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martes, 27 de febrero de 2018

El agua es límpida como el soplo del viento

Cesare Pavese 
(Santo Stefano Belbo, Italia, 1908-Turín, Italia, 1950)



El tiempo pasa

Aquel viejo astuto una vez, sentado en la hierba,
esperaba que el hijo volviese con el pollo
mal acogotado, y le daba dos cachetazos. Por el camino
–caminaba al alba sobre aquellas colinas
le explicaba que el pollo se acogota con la uña
–entre los dedos– del pulgar, sin ruido.
En el crepúsculo fresco marchaban bajo las plantas
repletas de fruta y el muchacho llevaba
sobre el hombro un zapallo amarillento. El viejo decía
que en los campos los víveres son de quien los precisa,
tanto es así que bajo techo no crecen. Mirar bien
alrededor, primero, y después elegir con calma la uva más negra
y sentarse a la sombra y no moverse hasta que uno está lleno.

Hay quien come pollo en la ciudad. Por las calles
no se encuentran los pollos. Se encuentra al vejestorio
–todo lo que queda del otro viejo astuto
que, sentado en una esquina, mira a los que pasan
y, cuando quieren, le tiran dos monedas. No abre la boca
el vejete: decir cualquier cosa da sed,
y en la ciudad no se encuentran barriles que derramen,
ni en octubre ni nunca. Está el mostrador del cantinero
que tiene hedor a mosto, especialmente de noche.

En otoño, de noche, el viejo camina
pero no tiene más zapallo, y las puertas humosas
de las cantinas arrojan borrachos que barbotean solos.
Es una gente que bebe solamente de noche
(desde la mañana piensan en eso) y luego se emborracha.
El vejestorio, de joven, bebía tranquilo;
ahora, sólo de husmear le baila la barba:
hasta que le planta el bastón entre los pies a un ebrio
que cae a tierra. Lo ayuda a alzarse, le vacía los bolsillos,
(a veces al ebrio le sobra alguna cosa),
y a los dos los tiran afuera de la taberna humosa,
incluido él, que canta, que riñe,
y que quiere el zapallo y tenderse bajo la vid.
*
Il tempo passa

Quel vecchione, una volta, seduto sull' erba, / spettava che il figlio tornase col pollo / mal strozzato, e gli dava due schiaffi. Per strada / -camminavano all' alba su quelle colline- / gli spiegava che il pollo si strozza con l' unghia / -tra le dita- del police, senza rumore. / Nel crepuscolo fresco marciavan sotto le piante / imbottiti di frutta e il ragazzo portava / sulle spalle una zucca giallastra. Il vecchione diceva / che la roba nei campi è di che ne ha bisogno / tant' è vero che al chiuso non viene. Guardarsi d' attorno / bene prima, e poi scegliere calmi la vite più nera / e sedersele all' ombra e non muovere che si è pieni. // C' è chi mangia dei polli in città. Per le vie / no si trovano i polli. Si trova il vecchiotto /-tutto ciò ch' è rimasto dell' altro vecchione- / che, seduto su un angolo, guarda i passanti / che, si vuole, gli getta due soldi. Non apre la bocca / il vecchiotto: a dir sempre una cosa, vien sete, / e in città non si trova le botti che versano / nè in ottobre nè mai. C' è la griglia dell' oste / che sa puzzo di mosto, specialmente la notte. / Nell' autunno, di notte, il vecchiotto cammina, / ma non ha più la zucca, e le porte fumose / delle tampe dàn fuori ubriachi che cianciano soli. / E una gente che beve soltanto di notte / (dal mattino ci pensa) e così si ubriaca. / Il vecchiotto, ragazzo, beveva tranquilo; / ora, solo annunsando, gli balla la barba: / fin que ficca il bastone tra i piedi a uno sbronzo / che va in terra. Lo aiuta a rialzarsi, gli vuota le tasche/ (qualche volta allo sbronzo è avanzato qualcosa) / e alle due lo buttano fuori anche lui / dalla tampa fumosa, che canta, che sgrida / e che vuole la zucca e distendersi sotto la vite.
(Fuente: Cesare Pavese, Poesie, Mondadori, 1969)
**

Salobre y de tierra
es tu mirada. Un día
chorreabas agua de mar.
Hubo plantas
a tu lado, cálidas,
saben todavía de ti.
El agave, la adelfa.
Encierras todo en los ojos.
Salobres y de tierra
son tus venas, tu aliento.

Baba de viento cálido,
sombras del verano 
todo encierras en ti.
Eres la voz ronca
de la campana, el grito
de la perdiz escondida,
la tibieza de la piedra.
El campo es fatiga,
el campo es dolor.
A la noche el gesto
del campesino calla.
Eres la gran fatiga
y la noche que sacia.

Como la roca, la hierba,
como tierra, eres cerrada:
bates contra el mar.
No hay palabra
que pueda poseerte
o contener. Recibes
como la tierra los golpes,
de ellos haces vida, aliento
que acaricia, silencio.
Eres reseca, como el mar,
como el fruto de un escollo,
y no dices palabra
y ninguno te habla.

15 de noviembre del ‘45
*
Di salmastro e di terra
è il tuo sguardo. Un giorno
hai stillato di mare.
Ci sono state piante
al tuo fianco, calde,
sanno ancora di te.
L’agave e l’oleandro.
Tutto chiudi negli occhi.
Di salmastro e di terra
hai le vene, il fiato.

Bava di vento caldo,
ombre di solleone 
tutto chiudi in te.
Sei la voce roca
della campagna, il grido
della quaglia nascosta,
il tepore del sasso.
La campagna è fatica,
la campagna è dolore.
Con la notte il gesto
del contadino tace.
Sei la grande fatica
e la notte che sazia.

Come la roccia e l’erba,
come terra, sei chiusa;
ti sbatti contro il mare.
La parola non c’è
che ti può possedere
o fermare. Cogli
come la terra gli urti,
e ne fai vita, fiato
che carezza, silenzio.
Sei riarsa come il mare,
come un frutto di scoglio,
e non dici parole
e nessuno ti parla.

15 novembre 1945.

(Fuente: Cesare Pavese, Poesie, Mondadori, 1969) 
**
Los gatos lo sabrán

Aún caerá la lluvia
sobre dulces empedrados,
una lluvia ligera
como un hálito o un paso.
Aún la brisa y el alba
florecerán ligeras
como bajo tu paso,
y tú regresarás.
Entre flores y alféizares,
los gatos lo sabrán.

Llegarán otros días,
llegarán otras voces.
Sonreirás sola.
Los gatos lo sabrán.
Oirás viejas palabras,
vanas y cansadas
como vestidos usados
de las fiestas pasadas.

Tú también harás gestos.
Responderás palabras;
rostro de primavera,
tú también harás gestos.

