos novelistas, todas las obras concebidas y realizadas fuera de su estética.
En cambio, lo que debería hacer un crítico inteligente es buscar aquello que menos se parece a las novelas ya escritas y estimular todo lo posible a los jóvenes para que emprendan nuevos caminos.
Todos los escritores, Victor Hugo igual que Zola, han reclamado con insistencia el derecho absoluto, derecho indiscutible de componer, es decir, de imaginar u observar de acuerdo con su concepto personal del arte. El talento procede de la originalidad que es una manera especial de pensar, de ver, de comprender y de juzgar.
Así pues, el crítico que pretende definir la novela según la idea que de ella se ha forjado con arreglo a las novelas que prefiere, y establecer ciertas reglas invariables de composición, luchará siempre contra un temperamento de artista que aporte un nuevo procedimiento. Un crítico totalmente merecedor de este nombre debería ser tan sólo un analista exento de tendencias, de preferencias, de pasiones, etcétera, y apreciar tan sólo, al igual que un perito en pintura, el valor artístico del objeto de arte que se le somete. Su comprensión, abierta a todo, debe absorber hasta tal punto su personalidad, que pueda descubrir y alabar incluso los libros que no le satisfacen como hombre, pero que debe comprender como juez.
Pero la mayor parte de los críticos no son, en realidad, más que lectores, y el resultado es que nos censuran casi siempre erróneamente o que nos elogian sin reserva y sin tino.
El lector, que únicamente busca en un libro satisfacer la tendencia natural de su espíritu, pide al escritor que responda a su gusto predominante y califica invariablemente como bien escrita la obra o el párrafo que agrada a su imaginación idealista, alegre, picaresca, triste, soñadora o positiva.
En suma, el público está compuesto por numeroso grupos que nos gritan:
«Consoladme.»
«Distraedme.»
«Entristecedme.»
«Enternecedme.»
«Hacedme soñar.»
«Hacedme reír.»
«Haced que me estremezca.»
«Hacedme llorar.»
«Hacedme pensar.»
Tan sólo algunos espíritus selectos piden al artista:
«Escribid algo bello, en la forma que mejor os cuadre, según vuestro temperamento.»
El artista lo intenta y triunfa o fracasa.
El crítico sólo debe apreciar el resultado con arreglo a la naturaleza del esfuerzo; y no le asiste el derecho a preocuparse de las tendencias.
Esto se ha escrito ya mil veces, pero habrá que seguir repitiéndolo.
Así pues, tras las escuelas literarias que han querido darnos una visión deformada, sobrehumana, poética, enternecedora, encantadora o soberbia de la vida, vino una escuela realista o naturalista que pretendió indicarnos la verdad, nada más que la verdad y toda la verdad.
Es preciso admitir con el mismo interés esas teorías de arte tan diferentes y juzgar las obras que producen únicamente desde el punto de vista de su valor artístico, aceptando a priori las ideas generales que les han dado vida.
Discutir el derecho que asiste a un escritor para hacer una obra poética o realista es quererle forzar a modificar su temperamento, recusar su originalidad y no permitirle utilizar la visión y la inteligencia que le proporcionó la naturaleza.
Echarle en cara que vea las cosas hermosas o feas, pequeñas o épicas, graciosas o siniestras, es como reprocharle estar configurado de tal o cual manera y no tener una visión que concuerde con la nuestra.
Dejémosle en libertad para comprender, observar, concebir como guste, mientras sea un artista. Procuremos exaltarnos poéticamente para juzgar a un idealista y demostrémosle que su sueño es mezquino, trivial, no lo bastante extravagante o magnífico. Pero si juzgamos a un naturalista, indiquémosle en qué difiere la verdad de la vida de la verdad de su libro.
Es evidente que tan distintas escuelas han debido emplear procedimientos de composición totalmente opuestos.
El novelista que transforma la verdad constante, brutal y desagradable, para lograr una aventura excepcional y seductora, debe, sin preocuparse demasiado por la verosimilitud, manejar a su antojo los acontecimientos, prepararlos y arreglarlos para complacer al lector, emocionarle o enternecerle. El plan de su novela no es más que una serie de combinaciones ingeniosas que conducen con habilidad al desenlace. Los incidentes se disponen y dirigen hacia el punto culminante, y el resultado final, que es un acontecimiento capital y decisivo, debe satisfacer todas las curiosidades excitadas al principio, poniendo un limite al interés y acabando de una manera tan completa la historia relatada, que ya no se desee saber qué les ocurrirá en el futuro a los personajes más sobresalientes.
En cambio, el novelista que pretende darnos una imagen exacta de la vida debe evitar cuidadosamente cualquier encadenamiento de hechos que pudiera parecer excepcional. Su finalidad no estriba en contarnos una historia, divertirnos o entristecernos, sino en forzarnos a pensar, a comprender el sentido profundo y oculto de los sucesos. A fuerza de observar y meditar, mira el universo, las cosas, los hechos y los hombres de cierto modo que le es peculiar y que se deriva del conjunto de sus observaciones meditadas. Esta es la visión personal del mundo que intenta comunicarnos reproduciéndola en un libro. Para conmovernos, como le ha conmovido a él mismo el espectáculo de la vida, debe reproducirla ante nuestros ojos con escrupulosa semejanza. Por lo tanto, deberá componer su obra de una matera tan hábil, tan disimulada y en apariencia tan sencilla, que sea imposible adivinar e indicar el plan, descubrir sus intenciones.
En lugar de tramar una aventura y desarrollarla de modo que resulte interesante hasta el desenlace, tomará al personaje en determinado período de sus existencia y lo conducirá, mediante transiciones naturales, hasta el siguiente período. Así dará a conocer cómo se modifican los caracteres bajo la influencia de las circunstancias inmediatas, cómo se desarrollan los sentimientos y las pasiones, cómo se ama, cómo se odia, cómo se combate en todos los medios sociales, cómo luchan los intereses de familia y los intereses políticos.
Por lo tanto, la habilidad de su plan no consistirá en la emoción o el hechizo, en un comienzo atractivo o en una catástrofe emocionante, sino en la hábil agrupación de pequeños hechos constantes, de donde se desprenderá el sentido definitivo de la obra. Si hace caber en trescientas páginas diez años de una vida para demostrarnos cuál ha sido, en medio de todos lo seres que le han rodeado, su significación particular y muy característica, deberá saber eliminar, entre los innumerables y menudos hechos cotidianos, todos los que le resulten inútiles, y destacar de una manera especial todos aquellos que pasarían inadvertidos para observadores poco perspicaces y que proporcionan al libro su interés y su valor de conjunto.
