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miércoles, 9 de mayo de 2018

Circe Maia

(Montevideo, Uruguay, 1932)

Sincronías

¿Cómo se hará para estirar la mano
y atraer hacia aquí todo el presente
y atarlo?
Que no se escape el sol sobre una hoja
El mosquito en el aire
Ronco motor doblando la esquina
Y en el paladar el gusto del durazno. 
***
Posibilidad
¿De qué manera ataco con palabras
cosas tan delicadas?
La mirada de un niño de tres meses
¿puede acaso tocarse
con las palabras «meses», «tres», «mirada»?

Hay que dar un rodeo
dar vueltas y volver sobre sonidos
sobre voces, oídas, leídas,
tal vez muy usadas…

Es posible que un día se abran
y en la hendidura brote
la mirada.

***
Manos

Los gestos milenarios que repito
desde el tender la mesa a hacer dormirse
los niños, me descubren
de pronto, su otra cara.
Es mi mano y no es sólo la mía.
Vieja mano, viejísima, viniendo
desde siglos, se mueve
por detrás de una fría, gris mirada.
Visto y pensado, el mundo
contemplado, extendido
delante de los ojos
y los ojos buscando ver los hilos
de la espesa maraña.
.. .Y sin embargo, manos
que nada ven, las ciegas
manos, mucho más hallan,
y sin buscar encuentran
una viva sustancia:
en palabras no entra
en los ojos no cabe.
Manos sólo la palpan.

domingo, 12 de febrero de 2017

Tela, tela del día

CIRCE MAIA

(Montevideo, Uruguay, 1932. Reside en Tacuarembó, id.) 

I
Nos llaman. Llaman de todos lados
voces, tareas.
Desde los patios, calles, ventanas
se alzan las voces
agitadas, dispersas.

Tela, tela del día.
Antes eras un lienzo de color indeciso.
(Decíamos: qué haremos
qué haremos de esta noche
esta luz, este tiempo?)

Ahora tienes siempre
un decidido corte y un color definido
Eres como un vestido
para usarte y gastarte.

Tela, tela del día,
luz hilvanada en fuertes
trabajosas puntadas
cuando por fin de noche
se sueltan tus costuras
flotas ante los ojos
-ya por dentro del sueño-
flotas, te sueltas, caes.

lunes, 28 de marzo de 2016

Un orden, una trama clarísima


Tomada de lavoz.com
CIRCE MAIA
(Montevideo, Uruguay, 1932. Reside en Tacuarembó, Uruguay)

De música inaudible

La que toca, de espaldas
el rostro en el espejo
las manos invisibles.

Y todo el amplio cuarto, desde el mármol veteado
del piso, hasta las vigas
del techo alto, vibra.

Sobre inmenso mantel de azules-rojos
dibujos laberínticos
el sonido resbala.

Alrededor –afuera-lejos otro sonido alumbra
-agria luz destemplada-
Holanda del seiscientos.
Afuera sangra Europa, tiempo en sombra.

Aquí dentro
el color crea música
un orden, una trama clarísima.

El profesor escucha
sobre un bastón la mano izquierda
la otra mano en el clave.

La jarra es un acorde blanco.
***
SI P, ENTONCES Q

Red fortísima, de hilos de acero.
Afirmación y negación se enlazan
se siguen, se desprenden como gotas
de plomo derretido, que se sueltan
de las premisas, como de altos hornos.
Nadie corta estos hilos.
Nadie pellizca la piel de la lógica.
Los finísimos dedos arrojan
su red sobre las cosas.
Sin embargo
la red vuelve vacía.

viernes, 13 de noviembre de 2015

No me gusta decir "juego", ni "jugar con las palabras". No me parece un juego

CIRCE MAIA
Créd.: elpais.com.uy

(Montevideo, Uruguay, 1932. Reside en Tacuarembó, Uruguay)

Entrevista, por Carlos Reyes

—¿Qué significa para usted un premio de esta magnitud (Gran Premio a la Labor Intelectual, distinción especial que cada tres años otorga la Dirección de Cultura, del Ministerio de Educación y Cultura)?
—Un poco me resultó abrumador, es un premio importante. La única manera que puedo recibirlo es no personalmente, a mi poesía. La poesía es tan Cenicienta en las librerías, y sin embargo el poema no es solo la poesía escrita. La poesía nos rodea desde tantos siglos, es tan antigua su voz, y tan plural.

—¿Siente que la poesía es una herramienta social?
—No, no estoy segura. Las definiciones, en general, todas nos dejan insatisfechos. Yo sobre todo le veo su papel importante por la posibilidad que brinda de saltar de un mundo a otro. Por eso también hago traducciones. Saltar de mundos lingüísticos y también de las realidades. Cada cultura es un mundo. Penetrar en un lenguaje es el deseo de penetrar en un mundo. La poesía es una extraordinaria herramienta para entrar en la vida de una lengua, en profundidad, con intensidad. Lo veo así.

—Usted publicó su primer libro en 1944...
—Pero ese es un libro infantil: tenía 11 años y a mi padre se le ocurrió, estando yo en sexto de escuela. Y no fue una buena experiencia. Ni siquiera lo cuente. Mi primer libro, del que me sentí responsable de él, fue En el tiempo.

—Bueno, desde su primer libro, ¿cómo ha ido cambiando su poesía?
—Esa es una pregunta que corresponde más a un estudioso. Yo no me doy cuenta bien, no lo sabría contestar. Creo que sin embargo se mantiene lo que puse en el prólogo de En el tiempo. Yo no soy de hablar en metáforas, es muy vivo el lenguaje corriente. Hay muchas formas de escribir, una es tipo diálogo. Y en mi último libro, Dualidades, insisto en eso y todos los poemas se me vuelven cercanos al diálogo, a la forma de la conversación. Claro, un poema no es una charla, pero puede adoptar esa forma. Tal vez se intensificó en mi obra ese modo de escribir conversacional.

—¿Se siente integrante de una generación?
—Tampoco me parece muy satisfactorio el concepto de generación. ¿Generación del 45? Somos todos muy diferentes. Aunque es claro, en cada uno resuenan las otras voces. Pero no tanto de la generación de uno: de lo que ha leído, y vivido. También le corresponde más a un estudioso decirlo.

—¿De Idea Vilariño se siente muy próxima?
—La conocí a Idea fugazmente. Idea tiene también una transparencia, en tanto que usa un vocabulario accesible. Pero en ella es muy fuerte lo exótico, que no aparece para nada en mi poesía.

—¿Sus experiencias de vida marcaron su poesía?
—Es imposible que no la marcaran: lo leído y lo vivido siempre te marcan muy fuertemente. Pero tampoco me parece que mi poesía sea confesional. No me gusta la primera persona. Aunque por mucho que uno hable del mundo, habla de sí mismo. Nunca me pareció muy lúdica la poesía, ni eso de jugar con las palabras. Porque no veo las palabras en sí mismas. A veces hasta una gran desconfianza tengo por la palabra. Más que la palabra, es el pensamiento poético, una forma de lenguaje. Y me gusta más verlo como oral que como escrito. No me gusta decir "juego", ni "jugar con las palabras". No me parece un juego.

—¿Y qué lugar tendía?
—No sé. Tampoco un trabajo. A mí un poco me choca lo de "labor intelectual", porque el que escribe no está sintiendo que es un trabajo penoso. Y tampoco es un juego: es más serio que un juego.

