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lunes, 2 de enero de 2012

La Commedia es el canto de un deseo. O del deseo, sin más

Ed. gog y magog, 2011
El canto del orden infernal
por Pablo E. Chacón


(Fuente: Télam
30.12.2011)


El poeta y traductor Jorge Aulicino acaba de publicar una nueva versión de El Infierno de Dante Alighieri, acompañado por más de diez ilustraciones del artista plástico mendocino Carlos Alonso, una dupla que se consolida sin necesidad del nombre propio.


Aulicino nació en Buenos Aires en 1949. Fue miembro del taller de Mario Jorge De Lellis y del Diario de Poesía; colaborador de la revista Xul y de 18 Whiskys, y traductor de Guido Cavalcanti, John Keats, Cesare Pavese y Eugenio Montale, entre otros.


Publicó quince libros de poesía, entre ellos Vuelo bajo, Paisaje con autor, La línea del coyote, La nada, Cierta dureza en la sintaxis y Libro del engaño y del desengaño.


Alonso nació en 1929. Es uno de los mejores ilustradores argentinos. El Quijote, Romancero criollo, Antología de Juan, El juguete rabioso y La lección de anatomía son algunos de los títulos que se beneficiaron con sus dibujos.


A propósito de la obra, publicada por el sello Gog y Magog —una editorial artesanal al mando de Julia Sarachu y Miguel Angel Petrecca—, Aulicino dice que "en términos técnicos, no existe la traducción. Pero digamos que no pretendí para nada reescribir a Dante, sino aprender a escribirlo y aprender a escribir".
Y agrega: "El porqué: yo creo que me propuse el desafío de entender el idioma de Dante real (no solo «el idioma de Dante» como se llama al italiano) y no seguir citando a la bartola".
Además, "por tradición, porque es mi cultura, porque es uno de mis idiomas, el idioma oficial de mis abuelos paternos, antes de que fuera idioma oficial. Mis abuelos, como todos los italianos, hablaban un dialecto. La Commedia es el dialecto de los dialectos por obra de Dante".


La aparición de las ilustraciones de Alonso son una sorpresa y una epifanía: "Alonso hizo ilustraciones para la traducción de Battistessa, que no fueron utilizadas. Miguel Petrecca, uno de los editores de Gog y Magog, pensó que eran las que mejor iban con este nuevo texto y se las pidió", indicó Aulicino.
¿La construcción del Infierno dantesco cruza los registros mítico-sobrenaturales y los humanos con algún propósito particular, o es una disposición política del poeta que encuentra que otros poemas abandonan esa dimensión, la ignoran o la descartan? El traductor aclara: "No soy medievalista, e ignoro si existían antes de la Commedia obras de carácter político en verso equiparables a la misma. Su dimensión política es evidente. Se escribió mucho sobre todos los aspectos de la Commedia como para que yo pretenda decir algo nuevo".
"La disposición de los estamentos o estadios de la Commedia, esa obra de ingeniería política que es la Commedia, resulta admirable. No hay casualidades en el libro, y aun así, creo que fue una gran inspiración, no creo que haya tenido Dante un plan con todos sus pormenores".
"El primer parlamento importante que tiene Dante en el Infierno es con su adversario político, Farinata degli Uberti. Esto no es casualidad. Y no es casualidad que lo haya puesto entre los epicúreos, que es una denominación general de los herejes que niegan la divinidad", dice Aulicino.
Esto es, "no lo puso entre los traidores. Incluso le habla con dureza pero con respeto. ¿Por qué? Porque pese a haber aplastado a los guelfos, al partido de Dante, Farinata se opuso a la destrucción de Florencia".


"La política de escritura de Dante ha sido, claramente, usar el toscano para escribir la Commedia, no el latín. Políticamente, Dante osciló entre los guelfos, su partido de cuna, y los gibelinos. Finalmente, y aunque se declaró partidario de sí mismo, fue más gibelino que guelfo, es decir, estaba convencido de que un emperador debía regir Italia", apunta el poeta.


"Su canto al imperio comienza con la propia elección de Virgilio como guía, y convierte a Virgilio en cantor supremo del imperio, que en cierto sentido ya lo era. A Virgilio lo llama, además de maestro, «duca», es decir, conductor. Conductor político, claro está. No he querido traducir la palabra como «guía»", indica.


"Y pese a esto (pero no es incoherente, porque su visión era en cierto sentido la de un imperio «federal»), Dante rechaza el idioma de la Iglesia y del imperio. Dante escribe en un idioma que usaban varios miles de italianos, nada más... ¡escribe en el idioma de su aldea!", explica.


Aulicino introdujo algunos cambios a las traducciones anteriores: "Intenté mantener algún ritmo sin respetar el endecasílabo, un ritmo asonante, en general, y me ceñí en lo posible a la raíz latina. Si hay algún logro de actualidad, es, paradojalmente, por haber seguido el camino de Dante en su torsión del latín, por haber intentado mantener ese clima de idioma de fragua, de idioma en ebullición".


El traductor repite que no quiso abrumar con citas o notas al pie. "Puse datos básicos en las notas. Y sólo dos o tres anotaciones que para mí son clave: creo que discutí con Borges en algunos puntos. Borges interpretó a su modo, según su estética. No creo, por ejemplo, que el Limbo transmita la percepción de lo siniestro", sostiene.


Al contrario, "es un lugar de encuentro, de alegría. Dante encuentra allí a todos sus maestros. Es tal su euforia al ver, en un mismo escenario, a Aristóteles, a Julio César, a Saladino, a Platón, a Homero, que el Canto termina en una enumeración".


Es que "la condena de los habitantes del «noble castillo» del Limbo es que no verán a Dios, tampoco reciben los castigos del infierno, pero viven en deseo. Este es un punto notable. Dante es acogido por estos maestros, Dante se siente a gusto con ellos, se siente reverenciado, Dante es un habitante del Limbo. La Commedia es el canto de un deseo. O del deseo, sin más", aclara.