Se comprende que semejante manera de componer, tan diferente del antiguo procedimiento visible a todos los ojos, desconcierte con frecuencia a los críticos, y que éstos no descubran todos los hilos, tan tenues, tan secretos, casi invisibles, empleados por ciertos artistas modernos en lugar de la trama única cuyo nombre era intriga.
En resumidas cuentas, si el novelista de ayer escogía y relataba las crisis de la vida, los estados agudos del alma y del corazón, el actual novelista escribe la historia del corazón, del alma y de la inteligencia en estado normal. Para producir el estado que persigue, es decir, la emoción de la simple realidad, y para hacer resaltar la enseñanza artística que pretende descubrir, o sea la revelación de lo que es verdaderamente a sus ojos el hombre contemporáneo, deberá emplear tan sólo hechos de una verdad irrecusable y constante.
Pero, al situarnos en el mismo punto de vista de esos artistas, debemos discutir e impugnar su teoría, que paree poder resumirse con estas palabras: «Nada más que la verdad y toda la verdad.»
Siendo su propósito hacer resaltar la filosofía de ciertos hechos constantes y corrientes, deberán modificar con frecuencia los acontecimientos en provecho de la verosimilitud y en menoscabo de la verdad, ya que
Lo verdadero puede, a veces, no ser verosímil
El realista, si es un artista, no intentará mostrarnos la fotografía trivial de la vida, sino proporcionarnos una visión más completa, más sorprendente y más cabal que la de la misma realidad.
Contarlo todo resultaría imposible, ya que en ese caso sería menester, por lo menos, un volumen por día a fin de enumerar la multitud de incidentes insignificantes que llenan nuestra existencia.
Se impone, por tanto, una selección, lo cual significa ya una primera vulneración de la teoría de toda la verdad.
Además, la vida está compuesta por cosas totalmente diferentes, las más imprevistas, las más contrarias, las más contrapuestas; es brutal, sin sucesión, sin encadenamiento, repleta de catástrofes inexplicables, ilógicas y contradictorias, que deben clasificarse en el capítulo de los «sucesos corrientes».
He aquí por qué el artista, una vez elegido el tema, tomará tan sólo, de esta vida repleta de contingencias y casualidades, los detalles característicos útiles a su argumento, y rechazará todo lo demás, todo cuanto quede al margen de él.
Vaya un ejemplo entre mil:
Es considerable el número de personas que mueren a diario víctimas de un accidente. Pero ¿podemos nosotros hacer que caiga una teja sobre la cabeza del personaje principal, o arrojarlo bajo las ruedas de un coche, en medio de una frase, con el pretextos de que deben tenerse en cuenta los accidentes?
La vida, también, deja todo en el mismo plano, precipita los acontecimientos y los prolonga indefinidamente. El arte, en cambio, consiste en usar precauciones y preparaciones, en disponer transiciones sabias y disimuladas, en poner tan sólo en evidencia mediante la habilidad de la composición el grado de relieve que convenga, según su importancia, en provocar la profunda sensación de la verdad especial que se pretende demostrar.
Escribir con verdad consiste, pues, en dar la completa ilusión de lo verdadero, siguiendo la lógica ordinaria de los hechos, y no en transcribirlos servilmente en el desorden de su sucesión.
Deduzco de ello que los realistas de talento deberían llamarse con más propiedad ilusionistas.
Por otra parte, ¡que pueril es creer en la realidad, ya que llevamos cada cual la nuestra en nuestro pensamiento y en nuestros órganos! Nuestros ojos, nuestros oídos, nuestro olfato, nuestro gusto, diferentes, crean tantas verdades como hombres hay en la tierra. Y nuestras mentes, que reciben las instrucciones desde esos órganos, impresionados de una manera diversa, comprenden, analizan y juzgan como si cada uno de nosotros perteneciera a otra raza.
Por lo tanto, cada uno de nosotros se forja sencillamente una ilusión del mundo, ilusión poética, sentimental, gozosa, melancólica, impura o lúgubre, según la naturaleza. Y la misión del escritor no es otra sino reproducir con fidelidad esta ilusión mediante todos los procedimientos del arte que haya aprendido y de que pueda disponer.
¡Ilusión de lo bello, que es una convención humana! ¡Ilusión de lo feo, que es una opinión variable! ¡Ilusión de lo verdadero, jamás invariable! ¡Ilusión de lo innoble, que atrae a tantos seres! Los grandes artistas son aquellos que imponen a la humanidad su ilusión particular.
No nos enojemos, pues, contra ninguna teoría, puesto que cada una de ellas es, simplemente, la expresión generalizada de un temperamento que se analiza.
Están dos, sobre todo, que se han discutido con frecuencia, oponiendo la una a la otra en lugar de admitir ambas: la de la novela de análisis puro y la de la novela objetiva. Los partidarios del análisis instan al escritor para que se dedique a indicarles las menores evoluciones de un carácter y los más secretos móviles que determinan nuestras acciones, concediendo al hecho en sí una importancia tan sólo secundaria. Es el punto de llegada, un simple hito, el pretexto de la novela. Según ellos, habría que escribir, por tanto, esas obras precisas y soñadas en las cuales la imaginación se funde con la observación, del mismo modo que un filósofo compone un libro de sicología; exponer las causas tomándolas en sus más lejanos orígenes, explicar todos los porqués de todos los deseos y discernir todas la reacciones del alma actuando bajo el impulso de los intereses, de las pasiones o de los instintos.
Los partidarios de la objetividad (¡desafortunada palabra!), al pretender, en cambio, proporcionarnos la representación exacta de lo que ocurre en la vida, evitan cuidadosamente toda explicación complicada, toda disertación sobre los motivos, y se limitan a presentar ante nuestros ojos los personajes y los acontecimientos.
Opinan que la sicología debe estar oculta en el libro como lo está en realidad bajo los hechos de la existencia.
La novela, concebida de este modo, adquiere interés, movimiento en el relato, color, vida bulliciosa.
Por tanto, en lugar de explicar extensamente el estado de espíritu de un personaje, los escritores objetivos buscan la acción o el gesto que ese estado de ánimo coloca a ese hombre en una situación determinada. Y hacen que se comporte de tal modo, desde el principio al final del libro, que todos sus actos, todos su movimientos, sean el reflejo de su naturaleza íntima, de todos sus pensamientos, de todos sus deseos, de todos sus titubeos. Por lo tanto, ocultan la sicología en lugar de exhibirla; construyen el esqueleto de la obra, del mismo modo que la osamenta invisible es el esqueleto del cuerpo humano. El pintor que realiza nuestro retrato no descubre nuestro esqueleto.
Creo también que la novela así realizada gana en sinceridad. En primer lugar, porque es más verosímil, ya que las personas que vemos actuar en torno nuestro no nos dicen los móviles a los que obedecen.
