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jueves, 8 de mayo de 2014

Laboriosos, descascaraban palabras

ENRIQUE BUTTI

(Santa Fe, Argentina, 1949) 

Artistas del hambre

En los últimos decenios
ha disminuido el interés
por los ayunadores.
La diáspora sobrevino
sin suicidios ni tragedias;
un mozo de restaurante,
un gasista o un gerente de ventas
pueden hoy ocultar
una remordida
profesión de hambre.
Los que estaban demasiado viejos
permanecieron en el circo
dando de comer a las bestias
o vendiendo maníes en los intervalos.
Engordan,
se arrastran pesados
entre las jaulas y las tarimas,
ellos,
que soñaban volar
como una pluma
a merced del viento.

Hubo uno, cuenta Kafka,
que persistió
hasta desaparecer entre la paja sucia
de su corralito.
A un inspector que lo descubre
en su último suspiro
el artista revela
que su ayuno
no admite admiración
ya que es una actividad forzosa.
Si hubiese encontrado
comida que me gustara, dice,
no habría dudado
en empacharme
como hacen todos.

De ayuno de lo que más apetece
inalcanzable
se alimenta el artista.
***
El rebelde 

Escucho y escucho teorías, dijo,
atendí durante toda mi vida
a teorías
sobre cómo predisponerse
a la llegada de la poesía,
pero jamás nadie
me anticipó
que podía llegar un momento
en que tendría que encontrar la manera
de escapar de ella.

Plantándose delante
con sus túnicas y sonajeros
su lengua de ahorcada
su bocina de victrola
siempre inoportuna
cuando yo me tiro, dijo,
para conectarme al respirador,
cuando me caigo
en los primeros brazos que encuentro
para conectarme
a un corazón artificial
cuando me despierta
el grito de mis sueños
ahí está
en el medio
tirándome la manga,
haciéndome una zancadilla,
la bobita
parlanchina.

Como la fama
que sólo ama a quien la desprecia,
la poesía sólo visita
a quien
alguna vez la cortejó
y ahora tiene otras urgencias.
Y entonces
o la echas a patadas
o te ahoga.
***
Poetas de mi generación
1

Sus cabezas son, o eran, avisperos
y sus corazones una brasa
que quemaba lentamente
desperdicios
infames
que alguna vez debían acabarse, esperaban.
El humo se levantaba
desde el pecho
hasta el enjambre atrapado
entre cuatro huesos,
jauría amontonada
contra el vidrio de los ojos.

El fuego, si vivo, si ligero,
habría terminado
por encerrar en una síntesis de urnas
las cenizas
de tantos cantos inútiles
declamados desde tantas cátedras
con acústica.
Laboriosos, descascaraban palabras
de siglos
de boca de dictadores
y escarbaban en la infancia
como en el fondo de un estanque
entre esqueletos de pájaros
y juguetes corrompidos.

La resaca los ahogaba
cuando vieron acercarse
caravanas de camiones hediondos
en el amanecer lluvioso y frío.
Escaparon, si pudieron, y la red
infatigable de cirujas
los olfateaba fácilmente
en medio de cualquier multitud,
cuarto de hotel o monasterio
o cima de montaña.
Sin paz, sin fogata, enloquecidos
cayeron en el basural
que ya no era de salmos ni églogas ni ditirambos
y cuando se agarraron la cabeza
enroscados, aturdidos
por las voces de alarma, de orden, de fusilamiento,
gritando en el polvo,
empezaron a ingresar
en la solemne, académica
y oscura legión de los poetas.

lunes, 9 de abril de 2012

Sin de nuevo esperanzas engrillado

Otro poema de ENRIQUE BUTTI
(Santa Fe, Argentina, 1949)

Liberto

Ya está, licenciado con tu venia
liberto rubricado con tu firma,
libre ya de tus dádivas y halagos
del peso de tu lastre y tus cadenas
sin freno y rienda, suelto y desatado
del carro que hostigado yo arrastraba,
de asistir con mi sangre a tu agonía,
de dar luz y aplaudir al escenario
y al dosel de tus cópulas brutales.

