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sábado, 21 de abril de 2018

En el Père-Lachaise, me asaltó un asco hacia la humanidad profundo y doloroso

GEORGE SAND 

Amandine Aurore Lucie Dupin
(Francia, 1804-1876)

y GUSTAVE FLAUBERT  
(Ruan, Alta Normandía; 1821-Croisset, Baja Normandía; 1880) 

Cartas
.SAND A FLAUBERT
[Nohant, 1 de octubre de 1866]
Lunes por la tarde
Querido amigo,
Su carta me ha llegado desde París. Así que la tengo. Demasiado hay en ella como para perdérmela. No me habla usted de inundaciones. Supongo, pues, que el Sena no ha hecho barbaridades en su casa y que el tulipero no ha empapado sus raíces. Temo cualquier fastidio para ustedes, y me pregunto si el terraplén ha sido lo bastante alto para protegerlos. Aquí, nosotros no tenemos nada que temer de ese estilo. Nuestros arroyos son bastante traviesos, pero los tenemos lejos.
Dichoso usted, que tiene recuerdos tan nítidos de otras existencias. Mucha imaginación y mucha erudición, he ahí su memoria. Pero, si uno no recuerda nada tan distintamente, llega a tener un sentimiento vivísimo de su propia renovación en la eternidad. Yo tenía un hermano muy gracioso que a menudo decía: cuando yo era perro… Creía ser hombre desde hacía bien poco. Yo creo que he sido vegetal o piedra. No estoy siempre segura de existir completamente, y otras veces creo sentir una gran fatiga acumulada por haber existido demasiado. En fin, no sé, y no podría, como usted, decir: poseo el pasado. Pero, entonces, ¿usted cree que uno no muere, sino que vuelve a ser? Si osa decir eso a los incrédulos, tiene valor, y eso es bueno. Yo sí tengo ese coraje, lo cual me hace pasar por imbécil, pero no arriesgo nada: ¡soy imbécil desde tantos otros puntos de vista!
Estaría encantada de tener su impresión por escrito sobre la Bretaña. Yo no he visto lo suficiente como para hablar de ello. Pero buscaba una impresión general, y me sirvió para reconstruir una o dos escenas que necesitaba. También se lo leeré, aunque todavía es un engendro informe. ¿Por qué su crónica se quedó inédita? Es usted coqueto; no encuentra todo lo que hace digno de ser mostrado. Es un error. Todo lo que proviene de un maestro es enseñanza, y no debe tener miedo a mostrar sus croquis y sus esbozos. Incluso éstos están muy por encima del lector, y se le dan tantas cosas de su nivel que el pobre diablo permanece en la vulgaridad. Hay que amar a los estúpidos más que a uno mismo, ¿acaso no son ellos los verdaderos desgraciados de este mundo? ¿No son las personas sin gusto y sin ideal las que se aburren, no gozan de nada y no sirven para nada? Es inevitable ser maltratado, escarnecido y desconocido por ellos. Pero no por ello hay que abandonarlos, y siempre hay que tirarles buen pan, que prefieren a la m… Cuando estén hartos de basura, comerán el pan, pero si no lo hay, se comerán la m… in secula seculorum.
Le he oído decir a usted: Yo no escribo más que para diez o doce personas. En las charlas se dicen un montón de cosas que son resultado de la impresión del momento. Pero no es el único que lo dice. Es la opinión, o la tesis, del día. Yo protesté interiormente. Las doce personas para las cuales escribe y que lo aprecian, lo igualan o lo superan. Y, a su vez, nunca ha tenido necesidad de leer a las once restantes para ser usted. Por lo tanto, uno escribe para todo el mundo, para cualquiera que necesite ser iniciado. Cuando no somos comprendidos, nos resignamos y volvemos a empezar.
Cuando lo somos, nos alegramos y continuamos. He ahí todo el secreto de nuestro trabajo perseverante y de nuestro amor por el arte. ¿Qué es el arte sin los corazones y los espíritus donde uno lo vierte? Un sol que no proyectaría sus rayos y que no daría vida a nada. ¿No está usted de acuerdo? Si se convence uno de eso, no conocerá jamás el desánimo ni la pereza. Y si el presente es estéril e ingrato, si perdemos todo efecto, todo crédito entre el público, queda el recurso al porvenir, que mantiene el coraje y borra cualquier herida del amor propio. Cien veces en la vida, el bien que hacemos no parece servir de nada, y no sirve de nada inmediatamente, pero sostiene al menos la tradición de la buena voluntad y el buen hacer sin la cual todo perecería.
¿Es, pues, desde el 89 que se desbarra? ¿No era necesario desbarrar para llegar, no ya al 48, cuando todavía se desbarró más, sino para llegar a lo que debe ser? Ya me dirá qué piensa usted sobre ello, y yo releeré a Turgot para complacerlo. ¡No le prometo retroceder hasta Holbach, por bueno que sea!
Ya me avisará usted cuando sea el momento de la obra de Bouilhet. Yo estaré aquí, trabajando duro, pero dispuesta a salir corriendo y amándolo de todo corazón. Ahora que prácticamente ya no soy una mujer, si el buen Dios fuera justo, me convertiría en hombre. Tendría así la fuerza física necesaria para decirle: viajemos a Cartago o más allá. Pero, en fin, se retrocede a la infancia, que no tiene sexo ni energía, y es en otra parte, bien lejos, donde uno se renueva. ¿Dónde? Yo lo sabré antes que usted y si puedo, regresaré para decírselo en sus sueños.
[sin firma]

16. SAND A FLAUBERT
[París, 7 de diciembre de 1866]
¿No poner nada del propio corazón en lo que uno escribe? No lo entiendo en absoluto, pero en absoluto. A mí me parece que no se puede poner otra cosa. ¿Acaso es posible separar el espíritu del corazón, acaso son cosas distintas? ¿Acaso es siquiera posible limitar la sensación, escindir el ser? En fin, no darse entero en la propia obra me parece tan imposible como llorar con otra cosa que con los propios ojos o pensar con otra cosa que con el propio cerebro. ¿Qué ha querido decir? Ya me responderá cuando tenga tiempo.
[sin firma]
 **
41. FLAUBERT A SAND
[Croisset, 31 de octubre de 1868]
Sábado por la noche

Siento remordimientos por no haber respondido en tanto tiempo a su carta, querida maestra. Usted me hablaba “de las miserias” pasadas. ¿Cree que las ignoraba? Le confesaré incluso (entre nosotros) que me sentí, en esa ocasión, herido, más todavía en mi buen gusto que en mi afecto por usted. No encontré a muchos de sus íntimos suficientemente interesantes. «¡Dios mío! ¡Dios mío! ¡Cómo llegan a ser los hombres de letras tan estúpidos!», fragmento de la correspondencia de Napoleón I. Bonito fragmento, ¿eh? ¿No le parece que lo denigran demasiado, a ese hombre?

La infinita estupidez de las masas me hace ser indulgente con los individuos, que tan odiosos pueden llegar a ser. He acabado de leer los diez primeros tomos de Buchez y Roux. Lo que he sacado en claro es un inmenso disgusto al enfrentarme con los Franceses. ¡En nombre de Dios! ¡Hemos sido tan ineptos durante todo este tiempo en nuestra bella patria! Ni una idea liberal que no haya sido impopular, ni una cosa justa que no haya escandalizado, ni un gran hombre que no haya recibido huevos podridos o cuchilladas. «Historia del espíritu humano, historia de la necedad humana», como dijo el señor Voltaire.

Y me convenzo cada vez más de esta verdad: estamos podridos de catolicismo. La doctrina de la Gracia nos ha llegado tan al fondo, que el sentido de la Justicia ha desaparecido. Lo que más me ha horrorizado de la historia del 48, como de sus orígenes naturales en la Revolución, es que no se despegó de la Edad Media, a pesar de lo que se cree. He encontrado en Marat fragmentos enteros de Proudhon, y creo que los volvería a encontrar en los predicadores de la Liga.

¿Cuál es la medida que propusieron los más avanzados después de Varennes? La Dictadura. Y la dictadura militar. Se cerraron las iglesias, pero se elevaron los templos, etc. Le aseguro que me vuelvo estúpido con la Revolución. Es un abismo que me fascina.

Sin embargo, trabajo en mi novela como una bestia. Espero que a finales de año no me queden más de cien páginas por escribir. Es decir, aún seis buenos meses de trabajo. Iré a París lo más tarde que pueda. Voy a pasar el invierno en la más completa soledad, buena manera de perder la vida rápidamente.

Maurice me ha escrito una carta extraordinariamente amable. Pero ¿por qué se deja disgustar por Buloz? Somos demasiado modestos con esos tipos.

¿Cuándo vendrá usted a hacerme una visita? Yo quizá iré a París tres o cuatro días hacia finales de diciembre.

¿Qué hace usted ahora? Etc., etc.

Todo mi cariño.

Gustave Flaubert
**
46. FLAUBERT A SAND
[Croisset, 1 de enero de 1869]
Noche de Fin de Año, a la una

¿Por qué no empezar el año 1869 deseándole a usted y a los suyos que sea “bueno y feliz, y todo lo demás…”? Es cursi, pero me gusta.