Los gatos lo sabrán,
rostro de primavera,
y la lluvia ligera,
el alba de jacinto,
que el corazón lacera
de quien no te espera,
son la triste sonrisa
que tú sonríes sola,
Llegarán otros días,
voces y despertares.
Sufriremos al alba,
rostro de primavera.
**
Simplicidad

El hombre solo -que ha estado en prisión- regresa a la prisión
cada vez que muerde un pedazo de pan.
En prisión soñaba con las liebres que escapan
sobre el manto invernal. En la niebla de invierno
el hombre vive entre muros de calles, bebiendo
agua fría y mordiendo un pedazo de pan.

Uno cree que después renace la vida,
que la respiración se calma, que regresa el invierno
con la fragancia del vino en la cálida hostería,
y el buen fuego, la cuadra y las cenas. Uno cree,
mientras está adentro, uno cree. Se sale una noche,
y las liebres las cazaron y las comen al calor
los otros, alegres. Hay que mirarlos desde el vidrio.

El hombre solo se atreve y entra para beber un vaso,
cuando ya se está helando, y contempla su vino:
el color humoso, el sabor pesado.
Muerde un pedazo de pan, que sabía a liebre
en prisión, pero ahora no tiene sabor a pan
ni a nada. Y el vino no sabe más que a niebla.

El hombre solo piensa en esos campos, contento
de saberlos ya arados. En el salón desierto,
en voz baja, prueba a cantar. Vuelve a ver,
a lo largo del terraplén, el penacho de las zarzas despojadas,
que en agosto fue verde. Le da un silbido a la perra.*
Y aparece la liebre y ya no tienen frío.

Nota del traductor: El vocablo cagna (perra) sería la metáfora de una prostituta. En mi opinión, lo mismo se podría decir de lepri (liebre).
(Fuente: Cesare Pavese, Poesie, Mondadori, 1969.)
**
De Trabajar cansa / Vendrá la muerte y tendrá tus ojos, Griselda García, Ediciones del Dock, Cartografías, Buenos aires 2018
Traducción: Jorge Aulicino

viernes, 28 de octubre de 2016

Viva mano que siente la vida si toca

Cesare Pavese

(Santo Stefano Belbo, Italia, 1908-Turín, Id., 1950)

FIN DE FANTASÍA

Este cuerpo no volverá a empezar de nuevo. Al tocar las
cuencas de sus ojos,
uno nota que un montón de tierra está más vivo,
ya que, incluso al alba, la tierra no hace sino guardar
silencio en su interior.
Pero un cadáver es un resto de demasiados despertares.
No tenemos más que esta virtud: comenzar
cada día la vida -ante la tierra,
bajo un cielo que calla-, esperando un despertar.
Se asombra alguien de que el alba implique tanto esfuerzo;
de despertar en despertar, una labor ha sido efectuada.
Pero vivimos solamente para darnos en un estremecimiento
al trabajo futuro y despertar, de una vez, la tierra.
Y alguna vez ocurre. Después vuelve a callar con nosotros.
Si al rozar aquel rostro la mano no estuviese insegura
-viva mano que siente la vida si toca-,
si de veras aquel frío no fuese otra cosa que el frío
de la tierra, en el alba que hiela la tierra,
tal vez eso sería un despertar y las cosas que callan
bajo el alba dirían todavía palabras. Pero tiembla
mi mano y entre todas las cosas se asemeja
a la mano inmóvil.
Otras veces, despertarse al alba
era un dolor seco, un jirón de luz,
pero era asimismo una liberación. La avara palabra
de la tierra era alegre, en un rápido instante,
y morir era todavía regresar a ella. Ahora, el cuerpo que
espera
es un resto de demasiados despertares y no regresa a la tierra.
Ni siquiera lo dicen los labios endurecidos.

Versión sin datos

miércoles, 24 de agosto de 2016

Todo poeta se ha angustiado, se ha asombrado y ha gozado

Cesare Pavese
(Santo Stefano Belbo, Italia, 1908-Turín, Italia, 1950)

“En la inquietud y en el esfuerzo de escribir, lo que sostiene es la certeza de que en la página queda algo no dicho.”



El oficio de vivir
(Fragmentos)

9 de octubre, 1935

Todo poeta se ha angustiado, se ha asombrado y ha gozado. La admiración por un gran pasaje de poesía no se dirige nunca a su pasmosa habilidad, sino a la novedad del descubrimiento que contiene. Incluso cuando sentimos un latido de alegría al encontrar un adjetivo acoplado con felicidad a un sustantivo, que nunca se vieron juntos, no es el estupor por la elegancia de la cosa, por la prontitud del ingenio, por la habilidad técnica del poeta lo que nos impresiona, sino la maravilla ante la nueva realidad sacada a la luz.
Es digna de meditación la gran potencia de imágenes como las de las grullas, la serpiente o las cigarras; o las del jardín, la meretriz y el viento; las del buey, del perro, de Trivia, etc. Ante todo, están hechas para obras de vasta construcción, pues representan la ojeada echada a las cosas externas en el curso de la atenta narración de hechos de importancia humana. Son como un suspiro de alivio, una mirada por la ventana. Con ese aspecto suyo de detalles decorativos que han brotado variopintos de un duro tronco, prueban la inconsciente austeridad del creador. Exigen una natural incapacidad para los sentimientos paisajísticos. Utilizan clara y honestamente la naturaleza como un medio, como algo inferior a la sustancia del relato. Como una distracción. Y esto ha de entenderse históricamente, pues mi idea de las imágenes como sustancia del relato lo niega. ¿Por qué? Porque nosotros hacemos poemas breves. Porque aferramos y martilleamos en un significado un único estado de ánimo, que es principio y fin en sí mismo. Y no nos está permitido por tanto hermosear el ritmo de nuestro condensado relato con desahogos naturalistas, que serían remilgos, sino que debemos, preocupados por otra cosa, o bien ignorar la naturaleza vivero de imágenes, o expresar justamente un estado de ánimo naturalista, en el que la mirada por la ventana es la sustancia de toda la construcción. Por lo demás, basta con pensar en alguna obra moderna de vasta construcción -en novelas, pienso- y he aquí que encontramos en ella, a través de una maraña de filtraciones paisajísticas debidas a nuestra insuprimible cultura romántica, nítidos ejemplos de imaginismo-distracción.
Supremo entre los antiguos y los modernos -entre la imagen-distracción y la imagen-relato- es Shakespeare, que construye con vastedad y al tiempo es toda una mirada por la ventana; surge en una imagen retoñante de un tronco austero de humanidad y al tiempo construye la escena, el play [pieza de teatro] entero, como interpretación imaginista del estado de ánimo. Esto debe nacer de la felicísima técnica dramática, para la cual todo es humanidad -la naturaleza, inferior-, pero también todo, en el lenguaje imaginativo de sus personajes, es naturaleza.
Maneja fragmentos de lírica, con los que hace una estructura sólida. Narra, en suma, y canta indisolublemente, único en el mundo.
**
13 de setiembre