Luego hay que tener en cuenta que, si bien a fuerza de observar a los hombres podemos determinar su naturaleza con bastante exactitud, a fin de prever su actitud en casi todas las circunstancias, si bien podemos decir con precisión: «Tal hombre, de tal temperamento, hará esto en tal caso», no se sigue de ello que podamos determinar, una a una, todas las secretas evoluciones de un pensamiento, que no es el nuestro, todas las misteriosas solicitaciones de sus instintos, que no son iguales a los nuestros, todas las incitaciones confusas de su naturaleza, cuyos órganos, nervios sangre y carne son diferentes a los nuestros.
Sea cual sea la inteligencia de un hombre débil, afable, sin pasiones, enamorado tan sólo de la ciencia y el trabajo, nunca se podrá abismar de una manera bastante completa en el alma y el cuerpo de un mozo avispado y exuberante, sensual, violento, agitado por todos los deseos e incluso todos lo vicios, para poder comprender e indicar sus impulsos y sus sensaciones más íntimas aun cuando sí puede prever y relatar perfectamente todos los actos de su vida.
En suma, quien hace sicología pura no puede ponerse en el lugar de todos sus personajes en las diferentes situaciones donde los sitúa, ya que le resulta imposible cambiar sus órganos, que son los únicos intermediarios entre la vida exterior y nosotros, que nos imponen sus percepciones, determinan nuestra sensibilidad y crean en nosotros un alma esencialmente diferente de todo lo que nos rodea. Nuestra visión, nuestro conocimiento del mundo, adquirido mediante la ayuda de los sentidos, nuestras ideas sobre la vida, solamente podemos trasladarlo parcialmente a todos los personajes de los que pretendemos descubrir su ser íntimo y desconocido. Por lo tanto, somos siempre nosotros los que nos mostramos en el cuerpo de un rey, de un asesino, de un ladrón o de un hombre honrado, de una cortesana, de una religiosa, de una joven educada o de una verdulera, ya que estamos obligados a plantearnos el problema de este modo: «Si yo fuera rey, asesino, ladrón, ramera, religiosa, joven educada o verdulera, ¿qué es lo que yo pensaría?, ¿qué es lo que yo haría?, ¿cómo me conduciría?» Por consiguiente, sólo diversificamos a nuestros personajes variándoles la edad, el sexo, la situación social y todas las circunstancias de la vida de nuestro yo, al que la naturaleza ha rodeado de una barrera de órganos infranqueables.
La habilidad consiste en no dejar que el lector reconozca ese yo bajo las máscaras que nos sirven para ocultarlo.
Pero si bien, desde el punto de vista de la absoluta exactitud, es discutible el puro análisis psicológico, puede no obstante proporcionarnos obras de arte tan hermosas como los otros métodos de trabajo.
He aquí actualmente a los simbolistas. ¿Por qué no? Su sueño de artistas es respetable; y lo que es particularmente interesante es que proclaman la extrema dificultad del arte.
En efecto, hay que ser muy loco, muy audaz, muy presumido o muy estúpido para continuar escribiendo hoy en día. Tras tantos maestros de tan variadas naturalezas, de inteligencia múltiple, ¿qué queda por hacer que no se haya hecho y qué queda por decir que no se haya dicho? ¿Quién de nosotros puede vanagloriarse de haber escrito una página, una frase, que no encontremos escrita, casi igual, en otra parte? Cuando leemos, nosotros, que estamos saturados de escritura francesa, que tenemos la impresión de que nuestro cuerpo entero está formado por una masa compuesta por palabras, ¿acertamos con un línea, con un pensamiento que no nos sea familiar y del cual no hayamos tenido, por lo menos, un presentimiento confuso?
El hombre que tan sólo se propone divertir a su público con la ayuda de procedimientos ya conocidos, escribe con seguridad, en el candor de su mediocridad, unas obras destinadas a la muchedumbre ignorante y desocupada, Pero aquellos sobre quienes pesan todos los siglos de la literatura francesa pasada, aquellos a quienes nada satisface, a quienes todo disgusta porque sueñan con algo mejor, a quienes todo les parece ya desflorado, a quienes su obra les da siempre la impresión de un trabajo inútil y común, llegan a juzgar arte literario como algo inaferrable, misterioso, que apenas nos revelan unas páginas de los más famosos maestros.
Veinte versos o vente frases, leídos de corrido, nos conmueven como una revelación sorprendente; pero los versos siguientes se parecen a todos los versos, la prosa que luego sigue se parece a todas las prosas.
Los hombres ingeniosos no sufren, sin duda, estas angustias y estos tormentos, porque llevan consigo una irresistible fuerza creadora. No se juzgan a sí mismos. Los demás, nosotros, que somos simples trabajadores conscientes y tenaces, sólo podemos luchar contra el invencible desaliento mediante la continuidad del esfuerzo. Hay dos hombres que con sus enseñanzas, sencillas y luminosas, me han proporcionado esta fuerza de intentarlo siempre todo: Louis Bouilhet y Gustave Flaubert.
Si hablo aquí de ellos y de mí, débese a que sus consejos, resumidos en pocas líneas, serán quizás útiles a algunos jóvenes menos confiados en sí mismos de los que se suele ser de ordinario cuando se inicia la carrera literaria.
Bouilhet, a quien conocí primero, de una manera algo íntima, unos dos años antes de granjearme la amistad de Flaubert, a fuerza de repetirme que cien versos –o quizá menos- bastan para cimentar la reputación de un artista, si esos versos son irreprochables y contienen la esencia del talento y de la originalidad de un hombre incluso de segundo orden, me hizo comprender que el trabajo continuado y el profundo conocimiento del oficio pueden, un día de lucidez, de orden y de arrebato, mediante la feliz conjunción de un argumento que concuerde bien con todas las tendencias de nuestro espíritu, provocar esta aparición de la obra corta, única y tan perfecta como somos capaces de crearla.
Comprendí que los escritores más conocidos nunca han dejado más de un volumen, y que es preciso, ante todo, tener la suerte de encontrar y descubrir, en medio de la multitud de materias que se presentan a nuestra elección, aquella que absorberá todas nuestras facultades, toda nuestra valía, toda nuestra potencia artística.
Más adelante, Flaubert, a quien veía con frecuencia, me honró con su amistad, Me atreví a someterle algunos ensayos. Los leyó bondadosamente y me respondió: «Ignoro si tendrá usted talento. Lo que me entrega revela cierta inteligencia, pero no olvide usted esto, joven: el talento en frase de Bufón, es tan sólo una larga paciencia. Trabaje»
Trabajé y volví con frecuencia a su casa, dándome cuenta de que le caía en gracia, ya que me llamaba, sonriendo, su discípulo.
