Friedrich Nietzsche
(Röcken, actual Alemania, 1844-Weimar, id., 1900)
Cuando Zaratustra hubo dicho estas palabras contempló de nuevo el pueblo y calló: «Ahí están», dijo a su corazón, «y se ríen: no me entienden, no soy yo la boca para estos oídos.
¿Habrá que romperles antes los oídos, para que aprendan a oír con los ojos? ¿Habrá que atronar igual que timbales y que predicadores de penitencia? ¿O acaso creen tan sólo al que balbucea?
Tienen algo de lo que están orgullosos. ¿Cómo llaman a eso que los llena de orgullo? Cultura lo llaman, es lo que los distingue de los cabreros.
Por esto no les gusta oír, referida a ellos, la palabra 'desprecio'. Voy a hablar, pues, a su orgullo.
Voy a hablarles de lo más despreciable: el último hombre».
Y Zaratustra habló así al pueblo:
Es tiempo de que el hombre fije su propia meta. Es tiempo de que el hombre plante la semilla de su más alta esperanza.
Todavía es bastante fértil su terreno para ello. Mas algún día ese terreno será pobre y manso, y de él no podrá ya brotar ningún árbol elevado.
¡Ay! ¡Llega el tiempo en que el hombre dejara de lanzar la flecha de su anhelo más allá del hombre, y en que la cuerda de su arco no sabrá ya vibrar!
Yo os digo: es preciso tener todavía caos dentro de sí para poder dar a luz una estrella danzarina. Yo os digo: vosotros tenéis todavía caos dentro de vosotros.
¡Ay! Llega el tiempo en que el hombre no dará ya a luz ninguna estrella. ¡Ay! Llega el tiempo del hombre más despreciable, el incapaz ya de despreciarse a sí mismo.
¡Mirad! Yo os muestro el último hombre.
"¿Qué es amor? ¿Qué es creación? ¿Qué es anhelo? ¿Qué es estrella? -así pregunta el último hombre, y parpadea.
La tierra se ha vuelto pequeña entonces, y sobre ella da saltos el último hombre, que todo lo empequeñece. Su estirpe es indestructible, como el pulgón; el último hombre es el que más tiempo vive.
"Nosotros hemos inventado la felicidad" -dicen los últimos hombres, y parpadean.
Han abandonado las comarcas donde era duro vivir: pues la gente necesita calor. La gente ama incluso al vecino, y se restriega contra él: pues necesita calor.
Enfermar y desconfiar considéranlo pecaminoso: la gente camina con cuidado. ¡Un tonto es quien sigue tropezando con piedras o con hombres!
Un poco de veneno de vez en cuando: eso produce sueños agradables. Y mucho veneno al final, para tener un morir agradable.
La gente continúa trabajando, pues el trabajo es un entretenimiento. Mas procura que el entretenimiento no canse.
La gente ya no se hace ni pobre ni rica: ambas cosas son demasiado molestas. ¿Quién quiere aún gobernar? ¿Quién aún obedecer? Ambas cosas son demasiado molestas.
¡Ningún pastor y un solo rebaño! Todos quieren lo mismo, todos son iguales: quien tiene sentimientos distintos marcha voluntariamente al manicomio.
"En otro tiempo todo el mundo desvariaba" -dicen los más sutiles, y parpadean.
Hoy la gente es inteligente y sabe todo lo que ha ocurrido: así no acaba nunca de burlarse. La gente continúa discutiendo, mas pronto se reconcilia -de lo contrario, ello estropea el estómago.
La gente tiene su pequeño placer para el día y su pequeño placer para la noche: pero honra la salud.
"Nosotros hemos inventado la felicidad" -dicen los últimos hombres, y parpadean».
Y aquí acabó el primer discurso de Zaratustra, llamado también «el prólogo»: pues en este punto el griterío y el regocijo de la multitud lo interrumpieron. « ¡Danos ese último hombre, Zaratustra, -gritaban- haz de nosotros esos últimos hombres! ¡El superhombre te lo regalamos!» Y todo el pueblo daba gritos de júbilo y chasqueaba la lengua. Pero Zaratustra se entristeció y dijo a su corazón:
No me entienden: no soy yo la boca para estos oídos. [...]
Y ahora me miran y se ríen: y mientras ríen, continúan odiándome. Hay hielo en su reír.
Así habló Zaratustra - Prólogo 5
Así habló Zaratustra, Alianza, Madrid 1981.
Introducción, traducción [del alemán] y notas de Andrés Sánchez Pascual.
