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lunes, 25 de junio de 2018

Es difícil unir las ganas de vivir con las de escribir

Anton Chéjov
(Rusia, 1860-1904)

Uno no termina con la nariz rota por escribir mal; al contrario, escribimos porque nos hemos roto la nariz y no tenemos ningún lugar al que ir.
Cuando escribo no tengo la impresión de que mis historias sean tristes. En cualquier caso, cuando trabajo estoy siempre de buen humor. Cuanto más alegre es mi vida, más sombríos son los relatos que escribo.

Dios mío, no permitas que juzgue o hable de lo que no conozco y no comprendo.

No pulir, no limar demasiado. Hay que ser desmañado y audaz. La brevedad es hermana del talento.

Lo he visto todo. No obstante, ahora no se trata de lo que he visto sino de cómo lo he visto.

Es extraño: ahora tengo la manía de la brevedad: nada de lo que leo, mío o ajeno, me parece lo bastante breve.
Cuando escribo, confío plenamente en que el lector añadirá por su cuenta los elementos subjetivos que faltan al cuento.

Es más fácil escribir de Sócrates que de una señorita o de una cocinera.
Guarde el relato en un baúl un año entero y, después de ese tiempo, vuelva a leerlo. Entonces lo verá todo más claro. Escriba una novela. Escríbala durante un año entero. Después acórtela medio año y después publíquela. Un escritor, más que escribir, debe bordar sobre el papel; que el trabajo sea minucioso, elaborado.

Te aconsejo: 1) ninguna monserga de carácter político, social, económico; 2) objetividad absoluta; 3) veracidad en la pintura de los personajes y de las cosas; 4) máxima concisión; 5) audacia y originalidad: rechaza todo lo convencional; 6) espontaneidad.

Es difícil unir las ganas de vivir con las de escribir. No dejes correr tu pluma cuando tu cabeza está cansada.

Nunca se debe mentir. El arte tiene esta grandeza particular: no tolera la mentira. Se puede mentir en el amor, en la política, en la medicina, se puede engañar a la gente e incluso a Dios, pero en el arte no se puede mentir.

Nada es más fácil que describir autoridades antipáticas. Al lector le gusta, pero sólo al más insoportable, al más mediocre de los lectores. Dios te guarde de los lugares comunes. Lo mejor de todo es no describir el estado de ánimo de los personajes. Hay que tratar de que se desprenda de sus propias acciones. No publiques hasta estar seguro de que tus personajes están vivos y de que no pecas contra la realidad.

Escribir para los críticos tiene tanto sentido como darle a oler flores a una persona resfriada.

No seamos charlatanes y digamos con franqueza que en este mundo no se entiende nada. Sólo los charlatanes y los imbéciles creen comprenderlo todo.

No es la escritura en sí misma lo que me da náusea, sino el entorno literario, del que no es posible escapar y que te acompaña a todas partes, como a la tierra su atmósfera. No creo en nuestra intelligentsia, que es hipócrita, falsa, histérica, maleducada, ociosa; no le creo ni siquiera cuando sufre y se lamenta, ya que sus perseguidores proceden de sus propias entrañas. Creo en los individuos, en unas pocas personas esparcidas por todos los rincones -sean intelectuales o campesinos-; en ellos está la fuerza, aunque sean pocos. “No me digas que la luna está brillando, muéstrame el destello del brillo en un cristal roto”

Si en el primer acto tienes una pistola colgada de la pared, entonces en el siguiente capítulo debe ser disparada. Si no, no la pongas ahí.
***
Clarice Lispector

(Chechelnik, 1920-Río de Janeiro, Brasil, 1977) 

Escribir es una maldición que salva. Es una maldición porque obliga y arrastra, como un vicio penoso del cual es imposible librarse. Y es una salvación porque salva el día que se vive y que nunca se entiende a menos que se escriba.

¿El proceso de escribir es difícil? Es como llamar difícil al modo extremadamente prolijo y natural con que es hecha una flor.

No puedo escribir mientras estoy ansiosa, porque hago todo lo posible para que las horas pasen. Escribir es prolongar el tiempo, dividirlo en partículas de segundos, dando a cada una de ellas una vida insustituible.

Escribir es usar la palabra como carnada, para pescar lo que no es palabra. Cuando esa no-palabra, la entrelínea, muerde la carnada, algo se escribió. Una vez que se pescó la entrelínea, con alivio se puede echar afuera la palabra.

Tomado de www.ersilias.com/consejos-de-90-escritores/

jueves, 20 de octubre de 2016

Ya grité cuando debía callar, ya callé cuando debía gritar

CLARICE LISPECTOR

(Chechelnik, Ucrania, 1920–Río de Janeiro, Brasil, 1977)



Ya escondí un amor con miedo de perderlo, ya perdí un amor por esconderlo.
Ya estuve en manos de alguien por miedo, ya tuve tanto miedo al punto de ni sentir mis manos.
Ya expulsé de mi vida a personas que amaba, ya me arrepentí por eso.
Ya pasé noches llorando hasta caer de sueño, ya me fui a dormir tan feliz al punto de no conseguir cerrar los ojos.
Ya creí en amores perfectos, ya descubrí que no existen.
Ya amé a personas que me decepcionaron, ya decepcioné a personas que me amaron.
Ya pasé horas frente al espejo intentando descubrir quién soy, ya tuve tanta certeza de mí al punto de querer desaparecer.
Ya mentí y me arrepentí después, ya dije la verdad y también me arrepentí.
Ya fingí no dar importancia a las personas que amaba, para más tarde llorar silenciosa en mi canto.
Ya sonreí llorando lágrimas de tristeza, ya lloré de tanto reír.
Ya creí en personas que no valían la pena, ya dejé de creer en las que realmente valían.
Ya tuve crisis de risa cuando no podía, ya quebré platos, copas y vasos de rabia.
Ya eché de menos a alguien pero nunca se lo dije.
Ya grité cuando debía callar, ya callé cuando debía gritar.
Muchas veces dejé de decir lo que siento para agradar a unos, otras veces dije lo que no pensaba para lastimar a otros.
Ya fingí ser lo que no soy para agradar a unos, ya fingí ser lo que no soy para desagradar a otros.
Ya conté chistes y más chistes sin gracia solo para ver a un amigo feliz.
Ya inventé historias con final feliz para dar esperanza a quien lo necesitaba.