Entre las señales que me advierten de que acabo la juventud, la suprema es darme cuenta que la literatura no me interesa ya de veras. Quiero decir que no abro ya los libros con aquella viva ansiosa esperanza de cosas espirituales que, pese a todo, sentía antaño. Leo y me gustaría leer cada vez más, pero no recibo ya como antaño las diversas experiencias con entusiasmo, no las fundo ya en sereno tumulto prepoético. Lo mismo me ocurre pasear por Turín; ya no siento la ciudad como aguijón sentimental y simbólico para la creación. Ya está hecho, se me ocurre responder cada vez. Teniendo en la debida cuenta las diversas magulladuras y berrinches y cansancios y barbechos queda claro que ya no siento la vida como un descubrimiento y mucho menos por ende la poesía -sino más bien como un frío material de especulación y análisis y deberes. En esto late ahora mi vida: la política, la práctica, cosas todas que se favorece con los libros, pero los libros no aman como en cambio lo hace la esperanza de creación. 
Ahora bien, también de joven me organizaba éticamente: hallada la posición del impasible investigador, la vivía y la aprovechaba en la creación. Ahora que he dejado en serio de aprovecharla en la creación, advierto que ni siquiera me basta para vivir.
Es un dilema grave: ¿he perdido el tiempo hasta ahora apostando por la poesía o bien la situación actual es premisa de una mas profunda y vital creación?
**
16 de mayo, 1938

Has hojeado Trabajar cansa y te ha desalentado: composición amplia, carencia de todo momento intenso que justificaría la «poesía». Las famosas imágenes que serían la propia estructura fantástica del relato no las has visto: ¿valía la pena gastar en eso de los 24 a los 30 años? En tu lugar, yo me avergonzaría.
**
9 de octubre, 1941

Me gustan los escritores que tratan siempre el mismo motivo, dice Pintor (1). Aparte lo que en eso hay de simple afición a la coherencia ya la definibilidad del escritor -peldaño a la crítica-, P. no explica si se refiere de forma naturalista al contenido o a la actitud estilística. De acuerdo en que variar el primero es indicio de pobreza interior, pero la segunda debe ser a la fuerza una búsqueda siempre nueva -desde el sencillo matiz al salto de género-, de lo contrario la página carecerá de la sensación de descubrimiento, que es el verdadero y único placer de quien escribe.
**
12 de febrero, 1942

El arte moderno es -en la medida en que vale- un regreso a la infancia. Su motivo perenne es el descubrimiento de las cosas, descubrimiento que puede producirse, en su forma más pura, sólo en el recuerdo de la infancia. Esto es efecto de la all-pervading consciencia del artista moderno (historicismo, noción del arte como actividad suficiente en sí, individualismo) que le hace vivir desde los dieciséis años en un estado de tensión; es decir, en un estado ya no propicio para la absorción, ya no ingenuo. Y en arte sólo se expresa bien aquello que fue absorbido ingenuamente. A los artistas no les queda sino volverse hacia la época en la que todavía no eran artistas e inspirarse en ella, y esa época es la infancia.
**
12 de septiembre

Un hombre solo, en una barraca, comiendo la carne y la salsa de una olla. Algunos días la rasca con un viejo cuchillo, otros con las uñas; hace mucho tiempo, la olla estaba llena y era buena, ahora está agriada y para sentirle el gusto el hombre se come las uñas rotas. y proseguirá mañana, y luego.
Se asemeja a mí, que me busco el trabajo en el corazón.

Traducción de Esther Benítez
Seix Barral

jueves, 18 de agosto de 2016

Es un gusto pasarse la mañana sentado en la sombra

Cesare Pavese
(Santo Stefano Belbo, 1908- Turín, Italia, 1950)


Atlantic Oil

El mecánico borracho está feliz tirado en una zanja.
Desde la piola, de noche, en cincos minutos por el prado, *
uno está en casa; pero primero está el fresco de la hierba
para gozarlo, y el mecánico duerme y ya llega el alba.
A dos pasos, en el prado, se alza el cartel
rojo y negro: quien se acerca mucho no llega a leerlo,
tan grande es. A esta hora, está todavía húmedo
de rocío. El camino, de día, lo cubre de polvo,
como cubre los arbustos. El mecánico, abajo, se estira en el sueño.

El silencio es extremo. Dentro de poco, bajo la tibieza del sol,
pasarán los autos sin descanso, despertando el polvo.
De golpe, en la cima de la colina, ralentan un poco;
luego se tiran hacia la curva. Alguno se para
en el polvo, frente al garaje, que lo llena de litros.
Los mecánicos, un poco atontados, estarán a la mañana
sobre los bidones, sentados, esperando un trabajo.
Es un gusto pasarse la mañana sentado en la sombra.
Aquí el hedor de los aceites se mezcla al olor de verde,
de tabaco y de vino, y el trabajo los viene a buscar
a la puerta de casa. Cada tanto, hay para divertirse:
campesinas que pasan y le echan la culpa, de animales y esposas
asustadas, al garaje que mantiene ese tráfico;
campesinos que miran torvos. Cada uno, de vez en cuando,
hace una bajada rápida a Turín, y regresa más despejado.

Después, entre reír y vender nafta, alguno se para:
estos campos, si uno los mira, están llenos de polvo
del camino y, si uno se sienta en la hierba, se viene encima.
Entre las cuestas, siempre hay una viña que gusta más:
terminará en que el mecánico se casa con la viña
que le gusta y con su chica, y saldrá con el sol,
pero a zapar, y llegará con todo el cuello negro,
y beberá de su vino, prensado las tardes de otoño en la bodega.

También de noche pasan autos, aunque silenciosos,
tanto que al borracho, en la zanja, no lo han despertado.
En la noche no levantan polvo, y el haz de los faros
revela todo el cartel, sobre el prado, en la curva.
Bajo el alba, los autos van cautos y no se oyen ruidos,
salvo el de la brisa que pasa, y, alcanzada la cima,
se pierden en la llanura, hundiéndose en la sombra.


* Piola: modo dialectal piamontés por fonda
Versión de Jorge Aulicino
De Trabajar cansa.
Ilustración: Pavese Nove da Firenze

jueves, 31 de marzo de 2016

Como un hálito o un paso





CESARE PAVESE
(Santo Stefano Belbo, Cuneo, Italia, 1908-Turín, id., 1950)


The cats will know

Aún caerá la lluvia
sobre dulces empedrados,
una lluvia ligera
como un hálito o un paso.
Aún la brisa y el alba
florecerán ligeras
como bajo tu paso,
y tú regresarás.
Entre flores y alfeizares,
los gatos lo sabrán.

Llegarán otros días,
llegarán otras voces.
Sonreirás sola.
Los gatos lo sabrán.
Oirás viejas palabras,
vanas y cansadas
como vestidos usados
de las fiestas pasadas.

Tú también harás gestos.
Responderás palabras;
rostro de primavera,
tú también harás gestos.

