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miércoles, 6 de mayo de 2015

Cómo temblaban en la voz, por ti, recuerda, cuerpo

CONSTANTINO KAVAFIS
(Grecia, 1863-1933)


Recuerda, cuerpo...

Cuerpo, recuerda no solamente cuánto fuiste amado,
no sólo los lechos en que te acostaste,
sino también aquellos deseos que por ti
brillaban en los ojos manifiestamente,
y temblaban en la voz –y algún
obstáculo casual los hizo vanos.
Ahora que todo ya está en el pasado,
casi parece como si a aquellos
deseos te hubieses entregado –cómo brillaban,
recuerda, en los ojos que te miraban;
cómo temblaban en la voz, por ti, recuerda, cuerpo.

Versión de Miguel Castillo Didier
**
Otra versión
(sin datos)

Recuerda, cuerpo

Recuerda, cuerpo, no sólo cuánto se te amó,
no solo los lechos donde estuviste echado,
más también aquellos deseos que, por ti,
en miradas brillaron claramente
y en la voz se estremecieron –y que un
obstáculo fortuito los frustró.
Ahora que todo se halla en el pasado,
parece casi que a los deseos
aquellos te hubieras entregado –cómo brillaban,
recuerda, en los ojos que te miraban;
cómo en la voz por ti se estremecían,
recuerda, cuerpo.

martes, 1 de junio de 2010

Recuerda, cuerpo


Algunos poemas más de
CONSTANTINO KAVAFIS
(Grecia, 1863-1933)


S o m b r a s

Una vela es suficiente. Porque su tenue luz
se adapta mejor, hace más fascinantes
las Sombras voluptuosas que vienen del Amor.

Una vela es suficiente. La habitación esta noche
no debe estar iluminada. Para que sólo al sueño
y a la imaginación, con poca luz
para que sólo al sueño me abandone
en las sombras voluptuosas que me trae el Amor.

Versión de José María Álvarez
***
Mo n o t o n í a

A un día monótono otro
monótono, invariable sigue. Pasarán
las mismas cosas, volverán a pasar
los mismos instantes nos hallan y nos dejan.

Un mes pasa y trae a otro mes.
Lo que viene fácilmente uno lo adivina:
son las mismas cosas fastidiosas de ayer.
Y llega ya el mañana a no parecer mañana.

Versión de Miguel Castillo Didier
***
Cuando incitan

Procura guardarlas, poeta,
aunque sea poco lo que permanece,
de tus visiones eróticas.
Déjalas, ocultas, en tus frases.
Procura retenerlas, poeta,
cuando incitan tu mente
de noche o en el brillante mediodía.

Versión de Nina Anghelidis
***
Recuerda, cuerpo...

Cuerpo, recuerda no solamente cuánto fuiste amado,
no sólo los lechos en que te acostaste,
sino también aquellos deseos que por ti
brillaban en los ojos manifiestamente,
y temblaban en la voz –y algún
obstáculo casual los hizo vanos.
Ahora que todo ya está en el pasado,
casi parece como si a aquellos
deseos te hubieses entregado –cómo brillaban,
recuerda, en los ojos que te miraban;
cómo temblaban en la voz, por ti, recuerda, cuerpo.

Versión de Miguel Castillo Didier
***
F u i

Nada me contuvo. Liberado completamente fui.
Hacia los goces, poco reales,
poco elaborados que creó mi espíritu,
fui en medio de la noche iluminada.
Y bebí vinos fuertes, tal como
beben los valientes del placer.

Versión de Nina Anghelidis
***
"¿Dónde podría vivir mejor?" "En el piso de abajo está la casa de citas, donde se pueden satisfacer las necesidades de la carne. Allá, la iglesia, para que se nos perdonen nuestros pecados. Y más abajo el hospital, donde morimos."
C. K.
**
Foto tomada de Kalathos.com

sábado, 26 de diciembre de 2009

Pero nosotros los del Arte


Algunos pocos poemas de
CONSTANTINO KAVAFIS
(Grecia, 1863-1933)



QUE EL DIOS ABANDONABA A ANTONIO

Cuando de repente, a medianoche, se escuche
pasar una comparsa invisible
con músicas maravillosas, con vocerío -
tu suerte que ya declina, tus obras
que fracasaron, los planes de tu vida
que resultaron todos ilusiones, no llores inútilmente.
Como preparado desde tiempo atrás, como valiente,
di adiós a Alejandría que se aleja.
Sobre todo no te engañes, no digas que fue un
sueño, que se engañó tu oído:
no aceptes tales vanas esperanzas.
Como preparado desde tiempo atrás, como valiente,
como te corresponde a ti que de tal ciudad fuiste digno,
acércate resueltamente a la ventana,
y escucha con emoción, mas no
con los ruegos y lamentos de los cobardes,
como último placer los sones,
los maravillosos instrumentos del cortejo misterioso,
y dile adiós a la Alejandría que pierdes.
***
FILOHELENO

