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sábado, 8 de septiembre de 2018

Hablar torrencialmente, aunque ella apenas se entera de lo que le dice

PRÓLOGO a El bosque de la noche

de Djuna Barnes, por T.S. Eliot

Cuando se trata de prologar un libro de orden creativo, siempre me parece que los pocos libros que merecen ser presentados son precisamente aquellos que es impertinencia presentar. Yo he cometido ya dos impertinencias de éstas; ahora va la tercera y, si no es la última, nadie se sorprenderá más que yo. Este prólogo sólo de una manera puedo justificarlo: uno espera que los demás vean en un libro, la primera vez que lo lean, todo lo que uno ha ido viendo en él en el transcurso de una larga frecuentación. Yo he leído El bosque de la noche muchas veces, en manuscrito, en pruebas de imprenta y después de su publicación. Lo que puede hacer uno por otros lectores —suponiendo que, si leen este prólogo, lo lean al principio— es esbozar las fases más significativas de su apreciación del libro. Porque yo tardé algún tiempo en formar una apreciación de su significado en conjunto.

En una descripción de El bosque de la noche, hecha con el fin de atraer lectores a la edición inglesa, dije que «gustará especialmente a los amantes de la poesía». La frase es aceptable como síntesis publicitaria, pero quiero aprovechar esta ocasión para matizar un poco. No es mi deseo sugerir que la excelencia del libro sea eminentemente verbal y, mucho menos, que su asombroso lenguaje disimule una falta de contenido. Si el término de «novela» no está ya muy desvirtuado y si se refiere a un libro en el que se presentan unos personajes vivos, con una interrelación significativa, este libro es una novela. Yo no quiero decir que el estilo de Miss Barnes sea «prosa poética». Pero lo que sí quiero decir es que, en realidad, la mayoría de las novelas contemporáneas no están «escritas». Adquieren su parte de realidad por la minuciosa reproducción de los sonidos que hacen los seres humanos en sus simples necesidades diarias de comunicación; y la parte de la novela que no está compuesta por estos sonidos consiste en una prosa que no tiene más vida que el trabajo de un redactor periodístico o de un funcionario competente. Una prosa viva exige al lector algo que el lector de novelas corriente no está dispuesto a dar. Decir que El bosque de la noche gustará especialmente a los lectores de poesía no significa que no sea novela, sino que es una novela tan buena que sólo una sensibilidad aguzada por la poesía podrá apreciarla plenamente. La prosa de Miss Barnes tiene el ritmo propio de la prosa y un fraseo musical que no es el del verso. Este ritmo de prosa puede ser más o menos complejo o preciosista, según los fines del autor; pero, simple o complejo, es lo que imprime intensidad suprema al relato.

La primera vez que leí el libro, el primer movimiento, hasta la entrada del doctor me pareció un tanto lento y premioso. Y, durante toda la primera lectura, tuve la impresión de que únicamente el doctor daba vitalidad al libro. Y, también, el capítulo final me pareció superfluo. Ahora estoy convencido de que el último capítulo es esencial, tanto para la acción dramática como para la concepción musical. Sin embargo, lo curioso es que a medida que, en sucesivas lecturas, los otros personajes iban cobrando vida y el foco de interés se desplazaba, la figura del doctor no quedaba disminuida sino que, al ser integrada en el conjunto, adquiría un relieve diferente y una mayor trascendencia. El doctor dejaba de ser el actor brillante en una obra gris, interpretada sin gran convicción por el resto de la compañía, el actor cuya reaparición espera uno con impaciencia. Si, en la vida real, este personaje puede tender a monopolizar la conversación, matar la reciprocidad y eclipsar a las personas menos comunicativas, ello no ocurre en este libro. Al principio, sólo oímos hablar al doctor y no entendemos por qué habla tanto. Poco a poco, bajo su autocomplacencia y presunción —doctor Matthew-Poderoso-Grano-deSal-Dante-O’Connor— comunicación; y la parte de la novela que no está compuesta por estos sonidos consiste en una prosa que no tiene más vida que el trabajo de un redactor periodístico o de un funcionario competente. Una prosa viva exige al lector algo que el lector de novelas corriente no está dispuesto a dar. Decir que El bosque de la noche gustará especialmente a los lectores de poesía no significa que no sea novela, sino que es una novela tan buena que sólo una sensibilidad aguzada por la poesía podrá apreciarla plenamente. La prosa de Miss Barnes tiene el ritmo propio de la prosa y un fraseo musical que no es el del verso. Este ritmo de prosa puede ser más o menos complejo o preciosista, según los fines del autor; pero, simple o complejo, es lo que imprime intensidad suprema al relato.