Ya soñé demasiado, al punto de confundir con la realidad
Ya tuve miedo de la obscuridad, hoy en la obscuridad "me encuentro, me agacho, me quedo ahí".
Ya caí innumerables veces pensando que no me iba a levantar, ya me levanté innumerables veces pensando que no caería más.
Ya llamé a quien no quería sólo para no llamar a quien realmente quería.
Ya corrí tras un carro, porque se llevaba a quien yo amaba.
Ya llamé a mi madre en el miedo de la noche huyendo de una pesadilla, mas ella no apareció y la pesadilla fue aún mayor.
Ya llamé "amigo" a personas cercanas y descubrí que no lo eran, algunas personas nunca necesité llamarlas nada y siempre fueron y serán especiales para mí.
No me den fórmulas exactas, porque no espero acertar siempre.
No me muestren lo que esperan de mí, porque voy a seguir mi corazón.
No me hagan ser lo que no soy, no me inviten a ser igual, porque sinceramente soy diferente.
No sé amar a medias, no sé vivir de mentiras, no sé volar con los pies en la tierra.
Soy siempre yo misma, mas ciertamente no seré la misma para SIEMPRE!
Gusto de los venenos más lentos, de las bebidas más amargas,
de las drogas más poderosas, de las ideas más locas,
de los pensamientos más complejos, de los sentimientos más fuertes
Tengo un apetito voraz y los delirios más locos.
Me puedes hasta empujar de un acantilado que yo voy a decir:

-¿Y qué? ¡AMO VOLAR


Versión sin datos.
***



Para no «parecer boba»
¿Nunca leíste de pequeña el cuento de una princesa
muy guapa pero que –por la maldición de un hada mala–
no podía abrir la boca sin que le saliesen sapos, lagartos y
ratones?
Pues la manera moderna de que salgan «sapos y culebras»
de la linda boca de una joven es decir muchas tonterías
con los labios perfectamente maquillados. Pero esto no
sucede por la maldición de un hada mala, sino por ignorancia,
por falta de cultura. Una de esas «princesas» modernas,
al escuchar una conversación sobre Hemingway, preguntó:
«¿Cuál es la última película que ha hecho?».
Leer es una costumbre que todo el mundo debería tener.
No queremos decir con eso que todos lean «cosas difíciles».
Incluso una revista bien informada –y bien leída– puede ser
una fuente de cultura que al menos evite «sapos y culebras».
**
Quien mucho agrada, desagrada
Nunca he oído este proverbio, creo que acabo de inventarlo.
Pero vas a ver cómo este proverbio, inventado o
no, se aplica a las personas que conoces: las que quieren
agradar a cualquier precio. Entonces se vuelven «encantadoras».
Intentan adivinar los mínimos deseos de los otros.
Intentan elogiar de cualquier forma. Empiezan también
a mostrar que se sacrifican a cada momento. Este tipo encantador
pesa en el alma de los demás. En una palabra:
desagrada.
Si se consigue ser uno mismo y estar a gusto, se permite
a los otros ser ellos mismos y estar a gusto.
Los espejos del alma
Desde la más remota antigüedad, los ojos han servido de
tema para poemas, ensayos, proverbios, leyendas, etcétera.
Los de Cleopatra (que se los maquillaba mucho, como las
elegantes modernas) eran tan célebres como su nariz y deben
de haber desempeñado también un papel importante
en el cambio de destino de la humanidad.
La moda actual –insensata en tantos aspectos–, al menos
por lo que se refiere a los ojos, demuestra haber comprendido
su importancia para destacar la belleza de un rostro.
En efecto, nunca ha habido tanto refinamiento en el maquillaje
de los ojos como ahora. Su forma es subrayada y
alargada con trazos de lápiz; el rímel, que hasta hace bien
poco tiempo se limitaba al negro y al marrón, hoy se encuentra
en los más variados matices de verde, azul, violeta
o gris, y un muestrario de sombras para ojos recuerda la
paleta de un pintor abstracto.
Pero no sólo eso. Recientemente en París han salido sombras
doradas y plateadas para la noche. Y Josephine Baker,
la famosa cantante y bailarina «café au lait», ha lanzado la
moda de pegarse sobre cada párpado una pequeña piedra preciosa. De esta manera, cualquiera que quiera tomarse
esa molestia (un trabajo casi de orfebre) podrá exhibir una
mirada refulgente...
En cuanto a las pestañas postizas, en otro tiempo usadas
sólo por las actrices en el escenario o en la pantalla, su uso
se está difundiendo cada vez más, incluso de día.
Para que los ojos sean bellos, no basta, sin embargo, que
sean grandes, que tengan un color especial o que estén maquillados
con cuidado. Es necesario que en ellos haya algo
más. Porque, al ser «los espejos del alma», deben reflejar
dulzura, comprensión, inteligencia.
En resumen, más importante que los ojos es la mirada.
**
Quien no tiene rostro
Hay mujeres de quienes podríamos decir: no tienen rostro.
Realmente es así, pues su fisonomía está «sumergida»
de tal manera, con rasgos indecisos y colores apagados, que
recuerdan un cuadro sólo esbozado y nunca terminado.

De Sólo para mueres. Consejos, recetas y secretos. Ed. Siruela, 2006.
Traducción del portugués de Elena Losada

domingo, 1 de marzo de 2015

No telefoneé a nadie y nadie me telefoneó

CLARICE LISPECTOR
(Tchetchelnik, Ucrania, 1920-Río de Janeiro, Brasil, 1977) 

UN SOPLO DE VIDA
Estuve sola todo un domingo.
No telefoneé a nadie y nadie me telefoneó.
Estaba totalmente sola.
Me quedé sentada en un sofá
con el pensamiento libre.
Pero en el transcurso de ese día
hasta la hora de dormir,
tuve tres veces un súbito reconocimiento
de mí misma y del mundo que me asombró
y me hizo sumergir en profundidades oscuras
de donde salí hacia una luz de oro.
Era el encuentro del yo con el yo.

sábado, 1 de febrero de 2014

Róbame antes de que la noche venga y me llame


Tomada de triunfoarciniegas.wordpress.com

CLARICE LISPECTOR
(Tchetchelnik, Ucrania, 1920-Río de Janeiro, Brasil, 1977) 

SECO ESTUDIO DE CABALLOS

Desposamiento

El caballo está desnudo. 

**
Falsa domesticación

¿Qué es el caballo? Es la libertad tan indomable que se torna inútil aprisionarlo para que sirva al hombre: se deja domesticar, pero con unos simples movimientos de sacu­dida rebelde de cabeza —agitando las crines como una cabellera suelta— demuestra que su íntima naturaleza es siempre bravia y límpida y libre.

**
Forma

La forma del caballo representa lo mejor del ser huma­no. Tengo un caballo dentro de mí que raramente se ex­presa. Pero cuando veo a otro caballo entonces el mío se expresa. Su forma habla.

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Dulzura

¿Qué es lo que hace al caballo ser de brillante naturale­za? Es la dulzura de quien asumió la vida y su arco iris. Esa dulzura se objetiva en el pelo suave que deja adivi­nar los elásticos músculos ágiles y controlados.