Los gatos lo sabrán,
rostro de primavera,
y la lluvia ligera,
el alba de jacinto,
que el corazón lacera
de quien no te espera,
son la triste sonrisa
que tú sonríes sola,
Llegarán otros días,
voces y despertares.
Sufriremos al alba,
rostro de primavera.

10 de abril 1950

"Verrà la morte e avrà i tuoi occhi", Poesie, Mondadori, Milán, 1969
Versión: Jorge Aulicino
***
The cats will know

Ancora cadrà la pioggia
sui tuoi dolci selciati,
una pioggia leggera
come un alito o un passo.
Ancora la brezza e l'alba
fioriranno leggere
come sotto il tuo passo,
quando tu rientrerai.
Tra fiori e davanzali
i gatti lo sapranno.

Ci saranno altri giorni,
si saranno altre voci.
Sorriderai da sola.
I gatti lo sapranno.
Udrai parole antiche,
parole stanche e vane
come i costumi smessi
delle feste di ieri.

Farai gesti anche tu.
Risponderai parole -
viso di primavera,
farai gesti anche tu.

I gatti lo sapranno,
viso di primavera;
e la pioggia leggera,
l'alba color giacinto,
che dilaniano il cuore
di chi più non ti spera,
sono il triste sorriso
che sorridi da sola.
Ci saranno altri giorni,
altre voci e risvegli.
Soffrieremo nell'alba,
viso di primavera.

10 aprile 1950.
**
Imagen: Errol Le Cain

jueves, 14 de enero de 2016

El amor es como la gracia de Dios, no nos sirve la astucia

Algunas cartas de Cesare Pavese

A su hermana María, acerca de Tina, "la mujer de la voz ronca":

"...ni siquiera pensáis en aliviarme esta tortura de cada instante con una esquela de mano de..."(3-3-36)
"Hace mucho tiempo que no tengo ni un saludo de...y no sé si estará ofendida conmigo. Yo sigo esperando. (5-3-36)
"¿Cuándo os hartaréis de fingir que no os enteráis que pido noticias, noticias, noticias y una postal firmada por...? Y aún tenéis el tupé de escribirme si necesito algo. Hace un mes que no pido otra cosa." (12-3-36)
***
CARTA ÚLTIMA A PIERINA

Bocca di Magra, agosto 1950

     Querida Pierina, he acabado causándote esta aflicción, o esta amargura, pero créeme no podía cumplir de otra forma. La razón inmediata es la inquietud de esta carrera en la que, sin bailar ni conducir, acabo perdedor, pero hay un motivo aún más cierto. Yo estoy, como se dice, al final de la vela.

     Pierina, quisiera ser tu hermano -primero porque de esa manera no habría una relación frívola entre nosotros, y además para que tú pudieses escucharme y creerme con confianza. Si me he enamorado de ti no es, como se dice, porque te desease sino porque tú estás hecha con mi misma levadura, actúas y hablas como haría yo, en cuanto hombre, si en vez de haber aprendido a escribir, hubiese tenido tiempo para aprender a estar en el mundo. En realidad, en lo que yo he escrito y en tus días cohabitan la misma elegancia y seguridad. Sé, por lo tanto, con quien hablo.

     Sin embargo tú, por árida y cínica que seas, no estás al final de la vela como yo. Tú eres joven, increíblemente joven, eres como yo a los veintiocho años cuando, decidido a matarme por no sé qué decepción, no lo hice –tenía curiosidad por el mañana y por mí mismo- la vida me había parecido horrorosa pero aún así seguía teniendo interés en mí mismo.

     Ahora es todo lo contrario: sé que la vida es preciosa pero yo ya no estoy en ella, todo gracias a mí, y que esta es una fútil tragedia, al igual que tener la diabetes o el cáncer de los fumadores. ¿Puedo confesarte, amor, que nunca me desperté con una mujer a mi lado que sintiese mía, que ninguna de las que amé me tomó en serio, y que ignoro la mirada de agradecimiento que dirige una mujer a su hombre? Y, ¿recordarte que, a causa de mi trabajo, siempre tuve los nervios tensos y la imaginación clara y preparada, y el gusto de ganarme la confianzas de los demás? Y, ¿que llevo cuarenta y dos años en el mundo?

     La vela no puede quemarse por ambas partes –en mi caso la quemé entera por un solo lado y su ceniza son los libros que he escrito. No te digo todo eso para suscitarte piedad –sé cuanto esta significa, en tales circunstancias- sino para clarificar, para que no creas que cuando me enfurruñaba fuera por diversión o para mostrarme intrigante. Yo ya estoy más allá de la política. El amor es como la gracia de Dios, no nos sirve la astucia.

     En cuanto a mí, te quiero, Pierina. Te quiero como una hoguera. Llamémoslo el último esguince de la vela. No sé si volveremos a vernos. A mí me gustaría –en verdad no anhelo otra cosa- sin embargo muy a menudo me pregunto qué te aconsejaría si fuera tu hermano. Lástima que no lo soy. Amor.

Cesare Pavese. Cartas (1926 – 1950), vol. II. Traducción de María Esther Benítez. Madrid, Ibarra/ Alianza, Col. Alianza Tres, 4, 1973.

***
De Natalia Ginzburg sobre Leone Ginzburg. «A finales del invierno, Leone Ginzburg regresó a Turín desde la penitenciaría de Civitavecchia», había salido de allí el 13 de marzo de 1936, «donde había cumplido su pena. Llevaba un gabán demasiado corto, un sombrero ajado, plantado un poco de través sobre la negra cabellera.
Caminaba despacio, con las manos en los bolsillos; y lo escrutaba todo a su alrededor con sus ojos negros y penetrantes, los labios apretados, la frente fruncida, las gafas de concha negras, plantadas un poco bajas en la gran nariz». Estaba bajo vigilancia especial. El ojo del régimen nunca más se apartaría de él. Cesare Pavese, continúa Natalia, «venía a ver a Leone todas las tardes; colgaba del perchero su bufandita de color lila, su abrigo con martingala, y se sentaba a la mesa. Leone estaba en el sofá, con el codo apoyado en la pared. Pavese explicaba que venía a casa no por valor, porque él valor no tenía; ni tampoco por espíritu de sacrificio. Venía porque no habría sabido si no cómo pasar la velada,
y no soportaba pasar las veladas solo. Y explicaba que no venía para oír hablar de política, porque a él la política “le importaba un bledo”». Pasada la medianoche, cuando Pavese, tras agarrar la bufanda y el abrigo, había escapado, «Leone se quedaba aún un rato de pie junto a la estantería, sacaba un libro y se ponía a hojearlo, y lo leía como al desgaire, largamente, con el ceño fruncido. Se quedaba así, leyendo como al desgaire, hasta las tres». Después,
un día, «Leone empezó a trabajar con un editor amigo suyo». Los dos, prosigue la narradora, «intentaron convencer a Pavese de que trabajara con ellos. Pavese se resistía. Decía:“¡Me importa un bledo!...». Le bastaba, para vivir, con la suplencia en un instituto. «Al final se convenció... Se convirtió en un empleado puntilloso, meticuloso, les regañaba a los otros dos por llegar tarde por la mañana y por irse a comer a las tres”. Pero ¿quién era Leone Ginzburg, reciente redactor de la pequeña y pobre editorial? «Su verdadera pasión
era la política. No obstante tenía, aparte esta vocación esencial, otras apasionadas vocaciones: la poesía, la filología y la historia». 
**
Imagen tomada de cartasenlanoche.blogspot.com.es

martes, 12 de enero de 2016

Biglietto di visita preso i posteri

Del artículo "CESARE PAVESE

‘Diálogos con Leucó’"