—¿Cuáles son sus poetas de cabecera?
—Me gusta descubrir, por eso traduzco mucho. De golpe me deslumbra un autor. La tarea de traducir hace leer con más cuidado, y eso te marca, te influye.

—De su poesía se han editado discos. ¿Cómo valúa eso?
—Me pidieron una vez que leyera. Y no estoy tan segura de eso, de varios poemas leídos uno después del otro. Un poema exige tiempo: es leerlo, y tiene que crear su propia resonancia. En ese montón de poemas, me parece que se pierde mucho. Yo leí igual, porque me pedían. Pero no me doy cuenta si esa experiencia es buena o no. Pero sí me parece muy importante que se haga oral. El poema se tiene que oír. En el libro, es como una partitura. El poema requiere tiempo de asimilación, porque exige volver.

—Usted recibió en 2012 la Medalla Delmira Agustini. ¿Se siente vinculada a la gran poetisa, o es solo el nombre de la medalla?
—Yo la leía mucho, hace muchos años, pero no es la poesía que más me ha marcado. Pero va más allá de ser para mí el nombre de una medalla. Ella tuvo su asombroso mundo poético, pero lo veo como poesía fundamentalmente erótica, ajena a cómo se ha dado en mí la poesía.

—La poesía estuvo muy presente en su infancia...
—Sí, con mi hermana disfrutábamos mucho, leíamos como un juego. La poesía estaba muy presente en los niños, a veces en los juegos. Los romances españoles se cantaban como juegos, y así se mantuvieron vivos durante siglos. Ahora no veo que los niños canten en las veredas: empezando que ya no pueden ni jugar allí. Pero de todos modos, en la infancia está presente la poesía, más de lo que creemos. Es el sustento de la cultura: los grandes poemas han sido para los pueblos su alma.

—¿De chica le hacían memorizar poemas?
—Las maestras, a veces. El recitado era lo que menos nos gustaba. Era un sufrimiento, delante de un montón de gente. Pero para uno mismo, es como una compañía un poema. Te lo decís todo y disfrutás. Te acompaña: es otra cosa propia de la poesía.

"No me veo como una intelectual"
"Yo no estudio mucho literatura, por eso me siento abrumada por un premio que requiere labor intelectual. Yo estoy acá en Tacuarembó, con una enorme familia, y no me veo como una intelectual. He disfrutado mucho con lo que estudiado, con lo que he leído, pero más bien por el lado de la filosofía. La filosofía exige estudio: pero en la poesía siempre he puesto por delante el placer. He disfrutado", afirma Circe Maia.

Fuente: elpais.com.uy

viernes, 8 de mayo de 2015

Quién va a sentarse afuera, a ver la tarde

CIRCE MAIA
(Montevideo, Uruguay, 1932. Reside en Tacuarembó, Uruguay)

“Ajena, qué palabra, no estar en ningún lugar, no pertenecer a nadie.”
**
TV

Una mirada fría recorre el mundo y prueba
-no precisa ir muy lejos-
las duras realidades
como quien se llevara
amarguísimos frutos a la boca
de zumo negro y venenoso.

La mancha
de la crueldad avanza hora a hora...

¿Quién va a sentarse afuera, a ver la tarde
mientras ella camina a grandes pasos
y oscurece la tierra?

de Breve sol, Editorial Banda Oriental, Montevideo, 2001.
**

Construyendo los días uno a uno
bien puede ocurrir que nos falte una hora
-tal vez sólo una hora-
o más, muchas más, pero raro es que nos sobren.

Siempre faltan, nos faltan.
Quisiéramos robarlas a la noche
pero estamos cansados
nos pesan ya los párpados.

Nos dormimos así y la final imagen
-antes de zambullirnos en el sueño-
es para un día nuevo, de anchas horas
como llano estirado, como viento.

Lastimosa mentira.

No habrá días-burbuja imprevistos
sorprendentes, abiertos.

El zumo de este día transcurrido
se filtra por el borde de la madrugada
y ya la está royendo.

De Cambios, permanencias, 1978, La pesadora de perlas. Obra poética. Conversaciones con María Teresa Andruetto, Viento de Fondo, Córdoba, Argentina, 2013.
**

Verde-luz. Verde-sombra.
Sobre hojas del sol, verde-translúcidas
se recorta la sombra de otras hojas.

Esa sombra no es negra. Es verde oscuro.
En la pared hay otras dualidades, pero
la pared no es totalmente blanca
la sombra tampoco es totalmente negra.
**

Cuidado, porque esa impresión
también es aparente.

De Dualidades (Montevideo: Rebeca Linke Editoras, 2014) 

domingo, 6 de enero de 2013

Deja a la venda húmeda que toque el ojo herido


CIRCE MAIA
(Uruguay, 1932)

De Poemas de Caraguatá
I

A la hora final
cada uno tendrá su pequeño paisaje
para borrar con él esa penumbra
de habitación de enfermo.

Este trozo de río no está mal, por ejemplo,
para guardarlo así: las costas verdes
rodeándolo, brillante, silencioso.

Y son dos movimientos:
mientras el bote avanza
sin ruido, hacia delante,
la imagen, al contrario,
va hacia atrás, silenciosa,
abriendo el pensamiento
y ancla profundamente.

Cuando toque soltar amarras
de una vez para siempre
el viajero no habrá de ver los muros
–frascos, cama, remedios–
sino este río inmóvil
bajo la luz del sol, resplandeciente.


II

Pequeños paraísos imperfectos
y aún así, aún así, paradisíacos
instantes frágiles.

Rodeado a ciertas horas por extrañas
perfecciones de corta duración, de imprevista
llegada, sorprendido
por un tono de luz inesperado
que alumbra el aire inmóvil.

(De los árboles sale olor de lluvia
un olor de humedad y de madera)

Suspendida en el aire
una hoja de sauce tiembla y gira.
Una tela de araña la sostiene.
La tela es invisible.
La hoja es como un signo
amarillo en el aire

y gira.


III

Varios relojes invisibles miden
el pasaje de distintos tiempos.
Tiempo lento: las piedras
vueltas arena y cauce
del río.

Tiempo
de estiramientos:
despacioso, invisible
el reloj vegetal da la hora verde
la hora roja y dorada, la morada,
la cenicienta.

Todas acompasadas, silenciosas
o con un son oscuro, que no oímos.

Apoyado a la vez en roca y árbol
un ser de parpadeos y latidos
un ser hecho de polvo de memoria
está allí detenido.

Y quiere penetrar disimuladamente
en otro ritmo, en otro tiempo
ajeno.


IV

Cabeza y cola de un celeste
brillo metálico.
Cuerpo y alas finísimos.
Vuelan de a dos, sin ruido.
Las ramas crujen bajo el pie. Zumbidos
de otros insectos, gritos agudos de los pájaros
rumor del agua y del follaje, viento.
Aun cerrando los ojos, todo existe.
Es un ruido, un olor de tierra y agua
un frescor en la piel...
Sólo ellas solas
se dan sólo a los ojos, fugazmente.
Pequeño, fino vuelo silencioso
celestes rayas rápidas.
Aquí y ya no. Ahora y ya no más.
Libélulas.


V

Río y monte cubiertos de niebla
ingresan fácilmente en lo «ya visto»
se vuelcan sin conflicto en el recuerdo.
Vienen ya tan modestamente
descoloridos! Tan apenas
anuncian su presencia. Nada imponen.
Sugieren vagamente,
sin mayor convicción, como si hablaran
–lenguaje de la niebla– a medio tono.
Claro que pueden despertar angustia
pero sólo al querer forzarlos, revelarlos.
Déjala así. Acepta esta luz blanda.
Deja a la venda húmeda que toque
el ojo herido.
Déjala.


