Juan Alfonso de Baena
(Córdoba, España, 1406-1454)
El Cancionero de Juan Alfonso de Baena
Composiciones de los poetas que vivieron y escribieron durante los reinados de Enrique II (1369-1379), Juan I(1379-1390), Enrique III (1390-1406) y las primeras décadas de Juan II (1406-1454)
Prologus Baenensis
“Según que disponen y determinantemente afirman los filósofos y sabios antiguos, natural cosa es amar y desear y codiciar saber los hombres todos los hechos que acaecen en todos los tiempos, tan bien en el tiempo que es ya pasado, como en el tiempo que es presente, como en el otro tiempo que es por venir”.
“tuvieron los sabios y entendidos el saber por gran tesoro y apreciáronlo mucho sobre todas las otras cosas, y tuvieron por luz para alumbrar a sus entendimientos y de todos los otros que lo supiesen, dejándolo todo en memoria y por escritura”, si [los hombres] desean e quieren saber del tiempo que es por venir, non pueden los omnes saber el comienço nin la fin de las cosas que ende avernán, e, por tanto, non saben çiertamente ninguna cosa de aquel tiempo. E si del tiempo que es presente quieren saber algo, maguera que saben los comienços de los fechos que en aquel tiempo se fazen, pero, con todo esso, porque non pueden saber el medio nin la fin quál será, es de tener que non saben los omnes complidamente ninguna cosa de aquel tiempo presente.
Quien troba parlando, non seyendo letrado,
de costelaçiones e de astronomía,
pues yerra en los puntos de su notomía [anatomía, i. e. del cielo]
e finca en sus dichos muy avergonçado,
ca d’esto fablar non yaze en deitado [poema];
por ende, castigo devía ser puesto
al que trobando declama denuesto
de quienquier, de más si tien’ grant estado.
**
Senhor genta,
mi tormenta
voss'amor em guisa tal,
que tormenta
que eu senta
outra non m'é ben nen mal,
mays la vossa m'é mortal!
Leonoreta,
fin roseta,
bela sobre toda fror,
fin roseta,
non me meta
en tal coi[ta] voss'amor!
Das que vejo
non desejo
outra senhor se vós non,
e desejo
tan sobejo
mataria hu leom,
senhor do meu coraçon!
Leonoreta
**
Suelto es tu filo, segunt que paresçe,
ruégote, amigo, que tomes mi seso:
Dios es Fortuna el Él tiene el peso,
Él da a cada uno lo que le meresçe;
ruégal’ que te dé lo que a Él pluguiere,
obra bien segunt la graçia que te diere:
aquesto es cordura e lo ál peresçe
**
Digo en primero a los que trobaron
e d’esta linda arte se dizen maestros,
si discor, deslay en dezir compuestos
con masobre llano en uno fablaron,
e macho e fembra desí acordaron
todos en uno con el dexaprende,
aquesta tal arte ¿qué nombre comprende
e de qué natura ellos la nombraron?
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miércoles, 7 de noviembre de 2018
martes, 6 de noviembre de 2018
El prólogo de una pierna...
Miguel Hernández
(Orihuela, España, 1910-Alicante, id., 1942)
Lujuria
Siguiendo a una hermosa ninfa
atravieso la floresta,
en la que sólo se escucha
la substancia y pequeña
charla de los chamarices.
Aparto brotes y hierbas
con la cayada, formándome
camino en la fronda espesa.
¿En dónde hallar a la ninfa
que ha puesto mi sexo alerta?
¿Dónde hallarla?... Miro atento
por todos los lados. Blanquea,
al final de la espesura,
el prólogo de una pierna...
Corro y al llegar no hay nada.
Sin embargo, unas ligeras
sacudidas en las hojas,
me dicen que escapó presta
por entre ellas... Prosigo
mi lujuriosa carrera,
ágil. A la sombra clara
de una cañada, sestea
Pan, la siringa olvidada
entre la grama modesta.
Cuando paso junto a él,
el viento que muevo, entra
en sus siete tubos y alza
a la siringa una queja.
(Orihuela, España, 1910-Alicante, id., 1942)
Lujuria
Siguiendo a una hermosa ninfa
atravieso la floresta,
en la que sólo se escucha
la substancia y pequeña
charla de los chamarices.
Aparto brotes y hierbas
con la cayada, formándome
camino en la fronda espesa.
¿En dónde hallar a la ninfa
que ha puesto mi sexo alerta?
¿Dónde hallarla?... Miro atento
por todos los lados. Blanquea,
al final de la espesura,
el prólogo de una pierna...
Corro y al llegar no hay nada.
Sin embargo, unas ligeras
sacudidas en las hojas,
me dicen que escapó presta
por entre ellas... Prosigo
mi lujuriosa carrera,
ágil. A la sombra clara
de una cañada, sestea
Pan, la siringa olvidada
entre la grama modesta.
Cuando paso junto a él,
el viento que muevo, entra
en sus siete tubos y alza
a la siringa una queja.
miércoles, 31 de octubre de 2018
El frío hacía insensible los dedos y los corazones
José Luis García Herrera
(Esplugues de Llobregat (Barcelona), España, 1964)
LOS HOMBRES DE BRYGGEN
El frío hacía insensibles las yemas de los dedos
y la nieve quemaba más que el fuego. Las manos,
rojas de dolor y de sangre lenta, sostenían el cuchillo
que abría el vientre de los peces, que abría
la línea roja donde extraía sus vísceras la muerte.