Ahora charlemos: no, no “me enveneno la sangre”, porque nunca me he encontrado mejor. En París me dijeron que me veían “fresco como una jovencita”, ¡y la gente que ignora mi biografía atribuía esta apariencia de salud al aire del campo! ¡He ahí lo que son los prejuicios! A cada uno su higiene. Yo, cuando no tengo hambre, la única cosa que puedo comer es pan seco. Y las cosas más indigestas, como las manzanas para sidra, verdes, y el tocino, son las que me quitan los dolores de estómago. Y otras por el estilo. Un hombre que no tiene sentido común no debe vivir según las reglas del sentido común.

En cuanto a mi pasión por el trabajo, yo la compararía con un prurito. Me rasco gritando. Es a la vez un placer y un suplicio. ¡Y no hago nada de lo que quiero!

Porque uno no escoge sus temas. Ellos se imponen. ¿Encontraré alguna vez el mío?

¿Me caerá del cielo una idea que encaje completamente con mi temperamento?

¿Podré hacer un libro donde me dé todo entero? Me parece, en mis momentos de vanidad, que comienzo a entrever lo que debe ser una novela. Pero me quedan todavía tres o cuatro por escribir antes de llegar a ella —¡que por otra parte es una idea muy vaga!— y al ritmo que voy, será mucho si escribo esas tres o cuatro. Soy como aquél que piensa que la iglesia más bella sería aquella que tuviera a la vez la torre de Estrasburgo, la columnata de San Pedro, el pórtico del Partenón, etc.; tengo ideales contradictorios.

¿Que “el enclaustramiento al que me condeno es mi jardín de las delicias”? ¡No! Pero ¿qué le voy a hacer? Embriagarse con tinta es mejor que embriagarse con aguardiente. ¡La Musa, por muy esquiva que sea, da menos dolores de cabeza que la Mujer! No puedo compartir a la una con la otra. Hay que escoger. ¡Mi elección está hecha desde hace mucho! Queda el tema de los Sentidos. Siempre han sido mis servidores. Incluso en la época de mi más tierna juventud, he hecho con ellos absolutamente lo que he querido. Estoy cerca de los cincuenta; ¡y ya no es precisamente su fogosidad lo que me estorba!

Este régimen no es tan terrible; lo admito, hay momentos de vacío y de terrible aburrimiento. Pero se van volviendo más y más raros a medida que uno envejece. En fin, ¡vivir me parece un oficio para el cual no estoy hecho! ¡Y sin embargo…!

Estuve en París tres días que empleé en buscar datos y recorrer lugares para mi libro. Estaba tan extenuado el viernes pasado que me acosté a las siete de la tarde. Así son mis locas orgías en la capital.

Encontré a los Goncourt admirando frenéticamente una obra titulada Histoire de ma vie de G. Sand. Lo cual demuestra por su parte más buen gusto que erudición. Ellos incluso querían escribirle a usted para manifestarle toda su admiración. En cambio, ¡nuestro amigo Harrisse me pareció estúpido! ¡Compara a Feydeau con Chateaubriand, admira mucho Le Lépreux de la cité d’Aoste, encuentra que Don Quijote es aburrido, etc.!

¡Fíjese en qué raro es el Sentido literario! ¡Y sin embargo el conocimiento de las lenguas, la arqueología, la historia, etc., todo eso debería ser útil! La gente que se llama a sí misma instruida se vuelve cada vez más inepta en materia de arte. Lo que es el arte en sí se les escapa. Las glosas son para ellos más importantes que el propio texto. Se fían más de las muletas que de las piernas.

El viejo Sainte-Beuve me ha parecido recuperado. Está irrevocablemente inválido, más que enfermo.

No he tenido tiempo de ir a ver al príncipe, que tiene la fiebre terciana, o que al menos la ha tenido. “He oído decir” (como dicen) que se fatigó en Citerea. ¡Qué hombre tan singular! ¡No por esto, sino por todo lo demás!

No saldré de aquí antes de Pascua. Cuento con haber acabado a finales de mayo.

¡Me verá usted en Nohant, aunque caigan bombas!

¿Y el trabajo? ¿Qué hace ahora, querida maestra?

¿Cuándo nos veremos? ¿Irá a París en primavera?

Un abrazo.

Gustave Flaubert
**
48. FLAUBERT A SAND

[Croisset, 2 de febrero de 1869]
Martes

Mi querida maestra,

Vea usted en su viejo trovador a un hombre muerto. He pasado ocho días en París a la búsqueda de datos agotadores (de siete a nueve horas de coche todos los días, bonito método para hacer fortuna con la Literatura… ¡en fin!). Acabo de releer mi plan de trabajo. Todo lo que me queda por escribir me asusta, ¡o más bien me asquea hasta el vómito! Siempre es así cuando reanudo el trabajo. ¡Es entonces cuando me hastío! ¡Me hastío! ¡Me hastío! ¡Pero esta vez supera las anteriores! Por eso temo tanto las interrupciones. No podía hacerlo de otra manera, sin embargo. ¡Me he pateado las pompas fúnebres, el Père-Lachaise, el valle de Montmorency, todas las tiendas de objetos religiosos, etc.!

Total, tengo aún para cuatro o cinco meses. ¡Qué buen uf voy a soltar cuando acabe! ¡Y con qué ganas dejaré a los burgueses! ¡Es hora de que me divierta! […]

Usted me hablaba de la Crítica en su última carta, diciéndome que va a desaparecer. Yo creo, al contrario, que está sólo en su aurora. Ahora ha avanzado a contrapié de la época precedente. Pero nada más (de la época de Laharpe, en que era gramática, de la época de Sainte-Beuve y de Taine, en que era histórica). ¿Cuándo será artística, nada más que artística, pero del todo artística? ¿Dónde ha encontrado usted una crítica que se preocupe de la obra en sí, de una manera intensa? Se analiza minuciosamente el medio en que se produce y las causas que la originan. Pero ¿la poética inmanente de la cual resulta? ¿Su composición, su estilo? ¿El punto de vista del autor? Nunca.

Para semejante crítica haría falta una gran imaginación y una gran bondad, quiero decir una capacidad de entusiasmo siempre dispuesta. Y además, el gusto, cualidad rara, incluso entre los mejores, hasta tal punto que nadie habla de ella.

Lo que me indigna todos los días es ver cómo se ponen al mismo nivel una obra maestra y una torpeza. Se exalta a los pequeños y se rebaja a los grandes. Nada más necio ni más inmoral.

Hablando de necedad, “he oído decir” que la Plessy se ha vuelto estúpida e insociable. Sus amigos se alejan de ella.

En el Père-Lachaise, me asaltó un asco hacia la humanidad profundo y doloroso. ¡No se imagina usted el fetichismo de las tumbas! ¡El verdadero parisino es más idólatra que un negro! Me dieron ganas de tirarme en una fosa.

¡Y la gente avanzada cree que no hay mejor ocupación que rehabilitar a Robespierre! ¡Vea el libro de Hamel! ¡Si la República regresa, volverán a bendecir los árboles de la Libertad, como política y creyendo que es una medida atrevida!

Abrace a sus dos nietas por mí. La beso en las dos mejillas, con ternura.

Su viejo
Gustave Flaubert
**
64. FLAUBERT A SAND
[París, 3 de diciembre de 1869]

Querida maestra,

Su viejo trovador ha sido fuertemente denigrado en los Papeles. Lea Usted Le Constitutionnel del último lunes y Le Gaulois de esta mañana; está claro. Me tratan de cretino y de canalla. El artículo de Barbey d’Aurevilly (Constitutionnel) es, en su género, un modelo, y el de Sarcey, aunque menos violento, no le va a la zaga. ¡Esos señores se exclaman en nombre de la moral y del ideal! También recibo palos en Le Figaro y en Paris, de Cesena y Duranty.

¡Me da igual! ¡Lo que no impide que esté sorprendido ante tanto odio! ¡Y tanta mala fe!

La Tribune, Le Pays y L’Opinion nationale, por el contrario, me han elogiado mucho.

En cuanto a los amigos, las personas que han recibido un ejemplar dedicado, tienen miedo de comprometerse y me hablan de cualquier otra cosa. Los valientes son raros. El libro, sin embargo, se vende bastante bien, a pesar de la política, y me da la impresión de que Lévy está contento.

Sé que los burgueses de Rouen están furiosos conmigo, a causa del padre Roque y de los sótanos de las Tullerías. Dicen que «se debería prohibir la publicación de libros como ésos» (textual), que doy la mano a los rojos, que soy culpable de atizar las pasiones revolucionarias, etc., etc.[…]

En resumen, recojo pocas hojas de laurel, y ninguna hoja de rosa me hiere.

¡Qué ganas tengo de abrazarla!

Mil abrazos de su viejo
Gustave Flaubert

Todos los periódicos citan como prueba de mi bajeza el episodio de la Turca, que tergiversan, por supuesto. ¡Y Sarcey me compara al marqués de Sade, que reconoce no haber leído!