"Mi punto de partida es que la Commedia es simbólica pero no alegórica. La Commedia narra hechos. Lo que leemos son hechos, no son claves, no son representaciones alegóricas, no debiera tener notas. Pero se escribieron millones de notas. Y en uno o dos puntos, más que anotar, hay que discutir las notas", remata Aulicino.

jueves, 12 de agosto de 2010

Como lo muestran experiencia y arte

DANTE ALIGHIERI
(Florencia, Italia, 1265-Rávena, íd., 1321)
Versión de Jorge Aulicino

La divina commedia
Purgatorio, Canto XV

Tanto como entre el fin de la tercera
y el comienzo del día en esa esfera
que siempre a modo de muchacho juega *

parecía ya, rumbo a la noche,
faltarle al sol de su camino:
tarde allá, medianoche aquí era.

Y nos hería en la nariz el rayo,
porque tanto el monte habíamos rodeado
que íbamos ya derecho hacia el ocaso,

cuando sentí gravar mi frente
a un esplendor mayor que el otro,
y me dieron estupor ignotas cosas;

por lo que puse las manos encima
de mis ojos, y me formé visera
que del exceso de vista alivia.

Como cuando del agua o del espejo
salta el rayo a la parte opuesta
subiendo de modo parecido

al que desciende, y se separa
del caer de la plomada igual distancia, **
como lo muestran experiencia y arte,

así me ocurrió ser alcanzado
por la luz que adelante reflejaba,
y para huir mi vista fue bien rápida.

"¿Qué es eso, dulce padre, que no puedo
proteger la vista tanto que me valga",
dije, "y que parece moverse hacia nosotros?"

"No te asombre si aún más te encandila
la familia del cielo", me repuso:
"viene un enviado a invitar que subas.

"Pronto ocurrirá que ver estas cosas
no te pesará, pues fuiste elegido
cuando natura dispuso que las vieras".

Luego fuimos hacia al ángel bendito,
que con alegre voz dijo: "Entren
por este tramo mucho menos recto".

Subíamos, ya alejados de ese sitio,
y Beati misericordes fue cantado
tras de nosotros, y Goza tú que vences.

Mi maestro y yo, ya solos ambos,
íbamos a lo alto, y pensaba andando
poder adquirir de sus palabras;

me dirigí a él demandando:
"¿Qué quiso decir el espíritu de Romaña ***
con 'es preciso ir sin compañía'?"

Por lo que él: "De su mayor pecado
sabe el daño; no nos admiremos
si se reprende para llorar menos.

"Porque apunta el deseo humano
adonde en compañía algo se pierde,
hace la envidia suspirar al fuelle.

"Pero si el amor de la esfera superior
torciera hacia arriba el deseo,
no sentirían en el pecho ese temor;

"que cuanto más se dice allí 'nuestro',
tanto más bien posee cada uno
y más caridad arde en ese claustro".

"Estoy de estar contento más privado",
dije yo, "que si no hubiese hablado,
y mayores dudas en la mente reúno.

"¿Cómo puede ser que un bien distribuido
entre más poseedores haga más rico
a cada uno, que si es por pocos poseído?"

Y él a mí: "Como tú sólo remites
la mente a las cosas terrenales,
de verdadera luz sombras recibes.

"El infinito e inefable bien
que está allá arriba corre hacia el amor
como al cuerpo claro el rayo viene.

"Tanto se da cuanto encuentra de ardor;
tal que, cuanto la caridad se extiende,
crece sobre ella el eterno valor.

"Y cuanta más gente allá se quiere,
más allí hay buen amar y más se ama,
y como espejo el uno al otro sirve.

"Y si mi razón no te quita el hambre,
verás a Beatriz, y ella plenamente
te quitará esta y cualquier otra avidez.

"Procura, igual, que pronto se apaguen,
como están ya dos, las cinco marcas
que cicatrizan por penar dolientes".

Cuando yo quise decir: "Me calmas",
me vi llegado sobre la otra vuelta
que acalló mis ojos anhelantes.

Allí me pareció a una visión
extática de súbito ser llevado,
y ver en un templo más personas;

y una mujer con actitud, en la entrada, ****
dulce de madre decir: "Mi hijo,
¿por qué así fuiste con nosotros?

"Aquí, dolientes, tu padre y yo
te hemos buscado". Y al callarse,
se esfumó esta visión primera.

Apareció otra allí, con el agua
que mejilla abajo el dolor destila
cuando nace por el despecho de otro,

y decía: "Si tú eres sire de la villa
por cuyo nombre combatieron dioses
y donde toda ciencia resplandece

"véngate de aquellos brazos atrevidos
que abrazaron a nuestra hija, oh Pisistrato".
Y el señor me parecía, benigno y apacible,

responderle con el rostro temperado:
"¿Qué no haremos al que el mal nos desea
si el que nos ama es por nosotros condenado?"

Luego vi gente ardiendo por la ira
con piedras matar a un jovencito,
gritando fuerte: "¡Martiriza, martiriza!"

Y lo veía inclinarse por la muerte,
que lo tenía ya, hacia la tierra,
pero con los ojos elevados hacia el cielo.

orando al alto Sire, en esa guerra,
que perdonara a sus perseguidores,
con aquel aspecto que desata la piedad.

Cuando mi alma retornó a mi cuerpo y
a todo aquello que fuera de uno es cierto,
reconocí que no eran tales mis errores.

Mi duca, que seguro podía verme
como a uno que del sueño se libera,
dijo: "¿Qué tienes, que te tambaleas

"y has andado más de media legua
con ojos velados, temblorosas piernas,
como al que vino o sueño lo doblega?

"Oh dulce padre mío, si me escuchas
te diré", dije yo, "qué apariciones
vi cuando las piernas me faltaron".

Y él: "Si llevaras cien máscaras
sobre la cara, no me esconderían
tus cogitaciones, ni las más parvas.

"Lo que viste fue para que no excuses
abrir el corazón al agua de la paz
que de la eterna fuente se difunde.