Los hombres de Bryggen luchaban cada día
contra las inclemencias del hielo y las espinas
que se clavaban debajo de las uñas. Ni un grito
salió de sus gargantas rudas, de sus bocas hechas
para escupir vapor de alcohol con el aliento.
El frío hacía insensible los dedos y los corazones.
Y aunque la nieve quemaba más que el fuego
ellos sonreían con el cuchillo en alto
—desnudo el torso, heladas las puntas de las barbas—
contemplando en los salmones sus ojos inmóviles.
(Esplugues de Llobregat (Barcelona), España, 1964)
LOS HOMBRES DE BRYGGEN
El frío hacía insensibles las yemas de los dedos
y la nieve quemaba más que el fuego. Las manos,
rojas de dolor y de sangre lenta, sostenían el cuchillo
que abría el vientre de los peces, que abría
la línea roja donde extraía sus vísceras la muerte.
Los hombres de Bryggen luchaban cada día
contra las inclemencias del hielo y las espinas
que se clavaban debajo de las uñas. Ni un grito
salió de sus gargantas rudas, de sus bocas hechas
para escupir vapor de alcohol con el aliento.
El frío hacía insensible los dedos y los corazones.
Y aunque la nieve quemaba más que el fuego
ellos sonreían con el cuchillo en alto
—desnudo el torso, heladas las puntas de las barbas—
contemplando en los salmones sus ojos inmóviles.
viernes, 28 de septiembre de 2018
Pura pupila ciega
| Foto: Jorge Paris |
(Madrid, España, 1975)
VEJEZ
A plena luz del día,
en un cajero del barrio te atracó
un muchacho. Llevabas cien euros en la mano.
Te dijo dámelos y se los diste.
La extrañeza tenía en ti un aire pasmado
y elegante;
te aproximabas inclinando la cabeza
como si no hubieses entendido
una palabra, decías: ¿perdón?
No luchaste, ni siquiera fingiste que pudieras
luchar,
como un sonámbulo extendiste
la mano con el dinero y el muchacho se fue
corriendo o sin correr, mirándote o no.
Era un día agradable de principios de verano.
Había gente en la calle, se escuchó
una risa y el tintineo de unos vasos de cerveza
en la terraza que había a veinte metros.
Te preguntaste con vergüenza si te habrían visto.
Era un muchacho como otro cualquiera:
joven. Atacaba como el depredador
que elige entre las víctimas al animal más torpe.
Sentiste como si el tiempo te zarandeara
sin piedad junto al cajero
envuelto en los alegres ruidos de la conversación
en el calor de la brisa y las pelusas de polen.
Esa tarde habías quedado
para dar un paseo por la feria del libro.
El hombre que iba a pasear y el que seguía pasmado
eran distintos ahora.
Por la modesta suma de cien euros
aquel muchacho se lo había llevado consigo.
Al subir a casa llamaste por teléfono,
Soy un viejo, dijiste.
No eres ningún viejo.
¿Soy un viejo, te parezco un viejo? Preguntaste de nuevo.
Pero no me dejaste contestar.
De Crónica natural, Visor, 2015.
***
Que todo se recomponga sin ti.
Que las personas que conocías y saludabas olviden tu presencia en estas calles.
Que los que te amaron encuentren nuevos amores que reemplacen al tuyo en el tiempo y en el quehacer, y que en su volver a amar no encuentren tus rasgos.
Que se pierdan tus cartas y quienes las encuentren sonrían de tu ingenuidad sin conocerte ni perdonarte. Que esta canción que no podías escuchar sin emocionarte envejezca y sea ocupado su espacio por otras canciones, otras melodías.
Que ningún alimento que tú hayas probado o deseado sea probado o deseado por quienes te sobrevivan.
Que tu cuerpo y sus rasgos se extingan en la materia que todo lo devora y que en su desaparición no quede ni una brizna que sostenga tu nombre.
Que la fe que profesaste sea falsa.
Que las posesiones de las que te sentiste orgullosa se desmoronen y perezcan contigo.
Que nada que te vincule a esta tierra de la que saltas se mantenga, animal o vegetal, objeto u hombre, pensamiento o recuerdo, música o voz, que todo muera, que todo sea exterminado, qeu se rompan las columnas vertebrales de todo lo que esté vivo y ames, que se sacudan y sean atrapados y carbonizados. Que sólo esto te sobreviva: la piedad, el miedo.
De Libro de las caídas. (Andrés Barba, Ilustraciones de Pablo Angulo. Editorial Sexto Piso, 2013)
***
Mira bien este rostro. Hay en él algo extraño, algo excepcional: de entre todos los rostros del mundo es el que tú has elegido, el que tú has codiciado. Míralo bien: lo has deseado, has dormido con él, has soñado con él, lo has besado muchas veces, lo has odiado también, te ha herido, conoces su olor y su textura. Estás oyendo crecer este rostro como una música, es el metro del mundo. No lo comprendes casi en realidad. Ni siquiera lo has elegido. Ha venido hasta ti como las bendiciones y las catástrofes y tres segundos después te ha parecido imposible haber vivido en un mundo en el que no existía ese rostro. A veces sientes que deberías aprender a mirarlo y que hasta ahora has cometido en muchas ocasiones el mismo error; el de pensar que sabías quién era sólo porque lo amabas. Ahora tus ojos son como los ojos de los recién nacidos, ojos que no ven y en los que apenas se ve, ojos sin blanco, pura pupila ciega. Y el rostro de tu amor está aquí inmóvil, abierto a tu curiosidad, desnudo. Se ha quitado de encima todas las afectaciones y los discursos. Y tú eres el intruso, el espía.