Todo esto no me afecta lo más mínimo. Pero me pregunto: ¿para qué publicar?
**
68. SAND A FLAUBERT
[Nohant, 9 enero 1870]

[…] Siguen hundiendo tu libro. Eso no le impide ser un bello y buen libro. Se le hará justicia tarde o temprano, siempre se hace justicia. Al parecer, se ha adelantado a su tiempo; o más bien ha llegado demasiado a tiempo. Ha captado demasiado bien el desasosiego que reina en los espíritus. Ha metido el dedo en la llaga. La gente se reconoce en él demasiado.

Todos te adoran aquí, y tenemos la conciencia suficientemente limpia como para enfadarnos con la verdad; hablamos de ti cada día. Ayer, Lina me decía que ella admira mucho todo lo que haces, pero que prefería Salambó a tus pinturas modernas.

Si hubieras estado escondido en un rincón, he aquí lo que le habrías oído decir a ella, a mí y a los otros:

Es más grande que la media de los demás. Su espíritu es como él, fuera de las proporciones comunes. En eso, tiene de Víctor Hugo al menos tanto como de Balzac, pero tiene el gusto y el discernimiento que le faltan a Hugo, y es artista, lo cual Balzac no es. ¿Es entonces más que ellos dos? ¿Chi lo sa? Todavía no ha dado todo lo que puede de sí. El potencial de su cerebro lo ofusca. No sabe si será poeta o realista, y como él es lo uno y lo otro, eso lo fastidia. Debe desembarazarse de sus influencias. Lo ve todo y quiere captarlo todo a un tiempo. No está a la altura del público que quiere comerlo todo a pequeños bocados, y a quien las grandes tajadas asfixian. Pero el público irá a él de cualquier modo, cuando haya comprendido. Incluso irá a él muy pronto, si el autor desciende a querer ser comprendido. Para eso debería hacer una concesión al relajamiento de su inteligencia. Habría que reflexionar mucho antes de osar darle ese consejo.

Hasta aquí el resumen de lo dicho. No es inútil conocer la opinión de la buena gente y de la gente joven. Los más jóvenes dicen que La educación sentimental los ha dejado tristes. No se reconocen, ellos que aún no han vivido. Pero tienen ilusiones, y dicen: ¿por qué ese hombre tan bueno, tan amable, tan alegre, tan sencillo, tan simpático, quiere desanimarnos de la vida? Lo que dicen está mal razonado, pero como es instintivo, quizá hay que tenerlo en cuenta.

[…]

Te abrazo, por mí y por toda la nidada.
George Sand

lunes, 12 de septiembre de 2016

Se escribe con la cabeza

GUSTAVE FLAUBERT
(Ruan, Alta Normandía, Francia, 1821-Croisset, Baja Normandía, id., 1880)


Carta de GUSTAVE FLAUBERT a IVAN TURGUÉNEV

Miércoles, 13 de noviembre, 1872
Su última carta me ha enternecido, mi buen Turguéniev. Gracias por sus exhortaciones, pero ¡ay, me temo que mi mal es incurable! Aparte de mis motivos personales de aflicción (la muerte, en tres años, de casi todas las personas que yo quería), el estado social me abruma.-
Sí, así es. Quizá sea tonto. Pero es así.
La Estupidez pública me desborda. Desde 1870 me he convertido en un patriota. Al ver como mi país se hundía, me he dado cuenta de que le amaba. Rusia puede desmontar sus fusiles. No necesitamos de ella para que nuestro país muera.
El desconcierto de la Burguesía es tal, que ni siquiera tiene el instinto de defenderse.- Y lo que venga será peor. Tengo la misma tristeza que tenían los patriotas romanos en el siglo cuarto.
Siento ascender del fondo de la tierra una irremediable barbarie. Espero haber reventado antes de que esa barbarie se lo haya llevado todo. Pero, mientras tanto, no es muy divertido. Nunca los intereses del espíritu han importado menos. Nunca el odio a cualquier grandeza, el desdén por lo bello, la aversión, en fin, a la literatura han sido tan palpables.
Siempre he procurado vivir en mi torre de marfil. Pero una marea de mierda bate ahora sus muros hasta el punto de derrumbarla. No se trata de política, sino del estado mental de Francia. ¿Ha leído la circular de Simon relativa a una reforma de la instrucción pública? El párrafo dedicado a los ejercicios corporales es más largo que el que se refiere a la literatura francesa.
Todo un síntoma.
En fin, mi querido amigo, si usted no viviera en París, pondría inmediatamente mi piso a disposición del casero. Si he seguido hasta ahora con él, es sólo por la esperanza de poder verle alguna vez.
No puedo charlar con nadie sin encolerizarme y todo lo que leo sobre la actualidad me enfurece. Estamos arreglados. -Lo que no me impide preparar un libro en que procuraré escupir bilis. Querría charlar con usted. Como ve, no me dejo ganar por el desaliento. Si no trabajara, acabaría arrojándome al río con una piedra al cuello.- 1870 ha enloquecido a mucha gente, ha vuelto a muchas personas imbéciles o enragés. Yo soy de los últimos. Yo estoy en esta última categoría. Esto es lo verdadero.
Supongo que tengo aburrida a la excelente señora Sand por mi mal humor. Hace tiempo que no oigo hablar de ella ¿Cuándo se representa su obra de teatro? ¿A principios de diciembre, quizá? En esa época espero hacer a usted una visita. Hasta entonces, procure soportar esa gota, mi pobre querido amigo, y crea en mi afecto.
Su
Gve Flaubert
**
Croisset, 12 de junio de 1852.

(…) Desde la época en que escribía preguntándole a mi criada las letras que había que emplear para trazar las palabras de las frases que yo inventaba, hasta esta noche en que la tinta se seca sobre las tachaduras de mis páginas, he seguido una línea recta, incesantemente prolongada y trazada a cordel a través de todo. Siempre he visto la meta retroceder ante mí, de año en año, de progreso en progreso. ¡Cuántas veces he caído de bruces en el momento en que me parecía tocarla! No obstante, siento que no debo morir sin haber hecho rugir en alguna parte un estilo como el que oigo en mi cabeza, y que será capaz de dominar la voz de los loros y de las cigarras. Si alguna vez llega ese día que esperas, en que la aprobación de la multitud siga a la tuya, las tres cuartas partes y media del placer que yo obtenga se deberán a ti, pobre mujer, querida mujer, que tanto me has querido. Mi corazón no es ingrato; jamás olvidará que mi primera corona la trenzaste tú, y la colocaste sobre mi frente con tus mejores besos. Pues bien: hay cosas más próximas, que anhelo más que todo ese estrépito que se comparte con tanta gente. ¿Acaso sabe uno, por muy conocido que sea, cuál es su justo valor? Las incertidumbres sobre uno mismo que se sienten en la oscuridad se llevan hasta que se es célebre. ¡Cuántas gentes, entre las mejores, han muerto devoradas por esa incertidumbre, empezando por Virgilio, que quería quemar su obra! ¿Sabes lo que aguardo? Es el momento, la hora, el minuto en que escriba la última línea de alguna obra mía extensa, como Bovary u otras, cuando, recogiendo de inmediato todas las hojas, iré a llevártelas, a leértelas con esa voz especial con la que me arrullo, y me escucharás, y te veré enternecerte, palpitar, abrir los ojos. De todos modos, limitaré a eso mi goce.

Flaubert-Turguéniev Correspondencia, traducción de Danielle Lacascade y Francisco Díez del Corral para Mondadori.
**
CARTAS A LOUISE COLET. (1821-1880)

16 de noviembre de 1852.
(…)

 Se escribe con la cabeza. Si el corazón la calienta, mejor; pero no hay que decirlo. Debe ser un horno invisible, y así evitamos divertir al público con nosotros mismos, cosa que encuentro repugnante o demasiado ingenua, y la personalidad de escritor, que empequeñece siempre una obra.

 15 de enero de 1853.

 (…)Tardé cinco días en escribir una página la semana pasada, y para eso lo había dejado todo: griego, inglés…; no hacía más que eso. Lo que me atormenta en mi libro es el elemento entretenido, que resulta mediocre. Faltan hechos. Yo sostengo que las ideas son hechos. Es más difícil interesar con ellas, ya sé, pero entonces la culpa es del estilo. Así, ahora tengo cincuenta páginas seguidas en que no hay ni un acontecimiento: es el panorama continuo de una vida burguesa y de un amor inactivo, amor tanto más difícil de describir cuanto que es a la vez íntimo y profundo; pero, ay, sin desmelenamientos internos, pues mi caballero es de naturaleza tibia. Ya he tenido algo análogo en la primera parte. Mi marido ama a su mujer de manera parecida a como lo hace mi amante. Son dos mediocridades en el mismo ambiente, y que no obstante es preciso diferenciar. Si sale bien, creo que resultará excelente, pues es pintar color sobre color, sin ningún tono contrastado (cosa que es más fácil). Pero temo que todas estas sutilezas aburran, y que el lector prefiera ver más movimiento. En fin, hay que hacer las cosas como se han planeado. Si quisiera poner acción, obraría en virtud de un sistema, y lo estropearía todo. Hay que cantar con el propio registro de voz; y la mía nunca será dramática ni atractiva. Estoy convencido, por lo demás, que todo es cuestión de estilo, o más bien de carácter, de aspecto.
**
Cartas a MAUPASSANT