"No pregunté: ¿qué tienes? como hace
el que mira con el ojo que no ve
cuando desanimado el cuerpo yace;

"lo pregunté por darte fuerza al pie:
que lo estimulen, al ocioso le conviene
para que use la vigilia cuando puede".

Andábamos por el atardecer atentos
todo lo que podían los ojos alargarse
contra los rayos tardos y lucientes.

Y he aquí que poco a poco vino un humo
hacia nosotros como la noche, oscuro;
y no había lugar para ocultarse.

Y nos quitó la vista y aire puro.
**
* Dante sigue midiendo el paso del día, siempre respecto de las antípodas, Jerusalén, y de acuerdo con el Sol. Quiere decir que al día le quedaba el mismo recorrido que va desde la salida del sol hasta la mitad de la mañana. Es decir que están a mitad de la tarde. La esfera celeste sempre a guisa de fanciullo scherza: juega como un niño con un aro, girando. Termina la ubicación temporal indicando que, dado que en el Purgatorio (allá) era la media tarde, en Italia (aquí) era la medianoche, ya que Italia se ubica a 45 grados de Jerusalén (donde, siguiendo el esquema, eran en ese momento las tres de a madrugada).

** Se debe a Euclides el cálculo del ángulo de reflexión de un rayo de luz: es igual al del rayo que golpea en la superficie reflectante. Este conocimiento permite comprender que la luz que encandila a Dante es un reflejo de la luz del Cielo, pero no deja de ser un alarde de erudición científica.

*** Refiere al canto anterior, en el que el alma de un distinguido romañol ha querido expresar, de modo complicado, que el corazón humano desea acaparar y no compartir.

**** Visiones de humildad y sometimiento. Primero, la Virgen, quien pregunta a Cristo, tras buscarlo tres días y hallarlo en el templo, dónde ha estado, a lo que Cristo responde que sirve a su Padre, y confunde a María y José (Lucas, 2:48); luego, el episodio de la mujer de Pisistrato, legendario rey de Atenas, ofendida porque un joven ha abrazado a su hija en público (la respuesta de Pisistrato es cita de las crónicas de Valerio Máximo, escritas en tiempos de Tiberio; las lágrimas de la mujer, con todo, también se deberían a que los dioses disputaron por patrocinar a la ciudad y triunfó Palas sobre Poseidón, de donde la mujer lloraría las lágrimas del dios del mar, según comentaristas que tal cosa deducen de la palabra "despecho"); por último, el martirio de San Esteban lapidado (Hechos, 7:56-60)
***
Texto del original: mediasoft.it
Tomado del blog otra iglesia es imposible, de Jorge Aulicino
Imagen: The key, de Jackson Pollock

domingo, 2 de mayo de 2010

No de reposo sino de menor pena


Dante Alighieri
(Florencia, Italia, 1265-Rávena, 1321)
De La divina commedia

Versión de Jorge Aulicino

**
Infierno, Canto Quinto
Paolo y Francesca


Así descendí del primer círculo
al segundo, que menos lugar tiene
y tanto más dolor, que punza al grito.

Allí, el horrible Minos, que rechina,
examina los pecados en la entrada,
juzga y ordena según como se lía.

Digo que cuando un alma mal nacida
se presenta, toda se confiesa;
y aquel conocedor de los pecados

ve qué lugar del Infierno es para ella;
se ciñe con la cola tantas vueltas
como grados quiere que allá sea mandada.

Siempre, delante de él, se encuentran muchas:
van esperando cada una el veredicto,
dicen y oyen, y después ruedan abajo.

"Oh tú que vienes al doloroso hospicio",
me dijo Minos, cuando me vio,
abandonando el alto acto de su oficio,

"¡mira cómo entras y en quién confías:
no te engañe el ancho de la puerta!".
Y mi duca a él: "¿Por qué siempre gritas?

"No impidas su fatal camino:
así se dispuso allá donde se puede
lo que se quiere. Y no preguntes más."

Ahora comienzan las dolientes notas
a hacérseme sentir; ahora he llegado
allá donde mucho llanto me golpea.

Llegué al sitio de toda luz privado,
que mugía como hace el mar en la tormenta
si los vientos contrarios lo combaten.

La tempestad infernal, que nunca cesa,
en su rapiña lleva y trae los espíritus;
volviendo y percutiendo los fastidia.

Cuando llegan delante de la ruina,
allí los gritos, la queja, el lamento;
allí blasfeman la virtud divina.

Entendí que a este tipo de tormento
eran condenados los pecadores de la carne
que la razón sometieron al talante.

Y como los estorninos van con sus alas,
en el frío, en bandadas largas y apretadas,
así aquel resuello a los espíritus malos

arriba, abajo, aquí y allá los lleva;
ninguna esperanza los consuela,
no de reposo, sino de menor pena.

Y como las grullas van cantando sus endechas
haciendo en el aire de sí una larga hilera,
así vi llegar, trayendo sus lamentos

sombras llevadas por aquella brega;
por lo que dije: "Maestro, ¿quiénes son ellas
a las que el aire negro así golpea?".

"La primera de quienes noticias
quieres saber", me dijo él entonces,
"fue emperatriz de muchas lenguas.

"Al vicio de la lujuria tanto se arrojó
que la lascivia permitió en sus leyes
para blanquear el desdoro en que vivía.

"Ella es Semiramis, de quien se lee
que sucedió a Nino y fue su esposa;
tuvo la tierra donde el Sultán gobierna.

"La otra es la que se mató enamorada
y quebró la fidelidad a las cenizas de Siqueo; *
después viene Cleopatra lujuriosa.

"A Elena mira, por la que tantos reos
el tiempo se cobró, y mira al gran Aquiles,
que combatió finalmente por amor.

"Mira a Paris, a Tristán"; y más de mil
sombras me mostró, y nombró, a dedo,
a los que amor arrojó de nuestra vida.

Después que hube a mi doctor oído **
nombrar las damas antiguas y los caballeros,
piedad me alcanzó, y fui casi extraviado.

Yo comencé: "Poeta, de buen grado
hablaría a esos dos que van juntos
y parecen en el viento tan ligeros".