VI

Nada alto, filoso ni blanco.
Sólo estas verdes lomas, esos conos truncados
que parecen mostrar murallones y ruinas.
Se sube así nomás, no es una hazaña
trepar allí donde se ve en redondo
un horizonte circular remoto.
El verde fuerte asalta.
Atropella el azul. Estás parado
en el centro del día transparente.
Estás vestido de una luz redonda.
El aire te sostiene.

domingo, 15 de abril de 2012

"El miserable no tiene más remedio que la esperanza" W.S.

CIRCE MAIA
(Uruguay, 1932)

CONTRA LA VIDA, CONTRA LA MUERTE

            A comienzos del tercer acto de Medida por medida Shakespeare hace hablar a sus personajes –primero el Duque y luego Claudio– contra la vida al primero y contra la muerte al segundo. El Duque ataca a la vida y en especial a la vida humana como algo en realidad indigno: es vergonzoso poner tanto empeño en vivir, pues la vida misma no vale la pena, es algo bajo, inferior.
            El personaje principal, Claudio, condenado a muerte, escucha estas palabras del Duque con aprobación y se declara dispuesto a morir al otro día, serenamente. Recibe luego la visita de su hermana quien le revela que existe un medio, muy deshonroso de salvar su vida, aceptando que ella se entregue al poderoso Angelo que es quien ha decretado su condena. La hermana da por sentado que esto es imposible, que es una infamia que no puede pensarse. Claudio, sin embargo, después de estar de acuerdo con ella, cambia bruscamente.  Desea, de pronto, ardientemente, vivir, a cualquier precio.
            En la Grecia clásica, Sófocles le hacía decir a Ifigenia, al rogar a su padre
que no la sacrificara a los dioses: “Mala vida es mejor que hermosa muerte”.
Este es, súbitamente, el sentimiento de Claudio, quien le pide a su hermana que ceda, para salvarlo.

            Pongamos ambas intervenciones frente a frente. Notamos enseguida los tonos diferentes. El Duque razona: “Razonad de este modo con la vida”, le dice a Claudio, y desgrana luego los lamentables rasgos de la vida dirigiéndose a a ella misma, como acusándola: “Eres un aliento servil”, le dice, “algo que se deteriora de momento en momento”. La considera ridícula, absurda; “el bufón de  la muerte” “pues trabajas para ella, siempre corres hacia ella, aún queriendo evitarla”.
            Siguen varias negaciones: “Noble no eres, pues todos tus vestidos, tus adornos, se nutren de bajezas”. ¿Cuáles son estos vestidos y adornos de la vida? La belleza corporal, sin duda… Resuena en este desprecio por lo vital el tono de los predicadores religiosos:
Sólo el otro mundo, sólo la otra vida son dignos. Todo lo corporal, lo material, aparece como “bajo”, “desdeñable”.
            Lo más notable es que esta gradación de negaciones culmine en la negación máxima: la vida no es ella misma. “Tú no eres tú misma, porque vives / de millones de granos que han salido del polvo”.

            Los otros argumentos son conocidos desde la Antigüedad. Recordemos solamente a Luciano cuando se burla de los que acumulan  riquezas, pesadas cargas que tendrán luego que “descargar” al pasar al otro lado. Las debilidades. Las enfermedades, las limitaciones del propio espíritu hacen imposible una vida feliz: “Feliz no eres, porque lo que no tienes te esfuerzas en tener, y si algo tienes, pronto olvidas”.
Y el tema más profundo: el del tiempo. Por estar variando constantemente la vida no tiene ninguna edad., ni juventud ni vejez. “Es como un sueño después del mediodía, que sueña con las dos.”    

Frente a todos estos argumentos no hay contra-argumentos, sino sólo imágenes, todas terribles. Claudio, aparentemente convencido de que debe morir, ve de pronto su cuerpo transformado en arcilla y  su alma viajando en espantosos fuegos o regiones heladas donde se oyen aullidos.
“La más fastidiosa y aborrecible vida que la edad, la penuria, el dolor, la prisión puedan imponernos sería un paraíso comparado a la muerte.”
Podemos decir que este segundo poema no trata de refutar los argumentos del primero sino que los pulveriza a golpes de imágenes horrendas.
Todo aquel discurso tan compacto, tan lleno de razones, se resquebraja y por las grietas se filtra, impetuoso, un amor desesperado a la vida.
**
Fuente y copy: Circe Maia,  http://circemaia.org/  

jueves, 10 de marzo de 2011

El rostro del verano, azul y liso

DE ARCHIVO
Algunos poemas de CIRCE MAIA
1932 (Uruguay)

I

Nos llaman. Llaman de todos lados
voces, tareas.
Desde los patios, calles, ventanas
se alzan las voces
agitadas, dispersas.

Tela, tela del día.
Antes eras un lienzo de color indeciso.
(Decíamos: qué haremos
qué haremos de esta noche
esta luz, este tiempo?)

Ahora tienes siempre
un decidido corte y un color definido
Eres como un vestido
para usarte y gastarte.

Tela, tela del día,
luz hilvanada en fuertes
trabajosas puntadas
cuando por fin de noche
se sueltan tus costuras
flotas ante los ojos
-ya por dentro del sueño-
flotas, te sueltas, caes.


II

Y sin embargo pueden
los pilares del día
armarse, sostenerse
como un solo dibujo
de entrecruzadas líneas.

Puede haber mañanas
de blanca luz sin prisa
en que los ruidos claros
del agua y de la loza
bajan hacia el callado
centro del mediodía.

Movimiento de pasos
una pregunta, un gesto
se envuelven, sostenidos
por hilos de luz viva.



Grados de irrealidad

La esfera más cercana: hay un fuego encendido
y rostros familiares
hay charlas previsibles y silencios
como pequeños lagos.

(El verdadero mar está muy lejos
el silencio total planea, lejos
como vaga amenaza.)

Por ahora charlamos y callamos
y la pequeña actividad del día
se abre en abanico.

Pero quién une gestos y palabras
y días con sus noches
para que sean en verdad reales
no como chispas sueltas?

Quién vive plenamente
y está en verdad despierto?
(Temor de estar en rueda de fantasmas
y fantasma uno mismo.)


Blusa

A veces puede el pensamiento apoyarse
fuertemente sobre un objeto sin importancia
esa blusa colgada fuera, por ejemplo, como quien
apoya la punta de un compás y gira luego. Mira
la blusa: ya debe estar casi seca, por la forma en
que el viento sacude las mangas. Toda clase de
gestos aparecen ahora esbozados: abrazos,
saludos, despedidas.

Más tal vez: los gestos desesperados parecen
sugerir un deseo de soltarse, de volar libremente
sobre las azoteas entregándose al viento. Pero ahí
está la hipocresía del objeto comediante, que se
sabe seguro, bien sostenido por los dos palillos
en los hombros. Puede entonces fingir esos
arrebatos, esos místicos vuelos.
Lo que no ha sido calculado es el momento
–ya cercano- en que subirán los pasos por la
escalera oscura, se abrirá la puerta de la azotea y
la blusa será descolgada, doblada y guardada en
cajón inmóvil.