La primera vez que leí el libro, el primer movimiento, hasta la entrada del doctor me pareció un tanto lento y premioso. Y, durante toda la primera lectura, tuve la impresión de que únicamente el doctor daba vitalidad al libro. Y, también, el capítulo final me pareció superfluo. Ahora estoy convencido de que el último capítulo es esencial, tanto para la acción dramática como para la concepción musical. Sin embargo, lo curioso es que a medida que, en sucesivas lecturas, los otros personajes iban cobrando vida y el foco de interés se desplazaba, la figura del doctor no quedaba disminuida sino que, al ser integrada en el conjunto, adquiría un relieve diferente y una mayor trascendencia. El doctor dejaba de ser el actor brillante en una obra gris, interpretada sin gran convicción por el resto de la compañía, el actor cuya reaparición espera uno con impaciencia. Si, en la vida real, este personaje puede tender a monopolizar la conversación, matar la reciprocidad y eclipsar a las personas menos comunicativas, ello no ocurre en este libro. Al principio, sólo oímos hablar al doctor y no entendemos por qué habla tanto. Poco a poco, bajo su autocomplacencia y presunción —doctor Matthew-Poderoso-Grano-deSal-Dante-O’Connor— descubrimos un desesperado altruismo y una profunda humildad. Su humildad no aparece a menudo de forma meridiana como en la prodigiosa escena de la iglesia vacía, pero es lo que, en todo momento, le infunde su desvalido poder sobre los desvalidos. Sus monólogos, brillantes e ingeniosos como son, no están dictados por la indiferencia hacia otros seres humanos sino, por el contrario, por una hipersensible percepción. Cuando Nora va a visitarle por la noche (Vigilante, ¿qué me cuentas de la noche?), él, inmediatamente, advierte que lo único que puede hacer por ella («estaba irritado, porque esperaba a otra persona») —la única forma de «salvar la situación»— es hablar torrencialmente, aunque ella apenas se entera de lo que le dice sino que vuelve una y otra vez a su obsesión. Y él al final se subleva, después de haberse volcado en los demás, sin recibir a cambio el menor apoyo. Toda la gente de mi vida que me ha amargado la vida, que venía a mí para saber de la degradación y de la noche. Pero, casi siempre, él habla para ahogar el débil llanto y el gemido de la humanidad, para hacer más soportable su vergüenza y menos vil su miseria.

En verdad, un personaje como el del doctor O’Connor no podía ser el único real en una galería de muñecos: un personaje semejante necesita de otros personajes reales, aunque sean menos lúcidos, a fin de lograr su plena realidad. No hay en el libro personaje que no permanezca vivo en mi mente. Felix y su hijo son opresivamente reales. A veces, en una frase, los personajes cobran vida tan súbitamente que uno se sobresalta, como el que cree que toca una figura de cera y descubre que es un policía de carne y hueso. El doctor dice a Nora: «Yo me defendía bastante bien hasta que tú levantaste mi piedra de un puntapié y tuve que salir, todo musgo y ojos.» Robin Vote (el personaje que más nos intriga, porque lo sentimos perfectamente real, sin acabar de comprender el medio por el cual la autora consigue que la sintamos así) es la visión de un antílope bajando por una arboleda, coronado de azahar, con un velo nupcial y una pata levantada en actitud temerosa; y después tiene unas sienes como las de los venados jóvenes cuando les apunta el cuerno, como ojos dormidos. A veces, también, una situación que ya habíamos intuido se condensa bruscamente con vívido horror mediante una frase, como cuando Nora, al ver al médico en la cama, piensa: «Dios, los niños saben cosas que no pueden explicar: a ellos les gusta ver a Caperucita y al Lobo en la cama.»

El libro no es, simplemente, una colección de retratos individuales; los personajes están enlazados entre sí, como las personas de la vida real, por lo que podríamos llamar el azar o el destino más que por la elección deliberada de la compañía del otro: el foco de interés es el dibujo que forman, más que cualquier componente individual. Llegamos a conocerlos a través del efecto que surten unos en otros. Y, por último, huelga decir —aunque quizá no para el que lo lea por primera vez— que este libro no es un estudio de psicopatías. Las penas que sufren las personas por sus particulares anormalidades de temperamento son visibles en la superficie: el significado más profundo es que la desgracia y la esclavitud humanas son universales. En las vidas normales, esta desgracia queda escondida; con frecuencia, lo que es más triste, escondida para el que la padece más que para el observador. El enfermo no sabe lo que tiene; en parte, quiere saberlo, pero lo que más desea es ocultarse el conocimiento a sí mismo. Según la moral puritana que yo recuerdo, antes se suponía implícitamente que, si uno era laborioso, emprendedor, inteligente, práctico y respetuoso con los convencionalismos sociales, uno tenía una vida feliz y «provechosa». El fracaso se debía a cierta debilidad o perversidad peculiar del individuo; pero una persona «como PRÓLOGO
Cuando se trata de prologar un libro de orden creativo, siempre me parece que los pocos libros que merecen ser presentados son precisamente aquellos que es impertinencia presentar. Yo he cometido ya dos impertinencias de éstas; ahora va la tercera y, si no es la última, nadie se sorprenderá más que yo. Este prólogo sólo de una manera puedo justificarlo: uno espera que los demás vean en un libro, la primera vez que lo lean, todo lo que uno ha ido viendo en él en el transcurso de una larga frecuentación. Yo he leído El bosque de la noche muchas veces, en manuscrito, en pruebas de imprenta y después de su publicación. Lo que puede hacer uno por otros lectores —suponiendo que, si leen este prólogo, lo lean al principio— es esbozar las fases más significativas de su apreciación del libro. Porque yo tardé algún tiempo en formar una apreciación de su significado en conjunto.

