Paul Verlaine
(Metz, 1844 - París, Francia, 1896)
Claro de luna
Vuestra alma es un exquisito paisaje,
Que encantan máscaras y bergamascos,
Tocando el laúd y danzando y casi
Tristes bajo sus fantásticos disfraces.
Siempre cantando en el tono menor,
El amor triunfal y la vida oportuna
Parecen no creer en su felicidad
Y sus canciones se unen al claro de la luna.
Al tranquilo claro de luna, triste y bello,
Que hacen sonar los pájaros en los árboles,
Y sollozar extáticos a los surtidores,
Surtidores esbeltos entre los blancos mármoles.
**
Clair de Lune
Votre ame est un paysage choisi
Que vont charmant masques et bergamasques
Jouant du luth et dansant et quasi
Tristes sous leurs déguisements fantasques
Tout en chantant sur le mode Mineur.
L’amour vainqueur et la vie opportune
Ils n’ont pas l’air de croire a leur bonheur
Et leur chanson se mele au clair de la lune,
Au calme clair de lune triste et beau,
Qui fait rever les oiseaux dans les arbres
Et sangloter d’extase les jets d’eau,
Les grands jets d’eau sveltes parmi les marbres.
Versión de Manuel Machado
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viernes, 23 de noviembre de 2018
jueves, 11 de octubre de 2018
En una vida tristemente bestial
Charles Aznavour
(París, Francia, 1924-Mouriès, Bocas del Ródano, id., 2018)
Hay que saber
Hay que saber sonreír todavía
Cuando lo mejor se ha retirado
y no queda más que lo peor
En una vida tristemente bestial
Hay que saber, cuesta
guardar toda su dignidad
Y a pesar de eso que nos cuesta
Irse sin volver
Enfrentar al destino que nos desarma
Y encontrar la alegría perdida
Hay que saber ocultar sus lágrimas
Pero yo, corazón, yo no pude saber
Hay que saber abandonar la mesa
cuando el amor es retirado
Sin tomar un aire lastimoso
Sino irse sin hacer ruido
Hay que saber ocultar su pena
Bajo la máscara de todos los días
Y retener los gritos de odio
Que son las últimas palabras de amor
Hay que saber mantenerse como hielo
Y callar un corazón que ya muere
Hay que saber ocultar la cara
Pero yo, mi corazón, te amo demasiado
Pero yo, yo no puedo
Hay que saber pero yo
Yo no sé...
***
Ecrire
Ver aquí
Rêver, chercher, apprendre
N'avoir que l'écriture et pour Maitre et pour Dieu
Tendre à la perfection à s'en crever les yeux
Choquer l'ordre établi pour imposer ses vues
Pour fendre
Choisir, saisir, comprendre
Remettre son travail cent fois sur le métier
Salir la toile vierge et pour mieux la souiller
Faire hurler, sans pudeur, tous ces espaces nus
Surprendre
Traverser les brouillards de l'imagination
Déguiser le réel de lambeaux d'abstraction
Désenchainer le trait par mille variations
Tuons les habitudes
Changer, créer, détruire
Pour briser les structures à jamais révolues
Prendre les contrepieds de tout ce qu'on a lu
S'investir dans son oeuvre à coeur et corps vetu (?)
Ecrire ta peur de sueur, d'angoisse
Souffrant d'une étrange langueur
Qui s'estompe parfois mais qui refait bientôt surface
Usé de sa morale en jouant sur les moeurs
Et les idées du temps
Imposer sa vision des choses et des gens
Quitte à être pourtant maudit
Aller jusqu'au scandale
Capter de son sujet la moindre variation
Explorer sans relache et la forme et le fond
Et puis l'oeuvre achevée, tout remettre en question
Déchiré d'inquiétude
Souffrir, maudire
Réduire l'art à sa volonté brulante d'énergie
Donner aux sujets morts comme un semblant de vie
(?) sur la page engourdie
Ecrire, Ecrire
Ecrire comme on parle et on crie
(París, Francia, 1924-Mouriès, Bocas del Ródano, id., 2018)
| Fuente: cnnespanol.cnn.com |
Hay que saber sonreír todavía
Cuando lo mejor se ha retirado
y no queda más que lo peor
En una vida tristemente bestial
Hay que saber, cuesta
guardar toda su dignidad
Y a pesar de eso que nos cuesta
Irse sin volver
Enfrentar al destino que nos desarma
Y encontrar la alegría perdida
Hay que saber ocultar sus lágrimas
Pero yo, corazón, yo no pude saber
Hay que saber abandonar la mesa
cuando el amor es retirado
Sin tomar un aire lastimoso
Sino irse sin hacer ruido
Hay que saber ocultar su pena
Bajo la máscara de todos los días
Y retener los gritos de odio
Que son las últimas palabras de amor
Hay que saber mantenerse como hielo
Y callar un corazón que ya muere
Hay que saber ocultar la cara
Pero yo, mi corazón, te amo demasiado
Pero yo, yo no puedo
Hay que saber pero yo
Yo no sé...
***
Ecrire
Ver aquí
Rêver, chercher, apprendre
N'avoir que l'écriture et pour Maitre et pour Dieu
Tendre à la perfection à s'en crever les yeux
Choquer l'ordre établi pour imposer ses vues
Pour fendre
Choisir, saisir, comprendre
Remettre son travail cent fois sur le métier
Salir la toile vierge et pour mieux la souiller
Faire hurler, sans pudeur, tous ces espaces nus
Surprendre
Traverser les brouillards de l'imagination
Déguiser le réel de lambeaux d'abstraction
Désenchainer le trait par mille variations
Tuons les habitudes
Changer, créer, détruire
Pour briser les structures à jamais révolues
Prendre les contrepieds de tout ce qu'on a lu
S'investir dans son oeuvre à coeur et corps vetu (?)
Ecrire ta peur de sueur, d'angoisse
Souffrant d'une étrange langueur
Qui s'estompe parfois mais qui refait bientôt surface
Usé de sa morale en jouant sur les moeurs
Et les idées du temps
Imposer sa vision des choses et des gens
Quitte à être pourtant maudit
Aller jusqu'au scandale
Capter de son sujet la moindre variation
Explorer sans relache et la forme et le fond
Et puis l'oeuvre achevée, tout remettre en question
Déchiré d'inquiétude
Souffrir, maudire
Réduire l'art à sa volonté brulante d'énergie
Donner aux sujets morts comme un semblant de vie
(?) sur la page engourdie
Ecrire, Ecrire
Ecrire comme on parle et on crie
martes, 9 de octubre de 2018
El corazón amortajado en esta alegoría
CHARLES BAUDELAIRE
(París, Francia, 1821-id., 1867)
El perro y el frasco
"Perrito mono, perrito bueno, perrito mío, ven aquí y aspira este excelente perfume que he comprado en la mejor perfumería de la ciudad".
Y el perro, moviendo el rabo, lo que, según tengo entendido, en estos pobres seres equivale a la risa y a la sonrisa, se acerca y pone, curioso, su húmedo hocico sobre el frasco destapado; luego retrocediendo de pronto asustado, empieza a ladrarme a modo de reproche.
- "¡Ay, miserable perro!; si te hubiera ofrecido un paquete de excrementos lo habrías olfateado con deleite y quizás devorado. En eso, indigno compañero de mi triste vida, te pareces al público a quien no hay que ofrecer nunca perfumes delicados que le exasperan, sino basuras cuidadosamente escogidas".
Charles Baudelaire Portrait, por Samij Datta |
(París, Francia, 1821-id., 1867)
El perro y el frasco
"Perrito mono, perrito bueno, perrito mío, ven aquí y aspira este excelente perfume que he comprado en la mejor perfumería de la ciudad".
Y el perro, moviendo el rabo, lo que, según tengo entendido, en estos pobres seres equivale a la risa y a la sonrisa, se acerca y pone, curioso, su húmedo hocico sobre el frasco destapado; luego retrocediendo de pronto asustado, empieza a ladrarme a modo de reproche.
- "¡Ay, miserable perro!; si te hubiera ofrecido un paquete de excrementos lo habrías olfateado con deleite y quizás devorado. En eso, indigno compañero de mi triste vida, te pareces al público a quien no hay que ofrecer nunca perfumes delicados que le exasperan, sino basuras cuidadosamente escogidas".
***
AL LECTOR
La necedad, el error, el pecado, la tacañería,/Ocupan nuestros espíritus y trabajan nuestros cuerpos,/Y alimentamos nuestros amables remordimientos,/Como los mendigos nutren su miseria./Nuestros pecados son testarudos, nuestros arrepentimientos cobardes;/Nos hacemos pagar largamente nuestras confesiones, /Y entramos alegremente en el camino cenagoso,/Creyendo con viles lágrimas lavar todas nuestras manchas./Sobre la almohada del mal está Satán Trismegisto/Que mece largamente nuestro espíritu encantado,/Y el rico metal de nuestra voluntad/Está todo vaporizado por este sabio químico./¡Es el Diablo quien empuña los hilos que nos mueven!/A los objetos repugnantes les encontramos atractivos;/Cada día hacia el Infierno descendemos un paso,/Sin horror, a través de las tinieblas que hieden./Cual un libertino pobre que besa y muerde
el seno martirizado de una vieja ramera,/Robamos, al pasar, un placer clandestino/Que exprimimos bien fuerte cual vieja naranja./Oprimido, hormigueante, como un millón de helmintos,/En nuestros cerebros bulle un pueblo de Demonios,/Y, cuando respiramos, la Muerte a los pulmones
Desciende, río invisible, con sordas quejas./Si la violación, el veneno, el puñal, el incendio,/Todavía no han bordado con sus placenteros diseños
El lienzo banal de nuestros tristes destinos,/Es porque nuestra alma,/¡ah! no es bastante osada.
Pero, entre los chacales, las panteras, los podencos,/Los simios, los escorpiones, los gavilanes, las sierpes,/Los monstruos chillones, aullantes, gruñones, rampantes/En la jaula infame de nuestros vicios,/¡Hay uno más feo, más malo, más inmundo!/Si bien no produce grandes gestos, ni grandes gritos,/Haría complacido de la tierra un despojo/Y en un bostezo tragaríase el mundo:/¡Es el Tedio! —los ojos preñados de involuntario llanto,/Sueña con patíbulos mientras fuma su pipa,/Tú conoces, lector, este monstruo delicado,/—Hipócrita lector, —mi semejante, —¡mi hermano!
***
Poema 116
Mi corazón, como un pájaro, daba vueltas, gozoso
Y planeaba libremente alrededor de las jarcias;
El navío rolaba bajo un cielo sin nubes,
Cual un ángel embriagado de un sol radiante.
¿Qué isla es ésta, triste y negra? —Es Citerea,
Nos dicen, país celebrado en las canciones,
El dorado banal de todos los galanes en el pasado.
Mirad, después de todo, no es sino un pobre erial.
—¡Isla de los dulces secretos y de los regocijos del corazón!
De la antigua Venus, soberbio fantasma
Sobre tus aguas ciérnese un como aroma,
Que satura los espíritus de amor y languidez.
Bella isla de los mirtos verdes, plena de flores abiertas,
Venerada eternamente por toda nación,
Donde los suspiros de los corazones en adoración
Envuelven como incienso sobre un rosedal
Donde el arrullo eterno de una torcaz
-Citerea no era sino un lugar de los más áridos,
Un desierto rocoso turbado por gritos agrios.
¡Yo, empero, vislumbraba un objeto singular!
No era aquello un templo sobre las umbrías laderas,
Al cual la joven sacerdotisa, enamorada de las flores,
Acudía, encendido el cuerpo por secretos ardores,
Entreabriendo su túnica las brisas pasajeras;
Pero, he aquí que rozando la costa, más de cerca
Para turbar los pájaros con nuestras velas blancas,
Vimos que era una horca de tres ramas,
Destacándose negra sobre el cielo, como un ciprés.
Feroces pájaros posados sobre su cebo
Destruían con saña un ahorcado ya maduro,
Cada uno hundiendo, cual instrumento, su pico impuro
En todos los rincones sangrientos de aquella carroña;
Los ojos eran dos agujeros, y del vientre desfondado
Los intestinos pesados caíanle sobre los muslos,
Y sus verdugos, ahítos de horribles delicias,
A picotazos lo habían absolutamente castrado.
Bajo los pies, un tropel de celosos cuadrúpedos,
El hocico levantado, husmeaban y rondaban;
Una bestia más grande en medio se agitaba
Como un verdugo rodeado de ayudantes.
Habitante de Citerea, hijo de un cielo tan bello,
Silenciosamente tú soportabas estos insultos
En expiación de tus infames cultos
Y de los pecados que te ha vedado el sepulcro.
Ridículo colgado, ¡tus dolores son los míos!
Sentí, ante el aspecto de tus miembros flotantes,
Como una náusea, subir hasta mis dientes,
El caudal de hiel de mis dolores pasados;
Ante ti, pobre diablo, inolvidable,
He sentido todos los picos y todas las quijadas
De los cuervos lancinantes y de las panteras negras
Que, en su tiempo, tanto gustaron de triturar mi carne.