**
Los ojos del caballo

Vi una vez un caballo ciego: la naturaleza se había equi­vocado. Era doloroso sentirlo inquieto, atento al menor rumor provocado por la brisa en las hierbas, con los ner­vios prontos a erizarse en un estremecimiento que le re­corría el cuerpo alerta. ¿Qué es lo que el caballo ve a tal punto que no ver a su semejante lo vuelve perdido como de sí mismo? Es que cuando ve, ve fuera de sí lo que está dentro de sí. Es un animal que se expresa por la forma. Cuando ve montañas, césped, gente, cielo, do­mina hombres y su propia naturaleza.

**
Sensibilidad

Todo caballo es salvaje y arisco cuando manos insegu­ras lo tocan.

**
Él y yo

Intentando poner en frases mi más oculta y sutil sensa­ción —y desobedeciendo mi necesidad exigente de vera­cidad—, yo diría: si pudiese haber escogido, me habría gustado nacer caballo. Pero —quién sabe— quizás el ca­ballo no sienta el gran símbolo de vida libre que noso­tros sentimos en él. ¿Debo concluir entonces que el ca­ballo sería sobre todo para ser sentido por mí? ¿El caballo representa la animalidad bella y suelta del ser humano? ¿Lo mejor del caballo el ser humano ya lo tiene? Enton­ces abdico de ser un caballo y con gloria paso a mi hu­manidad. El caballo me indica lo que soy.

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Adolescencia de niña-potro

Ya me relacioné de modo perfecto con el caballo. Me acuerdo de mí adolescente. De pie con la misma altivez del caballo y pasando la mano por su pelo lustroso. Por su agreste crin agresiva. Ya me sentía como si algo mío nos viese de lejos. Así: «La muchacha y el caballo».

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El alarde

En la hacienda el caballo blanco —rey de la naturaleza— lanzaba hacia lo alto de la suavidad del aire su largo re­lincho de esplendor.

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El caballo peligroso

En el pueblecito del interior —que se convertiría un día en una pequeña ciudad— todavía reinaban los caballos como prominentes habitantes. Bajo la necesidad cada vez más urgente de transporte, levas de caballos habían in­vadido el lugar, y en los niños todavía salvajes nacía el secreto deseo de galopar. Un bayo joven dio una coz mor­tal a un niño que iba a montarlo. Y el lugar donde el niño audaz había muerto era mirado por la gente con una cen­sura que en verdad no se sabía a quién dirigir. Con las cestas de compras bajo el brazo, las mujeres se paraban a mirar. Un periódico se enteró del caso y se leía con cierto orgullo un artículo con el título de «El crimen del caba­llo». Era el crimen de uno de los hijos de la pequeña ciu­dad. El lugar entonces ya mezclaba a su olor de caballeri­za la conciencia de la fuerza contenida en los caballos.

**
En la calle seca de sol

Pero de pronto, en el silencio del sol de las dos de la tar­de y casi nadie en las calles del suburbio, una pareja de caballos desembocó de una esquina. Por un momento se inmovilizó con las patas semierguidas. Fulgurando en las bocas como si no estuvieran amordazadas. Allí, como es­tatuas. Los pocos transeúntes que afrontaban el calor del sol miraban, mudos, separados, sin entender con pala­bras lo que veían. Entendían muy poco. Pasado el ofus­camiento de la aparición, los caballos curvaron el pes­cuezo, bajaron las patas y continuaron su camino. Había pasado el instante de deslumbramiento. Instante inmo­vilizado como por una máquina fotográfica que hubiera captado alguna cosa que nunca las palabras alcanzarían a decir.

**
En la puesta de sol

Ese día, cuando el sol ya se estaba poniendo, el oro se extendió por las nubes y por las piedras. Los rostros de los habitantes quedaron dorados como armaduras y así brillaban los cabellos sueltos. Fábricas empolvadas sil­baban continuamente avisando el fin del día de trabajo, la rueda de un carro adquirió un nimbo dorado. En ese oro pálido la brisa tenía una ascensión de espada desen­vainada. Porque era así que se erguía la estatua ecuestre de la plaza en la dulzura del ocaso.

**
En la madrugada fría

Podía verse el suave aliento húmedo, el aliento brillante y tranquilo que salía de las narinas trémulas extremada­mente vivas y temblorosas de los caballos y yeguas en cier­tas madrugadas frías.

**
El misterio de la noche

Pero a la noche caballos liberados de las cargas y condu­cidos a campos de hierbas galopaban finos y sueltos en la oscuridad. Potros, rocines, alazanes, largas yeguas, cas­cos duros, ¡de pronto una cabeza fría y oscura de caba­llo! Los cascos golpeando, fauces espumantes erguidas en el aire con ira y un murmullo. Y a veces una larga res­piración enfriaba las hierbas temblorosas. Entonces el bayo se adelantaba. Andaba de lado, la cabeza curvada hasta el pecho, cadencioso. Los otros asistían sin mirar. Oyendo el rumor de los caballos, yo adivinaba los cas­cos secos avanzando hasta detenerse en el punto más alto de la colina. Y la cabeza dominaba la pequeña ciudad, lanzando un largo relincho. El miedo me apresaba en las tinieblas del cuarto, el terror de un rey, yo quería res­ponder con las encías al modelo del relincho. Con la en­vidia del deseo mi rostro adquiría la nobleza inquieta de una cabeza de caballo. Cansada, jubilosa, escuchando el trote sonámbulo. En cuanto saliera del cuarto mi forma iría cobrando volumen y purificándose, y, cuando llega­ra a la calle, ya podría galopar con patas sensibles, los cascos resbalando en los últimos tramos de la escalera de la casa. Desde la calle desierta yo miraría: una esqui­na y otra. Y vería las cosas como un caballo las ve. Ése era mi deseo. Desde la casa yo intentaba al menos espiar la colina de hierbas donde en las tinieblas caballos sin nombre galopaban retornados al estado de caza y de guerra.

Los animales no abandonaban su vida secreta que se desarrollaba durante la noche. Y si en medio de la ronda salvaje aparecía un potro blanco, era un asombro en la oscuridad. Todos se detenían. El caballo prodigioso apa­recía, era aparición. Se mostraba, erguido, un instante. Inmóviles, los animales aguardaban sin espiar. Pero uno de ellos golpeaba el casco, y la breve patada quebraba la vigilia: fustigados, movíanse de pronto alegres, entre­cruzándose sin jamás chocar y entre ellos se perdía el ca­ballo blanco. Hasta que un relincho de súbita cólera los advertía: por un segundo, quedaban atentos, luego se es­parcían de nuevo en otra composición de trote, el dorso sin montura, los cuellos bajos hasta que las fauces toca­ban el pecho. Erizadas las crines. Ellos rítmicos, incultos.