Durante siete años escribí versos, cuentos, novelas e incluso un drama abominable. Nada quedó de todo ello. El maestro lo leía todo; luego, el domingo siguiente, mientras almorzaba, desarrollaba sus críticas e infundía en mí, poco a poco, dos o tres principios que son el resumen de sus largas y pacientes enseñanzas: «Si se poseé una originalidad –decía-, es preciso destacarla; si no se posee, es preciso adquirirla.»
«El talento es una larga paciencia»; se trata de observar todo cuanto se pretende expresar, con tiempo suficiente y suficiente atención para descubrir en ello un aspecto que nadie haya observado ni dicho. En todas las cosas existe algo inexplorado, porque estamos acostumbrados a servirnos de nuestros ojos sólo con el recuerdo de lo que pensaron otros antes que nosotros sobre lo que contemplamos. La menor cosa tiene algo desconocido. Encontrémoslo. Para descubrir un fuego que arde y un árbol en una llanura, permanezcamos frente a ese fuego y a ese árbol hasta que no se parezcan, para nosotros, a ningún otro árbol y a ningún otro fuego.
Esta es la manera de llegar a ser original.
Además, tras haber planteado esa verdad de que en el mundo entero no existen dos granos de arena, de moscas, dos manos o dos narices iguales totalmente, me obligaba a expresar, con unas cuantas frases, un ser o un objeto de forma tal a particularizarlo claramente, a distinguirlo de todos los otros seres o de otros objetos de la misma raza y de la misma especie.
«Cuando pasáis –me decía- ante un abacero sentado a la puerta de su tienda, ante un portero que fuma su pipa, ante una parada de coches de alquiler, mostradme a ese abacero y a ese portero, su actitud, toda su apariencia física indicada por medio de la maña de la imagen, toda su naturaleza moral, de manera que no los confunda con ningún otro abacero o ningún otro portero, y hacedme ver, mediante una sola palabra, en qué se diferencia un caballo de coche de punto de los otros cincuenta que le siguen o le preceden.»
He desarrollado en otro lugar sus ideas sobre el estilo. Guardan mucha relación con la teoría de la observación que acabo de exponer.
Sea cual sea lo que queramos decir, existe una sola palabra para expresarlo, un verbo para animarlo y un adjetivo para calificarlo. Por lo tanto, es preciso buscar, hasta descubrirlos, esa palabra, ese verbo y ese adjetivo, y no contentarse nunca con algo aproximado, no recurrir jamás a supercherías, aunque sean afortunadas, a equilibrios lingüísticos para evitar la dificultad.
Se pueden traducir e indicar las cosas más sutiles aplicando este verso de Boileau:
Mostró el poder de una palabra colocada en su lugar.
No es en absoluto necesario recurrir al vocabulario extravagante, complicado, numeroso e ininteligible que se nos impone hoy día, bajo el nombre de escritura artística, para fijar todos los matices del pensamiento; sino que deben distinguirse con extrema lucidez todas las modificaciones del valor de una palabra según el lugar que ocupa. Utilicemos menos nombres, verbos y adjetivos de un sentido casi incomprensible y más frases diferentes, diversamente construidas, ingeniosamente cortadas, repletas de sonoridades y ritmos sabios. Esforcémonos en ser unos excelentes estilistas en lugar de coleccionistas de palabras raras.
En efecto, es más difícil manejar la frase a nuestro antojo, lograr que lo diga todo, incluso aquello que no expresa, llenarla de sobreentendidos, de secretas intenciones no formuladas, que inventar nuevas expresiones o buscar, en lo más profundo de antiguos y desconocidos libros, todas aquellas cuyo uso y significado se ha ido perdiendo y que son, para nosotros, como expresiones muertas.
Por otra parte, la lengua francesa es un agua pura que los escritores amanerados no han logrado ni lograrán jamás enturbiar. Cada siglo ha echado en esa límpida corriente sus modas, sus arcaísmos pretenciosos y sus preciosismos, sin que prevalezca ninguno de esos inútiles intentos, de esos esfuerzos impotentes. La naturaleza propia a esta lengua consiste en ser clara, lógica y nerviosa. No se debe debilitar, oscurecer o corromper.
Los que hoy día construyen imágenes sin prestar atención a los términos abstractos, los que hacen caer el granizo o la lluvia sobre la «limpieza» de los cristales, pueden también lanzar piedras a la sencillez de sus colegas. Acaso los alcancen, porque poseen un cuerpo, pero jamás alcanzarán a la sencillez, porque carece de él.
GUY DE MAUPASSANT
La Guillette, Étretat, septiembre de 1887
**
Fuente: iesxunqueira1.com/maupassant
(Francia, 1850-1893)
Prólogo a Pedro y Juan
No es mi intención abogar a favor de la novelita que sigue. Por el contrario, las ideas que intentaré hacer comprender implicarían más bien la crítica del género llamado de estudio psicológico, estudio que he emprendido en Pedro y Juan.
Voy a ocuparme de la novela en general.
No soy el único a quien los mismo críticos dirigen el mismo reproche cada vez que aparece un nuevo libro.
Entre las frases de elogio, encuentro por lo general la siguiente, debida a las mismas plumas:
“El mayor defecto de esta obra es que, propiamente hablando, no es una novela”.
Ahora bien, podría responderse con el mismo argumento:
“El mayor defecto del escritor que me honra con su juicio es que no es un crítico.”
¿Cuáles son, en efecto, los caracteres esenciales de un crítico?
Es preciso que, sin prejuicio alguno, ni opiniones preconcebidas, sin ideas de escuela, sin compromisos con ningún grupo de artistas, comprenda, distinga y explique las tendencias más opuestas, los temperamentos más contrapuestos y admita las más diversas búsquedas del arte.
Así pues, el crítico que tras Manon Lescout, Pablo y Virginia, Don Quijote, Las amistades peligrosas, Werther, Las afinidades electivas, Clarisse Harlowe, Emile, Candide, Cincq-Mars, René, Los tres mosqueteros, Mauprat, Papá Goriot, La prima Bette, Colomba, El rojo y el negro, Mademoiselle de Maupin, Nuestra Señora de París, Salambó, Madame Bovary, Adolfo, El señor de Camors, L’assomoir, Sapo, etcétera, se atreve a escribir también: “Esto es una novela y aquello no lo es”, me parece que está dotado de una perspicacia que se asemeja mucho a la incompetencia.
Por lo general, este crítico entiende por novela una aventura más o menos verosímil, dispuesta como una obra teatral en tres actos, de los que el primero contiene la exposición, el segundo la acción y el tercero el desenlace.
Este modo de componer es absolutamente admisible, pero a condición de que se acepten todos los demás.