De Lista De Desaparecidos. Ilustraciones de Pablo Angulo. Siberia. Barcelona, 2012.
miércoles, 25 de julio de 2018
Bajo el cielo azul, temblar
Antonio Machado
(Sevilla, España, 1875-Colliure, Francia, 1939)
Cantares
Todo pasa y todo queda,
pero lo nuestro es pasar,
pasar haciendo caminos,
caminos sobre el mar.
Nunca perseguí la gloria,
ni dejar en la memoria
de los hombres mi canción;
yo amo los mundos sutiles,
ingrávidos y gentiles,
como pompas de jabón.
Me gusta verlos pintarse
de sol y grana, volar
bajo el cielo azul, temblar
súbitamente y quebrarse...
Nunca perseguí la gloria.
Caminante, son tus huellas
el camino y nada más;
caminante, no hay camino,
se hace camino al andar.
Al andar se hace camino
y al volver la vista atrás
se ve la senda que nunca
se ha de volver a pisar.
Caminante no hay camino
sino estelas en la mar...
Hace algún tiempo en ese lugar
donde hoy los bosques se visten de espinos
se oyó la voz de un poeta gritar
"Caminante no hay camino,
se hace camino al andar..."
Golpe a golpe, verso a verso...
Murió el poeta lejos del hogar.
Le cubre el polvo de un país vecino.
Al alejarse le vieron llorar.
"Caminante no hay camino,
se hace camino al andar..."
Golpe a golpe, verso a verso...
Cuando el jilguero no puede cantar.
Cuando el poeta es un peregrino,
cuando de nada nos sirve rezar.
"Caminante no hay camino,
se hace camino al andar..."
Golpe a golpe, verso a verso.
Todo pasa y todo queda,
pero lo nuestro es pasar,
pasar haciendo caminos,
caminos sobre el mar.
Nunca perseguí la gloria,
ni dejar en la memoria
de los hombres mi canción;
yo amo los mundos sutiles,
ingrávidos y gentiles,
como pompas de jabón.
Me gusta verlos pintarse
de sol y grana, volar
bajo el cielo azul, temblar
súbitamente y quebrarse...
Nunca perseguí la gloria.
Caminante, son tus huellas
el camino y nada más;
caminante, no hay camino,
se hace camino al andar.
Al andar se hace camino
y al volver la vista atrás
se ve la senda que nunca
se ha de volver a pisar.
Caminante no hay camino
sino estelas en la mar...
Hace algún tiempo en ese lugar
donde hoy los bosques se visten de espinos
se oyó la voz de un poeta gritar
"Caminante no hay camino,
se hace camino al andar..."
Golpe a golpe, verso a verso...
Murió el poeta lejos del hogar.
Le cubre el polvo de un país vecino.
Al alejarse le vieron llorar.
"Caminante no hay camino,
se hace camino al andar..."
Golpe a golpe, verso a verso...
Cuando el jilguero no puede cantar.
Cuando el poeta es un peregrino,
cuando de nada nos sirve rezar.
"Caminante no hay camino,
se hace camino al andar..."
Golpe a golpe, verso a verso.
viernes, 22 de junio de 2018
Hablar entre las mudas soledades
Lope Félix de Vega Carpio
(Madrid, España, 1562-ibidem, 1635)
Soneto 14
Ir y quedarse y con quedar partirse,
partir sin alma e ir con alma ajena,
oír la dulce voz de una sirena
y no poder del árbol desasirse;
arder como la vela y consumirse,
haciendo torres sobre tierna arena;
caer de un cielo y ser demonio en pena
y de serlo jamás arrepentirse,
hablar entre las mudas soledades,
pedir, pues resta sobre fe paciencia,
y lo que es temporal llamar eterno;
creer sospechas y negar verdades,
es lo que llaman en el mundo ausencia,
fuego en el alma y en la vida infierno.
(Madrid, España, 1562-ibidem, 1635)
Soneto 14
Ir y quedarse y con quedar partirse,
partir sin alma e ir con alma ajena,
oír la dulce voz de una sirena
y no poder del árbol desasirse;
arder como la vela y consumirse,
haciendo torres sobre tierna arena;
caer de un cielo y ser demonio en pena
y de serlo jamás arrepentirse,
hablar entre las mudas soledades,
pedir, pues resta sobre fe paciencia,
y lo que es temporal llamar eterno;
creer sospechas y negar verdades,
es lo que llaman en el mundo ausencia,
fuego en el alma y en la vida infierno.
lunes, 11 de junio de 2018
El hombre enciende a veces su corazón, y duda.
Vicente Aleixandre
(Sevilla, España, 1898-Madrid, id., 1984)
Mentira del hombre
El hombre enciende su permitida lumbre,
su verdad, su mentirosa gloria,
enciende sus cristales de vano poderío
y alumbra vaga imagen o fantasmas sin luz.
El hombre enciende a veces su corazón, y duda.
¿Qué mirar? ¿Hacia dónde? ¿Hacia qué luna estéril?
¿Hacia qué boca oscura, qué barranco, qué mares?
Se ven los horizontes como brazos.
Como lunas se ven ojos abiertos.
Se estrechan ramas, potestades, vagas aplicaciones de amor.
¿Dónde tú? ¿Dónde yo, dónde los otros?
¿Dónde nadie?
Aquí sobre la tierra una carne respira.
Un alma sube.
Una sombra se alarga.
Existe un hombre, un nombre.
¿Ver esa vena, ese azul en los ojos,
ese pecho que imita un papel en colores,
esa mano que un hierro o guante disimula en la noche?