La noche alta, mientras los hombres dormían, los en­contraba inmóviles en las tinieblas. Estables y sin peso. Allí estaban ellos, invisibles, respirando. Aguardando con la inteligencia corta. Abajo, en la pequeña ciudad ador­mecida, un gallo volaba y se posaba al borde de una ven­tana. Las gallinas espiaban. Más allá de las vías del tren había un ratón dispuesto a huir. No tenía boca para ha­blar pero daba una señal que se manifestaba de espacio a espacio en la oscuridad. Ellos espiaban. Aquellos ani­males que tenían un ojo para ver de cada lado: nada ne­cesitaba ser visto por ellos de frente, y ésa era la gran noche. Los flancos de una yegua recorridos por una rá­pida contracción. En los silencios de la noche la yegua abría los ojos como si estuviera rodeada por la eterni­dad. El potro más inquieto todavía erguía las crines en un sordo relincho. Al fin reinaba el silencio total.

Hasta que la frágil luminosidad de la madrugada los revelaba. Estaban separados, de pie sobre la colina. Exhaustos, frescos. Habían pasado a través de la oscuri­dad por el misterio de la naturaleza de los seres.

**
Estudio del caballo demoníaco

Nunca más descansaré porque robé el caballo de caza de un Rey. ¡Soy, ahora, peor que yo misma! Nunca más des­cansaré: robé el caballo de caza del Rey en el hechizado Sabath. Se adormeció un instante, el eco de un relincho me despertó. Era inútil intentar no ir. En la oscuridad de la noche el resollar me estremeció. Finjo que duermo pero en el silencio el jinete respira. Todos los días será igual: ya al atardecer comienzo a ponerme melancólica y pensativa. Sé que el primer tambor en la montaña del mal hará la noche, sé que el tercero me envolverá en su tormenta. Al quinto tambor ya estaré con mi codicia de caballo fantasma. Hasta que de madrugada, los últimos tambores levísimos, me encontrarán sin saber cómo jun­to a un arroyo fresco, sin saber jamás lo que hice, al lado de la enorme y cansada cabeza del caballo.

Pero, ¿cansada de qué? ¿Qué hicimos, yo y el caba­llo, nosotros, los que trotamos en el infierno de la ale­gría del vampiro? Él, el caballo del Rey, me llama. Re­sisto, en medio de una crisis de sudor, y no voy. Desde la última vez en que descendí de su silla de plata, era tan grande mi tristeza humana por haber sido lo que no te­nía que ser, que juré que nunca más. El trote, empero, continúa en mí. Converso, arreglo la casa, sonrío, pero sé que el trote está en mí. Siento su falta hasta morir.

No, no puedo dejar de ir.

Y sé que de noche, cuando él me llame, iré. Quiero todavía que una vez más el caballo conduzca mi pensa­miento. Fue con él que aprendí. Si es pensamiento esta hora entre latidos. Comienzo a entristecer porque sé cómo el ojo (oh, sin querer, no es culpa mía), cómo el ojo sin querer ya resplandece de perverso regocijo: sé que iré.

Cuando de noche él me llame, atrayéndome al infier­no, iré. Desciendo como un gato por los tejados. Nadie sabe, nadie ve. Sólo los perros ladran presintiendo lo so­brenatural.

Y me presento, en la oscuridad, al caballo que me es­pera, caballo de realeza, me presento muda y con fulgor. Obediente a la Bestia.

Detrás de nosotros corren cincuenta y tres flautas. Al frente, un clarinete nos alumbra, a nosotros, los impú­dicos cómplices del enigma. Y nada más me es dado saber.

De madrugada yo nos veré exhaustos junto al arroyo, sin saber qué crímenes cometimos hasta llegar a la ino­cente madrugada.

En mi boca y en sus patas la marca grande de la san­gre. ¿Qué hemos inmolado?

De madrugada estaré de pie al lado del jinete ahora mudo, con el resto de las flautas todavía resbalando por los cabellos. Los primeros signos de una iglesia a lo lejos nos estremecen y nos ahuyentan, nos desvanecemos frente a la cruz.

La noche es a mi vida como el caballo diabólico, y ya soy la hechicera del horror. La noche es mi vida, anoche­ce, la noche pecadoramente feliz es la vida triste que es mi orgía: eh, roba, roba de mí al jinete porque de robo en robo hasta la madrugada yo ya robé para mí y para mi compañero fantástico, y de la madrugada ya hice un presentimiento de terror de demoníaca alegría malsana.

Líbrame, roba deprisa al jinete mientras es hora, mien­tras todavía no anochece, mientras es de día sin tinieblas, si es que todavía hay tiempo, pues al robar al jinete tuve que matar al Rey, y al asesinarlo robé la muerte del Rey. Y la alegría orgiástica de nuestro asesinato me consume de terrible placer. Roba deprisa el caballo peligroso del Rey, róbame antes de que la noche venga y me llame.
**
Traducción: Cristina Peri Rossi
Grijalbo Mondadori editorial.

jueves, 10 de mayo de 2012

"Digo lo que tengo que decir sin literatura"


CLARICE LISPECTOR
(Tchetchelnik, Ucrania, 1920-Río de Janeiro, Brasil, 1977) 

La relación de la cosa


Esta cosa es más difícil de lo que cualquiera puede entender. Insista. No se desanime. Parecerá obvio. Pero es extremadamente difícil saber algo de ella. Pues envuelve el tiempo. Nosotros dividimos el tiempo, cuando en realidad no es divisible. Siempre es inmutable. Pero nosotros necesitamos dividirlo. Y por eso surgió una cosa monstruosa: el reloj.
No voy a hablar de relojes. Sino sobre un determinado reloj. Mi juego es claro: digo lo que tengo que decir sin literatura. Esta relación es la antiliteratura de la cosa. El reloj del que hablo es electrónico y tiene despertador. La marca es Sveglia, que quiere decir ‘despierta’. Despierta para qué, Dios mío. Para el tiempo. Para la hora. Para el instante. Ese reloj no es mío. Pero me apoderé de su infernal alma tranquila.


No es de muñeca, está suelto, por tanto. Tiene dos centímetros y está de pie en la superficie de la mesa. Yo quería que se llamara Sveglia, tal cual. Pero la dueña del reloj quiere que se llame Horacio. Poco importa. Pues lo principal es que él es el tiempo. Su mecanismo es muy simple. No tiene la complejidad de una persona, pero es más persona que muchas personas. ¿Es un superhombre? No, viene directamente del planeta Marte, a lo que parece. Si es de allí de donde viene, entonces un día volverá a allí. Es tonto decir que no necesita cuerda, eso ya ocurre con otros relojes, como el mío de muñeca, es antichoque, puede mojarse a placer. Ésos son más que personas. Por lo menos, son de la Tierra. El Sveglia es de Dios. Fueron usados cerebros humanos divinos para captar lo que debía ser este reloj. Estoy escribiendo sobre él pero todavía no lo vi. Va a ser el Encuentro. Sveglia: despierta, mujer, despierta para ver lo que debe ser visto. Es importante estar despierta para ver. Pero también es importante dormir para soñar con la falta de tiempo.