¿Existen reglas para escribir una novela, fuera de las cuales una historia escrita debiera llamarse de otro modo?
Si Don Quijote es una novela, ¿no lo es también El rojo y el negro? Si El Conde de Montecristo es una novela, ¿ no lo es también L’assomoir? ¿Puede establecerse una comparación entre Las afinidades colectivas de Goethe, Los tres mosqueteros de Dumas, Madame Bovary de Flaubert, El Señor de Camor de M.O. Feuillet y Germinal de Zola? ¿Cuál de estas obras es una novela? ¿Cuáles son esas famosas reglas? ¿De donde proceden? ¿Quién las ha establecido? ¿En virtud de qué principio, de qué autoridad y de qué razonamientos?
No obstante, parece ser que esos críticos saben de una manera cierta, indudable, lo que constituye una novela y lo que la distingue de otra que no lo es. Esto, sencillamente, significa que sin ser productores están agrupados en una escuela y rechazan, a la manera de los mismos novelistas, todas las obras concebidas y realizadas fuera de su estética.
En cambio, lo que debería hacer un crítico inteligente es buscar aquello que menos se parece a las novelas ya escritas y estimular todo lo posible a los jóvenes para que emprendan nuevos caminos.
Todos los escritores, Victor Hugo igual que Zola, han reclamado con insistencia el derecho absoluto, derecho indiscutible de componer, es decir, de imaginar u observar de acuerdo con su concepto personal del arte. El talento procede de la originalidad que es una manera especial de pensar, de ver, de comprender y de juzgar.
Así pues, el crítico que pretende definir la novela según la idea que de ella se ha forjado con arreglo a las novelas que prefiere, y establecer ciertas reglas invariables de composición, luchará siempre contra un temperamento de artista que aporte un nuevo procedimiento. Un crítico totalmente merecedor de este nombre debería ser tan sólo un analista exento de tendencias, de preferencias, de pasiones, etcétera, y apreciar tan sólo, al igual que un perito en pintura, el valor artístico del objeto de arte que se le somete. Su comprensión, abierta a todo, debe absorber hasta tal punto su personalidad, que pueda descubrir y alabar incluso los libros que no le satisfacen como hombre, pero que debe comprender como juez.
Pero la mayor parte de los críticos no son, en realidad, más que lectores, y el resultado es que nos censuran casi siempre erróneamente o que nos elogian sin reserva y sin tino.
El lector, que únicamente busca en un libro satisfacer la tendencia natural de su espíritu, pide al escritor que responda a su gusto predominante y califica invariablemente como bien escrita la obra o el párrafo que agrada a su imaginación idealista, alegre, picaresca, triste, soñadora o positiva.
En suma, el público está compuesto por numeroso grupos que nos gritan:
«Consoladme.»
«Distraedme.»
«Entristecedme.»
«Enternecedme.»
«Hacedme soñar.»
«Hacedme reír.»
«Haced que me estremezca.»
«Hacedme llorar.»
«Hacedme pensar.»
Tan sólo algunos espíritus selectos piden al artista:
«Escribid algo bello, en la forma que mejor os cuadre, según vuestro temperamento.»
El artista lo intenta y triunfa o fracasa.
El crítico sólo debe apreciar el resultado con arreglo a la naturaleza del esfuerzo; y no le asiste el derecho a preocuparse de las tendencias.
Esto se ha escrito ya mil veces, pero habrá que seguir repitiéndolo.
Así pues, tras las escuelas literarias que han querido darnos una visión deformada, sobrehumana, poética, enternecedora, encantadora o soberbia de la vida, vino una escuela realista o naturalista que pretendió indicarnos la verdad, nada más que la verdad y toda la verdad.
Es preciso admitir con el mismo interés esas teorías de arte tan diferentes y juzgar las obras que producen únicamente desde el punto de vista de su valor artístico, aceptando a priori las ideas generales que les han dado vida.
Discutir el derecho que asiste a un escritor para hacer una obra poética o realista es quererle forzar a modificar su temperamento, recusar su originalidad y no permitirle utilizar la visión y la inteligencia que le proporcionó la naturaleza.
Echarle en cara que vea las cosas hermosas o feas, pequeñas o épicas, graciosas o siniestras, es como reprocharle estar configurado de tal o cual manera y no tener una visión que concuerde con la nuestra.
Dejémosle en libertad para comprender, observar, concebir como guste, mientras sea un artista. Procuremos exaltarnos poéticamente para juzgar a un idealista y demostrémosle que su sueño es mezquino, trivial, no lo bastante extravagante o magnífico. Pero si juzgamos a un naturalista, indiquémosle en qué difiere la verdad de la vida de la verdad de su libro.
Es evidente que tan distintas escuelas han debido emplear procedimientos de composición totalmente opuestos.
El novelista que transforma la verdad constante, brutal y desagradable, para lograr una aventura excepcional y seductora, debe, sin preocuparse demasiado por la verosimilitud, manejar a su antojo los acontecimientos, prepararlos y arreglarlos para complacer al lector, emocionarle o enternecerle. El plan de su novela no es más que una serie de combinaciones ingeniosas que conducen con habilidad al desenlace. Los incidentes se disponen y dirigen hacia el punto culminante, y el resultado final, que es un acontecimiento capital y decisivo, debe satisfacer todas las curiosidades excitadas al principio, poniendo un limite al interés y acabando de una manera tan completa la historia relatada, que ya no se desee saber qué les ocurrirá en el futuro a los personajes más sobresalientes.
En cambio, el novelista que pretende darnos una imagen exacta de la vida debe evitar cuidadosamente cualquier encadenamiento de hechos que pudiera parecer excepcional. Su finalidad no estriba en contarnos una historia, divertirnos o entristecernos, sino en forzarnos a pensar, a comprender el sentido profundo y oculto de los sucesos. A fuerza de observar y meditar, mira el universo, las cosas, los hechos y los hombres de cierto modo que le es peculiar y que se deriva del conjunto de sus observaciones meditadas. Esta es la visión personal del mundo que intenta comunicarnos reproduciéndola en un libro. Para conmovernos, como le ha conmovido a él mismo el espectáculo de la vida, debe reproducirla ante nuestros ojos con escrupulosa semejanza. Por lo tanto, deberá componer su obra de una matera tan hábil, tan disimulada y en apariencia tan sencilla, que sea imposible adivinar e indicar el plan, descubrir sus intenciones.
En lugar de tramar una aventura y desarrollarla de modo que resulte interesante hasta el desenlace, tomará al personaje en determinado período de sus existencia y lo conducirá, mediante transiciones naturales, hasta el siguiente período. Así dará a conocer cómo se modifican los caracteres bajo la influencia de las circunstancias inmediatas, cómo se desarrollan los sentimientos y las pasiones, cómo se ama, cómo se odia, cómo se combate en todos los medios sociales, cómo luchan los intereses de familia y los intereses políticos.