Jovencito lúbrico,
Laporte, actualmente, no dispone de galgos, habiendo pasado la época de los celos (para los perros:
para usted no, ni uno). Hay que esperar al otoño, me parece.
.En cualquier caso, transmitiré su petición al citado señor, la semana próxima, y tendrá usted una respuesta categórica. Modere su polla y tenga alegría y trabajo.
Su viejo GUSTAVE FLAUBERT
lo abraza.
¡He acabado mi medicina! ¡Sí! y preparo la geología.
Domingo por la mañana.
Escríbame un poco (y ampliamente) para distraerme
en mi soledad.
**
Mi querido amigo,
Si todavía está a tiempo, no lleve la Comedia a la Réforme. Después de que me ha escrito que mis precios serían los suyos, el Sr. Francolin me manifestó esta mañana que no puede darme más que 30 c. por línea, lo que supondría para la obra completa unos quinientos o seiscientos
francos. Es lamentable. Había escrito a Zola para saber cuanto podía pedir.
Espero su respuesta. Así pues, conserve las hojas hasta nueva orden y respóndame enseguida para que sepa si ha recibido usted la presente advertencia.
¿Y Bardoux?
Tendrá que llevarme a Étretat todo lo que ha hecho de su novela.
Esperamos ir hacia el 8 o 10 de octubre.
Todo suyo.
Su viejo,
G. FLAUBERT
Miércoles por la mañana.
**
Viernes, a las 4.

Mi querido amigo,
A la princesa se la trata de «Señora», o «Vuestra Alteza». Vuestra Alteza es ceremonioso, se dice la primera vez, luego, de vez en cuando, se salpica en el discurso para recordar incidentalmente que no se olvida su cualidad.
«Señora princesa» es burgués y de mal gusto. Cuando se le escribe se pone: «S.A.I. la princesa Mathilde.»
Eso es lo que hay que hacer. Envíele unas palabras de agradecimiento en el acto diciéndole que usted se pone a sus órdenes y que le solicita el honor de presentarse en su casa. Luego, vaya a ver a Popelin, en el nº 7 de la calle de Téhéran, que le guiará a la casa, o bien vaya a verlo el domingo, él lo invitará probablemente por la tarde o para el miércoles.
En cuanto a la Pasca, es necesario que ella represente su pieza en casa de la princesa. Escribo a la Sra. Brainne para que ésta la presione tanto como sea posible, a mí, ella (Pasca) me ha enviado a paseo. ¡Qué zorra! Y vaya usted mismo a casa de la susodicha.Encuentro esta representación útil para usted y para ella. 
Tiemblo como un ladrón porque tengo unas plumas atroces, y que acabo de curar a mi pobre Julio que está a punto de reventar.
Ayer no he partido más que en el tren de la noche, habiendo pasado toda mi tarde junto a mi hermano. Está, me temo, muy enfermo. En cuanto a lo que me concierne, ni una arruga.
Esta mañana recibí carta de Paul Baudry para decirme que About era el mandatario de Ferry. Voy a
agradecérselo a About.
Estaré en París el lunes próximo y quedaré allí dos o tres semanas. Si la encantadora Aline se empeña en no querer representar su Antaño busque a otra mujer -¿pero a quién?– pues nadie como ella es apta para ese papel, y déme noticias.
Su viejo que lo abraza.
GUSTAVE FLAUBERT.

Traducción, notas y epílogo de Albert Julibert. Marbot. Barcelona, 2010.

miércoles, 18 de noviembre de 2015

Más que galopar, Pegaso suele ir al paso

GUSTAVE FLAUBERT


(Francia, 1821-1880) 

Miércoles, 13 [noviembre de 1872]

Su última carta me ha enternecido, mi buen Turguéniev. Gracias por sus exhortaciones, pero ¡ay, me temo que mi mal es incurable! Aparte de mis motivos personales de aflicción (la muerte, en tres años, de casi todas las personas que yo quería), el estado social me abruma.- Sí, así es. Quizá sea tonto. Pero es así. La Estupidez pública me desborda. Desde 1870 me he convertido en un patriota. Al ver como mi país se hundía, me he dado cuenta de que le amaba. Rusia puede desmontar sus fusiles. No necesitamos de ella para que nuestro país muera. El desconcierto de la Burguesía es tal, que ni siquiera tiene el instinto de defenderse.- Y lo que venga será peor. Tengo la misma tristeza que tenían los patriotas romanos en el siglo cuarto. Siento ascender del fondo de la tierra una irremediable barbarie. Espero haber reventado antes de que esa barbarie se lo haya llevado todo. Pero, mientras tanto, no es muy divertido. Nunca los intereses del espíritu han importado menos. Nunca el odio a cualquier grandeza, el desdén por lo bello, la aversión, en fin, a la literatura han sido tan palpables. Siempre he procurado vivir en mi torre de marfil. Pero una marea de mierda bate ahora sus muros hasta el punto de derrumbarla. No se trata de política, sino del estado mental de Francia. ¿Ha leído la circular de Simon relativa a una reforma de la instrucción pública? El párrafo dedicado a los ejercicios corporales es más largo que el que se refiere a la literatura francesa. Todo un síntoma. En fin, mi querido amigo, si usted no viviera en París, pondría inmediatamente mi piso a disposición del casero. Si he seguido hasta ahora con él, es sólo por la esperanza de poder verle alguna vez. No puedo charlar con nadie sin encolerizarme y todo lo que leo sobre la actualidad me enfurece. Estamos arreglados. -Lo que no me impide preparar un libro en que procuraré escupir bilis. Querría charlar con usted. Como ve, no me dejo ganar por el desaliento. Si no trabajara, acabaría arrojándome al río con una piedra al cuello.- 1870 ha enloquecido a mucha gente, ha vuelto a muchas personas imbéciles o enragés. Yo soy de los últimos. Yo estoy en esta última categoría. Esto es lo verdadero. Supongo que tengo aburrida a la excelente señora Sand por mi mal humor. Hace tiempo que no oigo hablar de ella ¿Cuándo se representa su obra de teatro? ¿A principios de diciembre, quizá? En esa época espero hacer a usted una visita. Hasta entonces, procure soportar esa gota, mi pobre querido amigo, y crea en mi afecto.
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1.Gustave Flaubert. Historia de una cama

Hoy quería leer sobre Flaubert, fui a la biblioteca y lo más reciente que encontré fue Gustave Flaubert. Historia de una cama. El autor es Azriel Bibliowicz, uno de los profesores que esquivé con éxito durante mi pregrado, hasta ahora me entero de que a él también le interesa Flaubert.

El texto, que esperaba fuera una biografía, ya que forma parte de una colección de Panamericana títulada 100 personajes 100 autores en la que se le pide a un escritor colombiano que por un valor simbólico escriba una biografía del autor de su predilección, no es precisamente una biografía sino, según palabras del editor: "Un relato a partir de una carta a un joven adolescente con la cual compone la historia de una cama". Cuando comencé a leer el "cuento" pensé que el autor había decidido pedirle perdón en público a su hijo -si lo tiene- por no haberlo llevado a montar en bicicleta al parque: "Sé que hace días no dispongo de un minuto libre para estar contigo, y vivo sumido en el computador escribiendo a toda hora. Sé que te he fallado y que no te he acompañado a tus entrenamientos. Sé que esta ausencia te afecta..."

Con el primer párrafo evoqué simultáneamente algunos textos de autosuperación de Walter Riso, la Carta a un joven poeta de Rilke y Como una novela de Daniel Pennac, traté de obligar a mi mente para que se olvidara del psicólogo más leído en Colombia y se concentrara en el artista y mientras lo hacía me preguntaba dónde estaba la biografía más reciente de Flaubert que encontré en la biblioteca.

El profesor leyó las cartas de Flaubert a Louise Colet y en ellas encontró las alusiones a la cama, a las historias de una cama, pero lo que él ha olvidado es que no se trata de cualquier cama, Flaubert se refiere a las camas visitadas por ellos en sus paseos de amor por París, las que tanto le gustaban a Madama Bovary, pensaba en las camas como se piensa en las paredes, lo que podrían decir si pudieran hablar, se trata del uso de que le dan a las camas las parejas de amantes que no van precisamente a dormir; el profesor decide, a costa de la idea de Flaubert, hacer de la cama un "objeto poético" que sirve de pretexto para repetir los eternas alusiones a los clásicos de la literatura con las mismas palabras de las historias de la literatura que subestiman a los niños: "Estoy seguro de que Flaubert habría aprobado la historia de Homero como la primera gran cama. Sin duda es una de las camas trascendentales en la historia de la literatura. Es el tálamo cuya cabecera se talló en el tronco de un olivo, árbol de Atenea, diosa de la sabiduría. Todo el palacio real de Ulises surge y depende de dicha cama".

