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viernes, 2 de febrero de 2018

Tiembla, líquida al tacto de la mente

John Burnside 
(Dumeferline, Escocia, 1955)

Como yo, a veces despiertas
temprano, en la penumbra,
convencido de haber conducido durante horas
tierra adentro,
sintiendo aún en torno a ti,
bailando ante los faros,
los árboles que fluyen, las aves sobresaltadas
y el ganado que veranea al aire.

A veces, te demoras durante días
en una palabra,
una sola gota incontaminada
de sonido; durante días

tiembla, líquida al tacto de la mente,
luego cae:
mera denotación, desvaneciéndose
en el reflujo del lenguaje.
**
PUEBLO MINERO EN INVIERNO

Todo se desvanecía en la nieve,
nudillos de carbón y huesos de zorro
y muñecas abandonadas en los jardines,
con labios encarnados y desnudas.

Sacábamos las palas para limpiar las calles,
pero al llegar la noche volvían a esfumarse
y los coches yacían enterrados y mudos
en Fulford Road.

Como si nos hubiéramos perdido, decía ella;
mas yo sentía a los vecinos soñando en la negrura,
y los veía envueltos en bufandas y abrigos
los domingos: almas prudentes, de pies estrechos,
convertidas en vástagos de una luz repentina,
asombradas de verse tan misteriosas.
**
SEÑAL DE STOP, CERCA DE HORSLEY

Humo en el bosque
igual que un personaje de película muda
que caminara junto a los raíles.

Una forma que reconozco; no es humo, o no es sólo el humo,
y tampoco es la nieve sobre los avellanos
o las huellas de un zorro entre el andén y los árboles,

sino el invierno, ni amigo
ni extraño, como la niña que a veces vislumbro

al alba, cerca de la barrera, con un vestido
de bayas y aguanieve, viendo pasar el tren.

Traducción de Jordi Doce

domingo, 13 de septiembre de 2015

Junto a mi propia piel, sus perlas


Carol Ann Duffy
(Glasgow, Escocia, 1955)


Relleno

Le pongo dos ojos amarillos a un búho.
Uh. Le arreglo la sonrisa al cocodrilo.
Estafador. Remiendo el deslizar de una anguila.
Tiro, arranco, el casco de una mula.
Salvaje. Le muestro el trapo rojo a un toro.
Loco. Esparzo las plumas de una gaviota.

Le hago un duro nudo al gruñido de una comadreja.
Feroz. Le ato las aletas a un sello.
Tendido. Le agujereo los latidos a una codorniz.

Ella me gusta para andar desnuda y de rodillas.
Mansita. Mi inmóvil muñeca viviente.
Muda. Y después me gusta no contarle nada.

© Versión de Fernando G. Toledo
**
Entibiando Sus Perlas

        Para Judith Radstone

Junto a mi propia piel, sus perlas. Mi ama
me hace usarlas, entibiarlas, hasta la tarde
cuando peinaré sus cabellos. A las seis las pongo
en su blanco y fresco cuello. Pienso en ella todo el día,

descansando en el Cuarto Amarillo, contemplando seda
o tafetán, ¿qué vestido usaré esta noche? Ella se abanica
mientras yo trabajo empeñosa, mi lento calor entrando
en cada perla. Holgando sobre mi cuello, su cuerda.

Ella es hermosa, sueño con ella
en mi cama en el ático: la imagino bailando
con hombres altos, confundidos por mi leve, persistente esencia
bajo su perfume francés, sus lechosas piedras.

Sacudo sus hombros con una pata de conejo
miro su rubor suave filtrarse en su piel
como un suspiro indolente. En su espejo
mis rojos labios parten como si quisiera yo hablar.

Luna llena. Su carruaje la trae a casa. Miro
cada movimiento suyo en mi cabeza…Desvistiéndose
quitándose sus joyas, su mano delgada alcanzando
el estuche, deslizándose desnuda en su cama como

lo hace siempre…Y yo estoy aquí despierta,
sabiendo que las perlas se enfrían en este momento
en la habitación donde mi ama duerme. Toda la noche
siento su ausencia, y ardo.

Traducción de Edgar Amador.
**
Educación para el tiempo libre

Hoy voy a matar a alguien, algo.
Ya estoy harta de ser ignorada y hoy
jugaré a ser Dios. Es un día cualquiera,
de esos grises en que hasta las calles se aburren.

Con mi pulgar aplasto contra el cristal una mosca.
Eso hacíamos en la escuela. Shakespeare. Era
otro idioma y ahora la mosca es otro idioma.
Ahora respiro talento en el cristal y escribo mi nombre.