Por lo tanto, la habilidad de su plan no consistirá en la emoción o el hechizo, en un comienzo atractivo o en una catástrofe emocionante, sino en la hábil agrupación de pequeños hechos constantes, de donde se desprenderá el sentido definitivo de la obra. Si hace caber en trescientas páginas diez años de una vida para demostrarnos cuál ha sido, en medio de todos lo seres que le han rodeado, su significación particular y muy característica, deberá saber eliminar, entre los innumerables y menudos hechos cotidianos, todos los que le resulten inútiles, y destacar de una manera especial todos aquellos que pasarían inadvertidos para observadores poco perspicaces y que proporcionan al libro su interés y su valor de conjunto.
Se comprende que semejante manera de componer, tan diferente del antiguo procedimiento visible a todos los ojos, desconcierte con frecuencia a los críticos, y que éstos no descubran todos los hilos, tan tenues, tan secretos, casi invisibles, empleados por ciertos artistas modernos en lugar de la trama única cuyo nombre era intriga.
En resumidas cuentas, si el novelista de ayer escogía y relataba las crisis de la vida, los estados agudos del alma y del corazón, el actual novelista escribe la historia del corazón, del alma y de la inteligencia en estado normal. Para producir el estado que persigue, es decir, la emoción de la simple realidad, y para hacer resaltar la enseñanza artística que pretende descubrir, o sea la revelación de lo que es verdaderamente a sus ojos el hombre contemporáneo, deberá emplear tan sólo hechos de una verdad irrecusable y constante.
Pero, al situarnos en el mismo punto de vista de esos artistas, debemos discutir e impugnar su teoría, que paree poder resumirse con estas palabras: «Nada más que la verdad y toda la verdad.»
Siendo su propósito hacer resaltar la filosofía de ciertos hechos constantes y corrientes, deberán modificar con frecuencia los acontecimientos en provecho de la verosimilitud y en menoscabo de la verdad, ya que
Lo verdadero puede, a veces, no ser verosímil
El realista, si es un artista, no intentará mostrarnos la fotografía trivial de la vida, sino proporcionarnos una visión más completa, más sorprendente y más cabal que la de la misma realidad.
Contarlo todo resultaría imposible, ya que en ese caso sería menester, por lo menos, un volumen por día a fin de enumerar la multitud de incidentes insignificantes que llenan nuestra existencia.
Se impone, por tanto, una selección, lo cual significa ya una primera vulneración de la teoría de toda la verdad.
Además, la vida está compuesta por cosas totalmente diferentes, las más imprevistas, las más contrarias, las más contrapuestas; es brutal, sin sucesión, sin encadenamiento, repleta de catástrofes inexplicables, ilógicas y contradictorias, que deben clasificarse en el capítulo de los «sucesos corrientes».
He aquí por qué el artista, una vez elegido el tema, tomará tan sólo, de esta vida repleta de contingencias y casualidades, los detalles característicos útiles a su argumento, y rechazará todo lo demás, todo cuanto quede al margen de él.
Vaya un ejemplo entre mil:
Es considerable el número de personas que mueren a diario víctimas de un accidente. Pero ¿podemos nosotros hacer que caiga una teja sobre la cabeza del personaje principal, o arrojarlo bajo las ruedas de un coche, en medio de una frase, con el pretextos de que deben tenerse en cuenta los accidentes?
La vida, también, deja todo en el mismo plano, precipita los acontecimientos y los prolonga indefinidamente. El arte, en cambio, consiste en usar precauciones y preparaciones, en disponer transiciones sabias y disimuladas, en poner tan sólo en evidencia mediante la habilidad de la composición el grado de relieve que convenga, según su importancia, en provocar la profunda sensación de la verdad especial que se pretende demostrar.
Escribir con verdad consiste, pues, en dar la completa ilusión de lo verdadero, siguiendo la lógica ordinaria de los hechos, y no en transcribirlos servilmente en el desorden de su sucesión.
Deduzco de ello que los realistas de talento deberían llamarse con más propiedad ilusionistas.
Por otra parte, ¡que pueril es creer en la realidad, ya que llevamos cada cual la nuestra en nuestro pensamiento y en nuestros órganos! Nuestros ojos, nuestros oídos, nuestro olfato, nuestro gusto, diferentes, crean tantas verdades como hombres hay en la tierra. Y nuestras mentes, que reciben las instrucciones desde esos órganos, impresionados de una manera diversa, comprenden, analizan y juzgan como si cada uno de nosotros perteneciera a otra raza.
Por lo tanto, cada uno de nosotros se forja sencillamente una ilusión del mundo, ilusión poética, sentimental, gozosa, melancólica, impura o lúgubre, según la naturaleza. Y la misión del escritor no es otra sino reproducir con fidelidad esta ilusión mediante todos los procedimientos del arte que haya aprendido y de que pueda disponer.
¡Ilusión de lo bello, que es una convención humana! ¡Ilusión de lo feo, que es una opinión variable! ¡Ilusión de lo verdadero, jamás invariable! ¡Ilusión de lo innoble, que atrae a tantos seres! Los grandes artistas son aquellos que imponen a la humanidad su ilusión particular.
No nos enojemos, pues, contra ninguna teoría, puesto que cada una de ellas es, simplemente, la expresión generalizada de un temperamento que se analiza.
Están dos, sobre todo, que se han discutido con frecuencia, oponiendo la una a la otra en lugar de admitir ambas: la de la novela de análisis puro y la de la novela objetiva. Los partidarios del análisis instan al escritor para que se dedique a indicarles las menores evoluciones de un carácter y los más secretos móviles que determinan nuestras acciones, concediendo al hecho en sí una importancia tan sólo secundaria. Es el punto de llegada, un simple hito, el pretexto de la novela. Según ellos, habría que escribir, por tanto, esas obras precisas y soñadas en las cuales la imaginación se funde con la observación, del mismo modo que un filósofo compone un libro de sicología; exponer las causas tomándolas en sus más lejanos orígenes, explicar todos los porqués de todos los deseos y discernir todas la reacciones del alma actuando bajo el impulso de los intereses, de las pasiones o de los instintos.
Los partidarios de la objetividad (¡desafortunada palabra!), al pretender, en cambio, proporcionarnos la representación exacta de lo que ocurre en la vida, evitan cuidadosamente toda explicación complicada, toda disertación sobre los motivos, y se limitan a presentar ante nuestros ojos los personajes y los acontecimientos.
Opinan que la sicología debe estar oculta en el libro como lo está en realidad bajo los hechos de la existencia.