Es algo: tú: tu realidad que puede.
Es un hueco o un cúmulo de vapor concedido.
Aspiración a toda montaña, nacimiento de río,
origen mudo de águilas, de pájaros implumes,
nudo o yema de triste presagio trasmutado.
Metal, solitario metal bajo la luna.
Agua.
No.
Nada es verdad.
Tu sombra escupe una escama dolorosa que la tierra pronuncia cuando cruje.
Tu sombra peina la hierba, detiene los torrentes,
hace alzarse verticales los soberanos ríos.
Se vuelve, se prolonga hasta el cielo
y es una mancha roja sobre un azul hollado.
Todo es mentira.
La verdad no reside en la boca, entre unos dientes.
Un poderoso pensamiento de una tristeza elegida entre piedras,
alzada como brutal raíz que crece hacia los aires,
que enreda sus tentáculos entre nubes, por sostener un tronco,
un doloroso tronco que crece contra tierra,
como boca mordiente que chirría de vidrios
y suelta sangre sucia, coagulada crujiendo.
Todo es mentira.
La verdad rueda como un sol apagado,
bestial tambor donde unas manos de niño
quieren delicadamente imitar a tus brisas.
Todo, todo es mentira.
Hombre que nunca existe.
Sombra que nunca existe.
Tierra o vago vestido que una mano abandona.
Poema inédito (escrito entre 1934 y 1936) incluido en Obra Completa, Lumen, 2017.
(Sevilla, España, 1898-Madrid, id., 1984)
Mentira del hombre
El hombre enciende su permitida lumbre,
su verdad, su mentirosa gloria,
enciende sus cristales de vano poderío
y alumbra vaga imagen o fantasmas sin luz.
El hombre enciende a veces su corazón, y duda.
¿Qué mirar? ¿Hacia dónde? ¿Hacia qué luna estéril?
¿Hacia qué boca oscura, qué barranco, qué mares?
Se ven los horizontes como brazos.
Como lunas se ven ojos abiertos.
Se estrechan ramas, potestades, vagas aplicaciones de amor.
¿Dónde tú? ¿Dónde yo, dónde los otros?
¿Dónde nadie?
Aquí sobre la tierra una carne respira.
Un alma sube.
Una sombra se alarga.
Existe un hombre, un nombre.
¿Ver esa vena, ese azul en los ojos,
ese pecho que imita un papel en colores,
esa mano que un hierro o guante disimula en la noche?
Es algo: tú: tu realidad que puede.
Es un hueco o un cúmulo de vapor concedido.
Aspiración a toda montaña, nacimiento de río,
origen mudo de águilas, de pájaros implumes,
nudo o yema de triste presagio trasmutado.
Metal, solitario metal bajo la luna.
Agua.
No.
Nada es verdad.
Tu sombra escupe una escama dolorosa que la tierra pronuncia cuando cruje.
Tu sombra peina la hierba, detiene los torrentes,
hace alzarse verticales los soberanos ríos.
Se vuelve, se prolonga hasta el cielo
y es una mancha roja sobre un azul hollado.
Todo es mentira.
La verdad no reside en la boca, entre unos dientes.
Un poderoso pensamiento de una tristeza elegida entre piedras,
alzada como brutal raíz que crece hacia los aires,
que enreda sus tentáculos entre nubes, por sostener un tronco,
un doloroso tronco que crece contra tierra,
como boca mordiente que chirría de vidrios
y suelta sangre sucia, coagulada crujiendo.
Todo es mentira.
La verdad rueda como un sol apagado,
bestial tambor donde unas manos de niño
quieren delicadamente imitar a tus brisas.
Todo, todo es mentira.
Hombre que nunca existe.
Sombra que nunca existe.
Tierra o vago vestido que una mano abandona.
Poema inédito (escrito entre 1934 y 1936) incluido en Obra Completa, Lumen, 2017.
domingo, 10 de junio de 2018
Porque en su Dios está todo su intento
SANTA TERESA DE ÁVILA
(España, 1515-1582)
Dichoso el corazón enamorado
que en solo Dios ha puesto el pensamiento;
por él renuncia todo lo criado,
y en él halla su gloria y su contento.
Aun de sí mismo vive descuidado,
porque en su Dios está todo su intento,
y así alegre pasa y muy gozoso
las ondas de este mar tempestuoso.
(España, 1515-1582)
Dichoso el corazón enamorado
que en solo Dios ha puesto el pensamiento;
por él renuncia todo lo criado,
y en él halla su gloria y su contento.
Aun de sí mismo vive descuidado,
porque en su Dios está todo su intento,
y así alegre pasa y muy gozoso
las ondas de este mar tempestuoso.
lunes, 28 de mayo de 2018
La angustia imperfecta de Nueva York
Federico García Lorca
(Fuente Vaqueros, Granada, España, 1898-camino de Víznar a Alfacar, Granada, id., 1936)
1. Danza de la muerte
El mascarón. ¡Mirad el mascarón!
¡Cómo viene del África a New York!
Se fueron los árboles de la pimienta,
los pequeños botones de fósforo.
Se fueron los camellos de carne desgarrada
y los valles de luz que el cisne levantaba con el pico.
Era el momento de las cosas secas,
de la espiga en el ojo y el gato laminado,
del óxido de hierro de los grandes puentes
y el definitivo silencio del corcho.
Era la gran reunión de los animales muertos,
traspasados por las espadas de la luz;
la alegría eterna del hipopótamo con las pezuñas de ceniza
y de la gacela con una siempreviva en la garganta.