Cuida que el grabado se haga artísticamente.
Expresión grave y majestuosa.
La diadema mejor más bien estrecha;
aquellas anchas de los Partos no me gustan.
La inscripción, como de costumbre, en griego:
no exagerada, no pomposa
-que no lo malinterprete el cónsul
que siempre rebusca para denunciar a Roma-
que sea empero ciertamente honrosa.
Algo muy escogido en la otra cara:
algún hermoso discóbolo adolescente.
Sobre todo te recomiendo preocuparte
Sithaspe, por Dios, no olvidarse
después de Rey y Salvador,
que se grabe con letras elegantes, Filoheleno.
Y ahora no me vengas con agudezas,
que "¿Dónde están los helenos?" y "¿Dónde la lengua griega
aquí detrás del Zagro, más acá del Fraata?"
Puesto que tantos y tantos más bárbaros que nosotros
lo escriben, lo escribiremos también nosotros.
Y por último no te olvides que a veces
nos llegan sofistas desde Siria,
y versificadores, y otros que se ocupan de necedades.
De modo que no tenemos tan poca cultura helénica, creo yo.
***
MAR DE LA MAÑANA

Aquí que me detenga. Que también yo contemple un poco la
naturaleza.
Azul esplendoroso de un mar de la mañana
y de un cielo sin nubes, y una ribera amarilla: todo
hermosamente y con plenitud iluminado.
Aquí que me detenga. Y que me engañe como que veo esto
(lo vi en verdad un instante cuando recién me detuve);
y no también aquí mis fantasías,
mis recuerdos, las visiones de la voluptuosidad.
***
MEDIA HORA

Ni te conseguí, ni te conseguiré
nunca, creo. Algunas palabras, un acercamiento
como en el bar anteayer, y nada más.
Es una pena, no digo. Pero nosotros los del Arte
a veces con intensidad de pensamiento, y ciertamente sólo
por poco tiempo, creamos un placer
que parece casi real.
Así en el bar anteayer -claro que ayudando
mucho el alcohol compasivo-
tuve una media hora en plenitud erótica.
Y tú lo percibiste, me parece,
y te quedaste un poco más de adrede.
Eso era muy necesario. Porque
con toda la imaginación, y con el mágico alcohol,
tenía que mirar también tus labios,
tenía que estar tu cuerpo cerca.
***
LO OCULTO

Por cuanto hice y por cuanto dije
que no traten de encontrar quién era yo.
Un obstáculo se alzaba y transformaba
mis acciones y mi modo de vivir.
Un obstáculo se alzaba y me detenía
muchas veces cuando iba a hablar.
Mis acciones más inobservadas
y mis escritos más ocultos
-sólo por allí me entenderán.
Mas acaso no vale la pena gastar
tanta atención y tanto esfuerzo para conocerme.
Más tarde -en la sociedad más perfecta-
algún otro, hecho como yo,
ciertamente surgirá y actuará libremente.
**
LOS CABALLOS DE AQUILES

Cuando vieron que habían matado a Patroclo,
a él, tan bravo, tan joven y fuerte, los caballos de Aquiles lloraron.
La obra de la muerte indignaba a esas bestias inmortales.
Alzando sus cabezas, sacudiendo sus crines,
golpeando el suelo con sus patas lloraban a Patroclo, a quien sentían sin alma, aniquilado, vil cadáver, alma que emprende el vuelo,
indefenso, sin soplo, abandonada su vida
para entrar en la inmensa Nada.
Zeus vio las lágrimas de sus divinos caballos
y se llenó de piedad:
-En las bodas de Peleo —dijo—
no hubiera debido daros con tal imprudencia a miserables mortales,
juguetes del azar
vosotros a quienes ni la muerte
ni la vejez aguardan,
las calamidades de los hombres os aplastan:
esas criaturas fugaces
Os han mezclado en sus infortunios.
Y las dos nobles bestias seguían llorando
la universal miseria de la muerte.
**

Traducción: Miguel Castillo Didier
Somos parecidos a esos sapos que en la austera noche de los pantanos se llaman sin verse, doblegando con su grito de amor toda la fatalidad del universo.
René Char


No haría falta amar a los hombres para darles una ayuda real. Sólo desear hacer mejor cierta expresión de su mirada cuando se detiene en algo más empobrecido que ellos, prolongar en un segundo cierto minuto agradable de su vida. A partir de esta diligencia y cada raíz tratada, su respiración se haría más serena. Sobre todo, no suprimirles por entero esos senderos penosos, a cuyo esfuerzo sucede la evidencia de la verdad a través de los llantos y los frutos.
René Char