Y él a mí: "Mejor verás cuando lleguen
más cerca de nosotros; entonces ruégales
por el amor que los lleva, y vendrán".

Tan pronto como el viento nos los trajo,
levanté la voz: "¡Oh almas afanosas,
vengan a hablarnos, si otros no lo niegan!".

Como palomas por el deseo llamadas
que con alas firmes al dulce nido
vuelan por el aire del querer llevadas,

así salieron del grupo en que estaba Dido,
hacia nosotros por el aire malo,
tan claro fue el afectuoso grito.

"Oh animal hecho de gracia y benigno
que vienes a visitar el aire condenado,
nosotros que teñimos sanguinolento el mundo,

"si fuese nuestro amigo el rey del universo
le rogaríamos que la paz te concediera,
ya que tienes piedad por nuestro mal perverso.

"De lo que oír y hablar te place,
nosotros hablaremos y oiremos,
mientras el viento, como ahora, calle.

"Está la tierra donde yo he nacido,
sobre la marina en que el Po desciende
para haber paz con los secuaces suyos.

"Amor que al corazón gentil se prende,
prendó a éste del hermoso cuerpo
que me quitaron; y el modo aún me ofende.

"Amor, que a ningún amado amar perdona,
encendió por éste en mí placer tan fuerte
que, como ves, aún no me abandona.

"Amor nos llevó a una sola muerte.
la Caína espera al que nos quitó la vida." ***
Estas palabras ellos nos dijeron.

Cuando comprendí a aquellas almas ofendidas,
incliné el rostro, y tanto así lo tuve,
que me dijo el poeta: "¿En qué piensas?".

Cuando respondí, comencé: "¡Oh miseria!
¡Qué tan dulces pensamientos, tanto deseo,
llevaron a estos dos al doloroso trance!".

Después me volví a ellos, y hablé,
y comencé: "Francisca, tu martirio
lagrimear me hace, triste y pío.

"Pero dime: en la edad de los suspiros,
¿por qué y cómo les concedió el amor
que conocieran el deseo dudoso?"

Y ella a mí: "No hay mayor dolor
que acordarse del tiempo venturoso
en la miseria; y eso lo sabe tu doctor. ****

"Pero si conocer la raíz primera
de nuestro amor quieres con afecto,
haré como aquel que llora y habla.

"Leíamos un día por deleite,
sobre Lanzarote, cómo amor lo hería:
solos estábamos, y sin ningún recelo.

"Muchas veces, nuestros ojos suspendieron
la lectura, y palideció el semblante,
pero al fin sólo nos venció un pasaje.

"Cuando leímos que la deseada risa
fuera besada por el gran amante,
éste, que jamás de mí será apartado,

"la boca me besó, todo tremante.
Galeoto fueron el autor y lo narrado; *****
no seguimos leyendo más en ese día".

Y mientras un espíritu esto decía,
el otro lloraba tanto, que de piedad
vine yo a sentir como quien muere;
y caí, como cuerpo muerto cae.


* Dido, que se mató por amor a Eneas

** Alude a Virgilio, su compañero

*** La Caína es la primera zona del Noveno Círculo, en el que sufren los traidores a su sangre. El matador de Paolo y Francesca ha sido el marido de ella, hermano de Paolo - Cf. Canto Trigésimo Segundo