En la marchita soledad sin honda
el abollado mascarón danzaba.
Medio lado del mundo era de arena,
mercurio y sol dormido el otro medio.
El mascarón. ¡Mirad el mascarón!
!Arena, caimán y miedo sobre Nueva York!
Desfiladeros de cal aprisionaban un cielo vacío
donde sonaban las voces de los que mueren bajo el guano.
Un cielo mondado y puro, idéntico a sí mismo,
con el bozo y lirio agudo de sus montañas invisibles,
acabó con los más leves tallitos del canto
y se fue al diluvio empaquetado de la savia,
a través del descanso de los últimos desfiles,
levantando con el rabo pedazos de espejos.
Cuando el chino lloraba en el tejado
sin encontrar el desnudo de su mujer
y el director del banco observando el manómetro
que mide el cruel silencio de la moneda,
el mascarón llegaba al Wall Street.
No es extraño para la danza
este columbario que pone los ojos amarillos.
De la esfinge a la caja de caudales hay un hilo tenso
que atraviesa el corazón de todos los niños pobres.
El ímpetu primitivo baila con el ímpetu mecánico,
ignorantes en su frenesí de la luz original.
Porque si la rueda olvida su fórmula,
ya puede cantar desnuda con las manadas de caballos:
y si una llama quema los helados proyectos,
el cielo tendrá que huir ante el tumulto de las ventanas.
No es extraño este sitio para la danza, yo lo digo.
El mascarón bailará entre columnas de sangre y de números,
entre huracanes de oro y gemidos de obreros parados
que aullarán, noche oscura, por tu tiempo sin luces,
¡oh salvaje Norteamérica! ¡oh impúdica! ¡oh salvaje,
tendida en la frontera de la nieve!
El mascarón. ¡Mirad el mascarón!
¡Qué ola de fango y luciérnaga sobre Nueva York!
Yo estaba en la terraza luchando con la luna.
Enjambres de ventanas acribillaban un muslo de la noche.
En mis ojos bebían las dulces vacas de los cielos.
Y las brisas de largos remos
golpeaban los cenicientos cristales de Broadway.
La gota de sangre buscaba la luz de la yema del astro
para fingir una muerta semilla de manzana.
El aire de la llanura, empujado por los pastores,
temblaba con un miedo de molusco sin concha.
Pero no son los muertos los que bailan,
estoy seguro.
Los muertos están embebidos, devorando sus propias manos.
Son los otros los que bailan con el mascarón y su vihuela;
son los otros, los borrachos de plata, los hombres fríos,
los que crecen en el cruce de los muslos y llamas duras,
los que buscan la lombriz en el paisaje de las escaleras,
los que beben en el banco lágrimas de niña muerta
o los que comen por las esquinas diminutas pirámides del alba.
¡Que no baile el Papa!
¡No, que no baile el Papa!
Ni el Rey,
ni el millonario de dientes azules,
ni las bailarinas secas de las catedrales,
ni constructores, ni esmeraldas, ni locos, ni sodomitas.
Sólo este mascarón,
este mascarón de vieja escarlatina,
¡sólo este mascarón!
Que ya las cobras silbarán por los últimos pisos,
que ya las ortigas estremecerán patios y terrazas,
que ya la Bolsa será una pirámide de musgo,
que ya vendrán lianas después de los fusiles
y muy pronto, muy pronto, muy pronto.
¡Ay, Wall Street!
El mascarón. ¡Mirad el mascarón!
¡Cómo escupe veneno de bosque
por la angustia imperfecta de Nueva York!
Poeta en Nueva York. 1929. Séneca, México, 1940.
Imagen: Autorretrato de Federico García Lorca para Poeta en Nueva York.
(Fuente Vaqueros, Granada, España, 1898-camino de Víznar a Alfacar, Granada, id., 1936)
1. Danza de la muerte
El mascarón. ¡Mirad el mascarón!
¡Cómo viene del África a New York!
Se fueron los árboles de la pimienta,
los pequeños botones de fósforo.
Se fueron los camellos de carne desgarrada
y los valles de luz que el cisne levantaba con el pico.
Era el momento de las cosas secas,
de la espiga en el ojo y el gato laminado,
del óxido de hierro de los grandes puentes
y el definitivo silencio del corcho.
Era la gran reunión de los animales muertos,
traspasados por las espadas de la luz;
la alegría eterna del hipopótamo con las pezuñas de ceniza
y de la gacela con una siempreviva en la garganta.
En la marchita soledad sin honda
el abollado mascarón danzaba.
Medio lado del mundo era de arena,
mercurio y sol dormido el otro medio.
El mascarón. ¡Mirad el mascarón!
!Arena, caimán y miedo sobre Nueva York!
Desfiladeros de cal aprisionaban un cielo vacío
donde sonaban las voces de los que mueren bajo el guano.
Un cielo mondado y puro, idéntico a sí mismo,
con el bozo y lirio agudo de sus montañas invisibles,
acabó con los más leves tallitos del canto
y se fue al diluvio empaquetado de la savia,
a través del descanso de los últimos desfiles,
levantando con el rabo pedazos de espejos.
Cuando el chino lloraba en el tejado
sin encontrar el desnudo de su mujer
y el director del banco observando el manómetro
que mide el cruel silencio de la moneda,
el mascarón llegaba al Wall Street.
No es extraño para la danza
este columbario que pone los ojos amarillos.
De la esfinge a la caja de caudales hay un hilo tenso
que atraviesa el corazón de todos los niños pobres.