Donde había barrancas

Otra vez se levanta de la memoria el golpe
del remo contra el agua. Brilla el arroyo y tiemblan
las hojas en la sombra.
Miran ojos risueños, pelo mojado. Arriba
azul y sol y azul... Mira los troncos negros
y rotos, oye el agua.

Tibia madera siento todavía en la mano
y a cada golpe sordo que da ahora mi sangre
se vuelve a hundir el remo en verde frío y algas.

Un tallo firme y verde venía enero alzando.
Y venían del viento, del amor, y venían
de la vida,
alas rojas y en vuelo, los días del verano. Rema, remero,
y no escuches el golpe
negro, del remo.
El golpe corta trozos cortos de tiempo,
trozos iguales, casi relojería
y se piensa que adonde se van cayendo
un golpe y otro golpe junto al vuelo del día.

Mira que se ennegrecen las blancas horas
y de querer pararlas ya casi duelen,
Caen al alma fríos y de ceniza
los golpes que en el agua dieron los remos.
Y atrás se ve la cara tersa del río
el rostro del verano, azul y liso.






OBRA POÉTICA de Circe Maia. Rebeca Linke editoras/Ediciones Biblioteca Nacional, Montevideo, 2007

miércoles, 3 de noviembre de 2010

Una hoja de sauce tiembla y gira

Algunos poemas más de CIRCE MAIA

(Uruguay, 1932)

Paisaje de Arles. Van Gogh.

Lo que está en primer plano
es esta enmarañada
maleza de hojas enredadas y oscuras.

Muy en segundo plano
árboles y edificios.
Es como si el pincel hubiera dicho: "Entren
pero no importan tanto"

Y entonces
quedó como empujada
–por detrás de unos árboles–
la torre de una iglesia.

Y una vez y otra vez regresa la mirada
a enredarse y quedarse
aquí dentro, en medio
del nervioso entrevero
de colores oscuros
y formas fuertes
un poco
inacabadas.
***
Escalones

Cambios pequeños y tenaces.
Bajo el cielo ya un grado
de luminosidad o de tibieza.

Ha caído más polvo sobre el piso o la silla.

Pequeñísima arruga se dibuja o se ahonda.

Hay un nuevo matiz en el sonido
de la voz familiar (¿Lo notarías?)

En un coro confuso de entreveradas voces
faltan algunas, otras
aparecen.

La misma
suma total: no hay cambios.

Millonésima ola golpea
millonésima roca
y el degaste
imperceptíble y cierto
avanza.
***
UNIDAD


Una pequeña tarea como esta de
cortar el pan y llevarlo a la mesa,
empieza y luego acaba
-círculo de sentido que se cierra-
la pequeña molécula de un proyecto
/cumplido.

¿Trivial? Tal vez, pero mira dibujarse
con perfección acabadísima
cada gesto enlazado en el siguiente
anillado en la suave
espiral invisible
que va del pensamiento hacia la mano
del ojo hacia el cuchillo.
***
II ("Poemas de Caraguatá")

Pequeños paraísos, imperfectos
y aun así, aun así paradisíacos
instantes frágiles.

Rodeado a ciertas horas por extrañas
perfecciones de corta duración, de imprevista
llegada, sorprendido
por un tono de luz inesperado
que alumbra el aire inmóvil.

(De los árboles sale olor de lluvia
un olor de humedad y de madera.)

Suspendida en el aire
una hoja de sauce tiembla y gira.
Una tela de araña la sostiene.
La tela es invisible.
La hoja es como un signo
amarillo en el aire.

Y gira.
**
Foto tomada de http://www.tacuy.com.uy/

martes, 23 de febrero de 2010

La falsa quietud


El poeta es siempre un traductor
Otra entrevista de Osvaldo Aguirre a CIRCE MAIA

A partir de En el tiempo (1958), Circe Maia ha construido una obra poética con características tan cálidas como intensas, para decirlo con palabras que le son entrañables. La apuesta por un “lenguaje simple”, que surge de situaciones cotidianas y como verbalización de una experiencia opaca a la lengua, la distingue de entrada de ciertas “complejidades” en que se distrae buena parte de la poesía contemporánea.
Esa singularidad se potencia con un distanciamiento que asume varias formas: la residencia en Tacuarembó, su tarea como traductora —nuevo principio de reflexión sobre el trabajo poético— y las lecturas de textos filosóficos, que inciden en su forma de verlas cosas, en esa “respuesta animada al contacto del mundo” que pedía Antonio Machado y que Maia se planteó casi programáticamente.
Las clasificaciones, los conceptos con que la crítica trata de leer la poesía se vuelven entonces inoperantes, e incómodos. Circe Maia se resiste a ser “ubicada”. “El metro de las generaciones, por ejemplo, no es muy satisfactorio —dice—, y me cuesta vera la gente agrupada”. Por otra parte, “las relaciones con mis colegas son buenas, porque son pocas: pero creo que la actitud crítica con respecto a otros poetas debe pasar por el respeto”.

Aquel primer libro “adulto” descansa en un sostenido interés por la poesía, documentado por otra publicación, Plumitas. Maia tenía entonces 11 años; pese al típico rechazo que suscitan los poemas iniciales estaba ya en curso la búsqueda que definiría, entre otras cosas, con la asunción del acontecimiento corriente como principio de escritura, de un lenguaje “directo, sobrio, abierto”, y de la idea de belleza como “sed de existencia cierta”. Sobre ello señala:

—En realidad todos los niños hacen muy tempranamente el descubrimiento de la poesía. Aquellos romances del siglo XV que cantábamos, como juego, fueron una entrada a la poesía, anterior a cualquier lectura sistemática. Se sentía que aquello era otra cosa, que había adquirido otra cualidad. Y para que veas que la poesía es algo que puede ocurrirle al lenguaje, como si le pasara algo al idioma: el primer libro de mi escuela decía “el pino”, “la pena”, palabritas sueltas para aprender a leer que me sonaron extrañas, como si hubiera visto la posibilidad de una puerta entreabierta. Recuerdo también que Cortázar elogiaba esa sección de poesía de los “libros verdes”, como les llamábamos, del Tesoro de la Juventud, donde había cuentos de hadas preciosos. Y muy tempranamente me di cuenta de que había una forma de poesía que me repelía: la poesía pomposa, aquello de “oh”, “ah”, aquellas odas larguísimas. El polo opuesto de las odas de Anacreonte, que descubrí hace poco.

Puntos de partida

—¿Se alentó en tu hogar el interés por la literatura?
—Se alentó el interés por la pintura. Fracasamos totalmente, con mi hermana: le dimos a mi padre frustraciones en la música y la pintura. Pero había una buena biblioteca, y a él le sorprendió e interesó que buscáramos tanto y leyéramos tanta poesía. Estaban las nanas de García Lorca, un misterio y un verdadero estímulo para mí, y después Machado.

—¿Cómo se produjo la edición de Plumitas?
—Yo no lo publiqué: a mis padres se les ocurrió pagar ese librito, que me da bastante vergüenza. Hacía además una especie de recorrido por la escuela, con recitados, que nunca me gustó. Recitaba con las manos así (las cruza tras la espalda y ríe), ¡ay Dios! Y era tímida, no me animaba a decir que no quería, que no me gustaba. Pero me doy cuenta que, dentro de tanta bobada, en ese librito hay cosas que tal vez continuaron. Después traté de compensar no publicando nada, porque la experiencia de la publicidad fue negativa, en cuanto a lo doloroso que me resultaba conversar las cosas que requieren mucha maduración. En el tiempo es mi primer libro adulto, del que me siento responsable: lo escribí entre los 18 y los 25 años, desde cuando estaba en preparatorios hasta cuando ya me casé y me resolví a publicarlos.