La novela, concebida de este modo, adquiere interés, movimiento en el relato, color, vida bulliciosa.
Por tanto, en lugar de explicar extensamente el estado de espíritu de un personaje, los escritores objetivos buscan la acción o el gesto que ese estado de ánimo coloca a ese hombre en una situación determinada. Y hacen que se comporte de tal modo, desde el principio al final del libro, que todos sus actos, todos su movimientos, sean el reflejo de su naturaleza íntima, de todos sus pensamientos, de todos sus deseos, de todos sus titubeos. Por lo tanto, ocultan la sicología en lugar de exhibirla; construyen el esqueleto de la obra, del mismo modo que la osamenta invisible es el esqueleto del cuerpo humano. El pintor que realiza nuestro retrato no descubre nuestro esqueleto.
Creo también que la novela así realizada gana en sinceridad. En primer lugar, porque es más verosímil, ya que las personas que vemos actuar en torno nuestro no nos dicen los móviles a los que obedecen.
Luego hay que tener en cuenta que, si bien a fuerza de observar a los hombres podemos determinar su naturaleza con bastante exactitud, a fin de prever su actitud en casi todas las circunstancias, si bien podemos decir con precisión: «Tal hombre, de tal temperamento, hará esto en tal caso», no se sigue de ello que podamos determinar, una a una, todas las secretas evoluciones de un pensamiento, que no es el nuestro, todas las misteriosas solicitaciones de sus instintos, que no son iguales a los nuestros, todas las incitaciones confusas de su naturaleza, cuyos órganos, nervios sangre y carne son diferentes a los nuestros.
Sea cual sea la inteligencia de un hombre débil, afable, sin pasiones, enamorado tan sólo de la ciencia y el trabajo, nunca se podrá abismar de una manera bastante completa en el alma y el cuerpo de un mozo avispado y exuberante, sensual, violento, agitado por todos los deseos e incluso todos lo vicios, para poder comprender e indicar sus impulsos y sus sensaciones más íntimas aun cuando sí puede prever y relatar perfectamente todos los actos de su vida.
En suma, quien hace sicología pura no puede ponerse en el lugar de todos sus personajes en las diferentes situaciones donde los sitúa, ya que le resulta imposible cambiar sus órganos, que son los únicos intermediarios entre la vida exterior y nosotros, que nos imponen sus percepciones, determinan nuestra sensibilidad y crean en nosotros un alma esencialmente diferente de todo lo que nos rodea. Nuestra visión, nuestro conocimiento del mundo, adquirido mediante la ayuda de los sentidos, nuestras ideas sobre la vida, solamente podemos trasladarlo parcialmente a todos los personajes de los que pretendemos descubrir su ser íntimo y desconocido. Por lo tanto, somos siempre nosotros los que nos mostramos en el cuerpo de un rey, de un asesino, de un ladrón o de un hombre honrado, de una cortesana, de una religiosa, de una joven educada o de una verdulera, ya que estamos obligados a plantearnos el problema de este modo: «Si yo fuera rey, asesino, ladrón, ramera, religiosa, joven educada o verdulera, ¿qué es lo que yo pensaría?, ¿qué es lo que yo haría?, ¿cómo me conduciría?» Por consiguiente, sólo diversificamos a nuestros personajes variándoles la edad, el sexo, la situación social y todas las circunstancias de la vida de nuestro yo, al que la naturaleza ha rodeado de una barrera de órganos infranqueables.
La habilidad consiste en no dejar que el lector reconozca ese yo bajo las máscaras que nos sirven para ocultarlo.
Pero si bien, desde el punto de vista de la absoluta exactitud, es discutible el puro análisis psicológico, puede no obstante proporcionarnos obras de arte tan hermosas como los otros métodos de trabajo.
He aquí actualmente a los simbolistas. ¿Por qué no? Su sueño de artistas es respetable; y lo que es particularmente interesante es que proclaman la extrema dificultad del arte.
En efecto, hay que ser muy loco, muy audaz, muy presumido o muy estúpido para continuar escribiendo hoy en día. Tras tantos maestros de tan variadas naturalezas, de inteligencia múltiple, ¿qué queda por hacer que no se haya hecho y qué queda por decir que no se haya dicho? ¿Quién de nosotros puede vanagloriarse de haber escrito una página, una frase, que no encontremos escrita, casi igual, en otra parte? Cuando leemos, nosotros, que estamos saturados de escritura francesa, que tenemos la impresión de que nuestro cuerpo entero está formado por una masa compuesta por palabras, ¿acertamos con un línea, con un pensamiento que no nos sea familiar y del cual no hayamos tenido, por lo menos, un presentimiento confuso?
El hombre que tan sólo se propone divertir a su público con la ayuda de procedimientos ya conocidos, escribe con seguridad, en el candor de su mediocridad, unas obras destinadas a la muchedumbre ignorante y desocupada, Pero aquellos sobre quienes pesan todos los siglos de la literatura francesa pasada, aquellos a quienes nada satisface, a quienes todo disgusta porque sueñan con algo mejor, a quienes todo les parece ya desflorado, a quienes su obra les da siempre la impresión de un trabajo inútil y común, llegan a juzgar arte literario como algo inaferrable, misterioso, que apenas nos revelan unas páginas de los más famosos maestros.
Veinte versos o vente frases, leídos de corrido, nos conmueven como una revelación sorprendente; pero los versos siguientes se parecen a todos los versos, la prosa que luego sigue se parece a todas las prosas.
Los hombres ingeniosos no sufren, sin duda, estas angustias y estos tormentos, porque llevan consigo una irresistible fuerza creadora. No se juzgan a sí mismos. Los demás, nosotros, que somos simples trabajadores conscientes y tenaces, sólo podemos luchar contra el invencible desaliento mediante la continuidad del esfuerzo. Hay dos hombres que con sus enseñanzas, sencillas y luminosas, me han proporcionado esta fuerza de intentarlo siempre todo: Louis Bouilhet y Gustave Flaubert.
Si hablo aquí de ellos y de mí, débese a que sus consejos, resumidos en pocas líneas, serán quizás útiles a algunos jóvenes menos confiados en sí mismos de los que se suele ser de ordinario cuando se inicia la carrera literaria.
Bouilhet, a quien conocí primero, de una manera algo íntima, unos dos años antes de granjearme la amistad de Flaubert, a fuerza de repetirme que cien versos –o quizá menos- bastan para cimentar la reputación de un artista, si esos versos son irreprochables y contienen la esencia del talento y de la originalidad de un hombre incluso de segundo orden, me hizo comprender que el trabajo continuado y el profundo conocimiento del oficio pueden, un día de lucidez, de orden y de arrebato, mediante la feliz conjunción de un argumento que concuerde bien con todas las tendencias de nuestro espíritu, provocar esta aparición de la obra corta, única y tan perfecta como somos capaces de crearla.
