FABIO MORÁBITO
(Alejandría, Egipto. Reside en México, 1956-)
Mi madre ya no ha ido
al mar
lleva una buena cantidad de años
tierra adentro,
un siglo de interioridad
cumpliéndose.
Se ha resecado de sus hijos
y vive lejos
en toros consanguíneos.
Es como una escultura de sí misma
y sólo el mar
que quita el fárrago
acumulado en la ciudad
puede acercarla a su pasado,
hacia su muerte verdadera,
y hacer que crezca nuevamente.
Mi madre necesita algún
estruendo entre los pies,
Una monótona insistencia en los oídos,
una palabra adversa
y simple que la canse,
y necesita que la llamen,
oír su nombre en otros labios,
pedir perdón
y hacer promesas,
ya no se tropieza
en nada sustantivo.
Y yo tengo que armarme de valor
para llevarla al mar
armarme de mis años
que he olvidado,
reunirme con mi madre en otro tiempo,
con un yo mismo que enterré
y que ella guarda
sin decirme nada.
Tengo que armarme de valor
para perder confianza
en lo que sé,
tengo que regresar al día
en que mi risa quedó trunca
entre las páginas de un libro,
cerrar el libro y completar la risa,
cerrar todos los libros y reírme,
cerrar todos los ojos que he ido abriendo
para que nadie me agrediera.
Estuvo bien ya de crecer,
es hora de desdibujarme,
lo que aprendí enhorabuena,
lo que olvidé también,
es hora de ser hijo de alguien
y de tener un hijo
y un esqueleto para ir al mar,
para morir
con cada hueso sin pedir ayuda.
Salí hace años a rodearla a ella
para volver al mar más solo
o acaso fui a rodear el mar
para ser hijo de otro modo de mi madre,
ya no me acuerdo qué buscaba,
nadie recuerda lo que busca,
mi madre ya no ha ido
al mar,
es todo lo que sé,
y no llevarla es no reconciliarme
con el mar, no ver el mar
como se ve después de niño,
también no ver cómo es mi madre
ahora, no saber nada de mí mismo.
De archivo y cortesía de Sandra Ragusa
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jueves, 16 de julio de 2015
viernes, 7 de noviembre de 2014
Escribir para seguir leyendo
FABIO MORÁBITO
(Alejandría, Egipto. Reside en México, 1956-)
“Y el que da explicaciones, está perdido.”
“Al escritor se le pide que sea el rumiante de la tribu, que mastique a fondo ese alimento que hemos comido y que los demás no han tenido tiempo de analizar. El sacrificio es dejar de vivir un poco para escribir, y ahí hay una traición a la vida. Dar un paso atrás mientras los demás están en la trinchera, para poder ver. En uno de mis poemas el hermano mayor abre camino y el menor se vale de la labor del otro para hacerse artista. Esa es mi visión de un artista y de un escritor: el que se repliega un poco para iluminar las cosas. Y ahí hay también una pequeña traición a los demás.”
**
De El idioma materno
Scrittore tradittore
A los siete años me enamoré de un compañero del colegio. Me habría podido enamorar de una niña, pero en mi escuela los niños y las niñas estaban separados, así que me enamoré de la única niña que estaba a mi alcance, y ésa era Massimo P., un niño tímido de facciones delicadísimas que no hablaba con nadie. Era el primer día de colegio, estábamos en el recreo y Massimo se acercó a pedirme que le amarrara los cordones de los zapatos. Se veía desvalido entre tantos niños que gritaban correteando en el patio y quedé prendado de su hermosura y su fragilidad. «Pareces una niña», le dije, y él, quizá acostumbrado a oír eso, se limitó a sonreír. Acabó el recreo y regresamos al salón de clase. Su lugar estaba separado del mío por dos hileras, ni una sola vez volteó a verme y pensé que se había olvidado de mí. Llegó la hora de la lectura. Cada uno debía leer en voz alta algunos trozos de un cuento que venía en el libro. Leyeron unos cuantos niños antes de que el maestro señalara a Massimo. Él puso su dedo sobre el inicio del párrafo y pronunció la primera palabra; mejor dicho, la balbuceó; en la segunda palabra volvió a atorarse, y también en la siguiente. Leía tan mal, que no pudo concluir la frase, el maestro perdió la paciencia y le dijo a otro que siguiera leyendo. Acepté la triste verdad: Massimo P., a pesar de su apariencia angelical, era un burro redomado. Entonces llegó mi turno. Tomé una decisión repentina: leer peor que Massimo. Pienso que, de haberlo hecho, ahora sería un hombre mejor del que soy. Si hay episodios decisivos en la infancia, ése fue uno de ellos, porque después de equivocarme adrede en la primera línea me di cuenta de que no podría seguir estropeando una palabra más y me solté a leer con una fluidez que el maestro aprobó con un gesto de admiración. «Esto es leer bien», dijo, y creo que fue entonces que vislumbré que mi vocación sería escribir libros, casi al mismo tiempo que conocí el sabor de la traición. Siempre he pensado que son dos vocaciones estrechamente unidas.