El ímpetu primitivo baila con el ímpetu mecánico,
ignorantes en su frenesí de la luz original.
Porque si la rueda olvida su fórmula,
ya puede cantar desnuda con las manadas de caballos:
y si una llama quema los helados proyectos,
el cielo tendrá que huir ante el tumulto de las ventanas.
No es extraño este sitio para la danza, yo lo digo.
El mascarón bailará entre columnas de sangre y de números,
entre huracanes de oro y gemidos de obreros parados
que aullarán, noche oscura, por tu tiempo sin luces,
¡oh salvaje Norteamérica! ¡oh impúdica! ¡oh salvaje,
tendida en la frontera de la nieve!
El mascarón. ¡Mirad el mascarón!
¡Qué ola de fango y luciérnaga sobre Nueva York!
Yo estaba en la terraza luchando con la luna.
Enjambres de ventanas acribillaban un muslo de la noche.
En mis ojos bebían las dulces vacas de los cielos.
Y las brisas de largos remos
golpeaban los cenicientos cristales de Broadway.
La gota de sangre buscaba la luz de la yema del astro
para fingir una muerta semilla de manzana.
El aire de la llanura, empujado por los pastores,
temblaba con un miedo de molusco sin concha.
Pero no son los muertos los que bailan,
estoy seguro.
Los muertos están embebidos, devorando sus propias manos.
Son los otros los que bailan con el mascarón y su vihuela;
son los otros, los borrachos de plata, los hombres fríos,
los que crecen en el cruce de los muslos y llamas duras,
los que buscan la lombriz en el paisaje de las escaleras,
los que beben en el banco lágrimas de niña muerta
o los que comen por las esquinas diminutas pirámides del alba.
¡Que no baile el Papa!
¡No, que no baile el Papa!
Ni el Rey,
ni el millonario de dientes azules,
ni las bailarinas secas de las catedrales,
ni constructores, ni esmeraldas, ni locos, ni sodomitas.
Sólo este mascarón,
este mascarón de vieja escarlatina,
¡sólo este mascarón!
Que ya las cobras silbarán por los últimos pisos,
que ya las ortigas estremecerán patios y terrazas,
que ya la Bolsa será una pirámide de musgo,
que ya vendrán lianas después de los fusiles
y muy pronto, muy pronto, muy pronto.
¡Ay, Wall Street!
El mascarón. ¡Mirad el mascarón!
¡Cómo escupe veneno de bosque
por la angustia imperfecta de Nueva York!
Poeta en Nueva York. 1929. Séneca, México, 1940.
Imagen: Autorretrato de Federico García Lorca para Poeta en Nueva York.
lunes, 16 de abril de 2018
Camino sin agua y sin brújula
Viviana Paletta
(Buenos Aires, Argentina, 1967. Reside en Madrid desde 1991)
Librecambio
No se puede medir
esta extensión
con una lengua raquítica.
Hemos alcanzado el principio
de la igualdad
del dinero.
Demás está decir que llueve
y un párpado aterido
concede la licencia
para dispararle.
Es un cuerpo vano. Se enreda entre las hojas.
La tarde ni se asombra.
Cambio es dinero.
Quietud es dinero.
Al cuerpo no le atañe lo que es.
No presiente su parcelación,
el éxtasis de las mercancías.
Su don nadie en las guerras ajenas.
No va más allá de la fosa común
y su arpón sin rezo.
Sólo su cabeza vacila
entre la quietud y la escasez.
**
El ropavejero
Tengo mi capa de trapos.
Mi fusil sin hombro.
El poncho mezquino del cielo
envuelve la luz,
esconde
una esquirla de plata.
El miedo flamea
con su casaca rotosa,
con su paso descalzo.
Camino sin agua y sin brújula.
No veo la rígida constelación sur.
Voy derechito a la emboscada
o al paludismo.
Oigo descargas lejanas, inconexas.
Es la interrumpida noticia que da el silencio.
Siento pozos de frío
en mi cuerpo.
De Las naciones hechizadas. Colección Once de la editorial Amargord, 2018.
(Buenos Aires, Argentina, 1967. Reside en Madrid desde 1991)
Librecambio
No se puede medir
esta extensión
con una lengua raquítica.
Hemos alcanzado el principio
de la igualdad
del dinero.
Demás está decir que llueve
y un párpado aterido
concede la licencia
para dispararle.
Es un cuerpo vano. Se enreda entre las hojas.
La tarde ni se asombra.
Cambio es dinero.
Quietud es dinero.
Al cuerpo no le atañe lo que es.
No presiente su parcelación,
el éxtasis de las mercancías.
Su don nadie en las guerras ajenas.
No va más allá de la fosa común
y su arpón sin rezo.
Sólo su cabeza vacila
entre la quietud y la escasez.
**
El ropavejero
Tengo mi capa de trapos.
Mi fusil sin hombro.
El poncho mezquino del cielo
envuelve la luz,
esconde
una esquirla de plata.
El miedo flamea
con su casaca rotosa,
con su paso descalzo.
Camino sin agua y sin brújula.
No veo la rígida constelación sur.
Voy derechito a la emboscada
o al paludismo.
Oigo descargas lejanas, inconexas.
Es la interrumpida noticia que da el silencio.
Siento pozos de frío
en mi cuerpo.
De Las naciones hechizadas. Colección Once de la editorial Amargord, 2018.
martes, 27 de febrero de 2018
Lo hecho hecho queda
JOSÉ MARÍA CUMBREÑO
(Cáceres, Extremadura, 1972)
25 de febrero de 2018
Por si alguien quiere leerlo, os dejo aquí el texto que esta mañana he leído en la clausura de la cuarta edición de Centrifugados. Gracias por haber compartido esta locura.