—El prólogo de ese libro contiene definiciones importantes, relativas a tu concepción del lenguaje y de la poesía.
—Sí, un poco dogmáticas.

—Al contrario, es un punto de partida muy sólido.
—Bueno, llevaba muchos años de escribir y de pensar. Uno de los caminos, una de las fuentes de la poesía, es la que yo tomo. Necesariamente uno se ve ubicado dentro de una modalidad, en la que se mantiene, con variantes. Pero esos puntos de vista los conservo. El hecho de traducir, ahora, me ha llevado a meditar más en lo específico de la poesía como lenguaje. Pero sigo pensando que es una respuesta al mundo, que las dos fuentes de la poesía son lo leído y lo vivido, y que esto último siempre es básico. Y aunque respeto otras posiciones, me parece que si se pone demasiado en primer plano lo leído, si la poesía se piensa demasiado como experimento lingüístico, ese otro elemento, esencial, puede fallar. Hay una especie de tensión: cuando uno está creando nota que no está solo, sino en contacto con una materia no lingüística. Al que traduce le pasa lo mismo, con la lengua extranjera. Está luchando, porque su lengua no le permite lo que la otra está haciendo muy bien. Pero yo creo en la posibilidad de traducir poesía. No en el mal sentido, de creer que el poema es el mismo: los referentes de sonido y sentido son diferentes, cada lengua es un universo distinto. Pero es legítimo, traducir es lograr la irradiación de un poema en otra lengua. Entonces, ¿por qué no es más reconocida la tarea del traductor? Si es creativa...

Perfiles, fragmentos

—¿Cómo se explicaría la “irradiación” de un poema?
—No hay que empecinarse en un problema de palabras. Cada poema pertenece al universo de su lengua. Pero ésta es el modelo que el traductor tiene delante para hacer un poema. Con los recursos de su lengua, el traductor trata de lograr efectos tal vez distintos, pero que son los posibles.

—¿De qué manera pensabas esa analogía entre la traducción y la escritura de un poema?
—El que escribe está como traduciendo, tratando de hacer transparente una experiencia vital, no lingüística, que es opaca a la lengua. Ojo con la palabra transparencia: yo busco el lenguaje simple, mi tipo de poesía es cotidiana porque me gusta ver cómo en cierto momento aparece lo poético. Prefiero darle una intensidad, una temperatura especial al lenguaje cotidiano. Pensemos en los parlamentos de Shakespeare: un personaje habla en prosa, pero cuando adquiere cierta intensidad lo que dice pasa al verso blanco, el lenguaje se estructura con una respiración especial y aparece la poesía sin que haya un corte nítido.

—Esa insistencia en la cualidad “transparente” de las palabras, que se nota en Superficies, parece casi un desafío hacia algunas concepciones del lenguaje.
—Los lingüistas se horrorizan cuando se habla del lenguaje como puerta o medio; odian que se hable del referente. Pero sigo pensando que es un medio comunicacional: todo el mundo disfruta de un poema sonoro, pero pienso que esas cualidades lo ponen en contacto con algo que no son ellas mismas. A mí no me parece, como se dice, que el significante se enrosque sobre sí mismo y se separe de su referente. En todo poema resuenan voces de otros, claro, y no creo en un significado exterior, aparte, que se pueda señalar como idea. Pero lo importante es ese sentido que se hace transparente a través de la forma.

—En tus poemas no hay presencias literarias explícitas, sino más bien, en acápites por ejemplo, de filósofos: san Anselmo, Platón, Lucrecio. ¿Cómo se plantea la relación entre esos dos campos?
—Siempre la he visto como muy peligrosa, cuando se pretende hacer un poema filosófico, en una actitud teórica y explicativa, con la grandilocuencia y la oscuridad que puede tener el lenguaje filosófico. Nada de eso me interesa. Me defiendo con un lenguaje totalmente cotidiano, y si al final sugiero otro problema, en un par de líneas, puede ocurrir que el lector ni siquiera se dé por aludido y entonces parezca nada más que un poema doméstico, en el que hablo de la leche, del azúcar que está sobre la mesa. Me decía una amiga: qué bien que me apoye en mi vida como ama de casa, para exaltarla... (risas) Si yo pudiera, y no quedara muy pretencioso, mostraría problemas filosóficos que están dados en mis poemas y que poca gente puede advertir, porque no están citados. Una de las cosas en que insiste la fenomenología es que el objeto tiene multiplicidad de perfiles. Eso está en el poema del paseo a la laguna (“Múltiples paseos a un lugar desconocido”, en Dos voces)

—Allí se dice que todo cambia cuando uno se decide a ver. ¿Cómo es eso?
—Cuando uno quiere de verdad ver. Y ve que, por más vueltas que dé, la laguna escapa, invisible, en medio de altos árboles radiantes. Entonces me decían: “Ese poema es misterioso, ¿por qué la laguna escapa?”. Porque nada es visible en sí, no hay un en sí de las cosas: vemos perfiles, todo es muy fragmentario.

Temas manifiestos y latentes

—¿Los problemas de la filosofía son también temas de tu poesía?
—El tema no es importante. En el primer poema de En el tiempo aparece la indiferencia de la realidad al pasaje del tiempo humano, cómo salvar de esa destrucción continua, marcada casi como un aparato por el golpe del remo en el agua, que va marcando casi mecánicamente el tiempo. Y en el primer poema de Dos voces es otra vez el bote y otra vez el arroyo; sin embargo lo que expresa es casi lo opuesto. Entonces, cuidado con los temas: como ocurre con los contenidos manifiestos de los sueños, hay que buscarlos dejando de lado lo que aparece como tal. Me han dicho que mis temas se repiten, y es probable.

—¿Cuáles, por ejemplo?
—Hay un poema que es ejemplo de lo que quiero decir, y con el cual estoy contenta porque quedo lucida, como dice mi hija. Dice: “El gesto más simple/cortar el pan y llevarlo a la mesa/ empieza, y luego acabo/ —círculo de sentido que se cierra—/ la pequeña molécula de un proyecto cumplido”. El proyecto es simplemente cortar el pan. Sigo el poema: “¿Trivial? Tal vez, pero mira proyectar/ la espiral perfectísima/que va del pensamiento a la mano/del ojo hacia el cuchillo” (1). Ese poema no habla de un cuchillo, de poner la mesa, sino de un problema filosófico, de la complejidad de la relación entre el sujeto y el objeto, lo misterioso que resulta la relación de lo psíquico y lo físico, ese largo proceso que media del ojo hacia el cuchillo.

—Para muchos, Destrucciones es tu mejor libro. ¿Estás de acuerdo?
—Si tuviera que elegir uno, diría que Destrucciones es el que todavía me duele. Ese libro fue la única manera de poder volver a escribir, no podía escribir otra cosa y tampoco podía escribir de algo tan horrible como la pérdida de un hijo. Cuando a uno le pasa una cosa de esas, tan espantosa —un accidente que se llevó a mi hijo—, no puede escribir. Entonces el tema de la muerte, de la muerte personal, espantosísima, que aparece en “Desconsuelo”, está como rodeada o protegida por un montón de otras destrucciones. La persona que pasa por eso mira y... ¿te acordás de Quevedo? “No hallo cosa en que poner los ojos que no fuera recuerdo de la muerte”. Vi que había diferentes tipos de destrucciones, por todos lados. Un recuerdo que se empieza a borrar en tu cabeza, que no está tan nítido, es una destrucción; la rutina, que destruye la novedad de tantas cosas. Encontré una fotografía de mi padre, sentado conmigo, y todo el paisaje lo veía en la foto, pero mi recuerdo era muy pobre. Tenía 16 años, estábamos en Chile, nos sentamos y ¿qué quedó de ese momento? Apenas una sensación de gran altura.