—El cielo estaba encantador, la mar serena;
Para mí todo era negro y sangriento desde entonces.
¡Ah! y tenía, como en un sudario espeso,
El corazón amortajado en esta alegoría.
En tu isla, ¡oh, Venus! no he hallado erguido
Mas que un patíbulo simbólico del cual pendía mi imagen...
—¡Ah! ¡Señor! ¡Concédeme la fuerza y el coraje
De contemplar mi corazón y mi cuerpo sin repugnancia!
Y planeaba libremente alrededor de las jarcias;
El navío rolaba bajo un cielo sin nubes,
Cual un ángel embriagado de un sol radiante.
¿Qué isla es ésta, triste y negra? —Es Citerea,
Nos dicen, país celebrado en las canciones,
El dorado banal de todos los galanes en el pasado.
Mirad, después de todo, no es sino un pobre erial.
—¡Isla de los dulces secretos y de los regocijos del corazón!
De la antigua Venus, soberbio fantasma
Sobre tus aguas ciérnese un como aroma,
Que satura los espíritus de amor y languidez.
Bella isla de los mirtos verdes, plena de flores abiertas,
Venerada eternamente por toda nación,
Donde los suspiros de los corazones en adoración
Envuelven como incienso sobre un rosedal
Donde el arrullo eterno de una torcaz
-Citerea no era sino un lugar de los más áridos,
Un desierto rocoso turbado por gritos agrios.
¡Yo, empero, vislumbraba un objeto singular!
No era aquello un templo sobre las umbrías laderas,
Al cual la joven sacerdotisa, enamorada de las flores,
Acudía, encendido el cuerpo por secretos ardores,
Entreabriendo su túnica las brisas pasajeras;
Pero, he aquí que rozando la costa, más de cerca
Para turbar los pájaros con nuestras velas blancas,
Vimos que era una horca de tres ramas,
Destacándose negra sobre el cielo, como un ciprés.
Feroces pájaros posados sobre su cebo
Destruían con saña un ahorcado ya maduro,
Cada uno hundiendo, cual instrumento, su pico impuro
En todos los rincones sangrientos de aquella carroña;
Los ojos eran dos agujeros, y del vientre desfondado
Los intestinos pesados caíanle sobre los muslos,
Y sus verdugos, ahítos de horribles delicias,
A picotazos lo habían absolutamente castrado.
Bajo los pies, un tropel de celosos cuadrúpedos,
El hocico levantado, husmeaban y rondaban;
Una bestia más grande en medio se agitaba
Como un verdugo rodeado de ayudantes.
Habitante de Citerea, hijo de un cielo tan bello,
Silenciosamente tú soportabas estos insultos
En expiación de tus infames cultos
Y de los pecados que te ha vedado el sepulcro.
Ridículo colgado, ¡tus dolores son los míos!
Sentí, ante el aspecto de tus miembros flotantes,
Como una náusea, subir hasta mis dientes,
El caudal de hiel de mis dolores pasados;
Ante ti, pobre diablo, inolvidable,
He sentido todos los picos y todas las quijadas
De los cuervos lancinantes y de las panteras negras
Que, en su tiempo, tanto gustaron de triturar mi carne.
—El cielo estaba encantador, la mar serena;
Para mí todo era negro y sangriento desde entonces.
¡Ah! y tenía, como en un sudario espeso,
El corazón amortajado en esta alegoría.
En tu isla, ¡oh, Venus! no he hallado erguido
Mas que un patíbulo simbólico del cual pendía mi imagen...
—¡Ah! ¡Señor! ¡Concédeme la fuerza y el coraje
De contemplar mi corazón y mi cuerpo sin repugnancia!
***
CASTIGO DEL ORGULLO
En los tiempos maravillosos en que la Teología/ Florecía con la máxima savia y energía,/Se cuenta que un día un doctor de los más grandes,/—Luego de haber forzado/los corazones indiferentes;/Y haberlos conmovido en sus profundidades negras;/Después de haber franqueado hacia las celestes glorias/Caminos singulares para él mismo ignorados,/Donde sólo los Espíritus puros quizás habían llegado—,/Cual un hombre encaramado muy alto, presa de pánico, Exclamó, transportado por un orgullo satánico: "¡Jesús, pequeño Jesús! ¡te he impulsado tan alto!/Pero, si yo hubiera querido atacarte a despecho/De la armadura, tu vergüenza igualaría a tu gloria,/Y tú no serías más que un feto irrisorio!"/Inmediatamente su razón desapareció. El brillo de ese sol con un crespón se cubrió;/Todo el caos rodó en esa inteligencia,/Templo en otro tiempo viviente, pleno de orden y de opulencia,/Bajo las bóvedas del cual tanta pompa había lucido./El silencio y la noche se instalaron en él,/Como en una bodega cuya llave se ha perdido./Desde entonces se pareció a las bestias callejeras,/Y, cuando se marchó sin ver nada, a través/De los campos, sin distinguir los estíos de los inviernos,/Sucio, inútil y feo como una cosa usada,/Fue de los niños el júbilo y la irrisión.
De Las flores del mal. Versión E.S. Danero
martes, 28 de agosto de 2018
Léa corrió la cortina
Sidonie Gabrielle Colette
(Saint-Sauveur-en-Puisaye, Francia, 1873 - París, Francia, 1954)
"¿Por qué suspender el curso de mi mano sobre este papel que recoge, desde hace tantos años, lo que sé de mí, lo que trato de ocultar, lo que invento y lo que adivino?"
Colette
CHÉRI, traducción del francés de Núria Petit.
(Saint-Sauveur-en-Puisaye, Francia, 1873 - París, Francia, 1954)
"¿Por qué suspender el curso de mi mano sobre este papel que recoge, desde hace tantos años, lo que sé de mí, lo que trato de ocultar, lo que invento y lo que adivino?"
Colette
A los cuarenta y nueve años, Léonie Vallon,
alias Léa de Lonval, se hallaba al final de una brillante
carrera de cortesana con una economía saneada, de buena
chica a quien la vida ha ahorrado las catástrofes más halagadoras
y aflicciones más exaltadas. (...) Cuando Chéri se fue, Léa volvió a mostrarse enérgica,
precisa, ágil. En menos de una hora se había bañado, frotado
la piel con alcohol perfumado de sándalo, peinado
y calzado. Mientras se calentaba la plancha de rizar, tuvo
tiempo de examinar el libro de cuentas del mayordomo y
de llamar a Émile, el criado, para mostrarle la mancha de
vaho azul que había en el espejo. Escrutó la estancia con
su experta mirada, que casi siempre daba en el blanco, y
almorzó en una soledad gozosa, sonriendo por el Vouvray
seco y las fresas de junio servidas sin cortar en una fuente
de Rubelles, verde como una rana mojada. Un fino gourmet
debió de escoger antaño, para este comedor rectangular,
los grandes espejos Luis XVI y los muebles ingleses de
la misma época, las diáfanas vitrinas, el aparador de patas
alargadas, las sillas altas y robustas, todos de una madera
oscura adornada con finas guirnaldas.
(...)
—¡Bésame, te digo!
Dio la orden con el ceño fruncido, y el brillo de sus
ojos, que acababa de volver a abrir, cegó a Léa como una
luz que se enciende bruscamente. Se encogió de hombros
y le dio un beso en la frente, que tenía tan cerca. Chéri rodeó
el cuello de Léa con los brazos y acercó el cuerpo de
ella al suyo.
Léa negó con la cabeza, pero sólo hasta el instante en
que sus bocas se tocaron; entonces se quedó totalmente
inmóvil y contuvo la respiración como alguien que escucha
atentamente. Cuando él la soltó, lo alejó de un empujón,
se levantó, respiró profundamente y se arregló el pelo,
aunque no se había despeinado. Luego se dio la vuelta, un
poco pálida, y se le ensombrecieron los ojos.
(...)
Satisfecha, alargó la cancioncilla frente
al espejo, orgullosa del dominio que tenía sobre sus emociones,
contenta de haber conseguido que el único minuto
emotivo de su separación pasara desapercibido, orgullosa
de haber callado las palabras que nunca hay que decir:
«Habla, suplícame, dime qué quieres realmente, abrázame
con fuerza… Acabas de hacerme feliz…».
(...)
«¿Qué me pasa?». Empezó a temblar de nuevo, presa
de la ansiedad. La imagen de una puerta abierta tras la que
no había nadie la obsesionaba: la puerta del vestíbulo flanqueada
por dos matas de salvia roja. «Es enfermizo—se
dijo—, no es normal que una puerta me ponga en este estado».
También se le aparecieron las tres viejas, el cuello de
Lili, la manta beige que la señora Aldonza arrastraba consigo
desde hacía veinte años. «¿A cuál de las tres me pareceré
dentro de diez años?».
Esta perspectiva no la asustó, pero su ansiedad fue en aumento.
Dejó que su mente divagara de una imagen a otra,
de un recuerdo a otro, tratando de alejarse de la puerta vacía
encuadrada por las salvias rojas. Se aburría en la cama y
temblaba ligeramente. De pronto pegó un salto, sacudida
por un malestar tan fuerte que al principio creyó que era
físico, un dolor que le torció la boca y le arrancó, en un sollozo
ronco, un nombre:
—¡Chéri!
Siguieron unas lágrimas que no pudo reprimir enseguida.
En cuanto volvió a ser dueña de sí misma, se sentó,
se secó la cara y volvió a encender la lámpara.
(...)
Eran las diez y media y el sol había alcanzado la mesa
que los separaba. Las uñas pulidas de Léa brillaron bajo el
rayo de luz, que sin embargo también iluminó la piel flácida
del dorso de sus grandes manos, tan estilizadas, y acentuó
la complicada red de surcos concéntricos, de minúsculos
paralelogramos, como los que la sequía graba en la tierra
arcillosa tras la lluvia.
(...)
Lo oyó tropezar en la escalera
y corrió hacia la ventana. Él bajó los escalones y se detuvo
en medio del patio.
—¡Vuelve a subir! ¡Vuelve a subir!—gritó ella alzando
los brazos.
Una mujer vieja y jadeante repitió, en el espejo alargado,
el mismo gesto, y Léa se preguntó qué podía tener ella en
común con aquella loca.
Chéri reanudó el paso, abrió la verja y salió a la calle. En
la acera se abrochó el abrigo para ocultar la camisa del día
anterior. Léa corrió la cortina, pero aún alcanzó a ver cómo
Chéri alzaba la vista hacia el cielo primaveral y los castaños
en flor y llenaba los pulmones de aire fresco, como un
prófugo.
CHÉRI, traducción del francés de Núria Petit.
jueves, 23 de agosto de 2018
Si existe el verde en el Paraíso, no puede ser más que este verde
Julio Verne
(Nantes, Francia, 1828-Amiens, id., 1905)
El rayo verde
(Fragmentos)
«¿Habéis observado el sol cuando se pone en el horizonte del mar? Sí, sin duda alguna ¿Lo habéis seguido hasta que la parte superior del disco desaparece rozando la línea del horizonte? Es muy posible. Pero ¿Os habéis dado cuenta del fenómeno que se produce en el preciso instante en que el astro radiante lanza su último rayo, si el cielo está completamente despejado y transparente? ¡No, seguramente no! Pues bien, la primera vez que tengas ocasión -¡se presenta tan raramente!- de hacer esta observación, no será, como podría presumirse un rayo rojo lo que herirá la retina de vuestros ojos, sino que será un rayo verde, pero un verde maravilloso, un verde que ningún pintor puede obtener en su paleta. Un verde cuya naturaleza no se encuentra ni en los variados verdes de los vegetales, ni en las tonalidades de los mares más transparentes. Si existe el verde en el Paraíso, no puede ser más que este verde, que es sin duda, el verdadero verde de la Esperanza."
**
“Si ves el rayo verde podrás comprender tus propios sentimientos y los de los demás.”
***
"En aquel momento todos sus pensamientos iban dirigidos a la señorita Campbell. De todos los peligros que había corrido, voluntariamente, es cierto, ya no se acordaba. De lo único que se acordaba de aquella noche horrible, era de las horas pasadas al lado de Elena, en aquel hueco oscuro, cuando la protegía con sus brazos del furor de las olas. Volvía a ver el rostro de aquella bella muchacha, más pálido por la fatiga que por el temor y volvía a oír su voz conmovida que le decía: «¡Cómo!, ¿ya lo sabía usted?», cuando él le había dicho: «Yo sé lo que hizo usted cuando iba a ahogarme en el abismo de Corryvrekan». Se imaginaba de nuevo en aquella estrecha gruta, dentro de la cual, queriéndose sin decírselo, habían sufrido y luchado uno al lado del otro durante largas horas. Allí habían dejado de ser el señor Sinclair y la señorita Campbell. Se habían llamado naturalmente Olivier y Elena, como si, en el momento en que la muerte les amenazaba, hubieran querido nacer a una nueva vida."