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sábado, 30 de mayo de 2015
domingo, 7 de julio de 2013
Lo que asir me dejan la mano y el ojo
FRIEDRICH NIETZSCHE
(Alemania, 1844–1900)
¿Ya nunca hacia atrás?
¿Ya nunca hacia atrás?
¿Ni avanzar jamás?
Así yo aquí espero
Y obstinado cojo
Lo que asir me dejan la mano y el ojo.
Cinco pies de tierra y la aurora en suerte,
Y bajo mis plantas... Hombre, Mundo, Muerte.
***
En el ventisquero
A mediodía, cuando ya comienza
A escalar las montañas el estío,
El muchacho de ardientes y cansados
Ojos se pone a hablar; pero tan sólo
Vemos su hablar. Exhálase su aliento
Cual de un enfermo el respirar se exhala
Una noche de fiebre. Y los abetos,
Y la fuente, y también el ventisquero
Su respuesta le dan; pero tan sólo
Esa respuesta vemos. Pues más raudo
Desde la abrupta peña se derrumba
La pujante cascada, dibujando
Un saludo profundo y se despliega
Como una blanca y trémula columna,
Rígida y tensa en un vibrante anhelo;
Y como nunca íntimamente obscuro
Y erguido, alrededor mira el abeto,
Y entre el hielo y la muerta peña parda
Estalla un resplandor súbitamente...
Tal resplandor yo vi que el alma aclara.
Ah, los ojos también del hombre muerto
Una vez todavía se iluminan
Cuando su hijito cíñele en sus brazos,
Cuando le besa el labio de su niño.
Aun brota entonces una vez la llama,
Mas para ir a ocultarse en los adentros;
Y aun ardiendo los ojos del difunto
Hablan así: ¡Ay niño, pobre niño!
Tú bien lo sabes como yo te amo!
Todo habla con ardor... El ventisquero,
El abeto, la fuente... Todo exhala
Una misma palabra: Pobre niño,
Te amamos, sí, te amamos, bien lo sabes!
Y él, el muchacho que contempla el mundo
Con ojos encendidos y cansados,
Le envía fervoroso y melancólico
Un beso de pasión, y no quisiera
Nunca jamás partir de su presencia
Y es su palabra en su ardoroso labio
Cual un velo invisible y balbucea:
Mi saludo ha de ser de despedida;
Mi venir es partir; yo muero joven.
Todo parece que en redor escuche,
Todo parece reprimir su aliento.
Ningún pájaro pía. Mas de pronto
Un resplandor encima de los montes
Rasga el cielo dejando escalofríos.
Todo parece meditar en torno,
Todo calla...
A mediodía, cuando ya comienza
A escalar las montañas el estío,
Aquel muchacho contemplaba el mundo
Con sus ojos ardientes y cansados.
Versiones s/d
(Alemania, 1844–1900)
¿Ya nunca hacia atrás?
¿Ya nunca hacia atrás?
¿Ni avanzar jamás?
Así yo aquí espero
Y obstinado cojo
Lo que asir me dejan la mano y el ojo.
Cinco pies de tierra y la aurora en suerte,
Y bajo mis plantas... Hombre, Mundo, Muerte.
***
En el ventisquero
A mediodía, cuando ya comienza
A escalar las montañas el estío,
El muchacho de ardientes y cansados
Ojos se pone a hablar; pero tan sólo
Vemos su hablar. Exhálase su aliento
Cual de un enfermo el respirar se exhala
Una noche de fiebre. Y los abetos,
Y la fuente, y también el ventisquero
Su respuesta le dan; pero tan sólo
Esa respuesta vemos. Pues más raudo
Desde la abrupta peña se derrumba
La pujante cascada, dibujando
Un saludo profundo y se despliega
Como una blanca y trémula columna,
Rígida y tensa en un vibrante anhelo;
Y como nunca íntimamente obscuro
Y erguido, alrededor mira el abeto,
Y entre el hielo y la muerta peña parda
Estalla un resplandor súbitamente...
Tal resplandor yo vi que el alma aclara.
Ah, los ojos también del hombre muerto
Una vez todavía se iluminan
Cuando su hijito cíñele en sus brazos,
Cuando le besa el labio de su niño.
Aun brota entonces una vez la llama,
Mas para ir a ocultarse en los adentros;
Y aun ardiendo los ojos del difunto
Hablan así: ¡Ay niño, pobre niño!
Tú bien lo sabes como yo te amo!