**
LOS DEMASIADOS LIBROS
Hay árboles en los que se apoya un bosque. Puede que no
sean los árboles más viejos, ni los más grandes ni los más
altos; puede que no se distingan de la mayoría de los otros
árboles, pero por algún motivo son las plantas que dieron
un paso decisivo en el subsuelo, que inclinaron el tronco
en la dirección debida en el momento debido y abrieron el
camino a sus congéneres para transformar en bosque una
simple arboleda. Lo mismo ocurre con los libros. En unos
cuantos de ellos se apoya nuestra biblioteca. Puede que no
sean los más viejos, ni los que más amemos, ni los que hayamos
leído más veces, pero por algún motivo han determinado
la dirección y el carácter del conjunto. En mi caso,
uno de estos libros es El extranjero, de Albert Camus, un
libro que me ha marcado en mi adolescencia y que, cada
vez que lo releo, me gusta menos. Sin embargo, reconozco
en él un ascendente sobre los otros libros de mi biblioteca, y
ésta me parece impensable sin su presencia. Otro puntal de
mi estantería es Esperando a Godot, de Samuel Beckett. Al
revés de El extranjero, cada vez que lo releo, me gusta más.
Sobre estas dos columnas de Hércules se sostiene mi biblioteca.
Pero el símil es exagerado, pues mi biblioteca no tiene
nada de hercúleo, siendo harto modesta, tanto en cantidad
de libros como en rarezas. Cuando ha caído en mis manos
algún libro raro, de esos que hacen la delicia de los coleccionistas,
lo he regalado en seguida. Carezco del menor orgullo
bibliófilo y me aterran esas grandes bibliotecas que a
la muerte de su dueño son adquiridas por alguna fundación
o universidad. Un escritor de narrativa o de poesía que posea
más de mil libros empieza a ser sospechoso. Para qué
escribe, me pregunto. Sólo debería escribirse para paliar alguna
carencia de lectura. Ahí donde advertimos un hueco
en nuestra biblioteca, la falta de cierto libro en particular,
se justifica que tomemos la pluma para, de la manera más
decorosa posible, escribirlo nosotros. Escribir, pues, como
un correctivo. Escribir para seguir leyendo.
(Fabio Morábito, El idioma materno, gog y magog, 2014)
(Alejandría, Egipto. Reside en México, 1956-)
“Y el que da explicaciones, está perdido.”
“Al escritor se le pide que sea el rumiante de la tribu, que mastique a fondo ese alimento que hemos comido y que los demás no han tenido tiempo de analizar. El sacrificio es dejar de vivir un poco para escribir, y ahí hay una traición a la vida. Dar un paso atrás mientras los demás están en la trinchera, para poder ver. En uno de mis poemas el hermano mayor abre camino y el menor se vale de la labor del otro para hacerse artista. Esa es mi visión de un artista y de un escritor: el que se repliega un poco para iluminar las cosas. Y ahí hay también una pequeña traición a los demás.”
**
De El idioma materno
Scrittore tradittore
A los siete años me enamoré de un compañero del colegio. Me habría podido enamorar de una niña, pero en mi escuela los niños y las niñas estaban separados, así que me enamoré de la única niña que estaba a mi alcance, y ésa era Massimo P., un niño tímido de facciones delicadísimas que no hablaba con nadie. Era el primer día de colegio, estábamos en el recreo y Massimo se acercó a pedirme que le amarrara los cordones de los zapatos. Se veía desvalido entre tantos niños que gritaban correteando en el patio y quedé prendado de su hermosura y su fragilidad. «Pareces una niña», le dije, y él, quizá acostumbrado a oír eso, se limitó a sonreír. Acabó el recreo y regresamos al salón de clase. Su lugar estaba separado del mío por dos hileras, ni una sola vez volteó a verme y pensé que se había olvidado de mí. Llegó la hora de la lectura. Cada uno debía leer en voz alta algunos trozos de un cuento que venía en el libro. Leyeron unos cuantos niños antes de que el maestro señalara a Massimo. Él puso su dedo sobre el inicio del párrafo y pronunció la primera palabra; mejor dicho, la balbuceó; en la segunda palabra volvió a atorarse, y también en la siguiente. Leía tan mal, que no pudo concluir la frase, el maestro perdió la paciencia y le dijo a otro que siguiera leyendo. Acepté la triste verdad: Massimo P., a pesar de su apariencia angelical, era un burro redomado. Entonces llegó mi turno. Tomé una decisión repentina: leer peor que Massimo. Pienso que, de haberlo hecho, ahora sería un hombre mejor del que soy. Si hay episodios decisivos en la infancia, ése fue uno de ellos, porque después de equivocarme adrede en la primera línea me di cuenta de que no podría seguir estropeando una palabra más y me solté a leer con una fluidez que el maestro aprobó con un gesto de admiración. «Esto es leer bien», dijo, y creo que fue entonces que vislumbré que mi vocación sería escribir libros, casi al mismo tiempo que conocí el sabor de la traición. Siempre he pensado que son dos vocaciones estrechamente unidas.