Soy un genio y aunque no haya oportunidades
puedo ser lo que sea. Pero hoy cambiaré el mundo.
El mundo de algo. El gato me rehúye. El gato
sabe que soy un genio y se ha escondido.

Tiro al pez al baño y jalo la cadena.
Veo que es bueno. El periquito tiene miedo.
Una vez a la quincena camino dos millas hasta el pueblo
y firmo. No aprecian mi autógrafo.

Ya no queda nada que matar. Enciendo la radio
y le digo al hombre que habla con una superstar.
Me corta. Tomo el cuchillo del pan y salgo.
Brilla de repente el pavimento. Te toco el brazo.

Traducción de José Luís Justes Amador
Nota del traductor: “Education for leisure” ha sido retirado de las antologías de literatura en las preparatorias de Inglaterra por incitar al uso de cuchillos. Exactamente el brevísimo comunicado dice que “el poema será retirado de la página 37 y no habrá ninguna otra alteración del contenido de la antología. No se ofrecerá ningún otro poema de Duffy como alternativa”. “No se trata de destruir libros”, dijeron los encargados del comité encargado de los exámenes oficiales, AQA (Assessment and Qualifications Alliance). “Las escuelas pueden seguir enseñando el poema, pero ya no estará en el examen”.
**
Si yo estuviera muerta

Si yo estuviera muerta 
y mis huesos a la deriva 
como remos caídos 
en la tierra profunda, revuelta;

o ahogada, 
y mi cráneo 
un caracol que escucha 
en el oscuro lecho del océano;

si yo estuviera muerta, 
y mi corazón 
suave estiércol 
para una rosa roja, roja;

o quemada, 
y mi cuerpo 
un puñado de arena arrojada 
a la cara del viento;

si yo estuviera muerta, 
y mis ojos, 
ciegos en las raíces de las flores, 
lloraran en la nada,

te juro que tu amor 
me levantaría 
de mi tumba 
en mi cuerpo y sangre,

como Lázaro; 
con hambre de esto, 
y esto, y esto, 
tu beso vivo. 

Traducción de Marina Fe 

lunes, 28 de octubre de 2013

Los cerveceros del brezo yacían sin vida

ROBERT LOUIS STEVENSON

(Escocia, 1850-1894)

A su cerveza, la Heather Ale

De las campanillas del brezo
Lograron una bebida excelente
Mucho más dulce que la miel
Y más fuerte que el vino.
La elaboraron y bebieron,
Y vivieron en paz años y años
En sus moradas bajo la tierra.

Hubo un rey en Escocia
Cruel con sus enemigos
Batió a los pictos en batalla
Y los cazó como corzos
Persiguiéndolos millas y millas
Por la montaña roja.
Los cazó mientras huían,
Cubriendo sus cuerpos enanos,
Cadáveres y heridos.

Llegó el verano a esas tierras
La campana del brezo estaba roja
Pero no quedaba nadie con vida
Para recordar la receta.
En tumbas, como de niños,
Los cerveceros del brezo
Yacían sin vida.

El rey del páramo rojo
Cabalgaba un día de verano
Las abejas zumbaban, y los zarapitos
Chillaban en el camino.
El rey cabalgaba, iracundo,
Sombrío su semblante y pálido,
Por estar en tierra de brezos
Y no poder gustar su cerveza.

Sucedió que sus vasallos
Cabalgando por los alrededores
Encontraron una piedra caída
Que escondía unas sabandijas.
Arrancaron de su escondrijo,
Sin que dijeran una palabra,
A un hijo y su padre anciano,
Los últimos del pueblo enano.

El rey desde su montura
Contempló a los pequeños hombres,
Y la pareja de enanos
Miró a su vez al rey, quien les dijo:
"Os perdonaré la vida, bellacos,
por el secreto de la bebida".

El padre y el hijo contemplaron
Cielo y tierra, el rojo brezo alrededor,
A lo lejos el bramido del mar.
Se levantó el padre
Y dijo con voz chillona:
"quiero unas palabras en privado,
unas palabras con el rey".

"La vida es cara a los viejos,
poco significa el honor,
venderé con placer el secreto",
así habló el picto al rey.
Su voz era como la de un gorrión
Chillona pero muy clara:
"Venderé el secreto,
pero temo por mi hijo

A él la vida no le importa
La muerte no asusta a los jóvenes
Y yo no me atrevo a vender mi honor
Delante de mi hijo.
Llévatelo, oh rey, y átalo
Y lánzalo a las profundidades
Y así podré desvelar el secreto
Que he prometido guardar".