Todo habla con ardor... El ventisquero,
El abeto, la fuente... Todo exhala
Una misma palabra: Pobre niño,
Te amamos, sí, te amamos, bien lo sabes!
Y él, el muchacho que contempla el mundo
Con ojos encendidos y cansados,
Le envía fervoroso y melancólico
Un beso de pasión, y no quisiera
Nunca jamás partir de su presencia
Y es su palabra en su ardoroso labio
Cual un velo invisible y balbucea:
Mi saludo ha de ser de despedida;
Mi venir es partir; yo muero joven.
Todo parece que en redor escuche,
Todo parece reprimir su aliento.
Ningún pájaro pía. Mas de pronto
Un resplandor encima de los montes
Rasga el cielo dejando escalofríos.
Todo parece meditar en torno,
Todo calla...
A mediodía, cuando ya comienza
A escalar las montañas el estío,
Aquel muchacho contemplaba el mundo
Con sus ojos ardientes y cansados.
Versiones s/d
miércoles, 18 de mayo de 2011
¿Por qué, mi corazón, tú no descansas?
FRIEDRiCH NIETZSCHE
( Lützen, 1844 – Weimar, Alemania, 1900)
Un poema de Así habló Zaratustra: "Was mir die Nacht erzählt?" ("¿Qué te dice la noche?"):
Oh! hombre, ¡presta atención!
¿qué dice la profunda medianoche?
Yo dormía, yo dormía
De un profundo soñar me he despertado
El mundo es profundo
Más profundo de lo que el día ha pensado
Profundo es su dolor
El deseo es más profundo que el dolor
El dolor dice: ¡aléjate!
Mas todo deseo quiere eternidad
Quiere profunda, profunda eternidad.
***
Habla el solitario
¿Tener yo pensamientos?
¡Buenol Ya sé que por señor me quieren.
¿Pero hacerse uno mismo pensamientos?
¡Cuán gustoso olvidara yo tal arte!
A aquel que se fabrica psnsamientos
Sus mismos pensamientos lo dominan;
Y no quiero servir ahora ni nunca.
***
Mi hogar
Tengo mi hogar y patria en las alturas;
Por esto de subir no siento anhelo
Ni mis ojos levanto nunca al cielo.
Desde arriba yo miro las honduras.
Yo soy uno que debe bendecir,
y todo el que bendice mira al suelo.
***
Crepúsculo
Ya que el día cansado está del día,
Ya que el ansia anhelante del arroyo
Esperanzas susurra de consuelo,
Ya que la esfera pálida del cielo
En finas blondas de oro suspendida,
¡Descansa! al oído dice al fatigado ...
¿Por qué, mi corazón, tú no descansas?
¿Qué te espolea en tu incesante huida
Que los pies te ensangrienta?...
Di, ¿qué esperas?
( Lützen, 1844 – Weimar, Alemania, 1900)
Un poema de Así habló Zaratustra: "Was mir die Nacht erzählt?" ("¿Qué te dice la noche?"):
Oh! hombre, ¡presta atención!
¿qué dice la profunda medianoche?
Yo dormía, yo dormía
De un profundo soñar me he despertado
El mundo es profundo
Más profundo de lo que el día ha pensado
Profundo es su dolor
El deseo es más profundo que el dolor
El dolor dice: ¡aléjate!
Mas todo deseo quiere eternidad
Quiere profunda, profunda eternidad.
***
Habla el solitario
¿Tener yo pensamientos?
¡Buenol Ya sé que por señor me quieren.
¿Pero hacerse uno mismo pensamientos?
¡Cuán gustoso olvidara yo tal arte!
A aquel que se fabrica psnsamientos
Sus mismos pensamientos lo dominan;
Y no quiero servir ahora ni nunca.
***
Mi hogar
Tengo mi hogar y patria en las alturas;
Por esto de subir no siento anhelo
Ni mis ojos levanto nunca al cielo.
Desde arriba yo miro las honduras.
Yo soy uno que debe bendecir,
y todo el que bendice mira al suelo.
***
Crepúsculo
Ya que el día cansado está del día,
Ya que el ansia anhelante del arroyo
Esperanzas susurra de consuelo,
Ya que la esfera pálida del cielo
En finas blondas de oro suspendida,
¡Descansa! al oído dice al fatigado ...
¿Por qué, mi corazón, tú no descansas?
¿Qué te espolea en tu incesante huida
Que los pies te ensangrienta?...
Di, ¿qué esperas?
lunes, 15 de marzo de 2010
No es sensato ni hábil...