**** Se supone alusión a La Eneida, de Virgilio, Canto II, en que Eneas cuenta a Dido la destrucción de Troya

**** Galeoto ayudó a Lanzarote a conquistar los amores de Ginebra en la saga artúrica

Inferno, Canto quinto
Così discesi del cerchio primaio / giù nel secondo, che men loco cinghia, / e tanto più dolor, che punge a guaio.// Stavvi Minòs orribilmente, e ringhia:/ essamina le colpe ne l'intrata;/ giudica e manda secondo ch'avvinghia.// Dico che quando l'anima mal nata/ li vien dinanzi, tutta si confessa;/ quel conoscitor de le peccata / vede qual loco d'inferno è da essa;/ cignesi con la coda tante volte/ quantunque gradi vuol che giù sia messa.// Sempre dinanzi a lui ne stanno molte;/ Vanno a vicenda ciascuna al giudizio;/ dicono e odono, e poi son giù volte.// «O tu che vieni al doloroso ospizio»,/ disse Minòs a me quando mi vide,/ lasciando l'atto di cotanto offizio,// «guarda com'entri e di cui tu ti fide;/ non t'inganni l'ampiezza de l'intrare!»./ E 'l duca mio a lui: «Perché pur gride? // Non impedir lo suo fatale andare:/ vuolsi così colà dove si puote/ ciò che si vuole, e più non dimandare».// Or incomincian le dolenti note/ a farmisi sentire; or son venuto/ là dove molto pianto mi percuote.// Io venni in loco d'ogne luce muto,/ che mugghia come fa mar per tempesta,/ se da contrari venti è combattuto.// La bufera infernal, che mai non resta,/ mena li spirti con la sua rapina;/ voltando e percotendo li molesta.// Quando giungon davanti a la ruina,/ quivi le strida, il compianto, il lamento;/ bestemmian quivi la virtù divina.// Intesi ch'a così fatto tormento/ enno dannati i peccator carnali,/ che la ragion sommettono al talento.// E come li stornei ne portan l'ali/ nel freddo tempo, a schiera larga e piena,/ così quel fiato li spiriti mali// di qua, di là, di giù, di sù li mena;/ nulla speranza li conforta mai,/ non che di posa, ma di minor pena.// E come i gru van cantando lor lai,/ faccendo in aere di sé lunga riga,/ così vid'io venir, traendo guai,// ombre portate da la detta briga;/ per ch'i' dissi: «Maestro, chi son quelle/ genti che l'aura nera sì gastiga?».// «La prima di color di cui novelle/ tu vuo' saper», mi disse quelli allotta,/ «fu imperadrice di molte favelle.// A vizio di lussuria fu sì rotta,/ che libito fé licito in sua legge,/ per tòrre il biasmo in che era condotta.// Ell'è Semiramìs, di cui si legge/ che succedette a Nino e fu sua sposa:/ tenne la terra che 'l Soldan corregge.// L'altra è colei che s'ancise amorosa,/ e ruppe fede al cener di Sicheo;/ poi è Cleopatràs lussuriosa.// Elena vedi, per cui tanto reo/ tempo si volse, e vedi 'l grande Achille,/ che con amore al fine combatteo.// Vedi Parìs, Tristano»; e più di mille/ ombre mostrommi e nominommi a dito,// ch'amor di nostra vita dipartille.// Poscia ch'io ebbi il mio dottore udito/ nomar le donne antiche e ' cavalieri,/ pietà mi giunse, e fui quasi smarrito.// I' cominciai: «Poeta, volontieri/ parlerei a quei due che 'nsieme vanno,/ e paion sì al vento esser leggieri».// Ed elli a me: «Vedrai quando saranno/ più presso a noi; e tu allor li priega/ per quello amor che i mena, ed ei verranno».// Sì tosto come il vento a noi li piega,/ mossi la voce: «O anime affannate,/ venite a noi parlar, s'altri nol niega!».// Quali colombe dal disio chiamate/ con l'ali alzate e ferme al dolce nido/ vegnon per l'aere, dal voler portate;// cotali uscir de la schiera ov'è Dido,/ a noi venendo per l'aere maligno,/ sì forte fu l'affettuoso grido.// «O animal grazioso e benigno/ che visitando vai per l'aere perso/ noi che tignemmo il mondo di sanguigno,// se fosse amico il re de l'universo,/ noi pregheremmo lui de la tua pace,/ poi c'hai pietà del nostro mal perverso.// Di quel che udire e che parlar vi piace,/ noi udiremo e parleremo a voi,/ mentre che 'l vento, come fa, ci tace./ Siede la terra dove nata fui/ su la marina dove 'l Po discende/ per aver pace co' seguaci sui.// Amor, ch'al cor gentil ratto s'apprende/ prese costui de la bella persona/ he mi fu tolta; e 'l modo ancor m'offende.// Amor, ch'a nullo amato amar perdona,/ mi prese del costui piacer sì forte,/ che, come vedi, ancor non m'abbandona.// Amor condusse noi ad una morte:/ Caina attende chi a vita ci spense»./ Queste parole da lor ci fuor porte.// Quand'io intesi quell'anime offense,/ china' il viso e tanto il tenni basso,/ fin che 'l poeta mi disse: «Che pense?».// Quando rispuosi, cominciai: «Oh lasso,/ quanti dolci pensier, quanto disio/ menò costoro al doloroso passo!».// Poi mi rivolsi a loro e parla' io,/ e cominciai: «Francesca, i tuoi martìri/ a lagrimar mi fanno tristo e pio./ Ma dimmi: al tempo de' dolci sospiri,/ a che e come concedette amore/ che conosceste i dubbiosi disiri?».// E quella a me: «Nessun maggior dolore/ che ricordarsi del tempo felice/ ne la miseria; e ciò sa 'l tuo dottore.// Ma s'a conoscer la prima radice/ del nostro amor tu hai cotanto affetto,/ dirò come colui che piange e dice.// Noi leggiavamo un giorno per diletto/ di Lancialotto come amor lo strinse;/ soli eravamo e sanza alcun sospetto.// Per più fiate li occhi ci sospinse/ quella lettura, e scolorocci il viso;/ ma solo un punto fu quel che ci vinse.// Quando leggemmo il disiato riso/ esser basciato da cotanto amante,/ questi, che mai da me non fia diviso,// la bocca mi basciò tutto tremante./ Galeotto fu 'l libro e chi lo scrisse:/ quel giorno più non vi leggemmo avante».// Mentre che l'uno spirto questo disse,/ l'altro piangea; sì che di pietade/ io venni men così com'io morisse./ E caddi come corpo morto cade.
**
Imagen: Paolo y Francesca , de Anselmo Friedrich Feuerbach

lunes, 15 de junio de 2009

Más del Dante


TRANSCRIBO OTRA VERSIÓN del CANTO III
de LA DIVINA COMEDIA

Trad.: JORGE AULICINO

Infierno, Canto Tercero

"Por mí se va a la ciudad sufriente,
por mí se va al eterno dolor,
por mí se va a la perdida gente.

"Es Justicia mi alto creador,
me hizo la divina potestad,
la sabiduría suma y el primer amor.

"No hubo antes de mí cosa creada,
sino las eternas, y yo eterno vivo;
dejen toda esperanza los que entran."

Estas palabras de color oscuro
vi escritas en lo alto de una puerta;
y dije: "Maestro, su sentido es duro".

Y él a mí, como persona cauta:
"Te conviene aquí dejar todo recelo;
toda cobardía matar aquí conviene.

"Hemos llegado al sitio que te he dicho,
en el que verás a la gente dolorosa
que ha perdido el bien del intelecto."

Y después que su mano sobre la mía puso,
con alegre rostro que me confortó,
me llevó dentro de las secretas cosas.

Suspiros, llantos y gemidos
resonaban en un aire sin estrellas,
que fue entrar, y mis lágrimas cayeron.

Lenguas diversas, horrorosas blasfemias,
palabras de dolor, acentos de ira,
voces altas y roncas, palmoteos,

hacían un tumulto que giraba siempre
en aquel aire eternamente oscuro,
como arena que el turbión arremolina.

Y yo, de horror tomada la cabeza,
dije: "Maestro, ¿qué es lo que oigo?
¿Y qué gente es ésta, por el dolor vencida?"

Y él a mí: "Este mísero destino
tienen las almas tristes de aquellos
que vivieron sin infamia y sin honor.

"Mezcladas están con el perverso coro
de ángeles que no se rebelaron
ni fueron fieles a Dios, y para sí vivieron.

"Los echa el Cielo para no ser menos bello
y el Infierno profundo no los quiere:
que alguna gloria los reos no tengan de ellos."