Por Carlos García Gual
(Fragmentos)
De ARCHIVO


“Debes guardarte (...) de confundir el mito con las redacciones poéticas que de él se han hecho o se están haciendo; precede a la expresión que se le da; no es esa
expresión; en su caso se puede hablar perfectamente de un contenido distinto a la forma (aunque de una forma
por sumaria que sea no se puede prescindir jamás); y esto lo prueba el hecho de que el verdadero mito no cambia de valor, ya se exprese en palabras, con signos, o con música. El mito es, en suma, una norma de un hecho ocurrido de una vez por todas, y extrae su valor de esa unicidad absoluta que lo alza por encima del tiempo y lo consagra como revelación.
Por eso se produce siempre en los orígenes, como en la infancia. Está fuera del tiempo”.
***

“Un mito es siempre simbólico, por esto no tiene nunca un significado unívoco, alegórico, sino que vive de una vida encapsulada que, según el lugar y el humor que lo rodea, puede estallar en las más diversas y múltiples florescencias”.
***
“De haber podido, habríamos prescindido de buen grado de tanta mitología. Pero estamos convencidos
de que el mito es un lenguaje, un medio expresivo, es decir, no algo arbitrario, sino un vivero de símbolos al que pertenece, como a todos los lenguajes, una particular sustancia de significados que ningún otro podría expresar. Cuando recogemos un nombre propio, un gesto, un prodigio mítico, decimos en media línea, en pocas sílabas, una cosa sintética y comprensiva, un meollo de realidad
que vivifica y nutre todo un organismo de pasión, de estado humano, todo un conjunto conceptual. Y si
luego este nombre, este gesto y prodigio, nos resulta familiar desde la infancia, desde la escuela, mejor que mejor. La inquietud es más auténtica y cortante cuando remueve una materia usual. Aquí nos hemos contentado con servirnos de mitos helénicos dada la perdonable boga popular de esos mitos, su inmediata y tradicional aceptabilidad. Nos horroriza todo lo que es descompuesto, heteróclito, accidental, y pretendemos –inclusive materialmente– limitarnos, darnos un marco, insistir sobre una presencia conclusa. Estamos convencidos de que una gran revelación sólo puede salir de la testaruda insistencia sobre una misma dificultad. No tenemos nada en común con los viajeros, los experimentadores, los aventureros.
Sabemos que el más seguro –y el más rápido– modo de asombrarnos, es mirar impertérritos siempre el mismo objeto. En determinado momento nos parecerá –milagroso– que nunca lo habíamos visto”.
***



“La fascinación de los mitos griegos nace del hecho de que posiciones inicialmente mágicas, totémicas, matriarcales, fueron –por la elaboración ágil del pensamiento consciente sobrevenida en los siglos x-viii a.C.– objeto de nuevas y profundas interpretaciones, de contaminaciones, de injertos, –todo ello presidido por la  razón– y de este modo llegaron a nosotros con la riqueza de toda esa claridad y tensión espiritual, aunque también abigarradas de antiguos sentidos simbólicos ajenos.”
***

“Para quien sabe escribir, una forma es siempre algo irresistible. Corre el riesgo de decir tonterías y de decirlas mal, pero la forma que lo tienta, pronta a embeberse en sus palabras, es irresistible. (Me refiero, por ejemplo, al género del pequeño diálogo mitológico tuyo.”

(Oficio, nota del 27 de septiembre del 46).
El oficio de vivir (págs. 275-6, de la traducción argentina citada).
Está también en la versión de El oficio de vivir hecha por Esther Benítez (Bruguera Alfaguara, Madrid, 1979)
***
Leucó –en la Odisea– emerge del fondo marino como parlera y blanca gaviota. (Las diosas antiguas gustan de esas metamorfosis en veloces aves). Le aconseja a Ulises abandonar su almadía, y, tan sólo abrigado con su velo, echarse a nadar en el mar embravecido. Ulises, un tanto desconfiado siempre ante las ayudas divinas, obedece al rato, y así llega dos días después más tarde a la isla de los feacios. Apenas arriba a la costa, desnudo y náufrago, arroja el héroe de nuevo el velo al mar, como le dijera la diosa marina, y prosigue su complicado regreso.
Podría decirse que los mitos pueden usarse, como el velo mágico de Leucó, a modo de salvavidas ocasional para náufragos en apuros. Pero sólo por un tiempo; es inevitable tener que devolverlo más o menos pronto al mar y enfrentarse de nuevo a la inquietud cotidiana. Para la mayoría de sus lectores de entonces, Diálogo con Leucó resultó una obra muy extraña, una extravagancia difícil de aceptar en la trayectoria del novelista y del poeta comprometido con la ética y estética del realismo contemporáneo. El rechazo de la crítica, desconcertada y escandalizada, fue casi unánime. Pavese se sintió sin duda dolido de esa incomprensión, aunque luego se jactara de cierta alegría ante ese rechazo. Para él era la obra que mejor lo definía, y llegó a escribir –en carta a una amiga y poco antes de su suicidio– que era su “carta de presentación ante la posteridad” (“biglietto di visita preso i posteri”).
Junto al cadáver, pues, quiso dejar, no por azar, el libro de los coloquios míticos, como un testimonio de sus inquietudes sin respuesta, como un recorrido por un paisaje antiguo, como un paseo entre sombras y fantasmas de otros tiempos, entremezclados los ecos de la infancia y las siluetas de diosas y héroes de una cálida y ambigua familiaridad, voces antiguas para expresar angustias y dudas de siempre.
Releer los Diálogos con Leucó, un texto tan ambicioso como poco leído, y a la vez recordar cuánto significaron para su autor puede ser, aquí y ahora, cierto desafío intelectual a la vez que un amistoso homenaje. Creo, por otra parte, que es uno de los textos más interesantes de un escritor del siglo xx, uno de los “clásicos” europeos del siglo en cuanto a la capacidad de sugerencias que ha sabido recobrar, poéticamente, de los antiguos mitos griegos.