**
LOS DEMASIADOS LIBROS
Hay árboles en los que se apoya un bosque. Puede que no
sean los árboles más viejos, ni los más grandes ni los más
altos; puede que no se distingan de la mayoría de los otros
árboles, pero por algún motivo son las plantas que dieron
un paso decisivo en el subsuelo, que inclinaron el tronco
en la dirección debida en el momento debido y abrieron el
camino a sus congéneres para transformar en bosque una
simple arboleda. Lo mismo ocurre con los libros. En unos
cuantos de ellos se apoya nuestra biblioteca. Puede que no
sean los más viejos, ni los que más amemos, ni los que hayamos
leído más veces, pero por algún motivo han determinado
la dirección y el carácter del conjunto. En mi caso,
uno de estos libros es El extranjero, de Albert Camus, un
libro que me ha marcado en mi adolescencia y que, cada
vez que lo releo, me gusta menos. Sin embargo, reconozco
en él un ascendente sobre los otros libros de mi biblioteca, y
ésta me parece impensable sin su presencia. Otro puntal de
mi estantería es Esperando a Godot, de Samuel Beckett. Al
revés de El extranjero, cada vez que lo releo, me gusta más.
Sobre estas dos columnas de Hércules se sostiene mi biblioteca.
Pero el símil es exagerado, pues mi biblioteca no tiene
nada de hercúleo, siendo harto modesta, tanto en cantidad
de libros como en rarezas. Cuando ha caído en mis manos
algún libro raro, de esos que hacen la delicia de los coleccionistas,
lo he regalado en seguida. Carezco del menor orgullo
bibliófilo y me aterran esas grandes bibliotecas que a
la muerte de su dueño son adquiridas por alguna fundación
o universidad. Un escritor de narrativa o de poesía que posea
más de mil libros empieza a ser sospechoso. Para qué
escribe, me pregunto. Sólo debería escribirse para paliar alguna
carencia de lectura. Ahí donde advertimos un hueco
en nuestra biblioteca, la falta de cierto libro en particular,
se justifica que tomemos la pluma para, de la manera más
decorosa posible, escribirlo nosotros. Escribir, pues, como
un correctivo. Escribir para seguir leyendo.
(Fabio Morábito, El idioma materno, gog y magog, 2014)
viernes, 24 de octubre de 2014
Mostrémosle, en vez de anillos, las heridas
FABIO MORÁBITO
(Alejandría, Egipto. Reside en México, 1956-)
Entre tú y yo jamás ha habido
un círculo, aunque sea tenue, de plata
o de oro, una mínima
presión en uno de tus dedos
que le recuerde a tu circulación
que existo. Hay quienes no conciben
que dos se quieran
sin un anillo de por medio.
Confían que no perdura amor
si no lo alumbra un aro.
Los tuyos, con sus historias turbias, me intimidan.
¿Dónde cabría mi anillo en una mano tan completa?
¿Qué añadiría su brillo a tanto imperio?
Mejor dejarte con tus sortijas
entre las cuales
la mía sería una intrusa
y si alguien cree que apenas nos queremos
al ver que nada mío amordaza tus huidas,
que falta el lazo que declare nuestro vínculo,
la argolla que sujeta el barco
y nuestras manos siguen vírgenes, casi ajenas,
mostrémosle, en vez de anillos, las heridas
que desde hace tanto nos hicimos,
las cicatrices que no brillan
porque su resplandor es de otra índole.
(Alejandría, Egipto. Reside en México, 1956-)
Entre tú y yo jamás ha habido
un círculo, aunque sea tenue, de plata
o de oro, una mínima
presión en uno de tus dedos
que le recuerde a tu circulación
que existo. Hay quienes no conciben
que dos se quieran
sin un anillo de por medio.
Confían que no perdura amor
si no lo alumbra un aro.
Los tuyos, con sus historias turbias, me intimidan.
¿Dónde cabría mi anillo en una mano tan completa?
¿Qué añadiría su brillo a tanto imperio?
Mejor dejarte con tus sortijas
entre las cuales
la mía sería una intrusa
y si alguien cree que apenas nos queremos
al ver que nada mío amordaza tus huidas,
que falta el lazo que declare nuestro vínculo,
la argolla que sujeta el barco
y nuestras manos siguen vírgenes, casi ajenas,
mostrémosle, en vez de anillos, las heridas
que desde hace tanto nos hicimos,
las cicatrices que no brillan
porque su resplandor es de otra índole.
miércoles, 24 de septiembre de 2014
Escribo para hacerme a un lado
FABIO MORÁBITO
(Alejandría, Egipto. Reside en México, 1956-)
A tientas
Cada libro que escribo
me envejece,
me vuelve un descreído.
Escribo en contra
de mis pensamientos
y en contra del ruido
de mis hábitos.
Con cada libro
pago un viaje
que no hice.
En cada página que acabo
cumplo con un acuerdo,
me digo adiós
desde lo más recóndito,
pero sin alcanzar a ir muy lejos.
Escribo para no quedar
en medio de mi carne,
para que no me tiente el centro,
para rodear y resistir,
escribo para hacerme a un lado,
pero sin alcanzar a desprenderme.
De Ventanas encendidas. Antología poética. Ediición de Juan Carlos Abril. Visor
(Alejandría, Egipto. Reside en México, 1956-)
A tientas
Cada libro que escribo
me envejece,
me vuelve un descreído.