En una descripción de El bosque de la noche, hecha con el fin de atraer lectores a la edición inglesa, dije que «gustará especialmente a los amantes de la poesía». La frase es aceptable como síntesis publicitaria, pero quiero aprovechar esta ocasión para matizar un poco. No es mi deseo sugerir que la excelencia del libro sea eminentemente verbal y, mucho menos, que su asombroso lenguaje disimule una falta de contenido. Si el término de «novela» no está ya muy desvirtuado y si se refiere a un libro en el que se presentan unos personajes vivos, con una interrelación significativa, este libro es una novela. Yo no quiero decir que el estilo de Miss Barnes sea «prosa poética». Pero lo que sí quiero decir es que, en realidad, la mayoría de las novelas contemporáneas no están «escritas». Adquieren su parte de realidad por la minuciosa reproducción de los sonidos que hacen los seres humanos en sus simples necesidades diarias de comunicación; y la parte de la novela que no está compuesta por estos sonidos consiste en una prosa que no tiene más vida que el trabajo de un redactor periodístico o de un funcionario competente. Una prosa viva exige al lector algo que el lector de novelas corriente no está dispuesto a dar. Decir que El bosque de la noche gustará especialmente a los lectores de poesía no significa que no sea novela, sino que es una novela tan buena que sólo una sensibilidad aguzada por la poesía podrá apreciarla plenamente. La prosa de Miss Barnes tiene el ritmo propio de la prosa y un fraseo musical que no es el del verso. Este ritmo de prosa puede ser más o menos complejo o preciosista, según los fines del autor; pero, simple o complejo, es lo que imprime intensidad suprema al relato.

La primera vez que leí el libro, el primer movimiento, hasta la entrada del doctor me pareció un tanto lento y premioso. Y, durante toda la primera lectura, tuve la impresión de que únicamente el doctor daba vitalidad al libro. Y, también, el capítulo final me pareció superfluo. Ahora estoy convencido de que el último capítulo es esencial, tanto para la acción dramática como para la concepción musical. Sin embargo, lo curioso es que a medida que, en sucesivas lecturas, los otros personajes iban cobrando vida y el foco de interés se desplazaba, la figura del doctor no quedaba disminuida sino que, al ser integrada en el conjunto, adquiría un relieve diferente y una mayor trascendencia. El doctor dejaba de ser el actor brillante en una obra gris, interpretada sin gran convicción por el resto de la compañía, el actor cuya reaparición espera uno con impaciencia. Si, en la vida real, este personaje puede tender a monopolizar la conversación, matar la reciprocidad y eclipsar a las personas menos comunicativas, ello no ocurre en este libro. Al principio, sólo oímos hablar al doctor y no entendemos por qué habla tanto. Poco a poco, bajo su autocomplacencia y presunción —doctor Matthew-Poderoso-Grano-deSal-Dante-O’Connor— descubrimos un desesperado altruismo y una profunda humildad. Su humildad no aparece a menudo de forma meridiana como en la prodigiosa escena de la iglesia vacía, pero es lo que, en todo momento, le infunde su desvalido poder sobre los desvalidos. Sus monólogos, brillantes e ingeniosos como son, no están dictados por la indiferencia hacia otros seres humanos sino, por el contrario, por una hipersensible percepción. Cuando Nora va a visitarle por la noche (Vigilante, ¿qué me cuentas de la noche?), él, inmediatamente, advierte que lo único que puede hacer por ella («estaba irritado, porque esperaba a otra persona») —la única forma de «salvar la situación»— es hablar torrencialmente, aunque ella apenas se entera de lo que le dice sino que vuelve una y otra vez a su obsesión. Y él al final se subleva, después de haberse volcado en los demás, sin recibir a cambio el menor apoyo. Toda la gente de mi vida que me ha amargado la vida, que venía a mí para saber de la degradación y de la noche. Pero, casi siempre, él habla para ahogar el débil llanto y el gemido de la humanidad, para hacer más soportable su vergüenza y menos vil su miseria.

En verdad, un personaje como el del doctor O’Connor no podía ser el único real en una galería de muñecos: un personaje semejante necesita de otros personajes reales, aunque sean menos lúcidos, a fin de lograr su plena realidad. No hay en el libro personaje que no permanezca vivo en mi mente. Felix y su hijo son opresivamente reales. A veces, en una frase, los personajes cobran vida tan súbitamente que uno se sobresalta, como el que cree que toca una figura de cera y descubre que es un policía de carne y hueso. El doctor dice a Nora: «Yo me defendía bastante bien hasta que tú levantaste mi piedra de un puntapié y tuve que salir, todo musgo y ojos.» Robin Vote (el personaje que más nos intriga, porque lo sentimos perfectamente real, sin acabar de comprender el medio por el cual la autora consigue que la sintamos así) es la visión de un antílope bajando por una arboleda, coronado de azahar, con un velo nupcial y una pata levantada en actitud temerosa; y después tiene unas sienes como las de los venados jóvenes cuando les apunta el cuerno, como ojos dormidos. A veces, también, una situación que ya habíamos intuido se condensa bruscamente con vívido horror mediante una frase, como cuando Nora, al ver al médico en la cama, piensa: «Dios, los niños saben cosas que no pueden explicar: a ellos les gusta ver a Caperucita y al Lobo en la cama.»