Sveglia es el Objeto, es la Cosa, con letra mayúscula. ¿Será que el Sveglia me ve? Ve, sí, como si yo fuese otro objeto. Él reconoce que a veces hay personas que también vienen de Marte.


Están ocurriéndome cosas, desde que sé la existencia del Sveglia, que parecen un sueño. Despiértame, Sveglia, quiero ver la realidad. Pero es que la realidad parece un sueño. Estoy melancólica porque estoy feliz. No es paradójico. Después del acto del amor, ¿no viene una cierta melancolía? De la plenitud. Estoy con deseos de llorar. Sveglia no llora. Además, él no tiene circunstancias. ¿Será que su energía tiene peso? Duerme, Sveglia, duerme un poco, yo no soporto la vigilia. Tú no paras de ser. Tú no sueñas. No se puede decir que tú «funcionas»: tú no eres funcionamiento, tú sólo eres. Tú eres muy delgado. Y nada te acontece. Eres tú quien hace acontecer las cosas.


Acontéceme, Sveglia, acontéceme. Estoy necesitando un determinado acontecimiento sobre el cual no puedo hablar. Y dame otra vez el deseo, que es el resorte de la vida animal. Yo no te quiero para mí. No me gusta sentirme vigilada. Y tú eres un ojo único abierto siempre como un ojo suelto en el espacio. Tú no me quieres mal, pero tampoco me quieres bien. ¿Será que yo también estoy quedando así, sin sentimiento de amor? ¿Soy una cosa? Sé que estoy con poca capacidad de amar. Mi capacidad de amar fue demasiado pisoteada, Dios mío. Sólo me queda un hilo de deseo. Yo necesito que éste se fortifique. Porque no es como tú piensas, que sólo la muerte importa. Vivir, cosa que tú no conoces, porque es pudrirse, vivir corrompiéndose importa mucho. Un vivir seco: un vivir esencial.


Si él se quebrara, ¿creería que murió? No, sería simplemente fuera de sí mismo. Pero tú tienes flaquezas, Sveglia. Yo supe por tu dueña que necesitas una capa de cuero para protegerte de la humedad. Supe, también, en secreto, que una vez te detuviste. La dueña no se asustó: te dio unos golpecitos muy simples y tú nunca más te paraste. Yo te entiendo, te perdono: tú viniste de Europa y necesitabas un mínimo de tiempo para aclimatarte, ¿no? ¿Quiere decir que tú también eres mortal, Sveglia? ¿Tú eres tiempo que para?
Yo oí al Sveglia, por teléfono, dar la alarma.
Es como en el interior de las personas: uno se despierta de dentro hacia afuera.
Parece que su electrónico-Dios se comunica con nuestro cerebro electrónico-Dios: el sonido es suave, sin la menor estridencia. Sveglia marcha como un caballo blanco suelto y sin silla.
Yo supe de un hombre que poseía un Sveglia y a quien aconteció Sveglia. Él caminaba con el hijo de diez años, de noche, y el hijo dijo: Cuidado, papá, hay macumba1 ahí. El padre retrocedió (¿no es que pisó de lleno en la vela encendida, apagándola?). No pareció haber ocurrido nada, lo que también es mucho de Sveglia. El hombre se fue a dormir. Cuando despertó vio que uno de sus pies estaba hinchado y negro. Llamó a los amigos médicos que no apreciaron ninguna señal de herida: el pie estaba intacto, sólo negro y muy hinchado, de aquella inflamación que deja la piel toda estirada. Los médicos llamaron a otros colegas. Y nueve médicos decidieron que era gangrena. Tenían que amputar el pie. Lo marcaron para el día siguiente, a una hora exacta. El hombre se durmió. Y tuvo un sueño terrible. Un caballo blanco quería agredirle y él huía como un loco. Todo eso pasaba en el Campo de Santana. El caballo blanco era lindo y enjaezado con plata. Pero no tuvo suerte. El caballo le golpeó el pie, pisándolo. En ese momento, el hombre despertó gritando. Pensaron que estaba nervioso, le explicaron que eso sucedía cuando se estaba cerca de una operación, le dieron un sedante, se durmió otra vez. Cuando despertó, miró hacia el pie. Gran sorpresa: el pie estaba blanco y del tamaño normal. Vinieron los nueve médicos y no lo supieron explicar. Ellos no conocían el enigma del Sveglia contra el cual sólo un caballo blanco puede luchar. No había motivo para hacer la operación. Sólo que no podía apoyarse en ese pie: flaqueaba. Era la marca del caballo de arreos de plata, de vela apagada, del Sveglia. Pero Sveglia quiso triunfar y ocurrió una cosa. La esposa de ese hombre, en perfecto estado de salud, en la mesa del comedor, comenzó a sentir fuertes dolores en los intestinos. Interrumpió la comida y se fue a echar a la cama. El marido, preocupadísimo, fue a verla. Estaba blanca, exangüe. Le tomó el pulso: no había. La única señal de vida era que su frente se perlaba de sudor. Llamaron al médico que dijo que podía ser un caso de catalepsia. El marido no se conformó. Le descubrió el vientre e hizo sobre él movimientos simples, como él mismo los había hecho cuando el Sveglia se paró, movimientos que no sabía explicar.


La mujer abrió los ojos. Estaba perfectamente bien de salud. Y continúa viva, que Dios la guarde. Eso tiene que ver con el Sveglia. No sé cómo. Pero que tiene que ver, tiene. ¿Y el caballo blanco del Campo de Santana, que es plaza de pájaros, palomas y quatis?2 Muy enjaezado, con adornos de plata, de crines altivas y erizadas. Corriendo rítmicamente contra el ritmo del Sveglia. Corriendo sin prisa.


Estoy en perfecta salud física y mental. Pero una noche estaba durmiendo profundamente y me oyeron decir en voz alta: ¡quiero tener un hijo con Sveglia!
Yo creo en el Sveglia. Él no cree en mí. Piensa que miento mucho. Y miento. En la Tierra se miente mucho.
Yo pasé cinco años sin engriparme: eso fue por el Sveglia. Y cuando me engripé, duró tres días. Después me quedó una tos seca. Pero el médico me recetó un antibiótico y me curé. El antibiótico es el Sveglia.


Ésta es una relación. El Sveglia no admite cuento o novela u otra cosa. Sólo permite transmisión. Mal admite que yo llame a esto relación. Lo llamo relato de misterio. Y hago lo posible porque sea un relato seco como el champán ultra seco. Pero a veces —pido disculpas— se moja. ¿Podría hablar con más dureza con relación al Sveglia? No, él sólo es. Y en verdad, Sveglia no tiene nombre íntimo: conserva el anonimato. Además, Dios no tiene nombre: conserva el anonimato perfecto: no hay lengua que pronuncie su verdadero nombre.