Y yo: "Maestro, ¿qué les pesa tanto
que los hace lamentarse así tan fuerte?"
Respondió: "Te lo diré muy breve.

"No tienen ni la esperanza de la muerte,
y su vida es ciega y es tan baja
que envidian la más negra suerte.

"No dejaron en el mundo fama,
piedad y justicia los desdeñan:
no pensemos en ellos, mira y pasa."

Y yo que miraba, vi una enseña
que girando corría tan ligero
que parecía indigna de descanso;

y una turba tan grande la seguía
que de no haberla visto no creería
que la muerte hubiese deshecho a tantos.

Luego que hube reconocido a algunos,
miré y distinguí la sombra del que en vida *
hizo por cobardía la gran renuncia.

De inmediato entonces comprendí
que era la secta de los condenados
que no complacen a Dios ni a su enemigo.

Estos desgraciados, que nunca fueron vivos,
desnudos iban y picados mucho
por moscones y avispas que allá había.

Y les regaban de sangre el rostro,
la que, mezclada con sus lágrimas, a sus pies
repugnantes gusanos recogían.

Y cuando al mirar más allá me di,
vi gente a la orilla de un gran río;
por lo que dije: "Maestro, concédeme

que sepa quiénes son y por qué motivo
tan dispuestos a cruzar parecen,

según en esta poca luz discierno."

Y él a mí: "Las cosas te serán contadas
cuando detengamos nuestro paso
sobre la triste ribera del Aqueronte."

Entonces, con los ojos vergonzosos, bajos,
temiendo que mi decir lo molestara,
camino al río me privé de hablarle.

Y allí, hacia nosotros, vino bogando
un viejo encanecido de viejísimo pelo,
gritando: "¡Ay de ustedes, almas malvadas!

"¡No esperen nunca contemplar el cielo!
Vengo a llevarlos hasta la otra orilla,
a la tiniebla eterna, hielo y fuego.

"Y tú, que eres aún ánima viva,
apártare de éstos, que están muertos."
Y así que vio que yo no me alejaba:

"Por otras vías, por otros puertos,
verás la playa, no por aquí: para pasar,
barco más ligero conviene que te lleve."

Y el duca ** a él: "Caronte, no te enojes;
así está dispuesto allá donde se puede
lo que se quiere, y nada más preguntes."

Se calmaron entonces las peludas mejillas
del barquero del pálido pantano,
de ojos rodeados por círculos de llamas.

Pero aquellas almas cansadas y desnudas
cambiaron de color y batieron dientes
cuando comprendieron las palabras crudas.

Maldecían a Dios y a sus parientes,
la especie humana, el lugar, el tiempo, la simiente,
que los sembró, y su propio nacimiento.

Después se retiraron todas juntas,
llorando fuertemente, a la orilla malvada
que espera al hombre que a Dios no teme.

Caronte, demonio con ojos de ascuas,
gesticulando se llevaba a todas,
golpeando con el remo a las rezagadas.

Como en otoño se van las hojas
una tras otra, hasta que las ramas
rinden a la tierra todos sus despojos,

de esta manera la simiente mala de Adán
se arrojaba de la costa una a una,
a las señas, como pájaro al reclamo.

Así se fueron por la onda bruna
y antes de que allá bajaran,
aquí, un nueva escuadra se reunía.

"Hijo mío", dijo el cortés maestro,
"los que mueren en la ira de Dios
llegan aquí desde todos los países:

"y están prontos a cruzar el río,
porque la divina justicia los espolea
tanto, que el temor se convierte en deseo.

"Por aquí no pasa jamás ánima buena,
y por eso, si Caronte de ti se queja,
bien puedes saber ahora por qué truena."

Dicho esto, la sombría campaña
tembló tan fuerte, que de aquel espanto
la mente de sudor aún se me baña.

La tierra lagrimosa arrojó viento
y relampaguéo una luz bermeja
que me privó de todo sentimiento;
y caí como hombre tomado por el sueño.

Dante Alighieri (Florencia, 1265-Rávena, 1321), La divina commedia


Versión de Jorge Aulicino


* Refiere, según algunos, a Pilatos; según otros, a Diocleciano, que abdicó del Imperio, o a un jefe del partido Blanco (gibelino), de Florencia. Lo más probable -y por las defensas que ha suscitado, incluso- es que aluda a Celestino V, quien fue Papa por unos meses en 1294 y abdicó.


** Duca designaba, antiguamente, al conductor político, no necesariamente titular de un ducado (dux, duque). Dante lo usa en este sentido para mencionar a Virgilio, y no como metáfora de guía espiritual o maestro, pues en el Purgatorio le dice: "Tu duca, tu signore, tu maestro", con lo que el guía espiritual es identificado además como señor y condottiero. Por esto, se prefirió no traducir el término.