Además de inspirarse en la idea de la cama, el profesor perdona a Flaubert por su racismo, machismo, soltería, mal humor y el hecho de que haberse querido realizar como padre, dice que finalmente lo que importa es la obra, sin saber que las condiciones personales del autor fueron fundamentales para llegar a ser quien fue como artista. Cuando el profesor encuentra comentarios del tipo "les cortan el famoso botón" o "es una máquina y no ven ninguna diferencia entre un hombre y otro", al referirse a una prostituta, disculpa la mala educación de Flaubert: "No son frases agraciadas, pero corresponden a la época y nos enseñan que los estereotipos y racismos pueden ser muy fuertes y que anidan muy hondo aun en un escritor tan lúcido". Muy didáctico el libro del profesor, lo único que le faltó fue haber lamentado que Flaubert no fuera a misa todos los domingos ni que se reuniera con las vecinas a tomar el té para contemplar puestas de sol, supongo que estas son buenas costumbres para un Flaubert criollo, porque el profesor todo el tiempo se vanagloria de ser un digno descendiente del biografiado.

Carta de Flaubert a Louise Bouilhet, 19 de diciembre de 1850. Razones y osadías. Barcelona: Edhasa. 1997
2. Dos bellas columnas de alabastro cubiertas de seda

(Desde el lazareto del Pireo, Atenas) Allí había, escondida detrás de las cortinas, en la cama, una chica muy joven, de unos 16 o 17 años, de piel blanca, tez morena, con una blusa de seda ceñida a las caderas, extremidades finas, cara dulce y expresión adusta. Era la hija de Madame en persona, reservada sólo para las grandes ocasiones. Andaba con melindres y la han obligado a irse conmigo. Pero cuando ya estábamos echados y yo le había puesto el dedo índice en la vagina, después de que mi mano hubiera recorrido lentamente dos bellas columnas de alabastro cubiertas de seda (estilo pícaro Imperio), va y me dice en italiano que quiere examinar mi instrumento para ver si estoy sano. Como tengo todavía un callo en la base del glande y tenía miedo de que lo viera, me he hecho el señor y he saltado de la cama protestando por esta injuria, le he dicho que eso eran unas maneras inaceptables para un caballero, y me he ido, en el fondo muy mosqueado por haberme perdido un polvo tan estupendo y muy humillado por andar con un carajo tan impresentable.

Carta de Flaubert a Louise Bouilhet, 19 de diciembre de 1850. Razones y osadías. Barcelona: Edhasa. 1997
3. Falsarios y críticos

En cierto momento del siglo IV a. de C., Heraclides Póntico se enzarzó en una disputa con otro filósofo, Dionisio "el Renegado". Heráclides era un caballero distinguido y respetable, corpulento, estudiante de Platón y experto en filosofía natural... Dionisio, en cambio, tenía peor fama. Inicialmente era un estoico que negaba la existencia del dolor y del placer, pero desarrolló una inflamación ocular aguda que lo convenció de lo erróneo de sus principios. Abandonó, a la sazón, la escuela estoica y se pasó el resto de su vida -larga y feliz, al parecer- como un buen cirenaico, frecuentando tabernas y prostíbulos.
......

En 1950, Paul Coleman-Norton, profesor de la Universidad de Princeton, publicó un fragmento griego desconocido, extraído de una serie de sermones sobre el Evangelio según San Mateo. Este experto en patrística, formado en Oxford, había realizado en la década de 1920 diversas investigaciones sobre cuestiones de autenticidad y transmisión textual. Afirmó que el nuevo texto formaba parte de un manuscrito árabe olvidado en cierta mezquita marroquí que pudo visitar durante la Segunda Guerra Mundial, en el transcurso de la "Operación Antorcha"; el rigor de los tiempos de guerra y ciertas fricciones entre los soldados estadounidenses y la población local le habían imposibilitado obtener una fotografía del manuscrito, pero afortunadamente sí había logrado transcribir el pasaje relevante, que se imprimió en el Catholic Biblical Quarterly, con su aparato crítico y un extenso comentario lingüístico. El texto reemprende el lugar de Mateo, 24, 42 ss. en el que Jesús afirma que el mal siervo será condenado junto con los hipócritas, y, "allí habrá llanto y crujir de dientes". En la continuación, a uno de los discípulos le surge una duda y pregunta: "¿Qué sucederá con los desdentados?"; Jesús le responde: "Habrá dientes para todos".

Grafton, Anthony. Falsarios y críticos. Creatividad e impostura en la tradición occidental. Barcelona: Crítica. 2001.

4. Sobre la inspiración (dedicado a Sharitomar)

Hay que desconfiar de todo lo que se asemeje a la inspiración, que a menudo no es más que un prejuicio y una exaltación ficticia que uno se otorga a sí mismo voluntariamente y que no ha llegado a nosotros por sí misma... Hay que leer, meditar mucho, pensar siempre en el estilo y escribir lo menos que se pueda, escribir únicamente para calmar la irritación de una idea que reclama adquirir forma y que se agita en nosotros en tanto no le hayamos encontrado la forma exacta, precisa, adecuada.

Carta de Flaubert a Louise Colet, 21 de enero de 1847. Razones y osadías. Barcelona: Edhasa. 1997
5. Cuando murió mi hermana

Cuando murió mi hermana, la velé toda la noche, permanecí al lado de su cama; miraba cómo yacía, vestida con el traje de novia y con el ramo de flores blancas en las manos. Leía a Montaigne y mis ojos iban de libro al cadáver; su marido dormía y mugía, el cura roncaba; y yo, contemplando el panorama, me decía que las formas pasan y sólo permanece la idea, y tenía escalofríos de estusiasmo pensando en finales de frases de escritor.

Carta de Flaubert a Louise Colet, 21 de enero de 1847. Razones y osadías. Barcelona: Edhasa. 1997.
6.Sobre las frases hechas (dedicado a Rosita, Constelación, Sharitomar...)

¡No! Por el amor de Dios, ¡No! No hay que escribir nunca frases hechas. Preferiría que me deshollaran vivo a tener que aceptar un procedimiento así. Es muy cómodo lo acepto, pero eso es todo. Es necesario que los pasajes débiles de un libro estén mejor escritos que los demás.

Carta de Flaubert a Ernest Feydeau, 1 de mayo de 1854. Razones y osadías. Barcelona: Edhasa. 1997
7. La tristeza de Madame Bovary

Aquella felicidad, sin duda, era una mentira imaginada por la desesperación de todo deseo.

Los apetitos de la carne, las codicias del dinero y las melancolías de la pasión, todo se confundía en un mismo sufrimiento.

Allí seguía tendida, con la boca abierta, las manos extendidas, inmóvil, y blanca como una estatua de cera. De sus ojos salían dos amagos de lágrimas que corrían lentamente hacia la almohada.

Las dichas futuras, como las playas de los trópicos, proyectan sobre la inmensidad que les precede sus suavidades natales, una brisa perfumada, y uno se adormece en aquella embriaguez sin siquiera preocuparse del horizonte que no se vislumbra.

Se sintió languidecer y completamente abandonada, como una pluma de ave que gira en la tormenta; e instintivamente se encaminó hacia la iglesia, dispuesta a cualquier devoción, con tal de entregarse a ella con toda el alma y de olvidarse por completo de su existencia.

Cuando se arrodillaba en su reclinatorio gótico dirigía al Señor las mismas palabras de dulzura que antaño murmuraba a su amante en los desahogos del adulterio. Era para avivar la fe; pero ningún deleite bajaba de los cielos y se levantaba con los miembros cansados, con el vago sentimiento de un inmenso engaño.

Estaba enamorada de León, y buscaba la soledad, a fin de poder deleitarse más a gusto en su imagen. La presencia de su persona le turbaba la voluptuosidad de aquella meditación. Emma palpaba el ruido de sus pasos; después, en su presencia la emoción decaía,y luego no le quedaba más que un inmenso estupor que terminaba en tristeza.

¿No parecía atravesar la existencia, apenas rin rozarla, y llevar en la frente la señal de alguna predestinación sublime? Estaba tan triste y tan tranquila, tan dulce y a la vez tan reservada, que uno se sentia a su lado prendido por un encanto glacial, como se tiembla en las iglesias bajo el perfume de las flores mezclado al frío de los mármoles.

La luz blanquecina de los cristales bajaba suavemente con ondulaciones. Los muebles en su sitio parecían haberse vuelto más inmóviles y perdidos en la sombra como en un aceáno tenebroso. La chimenea estaba apagada, el péndulo seguía oscilando. Y Emma se quedaba pasmada ante la calma de las cosas, mientras que dentro de ella se producían tantas conmociones.

Acostumbrada a los ambientes tranquilos, se inclinaba, por el contrario, a los agitados. No le gustaba el mar sino por sus tempestades y el verdor sólo cuando aparecía salpicado etre ruinas. Necesitaba sacar de las cosa una especie de provecho personal; y rechazaba como inútil todo lo que no contribuía al consuelo inmediato de su corazón, pues, siendo de temperamente más sentimental que artístico, buscaba emociones y no paisajes.

Estaba tan triste, tan triste, que viéndola de pie a la puerta de su casa, hacía el efecto de un paño fúnebre extendido delante de la puerta. Su enfermedad, según parece, era una especie de bruma que tenía en la cabeza, y los médicos no podían hacer nada, ni el cura tampoco. Cuando le daba muy fuerte, se iba completamente sola a la orilla del mar, de manera que el oficial de la aduana, al hacer la ronda la encontraba a menudo tendida boca abajo y llorando sobre las piedra. Dicen que, después de casarse, se le pasó.