El libro no es, simplemente, una colección de retratos individuales; los personajes están enlazados entre sí, como las personas de la vida real, por lo que podríamos llamar el azar o el destino más que por la elección deliberada de la compañía del otro: el foco de interés es el dibujo que forman, más que cualquier componente individual. Llegamos a conocerlos a través del efecto que surten unos en otros. Y, por último, huelga decir —aunque quizá no para el que lo lea por primera vez— que este libro no es un estudio de psicopatías. Las penas que sufren las personas por sus particulares anormalidades de temperamento son visibles en la superficie: el significado más profundo es que la desgracia y la esclavitud humanas son universales. En las vidas normales, esta desgracia queda escondida; con frecuencia, lo que es más triste, escondida para el que la padece más que para el observador. El enfermo no sabe lo que tiene; en parte, quiere saberlo, pero lo que más desea es ocultarse el conocimiento a sí mismo. Según la moral puritana que yo recuerdo, antes se suponía implícitamente que, si uno era laborioso, emprendedor, inteligente, práctico y respetuoso con los convencionalismos sociales, uno tenía una vida feliz y «provechosa». El fracaso se debía a cierta debilidad o perversidad peculiar del individuo; pero una persona «como Dios manda» no tenía por qué padecer. Ahora es más común suponer que las desgracias del individuo son culpa de la «sociedad» y que pueden remediarse por cambios del exterior. En el fondo, ambas filosofías, por distintas que aparezcan en su forma de operar, son iguales. Me parece que todos nosotros, en la medida en que nos aferramos a objetos creados y aplicamos nuestra voluntad a fines temporales, estamos roídos por el mismo gusano. Visto de este modo, El bosque de la noche adquiere un significado más profundo. Contemplar a este grupo de personas como fenómenos de feria no sólo es errar el golpe sino reafirmar nuestra voluntad y endurecer nuestro corazón en una inveterada soberbia.

Yo habría considerado el párrafo anterior impertinente y tal vez pedante para un prólogo que no tiene más ambición que la de ser una simple recomendación de un libro que admiro profundamente, si una reseña (por lo menos) de las ya aparecidas, ostensiblemente con ánimo de elogio, no pudiera inducir al lector a adoptar esta errónea actitud. Por regla general, al tratar de prevenir una mala interpretación, se corre el peligro de suscitar otra falsa apreciación imprevista. Ésta es una obra de imaginación creativa, no un tratado filosófico. Como digo al principio, me parece una impertinencia el mero hecho de presentar este libro; y el haber leído un libro muchas veces no necesariamente te infunde el conocimiento adecuado de lo que debes decir a los que todavía no lo han leído. Lo que yo pretendo es dejar al lector en disposición de descubrir la excelencia de un estilo, la belleza de la frase, la brillantez del ingenio y de la caracterización y un sentido del horror y de la fatalidad digno de la tragedia isabelina.
1937
T. S. ELIOT
**
En la segunda edición
Como observará el lector, el prólogo que antecede fue escrito hace doce años. Dado que mi admiración por el libro no ha disminuido y la única razón para hacer modificaciones sería la de suprimir o disimular la evidencia de mi falta de madurez en el momento de escribirlo —tentación que puede presentarse a cualquier crítico que repase sus propias palabras tras un lapso de doce años— me parece conveniente no tocar un prólogo que, espero, aún pueda cumplir su finalidad original de apuntar un enfoque que me parece útil para el nuevo lector.
1949
T. S. ELIOT

El bosque de la noche. Colección Prisma. Monte Ávila. 1969
Autores Djuna Barnes, Thomas Stearns Eliot
Traducido por Enrique Pezzoni

viernes, 7 de septiembre de 2018

Un judío de ascendencia italiana, gastrónomo y dandi

DJUNA BARNES

(Cornawll-on-the-Hudson, 1892 - Nueva York, EE.UU., 1980)

EL BOSQUE DE LA NOCHE
1. REVERENCIA

A principios de 1880, a pesar de sus bien fundados recelos sobre la conveniencia de perpetuar la raza que tiene la sanción del Señor y la desaprobación de los hombres, Hedvig Volkbein, una vienesa de gran vigor y belleza militar, tendida en una cama con dosel de un intenso y espectacular carmesí —las alas bifurcadas de la Casa de Habsburgo estampadas en la cenefa; la colcha de plumas, una funda de raso sobre la que se erguía, en hilos de oro macizo y deslustrado, el escudo de armas de los Volkbein—, dio a luz, a sus cuarenta y cinco años, un hijo único, varón, con siete días de retraso respecto al pronóstico de su médico.
Enfrentándose a este campo, que vibraba al son del chacoloteo de los caballos mañaneros de una calle cercana, con la tosca pompa del general que saluda a la bandera, le dio el nombre de Felix, lo echó fuera de un empujón, y murió. El padre, Guido Volkbein —un judío de ascendencia italiana, gastrónomo y dandi, que nunca aparecía en público sin que la cinta de alguna condecoración absolutamente desconocida diera, con un hilo casi imperceptible, una nota de tenue color a su ojal— había perecido seis meses antes, víctima de unas fiebres. Había sido un hombre bajo, rotundo, con una timidez teñida de altanería, y con un abdomen algo prominente de convexidad ascendente que hacía resaltar los botones del chaleco y de los pantalones, marcando el centro exacto de su cuerpo con la línea obstétrica característica de las frutas: el arco inevitable producido por copiosas rondas de borgoña, Schlagsahne y cerveza.