**
¡El rayo verde! exclamaron todos. Olivier y Elena fueron los únicos que no vieron el fenómeno, que al fin acababa de presentarse después de tantas observaciones infructuosas.
De El rayo verde, Planeta, 2018.
(Nantes, Francia, 1828-Amiens, id., 1905)
El rayo verde
(Fragmentos)
«¿Habéis observado el sol cuando se pone en el horizonte del mar? Sí, sin duda alguna ¿Lo habéis seguido hasta que la parte superior del disco desaparece rozando la línea del horizonte? Es muy posible. Pero ¿Os habéis dado cuenta del fenómeno que se produce en el preciso instante en que el astro radiante lanza su último rayo, si el cielo está completamente despejado y transparente? ¡No, seguramente no! Pues bien, la primera vez que tengas ocasión -¡se presenta tan raramente!- de hacer esta observación, no será, como podría presumirse un rayo rojo lo que herirá la retina de vuestros ojos, sino que será un rayo verde, pero un verde maravilloso, un verde que ningún pintor puede obtener en su paleta. Un verde cuya naturaleza no se encuentra ni en los variados verdes de los vegetales, ni en las tonalidades de los mares más transparentes. Si existe el verde en el Paraíso, no puede ser más que este verde, que es sin duda, el verdadero verde de la Esperanza."
**
“Si ves el rayo verde podrás comprender tus propios sentimientos y los de los demás.”
***
"En aquel momento todos sus pensamientos iban dirigidos a la señorita Campbell. De todos los peligros que había corrido, voluntariamente, es cierto, ya no se acordaba. De lo único que se acordaba de aquella noche horrible, era de las horas pasadas al lado de Elena, en aquel hueco oscuro, cuando la protegía con sus brazos del furor de las olas. Volvía a ver el rostro de aquella bella muchacha, más pálido por la fatiga que por el temor y volvía a oír su voz conmovida que le decía: «¡Cómo!, ¿ya lo sabía usted?», cuando él le había dicho: «Yo sé lo que hizo usted cuando iba a ahogarme en el abismo de Corryvrekan». Se imaginaba de nuevo en aquella estrecha gruta, dentro de la cual, queriéndose sin decírselo, habían sufrido y luchado uno al lado del otro durante largas horas. Allí habían dejado de ser el señor Sinclair y la señorita Campbell. Se habían llamado naturalmente Olivier y Elena, como si, en el momento en que la muerte les amenazaba, hubieran querido nacer a una nueva vida."
**
¡El rayo verde! exclamaron todos. Olivier y Elena fueron los únicos que no vieron el fenómeno, que al fin acababa de presentarse después de tantas observaciones infructuosas.
De El rayo verde, Planeta, 2018.
martes, 26 de junio de 2018
Muslos, alma, manos, todo mi ser entremezclado
Paul Verlaine
(Metz, Francia, 1844-1896)
“Mille et tre”
Mis amantes no pertenecen a las clases ricas,
son obreros de barrio o peones de campo;
nada afectados, sus quince o sus veinte años
traslucen a menudo fuerza brutal y tosquedad.
Me gusta verlos en ropa de trabajo, delantal o camisa.
No huelen a rosas, pero florecen de salud
pura y simple. Torpes de movimientos, caminan sin embargo
de prisa, con juvenil y grave elasticidad.
Sus ojos francos y astutos crepitan de malicia
cordial, y frases ingenuamente pícaras,
a veces sazonadas de palabrotas, salen
de sus bocas dispuestas a los sólidos besos.
Sus sexos vigorosos y sus nalgas joviales
regocijan la noche y mi verga y mi culo,
a la tenue luz del alba sus cuerpos resucitan
mi cansado deseo, jamás vencido.
Muslos, alma, manos, todo mi ser entremezclado,
memoria, pies, corazón, espalda y las orejas,
y la nariz y las entrañas, todo me aturde y gira:
confusa algarabía entre sus brazos apasionados.
Un ritornelo, una algarabía, loco y loca,
más bien divino que infernal, más infernal
que divino para mi perdición, y allí nado y vuelo
en sus sudores y sus alientos como en un baile.
Mis dos Carlos; el uno, joven tigre de ojos de gata,
suerte de monaguillo que al crecer se embrutece.
El otro, galán recio con cara de enojado, me asusta
sólo cuando me precipita hacia su dardo.
Odilón, casi un niño y armado como un hombre,
sus pies aman los míos enamorados de sus dedos
mucho más, aunque no tanto del resto suyo
vivamente adorable… pero sus pies sin parangón,
frescura satinada, tiernas falanges, suavidad
acariciadora bajo las plantas, alrededor de los tobillos
y sobre la curvatura del empeine venoso, y esos besos
extraños y tan dulces: ¡cuatro pies y una sola alma, lo aseguro!
Armando, todavía proverbial por su pija,
él solo mi monarca triunfal, mi dios supremo
estremeciéndose el corazón con sus claras pupilas
y todo mi culo con su pavoroso barreno.
Pablo, un rubio atleta de pectorales poderosos,
pecho blanco y duras tetillas tan chupadas
como lo de abajo; Francisco, liviano cual gavilla,
piernas de bailarín y buen florín también.
Augusto, que se vuelve cada día más macho
(era bastante chico cuando empezó lo nuestro),
Julio, con su belleza pálida de puta,
Enrique que me cae perfecto y que pronto,
¡ay! se incorpora al ejército.
Vosotros todos, en fila o en bandada,
o solos, sois la diáfana imagen de mis días pasados,
pasiones del presente y futuro en plenitud erguido:
incontables amantes ¡nunca sois demasiados!
De Hombres (1904)
Traducción de Luis Garnier
**
Canción de otoño
“L’un toujours vit la vie en rose,
Jeunesse qui n’en finit plus…”
PV
“Canción de otoño”
Los sollozos más hondos
del violín del otoño
son igual
que una herida en el alma
de congojas extrañas
sin final.
Tembloroso recuerdo
esta huida del tiempo
que se fue.
Evocando el pasado
y los días lejanos
lloraré.
Este viento se lleva
el ayer de tiniebla
que pasó,
una mala borrasca
que levanta hojarasca
como yo.
De: “Poemas saturnianos”, 1866.
Traducción de Carlos Pujol
| Paul Verlaine: Félix Vallotton |
(Metz, Francia, 1844-1896)
“Mille et tre”
Mis amantes no pertenecen a las clases ricas,
son obreros de barrio o peones de campo;
nada afectados, sus quince o sus veinte años
traslucen a menudo fuerza brutal y tosquedad.
Me gusta verlos en ropa de trabajo, delantal o camisa.
No huelen a rosas, pero florecen de salud
pura y simple. Torpes de movimientos, caminan sin embargo
de prisa, con juvenil y grave elasticidad.
Sus ojos francos y astutos crepitan de malicia
cordial, y frases ingenuamente pícaras,
a veces sazonadas de palabrotas, salen
de sus bocas dispuestas a los sólidos besos.
Sus sexos vigorosos y sus nalgas joviales
regocijan la noche y mi verga y mi culo,
a la tenue luz del alba sus cuerpos resucitan
mi cansado deseo, jamás vencido.
Muslos, alma, manos, todo mi ser entremezclado,
memoria, pies, corazón, espalda y las orejas,
y la nariz y las entrañas, todo me aturde y gira:
confusa algarabía entre sus brazos apasionados.
Un ritornelo, una algarabía, loco y loca,
más bien divino que infernal, más infernal
que divino para mi perdición, y allí nado y vuelo
en sus sudores y sus alientos como en un baile.
Mis dos Carlos; el uno, joven tigre de ojos de gata,
suerte de monaguillo que al crecer se embrutece.
El otro, galán recio con cara de enojado, me asusta
sólo cuando me precipita hacia su dardo.
Odilón, casi un niño y armado como un hombre,
sus pies aman los míos enamorados de sus dedos
mucho más, aunque no tanto del resto suyo
vivamente adorable… pero sus pies sin parangón,
frescura satinada, tiernas falanges, suavidad
acariciadora bajo las plantas, alrededor de los tobillos
y sobre la curvatura del empeine venoso, y esos besos
extraños y tan dulces: ¡cuatro pies y una sola alma, lo aseguro!
Armando, todavía proverbial por su pija,
él solo mi monarca triunfal, mi dios supremo
estremeciéndose el corazón con sus claras pupilas
y todo mi culo con su pavoroso barreno.
Pablo, un rubio atleta de pectorales poderosos,
pecho blanco y duras tetillas tan chupadas
como lo de abajo; Francisco, liviano cual gavilla,
piernas de bailarín y buen florín también.
Augusto, que se vuelve cada día más macho
(era bastante chico cuando empezó lo nuestro),
Julio, con su belleza pálida de puta,
Enrique que me cae perfecto y que pronto,
¡ay! se incorpora al ejército.
Vosotros todos, en fila o en bandada,
o solos, sois la diáfana imagen de mis días pasados,
pasiones del presente y futuro en plenitud erguido:
incontables amantes ¡nunca sois demasiados!
De Hombres (1904)
Traducción de Luis Garnier
**
Canción de otoño
“L’un toujours vit la vie en rose,
Jeunesse qui n’en finit plus…”
PV
“Canción de otoño”
Los sollozos más hondos
del violín del otoño
son igual
que una herida en el alma
de congojas extrañas
sin final.
Tembloroso recuerdo
esta huida del tiempo
que se fue.
Evocando el pasado
y los días lejanos
lloraré.
Este viento se lleva
el ayer de tiniebla
que pasó,
una mala borrasca
que levanta hojarasca
como yo.
De: “Poemas saturnianos”, 1866.
Traducción de Carlos Pujol
jueves, 21 de junio de 2018
Los vicios las virtudes tan imperfectos
Paul Éluard
(Francia, 1895-1952)
Hasta perderse de vista
Todos los árboles todas sus ramas todas sus hojas
La yerba en la base los peñascos y las casas en masa
A lo lejos el mar que baña tus ojos
Estas imágenes de un día tras otro
Los vicios las virtudes tan imperfectos
La transparencia de los transeúntes en las calles del azar
Y las transeúntes exhaladas por tus buscas obstinadas
Tus ideas fijas de corazón de plomo los labios vírgenes
Los vicios las virtudes tan imperfectos
La semejanza de las miradas de permiso con los ojos que tú conquistas
La confusión de los cuerpos de los hastíos de los ardores
La imitación de las palabras de las actitudes de las ideas
Los vicios las virtudes tan imperfectos
El amor es el hombre inconcluso.
*
Tous les arbres toutes leurs branches toutes leurs feuilles
L'herbe à la base les rochers et les maisons en masse
Au loin la mer que ton oeil baigne
Ces images d'un jour après l'autre
Les vices les vertus tellement imparfaits
La transparence des passants dans les rues de hasard
Et des passants exhalées par tes recherches obstinées
Tes idées fixes au coeur de plomb aux lèvres vierges
Les vices les vertus tellement imparfaits
La ressemblance des regards de permission avec les yeux que tu conquis
L'imitation des mots des attitudes des idées
Les vices les vertus tellement imparfaits
L'amour c'est l'homme inachevé.
Versión sin datos
**
Nuestra vida
No iremos hasta el fin de a uno sino de a dos
Sabiéndonos de a dos ya nos sabremos todos
Nos amaremos todos y nuestros niños
Se reirán de la triste leyenda
Donde lloraba un solitario.
Versión de César Fernández Moreno
(Francia, 1895-1952)
Hasta perderse de vista
Todos los árboles todas sus ramas todas sus hojas
La yerba en la base los peñascos y las casas en masa
A lo lejos el mar que baña tus ojos
Estas imágenes de un día tras otro
Los vicios las virtudes tan imperfectos
La transparencia de los transeúntes en las calles del azar
Y las transeúntes exhaladas por tus buscas obstinadas
Tus ideas fijas de corazón de plomo los labios vírgenes
Los vicios las virtudes tan imperfectos
La semejanza de las miradas de permiso con los ojos que tú conquistas
La confusión de los cuerpos de los hastíos de los ardores
La imitación de las palabras de las actitudes de las ideas
Los vicios las virtudes tan imperfectos
El amor es el hombre inconcluso.
*
Tous les arbres toutes leurs branches toutes leurs feuilles
L'herbe à la base les rochers et les maisons en masse
Au loin la mer que ton oeil baigne
Ces images d'un jour après l'autre
Les vices les vertus tellement imparfaits
La transparence des passants dans les rues de hasard
Et des passants exhalées par tes recherches obstinées
Tes idées fixes au coeur de plomb aux lèvres vierges
Les vices les vertus tellement imparfaits
La ressemblance des regards de permission avec les yeux que tu conquis
L'imitation des mots des attitudes des idées
Les vices les vertus tellement imparfaits
L'amour c'est l'homme inachevé.
Versión sin datos
**
Nuestra vida
No iremos hasta el fin de a uno sino de a dos
Sabiéndonos de a dos ya nos sabremos todos
Nos amaremos todos y nuestros niños
Se reirán de la triste leyenda
Donde lloraba un solitario.