Agarraron al hijo y le ataron
Cuello y talones a una correa
Y un hombre lo lanzó como una piedra,
Lejos, con fuerza,
Y el mar se tragó su cuerpo,
Como el de un niño de diez años.
Y en el acantilado quedó el padre,
El último de su pueblo.

"Es verdad lo que os dije,
que sólo temía a mi hijo
porque dudo que los imberbes
tengan coraje.
Pero ahora la tortura es inútil,
El fuego será en vano.
En mi pecho morirá
El secreto de la heather ale".
***
Una de las oraciones para el final del día escritas en Samoa

Señor, mira ante ti nuestra familia.
Te damos gracias por el techo que nos cobija.
Por el afecto que nos une.
Por la paz que en el día de hoy nos deparaste.
Por la esperanza con que aguardamos el día de mañana.
Por la salud, el trabajo y el sustento.
Por el claro cielo con el que nos alegras la vida.
Por los amigos que en todas partes del mundo tenemos, y por los que en esta isla nos prestan amistosa ayuda.
Colma de paz, Señor, nuestra pequeñez.
Limpia nuestro corazón de latentes rencores.
Infúndenos verdad y fortaleza para perseverar.
Ofensores nosotros mismos, muévanos tu gracia a entender y perdonar a quienes nos ofendan.
Ingratos, ayúdanos a soportar con ánimo conforme la ingratitud ajena.
Danos valor y alegría y sosiego de espíritu.
Guárdanos en el afecto del corazón amigo; ablanda el corazón del enemigo.
Ampáranos en todos nuestros sanos esfuerzos, si tal es tu voluntad.
Si no lo fuere, danos entereza para que, al sobrevenir lo que nos esté destinado, tengamos valor en el peligro, firmeza en la tribulación, templanza en la ira y en los contratiempos; y hasta las puertas de la muerte, lealtad y afecto unos con otros.
Barro en las manos del alfarero, aspa de molino que el viento anima, hijos del Padre Universal, de ti, Señor, por el amor de Jesucristo imploramos piedad y ayuda.
***
La isla del tesoro
(Fragmento)

Mi padre era propietario de la hostería del "Almirante Benbow"...se hospedó en nuestro hogar un viejo lobo de mar, cuyo rostro curtido por la intemperie hallábase surcado por la siniestra cicatriz que en él dejara un terrible sablazo.
Persiste en mi mente con toda nitidez -como si fuera ayer- el recuerdo de la llegada de aquel hombre, que se presentó e nuestra hostería, renqueando y seguido de una carretilla en la que llevaba un pesado cofre de marinero.
Era alto, ancho de hombros, fornido y muy moreno. La embreada coleta le caía sobre la espalda, rozando una vieja casaca sucia y verdosa, llena de manchas. Tenía las manos agrietadas, surcadas de cicatrices imborrables, las uñas rotas y sucias.
Pero lo que primero llamó la atención en él, era la huella dejada en su mejilla derecha desde la mandíbula hasta la sien.
Silbando entre dientes anduvo un rato escudriñando la ensenada cercana hasta que de pronto, volviéndose de espaldas al mar, mientras regresaba a la hostería, entonó aquella extraña y antiquísima canción que tantas veces oí cantar después, en sus interminables horas de soledad y de ocio:
"Quince hombres sobre el cofre del muerto, ¡ja, ja, ja!
¡Y una botella de ron!" (...).
***
La suerte está echada y para siempre
(Fragmento)

La suerte está echada y para siempre maestro y discípulo, amigo, amante, padre e hijos, caminarán separados, aunque cercanos parezcan, cada uno ve a los que ama tan lejos como estrellas. Así nosotros, amada mía, por siempre separados nos acercará el llanto, con llantos contemplaremos la bahía, las Grandes Puertas, como dos grandes águilas que volaran sobre las montañas, sólo unidas por sus lamentos, hasta perderse entre los cedros. Los años nos acercaron, día tras día irán atrayéndonos, semana tras semana, hasta que la muerte disuelva esta separación. Porque amamos lo que soñamos, y en nuestro suelo, aunque muy lejos el uno del otro, vivimos juntos, corazón a corazón. Olvidamos lo que somos, nuestras almas están protegidas por un vano sueño. Como el soldado que de una atroz guerra vuelve sin temor, o el marino desde los abismos, como el caminante regresa de la helada noche y de los bosques a su refugio, aún con los ojos llenos de rocío y de oscuridad. 
***
Doctor Jeckyll y Mister Hyde
(Fragmento)

