Grace Paley
(Estados Unidos, 1922-2007)
Es responsabilidad
Es responsabilidad de la sociedad dejar al poeta ser poeta
Es responsabilidad del poeta ser mujer
Es responsabilidad del poeta ponerse por las esquinas repartiendo
poemas y octavillas hermosamente escritas
también octavillas que casi no se pueden mirar
por su retórica chirriante
Es responsabilidad del poeta ser perezoso en pasar la vida y profetizar
Es responsabilidad del poeta no pagar impuestos de guerra
Es responsabilidad del poeta entrar y salir de torres de marfil y
apartamentos de dos piezas en la avenida C y
en campos de alforfón y en campamentos del ejército
Es responsabilidad del poeta varón ser mujer
Es responsabilidad del poeta hembra ser mujer
Es responsabilidad del poeta decirle la verdad al poder
como la dicen los cuáqueros
Es responsabilidad del poeta aprender la verdad de los débiles
Es responsabilidad del poeta decir muchas veces: no hay libertad
sin justicia y esto quiere decir justicia amorosa y
justicia económica
Es responsabilidad del poeta cantar esto en todos los modos
originales y los tradicionales de cantar y recitar
poemas
Es responsabilidad del poeta escuchar las charlas y transmitirlas
a la manera de los narradores que decantan las
historias de la vida
No hay libertad sin miedo y valentía. No hay libertad a menos que
sigan tierra y aire y agua y los niños también sigan
Es responsabilidad del poeta ser mujer para echar un ojo a este
mundo y gritar como Casandra, pero siendo
escuchada esta vez.
Versión es de Isabel Lucio-Villegas y Luis Marigómez.
***
En el Día de la Madre
Salí y caminaba por el viejo barrio…
¡Mira! Hay más árboles en la manzana,
con “nomeolvides” en los alrededores;
hiedra lantana que brilla y
geranios en la ventana.
Hace veinte años
la gente creía que las raíces de los árboles
se meterían en la tubería del gas
pues se caerían, envenenados,
sobre las casas y los niños;
o saltarían a las cañerías de la ciudad,
hambreando por nitrógeno;
¡obstruirían el alcantarillado!
En esos días, durante las tardes,
yo flotaba en el trasbordador hacia Hoboken o Staten Island
pues empujaba a los bebés en sus carriolas
a lo largo de la pared del río, observando Manhattan.
¡Mira Manhattan!, grité, ¡Nueva York!
Donde no brilla, aun al atardecer,
pero la ciudad está parada en fuego,
carbón de leña hasta la cintura.
Pero durante esta tarde de domingo, este Día de la Madre,
caminé al oeste y llegué en Hudson Street;
banderas tricolores ondeaban sobre muebles en venta
hechos de madera de roble viejo;
armazones de la cama de latón,
y cacerolas y jarrones de cobre
–por libra de la India.
De repente, ante mis ojos,
veintidós travestis en un desfile alegre
metieron cojines bajo sus vestidos bonitos
y entraron en un restaurante
debajo de un letrero que se leyó:
Todas las madres embarazadas comen gratis.
Les observé colocando servilletas sobre sus vientres
y aceptando café y zabaglione.
Estoy especialmente abierta a la tristeza y la hilaridad
desde que mi padre murió,
como si fuera un niño,
hace una semana,
y en su año nonagésimo.
Versión de Alexander Best
***
Necesitaba hablar con mi hermana
hablar con ella por teléfono —Quiero decir
como hacía cada mañana
y en la noche también cada vez que los
nietos decían algo que
apretaba el corazón de cada una de las dos
Llamé —su teléfono sonó cuatro veces
me creerás que se me cortó la respiración —luego
se oyó un horrendo ruido telefónico
una voz dijo— este número ya no
está en uso —qué maravilla
Pensé—. Puedo
volver a llamar no han asignado todavía
su número a otra persona a pesar de que
han pasado dos años de ausencia por muerte.
Versión de Bárbara Jacobs
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martes, 16 de agosto de 2016
sábado, 5 de junio de 2010
Pero la verdad es que quiero algo
GRACE PALEY
(Nueva York, EE.UU., 1922-2007)
Deseos
Vi a mi ex marido en la calle. Estaba sentada en las escaleras de la nueva biblioteca.
Hola, mi vida, dije. Habíamos estado casados veintisiete años, así que me sentía justificada.
Él dijo: ¿Qué? ¿Qué vida? La mía desde luego que no.
Y yo, bueno. No discuto cuando hay verdadera discrepancia. Me levanté y entré en la Biblioteca a ver cuánto debía.
La bibliotecaria dijo que treinta y dos dólares en total, y lleva usted debiéndolos dieciocho años. No negué nada. Porque no entiendo cómo pasa el tiempo. He tenido esos libros. He pensado con frecuencia en ellos. La biblioteca sólo queda a dos manzanas.
Mi ex marido me siguió a la sección de devolución de libros. Interrumpió a la bibliotecaria, que tenía más que decir. En varios sentidos, dijo, cuando miro hacia atrás, atribuyo la disolución de nuestro matrimonio al hecho de que tú nunca invitaste a cenar a los Bertram.
Es posible, dije. Pero, en realidad, si recuerdas: primero, mi padre estaba enfermo aquel viernes, luego nacieron los niños, luego yo tuve aquellas reuniones de los martes por la noche, luego empezó la guerra. Luego, era como si ya no los conociésemos. Pero tienes razón. Debería haberlos invitado a cenar.
Entregué a la bibliotecaria un cheque de treinta y dos dólares. Confió plenamente en mí, se echó a la espalda mi pasado, dejó limpio mi expediente, que es exactamente lo que jamás harán las otras burocracias municipales y/o estatales.