—Esa preocupación por el cambio y la permanencia de las cosas también aparece respecto a la idea del tiempo. Se habla de hechos especiales, que están al margen de...
—Son esos hechos, los que no se pueden tragar. No los podés aceptar, y es como si volvieran a ocurrir. No permanentemente, claro, sino que cada vez que una cosa lo recuerda, te das cuenta que no han pasado. Después seguís haciendo las cosas, pero es como si de golpe descendiera el nivel en el que estás.

—Además de las líneas propuestas en En el tiempo, hay cuestiones de política que insisten en tus textos posteriores. ¿Hubo alguna redefinición de aquel primer proyecto?
—Creo que todos los poetas nos hemos preguntado por lo que hacemos y por el lenguaje poético. El hablar sobre el lenguaje mismo ya está en Cambio, permanencias. En “Composiciones” (Dos voces), se dice: “Unas cosas se hacen de otras/—el portafolio está hecho de cuero—/de sonido y sentido, el lenguaje/y de muchas sustancias/el mirar...”

—“Y el silencio.” ¿De que cosas está hecho el mirar?
—De muchas sustancias, de las que el que mira capta una y otra. Nadie capta totalmente al otro: miramos y algo vemos.
El lector también percibe un aspecto, por lo menos: si el poema pudiera llegar así como si una ranura se abriera, yo quedaría contentísima. Y ahora que vemos: mirá qué espléndida luna llena está saliendo (por calle Santiago Vázquez)

La experiencia y su forma

—Otro objeto de reflexión en tus poemas es la imagen. En un texto de Cambios, permanencias se habla de la “falsa quietud” de una imagen, de un movimiento oculto tras el simple reflejo de una hija que está sentada y cuya imagen se refleja en un vidrio.
—Se refiere a que hay una doble luz: la luz del sol y de los ojos. Hay una niña sentada y su imagen. Ah, es una fotografía que está en mi casa, de una hija que está sentada y cuya imagen se refleja en un vidrio. De pronto vi que había un doble movimiento, el de la luz que llega a los ojos y el de la mirada que sale hacia el mundo. La mirada es como un lanzarse hacia afuera, ¿no?, aunque te saquen una fotografía y estés inmóvil. También como en el tema de la destrucción, llegué a ver que había diferentes tipos de imágenes, lo que me sugirió una sección de ese libro. Tomé algunos cuadernos de Vermeer: allí no hay jerarquías, todo está al mismo nivel de vida intensa, sea una puntilla o el brillo de un ojo. Eso me parecía precioso: el respeto por las cosas que estando en el ser ya merecen cierta atención.

—¿Cómo aparece la idea para un poema?
—Es una especie de inquietud, de molestia más bien. Tomás (de Mattos) lo dijo en relación con un cuento: entró a una casa donde se había cometido un crimen y encontró una cuchara clavada en un vaso, cuyo contenido se había solidificado. Y se dio cuenta que esa cuchara era la punta de un hilo, de la que podía sacar toda la historia. Curiosamente, ese cuento, “Mujer de Batoví”, tiene un acápite mío: “Allí cayó la muerte, y allí está ahora, quieta/como un agua de pozo” (de En el tiempo). No es diferente de lo que ocurre en la poesía: por eso decía que el componente no puede ser estrictamente literario. Generalmente la experiencia, que puede ser tan trivial como esa cuchara, se repite o se vuelve a vivir o a mirar y se siente que todavía no está transformada en lenguaje, que está como palpitando: molestando.

—¿Qué pasa cuando esa experiencia es finalmente verbalizada?
—¡Grande! (risas). La creación es siempre una alegría especialísima, no demasiado diferente del acto de terminar este mantel. Generalmente es un trabajo nocturno, aunque durante el día sigue molestando. Molestando porque uno nota que el poema no quedó bien. Entonces deja lo que está haciendo y va a mirarlo de nuevo. Y al otro día vuelve. A veces me lleva meses lograr una forma definitiva. Mi tendencia es a tachar: cuando noto que el poema está opaco lo condenso, lo aprieto lo más posible, porque me molesta la cháchara. Y le tengo mucho temor a la poesía de los sentimientos, de expresión del yo, de los amores contrariados o no. Es peligrosísima: casi siempre sale mal.
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Notas

(1) La versión anterior de este poema, “Unidad”, consta en Dos voces: “Una pequeña tarea como ésta del cortar el pan y llevado a la mesa/empieza y luego acaba/—círculo de sentido que se cierra—/ la pequeña molécula de un proyecto cumplido/ ¿Trivial? Tal vez, pero mira dibujarse/con perfección acabadísima/cada gesto enlazado en el siguiente/anillado en la suave/espiral invisible/ que va del pensamiento hacia la mano/ del ojo hacia el cuchillo”.
DATOS BIOBIBLIOGRÁFICOS
Una obra continua


Nació en Montevideo, en 1932. Poco después, su familia se radicó en Tacuarembó, donde permaneció hasta 1939, para regresar a Montevideo. Cursó durante dos años estudios de filosofía en el Instituto de Profesores Artigas, "y lo dejé porque era muy absorbente, había horarios a todas horas y yo ya me había casado".
Luego retomó sus estudios en la Facultad de Humanidades: "En total estudié unos cinco años, lo que era más que suficiente para ser profesora de filosofía".
En 1958 publicó En el tiempo. "Me alegró saber que una persona exigente como Emir Rodríguez Monegal lo considerara talentoso. Se lo mandé al Bocha (Washington Benavides), y le gustó, y a algunos amigos: me sentí como liberada". En 1962 regresó a Tacuarembó, donde actualmente vive.
Presencia diaria (1964) y El Puente (1970) la consolidaron como una de las escritoras uruguayas más importantes. En 1974 fue destituida del liceo por la dictadura militar. "No quise quedar fuera de la enseñanza; como no podía ser profesora, me pregunté que podría aprender en Tacuarembó y entonces decidí levantar los idiomas (inglés y francés) que tenía sólo a nivel de lectura. Después descubrí el griego moderno: conocí a Ritsos, a Odysseas Elytis, conseguí una edición bilingüe de sus poemas en Montevideo y hasta que pude leerlo en griego no descansé". Mientras se iniciaba como traductora, escribió los poemas de Cambios, permanencias (1978), Dos voces (1981) y Destrucciones (en prosa, 1986)
En 1983 retornó al liceo, donde continua dando clases. "Me gusta la relación con los muchachos, a veces doy clases divertidas y todo. Hago que la filosofía no sea pesada, lo cual es bastante".
En 1990 publicó otro volumen de poemas, Superficies. En diciembre de 1992 participó en el Encuentro de escritores y traductores de Delfos (Grecia) y al año siguiente dio a conocer la crónica "Un viaje a Salto": "Consideré que valía la pena conocer lo que pasamos en esos años de dictadura, sobre todo porque es un testimonio de la gente del interior y de los familiares de los presos políticos. Ese viaje a Salto se realizó realmente, en condiciones muy particulares. Mi esposo, que estaba detenido en el cuartel de Salto, había sido llevado a Montevideo para un interrogatorio. Una amiga me dijo que yo podía subir en Paso de los Toros y desde allí viajar en el mismo tren que lo traía de regreso al cuartel; tal vez me dejaran hablar con él. Como ya hacía más de un año, pensando que a ella la dejarían hablar, lo que era algo. Y efectivamente; aunque los guardias, al principio, se mostraron feroces, malísimos porque habíamos subido".
Ahora Circe Maia prepara un nuevo libro de poemas: "Tal vez se llame La puerta entreabierta; no estoy segura, parece el título de una película de misterio. Aunque tengo una treintena de poemas, todavía no se ha armado, y me gusta que se note cierta unidad".