[Resumen de la intervención en el “Congreso Internacional Cesare Pavese”, celebrado en la Universidad Complutense]. Carlos García Gual
Fuente: elboomeran.com

lunes, 11 de enero de 2016

Decir de un amigo que en sus libros no hay ironía es decir bastante

Cesare Pavese 

(Santo Stefano Belbo, 1908-Turín, Italia, 1950)

Por Alejandro Zambra
Letras Libres, Diciembre de 2008

Poco a poco se ha impuesto la imagen de un Cesare Pavese doliente, atormentado, un poco melodramático. Alejandro Zambra vuelve a la vida y obra de este autor para desmontar ese mito y revalorar sus libros, todo en el centenario de Pavese y en el marco de una FIL de Guadalajara que tiene a Italia como país invitado.


En el poema “La habitación del suicida”, Wislawa Szymborska recrea la perplejidad de los amigos ante el suicidio de alguien que solamente deja, a manera de explicación, un sobre vacío apoyado en un vaso. Cesare Pavese, en cambio, escribió durante quince años una larguísima carta de despedida que hasta aquí hemos leído en calidad de obra maestra. En las cuatrocientas páginas de El oficio de vivir, Pavese cultiva laidea del suicidio como si se tratara de una meta o de un requisito o de un sacramento, al punto que, finalmente, se hace difícil moderar la caricatura: no es el enigmático amigo de Wislawa Szymborska o el suicida que en un poema de Borges dice “Lego la nada a nadie”. Por el contrario, Pavese es consciente de su legado: sabe que deja una obra importante, cumplida, sabe que ha escrito alta poesía, sabe que sus novelas soportarán con decoro el paso del tiempo. No tenía motivos para quitarse la vida, pero se encargó de inventarlos, de darles realidad. El oficio de vivir es un registro de teorías y de planes, de diatribas y digresiones, pero sin duda en la lectura prevalece el recuento de pensamientos fúnebres, casi siempre extremos y a veces más bien peregrinos, propios de un joven envejecido que de a poco va convirtiéndose en un viejo adolescente. Tal vez hay que ser como ese joven o como ese viejo para valorar, en plenitud, el diario de Pavese. Tal vez hay que querer suicidarse para leer El oficio de vivir.

*

Pero no es necesario querer suicidarse para disfrutar de libros perfectos como La luna y las fogatas, La playa, Trabajar cansa o Vendrá la muerte y tendrá tus ojos. La mayor virtud de El oficio de vivir es que da pistas sobre la obra de Pavese: si quitamos las referencias a su vida amorosa quedaría un libro delgado y excelente. Ahora me parece que al diario le sobran muchas páginas: sus impresiones sobre las mujeres, por ejemplo, no se compadecen con la comprensión verdadera o al menos verosímil de lo femenino que uno cree leer en La luna y las fogatas, Entre mujeres solas o en algunos de sus poemas. Por momentos Pavese es solamente ingenioso y más bien vulgar: “Ninguna mujer contrae matrimonio por conveniencia: todas tienen la sagacidad, antes de casarse con un millonario, de enamorarse de él.” Su misoginia es, con frecuencia, rudimentaria: “En la vida, les sucede a todos que se encuentran con una puerca. A poquísimos, que conozcan a una mujer amante y decente. De cada cien, noventa y nueve son puercas.” Más divertido y negrísimo es el humor de un pasaje en que comenta aquello de que un clavo saca a otro clavo: para las mujeres el asunto es muy simple, dice, pues les basta con cambiarse de clavo, pero los hombres están condenados a tener un solo clavo. No sé si hay humor, en cambio, en estas frases: “Las putas trabajan a sueldo. ¿Pero qué mujer se entrega sin haberlo calculado?” El siguiente chiste, en todo caso, me parece muy bueno: “Las mujeres son un pueblo enemigo, como el pueblo alemán.”

*

Es cierto que cometo una injusticia al presentar a Pavese como un precursor de la stand up comedy, pero denigrarlo es seguir el juego que él mismo propuso. Otro libro breve o no tan breve que podría extraerse de El oficio de vivir es el de la ya mencionada autoflagelación literaria. Al comienzo duda, razonablemente, de su escritura: se queja de su idioma, de su mundo, de su lugar en la sociedad, se retracta de sus poemas, quiere escribirlos de nuevo o no haberlos escrito. Desea experimentar el placer de negarse, de partir, siempre, desde cero: “He simplificado el mundo en una trivial galería de gestos de fuerza y de placer. En esas páginas está el espectáculo de la vida, no la vida. Hay que empezarlo todo de nuevo.” La observación no es casual, porque contiene una ética: el artista es siempre un eterno amateur, sus triunfos amenazan el progreso de la obra. Pero se queja tanto que escucharlo a veces se vuelve insoportable. Poco después de los lamentos iniciales, Pavese ha construido una obra inmensa que le da satisfacciones reales, que le permite ser alguien muy parecido a quien siempre quiso ser. Pero ahora se queja lo mismo y un poco más: “Estás consagrado por los grandes maestros de ceremonias. Te dicen: tienes cuarenta años y ya lo has logrado, eres el mejor de tu generación, pasarás a la historia, eres extraño y auténtico... ¿Soñabas otra cosa a los veinte años?” La respuesta es, en cierto modo, conmovedora: “No quería sólo esto. Quería continuar, ir más allá, comerme a otra generación, volverme perenne como una colina.”

*

Pavese era un buen amigo, dice Natalia Ginzburg, pues la amistad se le daba sin complicaciones, naturalmente: “Tenía un modo avaro y cauto de estrechar la mano al saludar: daba pocos dedos y los retiraba enseguida; tenía un modo arisco y parsimonioso de sacar el tabaco de la bolsa y llenar la pipa; y tenía un modo brusco y repentino de regalarnos dinero, si sabía que nos hacía falta, un modo tan brusco y repentino que nos dejaba boquiabiertos.” En un fragmento de Léxico familiar y en un breve y bellísimo ensayo de ese libro breve y bellísimo que se llama Las pequeñas virtudes, Natalia Ginzburg evoca los años en que ella y su primer marido trabajaron con Pavese en Einaudi, tiempos difíciles a los que el poeta se integra trabajosamente: “Algunas veces estaba muy triste, pero durante mucho tiempo nosotros pensamos que se curaría de esa tristeza cuando se decidiera a hacerse adulto, porque la suya nos parecía una tristeza como de muchacho, la melancolía voluptuosa y despistada del muchacho que todavía no tiene los pies sobre la tierra y se mueve en el mundo árido y solitario de los sueños.”

*

“Pavese cometía errores más graves que los nuestros, porque los nuestros se debían a la impulsividad, a la imprudencia, a la estupidez y al candor, en cambio los suyos nacían de la prudencia, de la sagacidad, del cálculo y de la inteligencia”, agrega Natalia Ginzburg, y luego señala que la virtud principal de Pavese como amigo era la ironía, pero que a la hora de escribir y a la hora de amar enfermaba, súbitamente, de seriedad. La observación es decisiva y, a decir verdad, ha sobrevolado con persistencia mi relectura de Pavese: “A veces, cuando ahora pienso en él, su ironía es lo que más recuerdo y lloro, porque ya no existe: de ella no queda ningún rastro en sus libros, y sólo es posible hallarla en el relámpago de aquella maligna sonrisa suya.” Decir de un amigo que en sus libros no hay ironía es decir bastante. En las páginas de El oficio de vivir, en efecto, por largos pasajes el humor se limita a inyecciones de sarcasmo o a meros manotazos de inocencia.