 Aquella noche llegué al fatal cruce de caminos. Si me hubiera enfrentado con mi descubrimiento con un espíritu más noble, si me hubiera arriesgado al experimento impulsado por aspiraciones piadosas o generosas todo habría sido distinto, y de esas agonías de nacimiento y muerte habría surgido un ángel y no un demonio. Aquella poción no tenía poder discriminatorio. No era diabólica ni divina. Sólo abría las puertas de una prisión y, como los cautivos de Philippi, el que estaba encerrado huía al exterior. Bajo su influencia mi virtud se adormecía, mientras que mi perfidia, mantenida alerta por mi ambición, aprovechaba rápidamente la oportunidad y lo que afloraba a la superficie era Edward Hyde, y así, aunque yo ahora tenía dos personalidades con sus respectivas apariencias, una estaba formada integralmente por el mal, mientras que la otra continuaba siendo Henry Jekyll, ese compuesto incongruente de cuya reforma y mejora yo desesperaba hacía mucho tiempo. El paso que había dado era, pues, decididamente a favor de lo peor que había en mí. 

lunes, 3 de septiembre de 2012

A un alto precio compraste el tesoro escondido


ROBERT BURNS
(Ayr, Escocia, 1759-Dumries, id., 1796)


MARY MARISON

¡Oh Mary, asómate a tu ventana, a la hora esperada y deseada! Déjame ver esas sonrisas y esas miradas que eclipsan el tesoro del avaro; qué alegremente soportaría la lucha, fatigado esclavo de sol a sol, si pudiera obtener la espléndida recompensa, la hermosa Mary Morison.
Ayer, cuando al son tembloroso de las cuerdas la danza giraba por el salón iluminado, mi fantasía voló hacia tí. Allí estaba yo, pero ni la veía, ni oía; aunque ésta era hermosa, y aquella morena, y la otra envidia de todo el pueblo, yo suspiraba, y decía entre ellas: "Vosotras no sois Mary Marison".
¡Oh Mary! ¿puedes destruir la calma de quien por ti alegremente moriría? ¿Puedes romper un corazón cuya sola culpa es amarte? Si no quieres devolverme amor por amor, demuestra por lo menos compasión; un pensamiento cruel no puede ser el pensamiento de Mary Marison.
***
A UN RATÓN DEL CAMPO

en ocasión de haber deshecho su nido con el arado

Pequeña, escuálida, asustada, temerosa bestezuela, ¡Oh, qué pánico hay en tu pechito! ¡No huyas tan apurada, con murmurante prisa: jamás te perseguiría, para cazarte con el arado asesino!
Lamento, en verdad, que el dominio del hombre haya roto la unión social de la naturaleza, y justificado esa mala opinión que te hace huir de mi, tu pobre, agreste compañero,  tan mortal como tú.
No dudo, es claro, que tú robes; ¿qué importa? Pobre animalito, tú también debes vivir. Un poco de trigo en una bolsa es tan poca cosa; yo me contentaré con el resto, y nunca me daré cuenta.
¡Y tu casita, en ruinas también! ¡Con lo que soplan los vientos! ¡Y nada de forraje, en esta época, para construir una nueva! ¡Y los ásperos vientos de diciembre que se acercan,  amargos e incisivos!
Viste que los campos se desnudaban, y que el cansado invierno se acercaba rápidamente y decidiste refugiarte aquí, cómo, lejos del cierzo. Hasta que, ¡crash!, la reja cruel atravesó tu celda.
¡Ese montoncito de hojas y pajitas te ha costado muchos fatigosos ramoneos! Ahora te han desalojado de tu casa, a pesar de todo tu trabajo, y debes soportar la llovizna cruel del invierno, y la fría helada.
¡Ay ratoncito, no eres el único que ha comprobado la vanidad de las previsiones; los mejores proyectos de hombres y de ratones fracasan a menudo, y no nos dejan sino dolor y pena, en vez de la alegría prometida!
Todavía eres feliz, comparado conmigo; sólo el presente te concierne; pero ¡ay, yo vuelvo hacia atrás mis ojos, y sólo veo escenas lamentables; y hacia adelante, aunque no puedo ver, me imagino, y me estremezco!
(Traducción de J.R. Wilcock)

Tomado de Poetas Líricos Ingleses. Selección de Ricardo Baiza. Estudio Preliminar por Silvina Ocampo. Traducciones de Ricardo Baeza, S. Ocampo, J.R. Wilcock, R. B. hopenhaym, Jorge Borges, Alcalà Galiano, Dìez-Canedo y Salvador de Madariaga. Noticias bibliogràficas de Ricardo Baeza y Josè Manuel Conde. - W.M. Jackson Inc. Editores. III Ed. 1968. 
***


Cruzando el centeno, pobre cuerpo
Cruzando el centeno
Se le volaba la faldilla
Cruzando el centeno

Si un cuerpo choca un cuerpo
Cruzando por el centeno
Si un cuerpo besa un cuerpo
¿Tiene un cuerpo que llorar?