"Amigas, amigos, llegamos al final de la cuarta edición de Centrifugados. En este momento me acuerdo de aquellas palabras del maestro Antonio Gómez en las que aseguraba que "lo hecho hecho queda".
En este momento yo debería decir que todo ha sido estupendo y que nos volveremos a ver aquí el año que viene. Sin embargo, sólo una de las dos afirmaciones anteriores es cierta. Porque todo ha sido estupendo, sí, pero, por desgracia, no nos volveremos a ver aquí el año que viene. Esta cuarta edición de Centrifugados que acaba de cerrarse ha sido la última. Al menos tal y como se ha desarrollado hasta ahora.
Me parece que no exagero si digo que, durante estos cuatro años, se ha pasado por Plasencia gran parte de lo mejor de la literatura en lengua española. A Centrifugados han venido autores y editores de Alemania, Argentina, Chile, Colombia, Cuba, todas las comunidades de España, México, Perú, Portugal, Uruguay y República Dominicana. En este periodo de tiempo, creo que se ha convertido en un acontecimiento cultural de primer nivel que ha atraído el interés de todo el ámbito hispanohablante. Desde luego, en Extremadura nunca habíamos tenido nada similar.
Os confieso que, cuando, hace alrededor de diez años, empecé a darle vueltas a la posibilidad de crear en esta región un encuentro literario, jamás imaginé que íbamos a conseguir construir entre todos algo tan grande como Centrifugados. Y esto, no me cabe ninguna duda, es mérito vuestro, que habéis hecho muchos kilómetros para reunirnos aquí durante cuatro años y que nos habéis regalado vuestro trabajo y vuestro talento. El eco de lo que habéis construido en Las Claras no va a desvanecerse. Estoy seguro de ello.
Es de justicia citar el nombre de las personas que desde el principio han creído en esto. Gracias a Juan Ramón Santos. Gracias a Julio Pérez. Gracias a Ángel Custodio. Gracias a María Luisa Bermejo. Y gracias a Fernando Pizarro, el alcalde que más aprecia la cultura de todos con los que he tratado.
El caso es, y eso sí que reconozco que me duele, que Centrifugados se acaba antes de lo que me hubiese gustado por razones que nada tienen que ver con la literatura. Pero es que no puedo más. Me siento exhausto y derrotado. Todo lo que conlleva la organización de Centrifugados ha estado a punto de costarme la salud. Y ése considero que es el límite que no debo traspasar. Durante estos cuatro años Centrifugados me ha obligado a desempeñar el papel de contable, administrativo, gerente, taxista, mensajero, relaciones públicas, hostelero, empleado de una agencia de viajes y no sé cuántas cosas más. Durante estos cuatro años he padecido un suplicio infestado de altas a terceros, facturas (ordinarias y simplificadas), diligencias, anexos, recibís, comprobantes, transferencias, comisiones por transferencias, memorias económicas, memorias de actividades, memorias complementarias, compulsas, convocatorias, informes favorables, informes desfavorables, IVA devengado, tablas de gastos, tablas de ingresos, certificados de la Agencia Tributaria, subvenciones concedidas, subvenciones denegadas, subvenciones concedidas y luego denegadas, justificantes en pdf, justificantes en excel, certificaciones iniciales, centrales y finales, continuas llamadas que preguntaban cuándo se pagaba esto o lo otro e incluso alguna que otra amenaza por tardar en pagar esto o lo otro.
Lo siento. No doy más de mí. No sé a vosotros, pero a mí me parece que algo no funciona en la cultura de este país cuando se exigen habilidades de equilibrista a alguien cuya única pretensión es hacer, levantar, apuntalar, construir.
A pesar de todo, Centrifugados no morirá. Eso sí, de momento sufrirá un traslado. La próxima edición de este encuentro de literatura periférica se celebrará en Cleveland, Estados Unidos, donde la universidad de Cristián Gómez Olivares se encargará de todas las cuestiones administrativas y legales. Además, el Premio Centrifugados seguirá convocándose.
Termino. Quiero dar de nuevo las gracias al Ayuntamiento de Plasencia por su constante e incondicional apoyo. Para mí este Centro Cultural Las Claras será ya siempre uno de los escenarios de mi vida donde he tenido el privilegio de conocer a personas maravillosas: todos vosotros. Y es que, a pesar de los pesares, Centrifugados ha sido una aventura mágica.
"Lo hecho hecho queda". Eso dice Antonio Gómez. Y Antonio Gómez siempre lleva razón.
Muchas gracias".
***
Para leer algo más de Cumbreño, aquí
(Cáceres, Extremadura, 1972)
25 de febrero de 2018
Por si alguien quiere leerlo, os dejo aquí el texto que esta mañana he leído en la clausura de la cuarta edición de Centrifugados. Gracias por haber compartido esta locura.
"Amigas, amigos, llegamos al final de la cuarta edición de Centrifugados. En este momento me acuerdo de aquellas palabras del maestro Antonio Gómez en las que aseguraba que "lo hecho hecho queda".
En este momento yo debería decir que todo ha sido estupendo y que nos volveremos a ver aquí el año que viene. Sin embargo, sólo una de las dos afirmaciones anteriores es cierta. Porque todo ha sido estupendo, sí, pero, por desgracia, no nos volveremos a ver aquí el año que viene. Esta cuarta edición de Centrifugados que acaba de cerrarse ha sido la última. Al menos tal y como se ha desarrollado hasta ahora.