*

“Mi creciente antipatía por Natalia Ginzburg”, anota Pavese en 1946, “se debe al hecho de que toma por granted, con una espontaneidad también granted, demasiadas cosas de la naturaleza y de la vida. Tiene siempre el corazón en la mano –el parto, el monstruo, las viejecitas. Desde que Benedetto Rognetta ha descubierto que es sincera y primitiva, ya no hay manera de vivir.” La amistad admite estos matices, y a su manera tajante y delicada la escritora responde: “Nos dábamos perfecta cuenta de las absurdas y tortuosas complicaciones de pensamiento en que aprisionaba su alma sencilla, y habríamos querido enseñarle algunas cosas, enseñarle a vivir de un modo más elemental y respirable; pero nunca hubo manera de enseñarle nada, porque cuando intentábamos exponerle nuestras razones, levantaba una mano y decía que él ya lo sabía todo.” Debo decir que me quedo con la sincera y primitiva y no con el sabelotodo. Porque sin duda Pavese era un sabelotodo. Por eso mismo su soliloquio se vuelve enojoso. Lo que mejor sabía era, en todo caso, que sufría inmensamente: “Es quizás ésta mi verdadera cualidad (no el ingenio, no la bondad, no nada): estar encenagado por un sentimiento que no me deja célula del cuerpo sana.” Acaso estaba secretamente de acuerdo con su amiga Natalia. Pienso en este fragmento del diario, que tal vez da la clave del sufrimiento de Pavese: “Quien no sabe vivir con caridad y abrazar el dolor de los demás, es castigado sintiendo con violencia intolerable el propio. El dolor sólo puede ser acogido elevándolo a suerte común y compadeciendo a los otros que sufren.”

*

Algo va mal en este artículo. Mi intención era recordar a un escritor que admiro, y ya se ve que la admiración ha amainado. Lo comento con una amiga, por teléfono, a quien no le gusta y nunca le ha gustado Pavese. Tal vez la primera vez que leíste El oficio de vivir, me dice, querías suicidarte. Todos los estudiantes de literatura quieren suicidarse, dice, y yo me río pero enseguida respondo, con pavesiana seriedad, que no, que nunca quise suicidarme. Tal vez entonces, a los veinte años, me impresionaba la forma de expresar el malestar; la descripción precisa de un dolor que parecía enorme y que sin embargo no rivalizaba con la posibilidad de plasmarlo. Es curioso, pienso ahora: Pavese lucha con el lenguaje, construye un italiano propio o nuevo, valida las palabras de la tribu y los problemas de su tiempo. No se adhiere a fórmulas, desconfía de las proclamas, de los falsos atavismos. Es, en un punto, el escritor perfecto. Pero en otro sentido es un pobre hombre que anhela exhibir su pequeña herida. Me pregunto si era necesario saber tanto sobre Pavese. Me pregunto si verdaderamente a alguien le importa saber sobre su impotencia, su eyaculación precoz, sus masturbaciones. No lo creo.

*

Pavese solía releer su diario para echar tierra sobre alguna observación apresurada o, más frecuentemente, para enfatizar una intensidad que ya era alta. Las numerosas referencias internas y el uso de la segunda persona constituyen la retórica de El oficio de vivir. La segunda persona reprende, humilla, pero a veces también infunde ánimo: “Ten valor, Pavese, ten valor.” El efecto, en todo caso, nunca me parece esencial: cualquiera de esos fragmentos funcionaría mejor en primera persona. Más que una complejidad del yo, la segunda persona comunica la dificultad del desdoblamiento y suena siempre tremendista: “También has conseguido el don de la fecundidad. Eres dueño de ti mismo, de tu destino. Eres célebre como quien no trata de serlo. Pero todo esto se acabará.” Hay pedazos, sin embargo, notables: “Recuerdas mejor las voces que las caras de las personas. Porque la voz tiene algo de tangencial, de no recogido. Dada la cara, no piensas en la voz. Dada la voz –que no es nada– tiendes a hacer de ella una persona y buscas una cara.”

*

Releí El oficio de vivir, pues había comprometido un reportaje sobre Santo Stefano Belbo, el pueblo natal del escritor, con la excusa del centenario de su nacimiento. Alguien criado en el país de Neruda no debería hacer este tipo de viajes: crecimos en el culto al poeta feliz, crecimos con la idea de que un poeta soltaba sus metáforas a la menor provocación, que acumulaba casas y mujeres y dedicaba la vida a decorarlas (las casas y a las mujeres). Crecimos pensando que los poetas coleccionaban –además de casas y de mujeres– mascarones de proa y botellas de Chivas de cinco litros. Para nosotros el turismo literario es cosa de gringos, de japoneses que adoran el dinero que han pagado para maravillarse con historias asombrosas. Por fortuna, nada de eso hay en Santo Stefano Belbo, un pueblo de cuatro mil tranquilos habitantes, que vive de las viñas y goza de una estabilidad muy parecida al aburrimiento.

*

Así como repasar el diario de Pavese ha sido decepcionante, visitar el pueblo que sirve de escenario a La luna y las fogatas constituye una emoción compleja. Pavese interrogó este paisaje con preguntas verdaderas, movido por el vértigo de quien busca recuerdos en los recuerdos. Walter Benjamin lo dice con precisión, cuando habla, en un texto sobre Proust, de la “legalidad” del recuerdo. Es este el paisaje que recordaba Pavese cuando invocaba esa “legalidad”: el valle, la colina, la iglesia, las ruinas de una torre medieval; un verde apacible queda en los ojos y todo parece caber en una sola mirada larga. Encuadro la imagen para situar el río Belbo y el camino a Canelli, que en La luna y las fogatas es el camino donde empieza el mundo. De puro diletante planeo alojarme en el Albergo dell’Angelo, donde se hospeda el narrador en la novela, pero el recinto ya no funciona como hotel, por lo que me quedo en un razonable bed & breakfast. Reconozco el terreno mientras pienso en versos de “Los mares del Sur” y en el poema “Agonía”, que no es el mejor de Pavese pero sí el que más me gusta: “Están lejos las mañanas cuando tenía veinte años./ Ahora, veintiuno: ahora saldré a la calle,/ recuerdo cada piedra y las estrías del cielo.” Mientras camino recupero a Pavese: “Nos hace falta un país, aunque sólo sea por el placer de abandonarlo”, digo, de memoria: “Un país quiere decir no estar solos, saber que en la gente, en las plantas, en la tierra hay algo tuyo, que aun cuando no estés te sigue esperando.”

*

Ya me gusta, de nuevo, Pavese.