Sveglia es estúpido: actúa clandestinamente, sin meditar. Voy a decir ahora algo muy grave que parecerá herejía: Dios es burro. Porque Él no entiende, no piensa, sólo es. Ciertamente, su estupidez se ejecuta a sí misma. Pero Él comete muchos errores. Y sabe que los comete. Basta mirarnos a nosotros mismos, que somos un error grave. Basta ver el modo como nos organizamos en sociedad e intrínsecamente, de tú a tú. Pero hay un error que Él no comete: Él no muere. Sveglia tampoco muere. Todavía no vi al Sveglia, como ya dije. Tal vez sea mojado verlo. Sobre todo, con relación a él. Pero la dueña no quiere que yo lo vea. Tiene celos. Los celos llegan a mojar, de tan húmedos. Además, nuestra Tierra corre el riesgo de mojarse de sentimientos. El gallo es Sveglia. El huevo es puro Sveglia. Pero sólo el huevo entero, completo, blanco, de cascara seca, completamente oval. Por dentro de él hay vida; vida mojada. Pero comer la yema cruda es Sveglia.


¿Quieren ver qué es Sveglia? El fútbol. Pero Pelé, en cambio, no es. ¿Por qué? Imposible de explicar. Quizás porque no ha respetado el anonimato.


La discusión es Sveglia. Acabo de tener una con la dueña del reloj. Yo dije: ya que tú no quieres dejarme ver el Sveglia, descríbeme sus discos. Entonces ella se puso furiosa —eso es Sveglia— y dijo que tenía muchos problemas —tener problemas no es Sveglia—. Entonces intenté calmarla y todo quedó bien. Mañana no la llamaré. La dejaré descansar.


Me parece que escribiré sobre el electrónico sin verlo jamás. Parece que tendrá que ser así. Es fatal.


Tengo sueño. ¿Estará permitido? Sé que voy a soñar con el Sveglia. El número está permitido. Aunque el seis no lo sea. Rarísimos poemas están permitidos. De novela, ni se puede hablar. Tuve una empleada por siete días, llamada Severina, y que había pasado hambre de niña. Le pregunté si estaba triste. Me dijo que no era alegre ni triste: era así, sólo. Ella era Sveglia. Pero yo no lo era y no pude soportar la ausencia de sentimiento.


Suecia es Sveglia.


Pero ahora me voy a dormir, aunque no debo soñar.


El agua, a pesar de ser mojada por excelencia, es Sveglia. Escribir es. Pero el estilo no es. Tener senos es. El órgano masculino es muy Sveglia. La bondad no es. Pero la no bondad, el darse, es. Bondad no es lo opuesto a maldad.


¿Estaré escribiendo mojado? Me parece que sí. Mi sobrenombre es. Ya el primero es muy dulce, es para el amor. No tener ningún secreto —y, sin embargo, mantener el enigma— es Sveglia. En la puntuación, las reticencias no son. Si alguien llega a entender este mi irrevelado relato, ese alguien es. Parece que yo no soy yo, de tanto yo que soy. El Sol es, la Luna no. Mi cara es. Probablemente la suya también es. El whisky es. Y, por increíble que parezca, la Coca-cola es, pero la Pepsi-cola nunca fue. ¿Estoy haciendo propaganda gratis? Eso está mal, ¿sabes, Coca-cola?


Ser fiel es. El acto del amor contiene en sí una desesperación que es.


Ahora voy a contar una historia. Pero antes quiero decir que quien me contó esta historia fue una persona que, a pesar de ser bondadosísima, es Sveglia.


Ahora me estoy muriendo de cansancio. Sveglia —si uno no se cuida— mata.


La historia es la siguiente: Sucede en una localidad llamada Coelho Neto, en Guanabara. La mujer de la historia era muy desgraciada porque tenía una herida en la pierna y la herida no cerraba. Trabajaba mucho y el marido era cartero. Ser cartero es Sveglia. Tenían muchos hijos. Y casi nada de comer. Pero ese cartero tomó sobre sí la responsabilidad de hacer feliz a su mujer. Ser feliz es Sveglia. Y el cartero resolvió la situación. Le mostró a una vecina que era estéril y sufría mucho por eso. No había modo de tener un hijo. Le enseñó a su mujer cómo era feliz por tener hijos. Y ella se volvió feliz, aun con la poca comida. Le enseñó también el cartero que otra vecina tenía hijos pero el marido bebía mucho y la golpeaba, a ella y también a los hijos. Mientras que él no bebía y nunca había golpeado a su mujer o a sus hijos. Lo que la hizo feliz. Todas las noches ellos tenían pena de la vecina estéril y de la que era golpeada por el marido. Todas las noches ellos eran muy felices. Y ser feliz es Sveglia. Todas las noches.


Yo quería llegar a la página nueve en la máquina de escribir. El número nueve es casi inalcanzable. El número trece es Dios. La máquina de escribir es. El peligro de pasar a no ser más Sveglia es cuando se mezcla un poco con los sentimientos de la persona que está escribiendo.


Yo aborrecí el cigarrillo Cónsul, que es mentolado y dulce. En cambio, el cigarrillo Garitón es seco, es duro, es áspero, y sin complicidad con el fumador. Como cada cosa es y no es, no me molesta hacer propaganda gratis al Garitón. Pero, en cuanto a la Coca-cola, no perdono.


Quiero mandar este relato a la revista Senhor y quiero que me paguen muy bien.


Como usted es Sveglia, juzgue si mi cocinera, que cocina bien y canta el día entero, es.


Me parece que voy a encerrar este relato esencial para explicar los fenómenos enérgicos de la materia. Pero no sé qué hacer. Ah, me voy a vestir.


Hasta nunca más, Sveglia. El cielo es muy azul. Las olas blancas de espuma del mar son más que mar. (Ya me despedí del Sveglia, sólo continuaré hablando por vicio, tengan paciencia.) El olor del mar mezcla masculino y femenino y nace en el aire un hijo que es.


La dueña del reloj me dijo hoy que él es el dueño de ella. Me dijo que él tiene unos agujeritos oscuros por donde sale el sonido suave como una ausencia de palabras, sonido de satén. Tiene un disco interior dorado. El disco exterior es plateado, casi sin color, como una aeronave en el espacio, metal volando. ¿La espera es o no es? No sé responder porque sufro de urgencia y quedo incapacitada de juzgar esta pregunta sin implicarme emocionalmente. No me gusta esperar.


Un cuarteto de música es muchísimo más que una sinfonía. La flauta es. El clave tiene un elemento de terror: los sonidos salen abiertos y quebradizos. Cosa de alma de otro mundo.