Saqué los dos libros de Edith Warton que acababa de devolver porque hacía mucho tiempo que los había leído y ahora son más oportunos que nunca. Los libros eran The House of Mirth y The Children, que trata de cómo cambió la vida de Estados Unidos en Nueva York en veintisiete años, hace cincuenta.
Una cosa agradable que recuerdo muy bien es el desayuno, dijo mi ex marido. Me sorprendió. Nunca tomábamos más que café. Luego recordé que había un agujero en la pared del armario de la cocina que daba al apartamento contiguo. Allí siempre tomaban tocino ahumado, curado con azúcar. Nos daba una sensación majestuosa de desayuno, aunque nosotros nunca llegáramos a quedar ahítos.
Eso fue cuando éramos pobres, dije.
¿Es que alguna vez fuimos ricos?, preguntó él.
Bueno, con el paso del tiempo, a medida que nuestras responsabilidades aumentaron, no pasamos necesidades ni apuros. Tú lograste resolver los problemas económicos, le recordé. Los niños iban de campamento cuatro semanas al año y llevaban ponchos decentes, con sacos de dormir y botas, como todos los demás. Tenían un aspecto espléndido. Nuestra casa estaba caldeada en invierno, teníamos unos cojines rojos muy lindos, y muchas cosas.
Yo quería un barco de vela, dijo él. Pero tú no querías nada.
No te mortifiques, dije. Nunca es demasiado tarde.
No, dijo él con gran amargura. He de conseguir un barco de vela. La verdad es que tengo dinero reservado para un cinco metros de dos aparejos. Me está yendo muy bien este año y creo que me irá aún mejor. En cuanto a ti, es demasiado tarde. Tú nunca desearás nada.
A lo largo de los veintisiete años, había tenido la costumbre de hacer un comentario sutil que, como el desatrancador del fontanero, se abriera oído abajo, por la garganta, y llegara hasta mi corazón. Y entonces desaparecía, dejándome atascada. En fin, me senté en las escaleras de la Biblioteca y él se fue.
Eché un vistazo a The House of Mirth, pero perdí interés. Me sentía sumamente acusada. Qué le vamos a hacer, es verdad, ando escasa de deseos y de necesidades absolutas. Pero la verdad es que quiero algo.
Quiero, por ejemplo, ser una persona distinta. Quiero ser la mujer que devuelve esos dos libros en dos semanas. Quiero ser la ciudadana eficaz que cambia el sistema escolar y comunica al Comité de Presupuestos los problemas de este querido centro urbano.
Había prometido a mis hijos poner fin a la guerra antes de que fueran mayores.
Quería permanecer casada ya para siempre con una persona, mi ex marido o mi marido actual. Ninguno de ellos tiene suficiente carácter para toda una vida, que, en realidad, no es mucho tiempo. En una vida breve no puedes agotar las cualidades del hombre ni meterte debajo de la roca de sus argumentos.
Esta mañana precisamente me asomé a la ventana para mirar un rato la calle y vi que los pequeños sicomoros que la ciudad había plantado soñadoramente unos dos años antes de que nacieran los niños habían llegado a su plenitud.
¡Bueno! Decidí devolver aquellos dos libros a la biblioteca. Lo cual demuestra que cuando surge una persona o un acontecimiento que me conmueve o me valora puedo emprender una actuación adecuada, aunque soy más conocida por mis comentarios afables.
De Cuentos completos (Anagrama), publicado por primera vez en Enormes cambios en el último minuto (1974)
Traducción de J.M. Álvarez Florez Y Ángela Pérez
***
Todos los cuentos de Paley oscilan entre las ansias de libertad y las limitaciones de la vida doméstica. Pero, sin embargo, ella no cree que su maternidad le haya impedido jamás dedicarse a la escritura:
“Recuerdo hablar de esto en encuentros de mujeres. En una oportunidad hablaba con algunas que querían escribir y hacer otras cosas, y sus chicos se lo impedían. Creían que tenían deberes con sus hijos. Y en esto el movimiento de mujeres es muy agudo e inteligente. Hay que meterse en la cabeza que cuidar a los chicos no es una profesión que una tenga que hacer perfectamente. Esta idea de que hay que ponerlos en la mejor escuela, estar sobre ellos todo el tiempo... Bueno, primero, es engañarse a una misma. Una no es tan importante. El mundo ya los está criando, así que si una tiene un hijo que puede ser enviado a Africa y ser asesinado, es mejor que además de prestrarle atención al chico le preste atención al mundo. Todo está relacionado. No es una profesión para una mujer adulta criar hijos. Es parte de nuestra vida, pero no es una especialización. Y puede ser una limitación, pero eso es sólo la vida.”
copy: Página/12
***
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Somos parecidos a esos sapos que en la austera noche de los pantanos se llaman sin verse, doblegando con su grito de amor toda la fatalidad del universo.
René Char
No haría falta amar a los hombres para darles una ayuda real. Sólo desear hacer mejor cierta expresión de su mirada cuando se detiene en algo más empobrecido que ellos, prolongar en un segundo cierto minuto agradable de su vida. A partir de esta diligencia y cada raíz tratada, su respiración se haría más serena. Sobre todo, no suprimirles por entero esos senderos penosos, a cuyo esfuerzo sucede la evidencia de la verdad a través de los llantos y los frutos.
René Char
René Char
No haría falta amar a los hombres para darles una ayuda real. Sólo desear hacer mejor cierta expresión de su mirada cuando se detiene en algo más empobrecido que ellos, prolongar en un segundo cierto minuto agradable de su vida. A partir de esta diligencia y cada raíz tratada, su respiración se haría más serena. Sobre todo, no suprimirles por entero esos senderos penosos, a cuyo esfuerzo sucede la evidencia de la verdad a través de los llantos y los frutos.
René Char