Versión de César Fernández Moreno
martes, 8 de mayo de 2018
Hay que quedarse extenuado, esperar y mirar en vano
SIMONE WEIL
(París, Francia, 1909-Londres, Inglaterra, 1943)
LA PUERTA
Ábrenos pues la puerta y veremos los huertos,
beberemos su agua fresca donde la luna ha dejado su huella.
Arde el largo camino hostil a los extranjeros,
erramos sin saberlo y no hallamos lugar en ninguna parte.
Queremos ver flores. Aquí la sed nos domina.
Vednos ante la puerta, esperando y sufriendo
la derribaremos a golpes si es preciso.
Presionamos y empujamos, pero el obstáculo es muy sólido.
Hay que quedarse extenuado, esperar y mirar en vano.
Miramos la puerta; está cerrada, inexpugnable.
Fijamos nuestros ojos en ella; lloramos por el tormento;
la vemos siempre; el peso del tiempo nos agobia.
La puerta está ante nosotros; ¿de qué sirve desear?
Más vale irse y abandonar la esperanza.
Nunca podremos entrar. Estamos cansados de verla...
Al abrirse la puerta dejó pasar tanto silencio
que no aparecieron los huertos ni flor alguna,
sólo el espacio inmenso donde reinan el vacío y la luz
surgió de pronto por todas partes, colmó el corazón
y lavó los ojos casi ciegos por el polvo.
__________________________________
en "Poesía" nº 16", enero-febrero de 1974, Universidad de Carabobo. Trad. de Teófilo Tortolero. La imagen: Simone Weil como miembro de la Columna Durruti durante la Guerra Civil española, 1936.
Cortesía de Jonio González
(París, Francia, 1909-Londres, Inglaterra, 1943)
LA PUERTA
Ábrenos pues la puerta y veremos los huertos,
beberemos su agua fresca donde la luna ha dejado su huella.
Arde el largo camino hostil a los extranjeros,
erramos sin saberlo y no hallamos lugar en ninguna parte.
Queremos ver flores. Aquí la sed nos domina.
Vednos ante la puerta, esperando y sufriendo
la derribaremos a golpes si es preciso.
Presionamos y empujamos, pero el obstáculo es muy sólido.
Hay que quedarse extenuado, esperar y mirar en vano.
Miramos la puerta; está cerrada, inexpugnable.
Fijamos nuestros ojos en ella; lloramos por el tormento;
la vemos siempre; el peso del tiempo nos agobia.
La puerta está ante nosotros; ¿de qué sirve desear?
Más vale irse y abandonar la esperanza.
Nunca podremos entrar. Estamos cansados de verla...
Al abrirse la puerta dejó pasar tanto silencio
que no aparecieron los huertos ni flor alguna,
sólo el espacio inmenso donde reinan el vacío y la luz
surgió de pronto por todas partes, colmó el corazón
y lavó los ojos casi ciegos por el polvo.
__________________________________
en "Poesía" nº 16", enero-febrero de 1974, Universidad de Carabobo. Trad. de Teófilo Tortolero. La imagen: Simone Weil como miembro de la Columna Durruti durante la Guerra Civil española, 1936.
Cortesía de Jonio González
lunes, 23 de abril de 2018
Es preferible tener un rostro que no deslumbre ni espante
GEORGE SAND
Amandine Aurore Lucie Dupin
(Francia, 1804-1876)
"He conocido diversas clases de amor: amor de artista, amor de mujer, amor de hermana, amor de religiosa, amor de poeta. ¿Qué podría añadir?"
***
"Yo era muy sana y durante mi niñez prometía ser muy hermosa, promesa que luego no cumplí. Tal vez yo tuve la culpa de esto, pues a la edad en que la belleza florece me pasaba las noches escribiendo y leyendo. Gustándome el arreglo, me han parecido siempre insoportables los refinamientos de la coquetería. Jamás he comprendido que haya que privarse de trabajar para tener la vista descansada, no correr al sol para no estar quemada ni con la piel envejecida antes de tiempo. No fui fea ni hermosa en mi juventud. Es preferible tener un rostro que no deslumbre ni espante. Por eso yo me he encontrado siempre bien con amigos de ambos sexos".
**
Carta de Aurore Dupin (George Sand) à Alfred de Musset
Estoy muy emocionada de decirle que tengo
bien entendido que la otra noche usted tuvo
siempre unas ganas locas de hacerme
bailar. Guardo el recuerdo de vuestro
besar[1] y me gustaría mucho que sea
esto una prueba que yo pueda ser amada
por usted. Estoy dispuesta a mostrarle mi
afecto desinteresado y sin cál-
culo, y si usted quiere verme también
desvelar sin artificio mi alma
toda desnuda, venga a hacerme una visita.
Charlaremos como amigos, francamente.
Le probaré que soy la mujer
Sincera, capas de ofrecerle la afección
más profunda y también la más estrecha
amistad, en una palabra la mejor prueba
que usted pueda soñar, ya que vuestro
espíritu es libre. Piense que el abandono que yo re-
pito es bien largo, bien duro y a menudo
difícil. Así es que soñando tengo el espíritu
grueso. Acuda entonces rápido y venga a
hacerme olvidar por el amor donde yo quiero
ponérmelo.
Post Data: Léala saltando las líneas pares.
***
Los fuegos fatuos
Los flambeaux, flambettes o flamboires, también llamados fuegos fatuos, son esos meteoros azulados que todo el mundo ha encontrado por la noche o ha visto danzar sobre la superficie inmóvil de las aguas pantanosas. Se dice que esos meteoros son inertes por sí mismos, pero la menor brisa los agita y toman aspecto de movimiento que divierte o inquieta la imaginación según ésta esté predispuesta a la tristeza o a la poesía.
Para los campesinos son almas en pena que les piden oraciones, o almas perversas que los arrastran en una carrera desesperada y los llevan, después de mil rodeos insidiosos, a lo más profundo del pantano o del río. Como al lupeux o al trasgo, se les oye reír cada vez más claramente a medida que se adueñan de su víctima y la ven aproximarse al desenlace funesto e inevitable. Las creencias varían mucho respecto a la naturaleza o la intención más o menos perversa de los fuegos fatuos. Algunos se contentan con perderte y, para lograr su fin, no les importa adoptar diversos aspectos.
Se cuenta que un pastor que había aprendido a hacer que le fueran favorables, los hacía ir y venir a su antojo. Bajo su protección todo marchaba bien para él. Sus animales disfrutaban y por lo que a él respecta, no estaba nunca enfermo, dormía y comía bien en verano como en invierno. No obstante, lo vieron de repente ponerse delgado, macilento y melancólico. Cuando le preguntaron acerca de la causa de su desazón, contó lo siguiente:
Una noche que se encontraba en su cabaña con ruedas, cerca de su redil, fue despertado por un gran resplandor y por grandes golpes sobre el techo de su habitáculo.
-¿Qué ocurre? -dijo, muy sorprendido de que sus perros no le hubieran advertido.
Pero antes de que hubiera logrado levantarse, pues se sentía pesado y como asfixiado, vio ante él a una mujer tan pequeña, tan pequeña, y tan menuda, y tan vieja, que se asustó pues ninguna mujer viva podía tener semejante tamaño y semejante edad. Estaba cubierta por sus largos cabellos canosos que la tapaban por completo y sólo dejaban salir su pequeña cabeza arrugada y sus pequeños pies resecos.
-Vamos muchacho, ven conmigo; ha llegado la hora -le dijo.
-¿La hora de qué? -preguntó el pastor desconcertado.
-La hora de casarnos -respondió-. ¿No me has prometido matrimonio?
-¡Oh! ¡Oh! ¡No creo! Sobre todo porque no la conozco en absoluto y porque la veo por primera vez en mi vida.
-Estás mintiendo, mi apuesto pastor. Me has visto bajo un aspecto luminoso. ¿No reconoces a Flambette, la madre de los fuegos fatuos de la pradera? ¿Y no me has jurado, a cambio de los grandes servicios que te he hecho, que harías lo primero que viniera a pedirte?
-Sí, tiene razón, señora Flambette; yo no soy hombre que incumpla su palabra, pero juré eso con la condición de que no se me pidiera nada que fuera contrario a mi fe de cristiano ni a los intereses de mi alma.
-¡Ah, pues! ¿Vengo acaso a engatusarte como una aventurera? ¿No vengo decentemente revestida con mi cabellera de plata fina y adornada como una novia? Quiero llevarte a la misa de medianoche, y nada es más saludable para el alma de un vivo que el matrimonio con una bella muerta como yo. Vamos, ¿vienes? No tengo tiempo que perder charlando.
Hizo ademán de llevarse al pastor fuera de su redil, pero éste retrocedió, aterrorizado, diciendo:
-Nada de eso, mi buena señora, es demasiado honor para un pobre hombre como yo y además prometí a san Ludre, mi patrón, permanecer soltero toda mi vida.
El nombre del santo, mezclado con el rechazo del pastor, puso a la anciana furiosa. Comenzó a saltar rugiendo como una tormenta y a hacer remolinear su cabellera que, al levantarse, dejó ver su cuerpo negro y peludo. El pobre Ludre (así se llamaba el pastor) retrocedió horrorizado al ver que era el cuerpo de una cabra, con la cabeza, los pies y las manos de una mujer decrépita.
-¡Vuelve al diablo, fea bruja! -exclamó- reniego de ti y te conjuro en nombre del…
Iba a hacer la señal de la Cruz, pero se detuvo considerando que era inútil pues sólo con el gesto de su mano, la diablesa había desaparecido y no quedaba de ella nada más que una pequeña llama azul que flotaba por fuera del redil.
-Muy bien -dijo el pastor- haga tantos fuegos fatuos como quiera, me da igual, me burlo de sus luces y de sus payasadas.
Tras lo cual, quiso volver a acostarse; pero he aquí que sus perros, que hasta ese momento habían permanecido como encantados, se acercaron a él gruñendo y enseñando los dientes como si quisieran devorarlo, lo que lo puso airado contra ellos y, cogiendo su cayado ferrado, les pegó como merecían por su mala vigilancia y su pésimo humor.
Los perros se acostaron a sus pies temblando y llorando. Habríase dicho que lamentaban lo que el espíritu perverso les había obligado a hacer. Viéndolos tan calmados y sumisos, Ludre se disponía a dormir de nuevo cuando los vio levantarse como bestias furiosas y lanzarse sobre el rebaño.
Había doscientas ovejas que, presas de miedo y de vértigo, saltaron por encima del cercado del redil y huyeron por los campos como si se hubieran transformado en ciervas, mientras que los perros, rabiosos como lobos, las perseguían mordiéndoles en las patas y arrancándoles la lana que volaba formando nubes blancas sobre los matorrales
El pastor, muy preocupado, no se tomó el tiempo necesario para volver a ponerse los zapatos y la chaqueta que se había quitado por el calor. Se puso a correr tras su rebaño, jurando detrás de sus perros que no le prestaban atención y corrían cada vez más, ladrando como los perros de caza que han levantado la liebre, y espantando al rebaño asustado.
Tanto corrieron ovejas, perros y pastor, que el pobre Ludre hizo al menos doce leguas alrededor de la charca de los fuegos fatuos, sin poder alcanzar su rebaño ni detener sus perros, a los que habría matado de buena gana si hubiera podido alcanzarlos.
Por fin, cuando amaneció, se quedó muy sorprendido al ver que las ovejas que él creía perseguir no eran sino pequeñas mujeres blancas, largas y menudas, que corrían como el viento y que no parecían cansarse más de lo que lo hace el viento. Por lo que respecta a los perros, los vio transformados en dos gruesos cuervos que volaban de rama en rama graznando.
Convencido entonces de que había caído en un aquelarre, volvió derrengado y triste a su redil, donde se sorprendió mucho de encontrar su rebaño durmiendo bajo la vigilancia de los perros, que se acercaron a él para acariciarlo.
Se dejó caer en su cama y durmió como un tronco. Pero, a la mañana siguiente, cuando salió el sol, contó sus animales y encontró que faltaba una oveja, que no pudo encontrar por más que buscó.
Por la tarde, un leñador que trabajaba cerca de la charca de los fuegos fatuos le trajo sobre su asno la pobre oveja ahogada, preguntándole cómo cuidaba las ovejas y aconsejándole que no durmiera tanto si quería conservar su buena fama de pastor y la confianza de sus patrones.
El pobre Ludre se preocupó mucho por un asunto del que no comprendía nada y que, por desgracia para él, se repitió, aunque de otra manera, a la noche siguiente.
Esta vez soñó que una vieja cabra, con grandes cuernos de plata, le hablaba a sus ovejas y que éstas la seguían galopando y saltando como cabritos alrededor de la charca. Imaginó que sus perros se cambiaban en pastores y él mismo en un macho cabrío al que estos pastores golpeaban y obligaban a correr.
Como la víspera, se detuvo al amanecer, reconoció las figuras blancas que ya lo habían engañado, regresó, lo encontró todo tranquilo en su redil, se durmió por el gran cansancio, se levantó tarde, contó sus ovejas y encontró que faltaba una.