Sveglia, ¿cuándo me dejarás en paz? ¿Me vas a perseguir toda la vida, transformando la claridad en insomnio perenne? Ya te odio. Ya querría poder escribir una historia: un cuento o novela o una transmisión. ¿Cuál va a ser mi próximo paso en la literatura? Me parece que no escribiré más. Pero también es cierto que otras veces pensé que no escribiría más, y escribí. ¿Y qué he de escribir, Dios mío? ¿Me contaminé con la matemática del Sveglia y sólo sabré hacer relaciones?


Ahora voy a terminar este relato de misterio. Ocurre que estoy muy cansada. Voy a tomar un baño antes de salir y me perfumaré con un perfume que es un secreto mío. Sólo digo una cosa de él: es agreste y un poco áspero, con una dulzura escondida. Él es.


Adiós, Sveglia. Adiós para siempre jamás. Hay una parte de mí que tú ya mataste. Ya morí y me estoy pudriendo. Morir es.
Y ahora, ahora adiós.
**

Tomado de http://cuentosimperdibles.wordpress.com
1 Maleficio. (N. de la T.)
2 Pájaro del Brasil. (N. de la T.)

miércoles, 19 de mayo de 2010

Entonces abdico de ser un caballo


Más de CLARICE LISPECTOR
Fragmentos de "Seco estudio de caballos"


ÉL Y YO

Intentando poner en frases mi más oculta
y sutil sensación —y desobedeciendo mi
necesidad exigente de veracidad—, yo
diría: si pudiese haber escogido, me habría
gustado nacer caballo. Pero —quién sabe—
quizás el caballo no sienta el gran símbolo
de vida libre que nosotros sentimos en él. ¿Debo concluir entonces que
el caballo sería sobre todo para ser sentido por mí? ¿El caballo representa
la animalidad bella y suelta del ser humano? ¿Lo mejor del caballo el ser humano ya lo tiene? Entonces abdico de ser un caballo y con gloria paso
a mi animalidad. El caballo me indica lo que soy.
***
EL CABALLO PELIGROSO

En el pueblecito del interior —que se convertiría un día en una pequeña ciudad— todavía reinaban los caballos como prominentes habitantes.
Bajo la necesidad cada vez más urgente de transporte, levas de caballos habían invadido el lugar, y en los niños todavía salvajes nacía el secreto deseo de galopar. Un bayo joven dio una coz mortal a un niño que iba a montarlo. Y el lugar donde el niño audaz habla muerto era mirado por la gente con una censura que en verdad no se sabía a quién dirigir. Con las cestas de compras bajo el brazo, las mujeres se paraban a mirar. Un periódico se enteró del caso y se leía con cierto orgullo un artículo con el título de "El crimen del caballo". Era el crimen de uno de los hijos de la pequeña ciudad. El lugar entonces ya mezclaba a su olor de caballeriza la conciencia de la fuerza contenida en los caballos.
***

"Líbrame, roba deprisa el caballo real mientras es hora, mientras todavía no anochece, mientras es de día sin tinieblas, si es que todavía hay tiempo, pues al robar el caballo tuve que matar al Rey, y al asesinarlo robé la muerte del Rey. Y la alegría orgiástica de nuestro asesinato me consume de terrible placer. Roba deprisa el caballo peligroso del Rey, róbame antes de que la noche venga y me llame."
**

Traducción de Cristina Peri Rossi para la Editorial Grijalbo Mondadori

viernes, 16 de abril de 2010

Salvo las horas en las que escribo


CLARICE LISPECTOR
(Tchetchelnik, Ucrania, 1920-Río de Janeiro, Brasil, 1977)


Cuando no estoy escribiendo, simplemente yo no sé como se escribe. Y si no sonara infantil y falta que esta pregunta es de las más sinceras, yo elegiría a un amigo escritor y le preguntaría ¿cómo se escribe?

Porque, realmente, ¿cómo se escribe? ¿Qué se dice? ¿Cómo se dice? Y ¿cómo empieza? Y ¿qué se hace con el papel en blanco que nos enfrenta tranquilo?
Sé que la respuesta, más que por la intriga, es esta única: escribiendo. Soy la persona que más se sorprende al escribir. Y todavía no me habitué a que me llamen escritora. Porque, salvo las horas en las que escribo, no sé en absoluto escribir. ¿Será que escribir no es un oficio? ¿No hay aprendizaje, entonces? ¿Qué es? Sólo me consideraré escritora el día en que yo diga: sé cómo se escribe.
***

Escribir es una maldición que salva. Es una maldición porque obliga y arrastra, como un vicio penoso del cual es imposible librarse. Y es una salvación porque salva el día que se vive y que nunca se entiende a menos que se escriba. ¿El proceso de escribir es difícil? Es como llamar difícil al modo extremadamente prolijo y natural con que es hecha una flor. No puedo escribir mientras estoy ansiosa, porque hago todo lo posible para que las horas pasen. Escribir es prolongar el tiempo, dividirlo en partículas de segundos, dando a cada una de ellas una vida insustituible. Escribir es usar la palabra como carnada, para pescar lo que no es palabra. Cuando esa no-palabra, la entrelínea, muerde la carnada, algo se escribió. Una vez que se pescó la entrelínea, con alivio se puede echar afuera la palabra.
***
Última entrevista
(Realizada para TV Cultura, San Pablo, enero de 1977)

Clarice Lispector, ¿de dónde viene ese “Lispector”?
Es un apellido latino, ¿no es cierto? Yo le pregunté a mi padre desde cuándo había Lispector en Ucrania. Él me dijo que desde generaciones y generaciones atrás. Supongo que ese apellido fue rodando, rodando, perdiendo algunas sílabas y formando otra cosa que parece… “lis” y “peito” en latín… Es un apellido del que, cuando escribí mi primer libro, Sergio Milliet (yo era entonces completamente desconocida, por supuesto) dijo: “Esa escritora de apellido desagradable, ciertamente un seudónimo…”. No lo era, era mi verdadero apellido.

¿Usted llegó a conocer a Sergio Milliet personalmente?
Nunca. Porque yo publiqué mi primer libro y me fui del Brasil para viajar, porque me casé con un diplomático brasileño, de modo que no conocí a quienes escribieron sobre mí. Parece que eso sucede… Lo sé porque a veces me telefonean y me preguntan en qué librería pueden encontrar mi libro. Entonces, es que hay personas que van a buscar precisamente mi libro. Porque en el fondo yo escribo de un modo muy simple, ¿sabe?

¿Será que las cosas simples son recibidas hoy de manera complicada?
Tal vez, tal vez… Pero escribo de una manera simple. Yo no adorno…

En su formación como escritora, ¿cuáles son aquellos escritores que usted siente que le influenciaron realmente?