-Pero a mí -replicaba Emma- eso me ha venido después de casada.

El siguiente día fue para Emma un día fúnebre. Todo le parecía envuelto en una atmósfera negra que flotaba confusamente sobre el exterior de las cosas y la pena se hundía en su alma con aullidos suaves, como hace el viento en los castillos abandonados. Era ese ensueño que nos hacemos sobre lo que ya no volverá, el cansancio que nos invade después de cada tarea realizada, ese dolor, en fin, que nos causa la interrupción de todo movimiento habitual, el cese brusco de una vibración prolongada.

Gustave Flaubert. Madame Bovary. Madrid. Cátedra. 2002. 432 páginas.

8. Aforismos de Flaubert en las Cartas a Louise Colet

Los textos escritos, a diferencia de la narración o el diálogo oral, conservan el discurso y se convierten en archivos disponibles para la memoria individual y colectiva, si la lectura es posible es porque el texto no está cerrado en sí mismo sino abierto a otra cosa. Leer es encadenar un discurso conocido al discurso del texto que se está leyendo, relacionar experiencias anteriores de lectura y de vida y actualizar o activar la lectura de nuevos textos o de textos ya leídos a partir de perspectivas nuevas, la capacidad de reactualización de los documentos escritos es lo que garantiza su carácter abierto. En la correspondencia de Flaubert, y especialmente en las Cartas a Louise Colet, esta regla se evidencia en todo su esplendor puesto que al lector se le brinda la posibilidad de encontrar una y otra vez, expresado desde diversas perspectivas y con énfasis diferentes, desde la voz del enamorado que expresa la intensidad de sus sentimientos sólo a través de la escritura y desde la distancia, pasando por los más honestos consejos para emprender una vida menos dolorosa -toda una filosofía de la vida con argumentos lo suficientemente lógicos, sólidos y consecuentes- hasta las reflexiones más lúcidas relacionadas con el arte, la lectura y la escritura, sopesadas por un hombre que se autoproclama como un practicante del misticismo estético.

Para Flaubert el amor loco y las valores de la vida comunitaria como experiencias humanas son inferiores a las que proporciona la relectura de un clásico en absoluta soledad; él necesita de todo su tiempo para volver una y otra vez sobre los autores que más admira: Cervantes, Rabelais, Epicteto... y se empeñó en convertir en realidad la escritura de las obras con las que soñó. Ese fue su gran ideal y lo alcanzó a fuerza de trabajo, soledad y perseverancia, tres valores que enaltece a lo largo de su correspondencia.

Flaubert le escribía a su amante para distraerse del trabajo o para desatar la ira, la felicidad o la impotencia que generaba en él la escritura de su obra literaria más importante: Madame Bovary. La gran paradoja alrededor de la escritura simultánea de estos dos textos está relacionada con el hecho de que a pesar del innegable valor estético de la novela la lectura de las cartas en algunas ocasiones puede llegar a ser más estimulante, actual y universal, este hecho se debe, tal vez, a que son expresión cabal de lo que el mismo Flaubert consideraba sería la gran obra literaria del futuro: un texto autobiográfico escrito con total sinceridad, buen estilo y sin omitir detalles que pongan a salvo la imagen del escritor: "Cualquier hombre que supiera escribir correctamente crearía un libro soberbio al redactar sus Memorias, si las expusiera con sinceridad y de manera completa" (Flaubert. 1989. 95).

El principal objeto de estudio de Flaubert a lo largo de su vida fue él mismo y la experiencia amorosa con Louise Colet se constituyó en el mejor pretexto para profundizar más en su autocontemplación, en algunas ocasiones es asombrosa la convicción de Flaubert para expresar sus sentimientos y otorgarle un lugar preciso o cada pasión, casi siempre de manera racional y calculada, en medio de la placidez que le proporciona el hecho de compartir impresiones sobre la gran pasión de su vida, la lectura y la escritura, con una mujer que además de eso lo ama y estuvo dispuesta siempre a soportar sus cambiantes estados de ánimo y sus ausencias.

Flaubert escribe sobre la vida y la muerte, sobre las pasiones y las flaquezas humanas, sobre el arte, la lectura y la escritura. En vista de que se trata de un hombre tan consecuente consigo mismo y ha constituido su vida de tal manera que cada idea y acción suyas se corresponden de manera plena, sobran más explicaciones:

Un polvo dura un minuto, y lo has deseado durante meses.

Quisiera escribir palabras que te hicieran llorar de admiración.

Las pasiones son buenas, pero no en exceso; hacen perder mucho tiempo.

Se llegan a hacer cosas hermosas a fuerza de paciencia y de larga energía.

La felicidad es una mentira cuya búsqueda causa todas las calamidades de la vida.

¡Qué mecánica supone lo natural, y cuántas artimañas hacen falta para ser auténtico!

Me gustan los tipos tajantes y energúmenos. Sin fanatismo no se hace nada grande.

Ser tonto, egoísta y tener buena salud, son las tres condiciones requeridas para ser feliz.

Todos los grandes voluptuosos son púdicos; hasta ahora no he visto excepciones.

La naturaleza exterior nos avergüenza: es de una serenidad desoladora para nuestro orgullo.

No creo en el remordimiento: es una palabra de melodrama que jamás consideré auténtica.

Me gusta agotar las cosas. Y todo se agota; jamás he tenido un sentimiento sin tratar de agotarlo.

Por un instante he visto la sima, he comprendido el abismo, y luego el vértigo me ha arrastrado.

Así que tú también has sondeado el abismo y has visto el fondo allá donde creías que no lo había.

Ahora siento hacia mis semejantes un odio sereno, o una piedad tan inactiva que es lo mismo.

Más que galopar, Pegaso suele ir al paso. Todo el talento consiste en tomar el ritmo que uno quiere.

Las mujeres confunden el culo con el corazón y creen que la luna está hecha para alumbrar su cuarto.

Para aguantar todo lo que precisas, ángel mío, hazte una coraza secreta compuesta de poesía y orgullo.

Temo ser frío, seco, egoísta, y Dios sabe bien, sin embargo, lo que sucede en estos momentos dentro de mí.

Hay que apoyarse sobre los fuertes y sobre lo eterno, y no sobre nuestras pasiones tornasoladas y cambiantes.

Me disgusta profundamente el periódico, es decir, lo efímero, lo pasajero, lo que es importante hoy y no lo será mañana.

Cuando uno vale algo, buscar el éxito es estropearse sin motivo, y buscar la gloria es quizá perderse completamente.

Lo que vuelve tan hermosas las figuras de la antigüedad es que eran originales: ahí está todo, el sacar de uno mismo.

No soy ruiseñor, sino curraca de grito agrio que se oculta en el fondo de los bosques para no ser oída sino por ella misma.

Si no me quisieras, me moriría; como me quieres, aquí estoy, escribiéndote que te detengas. Mi propia estupidez me da asco.

Cada día me doy cuenta de lo poco que tengo, y la profundidad de mi vacío no iguala sino la paciencia que dedico a contemplarlo.

Por mucho que escondo lo más posible mis dolores en mi interior, a veces salen, y desgarran a quienes estrecho entre mis brazos.

La felicidad es un usurero que, por un cuarto de hora de dicha que te presta, te hace pagar todo un cargamento de desgracias.

Los nudos más sólidos se desatan por sí mismos, porque la cuerda se gasta. Todo se va, todo pasa; el agua corre y el corazón olvida.

La comicidad llegada al extremo, la comicidad que no hace reir, el lirismo en la broma es para mí lo que más me seduce como escritor.

Esta disposición para planear sobre uno mismo es quizá la fuente de toda virtud. Te arranca de la personalidad, lejos de retenerte en ella.

¡Camina, venga, no mires hacia atrás ni hacia adelante; pica piedras como un peón, con la cabeza gacha, latiéndote el corazón siempre, siempre!

Yo soy un arabesco de marquetería; hay trozos de marfil, de oro y de hierro; los hay de cartón pintado; los hay de diamante; los hay de hoja de lata.

No presumo de ir hacia un falso ideal de estoicismo, pero evito las ocasiones de sufrimiento y las atracciones peligrosas, de las que ya no se vuelve.

El amor no es lo primero en la vida, sino lo segundo. Es un lecho en el que acuesta uno su corazón para relajarlo. Y uno no puede pasarse todo el día echado.

Las mujeres, que han amado tanto, no conocen el amor, por haber estado demasiado acupadas con él; no tienen un apetito desinteresado por lo Bello.

Lo que constituye la fuerza de una obra es el empalme, como se dice vulgarmente, es decir, una larga energía que corre de un extremo a otro y que no flaquea.

Al amor le pusieron una venda, pues resultaba embarazoso representar sus ojos. Habría sido algo demasiado feo. Lleva tanto tiempo llorando que han de estar rojos.

Porque un imbécil tenga dos pies como yo, en vez de cuatro como un burro, no me creo obligado a quererlo, o al menos, a decir que lo quiero y que me interesa.

El amor, después de todo, no es sino una curiosidad superior, un apetito de lo desconocido que te empuja a la tormenta, a pecho abierto y con la cabeza adelante.

Lo que hace dulces los días es la expansión de la mente, la comunión de ideas, el relato confidencial de lo que se ha soñado, de lo que se desea, de todo lo que se piensa.