Esta vez corrió hacia la charca y encontró al animal que se estaba ahogando. La sacó del agua, pero era demasiado tarde y ya no era buena sino para ser despellejada.
Estos desagradables hechos duraban ya ocho días. Faltaban ocho cabezas en el rebaño y Ludre, bien porque corriera dormido como un sonámbulo, bien porque soñara en medio de la fiebre que tenía las piernas en movimiento y el espíritu afligido, lo cierto es que se sentía muy fatigado y tan enfermo que creí que se iba a morir.
-Mi pobre amigo, -le dijo un viejo pastor muy sabio al que él le contaba sus cuitas-, tienes que casarte con la vieja o renunciar a tu oficio. Conozco a esa cabra de cabellos plateados por haberla visto cortejar a uno de nuestros amigos, al que hizo morir de fiebre y pena. Por eso no he querido nunca tratar con las flambettes aunque me hicieran numerosas insinuaciones y de que las viera danzar como bellas jovencitas alrededor de mi redil.
-¿Y no sabría usted darme algún remedio para librarme de ellas? – le dijo Ludre abrumado.
-He oído decir -respondió el viejo- que aquel que pudiera cortarle la barba a esa maldita cabra la gobernaría a su antojo; pero se corre un gran riesgo porque si se le deja, aunque sólo sea un pelo, recupera toda su fuerza y te retuerce el cuello.
-¡Caramba!, yo mismo lo intentaré -dijo Ludre- pues lo mismo da morir en ese empeño que ir languideciendo poco a poco como hago yo.
La noche siguiente, vio a la vieja con figura de fuego fatuo acercarse a su cabaña y le dijo:
-Ven aquí, bella entre las bellas, y casémonos de inmediato.
Cómo fue la boda, no se supo jamás; pero, hacia medianoche, cuando la bruja estaba bien dormida, Ludre cogió las tijeras de esquilar las ovejas y, de un solo golpe le cortó tan bien la barba, que el elfo tenía el mentón desnudo, y él se puso muy contento al ver que era rosado y blanco como el de una jovencita. Entonces, se le ocurrió la idea de esquilar toda la cabra, su esposa, pensando que tal vez perdiera su fealdad y su taima al mismo tiempo que el pelo.
Como seguía durmiendo, o haciendo como que dormía, no le costó mucho esfuerzo hacer todo el esquilo. Pero, una vez que concluyó, se dio cuenta de que había esquilado su cayado y que estaba solo, acostado junto a su bastón de serbal.
Se levantó muy inquieto por lo que pudiera significar esta nueva diablura y lo primero que hizo fue recontar sus animales, que resultaron ser doscientas, como si ninguna se hubiera ahogado.
Entonces, se apresuró a quemar todo el pelo de la cabra y a darle gracias al bueno de san Ludre, que no permitió nunca más a los fuegos fatuos que lo atormentaran.
Traducción de Esperanza Cobos Castro
Imagen tomada de unión hispanomundial de escritores. uhe - Ning
Amandine Aurore Lucie Dupin
(Francia, 1804-1876)
"He conocido diversas clases de amor: amor de artista, amor de mujer, amor de hermana, amor de religiosa, amor de poeta. ¿Qué podría añadir?"
***
"Yo era muy sana y durante mi niñez prometía ser muy hermosa, promesa que luego no cumplí. Tal vez yo tuve la culpa de esto, pues a la edad en que la belleza florece me pasaba las noches escribiendo y leyendo. Gustándome el arreglo, me han parecido siempre insoportables los refinamientos de la coquetería. Jamás he comprendido que haya que privarse de trabajar para tener la vista descansada, no correr al sol para no estar quemada ni con la piel envejecida antes de tiempo. No fui fea ni hermosa en mi juventud. Es preferible tener un rostro que no deslumbre ni espante. Por eso yo me he encontrado siempre bien con amigos de ambos sexos".
**
Carta de Aurore Dupin (George Sand) à Alfred de Musset
Estoy muy emocionada de decirle que tengo
bien entendido que la otra noche usted tuvo
siempre unas ganas locas de hacerme
bailar. Guardo el recuerdo de vuestro
besar[1] y me gustaría mucho que sea
esto una prueba que yo pueda ser amada
por usted. Estoy dispuesta a mostrarle mi
afecto desinteresado y sin cál-
culo, y si usted quiere verme también
desvelar sin artificio mi alma
toda desnuda, venga a hacerme una visita.
Charlaremos como amigos, francamente.
Le probaré que soy la mujer
Sincera, capas de ofrecerle la afección
más profunda y también la más estrecha
amistad, en una palabra la mejor prueba
que usted pueda soñar, ya que vuestro
espíritu es libre. Piense que el abandono que yo re-
pito es bien largo, bien duro y a menudo
difícil. Así es que soñando tengo el espíritu
grueso. Acuda entonces rápido y venga a
hacerme olvidar por el amor donde yo quiero
ponérmelo.
Post Data: Léala saltando las líneas pares.
***
Los fuegos fatuos
Los flambeaux, flambettes o flamboires, también llamados fuegos fatuos, son esos meteoros azulados que todo el mundo ha encontrado por la noche o ha visto danzar sobre la superficie inmóvil de las aguas pantanosas. Se dice que esos meteoros son inertes por sí mismos, pero la menor brisa los agita y toman aspecto de movimiento que divierte o inquieta la imaginación según ésta esté predispuesta a la tristeza o a la poesía.
Para los campesinos son almas en pena que les piden oraciones, o almas perversas que los arrastran en una carrera desesperada y los llevan, después de mil rodeos insidiosos, a lo más profundo del pantano o del río. Como al lupeux o al trasgo, se les oye reír cada vez más claramente a medida que se adueñan de su víctima y la ven aproximarse al desenlace funesto e inevitable. Las creencias varían mucho respecto a la naturaleza o la intención más o menos perversa de los fuegos fatuos. Algunos se contentan con perderte y, para lograr su fin, no les importa adoptar diversos aspectos.
Se cuenta que un pastor que había aprendido a hacer que le fueran favorables, los hacía ir y venir a su antojo. Bajo su protección todo marchaba bien para él. Sus animales disfrutaban y por lo que a él respecta, no estaba nunca enfermo, dormía y comía bien en verano como en invierno. No obstante, lo vieron de repente ponerse delgado, macilento y melancólico. Cuando le preguntaron acerca de la causa de su desazón, contó lo siguiente:
Una noche que se encontraba en su cabaña con ruedas, cerca de su redil, fue despertado por un gran resplandor y por grandes golpes sobre el techo de su habitáculo.
-¿Qué ocurre? -dijo, muy sorprendido de que sus perros no le hubieran advertido.
Pero antes de que hubiera logrado levantarse, pues se sentía pesado y como asfixiado, vio ante él a una mujer tan pequeña, tan pequeña, y tan menuda, y tan vieja, que se asustó pues ninguna mujer viva podía tener semejante tamaño y semejante edad. Estaba cubierta por sus largos cabellos canosos que la tapaban por completo y sólo dejaban salir su pequeña cabeza arrugada y sus pequeños pies resecos.
-Vamos muchacho, ven conmigo; ha llegado la hora -le dijo.
-¿La hora de qué? -preguntó el pastor desconcertado.
-La hora de casarnos -respondió-. ¿No me has prometido matrimonio?
-¡Oh! ¡Oh! ¡No creo! Sobre todo porque no la conozco en absoluto y porque la veo por primera vez en mi vida.
-Estás mintiendo, mi apuesto pastor. Me has visto bajo un aspecto luminoso. ¿No reconoces a Flambette, la madre de los fuegos fatuos de la pradera? ¿Y no me has jurado, a cambio de los grandes servicios que te he hecho, que harías lo primero que viniera a pedirte?
-Sí, tiene razón, señora Flambette; yo no soy hombre que incumpla su palabra, pero juré eso con la condición de que no se me pidiera nada que fuera contrario a mi fe de cristiano ni a los intereses de mi alma.
-¡Ah, pues! ¿Vengo acaso a engatusarte como una aventurera? ¿No vengo decentemente revestida con mi cabellera de plata fina y adornada como una novia? Quiero llevarte a la misa de medianoche, y nada es más saludable para el alma de un vivo que el matrimonio con una bella muerta como yo. Vamos, ¿vienes? No tengo tiempo que perder charlando.
Hizo ademán de llevarse al pastor fuera de su redil, pero éste retrocedió, aterrorizado, diciendo:
-Nada de eso, mi buena señora, es demasiado honor para un pobre hombre como yo y además prometí a san Ludre, mi patrón, permanecer soltero toda mi vida.
El nombre del santo, mezclado con el rechazo del pastor, puso a la anciana furiosa. Comenzó a saltar rugiendo como una tormenta y a hacer remolinear su cabellera que, al levantarse, dejó ver su cuerpo negro y peludo. El pobre Ludre (así se llamaba el pastor) retrocedió horrorizado al ver que era el cuerpo de una cabra, con la cabeza, los pies y las manos de una mujer decrépita.
-¡Vuelve al diablo, fea bruja! -exclamó- reniego de ti y te conjuro en nombre del…
Iba a hacer la señal de la Cruz, pero se detuvo considerando que era inútil pues sólo con el gesto de su mano, la diablesa había desaparecido y no quedaba de ella nada más que una pequeña llama azul que flotaba por fuera del redil.
-Muy bien -dijo el pastor- haga tantos fuegos fatuos como quiera, me da igual, me burlo de sus luces y de sus payasadas.
Tras lo cual, quiso volver a acostarse; pero he aquí que sus perros, que hasta ese momento habían permanecido como encantados, se acercaron a él gruñendo y enseñando los dientes como si quisieran devorarlo, lo que lo puso airado contra ellos y, cogiendo su cayado ferrado, les pegó como merecían por su mala vigilancia y su pésimo humor.
Los perros se acostaron a sus pies temblando y llorando. Habríase dicho que lamentaban lo que el espíritu perverso les había obligado a hacer. Viéndolos tan calmados y sumisos, Ludre se disponía a dormir de nuevo cuando los vio levantarse como bestias furiosas y lanzarse sobre el rebaño.
Había doscientas ovejas que, presas de miedo y de vértigo, saltaron por encima del cercado del redil y huyeron por los campos como si se hubieran transformado en ciervas, mientras que los perros, rabiosos como lobos, las perseguían mordiéndoles en las patas y arrancándoles la lana que volaba formando nubes blancas sobre los matorrales
El pastor, muy preocupado, no se tomó el tiempo necesario para volver a ponerse los zapatos y la chaqueta que se había quitado por el calor. Se puso a correr tras su rebaño, jurando detrás de sus perros que no le prestaban atención y corrían cada vez más, ladrando como los perros de caza que han levantado la liebre, y espantando al rebaño asustado.
Tanto corrieron ovejas, perros y pastor, que el pobre Ludre hizo al menos doce leguas alrededor de la charca de los fuegos fatuos, sin poder alcanzar su rebaño ni detener sus perros, a los que habría matado de buena gana si hubiera podido alcanzarlos.
Por fin, cuando amaneció, se quedó muy sorprendido al ver que las ovejas que él creía perseguir no eran sino pequeñas mujeres blancas, largas y menudas, que corrían como el viento y que no parecían cansarse más de lo que lo hace el viento. Por lo que respecta a los perros, los vio transformados en dos gruesos cuervos que volaban de rama en rama graznando.
Convencido entonces de que había caído en un aquelarre, volvió derrengado y triste a su redil, donde se sorprendió mucho de encontrar su rebaño durmiendo bajo la vigilancia de los perros, que se acercaron a él para acariciarlo.
Se dejó caer en su cama y durmió como un tronco. Pero, a la mañana siguiente, cuando salió el sol, contó sus animales y encontró que faltaba una oveja, que no pudo encontrar por más que buscó.
Por la tarde, un leñador que trabajaba cerca de la charca de los fuegos fatuos le trajo sobre su asno la pobre oveja ahogada, preguntándole cómo cuidaba las ovejas y aconsejándole que no durmiera tanto si quería conservar su buena fama de pastor y la confianza de sus patrones.
El pobre Ludre se preocupó mucho por un asunto del que no comprendía nada y que, por desgracia para él, se repitió, aunque de otra manera, a la noche siguiente.
Esta vez soñó que una vieja cabra, con grandes cuernos de plata, le hablaba a sus ovejas y que éstas la seguían galopando y saltando como cabritos alrededor de la charca. Imaginó que sus perros se cambiaban en pastores y él mismo en un macho cabrío al que estos pastores golpeaban y obligaban a correr.
Como la víspera, se detuvo al amanecer, reconoció las figuras blancas que ya lo habían engañado, regresó, lo encontró todo tranquilo en su redil, se durmió por el gran cansancio, se levantó tarde, contó sus ovejas y encontró que faltaba una.
Esta vez corrió hacia la charca y encontró al animal que se estaba ahogando. La sacó del agua, pero era demasiado tarde y ya no era buena sino para ser despellejada.
