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jueves, 23 de septiembre de 2010

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ENTRE OTROS, UN POEMA DE ALGUNOS de los INVITADOS
AL FESTIVAL DE POESÍA ROSARIO 2010

ROBERTO RASCHELLA

(Buenos Aires; Argentina, 1930)


El silencio era cuatro muchachos

El silencio era cuatro muchachos que pasaban.
Había un pozo de creta delante de la iglesia.
La madre decía el pesar sobre la sangre
del hijo herido o el animal callado,
después arrojaba la desnuda madeja a la cama
que ya estaba excavada.
Temía los signos del perro de cobre puro,
el perro entre martillos de verano y hambres,
el perro que surgía de sus ojos vivo.
"¿De dónde ha llegado esa nube?"
"Ha llegado de otro mar: pasó
por la ventana y arrancó el lunario."
"Llórame, madre, entonces. Llórame
en vida, llórame."
"No. Hago votos por ti,
con toda el alma.
Pero no bailes.
Te dará vuelta la cabeza.

Oh, amargo hijo:
tú que no tienes sufrimiento
todavía, tú que heredas mi mal,
tú que has nacido con los pies de fuego...
Búscate una mujer.
Búscate un hermano, te pido.
Búscate otra tierra."

Ella era la forma mía,
la terrible pared.
***
GABRIELA SACCONE
(Rosario, Santa Fe, Argentina, 1961)

I

El silencio, el brillo en la tarde
es más de lo que una espera
al mirar las estrellas.
Nacemos con menos asombro que dolor
por lo que vayamos a ver,
pero que a esta hora ni un auto
circule por la calle, que llueva y el pavimento
muestre los destellos de un cielo nublado
bastan para enturbiar il male di vivere,
haciéndonos parte de un paisaje de espuma.
***
PETER THEUNYNK
(Eeklo, Flandes del Este, Bélgica, 1960. Vive y trabaja en Antwerp)

Grabado

Esa manera de volar de la gente
en grabados antiguos, tan nítida
tan cándida.
Entre retratos de emperadores
y soldados, animales vertebrados y
ballenas, tan irrefutable.
¿Perdieron luego la práctica,
por la falta de elasticidad
en los dedos, el exceso de plomo
en los padres? Golondrinas
a la espera, cotorreando
en cables de teléfono.

(de Berichten van de Pan American Airlines & Co, Mensajes de la Pan American Airlines & Co., 1997)
***
SYLVINA BACH
(Tucumán,  Argentina, 1975)

El país de las maravillas



Aquí yacen
el sombrerero loco, el conejo blanco,
muertos de ingenuidad.

El amor está en sombras,
la reina de corazones anhela tu muerte

En este mundo es difícil encontrar el tamaño justo,
no hay cómo adaptarse a la medida de los otros.

Aquí
lo único que perdura
es la sonrisa del gato que se esfuma.

Sonríe, como él,
Alicia

y desaparece.
***
VIRNA TEIXEIRA
(Fortaleza, Brasil, 1971)

Landscape

para dónde las piernas
que pedalean mientras

ovejas migran en
dirección opuesta:
montañas

y las ruedas veloces
de los coches y los pies
determinados y
exhaustos

del ciclista solitario
en el verde (cortado)
de la cuesta.

Traducción: Victor Sosa
***
IGOR BARRETO
(San Fernando de Apure, Venezuela, 1952)

A Custodio Martínez lo arrancamos de las fauces de un caimán. Eso ocurrió en El Panchero cuyas aguas lodosas desembocan en otro caño de nombre Guafita. Vadeando el cauce al llegar al cantil ribereño el caimán lo agarró por las piernas. Vi al pobre sacar apenas una mano, y luego emerger la enorme trompa del reptil sacudiendo su presa para desgarrarla. Era un caimán de cinco varas de largo y musgosa coraza amarilla. En el hervor de las aguas lo soltó. A Custodio Martínez lo trasladamos en un chinchorro, dormía bajo el sol y llevaba un hilo de sangre surcando el lóbulo de la oreja. Antes de morir se levantó como si nada hubiese ocurrido, tomó un papel y escribió este poema:



Una barca con sus bogas,
con ornamentos dorados.
Y una serpiente bebiendo
lo que resta del verano.
***
MARITZA KUSANOVIC VARGAS
(Punta Arenas, Chile, y desde hace 37 años reside en Río Gallegos, Santa Cruz)

la ruta del nombre

Porque sólo el óvulo supo imaginar el mundo
Primero fui un tinte
El pastiche en la masa
Los padres bruñían y bruñían
hasta envolver los huesos
Ya está dijeron-dijo la placenta
ya está Porque los ovarios también
discuten la cosa La cosa fui yo
antes de mi boca La roja
que esconde el cuerpo
Antes de que mi boca dijera
este cuerpo es mío Y el cuerpo
la ocultara entre sus piernas