Escribo en contra
de mis pensamientos
y en contra del ruido
de mis hábitos.
Con cada libro
pago un viaje
que no hice.
En cada página que acabo
cumplo con un acuerdo,
me digo adiós
desde lo más recóndito,
pero sin alcanzar a ir muy lejos.
Escribo para no quedar
en medio de mi carne,
para que no me tiente el centro,
para rodear y resistir,
escribo para hacerme a un lado,
pero sin alcanzar a desprenderme.
De Ventanas encendidas. Antología poética. Ediición de Juan Carlos Abril. Visor
viernes, 11 de enero de 2013
Todas las piedras, si lo ves, son Ítacas
Otros poemas de FABIO MORÁBITO
(Alejandría, Egipto. Reside en México, 1956-)
No he visto colocar una primera piedra,
jamás he visto la primera piedra
de un hospital, de un templo, de un centro
de asistencia, de un campo de fútbol,
ignoro de qué está hecha una primera piedra,
si puede ser de ladrillo o debe ser de piedra,
si es una piedra simbólica
que se desecha después del protocolo
o queda comprendida en la edificación
y puede señalarse con el dedo.
¿Dónde está la primera piedra de San Pedro?
¿Es una piedra bendita o profana?
Imagino largas colas de fieles para verla,
más codiciada que la reliquia de un santo.
No amo las reliquias
ni su revés: las primeras piedras,
no amo el protocolo de la vida,
ninguna forma de genuflexión,
me salto los títulos de los poemas
y voy directo a la primera línea,
el primer verso de un poema
no es su primera piedra,
no puede señalarse con el dedo,
todo el poema línea a línea
construye un solo verso,
es más, todo poema acaba en el siguiente
que se escribe y pone fin a otro
escrito o aún por escribirse,
nadie termina un viaje,
un náufrago jamás se seca,
no hay una orilla, no hay una Ítaca,
no hay tierra firme para quien está mojado,
todas las piedras son la tierra firme,
todas las piedras, si lo ves, son Ítacas,
son la primera piedra que te sale al paso,
todas tus piedras te han salido al paso,
todos los pasos llevan a tu isla,
todas las islas son de pura piedra.
***
En la playa
El viento, más
que yo,
se fuma este cigarro
entre mis dedos,
dejándome el placer
de sólo tres o cuatro bocanadas,
y el mar expropia las palabras
que te digo,
porque, acostada, no me oyes.
El sol, el viento y la marea
te ensordecen
y cuando me levanto
para dar dos pasos,
viendo mis huellas que se imprimen
en la arena,
pienso que esas pisadas mienten,
que ya no piso así desde hace no sé cuándo;
son huellas de otro
que sobrevive en mis pisadas, pues las mías
son mucho menos elocuentes.
Tú, en cambio, que me ves
completo e indivisible,
sabes mejor que nadie cómo soy mortal,
cómo mis huellas en la arena me describen
y cómo se plasma en ellas lo que soy,
sabes mejor que nadie cómo no escucharme.
***
Para que se fuera la mosca...
Para que se fuera la mosca
abrí los vidrios
y continué escribiendo.
Era una mosca chica,
no hacía ruido,
no me estorbaba en lo más mínimo,
pero tal vez empezaría
a zumbar.
Un aire frío,
suave,
entró en el cuarto;
no me estorbaba en lo más mínimo,
pero no se llevaba
con mis versos.
Cambié mis versos,
los hice menos melodiosos,
quité los puntos,
los materiales de sostén,
las costras adheridas.
Miré la mosca adolescente y gris,
sin experiencia;
no se movía del mismo punto,
tal vez
buscaba entrar en la corriente
de las moscas,
buscaba a su manera unas palabras mágicas.
Rompí mis versos,
a fuerza de quitarles costras
habían quedado ajenos.
Fui a la ventana,
por un momento
todo lo vi como una mosca,
el aire impracticable,
el mundo impracticable,
la espera de un resquicio,
de una blandura
y del valor
para atreverse.
Fuimos el mismo adolescente gris,
el mismo que no vuela.
¿Qué versos que calaran hondo
no venían,
de esos que nadie escribe,
que están escritos ya,
que inventan al poeta que los dice?
Porque los versos no se inventan,
los versos vienen y se forman
en el instante justo de quietud
que se consigue,
cuando se está a la escucha
como nunca.
(Alejandría, Egipto. Reside en México, 1956-)
No he visto colocar una primera piedra,
jamás he visto la primera piedra
de un hospital, de un templo, de un centro
de asistencia, de un campo de fútbol,
ignoro de qué está hecha una primera piedra,
si puede ser de ladrillo o debe ser de piedra,
si es una piedra simbólica
que se desecha después del protocolo
o queda comprendida en la edificación
y puede señalarse con el dedo.
¿Dónde está la primera piedra de San Pedro?
¿Es una piedra bendita o profana?
Imagino largas colas de fieles para verla,
más codiciada que la reliquia de un santo.