Estos desagradables hechos duraban ya ocho días. Faltaban ocho cabezas en el rebaño y Ludre, bien porque corriera dormido como un sonámbulo, bien porque soñara en medio de la fiebre que tenía las piernas en movimiento y el espíritu afligido, lo cierto es que se sentía muy fatigado y tan enfermo que creí que se iba a morir.
-Mi pobre amigo, -le dijo un viejo pastor muy sabio al que él le contaba sus cuitas-, tienes que casarte con la vieja o renunciar a tu oficio. Conozco a esa cabra de cabellos plateados por haberla visto cortejar a uno de nuestros amigos, al que hizo morir de fiebre y pena. Por eso no he querido nunca tratar con las flambettes aunque me hicieran numerosas insinuaciones y de que las viera danzar como bellas jovencitas alrededor de mi redil.
-¿Y no sabría usted darme algún remedio para librarme de ellas? – le dijo Ludre abrumado.
-He oído decir -respondió el viejo- que aquel que pudiera cortarle la barba a esa maldita cabra la gobernaría a su antojo; pero se corre un gran riesgo porque si se le deja, aunque sólo sea un pelo, recupera toda su fuerza y te retuerce el cuello.
-¡Caramba!, yo mismo lo intentaré -dijo Ludre- pues lo mismo da morir en ese empeño que ir languideciendo poco a poco como hago yo.
La noche siguiente, vio a la vieja con figura de fuego fatuo acercarse a su cabaña y le dijo:
-Ven aquí, bella entre las bellas, y casémonos de inmediato.
Cómo fue la boda, no se supo jamás; pero, hacia medianoche, cuando la bruja estaba bien dormida, Ludre cogió las tijeras de esquilar las ovejas y, de un solo golpe le cortó tan bien la barba, que el elfo tenía el mentón desnudo, y él se puso muy contento al ver que era rosado y blanco como el de una jovencita. Entonces, se le ocurrió la idea de esquilar toda la cabra, su esposa, pensando que tal vez perdiera su fealdad y su taima al mismo tiempo que el pelo.
Como seguía durmiendo, o haciendo como que dormía, no le costó mucho esfuerzo hacer todo el esquilo. Pero, una vez que concluyó, se dio cuenta de que había esquilado su cayado y que estaba solo, acostado junto a su bastón de serbal.
Se levantó muy inquieto por lo que pudiera significar esta nueva diablura y lo primero que hizo fue recontar sus animales, que resultaron ser doscientas, como si ninguna se hubiera ahogado.
Entonces, se apresuró a quemar todo el pelo de la cabra y a darle gracias al bueno de san Ludre, que no permitió nunca más a los fuegos fatuos que lo atormentaran.
Traducción de Esperanza Cobos Castro
Imagen tomada de unión hispanomundial de escritores. uhe - Ning
sábado, 21 de abril de 2018
En el Père-Lachaise, me asaltó un asco hacia la humanidad profundo y doloroso
GEORGE SAND
Amandine Aurore Lucie Dupin
(Francia, 1804-1876)
y GUSTAVE FLAUBERT
(Ruan, Alta Normandía; 1821-Croisset, Baja Normandía; 1880)
Cartas
Sábado por la noche
Siento remordimientos por no haber respondido en tanto tiempo a su carta, querida maestra. Usted me hablaba “de las miserias” pasadas. ¿Cree que las ignoraba? Le confesaré incluso (entre nosotros) que me sentí, en esa ocasión, herido, más todavía en mi buen gusto que en mi afecto por usted. No encontré a muchos de sus íntimos suficientemente interesantes. «¡Dios mío! ¡Dios mío! ¡Cómo llegan a ser los hombres de letras tan estúpidos!», fragmento de la correspondencia de Napoleón I. Bonito fragmento, ¿eh? ¿No le parece que lo denigran demasiado, a ese hombre?
La infinita estupidez de las masas me hace ser indulgente con los individuos, que tan odiosos pueden llegar a ser. He acabado de leer los diez primeros tomos de Buchez y Roux. Lo que he sacado en claro es un inmenso disgusto al enfrentarme con los Franceses. ¡En nombre de Dios! ¡Hemos sido tan ineptos durante todo este tiempo en nuestra bella patria! Ni una idea liberal que no haya sido impopular, ni una cosa justa que no haya escandalizado, ni un gran hombre que no haya recibido huevos podridos o cuchilladas. «Historia del espíritu humano, historia de la necedad humana», como dijo el señor Voltaire.
Y me convenzo cada vez más de esta verdad: estamos podridos de catolicismo. La doctrina de la Gracia nos ha llegado tan al fondo, que el sentido de la Justicia ha desaparecido. Lo que más me ha horrorizado de la historia del 48, como de sus orígenes naturales en la Revolución, es que no se despegó de la Edad Media, a pesar de lo que se cree. He encontrado en Marat fragmentos enteros de Proudhon, y creo que los volvería a encontrar en los predicadores de la Liga.
¿Cuál es la medida que propusieron los más avanzados después de Varennes? La Dictadura. Y la dictadura militar. Se cerraron las iglesias, pero se elevaron los templos, etc. Le aseguro que me vuelvo estúpido con la Revolución. Es un abismo que me fascina.
Sin embargo, trabajo en mi novela como una bestia. Espero que a finales de año no me queden más de cien páginas por escribir. Es decir, aún seis buenos meses de trabajo. Iré a París lo más tarde que pueda. Voy a pasar el invierno en la más completa soledad, buena manera de perder la vida rápidamente.
Maurice me ha escrito una carta extraordinariamente amable. Pero ¿por qué se deja disgustar por Buloz? Somos demasiado modestos con esos tipos.
¿Cuándo vendrá usted a hacerme una visita? Yo quizá iré a París tres o cuatro días hacia finales de diciembre.
¿Qué hace usted ahora? Etc., etc.
Todo mi cariño.
Gustave Flaubert
**
46. FLAUBERT A SAND
[Croisset, 1 de enero de 1869]
Noche de Fin de Año, a la una
¿Por qué no empezar el año 1869 deseándole a usted y a los suyos que sea “bueno y feliz, y todo lo demás…”? Es cursi, pero me gusta.
Ahora charlemos: no, no “me enveneno la sangre”, porque nunca me he encontrado mejor. En París me dijeron que me veían “fresco como una jovencita”, ¡y la gente que ignora mi biografía atribuía esta apariencia de salud al aire del campo! ¡He ahí lo que son los prejuicios! A cada uno su higiene. Yo, cuando no tengo hambre, la única cosa que puedo comer es pan seco. Y las cosas más indigestas, como las manzanas para sidra, verdes, y el tocino, son las que me quitan los dolores de estómago. Y otras por el estilo. Un hombre que no tiene sentido común no debe vivir según las reglas del sentido común.
En cuanto a mi pasión por el trabajo, yo la compararía con un prurito. Me rasco gritando. Es a la vez un placer y un suplicio. ¡Y no hago nada de lo que quiero!
Porque uno no escoge sus temas. Ellos se imponen. ¿Encontraré alguna vez el mío?
¿Me caerá del cielo una idea que encaje completamente con mi temperamento?
¿Podré hacer un libro donde me dé todo entero? Me parece, en mis momentos de vanidad, que comienzo a entrever lo que debe ser una novela. Pero me quedan todavía tres o cuatro por escribir antes de llegar a ella —¡que por otra parte es una idea muy vaga!— y al ritmo que voy, será mucho si escribo esas tres o cuatro. Soy como aquél que piensa que la iglesia más bella sería aquella que tuviera a la vez la torre de Estrasburgo, la columnata de San Pedro, el pórtico del Partenón, etc.; tengo ideales contradictorios.
¿Que “el enclaustramiento al que me condeno es mi jardín de las delicias”? ¡No! Pero ¿qué le voy a hacer? Embriagarse con tinta es mejor que embriagarse con aguardiente. ¡La Musa, por muy esquiva que sea, da menos dolores de cabeza que la Mujer! No puedo compartir a la una con la otra. Hay que escoger. ¡Mi elección está hecha desde hace mucho! Queda el tema de los Sentidos. Siempre han sido mis servidores. Incluso en la época de mi más tierna juventud, he hecho con ellos absolutamente lo que he querido. Estoy cerca de los cincuenta; ¡y ya no es precisamente su fogosidad lo que me estorba!
Este régimen no es tan terrible; lo admito, hay momentos de vacío y de terrible aburrimiento. Pero se van volviendo más y más raros a medida que uno envejece. En fin, ¡vivir me parece un oficio para el cual no estoy hecho! ¡Y sin embargo…!
Estuve en París tres días que empleé en buscar datos y recorrer lugares para mi libro. Estaba tan extenuado el viernes pasado que me acosté a las siete de la tarde. Así son mis locas orgías en la capital.
Encontré a los Goncourt admirando frenéticamente una obra titulada Histoire de ma vie de G. Sand. Lo cual demuestra por su parte más buen gusto que erudición. Ellos incluso querían escribirle a usted para manifestarle toda su admiración. En cambio, ¡nuestro amigo Harrisse me pareció estúpido! ¡Compara a Feydeau con Chateaubriand, admira mucho Le Lépreux de la cité d’Aoste, encuentra que Don Quijote es aburrido, etc.!
¡Fíjese en qué raro es el Sentido literario! ¡Y sin embargo el conocimiento de las lenguas, la arqueología, la historia, etc., todo eso debería ser útil! La gente que se llama a sí misma instruida se vuelve cada vez más inepta en materia de arte. Lo que es el arte en sí se les escapa. Las glosas son para ellos más importantes que el propio texto. Se fían más de las muletas que de las piernas.
El viejo Sainte-Beuve me ha parecido recuperado. Está irrevocablemente inválido, más que enfermo.
No he tenido tiempo de ir a ver al príncipe, que tiene la fiebre terciana, o que al menos la ha tenido. “He oído decir” (como dicen) que se fatigó en Citerea. ¡Qué hombre tan singular! ¡No por esto, sino por todo lo demás!
No saldré de aquí antes de Pascua. Cuento con haber acabado a finales de mayo.
¡Me verá usted en Nohant, aunque caigan bombas!
¿Y el trabajo? ¿Qué hace ahora, querida maestra?
¿Cuándo nos veremos? ¿Irá a París en primavera?
Un abrazo.
Gustave Flaubert
**
48. FLAUBERT A SAND
[Croisset, 2 de febrero de 1869]
Martes
Mi querida maestra,
Vea usted en su viejo trovador a un hombre muerto. He pasado ocho días en París a la búsqueda de datos agotadores (de siete a nueve horas de coche todos los días, bonito método para hacer fortuna con la Literatura… ¡en fin!). Acabo de releer mi plan de trabajo. Todo lo que me queda por escribir me asusta, ¡o más bien me asquea hasta el vómito! Siempre es así cuando reanudo el trabajo. ¡Es entonces cuando me hastío! ¡Me hastío! ¡Me hastío! ¡Pero esta vez supera las anteriores! Por eso temo tanto las interrupciones. No podía hacerlo de otra manera, sin embargo. ¡Me he pateado las pompas fúnebres, el Père-Lachaise, el valle de Montmorency, todas las tiendas de objetos religiosos, etc.!
Total, tengo aún para cuatro o cinco meses. ¡Qué buen uf voy a soltar cuando acabe! ¡Y con qué ganas dejaré a los burgueses! ¡Es hora de que me divierta! […]
Usted me hablaba de la Crítica en su última carta, diciéndome que va a desaparecer. Yo creo, al contrario, que está sólo en su aurora. Ahora ha avanzado a contrapié de la época precedente. Pero nada más (de la época de Laharpe, en que era gramática, de la época de Sainte-Beuve y de Taine, en que era histórica). ¿Cuándo será artística, nada más que artística, pero del todo artística? ¿Dónde ha encontrado usted una crítica que se preocupe de la obra en sí, de una manera intensa? Se analiza minuciosamente el medio en que se produce y las causas que la originan. Pero ¿la poética inmanente de la cual resulta? ¿Su composición, su estilo? ¿El punto de vista del autor? Nunca.
Para semejante crítica haría falta una gran imaginación y una gran bondad, quiero decir una capacidad de entusiasmo siempre dispuesta. Y además, el gusto, cualidad rara, incluso entre los mejores, hasta tal punto que nadie habla de ella.
Lo que me indigna todos los días es ver cómo se ponen al mismo nivel una obra maestra y una torpeza. Se exalta a los pequeños y se rebaja a los grandes. Nada más necio ni más inmoral.
Hablando de necedad, “he oído decir” que la Plessy se ha vuelto estúpida e insociable. Sus amigos se alejan de ella.
En el Père-Lachaise, me asaltó un asco hacia la humanidad profundo y doloroso. ¡No se imagina usted el fetichismo de las tumbas! ¡El verdadero parisino es más idólatra que un negro! Me dieron ganas de tirarme en una fosa.