Si un cuerpo choca un cuerpo
cruzando por el valle
Si un cuerpo besa al cuerpo
¿Tiene el mundo que saberlo?

El de Jenny es un cuerpo pequeño y dulce
Jenny casi nunca tiene sed
Y se le vuela la faldilla
Cuando cruza por el centeno...
***
La lágrima

Mi corazón es angustia, y lágrimas caen de mis ojos;
Hace largo, largo tiempo que la alegría me es extraña:
Olvidado y sin amigos soporto mil montañas,
Sin una voz dulce que suene en mis oídos.

Amarte es mi placer, y profundo lastima tu encanto;
Amarte es mi desdicha, y esta pena lo ha demostrado;
Pero el corazón herido que ahora sangra en mi pecho
Se siente como un flujo incansable que pronto será deshecho.

Oh, si yo fuese -si acariciar la felicidad yo pudiese-
Abajo en el arroyo joven, en el cansado castillo verde;
Pues allí deambula entre melodías permanentes
Aquella lágrima seca de tus ojos.
***
Los viejos tiempos

¿Deberían ser olvidados los viejos amigos
y nunca recordados?
¿Deberían ser olvidados los viejos amigos
y los viejos tiempos?

Por los viejos tiempos, amigo mío,
por los viejos tiempos.
¡Tomaremos una copa de amabilidad
por los viejos tiempos!
Los dos hemos corrido por las laderas
y arrancado las margaritas,
pero vagamos con pies cansados
desde hace mucho tiempo.
Los dos hemos jugado en el arroyo
desde el mediodía hasta la hora de la cena,
pero los mares que hay entre nosotros han rugido
desde hace mucho tiempo.

Y hay una mano, mi leal amigo,
y danos tu mano¡ Y beberemos un trago
de buena voluntad
por los viejos tiempos!
¡Y sin duda tú pagarás tu pinta
y sin duda yo pagaré por la mía!
¡Y beberemos un trago de amabilidad
por los viejos tiempos!
***
Pero en esto, no estás sólo amigo,
en ver anulados tus planes:
los mejores proyectos del ratón y del hombre
a menudo se ven truncados,
y sólo nos queda pena y dolor,
en lugar de la felicidad que prometían.

Sin embargo, ¡bendecido estás al lado mío!
Es sólo el presente el que te afecta:
Pero, ¡oh! Yo miro hacia atrás y veo
un camino desolado
Y, adelante, sólo oscuridad,  
y me da miedo lo que adivino.
***
Sensibilidad encantadora

Bien puedes decir, amiga mía,
qué encantadora es la sensibilidad,
mas la aflicción, con su carga de horrores,
¡ay! también la has conocido.
Hermosa flor, contempla cómo el lirio
se abre bajo los rayos del sol:
deja que el viento sople furioso en el valle,
entonces lo verás postrado en el lodo.
¿No oyes a la alondra hechizar al bosque,
contándole sus pequeñas alegrías?
Pero ¡ay! es la más fácil presa
para los piratas de los cielos.
A un alto precio compraste el tesoro escondido,
que permite alcanzar los mejores sentimientos:
las cuerdas que en su vibrar producen dulces placeres
son las mismas que estremecen con sus notas de tristeza.

Versiones s/d
**
Ilustración: Lectura familiar de la Biblia en Escocia: «Escena en una casita escocesa» de J.D. Watson, una ilustración del poema homónimo de Robert Burns, en Poesía inglesa sagrada de los siglos XVI, XVII, XVIII y XIX, ed. Robert Aris Willmott (London: Routledge, Warne, y Routledge, 1863).
Somos parecidos a esos sapos que en la austera noche de los pantanos se llaman sin verse, doblegando con su grito de amor toda la fatalidad del universo.
René Char


No haría falta amar a los hombres para darles una ayuda real. Sólo desear hacer mejor cierta expresión de su mirada cuando se detiene en algo más empobrecido que ellos, prolongar en un segundo cierto minuto agradable de su vida. A partir de esta diligencia y cada raíz tratada, su respiración se haría más serena. Sobre todo, no suprimirles por entero esos senderos penosos, a cuyo esfuerzo sucede la evidencia de la verdad a través de los llantos y los frutos.
René Char