No amo las reliquias
ni su revés: las primeras piedras,
no amo el protocolo de la vida,
ninguna forma de genuflexión,
me salto los títulos de los poemas
y voy directo a la primera línea,
el primer verso de un poema
no es su primera piedra,
no puede señalarse con el dedo,
todo el poema línea a línea
construye un solo verso,
es más, todo poema acaba en el siguiente
que se escribe y pone fin a otro
escrito o aún por escribirse,
nadie termina un viaje,
un náufrago jamás se seca,
no hay una orilla, no hay una Ítaca,
no hay tierra firme para quien está mojado,
todas las piedras son la tierra firme,
todas las piedras, si lo ves, son Ítacas,
son la primera piedra que te sale al paso,
todas tus piedras te han salido al paso,
todos los pasos llevan a tu isla,
todas las islas son de pura piedra.
***
En la playa
El viento, más
que yo,
se fuma este cigarro
entre mis dedos,
dejándome el placer
de sólo tres o cuatro bocanadas,
y el mar expropia las palabras
que te digo,
porque, acostada, no me oyes.
El sol, el viento y la marea
te ensordecen
y cuando me levanto
para dar dos pasos,
viendo mis huellas que se imprimen
en la arena,
pienso que esas pisadas mienten,
que ya no piso así desde hace no sé cuándo;
son huellas de otro
que sobrevive en mis pisadas, pues las mías
son mucho menos elocuentes.
Tú, en cambio, que me ves
completo e indivisible,
sabes mejor que nadie cómo soy mortal,
cómo mis huellas en la arena me describen
y cómo se plasma en ellas lo que soy,
sabes mejor que nadie cómo no escucharme.
***
Para que se fuera la mosca...
Para que se fuera la mosca
abrí los vidrios
y continué escribiendo.
Era una mosca chica,
no hacía ruido,
no me estorbaba en lo más mínimo,
pero tal vez empezaría
a zumbar.
Un aire frío,
suave,
entró en el cuarto;
no me estorbaba en lo más mínimo,
pero no se llevaba
con mis versos.
Cambié mis versos,
los hice menos melodiosos,
quité los puntos,
los materiales de sostén,
las costras adheridas.
Miré la mosca adolescente y gris,
sin experiencia;
no se movía del mismo punto,
tal vez
buscaba entrar en la corriente
de las moscas,
buscaba a su manera unas palabras mágicas.
Rompí mis versos,
a fuerza de quitarles costras
habían quedado ajenos.
Fui a la ventana,
por un momento
todo lo vi como una mosca,
el aire impracticable,
el mundo impracticable,
la espera de un resquicio,
de una blandura
y del valor
para atreverse.
Fuimos el mismo adolescente gris,
el mismo que no vuela.
¿Qué versos que calaran hondo
no venían,
de esos que nadie escribe,
que están escritos ya,
que inventan al poeta que los dice?
Porque los versos no se inventan,
los versos vienen y se forman
en el instante justo de quietud
que se consigue,
cuando se está a la escucha
como nunca.
martes, 18 de septiembre de 2012
Como se sigue a una luciérnaga, a un fantasma
Otros poemas de FABIO MORÁBITO
(Alejandría, Egipto. Reside en México, 1956-)
y una yapa
El justificante perfecto
Me fascina la anécdota de aquel hombre a quien su mujer le pidió que escribiera un justificante para su hijo que había faltado a la escuela. Mientras ella se apura en los preparativos para salir con el niño rumbo al colegio, el hombre lucha en la mesa del comedor con el justificante: quita una coma, vuelve a ponerla, tacha la frase y escribe una nueva, hasta que la mujer, que está esperando en la puerta, pierde la paciencia, le arranca la hoja de las manos y, sin sentarse, garabatea unas líneas, pone su firma y sale corriendo. Era sólo un justificante escolar, pero para el marido, que era un conocido escritor, no había textos inofensivos y aún el más intrascendente de ellos planteaba problemas de eficacia y de estilo. Quise escribir el justificante perfecto, confesó el hombre en una entrevista. En efecto, escritor es aquel que se enfrenta como nadie al fracaso de escribir y hace de ese fracaso, por decirlo así, su misión, mientras los demás, sencillamente, redactan.
Podemos estirar esa anécdota e imaginar a alguien que, soga en mano, a punto de colgarse de una viga del techo, se dispone a redactar unas líneas de despedida, toma un lápiz y escribe la consabida frase de que no se culpe a nadie de su muerte. Hasta ahí va bien la cosa, pero decide añadir unas líneas para pedir disculpas a sus seres queridos y, como es un escritor, deja de redactar y se pone a escribir. Dos horas después lo encontramos sentado a la mesa, la soga olvidada sobre una silla, tachando adjetivos y corrigiendo una y otra vez la misma frase para dar con el tono justo. Cuando termina está agotado, tiene hambre y lo que menos desea es suicidarse. El estilo le ha salvado la vida, pero quizá fue por el estilo que quiso acabar con ella; tal vez uno de los resortes de su gesto fue la convicción de ser un escritor fallido y tal vez lo sea, como lo son todos aquellos que pretenden escribir el justificante perfecto, que son los únicos que vale la pena leer. Escriben para justificar que escriben, la pluma en una mano y una soga en la otra
Fuente: http://www.revistaenie.clarin.com/literatura/Escribir-redactar-diferencia_0_652734741.html
***
Para sentirse vivo
En la naturaleza
todo está de pie:
los árboles,
los pájaros que están
sobre los árboles,
las hojas que se estiran
para limpiarse de las ramas.