Yo el mismo que elegiste en la subasta,
el miserable esclavo regalado,
el infiel desollado casi muerto
de aquel yugo feroz al que devuelves
sin de nuevo esperanzas engrillado
a ser sólo de mí extraviado dueño.

sábado, 21 de agosto de 2010

¿Lobo está?

Algo más de ENRIQUE BUTTI

(Santa Fe, Argentina, 1949)

Caperucita Roja despide los despojos del Lobo Feroz

Rerum annihilatio
Hobbes

Nunca nunca me resignaré
Madre Lobo
al Paraíso Perdido de tu vientre
abuelita y yo
en tu seno generoso

Madre Lobo
te entregaste a
flores y mieles
para alimentarnos

la cofia y el camisón de abuelita
ya no los usabas por astucia
sino por felicidad
de encinto

tejías, te preparabas tisanas,
te hamacabas mirando el atardecer
te arrebujabas
junto al fuego.

Oh, tirano, quédate un poco quieto
te ordenábamos
abuelita y yo
entre risitas.
Abrazadas
hablábamos como siamesas.

Madre Lobo
que empollabas
la representación de nuestro mundo
fantasma de la oscuridad,
nuestra filosofía de la caverna.

Tirano, no creas a tus ojos
sino al doble seso
de tu estómago.

Dábamos pataditas,
te oíamos gruñir
dulcemente.

El lobo es la mujer
de las mujeres,
te complacía escucharnos
sentenciar.

Tirano,
lo despertábamos en medio de la noche.
¡Tirano!,
le tirábamos palabras
y él se adormecía al arrullo
de nuestro ronroneo.

Después, ya se sabe,
vino el estúpido leñador
mató a mamá lobo
y nos dejó otra vez
a la intemperie.

La primera palada
de tierra
que echaron sobre la fosa
entró en tu pecho
despanzurrado
Lobo Pachamama.

Abuelita ya no quiso vivir.

Yo voy por el mundo
sola como un perro
alejándome por los campos
para aullar a la luna
¿Lobo está?

escarbando en tu tumba
que está en todas partes.


Editorial CILC (Casi Incendio La Casa)
***
Al padre, en el Hades



Vengo a desdecir mis maldiciones
y pedirte
que te bajes de mis hombros.
Vengo para alejarme de ti.
Padre, tu bendición.
***
Mal iluminado

Ya sé que soy injusto
como esta fotografía
que eligió tu peor ángulo
que te cava dos pozos en los ojos
que transforma tu sonrisa
en la mueca de un muerto
que te arranca tres dedos de una mano
y te mancha el pecho de lepra.

Busco otro encuadre
no quiero ser injusto
busco otras luces.
Y es siempre para peor,
amigo.
Es hora de que las sombras nos separen.
***
La sombra de Dante

Hincadas en la lava o en el hielo
desgarradas gritando están las almas,
o bailan como estrellas en el Cielo,
perdidas en la luz, dichosas, calmas.

Entre ellas, Dante, que aún es instrumento
del destino, deseos y los días
se enfurece, odia, arremete al viento,
llora hasta encontrar las culpas vacías.

Su cuerpo hunde la barca de Caronte
que está hecha de niebla, e impera a sus pies
la solitaria sombra como un monte.

Así entre espectros en la selva oscura
reptamos como monstruos solos; ése es
el propio y arduo camino a la altura.
***
Mejor no

¿Me equivoco
o como dicen los chicos
hay buena onda entre nosotros?
La podrían medir los sismógrafos,
las agujas golpeando y coceando contra el tope.
Cada cruce de miradas
despierta a los antiguos dioses
y a los antiguos monstruos;
se sacuden Poseidón, Vulcano
en las entrañas de la tierra,
y los sátiros festejan
almuerzos campestres
en cada cruce de miradas.