Lo cierto es que
nunca cultivé la boca
Alguna vez ella miró
desde la profunda
Miró llover y cerró los ojos
para no ver como la lluvia borra
lo que toca

Es dura la boca La boca no sueña
Tiene pesadillas El fuego no la
deja dormir-dice que la hoguera
Da testimonio y firma Dice
que siempre hay leña
Dice que siempre la queman

La boca también abrasa Tiene
un calor que marca y llama Tiene
una línea Y hay cenizas que escuchan
Y acuden Hay cenizas que pisan el hilo
en el lado más delgado de sus labios
***
THOMAS BOBERG
(Roskilde, Dinamarca. Vive actualmente en Copenhague)

Mientras lloro con un ojo

Ahora me he vuelto ese ladrón al que siempre yo negaba
frío, no como quien calcula
sino como el cleptómano, ardiente...
y no espero, tomo
no sólo el silencio del cadáver, no sólo la campana
de la capilla, sino la torre de la iglesia, el portal y el mendigo
en el atrio, su tazón, su moneda
yo robo
y el rebaño de ovejas resuena por el polvo, por el cansancio
empinándose
robo la sangre, robo la luz y la piel, hasta
los pulmones
hasta las cámaras batientes del sueño
Mi hurto, mi botín
es el día mismo y todo lo que trae
la noche misma y todo lo que contiene
robo la fogata nocturna junto a la choza
inclinada
donde los carboneros junto a la ferrovía
calientan sus manos nudosas
yo tomo lo que ni siquiera tienen
Por fin soy ahora el ladrón que siempre fui
y lloro con un ojo
mientras que con el otro robo
ahora cuando la fogata se extingue junto a las manos de los pobres
y se levantan
y parten como humo por los rieles
robo también la ceniza de sus vidas
de su pobre hoguera
que nunca le dejará un hueso a un perro lastimero
lo tomo también
robo con un ojo
mientras que con el otro lloro

lunes, 6 de septiembre de 2010

GABRIELA SACCONE
(Rosario, Santa Fe, Argentina, 1961)


No habrá en ese atardecer
un color único que los cuerpos destellen.
La combinación de rojos, amarillos y grises,
cubriendo campo y ciudades,
hará que nuestra mirada se estremezca
ante el mundo ahora invadido,
Este río, no ávido de furia,
que miro mientras cago en cuclillas
desde los arrozales, desbordará.
Viento helado soplando, la línea
de la costa borrada y de la isla
sólo restos: el alto vuelo de una garza,
las ramas del sauce, mansas,
cayendo en lo que fue la orilla.
***

El mar es previo al sueño,
la mente una araña;
dejando atrás la vigilia
despliega sus patas y caen
las imágenes tan suaves como la longitud.
***
Acerca de la fabricación de los pensamientos

Todos los días, antes del amanecer, una mujer atraviesa la ciudad rumbo al trabajo. El recorrido del colectivo, la calle, un balcón, son para ella hendijas por las que se filtra un mundo invisible.

¿Debo adivinar de esa mancha plomo, estirada sobre un cielo oscuro, allá en el horizonte, que se viene una tormenta? Tal vez el origen de esa luz, que hace ver grisáceo sobre negro y convierte al firmamento en una galería claroscura, sea nada más que neones sobre una avenida casi calva. Pero si se tiene en cuenta que amanece, ¿cuál es el nombre del color que cambia velozmente con la primera luz? ¿Y para qué saberlo?

Llego cada madrugada hasta el cantero del centro de esta calle que tiene unos arbustos como animales haciendo guardia, centinelas de la fortaleza que está detrás, a mitad de cuadra, y que esquivo flotando como una baba del diablo. El aire de las primeras horas es un narcótico y su efecto dura uno o, como mucho, dos minutos. Aunque hubo un día en que la policía cortó el tránsito y fueron largos esos minutos entre los arbustos sin poder salir de la noche silenciosa. Soñé despierta. Soñé un ser en el tiempo inicial del mundo.

Cruzo hacia la vereda de la iglesia que tiene rejas de madera, símbolo de la clausura, que protegen su entrada para que ningún desahuciado pueda cobijarse, pero igual todos los días en los escalones veo un bulto envuelto en diarios que duerme. Y entro al lugar donde trabajo, una casa de dos plantas, incluida en esos programas de preservación urbana, allá en la esquina. Siempre el mismo recorrido: subo al primer piso, sin quitarme el abrigo, agarro los tres juegos de llaves que fueron dejados sobre el escritorio y como mejor momento del día abro uno a uno los candados que traban las persianas de los tres ventanales. Y miro entonces desde lo alto las últimas estrellas, casi siempre confundiendo en un primer instante una con la luz del pararrayos de un edificio que queda en la otra cuadra, por la avenida hacia el este. Y ahí adelante, recortada en mi horizonte, está la torre de la iglesia con los huecos por los que se ve la escalerita del campanario. No alcanzo a ver qué cantidad de campanas tiene. Tampoco escuché alguna vez cómo suenan. Y lo espero. Pero ni para la primera misa del día, ni a las doce, suenan. Los extraviados se sostienen pegados al enrejado de la entrada, yo a la espera de que alguna madrugada el sonido metálico llene el pabellón de la oreja, el tímpano, y los huesecillos del oído disparen sobre aquel centro nervioso ocupando el cerebro entero.