Friedrich Nietzsche
(Alemania, 1844–1900)
Diez mandamientos para escribir
con estilo
1)Lo que importa más es la vida: el estilo debe vivir.
2)El estilo debe ser apropiado a tu persona, en función de una persona determinada a la que quieres comunicar tu pensamiento.
3)Antes de tomar la pluma, hay que saber exactamente cómo se expresaría de viva voz lo que se tiene que decir. Escribir debe ser sólo una imitación.
4)El escritor está lejos de poseer todos los medios del orador. Debe, pues, inspirarse en una forma de discurso muy expresiva. Su reflejo escrito parecerá de todos modos mucho más apagado que su modelo.
5)La riqueza de la vida se traduce por la riqueza de los gestos. Hay que aprender a considerar todo como un gesto: la longitud y la cesura de las frases, la puntuación, las respiraciones; También la elección de las palabras, y la sucesión de los argumentos.
6)Cuidado con el período. Sólo tienen derecho a él aquellos que tienen la respiración muy larga hablando. Para la mayor parte, el período es tan sólo una afectación.
7)El estilo debe mostrar que uno cree en sus pensamientos, no sólo que los piensa, sino que los siente.
8)Cuanto más abstracta es la verdad que se quiere enseñar, más importante es hacer converger hacia ella todos los sentidos del lector.
9)El tacto del buen prosista en la elección de sus medios consiste en aproximarse a la poesía hasta rozarla, pero sin franquear jamás el límite que la separa.
10)No es sensato ni hábil privar al lector de sus refutaciones más fáciles; es muy sensato y muy hábil, por el contrario, dejarle el cuidado de formular él mismo la última palabra de nuestra sabiduría.
sábado, 30 de enero de 2010
"Los poetas mienten mucho", dijo Homero
FRIEDRICH NIETZSCHE
(Alemania, 1844–1900)
Sobre el origen de la poesía
(Fragmento)
Los amantes de lo fantástico en el hombre, que son los mismos que defienden la doctrina de la moral instintiva, razonan de la siguiente forma: "Si admitimos que en toda época se ha honrado lo útil como divinidad suprema, ¿de dónde ha surgido entonces la poesía, ese ritmo de la palabra, que dificulta en lugar de facilitar la comunicación y que se ha extendido y aún extiende por todos los rincones de la tierra, como desafío a toda utilidad? Pues esa bella y agreste sinrazón de la poesía los refuta, utilitaristas. Lo que precisamente ha elevado al hombre ha sido tratar de liberarse de lo útil, y lo que le ha sido inspirado por la moral y el arte". Sin embargo, será necesario, en alguna medida, darles la razón a los utilitaristas –¡y es que tan pocas veces la tienen que inspiran lástima!–. En los tiempos antiguos en los que nació la poesía, se consideraba que tenía una gran utilidad, una utilidad supersticiosa, desde que se permitió que en el discurso penetrara el ritmo, esa violencia que renueva el orden de todos los átomos de la frase, que impone elegir palabras y pinta los pensamientos con colores nuevos, haciéndolos más sombríos, más extraños, más lejanos. Se trataba de inculcar más profundamente en los dioses, merced al ritmo, una simpatía hacia los hombres, una vez comprobado que la memoria del hombre retiene mejor un verso que un discurso espontáneo; asimismo, se vio que mediante la cadencia rítmica era posible hacerse oír desde lejos, a mayores distancias, y se creyó que la oración en rima llegaba mejor a los oídos de los dioses. Pero antes se trató de sacar provecho del dominio elemental que sufre el hombre cuando oye música; el ritmo es una coacción, genera un ansia irresistible de ceder, de colocarse al unísono; y no son sólo los pies, sino también el alma quien sigue el compás. Se llegó a pensar que el alma de los dioses hacía lo mismo. Por eso se intentó sujetarlos mediante el ritmo, ejerciendo fuerza sobre ellos, arrojando alrededor de su cuello la poesía como un mágico nudo corredizo.