Siempre había considerado el otoño su estación, porque le vinculaba más que cualquier otra a los recuerdos raciales; una estación de nostalgia y de horror. En esa época del año se  se le había visto pasear por el Prater llevando en un puño manifiestamente apretado el exquisito pañuelo de lino amarillo y negro que pregonaba a los cuatro vientos la ordenanza de 1468 promulgada por un tal Pietro Barbo, por la cual se exigía que, con una cuerda alrededor del cuello, la raza de Guido corriera en el Corso para diversión de la plebe cristiana, mientras las damas de noble cuna, poseedoras de columnas vertebrales demasiado refinadas para el reposo, se levantaban de sus asientos y, junto a los prelados de púrpura cardenalicia y los monsignori, aplaudían con ese abandono frío e histérico del pueblo que es injusto y feliz a la vez; el mismísimo Papa, desprendiéndose de su agarradero en el Cielo, se venía abajo a sacudidas, con las carcajadas del hombre que renuncia a sus ángeles para poder recuperar la bestia. Este recuerdo y el pañuelo que lo acompañaba habían forjado en Guido (como ciertas flores que, forzadas al clímax del éxtasis de floración, en cuanto alcanzan su variedad específica ya empiezan a marchitarse) la suma total de la identidad del judío. Había deambulado, acalorado, imprudente y condenado, con los párpados temblorosos sobre aquellos gruesos globos oculares, sofocado por el dolor de una participación que, cuatro siglos después, lo convertía en víctima, al sentir en su propia garganta el eco de aquel grito que tanto tiempo atrás recorría la Piazza Montanara, «Robba vecchia!»; la degradación mediante la cual su pueblo había sobrevivido.

Guido, sin descendencia a los cincuenta y nueve años, al hijo que estaba en camino le había preparado un corazón con su propio corazón, moldeado sobre su propia ansiedad, el inexorable homenaje a la nobleza, la genuflexión que el cuerpo perseguido ejecuta por contracción muscular, al postrarse ante lo inminente e inaccesible, como ante un calor intenso. Guido, como le sucedería después a su hijo, había sentido el peso de una sangre inadmisible.

Y sin descendencia había muerto, salvo por la promesa que colgaba del cinto cristiano de Hedvig. Guido había vivido como todos los judíos que, separados de su gente por accidente o por elección, descubren que tienen que habitar un mundo cuyos elementos, al ser extraños, fuerzan la mente a sucumbir a un populacho imaginario. Cuando un judío muere sobre un seno cristiano, muere empalado. Hedvig, pese a su congoja, lloró por un paria. En aquel momento su cuerpo se volvió una barrera, y Guido murió contra aquel muro, trastornado y solo. En vida había hecho todo lo posible para salvar aquella distancia abismal, y el más vano y lastimoso de todos sus gestos había sido la ostentación de una fraudulenta baronía. Había adoptado la señal de la cruz, había dicho que era austriaco y que pertenecía a una antigua estirpe, casi extinguida, y para corroborar su historia había exhibido las más extravagantes e imprecisas pruebas: un escudo de armas al que no tenía derecho alguno y una lista de progenitores (nombres de pila incluidos) que jamás habían existido. Al descubrir Hedvig sus pañuelos amarillos y negros, él le había dicho que eran para recordarle que una de las ramas de su familia había florecido en Roma.

Había intentado ser todo uno con ella a fuerza de adorarla, de imitar sus zancadas a paso de ganso, ...

jueves, 6 de septiembre de 2018

¡Ay, Dios mío, qué es lo que amamos!

DJUNA BARNES

Cornwall-on-Hudson, Nueva York, EE.UU., 1892-Nueva York, 1982)



«¿Morbosidad? —contesta ella— Me da risa. La vida que yo escribo y dibujo y retrato es la vida tal y como es, y por eso la llama usted morbosa. Fíjese en mi vida. Fíjese en la vida que hay a mi alrededor. ¿No es todo absolutamente morboso? Me refiero a la vida desprovista de máscara. ¿Dónde están los rasgos que nos proporcionarían cierto alivio?».
Djuna Barnes
**
Vivir hasta los 90 años no fue fácil para ella: cuando le preguntaban por su salud, respondía: “Desmoronándome muy bien, gracias”.
Djuna Barnes
**
-Es raro –estaba diciendo el barón, mientras cruzaba las piernas-, pero nunca había visto a la baronesa desde este prisma. Si intentara expresarlo con palabras, me refiero a cómo la veía, resultaría incomprensible, por la sencilla razón de que, ahora me doy cuenta, en ningún momento he tenido una idea clara a su respecto. Tenía una imagen de ella, pero no es lo mismo. Una imagen es una parada de la mente entre incertidumbre. Desde luego que fui recopilando información acerca de su persona, procedente de usted mismo, y después de que ella se marchara, de otra gente, pero eso no hizo más que reforzar mi confusión. Cuando más nos cuentan de alguien, menos lo conocemos. “ 
De El bosque de la noche. Seix Barral, 1987.
**
“Me parece que todos nosotros, en la medida en que nos aferramos a objetos creados y aplicamos nuestra voluntad a fines temporales, estamos roídos por el mismo gusano. Visto de este modo, El bosque de la noche adquiere un significado más profundo. Contemplar a este grupo de personas como fenómenos de feria no sólo es errar el golpe sino reafirmar nuestra voluntad y endurecer nuestro corazón en una inveterada soberbia.