Y cada uno piensa que los otros
son el suelo.
Las hojas creen
que toda rama está acostada
y ciega,
los pájaros
que el árbol ya no crece,
que es una especie de ruina,
y el árbol cree
que no hay más árboles,
no cree más que en sí mismo.
Nadie soporta que el sustrato
en que se apoya
tenga una vida propia,
que no esté muerto,
extinto,
que sea ligero.
Para sentirse vivo
hay que pisar una desolación,
algo que ya no tiene nada
que decir.
***
Yo también estuve en un coro...
Yo también estuve en un coro,
en una voz sin grietas.
Jamás oí las voces
que debajo de esa voz
salían como salían por una grieta.
Nunca aprendí la voz de cada rostro.
Desde que empezamos, el maestro
nos convirtió en una sola voz sin rostro.
Nunca escuchó las voces que teníamos.
Sólo una voz herida es una voz audible.
No sé qué oían los que nos oían.
***
Años ha que no
Años ha que no me topo
con albinos,
los mártires del sol,
los que se cuecen de por vida a
fuego lento.
Casi ciegos de día, repelentes
para algunos,
sin melanina defensiva,
la noche es su único pigmento.
Los que viven en los climas fríos
no llaman la atención
recortados sobre un fondo de nieve,
pero tarde o temprano los descubren.
¡El miedo al albinismo de los nórdicos,
que sienten una afinidad de base
con las personas que carecen de
pigmentos!
¡La mala fe del rubio ante el albino,
que no tienen los indios de la selva,
donde el albino junta la luz a raudales
como un panel solar y emite
de noche una blancura
que es un atisbo de alumbrado público!
Más de una tribu en el fondo del follaje
quisiera un ser así, de cuarzo,
una pila viviente, un acumulador
de keroseno humano,
un héroe diamantino.
¡Ahí va un albino, atrápenlo!
Porque un albino no es de nadie,
suelta su luz de noche al caminar.
¡Hay que atraparlo antes que
amanezca!
Porque de día en la luz del trópico
nadie se atrevería a tocarlo,
lo llevan enjaulado,
los niños ese día no van a clases,
es al atardecer cuando lo sueltan,
le gritan para que se vaya,
quieren ver cómo se prende
y la tribu lo sigue
a una distancia prudente
como se sigue a una luciérnaga, a un
fantasma.
*Publicado en la revista La Otra, octubre-diciembre 2011.
***
Benditas puertas, creadoras
de la penumbra
y del habla en voz baja,
que fue la creadora a su vez
de la escritura.
Benditos goznes que nos separan
de las bestias.
Es fácil hoy decir malditas puertas,
malditos libros,
maldita la postura erguida.
Haber bajado de los árboles
fue la primera puerta que se abrió
y se nos olvidó cerrarla.
¿Fue una omisión o una genialidad
dejarla abierta por las dudas?
El bosque nos persigue
en nuestra prosa y nuestros versos,
y toda puerta que abrimos,
la abrimos todavía sobre un claro,
y cada puerta que cerramos,
aun la más inocua,
pergeña una penumbra y un secreto.
No terminamos de bajar al suelo,
nuestra mayor herida,
y a base de puertas lentamente
nos curamos.
sábado, 19 de mayo de 2012
Un tic entre pueril y arcaico
Otros poemas de
FABIO MORÁBITO
(Alejandría, Egipto. Reside en México, 1956-)
Época de crisis
Este edificio tiene
los ladrillos huecos,
se llega a saber todo
de los otros,
se aprende a distinguir
las voces y los coitos.
Unos aprenden a fingir
que son felices,
otros que son profundos.
A veces algún beso
de los pisos altos
se pierde en los departamentos
inferiores,
hay que bajar a recogerlo:
"Mi beso, por favor,
si es tan amable".
"Se lo guardé en el papel periódico".
Un edificio tiene su época de oro,
los años y el desgaste
lo adelgazan,
le dan un parecido
con la vida que transcurre.
La arquitectura pierde peso
y gana la costumbre,
gana el decoro.
La jerarquía de las paredes
se disuelve,
el techo, el piso, todo
se hace cóncavo,
es cuando huyen los jóvenes,
le dan la vuelta al mundo.
Quieren vivir en edificios
vírgenes,
quieren por techo el techo
y por paredes las paredes,
no quieren otra índole
de espacio.
Este edificio no contenta
a nadie,
está en su época de crisis,
de derrumbarlo habría
que derrumbarlo ahora,
después va a ser difícil.
***
Ícaro
Cuando le dieron su pase de abordar
vieron que su maleta no pesaba nada.
Tuvo que abrirla y estaba vacía.
¿Por qué su maleta viene vacía?, le preguntaron.
No tuve tiempo de hacer la maleta, dijo.
¿Por qué la trajo si viene vacía?
No me gusta viajar sin maletas.
También su equipaje de mano venía sin nada
y lo revisaron con ayuda de los perros.