Me parece que no exagero si digo que, durante estos cuatro años, se ha pasado por Plasencia gran parte de lo mejor de la literatura en lengua española. A Centrifugados han venido autores y editores de Alemania, Argentina, Chile, Colombia, Cuba, todas las comunidades de España, México, Perú, Portugal, Uruguay y República Dominicana. En este periodo de tiempo, creo que se ha convertido en un acontecimiento cultural de primer nivel que ha atraído el interés de todo el ámbito hispanohablante. Desde luego, en Extremadura nunca habíamos tenido nada similar.
Os confieso que, cuando, hace alrededor de diez años, empecé a darle vueltas a la posibilidad de crear en esta región un encuentro literario, jamás imaginé que íbamos a conseguir construir entre todos algo tan grande como Centrifugados. Y esto, no me cabe ninguna duda, es mérito vuestro, que habéis hecho muchos kilómetros para reunirnos aquí durante cuatro años y que nos habéis regalado vuestro trabajo y vuestro talento. El eco de lo que habéis construido en Las Claras no va a desvanecerse. Estoy seguro de ello.
Es de justicia citar el nombre de las personas que desde el principio han creído en esto. Gracias a Juan Ramón Santos. Gracias a Julio Pérez. Gracias a Ángel Custodio. Gracias a María Luisa Bermejo. Y gracias a Fernando Pizarro, el alcalde que más aprecia la cultura de todos con los que he tratado.
El caso es, y eso sí que reconozco que me duele, que Centrifugados se acaba antes de lo que me hubiese gustado por razones que nada tienen que ver con la literatura. Pero es que no puedo más. Me siento exhausto y derrotado. Todo lo que conlleva la organización de Centrifugados ha estado a punto de costarme la salud. Y ése considero que es el límite que no debo traspasar. Durante estos cuatro años Centrifugados me ha obligado a desempeñar el papel de contable, administrativo, gerente, taxista, mensajero, relaciones públicas, hostelero, empleado de una agencia de viajes y no sé cuántas cosas más. Durante estos cuatro años he padecido un suplicio infestado de altas a terceros, facturas (ordinarias y simplificadas), diligencias, anexos, recibís, comprobantes, transferencias, comisiones por transferencias, memorias económicas, memorias de actividades, memorias complementarias, compulsas, convocatorias, informes favorables, informes desfavorables, IVA devengado, tablas de gastos, tablas de ingresos, certificados de la Agencia Tributaria, subvenciones concedidas, subvenciones denegadas, subvenciones concedidas y luego denegadas, justificantes en pdf, justificantes en excel, certificaciones iniciales, centrales y finales, continuas llamadas que preguntaban cuándo se pagaba esto o lo otro e incluso alguna que otra amenaza por tardar en pagar esto o lo otro.
Lo siento. No doy más de mí. No sé a vosotros, pero a mí me parece que algo no funciona en la cultura de este país cuando se exigen habilidades de equilibrista a alguien cuya única pretensión es hacer, levantar, apuntalar, construir.
A pesar de todo, Centrifugados no morirá. Eso sí, de momento sufrirá un traslado. La próxima edición de este encuentro de literatura periférica se celebrará en Cleveland, Estados Unidos, donde la universidad de Cristián Gómez Olivares se encargará de todas las cuestiones administrativas y legales. Además, el Premio Centrifugados seguirá convocándose.
Termino. Quiero dar de nuevo las gracias al Ayuntamiento de Plasencia por su constante e incondicional apoyo. Para mí este Centro Cultural Las Claras será ya siempre uno de los escenarios de mi vida donde he tenido el privilegio de conocer a personas maravillosas: todos vosotros. Y es que, a pesar de los pesares, Centrifugados ha sido una aventura mágica.
"Lo hecho hecho queda". Eso dice Antonio Gómez. Y Antonio Gómez siempre lleva razón.
Muchas gracias".
***
Para leer algo más de Cumbreño, aquí
miércoles, 21 de febrero de 2018
Y recuerdo una brisa triste por los olivos
Federico García Lorca
(Fuente Vaqueros, Granada, España, 1898-camino de Víznar a Alfacar, Granada, id., 1936)
Llanto por Ignacio Sánchez Mejías
A mi querida amiga
Encarnación López Júlvez
Encarnación López Júlvez
Fuente: cervantesvirtual.com
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La sangre derramada
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3
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Cuerpo presente
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4
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Alma ausente
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Somos parecidos a esos sapos que en la austera noche de los pantanos se llaman sin verse, doblegando con su grito de amor toda la fatalidad del universo.
René Char
No haría falta amar a los hombres para darles una ayuda real. Sólo desear hacer mejor cierta expresión de su mirada cuando se detiene en algo más empobrecido que ellos, prolongar en un segundo cierto minuto agradable de su vida. A partir de esta diligencia y cada raíz tratada, su respiración se haría más serena. Sobre todo, no suprimirles por entero esos senderos penosos, a cuyo esfuerzo sucede la evidencia de la verdad a través de los llantos y los frutos.
René Char
René Char
No haría falta amar a los hombres para darles una ayuda real. Sólo desear hacer mejor cierta expresión de su mirada cuando se detiene en algo más empobrecido que ellos, prolongar en un segundo cierto minuto agradable de su vida. A partir de esta diligencia y cada raíz tratada, su respiración se haría más serena. Sobre todo, no suprimirles por entero esos senderos penosos, a cuyo esfuerzo sucede la evidencia de la verdad a través de los llantos y los frutos.
René Char