Yo habría considerado el párrafo anterior impertinente y tal vez pedante para un prólogo que no tiene más ambición que la de ser una simple recomendación de un libro que admiro profundamente, si una reseña (por lo menos) de las ya aparecidas, ostensiblemente con ánimo de elogio, no pudiera inducir al lector a adoptar esta errónea actitud. Por regla general, al tratar de prevenir una mala interpretación, se corre el peligro de suscitar otra falsa apreciación imprevista. Ésta es una obra de imaginación creativa, no un tratado filosófico. Como digo al principio, me parece una impertinencia el mero hecho de presentar este libro; y el haber leído un libro muchas veces no necesariamente te infunde el conocimiento adecuado de lo que debes decir a los que todavía no lo han leído. Lo que yo pretendo dejar al lector en disposición de descubrir la excelencia de un estilo, la belleza de la frase, la brillantez del ingenio y de la caracterización y un sentido del horror y de la fatalidad digno de la tragedia isabelina". 
Del prólogo a El bosque de la noche, por T.S. Eliot
***
El lamento de las mujeres
I

¡Ay, Dios mío!

¡Ay, Dios mío, qué es lo que amamos!
¿Esta carne puesta en nosotros como un guante arrugado?
Huesos tomados deprisa de alguna lujuriosa cama,
Y por ímpetu, el empujón del diablo.

Qué es lo que besamos con prisa,
Esta boca que busca la nuestra, o aún más ese
Pequeño ojo lastimoso en la engañada cabeza,
Como si lamentara aquello que a nosotros nos falta.

Este pálido, este más que anhelante oído atento
Que oye de la lastimosa boca el suave lamento,
Para marcar la silenciosa y la angustiada caída
De aún otra caliente y deformada lágrima.

Brazos cortos y magullados pies muy separados
Para caminar eternamente con nosotros desde la salida.
¿Ay Dios, es esta la razón que amamos
-No son tales cosas golpes mortales al corazón?

(The Little Review, 1918)
***
Transfiguración

El profeta cava con manos de hierro
En las inestables arenas del desierto.

El insecto vuelve a su larva;
Retorna a semilla la rosa trepadora.

Como humo hasta la vacía garganta de Moisés,
Irrumpen todas las palabras que dijo.

El cuchillo de Caín retira la estocada;
Abel se levanta del polvo.

Pilatos no puede encontrar su lengua;
Desnudo está el árbol del que Judas colgó.

Lucifer clama desde la tierra;
Cristo cae a su muerte.

A Adán vuelve la fastidiosa costilla;
Una criatura solloza en su flanco.

La extensión del Edén es espesa y verde;
El bosque se agita, no se ve una bestia.

Desencadenado, el sol, con rabiosa sed,
Alimenta al último día con el primero.


(Surrealist Poetry in English, 1978)

De Poesía reunida 1911-1982. Traducción de Osías Stutman y Rosa Lentini.

viernes, 30 de agosto de 2013

Una víctima es un estado de declinación

DJUNA BARNES 

(EE.UU., 1892 - 1982)

La soñadora

Cae la noche, en oscurecidas formas que parecen
Tantear, con misteriosos dedos hacia la ventana -luego-
Descansan en el dormir, envolviéndome, como en un sueño
Fe mía -¡que yo pueda despertar!

Y gotea la lluvia con el mismo triste, insistente ritmo.
Temblando a través del vidrio, inclinándose lacrimosa,
Y suave golpetea, como pequeños pies temerosos.
Fe mía -¡qué tiempo este!

El plumoso fresno aletea; allí sobre el vidrio,
El fuego moribundo lanza un parpadeante rayo fantasmal,
Y luego se cierra en la noche y la lluvia cae suave.
Fe mía -¡qué oscuridad!
***
Una víctima es un estado de declinación

Hay esa verdad que sólo la víctima saborea,
Cuando es joven, y aún toda impregnada de lluvia,
El triturar la pulpa del níspero en la lengua
Que, sin embargo, deshace la boca-
En una vigilia de la tierra
Imbuida de algún tema más importante
Y algún acuerdo más tardío-
Pero en una palada de la tierra
Y de algún tema sutil imbuida,
El vencedor ofrece a la víctima, su Madre.
Ataviado de sigilo,
Doblegado y sacudido por la carnicería (la risa)
Camina alejando de sí, en sí mismo sus huesos.

Versión de Osías Stutman y Rosa Lentini
***
Discante

Su madre dijo
(La que se ocultó mucho tiempo en su madre)
"Yo soy el lugar del nacimiento y los muertos."
"En efecto" dijo él
"Que así sea;
Cedamos cada uno al otro nuestro tigre."

Versión de Osías Stutman i Rosa Lentini

domingo, 1 de abril de 2012

No hay pájaro en mi ojo construyendo un nido

Otros poemas de DJUNA BARNES 
(EE.UU., 1892 - 1982)



Descontento

En verdad, cuando me paro a pensar
que con cuerda de cáñamo yaceré ovillada a la cama,
consciente de que las nacientes lágrimas de las plañideras
son meras salpicaduras marinas de la agitada cabeza,
entonces, como la ardilla que pelea con su nuez,
con mi acopio para el invierno disputo mi territorio,
para que ninguno pueda hurgar dentro y compartir mi pan.
**
Truly, when I pause and stop to think
That with an hempen rope I'll spool to bed,
Aware that tears of mourners on the brink
Are merely spindrift of the shaken head,
Then, as the squirrel quarreling his nut,
I with my winter store am in dispute,
For none will burrow in to share my bread.