Lo observaron durante el vuelo: rubio,
casi albino, muy alto, ensimismado y tímido.
La azafata, al servir el almuerzo,
le preguntó de mala forma si iba a comer.
Asintió, pero sus brazos demasiado largos
le impidieron manejar los cubiertos,
no probó casi nada y pegó la cara al vidrio.
Había pedido asiento de ventana
y su vecino gordo se fijó en el gesto
que estremecía sus hombros:
el gesto de alguien que se sacude
una adherencia que lo agobia,
un tic entre pueril y arcaico.
Era evidente que sufría por la estrechez
y, apenas descubrió un asiento libre,
el gordo emigró, no soportando ese martirio.
Más tarde se apagaron las luces
y pidieron que cerraran las cortinas,
pero él no quiso, absorto en mirar las alas.
Tuvieron que llamar al oficial de segunda.
Me mareo, dijo, si no miro las alas,
o tal vez dijo me muero.
Fueron sus primeras palabras en el vuelo
y también las últimas. Al fin lo convencieron
de no perjudicar la oscuridad de la cabina.
Para que se durmiera le ofrecieron una almohada extra.
Lo hallaron muerto después de la película.
***
Poema
Cada libro que escribo
me envejece,
me vuelve un descreído.
Escribo en contra
de mis pensamientos
y en contra del ruido
de mis hábitos.
Con cada libro
pago un viaje
que no hice:
En cada página que acabo
cumplo con un acuerdo,
me lavo de mí mismo,
me digo adiós
desde lo más recóndito,
pero sin alcanzar a ir muy lejos.
Escribo para no quedar
en medio de mi carne,
para que no me tiente el centro,
para rodear y resistir,
escribo para hacerme a un lado,
pero sin alcanzar a desprenderme.
* De Ventanas encendidas. Antología poética. Ediición de Juan Carlos Abril. Visor
**
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martes, 17 de agosto de 2010
Qué hermoso es el ruido del motor
Tres poemas de FABIO MORÁBITO
(Alejandría, Egipto. Reside en México, 1956- )
Oigo los coches
En la mañana oigo los coches
que no pueden
arrancar.
A lo mejor, entre los árboles,
hay pájaros así,
que tardan en lanzarse
al diario vuelo,
y algunos nunca lo consiguen.
Me alegro cuando un auto,
enfriado por la noche,
recuerda al fin la combustión
y prende sus circuitos.
Qué hermoso es el ruido
del motor,
la realidad vuelta a su cauce.
¿Cómo le harán los pájaros
para saber en qué momento,
si se echan a volar,
no corren ya peligro?
¿Qué nervio de su vuelo
les avisa
que son de nuevo libres
entre las frondas de los árboles?
***
Mudanza
A fuerza de mudarme
he aprendido a no pegar
los muebles a los muros,
a no clavar muy hondo,
a atornillar sólo lo justo.
He aprendido a respetar las huellas
de los viejos inquilinos:
un clavo, una moldura,
una pequeña ménsula,
que dejó en su lugar
aunque me estorben.
Algunas manchas las heredo
sin limpiarlas,
entro en la nueva casa
tratando de entender,
es más,
viendo por dónde habré de irme.
Dejo que la mudanza
se disuelva como una fiebre,
como una costra que se cae,
no quiero hacer ruido.
Porque los viejos inquilinos
nunca mueren.
Cuando nos vamos,
cuando dejamos otra vez
los muros como los tuvimos,
siempre queda algún clavo de ellos
en un rincón
o un estropicio
que no supimos resolver.
***
Mi madre ya no ha ido al mar
Mi madre ya no ha ido
al mar
lleva una buena cantidad de años
tierra adentro,
un siglo de interioridad
cumpliéndose.
Se ha resecado de sus hijos
y vive lejos
en toros consanguíneos.
Es como una escultura de sí misma
y sólo el mar
que quita el fárrago
acumulado en la ciudad
puede acercarla a su pasado,
hacia su muerte verdadera,
y hacer que crezca nuevamente.
Mi madre necesita algún
estruendo entre los pies,
Una monótona insistencia en los oídos,
una palabra adversa
y simple que la canse,
y necesita que la llamen,
oír su nombre en otros labios,
pedir perdón
y hacer promesas,
ya no se tropieza
en nada sustantivo.
Y yo tengo que armarme de valor
para llevarla al mar
armarme de mis años
que he olvidado,
reunirme con mi madre en otro tiempo,
con un yo mismo que enterré
y que ella guarda
sin decirme nada.
Tengo que armarme de valor
para perder confianza
en lo que sé,
tengo que regresar al día
en que mi risa quedó trunca
entre las páginas de un libro,
cerrar el libro y completar la risa,
cerrar todos los libros y reírme,
cerrar todos los ojos que he ido abriendo
para que nadie me agrediera.
Estuvo bien ya de crecer,
es hora de desdibujarme,
lo que aprendí enhorabuena,
lo que olvidé también,
es hora de ser hijo de alguien
y de tener un hijo
y un esqueleto para ir al mar,
para morir
con cada hueso sin pedir ayuda.