No lo sé porque mezclé todo. Yo leía libros, novelas para adolescentes, libros, color de rosa… mezclados con Dostoievski. Escogía los libros por los títulos y no por los autores, de quienes no tenía conocimiento alguno. Mezclé todo. Leer a los trece años El lobo estepario de Hermann Hesse fue un shock. Entonces comencé a escribir un cuento que no terminaba nunca. Acabé rompiéndolo.

¿Eso sucede todavía, que escriba algo y después lo rompa?
Lo dejo de lado o… No, yo rompo, sí.

¿Es producto de la reflexión o es un acto emocional?
Es rabia, un poco de rabia.

¿Con quién?
Conmigo misma.

¿Por qué, Clarice?
Estoy un poco cansada…

-¿De qué?
De mí misma.

¿Pero usted no renace y se renueva con cada trabajo nuevo?
Bueno, ahora yo morí… Pero vamos a ver si renazco de nuevo. Mientras tanto, yo estoy muerta… Estoy hablando desde mi sepulcro.
**
Tomado del blog de Ana Crespo

miércoles, 24 de junio de 2009

Y el fuego dulce arde


Un final de
CLARICE LISPECTOR
(Tchetchelnik o Chechelnyk, Ucrania, 1920 - Río de Janeiro, Brasil, 1977)



Pues en el río había algo como el fuego del hogar. Y cuando ella advirtió que, además del frío, llovía en los árboles, no podía creer que tanto le fuese dado. Y el acuerdo del mundo con aquello que ella ni siquiera sabía que precisaba como el pan. Llovía, llovía. El fuego encendido guiñaba hacia ella y hacia él. Él, el hombre, se ocupaba de aquello que ella ni siquiera agradecía; él atizaba el fuego, lo cual era su deber de nacimiento. Y ella, que siempre estaba inquieta, haciendo cosas y experimentando, curiosa, ella no se acordaba de atizar el fuego: no era su papel, pues tenía a su hombre para eso. No siendo doncella, el hombre tenía que cumplir su misión. Lo más que ella hacía era instigarlo, a veces: «Aquel leño —decía—, aquél todavía no encendió». Y él, un instante antes de que ella acabara la frase que lo advertía, él ya había notado el leño, era su hombre, ya estaba atizando el leño. No le daba órdenes, porque era la mujer de un hombre que perdería su estado, si ella le daba órdenes. La otra mano de él, libre, está al alcance de ella. Ella lo sabe, y no la toma. Quiere la mano de él, sabe que la quiere, y no la toma. Tiene exactamente lo que necesita: poder tener.
Ah, y decir que esto va a acabar, que por sí mismo no puede durar. No, ella no se está refiriendo al fuego, se refiere a lo que siente. Lo que siente nunca dura, lo que siente siempre acaba, y puede no volver nunca. Se encarniza entonces sobre el momento, se traga el fuego, y el fuego dulce arde, arde, flamea. Entonces, ella, que sabe que todo va a acabar, toma la mano libre del hombre, y la enlaza con la suya, ella dulce arde, arde, flamea.

Fragmento de "Vidas al natural", de Silencio

Grijalbo-Mondadori, 1995

lunes, 23 de febrero de 2009

Tomo café en la terraza

CLARICE LISPECTOR
Aguaviva (fragmento)


Ahora adivino que la vida es otra. Que vivir no es sólo desarrollar sentimientos gruesos —es algo más sortilégico y más grácil, sin por eso perder su fino vigor animal. Sobre esa vida insólitamente atravesada tengo puesta mi pata que pesa, haciendo así que la existencia fenezca en lo que tiene de oblicuo y fortuito y sin embargo al mismo tiempo sutilmente fatal. Comprendí la fatalidad del acaso y en eso no existe sino contradicción.
La vida oblicua es muy íntima. No digo más sobre esa intimidad para no herir el pensar-sentir con palabras secas. Para dejar eso, oblicuo, en su independencia desarrollada.
Y conozco también un modo de vida que es suave orgullo, gracia de movimientos, frustración leve y continua, de una habilidad de esquivamiento que viene de largo camino antiguo. Como señal de rebelión apenas una ironía sin peso y excéntrica. Tiene un lado de la vida que es como en el invierno tomar un café en la terraza dentro del frío y abrigada en lana.
Conozco un modo de vida que es sombra leve desatada al viento y balanceándose levemente en el suelo: vida que es sombra fluctuante, levitación y sueños en el día abierto: vivo la riqueza de la tierra.
Sí. La vida es muy oriental. Solamente algunas personas escogidas por la fatalidad del acaso probaron de la libertad esquiva y delicada de la vida. Es como saber arreglar flores en un jarrón: una sabiduría casi inútil. Esa libertad fugitiva de vida no debe ser jamás olvidada: debe estar presente como un efluvio.
Vivir esa vida es más un recordar indirecto de ella que un vivir directo. Parece una suave convalecencia de algo que sin embargo podría haber sido absolutamente terrible. Convalecencia de un placer frígido. Sólo para los iniciados la vida entonces se torna frágilmente verdadera. Y se está en el instante-ya: se come la fruta en su vigencia. ¿Acaso ya no sé más de lo que estoy hablando y todo se me ha escapado sin yo sentirlo? Sé, sí —pero con mucho cuidado porque sino por un triz no sé más. Me alimento delicadamente de lo cotidiano trivial y tomo café en la terraza en la finalización de este crepúsculo que parece enfermizo solamente porque es dulce y sensible.
¿La vida oblicua? Bien sé que hay un desencuentro entre los seres que se pierden unos a otros entre palabras que casi no dicen nada más. Pero casi nos entendemos en ese leve desencuentro, en ese casi que es la única forma de soportar la vida de lleno, pues un encuentro brusco rostro a rostro con ella nos asustaría, espantaría sus delicados hilos de tela de araña. Nosotros somos de soslayo, para no comprometer lo que presentimos de infinitamente otro en esa vida de que te hablo.
Y yo vivo de lado —lugar donde la luz central no me tuesta. Y hablo bien bajo para que los oídos sean obligados a estar atentos y a escucharme.


(Traducción de Haydée M. Jofre Barroso)
Somos parecidos a esos sapos que en la austera noche de los pantanos se llaman sin verse, doblegando con su grito de amor toda la fatalidad del universo.
René Char


No haría falta amar a los hombres para darles una ayuda real. Sólo desear hacer mejor cierta expresión de su mirada cuando se detiene en algo más empobrecido que ellos, prolongar en un segundo cierto minuto agradable de su vida. A partir de esta diligencia y cada raíz tratada, su respiración se haría más serena. Sobre todo, no suprimirles por entero esos senderos penosos, a cuyo esfuerzo sucede la evidencia de la verdad a través de los llantos y los frutos.
René Char