¿Estaré hermanada al hombre de la peatonal que dirige cuanto sale de los parlantes de una disquería, compenetrado en los ritmos y cadencias, al son de nada, por unas monedas? No, no. Si ocurriera lo que espero, con la cabeza ocupada por las campanadas podría corporeizarse el hueco real del cráneo. El vacío dado por lo lleno de esas notas sería condición de estabilidad, la seguridad de que lo que es vacío por antonomasia pueda ser su contrario con un solo golpe. Y muchas cosas, su curso, tendrían la esperanza de dar un vuelco, beneficioso en unos casos, neutralizante en otros. Claro que debería mostrarse por sí solo porque no creo poder desentrañar el ritmo, las rimas del viraje a lo nuevo, teniendo esta actitud menos que contemplativa. Aunque deseara intervenir en la vida con el entendimiento (porque en definitiva sería una intervención) no podría lograrlo. Y además, de corporeizarse lo incorpóreo, comenzaría inmediatamente su corrupción…. No sé lo que digo. De la placidez zonza a la angustia más profunda.

Por esto espero todas las mañanas, por esto vengo tan temprano, llego hasta esta parte de la ciudad en el amanecer después de un trayecto nocturno en ómnibus. Pero a no ser por la ilusión continuamente postergada, no obtuve mucho más de estas horas. No tengo pensamientos acerca de la ciudad; quisiera tenerlos, pero no los tengo. Soy un cuerpo mutilado ¡Cómo se me ocurre existir sin pensamientos…! Así que decido fabricármelos. Está bien: ahí está la torre de la iglesia que sube encrespada y claramente se opone a las construcciones vecinas. Tiene la cúpula azul, representa el cielo, la unión del alma con Dios en la última de las moradas de las que habla Santa Teresa de Ávila. Pero el resto es marrón como marrones son los hábitos y la suela de las sandalias de sus frailes franciscanos. Oscuro sobre claro. Humo sobre el agua. Una falange en el desierto.

Debería aprender a no dejarme engañar por los colores. Tendría que averiguar cuándo se construyó y qué la rodeaba en ese entonces. A partir de allí podría, supongo, deducir qué camino hubiese hecho yo si viniera desde mi barrio, distante unas cuarenta cuadras, a esta iglesia a rezar, si yo rezara, y como imagino que no hubiese hecho un camino tan largo para elevar mis oraciones, qué iglesias tenía más cerca en aquel momento. Lo que es casi seguro es que habría unas pocas calles empedradas y con suerte un farol alumbraría cada mil metros toda la zona aledaña a las vías del ferrocarril. ¿Como a qué hora el sacerdote abriría sus ojos, prendería un brasero, pensaría en la utilidad de su ministerio o en su inutilidad, entre el frío o el calor ardiente, para empezar a acomodarse en la idea del sermón matinal? Tal vez también se le ocurría existir sin pensar en nada. ¡Y descubro así que la promesa de inventarme un escenario se fuga de su pozo para interrumpirme con las molestias del cura!... No sé qué utilidad podría tener ese conocimiento. Ahí fallo. O no. Posiblemente el fracaso sea el camino para caer en la cuenta definitiva de que no estoy ni quiero estar sujeta a las cosas que veo: ni a los arbustos, candados, estrellas, torres, calles, piedras, en pos de un mundo invisible que desea ser bien cantado. Sin embargo, sigo confundida. ¿Cómo se explica que ahora piense en lo que mostró la televisión anoche: una nube de monóxido de carbono que hace unos años salió desde abajo de la superficie de un lago y serpenteó, a poco más que a ras del piso, matando todo lo que dormía cerca: unas mil personas, ganado, perros?
Somos parecidos a esos sapos que en la austera noche de los pantanos se llaman sin verse, doblegando con su grito de amor toda la fatalidad del universo.
René Char


No haría falta amar a los hombres para darles una ayuda real. Sólo desear hacer mejor cierta expresión de su mirada cuando se detiene en algo más empobrecido que ellos, prolongar en un segundo cierto minuto agradable de su vida. A partir de esta diligencia y cada raíz tratada, su respiración se haría más serena. Sobre todo, no suprimirles por entero esos senderos penosos, a cuyo esfuerzo sucede la evidencia de la verdad a través de los llantos y los frutos.
René Char