Ni quiero pensar
-pero los sueños se encargan
de figurárselo-
lo que sucedería
si nuestros cuerpos se rozacen:
en un radio de tantos kilómetros a la redonda
empezarían a sonar todos los teléfonos celulares,
explotarían las alarmas,
saltarían en fuegos de artificio
las centrales eléctricas,
y de las pantallas
de televisores y computadoras
se escaparían
bandadas de cardenales
y chillidos de soprano
más potentes que
las alarmas de bombardeo y los timbres.

Está bien,
no contribuyamos al caos general;
quedémonos en el molde.
***
Foto: Diario La Capital

lunes, 23 de febrero de 2009

Una alegría grave

Un poema de ENRIQUE BUTTI


SOBRE LOS BAILES

Yo, en cambio,
odio las fiestas con baile, dijo,
incluso de joven, cuando
no dejaba de bailar una pieza.
Las odio porque
nunca,
ni en la iglesia –vos sabés
que soy creyente–
ni en mis caídas depresivas
o en mis periódicos enclaustramientos
pienso tanto como durante un baile,
pienso en todo
con una lucidez
que me desconozco,
insoportable,
veo, pienso y veo,
y lo que veo y pienso
no es alegre,
aunque estemos bailando
esos sambas brasileños
que a vos te enloquecen.
En cada uno que miro
en cada bailarín, en cada invitado
veo que su destino
le presenta –le presentó o le presentará–
un momento
superior
a sus fuerzas.
Para algunos
será
el momento de la muerte
propia o de otros,
para algunos
ese momento ya pasó
y llevan la marca del espanto
mientras brincan
y ríen bailando un rock.
Y finalmente pienso en mí
y enumero –los enumeraba
ya de joven– mis espantos,
mis muchos espantos,
y deduzco que si son tantos
es porque todavía falta
aquel que los sepulte a todos,
y me estremezco
mientras doy vueltas
y me aplauden porque dicen
que bailo muy bien.

Y su interlocutor,
a quien le gustaba bailar,
replicó –no, no replicó,
aceptó el argumento y agregó–:
Es verdad que hay en el baile
una alegría grave
y ahora que lo pienso
es verdad
que en el baile personas y cosas
se manifiestan
con rara intensidad;
lo que yo creo descubrir
es lo que afirma
aquel poema precolombino
acerca de que las personas nacen,
echan una o dos flores y mueren.
Algunas llevan su flor enhiesta
–lirio, cala, orquídea,
o rosa entre espinas–
o arrastran la memoria
de un antiguo esplendor
o dejan adivinar
la aparición de un pimpollo
o están ahí
envejeciendo en la espera
y desesperando
de una posible esterilidad.
Aquel poema dice que no,
que no venimos a vivir sobre la tierra,
que venimos a soñar,
que somos como una planta
que nace, crece, da su flor,
marchita y muere.
Y claro, en ese extraño equilibrio
de seguir adonde arree la música
–che, que a mí también me aplauden
cuando bailo–,
en ese difícil equilibrio
de movernos como sólo nos movemos
en el momento de nacer
o en el momento de jugar o copular
o de la agonía quizás,
uno da un salto
y tira adelante los brazos
y abre los puños
como si lo que pudieran desparramarse
fuesen estrellas,
y entonces, ahí está, florece
cada cosa, cada bailarín,
prado o desierto de hielo.
Así que aunque te cueste
aunque tengas que fingir
que te brota un manojo de pétalos y lunas
en la punta de cada cabello,
me inclino, te ruego
que salgas
conmigo al ruedo.
Somos parecidos a esos sapos que en la austera noche de los pantanos se llaman sin verse, doblegando con su grito de amor toda la fatalidad del universo.
René Char


No haría falta amar a los hombres para darles una ayuda real. Sólo desear hacer mejor cierta expresión de su mirada cuando se detiene en algo más empobrecido que ellos, prolongar en un segundo cierto minuto agradable de su vida. A partir de esta diligencia y cada raíz tratada, su respiración se haría más serena. Sobre todo, no suprimirles por entero esos senderos penosos, a cuyo esfuerzo sucede la evidencia de la verdad a través de los llantos y los frutos.
René Char