Existió una representación más admirable aún que quizás haya contribuido poderosamente a la formación de la poesía. En los pitagóricos, surge como doctrina filosófica y como medio del arte de la pedagogía; pero por el ritmo armónico, mucho antes de que existiesen filósofos, se reconoció a la música la virtud de descargar las pasiones, de purificar el alma, de atenuar la ferocidad del ánimo. La receta de esta cura del alma era que cuando se pierden la tensión y la armonía precisas, no hay más que danzar siguiendo el compás del cantante. Con esta fórmula, Terpandro calmó un motín, Empédocles amansó a un loco furioso y Damón purificó a un joven que languidecía de amor; esta misma cura del alma se aplicó también a los dioses que repentinamente se volvían desafiantes y vengativos; primero, llevando hasta el límite el delirio y la explosión de sus pasiones, es decir, enloqueciendo al dios enfurecido y alterando la represalia del dios vengativo. Todos los cultos orgiásticos tratan de descargar de golpe la ferocidad de una divinidad y convertirla en orgía, para que se sienta inmediatamente más libre y apaciguada y deje a los hombres en paz. Según la raíz del término, melos significa un medio de apaciguar, no porque el canto sea apacible en sí, sino porque su acción de fondo es aplacar. Y no sólo el canto de los cultos, sino también el canto profano de los tiempos más remotos presupone que el movimiento rítmico, al sacar agua o remar, ejerce un poder mágico. El canto hechiza a los demonios que se cree que actúan aquí, los vuelve serviciales, los encadena y los convierte en instrumentos de los hombres. Cada vez que se va a hacer algo, se tiene un motivo para cantar; toda acción está ligada a la asistencia de los espíritus; parece que la forma original de la poesía fue el encantamiento y el conjuro mágico. Cuando se recurrió también al verso para formular un oráculo —los griegos decían que el hexámetro había sido inventado en Delfos—, el ritmo debía también ser impuesto. Profetizar algo significa (según la etimología del término griego que considero verosímil) hacer que ese algo quede determinado; se cree poder obligar al futuro por el hecho de haberse ganado a Apolo, quien, según la representación más antigua, es mucho más que un dios que prevé el futuro. Tal y como se pronuncia la fórmula en su exactitud literal y rítmica, así queda encadenado el futuro, aunque aquella sea una invención de un Apolo que, como dios de los ritmos, puede también obligar a las diosas del destino. Así, entonces, considerándolo todo, ¿había para la antigua humanidad supersticiosa algo más útil que el ritmo? Permitía hacerlo todo: facilitar mágicamente un trabajo; obligar a un dios a aparecerse, a acercarse, a escuchar; hacer que el futuro correspondiese a lo que esperaba la voluntad; descargar el alma del individuo de cualquier desmesura (de la angustia, de la manía, de la necesidad de vengarse), y no sólo el alma del individuo, sino también la del demonio más perverso. Sin el ritmo no se era nada, por el ritmo se convertía uno casi en un dios. Un sentimiento tan arraigado no puede extirparse totalmente; todavía hoy, pese a los esfuerzos milenarios que se han hecho por combatir esta superstición, el más sensato de nosotros se convierte en un frenético del ritmo, ¡aunque sólo sea porque ha comprobado que un pensamiento resulta más verdadero en cuanto adopta una forma métrica y se manifiesta con un estremecimiento (¿por qué no decirlo?) divino! ¿Hay algo más divertido que ver a los filósofos más serios, comúnmente tan rigurosos en materia de certeza, referirse siempre a las sentencias de los poetas, para dar fuerza y credibilidad a sus pensamientos? Y, sin embargo, ¿no es más comprometedor para una verdad que le dé su asentimiento un poeta, en lugar de contradecirla? Pues como dijo Homero: "Los poetas mienten mucho".
La Gaya Ciencia, parágrafo 84
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Somos parecidos a esos sapos que en la austera noche de los pantanos se llaman sin verse, doblegando con su grito de amor toda la fatalidad del universo.
René Char
No haría falta amar a los hombres para darles una ayuda real. Sólo desear hacer mejor cierta expresión de su mirada cuando se detiene en algo más empobrecido que ellos, prolongar en un segundo cierto minuto agradable de su vida. A partir de esta diligencia y cada raíz tratada, su respiración se haría más serena. Sobre todo, no suprimirles por entero esos senderos penosos, a cuyo esfuerzo sucede la evidencia de la verdad a través de los llantos y los frutos.
René Char
René Char
No haría falta amar a los hombres para darles una ayuda real. Sólo desear hacer mejor cierta expresión de su mirada cuando se detiene en algo más empobrecido que ellos, prolongar en un segundo cierto minuto agradable de su vida. A partir de esta diligencia y cada raíz tratada, su respiración se haría más serena. Sobre todo, no suprimirles por entero esos senderos penosos, a cuyo esfuerzo sucede la evidencia de la verdad a través de los llantos y los frutos.
René Char