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viernes, 13 de octubre de 2017

Te he permutado, amor, por palabras

Otras versiones y otros poemas de

CRISTINA CAMPO
Seudónimo de Vittoria Guerrini (Bolonia, Italia, 1923-Roma, id., 1977)

Devota como una rama
Curvada de muchos nervios
Alegre como fogata
Por colinas de olvido.
Si agudísimas espigas
En blanca malla de ortigas
Te enseñaré, mi alma,
Este pasaje de adiós.

Versión de Angel Faretta
***
Paso de adiós

For year’s words belong to last year’s language 
and next year’s words await another voice.
T.S. Eliot

Se doblan los blancos vestidos de verano
y tú desciendes al reloj de sol,
suave octubre, y a los nidos.

Tiembla el último canto en la azotea
donde era sol la sombra y sombra el sol,
entre los afanes sosegados.

Y mientras, tibia, se rezaga la rosa
la amarga baya destila ya el sabor
de sonrientes adioses.

Traducción de Clara Janés.
***
Nobilísimos hieráticos

Nobilísimos hieráticos
gracias por el silencio,
la privación, la santa
gnosis de la distancia,
el ayuno de los ojos, el veto de los velos,
la negra cuerdita que anuda a los cielos
con ciento cincuenta veces siete de nudos de seda
cada temblor del pulso,
el augusto canon del amor inconmovible,
la danza divina de la reserva:
incendio imperial que enciende
como en Teófano el griego y en Andrés Diácono,
los miles Tabor de oro de vuestras cúpulas,
abre ojos en el corazón de las azulísimas explanadas,
reviste los torreones de Sangre…
Que la proximidad extingue
como lluvia de cenizas.

Versión de Ángel Faretta
**
Cristina Campo, seudónimo de Vittoria Guerrini (Bolonia 1923-Roma 1977). Este poema fue publicado en Conoscenza Religiosa, I, 1977, p.97, dirigida por Elémire Zolla, pocos días antes de la muerte de la autora
Versión de Ángel Faretta
Nota del traductor:
Quien firmara Cristina Campo fue una escritora italiana, muy religiosa, confinada en buen parte de su vida por una enfermedad; que tradujera a Simone Weil al italiano y que diera a conocer su obra. Se relacionó con el pensador también más que confidencial y esquivo, Andrea Emo, con quien mantuvo una extensa correspondencia. Férrea opositora a las modificaciones cultuales introducidas por el así llamado “concilio vaticano segundo”, y compañera vital e intelectual de Elémire Zolla en sus últimos años se inclinó, como en este poema, por la liturgia bizantina como más fiel al ritual católico.
Desde hace unos años se ha vuelto “escritora de culto”; pero ella no tiene la culpa. Su compañero Elémire Zolla ha dicho (2002) que en vida, y tras los años del ‘68 en adelante, nadie le tocaba el timbre, y que tras su muerte fue silenciada por toda la prensa llamada “cultural”. Una excepción, Roberto Calasso que escribiera su necrológica para el Corriere della Sera.


Ver Lo imperdonable, Selecciones de Amadeo Mandarino, 2006
***

Amor, hoy tu nombre
escapó de mis labios
como del pie el último peldaño...
Derramada está ahora el agua de la vida
y la larga escalera habrá
que subir otra vez.

Te he permutado, amor, por palabras.

Oscura miel aún fragante
en los diáfanos vasos
bajo mil seiscientos años de lava—

Te reconoceré por el inmortal
silencio.

Traducción de Carlos Cámara y Miguel Ángel Frontán
***

Flotaba la nieve entre la noche y las calles
como el destino entre la mano y la flor.


En un dilecto y dulce son
de campanas llegaste...
Como una vara ha florecido la vejez de estas escalas.
¡Oh tierna tempestad
nocturna, rostro humano!

(Toda la vida está ahora en mi mirada,
estrella sobre ti, sobre el mundo que vuelve a cerrar tu paso.)

Traducción de Carlos Cámara y Miguel Ángel Frontán

lunes, 16 de marzo de 2009




Dos poemas y el fragmento de un ensayo
de CRISTINA CAMPO
(Bolonia, 1923 - Roma, 1977)

Suspensa era la nieve entre la noche y las calles
como el destino entre la mano y la flor.

En un suave sonido de campanas amado has acudido…
Como una vara ha florecido la vejez de estas escalas.

Oh dulce tempestad
nocturna, ¡rostro humano!