Inferno, Canto Terzo
«Per me si va ne la città dolente,/per me si va ne l'etterno dolore,/per me si va tra la perduta gente.// Giustizia mosse il mio alto fattore:/ fecemi la divina podestate,/ la somma sapienza e 'l primo amore.// Dinanzi a me non fuor cose create/ se non etterne, e io etterno duro./ Lasciate ogne speranza, voi ch'intrate».// Queste parole di colore oscuro/ vid'io scritte al sommo d'una porta;/per ch'io: «Maestro, il senso lor m'è duro».// Ed elli a me, come persona accorta:/«Qui si convien lasciare ogne sospetto;/ogne viltà convien che qui sia morta.// Noi siam venuti al loco ov'i' t'ho detto/ che tu vedrai le genti dolorose /c'hanno perduto il ben de l'intelletto».// E poi che la sua mano a la mia puose/ con lieto volto, ond'io mi confortai,/ mi mise dentro a le segrete cose.// Quivi sospiri, pianti e alti guai/ risonavan per l'aere sanza stelle,/ per ch'io al cominciar ne lagrimai.// Diverse lingue, orribili favelle,/ parole di dolore, accenti d'ira,/ voci alte e fioche, e suon di man con elle// facevano un tumulto, il qual s'aggira/ sempre in quell'aura sanza tempo tinta,/ come la rena quando turbo spira.// E io ch'avea d'error la testa cinta,/ dissi: «Maestro, che è quel ch'i' odo?/ e che gent'è che par nel duol sì vinta?».// Ed elli a me: «Questo misero modo/ tegnon l'anime triste di coloro/ che visser sanza 'nfamia e sanza lodo.// Mischiate sono a quel cattivo coro/ de li angeli che non furon ribelli/ né fur fedeli a Dio, ma per sé fuoro.// Caccianli i ciel per non esser men belli,/ né lo profondo inferno li riceve,/ ch'alcuna gloria i rei avrebber d'elli».// E io: «Maestro, che è tanto greve/ a lor, che lamentar li fa sì forte?»./ Rispuose: «Dicerolti molto breve.// Questi non hanno speranza di morte/ e la lor cieca vita è tanto bassa,/ che 'nvidiosi son d'ogne altra sorte. //Fama di loro il mondo esser non lassa;/ misericordia e giustizia li sdegna:/ non ragioniam di lor, ma guarda e passa».// E io, che riguardai, vidi una 'nsegna /che girando correva tanto ratta, /che d'ogne posa mi parea indegna;/ e dietro le venìa sì lunga tratta /di gente, ch'i' non averei creduto/ che morte tanta n'avesse disfatta.// Poscia ch'io 'ebbi alcun riconosciuto,/ vidi e conobbi l'ombra di colui/ che fece per viltade il gran rifiuto.// Incontanente intesi e certo fui/ che questa era la setta d'i cattivi,/a Dio spiacenti e a' nemici sui.// Questi sciaurati, che mai non fur vivi,/ erano ignudi e stimolati molto /da mosconi e da vespe ch'eran ivi.// Elle rigavan lor di sangue il volto,/ che, mischiato di lagrime, a' lor piedi/ da fastidiosi vermi era ricolto. // E poi ch'a riguardar oltre mi diedi,/ vidi genti a la riva d'un gran fiume;/ per ch'io dissi: «Maestro, or mi concedi// ch'i' sappia quali sono, e qual costume/ le fa di trapassar parer sì pronte,/ com'io discerno per lo fioco lume».// Ed elli a me: «Le cose ti fier conte /quando noi fermerem li nostri passi/ su la trista riviera d'Acheronte».// Allor con li occhi vergognosi e bassi,/ temendo no 'l mio dir li fosse grave,/ infino al fiume del parlar mi trassi.// Ed ecco verso noi venir per nave/ un vecchio, bianco per antico pelo,/ gridando: «Guai a voi, anime prave!// Non isperate mai veder lo cielo:/ i' vegno per menarvi a l'altra riva/ ne le tenebre eterne, in caldo e 'n gelo. // E tu che se' costì, anima viva,/ pàrtiti da cotesti che son morti»./ Ma poi che vide ch'io non mi partiva, // disse: «Per altra via, per altri porti/ verrai a piaggia, non qui, per passare: /più lieve legno convien che ti porti».// E 'l duca lui: «Caron, non ti crucciare:/ vuolsi così colà dove si puote/ ciò che si vuole, e più non dimandare».// Quinci fuor quete le lanose gote/ al nocchier de la livida palude,/ che 'ntorno a li occhi avea di fiamme rote.// Ma quell'anime, ch'eran lasse e nude,/cangiar colore e dibattero i denti,/ ratto che 'nteser le parole crude.// Bestemmiavano Dio e lor parenti,/ l'umana spezie e 'l loco e 'l tempo e 'l seme/ di lor semenza e di lor nascimenti.// Poi si ritrasser tutte quante insieme,/ forte piangendo, a la riva malvagia/ ch'attende ciascun uom che Dio non teme.// Caron dimonio, con occhi di bragia,/ loro accennando, tutte le raccoglie;/ batte col remo qualunque s'adagia.// Come d'autunno si levan le foglie /l'una appresso de l'altra, fin che 'l ramo/ vede a la terra tutte le sue spoglie,// similemente il mal seme d'Adamo/ gittansi di quel lito ad una ad una,/ per cenni come augel per suo richiamo. // Così sen vanno su per l'onda bruna,/ e avanti che sien di là discese,/ anche di qua nuova schiera s'auna.// «Figliuol mio», disse 'l maestro cortese,/ «quelli che muoion ne l'ira di Dio /tutti convegnon qui d'ogne paese:// e pronti sono a trapassar lo rio,/ ché la divina giustizia li sprona,/ sì che la tema si volve in disio. // Quinci non passa mai anima buona;/ e però, se Caron di te si lagna,/ ben puoi sapere omai che 'l suo dir suona».// Finito questo, la buia campagna / tremò sì forte, che de lo spavento /la mente di sudore ancor mi bagna.// La terra lagrimosa diede vento,/ che balenò una luce vermiglia /la qual mi vinse ciascun sentimento;/ e caddi come l'uom cui sonno piglia.


Extraído de otra iglesia es imposible.blogspot.com

viernes, 12 de junio de 2009

“Lasciate ogni speranza”


Dante Alighieri
(Italia: 1265-1321)


La divina comedia
Infierno

CANTO TERCERO


Per me si va ne la cittá dolente,
per me si va ne l’eterno dolore,
per me si va tra la perduta gente.

Giustizia mosse il mio alto Fattore:
fecemi la Divina Potestate,
la Somma Sapienza e’l Primo Amore.

Dinanzi a me non fur cose create
se non eterne, e io eterna duro.
Lasciate ogni sepranza, voi ch’entrate.


CANTO III

«Por mí se va a la ciudad doliente,
por mí se ingresa en el dolor eterno,
por mí se va con la perdida gente.

La justicia movió a mi alto hacedor:
Hízome la divina potestad,
la suma sabiduría y el primer amor.

Antes de mí ninguna cosa fue creada
sólo las eternas, y yo eternamente duro:
¡Perded toda esperanza los que entráis!»