Comprendí que los escritores más conocidos nunca han dejado más de un volumen, y que es preciso, ante todo, tener la suerte de encontrar y descubrir, en medio de la multitud de materias que se presentan a nuestra elección, aquella que absorberá todas nuestras facultades, toda nuestra valía, toda nuestra potencia artística.
Más adelante, Flaubert, a quien veía con frecuencia, me honró con su amistad, Me atreví a someterle algunos ensayos. Los leyó bondadosamente y me respondió: «Ignoro si tendrá usted talento. Lo que me entrega revela cierta inteligencia, pero no olvide usted esto, joven: el talento en frase de Bufón, es tan sólo una larga paciencia. Trabaje»
Trabajé y volví con frecuencia a su casa, dándome cuenta de que le caía en gracia, ya que me llamaba, sonriendo, su discípulo.
Durante siete años escribí versos, cuentos, novelas e incluso un drama abominable. Nada quedó de todo ello. El maestro lo leía todo; luego, el domingo siguiente, mientras almorzaba, desarrollaba sus críticas e infundía en mí, poco a poco, dos o tres principios que son el resumen de sus largas y pacientes enseñanzas: «Si se poseé una originalidad –decía-, es preciso destacarla; si no se posee, es preciso adquirirla.»
«El talento es una larga paciencia»; se trata de observar todo cuanto se pretende expresar, con tiempo suficiente y suficiente atención para descubrir en ello un aspecto que nadie haya observado ni dicho. En todas las cosas existe algo inexplorado, porque estamos acostumbrados a servirnos de nuestros ojos sólo con el recuerdo de lo que pensaron otros antes que nosotros sobre lo que contemplamos. La menor cosa tiene algo desconocido. Encontrémoslo. Para descubrir un fuego que arde y un árbol en una llanura, permanezcamos frente a ese fuego y a ese árbol hasta que no se parezcan, para nosotros, a ningún otro árbol y a ningún otro fuego.
Esta es la manera de llegar a ser original.
Además, tras haber planteado esa verdad de que en el mundo entero no existen dos granos de arena, de moscas, dos manos o dos narices iguales totalmente, me obligaba a expresar, con unas cuantas frases, un ser o un objeto de forma tal a particularizarlo claramente, a distinguirlo de todos los otros seres o de otros objetos de la misma raza y de la misma especie.
«Cuando pasáis –me decía- ante un abacero sentado a la puerta de su tienda, ante un portero que fuma su pipa, ante una parada de coches de alquiler, mostradme a ese abacero y a ese portero, su actitud, toda su apariencia física indicada por medio de la maña de la imagen, toda su naturaleza moral, de manera que no los confunda con ningún otro abacero o ningún otro portero, y hacedme ver, mediante una sola palabra, en qué se diferencia un caballo de coche de punto de los otros cincuenta que le siguen o le preceden.»
He desarrollado en otro lugar sus ideas sobre el estilo. Guardan mucha relación con la teoría de la observación que acabo de exponer.
Sea cual sea lo que queramos decir, existe una sola palabra para expresarlo, un verbo para animarlo y un adjetivo para calificarlo. Por lo tanto, es preciso buscar, hasta descubrirlos, esa palabra, ese verbo y ese adjetivo, y no contentarse nunca con algo aproximado, no recurrir jamás a supercherías, aunque sean afortunadas, a equilibrios lingüísticos para evitar la dificultad.
Se pueden traducir e indicar las cosas más sutiles aplicando este verso de Boileau:
Mostró el poder de una palabra colocada en su lugar.
No es en absoluto necesario recurrir al vocabulario extravagante, complicado, numeroso e ininteligible que se nos impone hoy día, bajo el nombre de escritura artística, para fijar todos los matices del pensamiento; sino que deben distinguirse con extrema lucidez todas las modificaciones del valor de una palabra según el lugar que ocupa. Utilicemos menos nombres, verbos y adjetivos de un sentido casi incomprensible y más frases diferentes, diversamente construidas, ingeniosamente cortadas, repletas de sonoridades y ritmos sabios. Esforcémonos en ser unos excelentes estilistas en lugar de coleccionistas de palabras raras.
En efecto, es más difícil manejar la frase a nuestro antojo, lograr que lo diga todo, incluso aquello que no expresa, llenarla de sobreentendidos, de secretas intenciones no formuladas, que inventar nuevas expresiones o buscar, en lo más profundo de antiguos y desconocidos libros, todas aquellas cuyo uso y significado se ha ido perdiendo y que son, para nosotros, como expresiones muertas.
Por otra parte, la lengua francesa es un agua pura que los escritores amanerados no han logrado ni lograrán jamás enturbiar. Cada siglo ha echado en esa límpida corriente sus modas, sus arcaísmos pretenciosos y sus preciosismos, sin que prevalezca ninguno de esos inútiles intentos, de esos esfuerzos impotentes. La naturaleza propia a esta lengua consiste en ser clara, lógica y nerviosa. No se debe debilitar, oscurecer o corromper.
Los que hoy día construyen imágenes sin prestar atención a los términos abstractos, los que hacen caer el granizo o la lluvia sobre la «limpieza» de los cristales, pueden también lanzar piedras a la sencillez de sus colegas. Acaso los alcancen, porque poseen un cuerpo, pero jamás alcanzarán a la sencillez, porque carece de él.
GUY DE MAUPASSANT
La Guillette, Étretat, septiembre de 1887
**
Fuente: iesxunqueira1.com/maupassant
Suscribirse a:
Entradas (Atom)
Somos parecidos a esos sapos que en la austera noche de los pantanos se llaman sin verse, doblegando con su grito de amor toda la fatalidad del universo.
René Char
No haría falta amar a los hombres para darles una ayuda real. Sólo desear hacer mejor cierta expresión de su mirada cuando se detiene en algo más empobrecido que ellos, prolongar en un segundo cierto minuto agradable de su vida. A partir de esta diligencia y cada raíz tratada, su respiración se haría más serena. Sobre todo, no suprimirles por entero esos senderos penosos, a cuyo esfuerzo sucede la evidencia de la verdad a través de los llantos y los frutos.
René Char
René Char
No haría falta amar a los hombres para darles una ayuda real. Sólo desear hacer mejor cierta expresión de su mirada cuando se detiene en algo más empobrecido que ellos, prolongar en un segundo cierto minuto agradable de su vida. A partir de esta diligencia y cada raíz tratada, su respiración se haría más serena. Sobre todo, no suprimirles por entero esos senderos penosos, a cuyo esfuerzo sucede la evidencia de la verdad a través de los llantos y los frutos.
René Char