¡Y la gente avanzada cree que no hay mejor ocupación que rehabilitar a Robespierre! ¡Vea el libro de Hamel! ¡Si la República regresa, volverán a bendecir los árboles de la Libertad, como política y creyendo que es una medida atrevida!
Abrace a sus dos nietas por mí. La beso en las dos mejillas, con ternura.
Su viejo
Gustave Flaubert
**
64. FLAUBERT A SAND
[París, 3 de diciembre de 1869]
Querida maestra,
Su viejo trovador ha sido fuertemente denigrado en los Papeles. Lea Usted Le Constitutionnel del último lunes y Le Gaulois de esta mañana; está claro. Me tratan de cretino y de canalla. El artículo de Barbey d’Aurevilly (Constitutionnel) es, en su género, un modelo, y el de Sarcey, aunque menos violento, no le va a la zaga. ¡Esos señores se exclaman en nombre de la moral y del ideal! También recibo palos en Le Figaro y en Paris, de Cesena y Duranty.
¡Me da igual! ¡Lo que no impide que esté sorprendido ante tanto odio! ¡Y tanta mala fe!
La Tribune, Le Pays y L’Opinion nationale, por el contrario, me han elogiado mucho.
En cuanto a los amigos, las personas que han recibido un ejemplar dedicado, tienen miedo de comprometerse y me hablan de cualquier otra cosa. Los valientes son raros. El libro, sin embargo, se vende bastante bien, a pesar de la política, y me da la impresión de que Lévy está contento.
Sé que los burgueses de Rouen están furiosos conmigo, a causa del padre Roque y de los sótanos de las Tullerías. Dicen que «se debería prohibir la publicación de libros como ésos» (textual), que doy la mano a los rojos, que soy culpable de atizar las pasiones revolucionarias, etc., etc.[…]
En resumen, recojo pocas hojas de laurel, y ninguna hoja de rosa me hiere.
¡Qué ganas tengo de abrazarla!
Mil abrazos de su viejo
Gustave Flaubert
Todos los periódicos citan como prueba de mi bajeza el episodio de la Turca, que tergiversan, por supuesto. ¡Y Sarcey me compara al marqués de Sade, que reconoce no haber leído!
Todo esto no me afecta lo más mínimo. Pero me pregunto: ¿para qué publicar?
**
68. SAND A FLAUBERT
[Nohant, 9 enero 1870]
[…] Siguen hundiendo tu libro. Eso no le impide ser un bello y buen libro. Se le hará justicia tarde o temprano, siempre se hace justicia. Al parecer, se ha adelantado a su tiempo; o más bien ha llegado demasiado a tiempo. Ha captado demasiado bien el desasosiego que reina en los espíritus. Ha metido el dedo en la llaga. La gente se reconoce en él demasiado.
Todos te adoran aquí, y tenemos la conciencia suficientemente limpia como para enfadarnos con la verdad; hablamos de ti cada día. Ayer, Lina me decía que ella admira mucho todo lo que haces, pero que prefería Salambó a tus pinturas modernas.
Si hubieras estado escondido en un rincón, he aquí lo que le habrías oído decir a ella, a mí y a los otros:
Es más grande que la media de los demás. Su espíritu es como él, fuera de las proporciones comunes. En eso, tiene de Víctor Hugo al menos tanto como de Balzac, pero tiene el gusto y el discernimiento que le faltan a Hugo, y es artista, lo cual Balzac no es. ¿Es entonces más que ellos dos? ¿Chi lo sa? Todavía no ha dado todo lo que puede de sí. El potencial de su cerebro lo ofusca. No sabe si será poeta o realista, y como él es lo uno y lo otro, eso lo fastidia. Debe desembarazarse de sus influencias. Lo ve todo y quiere captarlo todo a un tiempo. No está a la altura del público que quiere comerlo todo a pequeños bocados, y a quien las grandes tajadas asfixian. Pero el público irá a él de cualquier modo, cuando haya comprendido. Incluso irá a él muy pronto, si el autor desciende a querer ser comprendido. Para eso debería hacer una concesión al relajamiento de su inteligencia. Habría que reflexionar mucho antes de osar darle ese consejo.
Hasta aquí el resumen de lo dicho. No es inútil conocer la opinión de la buena gente y de la gente joven. Los más jóvenes dicen que La educación sentimental los ha dejado tristes. No se reconocen, ellos que aún no han vivido. Pero tienen ilusiones, y dicen: ¿por qué ese hombre tan bueno, tan amable, tan alegre, tan sencillo, tan simpático, quiere desanimarnos de la vida? Lo que dicen está mal razonado, pero como es instintivo, quizá hay que tenerlo en cuenta.
[…]
Te abrazo, por mí y por toda la nidada.
George Sand
Amandine Aurore Lucie Dupin
(Francia, 1804-1876)
y GUSTAVE FLAUBERT
(Ruan, Alta Normandía; 1821-Croisset, Baja Normandía; 1880)
Cartas
.SAND A FLAUBERT
[Nohant, 1 de octubre de 1866]
Lunes por la tarde
Lunes por la tarde
Querido amigo,
Su carta me ha llegado desde París. Así que la tengo. Demasiado hay en ella como para perdérmela. No me habla usted de inundaciones. Supongo, pues, que el Sena no ha hecho barbaridades en su casa y que el tulipero no ha empapado sus raíces. Temo cualquier fastidio para ustedes, y me pregunto si el terraplén ha sido lo bastante alto para protegerlos. Aquí, nosotros no tenemos nada que temer de ese estilo. Nuestros arroyos son bastante traviesos, pero los tenemos lejos.
Dichoso usted, que tiene recuerdos tan nítidos de otras existencias. Mucha imaginación y mucha erudición, he ahí su memoria. Pero, si uno no recuerda nada tan distintamente, llega a tener un sentimiento vivísimo de su propia renovación en la eternidad. Yo tenía un hermano muy gracioso que a menudo decía: cuando yo era perro… Creía ser hombre desde hacía bien poco. Yo creo que he sido vegetal o piedra. No estoy siempre segura de existir completamente, y otras veces creo sentir una gran fatiga acumulada por haber existido demasiado. En fin, no sé, y no podría, como usted, decir: poseo el pasado. Pero, entonces, ¿usted cree que uno no muere, sino que vuelve a ser? Si osa decir eso a los incrédulos, tiene valor, y eso es bueno. Yo sí tengo ese coraje, lo cual me hace pasar por imbécil, pero no arriesgo nada: ¡soy imbécil desde tantos otros puntos de vista!
Estaría encantada de tener su impresión por escrito sobre la Bretaña. Yo no he visto lo suficiente como para hablar de ello. Pero buscaba una impresión general, y me sirvió para reconstruir una o dos escenas que necesitaba. También se lo leeré, aunque todavía es un engendro informe. ¿Por qué su crónica se quedó inédita? Es usted coqueto; no encuentra todo lo que hace digno de ser mostrado. Es un error. Todo lo que proviene de un maestro es enseñanza, y no debe tener miedo a mostrar sus croquis y sus esbozos. Incluso éstos están muy por encima del lector, y se le dan tantas cosas de su nivel que el pobre diablo permanece en la vulgaridad. Hay que amar a los estúpidos más que a uno mismo, ¿acaso no son ellos los verdaderos desgraciados de este mundo? ¿No son las personas sin gusto y sin ideal las que se aburren, no gozan de nada y no sirven para nada? Es inevitable ser maltratado, escarnecido y desconocido por ellos. Pero no por ello hay que abandonarlos, y siempre hay que tirarles buen pan, que prefieren a la m… Cuando estén hartos de basura, comerán el pan, pero si no lo hay, se comerán la m… in secula seculorum.
Le he oído decir a usted: Yo no escribo más que para diez o doce personas. En las charlas se dicen un montón de cosas que son resultado de la impresión del momento. Pero no es el único que lo dice. Es la opinión, o la tesis, del día. Yo protesté interiormente. Las doce personas para las cuales escribe y que lo aprecian, lo igualan o lo superan. Y, a su vez, nunca ha tenido necesidad de leer a las once restantes para ser usted. Por lo tanto, uno escribe para todo el mundo, para cualquiera que necesite ser iniciado. Cuando no somos comprendidos, nos resignamos y volvemos a empezar.
Cuando lo somos, nos alegramos y continuamos. He ahí todo el secreto de nuestro trabajo perseverante y de nuestro amor por el arte. ¿Qué es el arte sin los corazones y los espíritus donde uno lo vierte? Un sol que no proyectaría sus rayos y que no daría vida a nada. ¿No está usted de acuerdo? Si se convence uno de eso, no conocerá jamás el desánimo ni la pereza. Y si el presente es estéril e ingrato, si perdemos todo efecto, todo crédito entre el público, queda el recurso al porvenir, que mantiene el coraje y borra cualquier herida del amor propio. Cien veces en la vida, el bien que hacemos no parece servir de nada, y no sirve de nada inmediatamente, pero sostiene al menos la tradición de la buena voluntad y el buen hacer sin la cual todo perecería.
¿Es, pues, desde el 89 que se desbarra? ¿No era necesario desbarrar para llegar, no ya al 48, cuando todavía se desbarró más, sino para llegar a lo que debe ser? Ya me dirá qué piensa usted sobre ello, y yo releeré a Turgot para complacerlo. ¡No le prometo retroceder hasta Holbach, por bueno que sea!
Ya me avisará usted cuando sea el momento de la obra de Bouilhet. Yo estaré aquí, trabajando duro, pero dispuesta a salir corriendo y amándolo de todo corazón. Ahora que prácticamente ya no soy una mujer, si el buen Dios fuera justo, me convertiría en hombre. Tendría así la fuerza física necesaria para decirle: viajemos a Cartago o más allá. Pero, en fin, se retrocede a la infancia, que no tiene sexo ni energía, y es en otra parte, bien lejos, donde uno se renueva. ¿Dónde? Yo lo sabré antes que usted y si puedo, regresaré para decírselo en sus sueños.
[sin firma]
16. SAND A FLAUBERT
[París, 7 de diciembre de 1866]
¿No poner nada del propio corazón en lo que uno escribe? No lo entiendo en absoluto, pero en absoluto. A mí me parece que no se puede poner otra cosa. ¿Acaso es posible separar el espíritu del corazón, acaso son cosas distintas? ¿Acaso es siquiera posible limitar la sensación, escindir el ser? En fin, no darse entero en la propia obra me parece tan imposible como llorar con otra cosa que con los propios ojos o pensar con otra cosa que con el propio cerebro. ¿Qué ha querido decir? Ya me responderá cuando tenga tiempo.
[sin firma]
**
41. FLAUBERT A SAND
[Croisset, 31 de octubre de 1868]Sábado por la noche
Siento remordimientos por no haber respondido en tanto tiempo a su carta, querida maestra. Usted me hablaba “de las miserias” pasadas. ¿Cree que las ignoraba? Le confesaré incluso (entre nosotros) que me sentí, en esa ocasión, herido, más todavía en mi buen gusto que en mi afecto por usted. No encontré a muchos de sus íntimos suficientemente interesantes. «¡Dios mío! ¡Dios mío! ¡Cómo llegan a ser los hombres de letras tan estúpidos!», fragmento de la correspondencia de Napoleón I. Bonito fragmento, ¿eh? ¿No le parece que lo denigran demasiado, a ese hombre?
La infinita estupidez de las masas me hace ser indulgente con los individuos, que tan odiosos pueden llegar a ser. He acabado de leer los diez primeros tomos de Buchez y Roux. Lo que he sacado en claro es un inmenso disgusto al enfrentarme con los Franceses. ¡En nombre de Dios! ¡Hemos sido tan ineptos durante todo este tiempo en nuestra bella patria! Ni una idea liberal que no haya sido impopular, ni una cosa justa que no haya escandalizado, ni un gran hombre que no haya recibido huevos podridos o cuchilladas. «Historia del espíritu humano, historia de la necedad humana», como dijo el señor Voltaire.
Y me convenzo cada vez más de esta verdad: estamos podridos de catolicismo. La doctrina de la Gracia nos ha llegado tan al fondo, que el sentido de la Justicia ha desaparecido. Lo que más me ha horrorizado de la historia del 48, como de sus orígenes naturales en la Revolución, es que no se despegó de la Edad Media, a pesar de lo que se cree. He encontrado en Marat fragmentos enteros de Proudhon, y creo que los volvería a encontrar en los predicadores de la Liga.
¿Cuál es la medida que propusieron los más avanzados después de Varennes? La Dictadura. Y la dictadura militar. Se cerraron las iglesias, pero se elevaron los templos, etc. Le aseguro que me vuelvo estúpido con la Revolución. Es un abismo que me fascina.
Sin embargo, trabajo en mi novela como una bestia. Espero que a finales de año no me queden más de cien páginas por escribir. Es decir, aún seis buenos meses de trabajo. Iré a París lo más tarde que pueda. Voy a pasar el invierno en la más completa soledad, buena manera de perder la vida rápidamente.
Maurice me ha escrito una carta extraordinariamente amable. Pero ¿por qué se deja disgustar por Buloz? Somos demasiado modestos con esos tipos.