Osvaldo Aguirre
El País Cultural Nº 243
1º de julio de 1994

Tomado de poeticas.com

lunes, 22 de febrero de 2010

¡Tendrían la misma mujer y el mismo perro!


Sobre la traducción

CIRCE MAIA: "Una nueva danza del intelecto"
Reportaje de Osvaldo Aguirre


Una especie de ejercicio de literatura comparada, entre un poema de Charles Baudelaire y otro de Thomas Gray (siglo XVIII), nos hace entender, a través de una traducción de Circe Maia, “algo propio de la poesía: ella 'digiere' cualquier material extraño y lo utiliza en nuevas estructuras y nuevas funciones” (Diario de Poesía, número 33, marzo de 1995). La traducción que permite relevar, o más bien redescubrir, los problemas de la propia escritura. “De las distintas tareas que puede emprender un poeta –dice, en otro texto– una de las más difíciles es aparentemente la más fácil: traducir en palabras la mirada, la percepción en poesía.” Ese es el quid de la cuestión, y Maia lo ha formulado a partir de términos de William Carlos Williams: el terreno por el que se desliza el pensamiento poético no está “pavimentado”, es decir la percepción y el lenguaje no se integran sin tensiones, el camino presenta desniveles y accidentes que obligan a variar el paso.
Nacida en Montevideo en 1932 y radicada desde su juventud en Tacuarembó, Circe Maia es autora de una obra poética que todavía no ha recibido en Argentina toda la difusión que merece (aunque fue el tema de un dossier en el número 43 de Diario de Poesía, publicación en la que colabora). Publicó En el tiempo (1958), Presencia diaria (1964), El puente (1970), Cambios, permanencias (1978), Dos voces (1981) y Superficies (1990), De lo visible (1998) y Breve sol (2001) en poesía, y Destrucciones (1986) y Un viaje a Salto (1987), en prosa. En 1973, tras el golpe de Estado que suspendió la Constitución y disolvió el Parlamento uruguayo, fue destituida de su cargo de profesora y su marido encarcelado (historia que, de modo lateral, narra en su espléndido relato Un viaje a Salto). A partir de ese momento, profundizó sus conocimientos de francés e inglés, aprendió griego moderno y empezó a traducir poesía. Entre otros autores, Maia tradujo a Odisseas Elytis, Konstantin Kavafis y Yannis Ritsos, del griego, y a William Shakespeare, William Carlos Williams y Robin Fulton, del inglés.
Publicamos un fragmento de una conferencia sobre traducción.

Osvaldo Aguirre: ¿Cuándo hizo sus primeras traducciones? ¿Fueron en función de la escritura de poesía o respondieron a una búsqueda autónoma?

Circe Maia: Las primeras traducciones surgieron hace ya muchos años, como una especie de ejercicio privado, por el puro gusto de buscar versiones diferentes, lo que no quiere decir que las encontrara mejores. Hay en realidad cierta conexión con la escritura de poesía, especialmente en ciertos momentos, en los que se logra, en nuestra lengua, encontrar un ritmo o un tono equivalentes.

O.A.: ¿Incidió la práctica de la traducción en su escritura de poesía? ¿De qué manera?
C.M.: Al traducir se lee más cuidadosamente y una lectura atenta es siempre beneficiosa. El poema traducido puede servir de estímulo para la creación de un nuevo poema como sucedió con “La Ciudad", de Kavafis, que fue el origen del poema “Prisionero".

O.A.: A propósito de su traducción de “Sobre alegre empapelado”, de William Carlos Williams (en Diario de Poesía, número 43, primavera de 1997), escribió: “Aparecen escollos en los dos niveles: en el pasaje de lo real a las palabras y de éstas a otras palabras de otra lengua, en el proceso de la traducción”. La nota está dedicada a analizar el primer problema. ¿Cuáles serían las dificultades propias de la traducción de poesía?
C.M.: Las mayores dificultades de la traducción de poesía surgen del hecho de la unidad forma-fondo en el poema. No se puede extraer un contenido aparte de la manera en que es expresado: la unión entre el pensamiento y las palabras es mucho más íntima que la que se da en la lengua vulgar, científica o filosófica.

O.A.: ¿Podría dar algún ejemplo concreto, alguna experiencia de traducción en que haya afrontado en particular esa dificultad?
C.M.: Puedo contestar con dos ejemplos diferentes, pues no sé cuál me exigió mayor esfuerzo. El primero es el poema “In the beginning", de Dylan Thomas, que trata nada menos que del comienzo de todos los comienzos, el momento inicial de la creación, con una extraordinaria proliferación de complejas imágenes y un sostenido ritmo, golpeante y tenso. El traductor debe, en primer término, crear en nuestra lengua un efecto similar, cuidando mucho de mantener una arquitectura ordenada de las estrofas, pese a la extrema complejidad de las imágenes. Esta traducción fue publicada en un número de la revista Brecha que lamentablemente no pude encontrar en casa. Allí se explicaba con más detalle las dificultades de esa traducción. Recuerdo haber escrito sobre la alegría que de pronto me produjo el encontrar en español un alejandrino musical, con aliteraciones, al final de la penúltima estrofa:
los aceites secretos que hacen crecer la hierba
(the secrets oils that drive the grass).
El otro ejemplo corresponde a la traducción del griego moderno, a propósito de un poema de Kavafis, “Muros", en el cual se logra un asombroso efecto fonético: se trata de dísticos que terminan con palabras diferentes pero que suenan exactamente igual. No se trata de un juego lingüístico caprichoso, sino que está conectado con el sentido de encierro, de opresión entre muros invisibles, que repiten las mismas voces, como ecos. Yo no pude lograr este efecto en la traducción, mientras que el poeta brasileño José Paulo Paes, excelente traductor de poesía neo-helénica, logró en portugués algo similar. Otra dificultad en la traducción de Kavafis es que él utiliza a veces expresiones correspondientes al registro anterior de la lengua griega, más parecida al griego antiguo, la llamada kazarévusa y las combina con los términos actuales, para lograr ciertos efectos que me resultaron imposibles de recrear.
O.A.: ¿Cómo trabaja en una traducción? ¿Qué tiempo le dedica? ¿Consulta otras versiones, lee otros poemas del autor de que se trate?
C.M.: El tiempo que se dedica a una traducción es naturalmente variable. Depende más que de la longitud del texto de su dificultad intrínseca. La traducción de Medida por medida, de Shakespeare, me llevó todo un invierno, pero a veces la traducción de un pequeño poema nos deja tan insatisfechos que es necesario cambiarlo muchas veces, consultar otras versiones. Esto lleva tiempo.