***
RONDA NOCTURNA
Soy una vieja leona gastada
yo quien pensaba morir joven
en mis desmadres de la Rive gauche
burbujas delirios amores candilejas

mi capa negra mi elegancia mi sombrero
***
LLORADO (Y OTROS PREGUNTAN…)

Y otros preguntan. ¿Cómo es ser poseída
Por una que no puedes retener, al ser ella vieja?
No hay pájaro en mi ojo construyendo un nido
Para una novia que tiembla contra el frío,
Ni hay allí una garra que pueda detenerla
-Yo evito que la pezuña pise su aliento-
La enmarañada señal que cuelga ensuciando un hilo,
El que la une al mundo terrenal. Yo contesté
en un suspiro
Mantengo una mujer, como todos lo hacen,
nutriendo la muerte.
**
And others ask, "What's it to be possessedOf one you cannot keep, she being old?"
There is no robin in my eye to build a nest
For any bride who shakes against the cold,
Nor is there a claw that would arrest
I keep the hoof from stepping on her breath-
The ravelled clue that dangles crock by a thread,
Who hooked her to the underworld. I said
in a breath
I keep a woman, as all do,
feeding death.

**
Versiones de Osías Stutman y Rosa Lentini

Imagen: Jackson Pollock

domingo, 5 de septiembre de 2010

Aquí estaré

Un poema de
DJUNA BARNES

(EE.UU. 1892-1982)


Aquí estaré
Digan qué pena
Para cumplir
Pero para misa
Engorden al faisán
Salen la levadura
Siete velas
Cuando me haya levantado
Oren
Adonde yo asciendo
No hay escalera
No hay soga
 No hay escalón
 Mi destino cuelga


Ilustraciones y texto de El almanaque de las mujeres, 1928

martes, 3 de marzo de 2009

El bosque se agita, no se ve una bestia


Algunos poemas de DJUNA BARNES
(EE.UU., 1892 - 1982)

Transfiguración

El profeta cava con manos de hierro
En las inestables arenas del desierto.

El insecto vuelve a su larva;
Retorna a semilla la rosa trepadora.

Como humo hasta la vacía garganta de Moisés,
Irrumpen todas las palabras que dijo.

El cuchillo de Caín retira la estocada;
Abel se levanta del polvo.

Pilatos no puede encontrar su lengua;
Desnudo está el árbol del que Judas colgó.

Lucifer clama desde la tierra;
Cristo cae a su muerte.

A Adán vuelve la fastidiosa costilla;
Una criatura solloza en su flanco.

La extensión del Edén es espesa y verde;
El bosque se agita, no se ve una bestia.

Desencadenado, el sol, con rabiosa sed,
Alimenta al último día con el primero.

(Surrealist Poetry in English, 1978)


[Transfiguration
The prophet digs with iron hands/ Into the shifting desert sands.
The insect back to larva goes;/ Struck to seed the climbing rose.
To Moses’ empty gorge, like smoke/ Rush inward all the words he spoke.
The knife of Cain lifts from the thrust;/ Abel rises from the dust.
Pilate cannot find his tongue;/ Bare the tree where Judas hung.
Lucifer roars up from earth;/ Down falls Christ into his death.
To Adam back the rib is plied,/ A creature weeps within his side.
Eden’s reach is thick and green; The forest blows, no beast is seen.
The unchained sun, in raging thirst,/ Feeds the last day to the first.]


Verso

Si alguien pregunta «¿cómo es enamorarse
De una que no puedes desechar, al ser ella más joven?»
Cómo debería ser, contestamos, quién puede probar que
La caída del diente de leche en la lengua,/
Es ya suficiente otoño en la boca.

(¿Los jóvenes?)

(De Poemas inéditos de Patchin Place, 1940-1982))


[Verse
Should any ask «what it is to be in love/ With one you cannot slough, she being young?»/ What should it be, we answer, who can prove/ The falling of the milk-tooth on the tongue,/ Is autumn in the mouth enough.
(¿The young?)]



Ocaso de lo ilícito

Tú, con tus largas y vacías ubres
Y tu calma,
Tu ropa blanca manchada y tus
Fláccidos brazos.
Con dedos saciados arrastrándose
En tus palmas.

Tus rodillas muy separadas como
Pesadas esferas;
Con discos sobre tus ojos como
Cáscaras de lágrimas,
Y grandes lívidos aros de oro
Atrapados en tus orejas.

Tu pelo teñido cardado a mano
Alrededor de tu cabeza.
Labios, mucho tiempo alargados por sabias palabras
Nunca dichas.
Y en tu vivir todas las muecas
De los muertos.

Te vemos sentada al sol
Dormida;
Con los más dulces dones que tenías
Y no has conservado,
Nos afligimos de que los altares de
Tu vicio reposen profundos.