Hay que poner el corazón en el arte, la inteligencia en el comercio del mundo, el cuerpo allá donde se encuentre bien, la bolsa en el bolsillo y la esperanza en parte alguna.

Me detesto y me acuso por esa demencia de orgullo que me hace jadear en pos de la quimera. Un cuarto de hora después, todo ha cambiado; el corazón me late de alegría.

Que cada uno se contente con ser honesto, quiero decir con cumplir su deber y no fastidiar al prójimo, y entonces todas las utopías virtuosas se verán rápidamente rebasadas.

¡Si me hubieras amada a los diecisiete años, qué cretino sería ahora! La feliclidad es como la sífilis: si se contrae demasiado joven, puede estropear completamente el temperamento.

No hay un cretino que no haya soñado ser un gran hombre, ni un burro que, al contemplarse en el arroyo junto al que pasaba, no se mirara con placer, encontrándose aires de caballo.

Soy el hermano en Dios en todo lo viviente, de la jirafa y del cocodrilo tanto como del hombre, y conciudadano de todos los inquilinos del gran caserón amueblado que es el Universo.

Lo grotesco triste tiene para mí un encanto inaudito; corresponde a las necesidades íntimas de mi naturaleza, que es bufonescamente amarga. No me hace reir sino soñar largamente.

Amo el arte, y no creo en él. Me acusan de egoísmo, y no creo en mí más que en otra cosa. Amo la naturaleza, y con frecuencia el campo me parece estúpido. Amo los viajes y detesto menearme.

Siempre soy sincero, y no puedes acusarme de haber mentido ni fingido un solo minuto, pues desde la primera hora, desde la primera palabra, dije todo eso; desde el bautismo anuncié el entierro.

Yo le había dado el fondo. Usted quiere, además, lo de encima, la apariencia, los mimos, la atención, los desplazamientos, todo lo que me he matado tratando de explicarle que no podía darle.

Ya he sido amado antes, y mucho, aunque soy de esos seres a los que se olvida pronto, más aptos para hacer nacer la emoción que para hacerla durar. Siempre me quieren un poco como algo raro.

Me parece que tú también tienes tristeza en el corazón, de esa profunda que de nada procede y que, como depende de la sustancia misma de la vida, es tanto mayor cuanto que ésta es más agitada.

La gente que medita, o sea, los champiñones intelectuales que se pudren en su sitio, como yo, hacen bien de vez en cuando en acercarse al fuego. Hace que despidan su jugo, luego quedan aún más secos.

Es fácil, con una jerga convenida, con dos o tres ideas en boga, hacerse pasar por un escritor socialista, humanitario, renovador y precursor de ese porvenir evangélico soñado por los pobres y por los locos.

La idea de dar la vida a alguien me produce horror. Me maldeciría si fuese padre. ¡Un hijo mío! ¡Oh, no, no, no! ¡Perezca toda mi carne, y que no transmita a nadie el hastío y las ignominias de la existencia!

El hastío que me entra por los ojos me rompe, desde el punto de vista nervioso, y además, sufrir durante mucho tiempo el espectáculo de la multitud me hunde siempre en ciénagas de tristeza, donde me asfixio!

Comprendo como cualquier otro lo que debe de experimentarse viendo dormir a un hijo. Yo no habría sido mal padre; pero ¿para qué hacer salir de la nada lo que duerme? Hacer venir a un ser es traer a un desdichado.

No he podido llegar al estoicismo, al que nada afecta, y que no se rebela más ante la estupidez que ante el crimen; pero he conseguido librarme completamente de todo cuanto puede mostrarme la estupidez humana.

Ya he vuelto a mi vida chata y monótona, que sólo tiene algún placer en su uniformidad, y alguna grandeza, quizá, sólo en su perseverancia. En cuanto rompo mi ritmo ordinario y quiero volver a él, siento una amargura sin fondo.

Todo el talento de escribir no consiste, después de todo, más que en la elección de las palabras. La precisión es la que hace la fuerza. En estilo es como en música: lo más hermoso y lo más raro que hay es la pureza del sonido.

Lo que siento por ti es un fruto de verano de piel lisa, que cae de la rama al menor soplo y derrama en la hierba su jugo bermejo. Se agarra al tronco, tiene la corteza dura como un coco y erizada de pinchos como los higos chumbos.

Lo que temo no son los leones ni los sablazos, sino las ratas y los alfilerazos. La habilidad práctica de un ser inteligente consiste en saber preservarse de todo eso. Para ello, como en todo, hace falta arte, y sobre todo paciencia.

No ha dado tiempo a su ira para que se enfríe. Una vez más, no se escribe con el corazón, sino con la cabeza, y por bien dotado que esté uno, siempre hace falta esa vieja concentración que da vigor al pensamiento y relieve a la palabra.

He perdido a muertos, he perdido a vivos, y he visto toda las estupidez vanidosa de mis dolores, cuando creía que estos afectos eran necesarios para mi vida. Nada es necesario ni útil. Hay cosas más o menos agradables, eso es todo.

¿Por qué has querido entrometerte en una vida que no me pertenece a mí mismo, y cambiar toda esa existencia a capricho de tu amor? Me ha hecho sufrir el ver los esfuerzos inútiles que hacías para mover esa roca que hace sangrar los dedos cuando se roza.

De día en día siento operarse en mi corazón un alejamiento de mis semejantes que va ensanchándose, y estoy contento de ello, pues mi facultad de aprehensión hacia lo que me es simpático va en aumento, debido a ese mismo alejamiento.

El fondo de mi creencia es no tener ninguna. Ni siquiera creo en mí; no sé si soy idiota o ingenioso, bueno o malo, avaro o pródigo. Como todo el mundo, floto entre todo eso; mi mérito es, quizá, el darme cuenta, y mi defecto, el tener la franqueza de decirlo.

Hay que leer, meditar mucho, pensar siempre en el estilo y escribir lo menos posible, sólo para calmar la irritación de la idea que exige tomar forma, y que se revuelve en nuestro interior hasta que le hemos encontrado una exacta, precisa, adecuada a ella misma.

La prueba de que no soy un fanático de los tonos crudos y de las ideas absolutas es que, tanto como me gustan en arte los amores desordenados y las pasiones que gritan, tanto me gustan en la práctica las amistades voluptuosas y los galanteos sentimentales.

No son las grandes desgracias las que crean la desgracia, ni las grandes felicidades las que hacen la felicidad, sino el tejo fino e imperceptible de mil cinscuntancias banales, de mil detalles tenues, que componen toda una vida de paz radiante o de agitación infernal.

No son las grandes cenas ni las grandes orgías las que alimentan, sino un régimen seguido, sostenido. Trabaja cada día pacientemente un número igual de horas. Toma el hábito de una vida estudiosa y tanquila; primero saborearás en ella un gran encanto y sacarás fuerza.

Lo que a mí me parece lo más elevado del Arte (y lo más difícil) no es hacer reir ni llorar, ni poner cachondo o enfurecer, sino obrar al modo de la naturaleza, es decir, hacer soñar. Por eso las obras más hermosas poseen ese carácter. Son serenas de aspecto e incomprensibles.

Me hablas de un terremoto en Livorno. Aunque abriera la boca al respecto, para dejar escapar las frases consagradas en semejante caso: "¡Es lamentable! ¡Qué horrible desastre! ¿Será posible? ¡Ay, Dios mío!", ¿devolvería la vida a los muertos y sus bienes a los pobres?

San Vicente de Paúl obedecía a un apetito de caridad, como Calígula a un apetito de crueldad. Cada uno goza a su estilo y para sí solo; unos, reflejando la acción sobre sí mismos, convirtiéndose en su causa, centro y finalidad; otros, convidando al mundo entero al festín de su alma.

El éxito no me tienta. Lo que me tienta es lo que puedo darme, mi propia aprobación; y quiza acabaré por prescindir de ella, como habría que tenido que prescindir de la de los demás. Así pues, traslada todo eso a ti, sobre ti, Trabaja, medita, medita sobre todo, condensa tu pensamiento.

Eres precisamente la única mujer a la que he querido y que he conseguido. Hasta ahora me iba a calmar con unas los deseos inspirados por otras. Me has hecho mentirle a mi sistema, a mi corazón, quizá a mi naturaleza, que, siendo incompleta en sí misma, busca siempre lo incompleto.

El amor no está, y no debe estar, en el primer plano de la vida; debe quedarse en la trastienda. Hay otras cosas antes que él, en el alma, que están, creo, más cerca de la luz, más próximas al sol. Conque, si tomas el amor como plato fuerte de la vida: no. Como condimento: sí.

Lo que me impide tomarme en serio, aunque tengo el espíritu bastante grave, es que me encuentro bastante ridículo, no con ese ridículo relativo que es la comicidad teatral, sino con ese ridículo inherente a la propia vida humana, y que brota del acto más sencillo o del gesto más ordinario.

Un hombre querrá a su lavandera y sabrá que es tonta, sin gozar menos por ello. Pero si una mujer ama a un patán, es un genio desconocido, un alma de élite, etc., de modo que, debido a esa natural disposición al bizqueo, no ven la verdad cuando aparece, ni la belleza allá donde se encuentra.