¿Cuándo vendrá usted a hacerme una visita? Yo quizá iré a París tres o cuatro días hacia finales de diciembre.
¿Qué hace usted ahora? Etc., etc.
Todo mi cariño.
Gustave Flaubert
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46. FLAUBERT A SAND
[Croisset, 1 de enero de 1869]
Noche de Fin de Año, a la una
¿Por qué no empezar el año 1869 deseándole a usted y a los suyos que sea “bueno y feliz, y todo lo demás…”? Es cursi, pero me gusta.
Ahora charlemos: no, no “me enveneno la sangre”, porque nunca me he encontrado mejor. En París me dijeron que me veían “fresco como una jovencita”, ¡y la gente que ignora mi biografía atribuía esta apariencia de salud al aire del campo! ¡He ahí lo que son los prejuicios! A cada uno su higiene. Yo, cuando no tengo hambre, la única cosa que puedo comer es pan seco. Y las cosas más indigestas, como las manzanas para sidra, verdes, y el tocino, son las que me quitan los dolores de estómago. Y otras por el estilo. Un hombre que no tiene sentido común no debe vivir según las reglas del sentido común.
En cuanto a mi pasión por el trabajo, yo la compararía con un prurito. Me rasco gritando. Es a la vez un placer y un suplicio. ¡Y no hago nada de lo que quiero!
Porque uno no escoge sus temas. Ellos se imponen. ¿Encontraré alguna vez el mío?
¿Me caerá del cielo una idea que encaje completamente con mi temperamento?
¿Podré hacer un libro donde me dé todo entero? Me parece, en mis momentos de vanidad, que comienzo a entrever lo que debe ser una novela. Pero me quedan todavía tres o cuatro por escribir antes de llegar a ella —¡que por otra parte es una idea muy vaga!— y al ritmo que voy, será mucho si escribo esas tres o cuatro. Soy como aquél que piensa que la iglesia más bella sería aquella que tuviera a la vez la torre de Estrasburgo, la columnata de San Pedro, el pórtico del Partenón, etc.; tengo ideales contradictorios.
¿Que “el enclaustramiento al que me condeno es mi jardín de las delicias”? ¡No! Pero ¿qué le voy a hacer? Embriagarse con tinta es mejor que embriagarse con aguardiente. ¡La Musa, por muy esquiva que sea, da menos dolores de cabeza que la Mujer! No puedo compartir a la una con la otra. Hay que escoger. ¡Mi elección está hecha desde hace mucho! Queda el tema de los Sentidos. Siempre han sido mis servidores. Incluso en la época de mi más tierna juventud, he hecho con ellos absolutamente lo que he querido. Estoy cerca de los cincuenta; ¡y ya no es precisamente su fogosidad lo que me estorba!
Este régimen no es tan terrible; lo admito, hay momentos de vacío y de terrible aburrimiento. Pero se van volviendo más y más raros a medida que uno envejece. En fin, ¡vivir me parece un oficio para el cual no estoy hecho! ¡Y sin embargo…!
Estuve en París tres días que empleé en buscar datos y recorrer lugares para mi libro. Estaba tan extenuado el viernes pasado que me acosté a las siete de la tarde. Así son mis locas orgías en la capital.
Encontré a los Goncourt admirando frenéticamente una obra titulada Histoire de ma vie de G. Sand. Lo cual demuestra por su parte más buen gusto que erudición. Ellos incluso querían escribirle a usted para manifestarle toda su admiración. En cambio, ¡nuestro amigo Harrisse me pareció estúpido! ¡Compara a Feydeau con Chateaubriand, admira mucho Le Lépreux de la cité d’Aoste, encuentra que Don Quijote es aburrido, etc.!
¡Fíjese en qué raro es el Sentido literario! ¡Y sin embargo el conocimiento de las lenguas, la arqueología, la historia, etc., todo eso debería ser útil! La gente que se llama a sí misma instruida se vuelve cada vez más inepta en materia de arte. Lo que es el arte en sí se les escapa. Las glosas son para ellos más importantes que el propio texto. Se fían más de las muletas que de las piernas.
El viejo Sainte-Beuve me ha parecido recuperado. Está irrevocablemente inválido, más que enfermo.
No he tenido tiempo de ir a ver al príncipe, que tiene la fiebre terciana, o que al menos la ha tenido. “He oído decir” (como dicen) que se fatigó en Citerea. ¡Qué hombre tan singular! ¡No por esto, sino por todo lo demás!
No saldré de aquí antes de Pascua. Cuento con haber acabado a finales de mayo.
¡Me verá usted en Nohant, aunque caigan bombas!
¿Y el trabajo? ¿Qué hace ahora, querida maestra?
¿Cuándo nos veremos? ¿Irá a París en primavera?
Un abrazo.
Gustave Flaubert
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48. FLAUBERT A SAND
[Croisset, 2 de febrero de 1869]
Martes
Mi querida maestra,
Vea usted en su viejo trovador a un hombre muerto. He pasado ocho días en París a la búsqueda de datos agotadores (de siete a nueve horas de coche todos los días, bonito método para hacer fortuna con la Literatura… ¡en fin!). Acabo de releer mi plan de trabajo. Todo lo que me queda por escribir me asusta, ¡o más bien me asquea hasta el vómito! Siempre es así cuando reanudo el trabajo. ¡Es entonces cuando me hastío! ¡Me hastío! ¡Me hastío! ¡Pero esta vez supera las anteriores! Por eso temo tanto las interrupciones. No podía hacerlo de otra manera, sin embargo. ¡Me he pateado las pompas fúnebres, el Père-Lachaise, el valle de Montmorency, todas las tiendas de objetos religiosos, etc.!
Total, tengo aún para cuatro o cinco meses. ¡Qué buen uf voy a soltar cuando acabe! ¡Y con qué ganas dejaré a los burgueses! ¡Es hora de que me divierta! […]
Usted me hablaba de la Crítica en su última carta, diciéndome que va a desaparecer. Yo creo, al contrario, que está sólo en su aurora. Ahora ha avanzado a contrapié de la época precedente. Pero nada más (de la época de Laharpe, en que era gramática, de la época de Sainte-Beuve y de Taine, en que era histórica). ¿Cuándo será artística, nada más que artística, pero del todo artística? ¿Dónde ha encontrado usted una crítica que se preocupe de la obra en sí, de una manera intensa? Se analiza minuciosamente el medio en que se produce y las causas que la originan. Pero ¿la poética inmanente de la cual resulta? ¿Su composición, su estilo? ¿El punto de vista del autor? Nunca.
Para semejante crítica haría falta una gran imaginación y una gran bondad, quiero decir una capacidad de entusiasmo siempre dispuesta. Y además, el gusto, cualidad rara, incluso entre los mejores, hasta tal punto que nadie habla de ella.
Lo que me indigna todos los días es ver cómo se ponen al mismo nivel una obra maestra y una torpeza. Se exalta a los pequeños y se rebaja a los grandes. Nada más necio ni más inmoral.
Hablando de necedad, “he oído decir” que la Plessy se ha vuelto estúpida e insociable. Sus amigos se alejan de ella.
En el Père-Lachaise, me asaltó un asco hacia la humanidad profundo y doloroso. ¡No se imagina usted el fetichismo de las tumbas! ¡El verdadero parisino es más idólatra que un negro! Me dieron ganas de tirarme en una fosa.
¡Y la gente avanzada cree que no hay mejor ocupación que rehabilitar a Robespierre! ¡Vea el libro de Hamel! ¡Si la República regresa, volverán a bendecir los árboles de la Libertad, como política y creyendo que es una medida atrevida!
Abrace a sus dos nietas por mí. La beso en las dos mejillas, con ternura.
Su viejo
Gustave Flaubert
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64. FLAUBERT A SAND
[París, 3 de diciembre de 1869]
Querida maestra,
Su viejo trovador ha sido fuertemente denigrado en los Papeles. Lea Usted Le Constitutionnel del último lunes y Le Gaulois de esta mañana; está claro. Me tratan de cretino y de canalla. El artículo de Barbey d’Aurevilly (Constitutionnel) es, en su género, un modelo, y el de Sarcey, aunque menos violento, no le va a la zaga. ¡Esos señores se exclaman en nombre de la moral y del ideal! También recibo palos en Le Figaro y en Paris, de Cesena y Duranty.
¡Me da igual! ¡Lo que no impide que esté sorprendido ante tanto odio! ¡Y tanta mala fe!
La Tribune, Le Pays y L’Opinion nationale, por el contrario, me han elogiado mucho.
En cuanto a los amigos, las personas que han recibido un ejemplar dedicado, tienen miedo de comprometerse y me hablan de cualquier otra cosa. Los valientes son raros. El libro, sin embargo, se vende bastante bien, a pesar de la política, y me da la impresión de que Lévy está contento.
Sé que los burgueses de Rouen están furiosos conmigo, a causa del padre Roque y de los sótanos de las Tullerías. Dicen que «se debería prohibir la publicación de libros como ésos» (textual), que doy la mano a los rojos, que soy culpable de atizar las pasiones revolucionarias, etc., etc.[…]
En resumen, recojo pocas hojas de laurel, y ninguna hoja de rosa me hiere.
¡Qué ganas tengo de abrazarla!
Mil abrazos de su viejo
Gustave Flaubert
Todos los periódicos citan como prueba de mi bajeza el episodio de la Turca, que tergiversan, por supuesto. ¡Y Sarcey me compara al marqués de Sade, que reconoce no haber leído!
Todo esto no me afecta lo más mínimo. Pero me pregunto: ¿para qué publicar?
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68. SAND A FLAUBERT
[Nohant, 9 enero 1870]
[…] Siguen hundiendo tu libro. Eso no le impide ser un bello y buen libro. Se le hará justicia tarde o temprano, siempre se hace justicia. Al parecer, se ha adelantado a su tiempo; o más bien ha llegado demasiado a tiempo. Ha captado demasiado bien el desasosiego que reina en los espíritus. Ha metido el dedo en la llaga. La gente se reconoce en él demasiado.
Todos te adoran aquí, y tenemos la conciencia suficientemente limpia como para enfadarnos con la verdad; hablamos de ti cada día. Ayer, Lina me decía que ella admira mucho todo lo que haces, pero que prefería Salambó a tus pinturas modernas.
Si hubieras estado escondido en un rincón, he aquí lo que le habrías oído decir a ella, a mí y a los otros:
Es más grande que la media de los demás. Su espíritu es como él, fuera de las proporciones comunes. En eso, tiene de Víctor Hugo al menos tanto como de Balzac, pero tiene el gusto y el discernimiento que le faltan a Hugo, y es artista, lo cual Balzac no es. ¿Es entonces más que ellos dos? ¿Chi lo sa? Todavía no ha dado todo lo que puede de sí. El potencial de su cerebro lo ofusca. No sabe si será poeta o realista, y como él es lo uno y lo otro, eso lo fastidia. Debe desembarazarse de sus influencias. Lo ve todo y quiere captarlo todo a un tiempo. No está a la altura del público que quiere comerlo todo a pequeños bocados, y a quien las grandes tajadas asfixian. Pero el público irá a él de cualquier modo, cuando haya comprendido. Incluso irá a él muy pronto, si el autor desciende a querer ser comprendido. Para eso debería hacer una concesión al relajamiento de su inteligencia. Habría que reflexionar mucho antes de osar darle ese consejo.
Hasta aquí el resumen de lo dicho. No es inútil conocer la opinión de la buena gente y de la gente joven. Los más jóvenes dicen que La educación sentimental los ha dejado tristes. No se reconocen, ellos que aún no han vivido. Pero tienen ilusiones, y dicen: ¿por qué ese hombre tan bueno, tan amable, tan alegre, tan sencillo, tan simpático, quiere desanimarnos de la vida? Lo que dicen está mal razonado, pero como es instintivo, quizá hay que tenerlo en cuenta.
[…]
Te abrazo, por mí y por toda la nidada.
George Sand
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Somos parecidos a esos sapos que en la austera noche de los pantanos se llaman sin verse, doblegando con su grito de amor toda la fatalidad del universo.
René Char
No haría falta amar a los hombres para darles una ayuda real. Sólo desear hacer mejor cierta expresión de su mirada cuando se detiene en algo más empobrecido que ellos, prolongar en un segundo cierto minuto agradable de su vida. A partir de esta diligencia y cada raíz tratada, su respiración se haría más serena. Sobre todo, no suprimirles por entero esos senderos penosos, a cuyo esfuerzo sucede la evidencia de la verdad a través de los llantos y los frutos.
René Char
René Char
No haría falta amar a los hombres para darles una ayuda real. Sólo desear hacer mejor cierta expresión de su mirada cuando se detiene en algo más empobrecido que ellos, prolongar en un segundo cierto minuto agradable de su vida. A partir de esta diligencia y cada raíz tratada, su respiración se haría más serena. Sobre todo, no suprimirles por entero esos senderos penosos, a cuyo esfuerzo sucede la evidencia de la verdad a través de los llantos y los frutos.
René Char