O.A.: ¿Cómo se mide el tiempo que lleva una traducción, cómo se llega al momento final?
C.M.: Eso está, naturalmente, muy en dependencia de infinidad de factores, que hacen que abandonemos esa tarea cuando pensamos que ya el poema se “sostiene" en nuestra lengua.

O.A.: En otro texto, plantea su concepción de la traducción haciendo referencia a la matemática y la física: “Una expresión lingüística se refracta al pasar de un idioma a otro; cambia de orientación, su dirección es diferente, y no por eso deja de ser una prolongación de la anterior”. La traducción aparece como un desvío, pero esta palabra no tiene aquí la carga negativa habitual. Ahora bien, ¿cómo puede medirse el fenómeno, en qué momento y por qué esa prolongación podría ser ajena a su punto de partida? ¿En qué sentido cambia de orientación un poema al ser traducido?
C.M.: Esa comparación de la cual me apropié pertenece a José Paulo Paes. Cuando él dice que el rayo de luz se desvía al pasar a otro medio, hay que entender que el poema traducido es una irradiación del poema original, que aparece así en otra forma, entrando en otro universo fonético y semántico. No tiene sentido decir: “¡Ah! ¡Pero no es lo mismo! ¿Cómo podría ser el mismo?”. Paes bromea sobre esto: Si se pretende la identidad en ambos poemas, nos dice, también sus autores deberían ser idénticos, ¡tendrían la misma mujer y el mismo perro!
En cuanto a la pregunta sobre el sentido en que se produce la desviación, hay que tomar en cuenta el hecho de que las palabras de cada lengua poseen asociaciones y resonancias, diríamos, propias de esa lengua, que son diferentes de las que se producen en otra, de modo que, aunque la traducción sea correcta, la expresión traducida se asociará y sugerirá sentidos diferentes. Un ejemplo que recuerdo haber leído es sobre la diferencia entre la forêt francesa, un bosque que parece más luminoso y menos misterioso que los Walden germánicos.

O.A.: Recuerdo que en el ensayo “Problemas de la lírica”, Gottfried Benn afirma que nevermore, con sus dos sílabas iniciales cerradas y luego con ese more (pantano) y la mort no es “nunca más”, dice: nevermore es más hermoso. ¿Cómo se las arregla un traductor de poesía con estas cuestiones?
C.M.: Creo que no se puede plantear la diferencia en términos de mayor o menor hermosura. Tampoco se puede decir que una lengua sea más rica o más pobre que otra, pues cada una posee su belleza y riqueza particulares, propias de ella.
Es correcto observar las asociaciones fonéticas que resultan posibles en inglés y que son diferentes a las que podría suscitar la palabra española. Ezra Pound observa que las imágenes visuales pasan fácilmente a otra lengua, los efectos sonoros ya son imposibles de trasladar, pero un oído sensible, aunque desconozca la lengua original del poema, puede igual apreciarlos; en cambio, dice Pound, en lo que tiene que ver con las asociaciones de sentido ya es imposible lograr equivalentes. El las llama “una danza del intelecto entre las palabras".
Estas observaciones me parecen muy acertadas, pero no creo que sea necesario terminar con una nota tan pesimista. Es posible pensar que en nuestra lengua se logra realizar una nueva danza del intelecto entre nuevas palabras. Las palabras “nunca más" suenan con gran intensidad en castellano.

O.A.: Volviendo a la nota sobre la traducción de Williams: las dificultades que tuvo el poeta, en particular en el pasaje de lo real a las palabras, la tensión entre la percepción y el lenguaje que señala como constitutiva del acto de escribir poesía, ¿se replantean para el traductor? ¿No se trata de una experiencia directamente inaccesible?
C.M.: Sí, la experiencia original es inaccesible al traductor. Sin embargo, para quien confía en las posibilidades del lenguaje poético, no es totalmente imposible, puesto que el autor ha hecho justamente eso: tratar de trasladar su experiencia al papel, que es lo mismo que querer trasladarla hacia otros ojos. No conscientemente, claro. Recuerdo a Idea Vilariño diciendo: “No escribo para nada ni para nadie”. Pero el hecho indudable es que el lector "se apropia" de lo que lee y el autor no puede evitarlo.
Por otro lado, no se trata de que yo conozca cómo eran exactamente los dibujos del empapelado. Sospecho que el tema subyacente es otro: la idea de que la realidad no puede ser inventada, por ejemplo, de que se nos impone, de que “asalta nuestros sentidos", de modo que el poema está “abierto hacia fuera". En estos casos, nada de “enroscarse sobre sí mismo".

O.A.: El griego aparece como un idioma extraño, distante, para el español. ¿Cuál es su experiencia de traductora entre ambas lenguas? Supongo que el hecho de ser profesora de filosofía facilitó su acercamiento. ¿Hay dificultades propias del griego para la traducción? ¿Qué escritor griego le resultó particularmente significativo para traducir y por qué?
C.M.: Tenemos prejuicios sobre la “ajenidad" del griego. Siempre digo que estudiar griego es como visitar la casa del abuelo, ya que el latín es nuestro padre. Y no sólo por el conocido hecho de que numerosísimas palabras de nuestra lengua derivan de él, sino por los extraordinarios parecidos entre ambas. Su sistema fonético, por ejemplo, con sonidos tan claros, tan vocálicos como el nuestro, sin guturales, sin consonantes explosivas, sin vocales oscuras o cerradas. Todo eso facilita mucho el aprendizaje. Yo creo que para alguien de habla castellana el griego contemporáneo es más cercano que el francés o el inglés. Hasta el uso de los diminutivos es muy similar. Sólo en griego he encontrado la “tardecita”, la “nochecita" y ¡hasta decir que está “fresquito"!

O.A.: En su poema “Palabras” se dice que el lenguaje atesora la historia de sus aprendizajes y transmisiones y que, al tiempo que sostiene (en un sentido diríamos vital), hace la comunicación con los otros. Eso es lo que da valor a las palabras, ¿verdad? En ese marco, ¿hay palabras que vinieron de otros poetas? ¿De poetas traducidos? ¿Cuáles serían?
C.M.: Las palabras, sueltas, no vinieron. Lo que viene, a veces, es cierta manera, cierto tono, cierto tipo de imágenes, como en el caso de Yannis Ritsos, quien también recurre muchas veces a una imagen perceptiva, aparentemente trivial, la que se carga, de pronto, con otro sentido.

O.A.: Escribir es tender un puente, se dice en ese poema. Algo que podría identificar a la escritura de poesía con la traducción.
C.M.: La palabra “identificar" es muy fuerte, pero se puede aceptar que existe cierta correspondencia. Quien traduce siente el mismo tipo de alegrías y frustraciones que quien escribe un poema propio. Se trata también de una tarea creativa con una finalidad diversa.
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Tomado de bazaramericano.com
Somos parecidos a esos sapos que en la austera noche de los pantanos se llaman sin verse, doblegando con su grito de amor toda la fatalidad del universo.
René Char


No haría falta amar a los hombres para darles una ayuda real. Sólo desear hacer mejor cierta expresión de su mirada cuando se detiene en algo más empobrecido que ellos, prolongar en un segundo cierto minuto agradable de su vida. A partir de esta diligencia y cada raíz tratada, su respiración se haría más serena. Sobre todo, no suprimirles por entero esos senderos penosos, a cuyo esfuerzo sucede la evidencia de la verdad a través de los llantos y los frutos.
René Char