(Ahora toda la vida se halla en mi mirada,
sobre ti astro, sobre el mundo cerrado de nuevo por tu paso)

La neve era sospesa tra la notte e le strade/ come il destino tra la mano e il fiore. // In un suono soave di campane diletto sei venuto… // Come una verga è fiorita la vecchiezza di queste scale.// O tenera tempesta nocturna,/ volto umano!// (Ora tutta la vita è nel mio sguardo, / stella su te, sul mondo che il tuo passo richiude).
***

Amor, hoy tu nombre
ha huido de mis labios
como al pie el último peldaño…

Esparcida está ahora el agua de la vida
y hay que empezar de nuevo
entera la larga escalera.

Te he trocado, amor, por palabras.

Miel oscura que hueles
en diáfanos vasos
bajo mil seiscientos años de lava –
te reconoceré por el inmortal silencio.

Amore, oggi il tuo nome/ al mio labbro / è sfuggito come al piede l’ultimo gradino… / Ora è sparsa l’acqua della vita / e tutta la lunga scala/ è da ricominciare.// T’ho barattato, amore, con parole.//Buio miele che odori/ dentro i diafani vasi/ sotto mille e seicento anni di lava –/ ti riconoscerò dall’immortale silenzio.
***
Traducción de Clara Janés
Tomado de Adamar
***
Fragmento de su ensayo Los imperdonables
II
Pero es cierto, la temen
más que a la muerte, la belleza es temida
más que la muerte, más que lo que temen
a la muerte.
William Carlos Williams

Perfección, belleza. ¿Qué significan? Entre las definiciones, una es posible. Es un carácter aristocrático, más aún, es en sí la suprema aristocracia. De la naturaleza, de la especie, de la idea. También en la naturaleza es cultura. El porte erecto, delicado de la muchacha de la Costa de Oro es obra de siglos de natación, de tinajas de arcilla equilibradas sobre la cabeza, de danzas y cantos de iniciación más complicados que el gregoriano más puro. Si faltara uno solo de los tres elementos –piedad, libre juego, artes femeninas–, la perfección no ceñiría aquellos miembros con su velo casto e imperioso. A través de milenios, por decirlo así, el árbol del paraíso expresó al ave-lira; las manos enlazadas por largo tiempo se convirtieron al fin en arcos góticos. Hoy que todo eso es ultrajado y destruido, irrecuperable y sin embargo siempre presente, como la espina envenenada bajo la uña, el hombre ha tenido que convertirlo en objeto de horror sagrado. Todo recuerdo del tiempo celeste sea apartado, sepultado en el huerto del alfarero. Sea, sobre todo, negado. Ya que se sabe que la perfección es, ante todo, esto, que se ha perdido: el saber durar, la inmovilidad. El hombre sumido en meditación, la mujer en el umbral, el monje genuflexo, el prolongado silencio del rey. O el animal en acecho o dedicado a industrias delicadas. El hombre ha echado fuera de sí este aéreo y terrible peso: silencio, espera, duración. Y aquí está viviendo su paranoico terror de “sentimiento y precisión, humildad, concentración, gusto”. ¿Cómo exigir, por otra parte, el valor del grito desgarrador: “Belleza, alejáte de mí, te temo, tu recuerdo me lacera, maldita seas”? Como el grito de Eva expulsada, todo esto reclama velos, la oscuridad de la selva. Y he aquí los atentados indirectos a los servidores de lo irrecuperable: gracia, ligereza, ironía, sentidos finos, ojo firme y exigente. O, para usar términos teológicos: claridad, sutileza, agilidad, impasibilidad. Imperdonable, dado el estado de cosas, es sobre todo el poeta. Una augusta, modesta vejez protege a la poetisa de que hemos hablado; pero aun así no hace mucho se habló de ella, y no sin garbo por lo demás, como de una monja medieval que bordara casullas memorables, anhelando más los colores de las propias sedas que las efigies de los rostros santos, como si una efigie pudiera inspirar veneración si una atención casi maniática no escogiera los materiales con los cuales responder a la visión. Pero hoy los grandes poetas han muerto todos, o son viejísimos. Y ni siquiera la muerte es ya un salvoconducto. Se corre el peligro del suicidio editorial (...).

De La nuez de oro y otros ensayos (Ed. Selecciones de Amadeo Mandarino)
Somos parecidos a esos sapos que en la austera noche de los pantanos se llaman sin verse, doblegando con su grito de amor toda la fatalidad del universo.
René Char


No haría falta amar a los hombres para darles una ayuda real. Sólo desear hacer mejor cierta expresión de su mirada cuando se detiene en algo más empobrecido que ellos, prolongar en un segundo cierto minuto agradable de su vida. A partir de esta diligencia y cada raíz tratada, su respiración se haría más serena. Sobre todo, no suprimirles por entero esos senderos penosos, a cuyo esfuerzo sucede la evidencia de la verdad a través de los llantos y los frutos.
René Char