Salí hace años a rodearla a ella
para volver al mar más solo
o acaso fui a rodear el mar
para ser hijo de otro modo de mi madre,
ya no me acuerdo qué buscaba,
nadie recuerda lo que busca,
mi madre ya no ha ido
al mar,
es todo lo que sé,
y no llevarla es no reconciliarme
con el mar, no ver el mar
como se ve después de niño,
también no ver cómo es mi madre
ahora, no saber nada de mí mismo.
Foto: tomada de balconcillos, wordpress
(Alejandría, Egipto. Reside en México, 1956- )
Oigo los coches
En la mañana oigo los coches
que no pueden
arrancar.
A lo mejor, entre los árboles,
hay pájaros así,
que tardan en lanzarse
al diario vuelo,
y algunos nunca lo consiguen.
Me alegro cuando un auto,
enfriado por la noche,
recuerda al fin la combustión
y prende sus circuitos.
Qué hermoso es el ruido
del motor,
la realidad vuelta a su cauce.
¿Cómo le harán los pájaros
para saber en qué momento,
si se echan a volar,
no corren ya peligro?
¿Qué nervio de su vuelo
les avisa
que son de nuevo libres
entre las frondas de los árboles?
***
Mudanza
A fuerza de mudarme
he aprendido a no pegar
los muebles a los muros,
a no clavar muy hondo,
a atornillar sólo lo justo.
He aprendido a respetar las huellas
de los viejos inquilinos:
un clavo, una moldura,
una pequeña ménsula,
que dejó en su lugar
aunque me estorben.
Algunas manchas las heredo
sin limpiarlas,
entro en la nueva casa
tratando de entender,
es más,
viendo por dónde habré de irme.
Dejo que la mudanza
se disuelva como una fiebre,
como una costra que se cae,
no quiero hacer ruido.
Porque los viejos inquilinos
nunca mueren.
Cuando nos vamos,
cuando dejamos otra vez
los muros como los tuvimos,
siempre queda algún clavo de ellos
en un rincón
o un estropicio
que no supimos resolver.
***
Mi madre ya no ha ido al mar
Mi madre ya no ha ido
al mar
lleva una buena cantidad de años
tierra adentro,
un siglo de interioridad
cumpliéndose.
Se ha resecado de sus hijos
y vive lejos
en toros consanguíneos.
Es como una escultura de sí misma
y sólo el mar
que quita el fárrago
acumulado en la ciudad
puede acercarla a su pasado,
hacia su muerte verdadera,
y hacer que crezca nuevamente.
Mi madre necesita algún
estruendo entre los pies,
Una monótona insistencia en los oídos,
una palabra adversa
y simple que la canse,
y necesita que la llamen,
oír su nombre en otros labios,
pedir perdón
y hacer promesas,
ya no se tropieza
en nada sustantivo.
Y yo tengo que armarme de valor
para llevarla al mar
armarme de mis años
que he olvidado,
reunirme con mi madre en otro tiempo,
con un yo mismo que enterré
y que ella guarda
sin decirme nada.
Tengo que armarme de valor
para perder confianza
en lo que sé,
tengo que regresar al día
en que mi risa quedó trunca
entre las páginas de un libro,
cerrar el libro y completar la risa,
cerrar todos los libros y reírme,
cerrar todos los ojos que he ido abriendo
para que nadie me agrediera.
Estuvo bien ya de crecer,
es hora de desdibujarme,
lo que aprendí enhorabuena,
lo que olvidé también,
es hora de ser hijo de alguien
y de tener un hijo
y un esqueleto para ir al mar,
para morir
con cada hueso sin pedir ayuda.
Salí hace años a rodearla a ella
para volver al mar más solo
o acaso fui a rodear el mar
para ser hijo de otro modo de mi madre,
ya no me acuerdo qué buscaba,
nadie recuerda lo que busca,
mi madre ya no ha ido
al mar,
es todo lo que sé,
y no llevarla es no reconciliarme
con el mar, no ver el mar
como se ve después de niño,
también no ver cómo es mi madre
ahora, no saber nada de mí mismo.
Foto: tomada de balconcillos, wordpress
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Somos parecidos a esos sapos que en la austera noche de los pantanos se llaman sin verse, doblegando con su grito de amor toda la fatalidad del universo.
René Char
No haría falta amar a los hombres para darles una ayuda real. Sólo desear hacer mejor cierta expresión de su mirada cuando se detiene en algo más empobrecido que ellos, prolongar en un segundo cierto minuto agradable de su vida. A partir de esta diligencia y cada raíz tratada, su respiración se haría más serena. Sobre todo, no suprimirles por entero esos senderos penosos, a cuyo esfuerzo sucede la evidencia de la verdad a través de los llantos y los frutos.
René Char
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No haría falta amar a los hombres para darles una ayuda real. Sólo desear hacer mejor cierta expresión de su mirada cuando se detiene en algo más empobrecido que ellos, prolongar en un segundo cierto minuto agradable de su vida. A partir de esta diligencia y cada raíz tratada, su respiración se haría más serena. Sobre todo, no suprimirles por entero esos senderos penosos, a cuyo esfuerzo sucede la evidencia de la verdad a través de los llantos y los frutos.
René Char