La patria es la tierra, es el universo, son las estrellas, es el aire, es el propio pensamiento, es decir, lo infinito dentro de nuestro pecho. Pero las querellas de pueblo a pueblo, de municipio a barrio, de hombre a hombre, me interesan poco, y sólo me divierten cuando constituyen grandes lienzos en fondo rojo.

Lea y no sueñe. Sumérjase en largos estudios; lo único que hay perennemente bueno es el hábito de un trabajo tozudo. De él se desprende un opio que embota el alma. He pasado por atroces hastíos, y he girado en el vacío, loco de aburrimiento. De eso se salva uno a fuerza de constancia y de orgullo.

Déjame quererte a mi aire, al estilo de mi ser, con lo que tú llamas mi originalidad. Compréndeme y no me acuses. Si te considerase ligera y necia, como las demás mujeres, te engañaría con palabras, promesas y juramentos. ¿Qué me costaría? Pero prefiero quedarme por debajo que por encima de la verdad de mi corazón.

Si por amor entiendes tener una preocupación exclusiva por el ser amado, no vivir más que por él, no ver más que a él de todo cuanto hay en el mundo, estar lleno de su idea, tener el corazón colmado de él... sentir, en una palabra, que tu vida está ligada a esa vida y que ésta se ha convertido en un órgano particular de tu alma: no.

Creo que la noche está hecha para un orden de ideas muy particular, distinto de aquel en que vivimos todo el día; es el momento de los suspiros, de los deseos, del recuerdo y de la esperanza; entonces es cuando, solo y despierto, el pensamiento flota a gusto entre cielo y tierra, como esas aves que viven en las nubes.

He nacido hastiado; esa es la lepra que me corroe. Me aburro de la vida, de mí mismo, de los demás, de todo. A fuerza de voluntad he acabado por adquirir el hábito del trabajo; pero cuando lo interrumpo, todo mi hastío vuelve a la superficie, como una carroña hinchada que exhibe su vientre verde y corrompe el aire que respiramos.

Si alguna vez se enamora de ti un pobre muchacho que te encuentra hermosa, un chico como era yo, tímido, dulce, tembloroso, que te tiene miedo y te busca, te evita y te persigue, sé buena con él, no lo rechaces, dale solamente tu mano a besar; morirá de embriaguez. Pierde tu pañuelo, lo recogerá y dormirá con él; se revolcará encima, llorando.

El extremo de todos mis sentimientos tiene una punta afilada que hiere a los demás, y también a mí mismo, a veces. No me gusta que mis sentimientos sean conocidos por el público, y que en las visitas me arrojen a la cabeza mis propias pasiones, a modo de conversación. Siento que te amaría de manera más ardiente si nadie supiera que te amo.

Nunca hay que pensar en la felicidad, eso atrae al diablo, pues es él quien ha inventado esa idea para hacer enloquecer al género humano. El concepto de paraíso es, en el fondo, más infernal que el de infierno. La hipótesis de una felicidad perfecta es más desesperante que la de un tormento sin descanso, ya que estamos destinados a no encontrarla nunca.

A partir de la noche en que me besaste en la frente, me juré a mí mismo no mentirte nunca. Es el procedimiento más rudo, más brutal; ¿dirás, acaso, el menos tierno? Pero creo que obrar de otro modo sería despreciarte, envilecerte incluso. No estás hecha para que se te sirva con un amor falso y lleno de muecas. Preferiría rajarte la cara que burlarme de ti a tus espaldas.

Me oriento hacia una especie de misticismo estético (si ambas palabras pueden ir juntas), y querría que fuese más fuerte. Cuando ningún estímulo nos viene de los demás, cuando el mundo exterior nos asquea, nos vuelve lánguidos, nos corrompe y nos embrutece, las personas honradas y delicadas se ven forzadas a buscar en sí mismas, en algún lugar, un sitio más limpio para vivir.

¡Cuántos amores, entusiasmos, amistades profundas y vivas simpatías no habré tenido ya, para verlas derretirse como la nieve! Me aferro a lo poco que me queda. He llorado a los muertos, a algunos vivos, y me he reído de lástima ante la vanidad de mis mejores sentimientos y de mis creencias más puras. Pero no arrojo a la calle a los que quieren quedarse conmigo, en mi aburrido aislamento.

Antes pasé largas horas soñando con triunfos asombrosos para mí, cuyos clamores me hacían estremecerme como si ya los hubiera oído. Pero no sé por qué, una mañana me desperté desembarazado de aquel deseo, incluso más enteramente que si hubiera sido satisfecho. Entonces me vi más pequeño, y dediqué toda mi razón a observar mi naturaleza, su fondo, y sobre todo sus límites.

¿Sabes que es lo que hay de más íntimo, más oculto en todo mi corazón y lo que es más "yo" en mí? Son dos o tres pobres ideas de arte incubadas con amor; eso es todo. Los más grandes acontecimientos de mi vida han sido algunos pensamientos, lecturas, ciertas puestas de sol en Trouville al borde del mar, y charlas de cinco o seis horas consecutivas con un amigo que ahora está casado, y perdido para mí.

Para tener talento hay que estar convencido de que se posee, y para conservar la conciencia limpia hay que colocarla por encima de la de todos los demás. El modo de vivir con serenidad y al aire libre es instalarse sobre una pirámide cualquiera, no importa cuál, con tal que sea elevada y su base sólida. ¡Ah!, no siempre es divertido, y se está muy solo; pero se consuela uno escupiendo desde arriba.

Si a veces tengo momentos agrios que me hacen casi gritar de rabia, hasta tal punto siento mi impotencia y mi debilidad, hay otros también en que me cuesta contenerme de alegría. Algo profundo y extravoluptuoso desborda de mí a chorros precipitados, como una eyaculación del alma. Me siento transportado y todo ebrio de mi propio pensamiento, como si me llegase, por un tragaluz interior, una bocanada de perfumes cálidos.

Hubo un tiempo en que me mirabas como a un egoísta celoso que se complacía rumiando perpetuamente su propia personalidad. Eso es lo que creen quienes ven la superficie. Lo mismo ocurre con ese orgullo que tanto indigna a los demás y que, no obstante, cuesta tamañas miserias. Al contrario, nadie ha aspirado a los demás más que yo. He ido a olfatear estiércoles desconocidos, me he apiadado de muchas cosas ante las que no se enternecían las personas sensibles.

¿Por qué no amarnos como debe uno amarse cuando tiene inteligencia? ¿Por qué no disfrutar simplemente del placer de estar juntos, buscarlo, escribírnoslo de vez en cuando, vernos con el rostro risueño y el corazón abierto, y que todo quede ahí? No merece la pena el no ser perfectos imbéciles, si es para vivir como locos. Cuando se quiere que un río corra más aprisa, se estrecha, se hace más profundo, pero sus aguas son turbias. Cuando se suena uno demasiado fuerte, se sangra. Cuando se zambulle uno demasiado hondo, se rompe la cabeza. Cuando se ama irracionalmente, se sufre desmesuradamente.

En cuanto a la idea de la patria, es decir de cierta porción de terreno dibujada en el mapa y separada de las demás por una línea roja o azul, ¡no! La patria es para mí el país que quiero, es decir, con el que sueño, aquel en que me encuentro bien. Soy tan chino como francés, y no me alegro nada de nuestras victorias frente a los árabes, porque me entristecen sus reveses. Quiero a este pueblo áspero, vivo, último tipo de las sociedades primitivas y que, al hacer alto a mediodía, tumbado a la sombra, bajo el vientre de sus camellas, se burla, mientras fuma su chibuquí, de nuestra valiente civilización que tiembla de ira.

Si por amor entiendes querer tomar de ese doble contacto la espuma que flota encima sin remover el pozo que puede estar en el fondo, unirse con una mezcla de ternura y de placer, verse con encanto y separarse sin desesperación... poder vivir uno sin el otro, puesto que uno vive separado de todo cuanto anhela, huérfano de todo lo que ama, viudo de todo aquello con lo que sueña; pero experimentar, no obstante, en estas aproximaciones, desfallecimientos que hacen sonreír, como ante un cosquilleo extraño; sentir, por último, que esto ha ocurrido porque tenía que ocurrir, y que pasará porque todo pasa, jurándose de antemano que no acusará al otro ni a uno mismo, y en medio de esta dicha vivir como uno vive, o un poco mejor, con un sillón más para reclinar en él el corazón los días de cansancio, sin que por ello deje uno de estar mucho más divertido al levantarse cada mañana.

Tomado del blog de Elsy Rosas Crespo.
Somos parecidos a esos sapos que en la austera noche de los pantanos se llaman sin verse, doblegando con su grito de amor toda la fatalidad del universo.
René Char


No haría falta amar a los hombres para darles una ayuda real. Sólo desear hacer mejor cierta expresión de su mirada cuando se detiene en algo más empobrecido que ellos, prolongar en un segundo cierto minuto agradable de su vida. A partir de esta diligencia y cada raíz tratada, su respiración se haría más serena. Sobre todo, no suprimirles por entero esos senderos penosos, a cuyo esfuerzo sucede la evidencia de la verdad a través de los llantos y los frutos.
René Char