Estas palabras de oscuro tono
vi escritas en el dintel de una puerta:
Y dije: Maestro, me es duro el sentido.
Y él a mí, como persona atenta:
Es necesario aquí dejar todo recelo;
toda cobardía es necesario que aquí muera.
Hemos venido al lugar donde te dije
habías de ver la gente adolorida,
las que han perdido el bien del intelecto.

Después su mano en la mía puso
con rostro sonriente me reanimó,
y me introdujo adentro a las secretas cosas.

Allí suspiros, llantos y grandes males
resonaban en el aire sin estrellas,
que me hicieron llorar no bien entré.
Lenguas diversas, horribles lenguarajos,
palabras de dolor, acentos de ira,
altivas y roncas voces, con puñadas,
tumultuaban todas rondando
siempre en aquel astuto aire sin tiempo,
como la arena que el torbellino aspira.

Y yo con el horror ciñéndome la frente
dije: Maestro, ¿Qué es lo que oigo?
¿Y cuál es esta gente tan por el dolor vencida?
Y él a mí: Esta suerte miserable
es de las tristes almas de aquellos
que vivieron sin infamia y sin honor.
Mezcladas están con aquel malvado coro
de los Angeles que ni rebeldes fueron
a Dios, ni fieles, sino sólo para sí fueron.

Los echa el Cielo por no ser menos hermoso:
y el profundo infierno no los recibe
porque sus reos alguna gloria lograrían de ellos.

Y yo: Maestro, ¿Qué les es tan pesado
qué los hace lamentar tan fuertemente?
Repuso: Te lo diré brevemente:
Estos no esperan morir,
y es tan villana su ciega vida
que envidiosos están de cualquier otra suerte.
De ellos no queda fama en el mundo,
misericordia y justicia los desdeñan:
no tratemos ya de ellos, mas mira y pasa.

Y observando vi una insignia
que sin descanso rondaba velozmente
incapaz al parecer de detenerse:
y detrás la seguía una multitud
de gentes de la que nunca yo creyera
que tantas hubiera deshecho la muerte.
Después de haber reconocido a algunos
me fijé más y conocí la sombra de aquel
que miserable hizo la gran renuncia.

De pronto comprendí y certeza tuve
de que esta era la turba de los cautivos
que desagradan a Dios y a sus enemigos.
Los desgraciados, que nunca fueron vivos,
estaban desnudos y molestados mucho
por moscones y avispas que allí había.
Sangre les regaba el rostro
matizada de lágrimas, que a sus pies
fastidiosas lombrices recogían.

Y después que me di a mirar más lejos,
vi gente en la ribera de un gran río:
Por lo que dije: Concédeme ahora, Maestro,
que sepa quienes son, y porqué ley
están forzados a transbordar tan presto,
a lo que en la turbia luz puedo ver.
Y él a mí: Las cosas te serán contadas
al detener nuestros pasos
en la triste ribera del Aqueronte.

Entonces bajé avergonzados los ojos,
temiendo a mi charla por gravosa,
y hasta llegado al río hablar no quise.
Y entonces fue cuando a nosotros vi venir
en barco un blanco viejo por antiguo pelo
gritando: ¡Ay de vosotras, almas perversas!
¡No esperéis ya más de ver el Cielo!
Aquí vengo a llevaros a la otra orilla
a las tinieblas eternas, al calor y al hielo.
Y tú que estás allí, ánima viva,
aléjate de estos que están muertos.
Mas luego que vio que yo no me partía
dijo: Por otros puertos, por otra vía
llegarás a la playa para el paso, no por aquí:
Conviene que más leve leño te lleve.

Y el Conductor a él: Carón, no te atormentes,
quiérese así allá, donde se puede todo
lo que se quiere, y no preguntes más.
Entonces las velludas mejillas se aquietaron
del barquero del lívido pantano
de circundados ojos de círculos de fuego.

Mas aquellas infelices almas desnudas
cambiaron de color y rompieron a crujir los dientes
al punto de escuchar las palabras rudas.
Blasfemaban de Dios y de sus padres,
de la humana especie, del donde y el cuando y de la semilla
de su simiente y de su nacimiento.

Después todas cuantas eran se retiraron juntas
fuertemente llorando, hacia la malvada orilla
que aguarda a todo aquel que a Dios no teme.

Carón, demonio, con ojos de ascuas
a ellos señalando a todos recoge;
asestando con el remo a quien se atarda.

Como arrastra el otoño las hojas
una tras otra, hasta que la rama
devuelve a la tierra todos sus despojos,
de igual forma el simiente malo de Adán:
arrójanse de aquel borde una por una
a la señal, como acude el pájaro al reclamo.
Aléjanse entonces por las obscuras ondas
y antes que hayan descendido allá
ya se apretujan aquí nuevas legiones.

Hijo mío, dijo el gentil Maestro,
los que mueren en la ira de Dios
de todo país todos aquí vienen.

Y ansían cruzar el río
porque tanto los acucia la justicia divina
que se les torna el temor deseo.

Por aquí no pasa nunca un alma buena;
y por eso, si de ti Carón se queja,
bien comprenderás lo que su decir quiere.

En ese entonces, el oscuro campo
tembló tan fuertemente, que del espanto
el recuerdo de sudor me baña todavía.

La tierra lacrimosa lanzó un viento
que centelló en relámpagos bermejos,
derrotando todos mis sentidos,
y caí como aquel que cae dormido.

Imagen: El Bosco.
Somos parecidos a esos sapos que en la austera noche de los pantanos se llaman sin verse, doblegando con su grito de amor toda la fatalidad del universo.
René Char


No haría falta amar a los hombres para darles una ayuda real. Sólo desear hacer mejor cierta expresión de su mirada cuando se detiene en algo más empobrecido que ellos, prolongar en un segundo cierto minuto agradable de su vida. A partir de esta diligencia y cada raíz tratada, su respiración se haría más serena. Sobre todo, no suprimirles por entero esos senderos penosos, a cuyo esfuerzo sucede la evidencia de la verdad a través de los llantos y los frutos.
René Char