Tú, el polvo del ocaso de
Un amanecer húmedo de fuego;
Tú la gran madre de
La cría ilícita;
Mientras las otras se encogen en virtud
Tú has dado a luz.

Te veremos mirando al sol
Unos cuantos años más;
Con discos sobre tus ojos como
Cáscaras de lágrimas;
Y grandes lívidos aros de oro
Atrapados en tus orejas.

(DE El libro de las mujeres repulsivas, 1915)


[Twilight of the Illicit
You, with your long black udders/ And your calms,/ Your spotted linen and your/ Slack’ning arms./ With satiated fingers dragging/ at your palms.
Your knees set far apart like/ Heavy spheres;/ With discs upon your eyes like/ Husks of tears;/And great ghastly loops of gold/ Snared in your ears.
Your dying hair hand-beaten/ ‘Round your head./ Lips, long lengthened by wise words/ Unsaid./ And in your living all grimaces/ Of the dead.
One sees you sitting in the sun/ Asleep;/ With the sweeter gifts you had/ And didn’t keep,/ One grieves that the altars of/ Your vice lie deep.
You, the twilight powder of/ A fire-wet down;/ You, the massive mother of/ Illicit spawn;/ While the others shrink in virtue/ You have borne.
We’ll see you staring in the sun/ A few more years,/ With discs upon your eyes like/ Husks of tears;/ And great ghastly loops of gold/ Snared in your ears.]


El lamento de las mujeres

I

¡Ay, Dios mío!

¡Ay, Dios mío, qué es lo que amamos!
¿Esta carne puesta en nosotros como un guante arrugado?
Huesos tomados deprisa de alguna lujuriosa cama,
Y por ímpetu, el empujón del diablo.

Qué es lo que besamos con prisa,
Esta boca que busca la nuestra, o aún más ese
Pequeño ojo lastimoso en la engañada cabeza,
Como si lamentara aquello que a nosotros nos falta.

Este pálido, este más que anhelante oído atento
Que oye de la lastimosa boca el suave lamento,
Para marcar la silenciosa y la angustiada caída
De aún otra caliente y deformada lágrima.

Brazos cortos y magullados pies muy separados
Para caminar eternamente con nosotros desde la salida.
¿Ay Dios, es esta la razón que amamos
-No son tales cosas golpes mortales al corazón?

(The Little Review, 1918)

[Ah my God!
Ah my God, what is it that we love!/ This flesh laid on un like a wrinkled glove?/ Bones caught in haste from out some lustful bed,/ And for momentum, this a devil’s shove.
What is it that hurriedly we kiss,/ This mouth that seeks our own, or still more this/ Small sorry eye within the cheated head,/ As if it mourned the something that we miss.
This pale, this over eager listening ear/ The wretched mouth its soft lament to hear,/ To mark the noiseless and the anguished fall/ Of still one other warm misshapen tear.
Short arms, and bruised feet long set apart/ To walk with us forever from the start./ Ah God, is this the reason that we love/ Because such things are death blows to the heart?]

De Poemas inéditos de Patchin Place, 1940-1982))


A una de otro humor

¿Oh amada querida, debería dejar
De mirarte, siempre con ojos húmedos,
Y quejumbrosos besos de estos labios donde yace
Más miel que en tus áloes? ¿Debería romper
Aún más oscuras hierbas, y suspirando no perder de vista
Con fingida lamentación y gritos temerosos,
Rodeándote lentamente con blasfemias
Porque estaría bailando? No, me falta
La necesaria torpe salmodia de la desesperación.
No resuena en mí tu sombrío humor,
No está en mi corazón. Ni en ningún lugar
Dentro de mi carne, la misma carne que enamoraste.
¿Entonces para qué aflojar mi trenzado pelo
Ocultando mis ojos, y pretender que cavilo?

(Vanity Fair, 1923)


[To One In Another Mood
O dear beloved, shall I not go back/ From gazing you always with wet eyes,/ And mournful kisses from these lips where lies/ More honey than your aloes? Must I crack/ Still darker herbs, and sighing keep the track/ With feigned lamenting and with fearful cries,/ Slow twining you about with blasphemies/ Because I would be dancing? Nay, I lack/ The needed dull intoning of despair./ Nor in me echoes your too sombre mood,/ Nor is it in my heart. Nor anywhere/ Within my flesh the very flesh you wooed./ Then wherefore shall I loose my braided hair/ Hiding my eyes, pretending that I brood?]




© Estos poemas de Djuna Barnes están extraídos de Poesía reunida 1911-1982 (Igitur/Poesía nº 23, 2004), prólogo de Phillip Herring; selección, epílogo y notas de Osías Stutman; traducción de Osías Stutman y Rosa Lentini.© Tomado de www.barcelonareview.com
Somos parecidos a esos sapos que en la austera noche de los pantanos se llaman sin verse, doblegando con su grito de amor toda la fatalidad del universo.
René Char


No haría falta amar a los hombres para darles una ayuda real. Sólo desear hacer mejor cierta expresión de su mirada cuando se detiene en algo más empobrecido que ellos, prolongar en un segundo cierto minuto agradable de su vida. A partir de esta diligencia y cada raíz tratada, su respiración se haría más serena. Sobre todo, no suprimirles por entero esos senderos penosos, a cuyo esfuerzo sucede la evidencia de la verdad a través de los llantos y los frutos.
René Char