*

Según Italo Calvino, la zona de las Langhe del Piamonte era famosa no sólo por sus vinos y sus trufas, sino también por la desesperación de las familias que allí habitaban. Calvino pensaba, claro, en el brutal desenlace de La luna y las fogatas y no en esta tarde agradable. Busco, absurdamente, indicios de desesperación en ese mundo de niños en bicicleta y gente que vuelve a paso lento del trabajo.

*

Los extranjeros vienen a Santo Stefano solamente para ver, como yo, la casa natal de Pavese, un sitio más bien desangelado que es como la casa natal de cualquiera: en esta cama nació el poeta, dice el guía, y no queda mucho más que imaginarse al pequeño Cesare, en 1908, llorando como condenado. También hay una galería atiborrada de pinturas de los más diversos estilos. Son, en su gran mayoría, bocetos nada buenos, puestos unos junto a otros por orden de llegada. El guía me dice que se trata de las obras ganadoras de un concurso anual destinado a recordar la vida y la obra del escritor. Pienso que esas murallas atestadas de primeros lugares y menciones honrosas lucieron, en su momento, una acogedora desnudez. Pero es mejor, quizás, el desorden del homenaje.

*

Tomo fotos, muchas fotos: soy, por dos días, el japonés que visita el pueblo donde nació Cesare Pavese. Hay una que me gusta especialmente, donde figura su retrato en la vitrina de una tienda de zapatillas para niños. Hay alusiones, hay dibujos, hay grafitis de Pavese por todas partes: Santo Stefano ha hecho lo posible por rendirle culto al poeta y hay belleza en ese esfuerzo. Pero el centenario de Pavese no invita, en general, a estridencias. No era, finalmente, tan buen personaje como Neruda. Menos mal.

*

Los niños de Santo Stefano Belbo aprenden, desde pequeños, que en este pueblo nació un gran escritor que nunca fue feliz. Los niños de este pueblo aprenden desde temprano la palabra “suicidio”. Los niños saben de antemano que, en este pueblo, trabajar cansa.

*

Me oriento gracias a Anka, una joven rumana que conocí en el restorán cercano a la estación de trenes. Está de paso en Italia, visitando a su hermana. Le pregunto si se aburre y me responde que sí, porque acá casi nadie habla inglés y menos rumano (y muchos cultivan, todavía, el piamontés). Anka me dice que hay un chileno en el pueblo y que debería verlo. No busco chilenos, le respondo, y me mira desconcertada. Me retracto, por cortesía. Le digo que me gustaría mucho conocer a ese chileno y ella arregla la cita. Es en el bar Fiorina, frente a la plaza principal. Poco antes de llegar copio en un disco toda la música chilena que tengo en el computador. Pero Luis, el chileno, es en realidad un peruano de Arequipa. Le regalo el disco de todos modos. Luis tiene 35 años, desde hace seis vive en Italia y hace cuatro vino a dar a Santo Stefano Belbo. Trabaja en una fábrica de bombas de agua y da la impresión de que vive bien. Yo no he leído a Pavese, me dice de repente: para miserias basta con las propias, dice, y tiene toda la razón.

*

Hablo con varios amigos de Luis. Fabio, de 26 años, es el más cordial. Hablamos lento y logramos entendernos. No le gusta leer, dice, pero como todo santostefanino que se precie, conoce bien la obra de Pavese. Me gusta porque habla de este pueblo, dice, pero en el fondo no me gusta, rectifica, como pensando en voz alta, como decidiendo: no, no me gusta Pavese. A mí tampoco me gusta el chileno Neruda, le respondo. Yo me sé varios poemas de Pavese de memoria, dice Fabio, riendo. Yo también me sé algunos de Neruda, le digo, y seguimos riendo largo rato y ya tengo un amigo con quien beber las siguientes botellas de nebbiolo.

*

La ciudad de Pavese fue Turín, allí vivió casi todo el tiempo y allí decidió, en 1950, morir. Santo Stefano Belbo es el lugar de origen y de ensoñación: una aldea a medias real y a medias inventada, un escenario para la infancia. “El arte moderno es una vuelta a la infancia”, dice Pavese: “Su motivo perenne es el descubrimiento de las cosas, descubrimiento que después puede acontecer, en su forma más pura, sólo en el recuerdo de la infancia.” Su pensamiento es cercano al de Baudelaire: el artista es un convaleciente que vuelve de la muerte para observar todo como por primera vez. Pavese incluso va más lejos: “En el arte sólo se expresa bien lo que fue asimilado ingenuamente. No les queda a los artistas más que volverse hacia la época en que no eran artistas e inspirarse en ella, y esta época es la infancia.”

*

“Se admiran solamente aquellos paisajes que ya hemos admirado”, dice Pavese en el diario. Me pregunto si Santo Stefano Belbo ha cambiado mucho en estas décadas. Seguramente. Pero me gusta pensar que Pavese observaría una sutil permanencia.

*

Mientras espero el tren de vuelta, releo los fragmentos de La luna y las fogatas. Santo Stefano Belbo ha dejado atrás la violencia, pienso, y tal vez me engaño. Imagino las hogueras en la colina, recuerdo a Nuto y al niño rengo de la novela, los pasajes en que el narrador relata su vida en California, en fin, conjeturo la distancia de que se vale Pavese para construir un libro leve y oscuro. Pienso que me ha gustado Santo Stefano Belbo o que me ha gustado saber que a Pavese le gustaba. Para él la atracción llevaba implícita, siempre, una zona de rechazo, y es eso lo que me sucede también a mí: que he odiado el diario de Pavese –que he odiado el diario que amaba– y he amado sus demás libros. No llego a una conclusión o sí llego, pero se parece demasiado al comienzo: en La luna y las fogatas, por lo pronto, está todo lo que Pavese tenía que decir. El resto, su vida, es una extensa nota al margen, nada más que la larga carta de un demorado suicida.

*

“Pero la gran, la tremenda verdad es ésta: sufrir no sirve para nada”, dice Pavese. “En el fondo, tú escribes para estar como muerto, para hablar desde fuera del tiempo, para convertirte para todos en un recuerdo”, dice Pavese. Son citas lapidarias, ya clásicas. Pero me parece mejor terminar este texto con el blues delicioso que escribió en inglés poco antes de morir, acaso ya resignado a la música menor, al fraseo final del olvido: “All is the same/ time has gone by—/ some day you came/ some day you’ll die.// Someone has died/ long time ago—/ someone who tried/ but didn’t know.”






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Cesare Pavese.
Por Alejandro Zambra.
Letras Libres, Diciembre de 2008.

domingo, 9 de noviembre de 2014

El borracho quisiera una mujer borracha

Cesare Pavese 
(Santo Stefano Belbo, 1908-Turín, Italia, 1950)


"Todo el problema de la vida es éste: cómo romper la propia soledad, cómo comunicarse con otros."
Cesare Pavese


Disciplina

Los trabajos comienzan al alba. Pero nosotros comenzamos
un poco antes del alba a encontrarnos a nosotros mismos
en la gente que va por la calle. Cada uno recuerda
que está solo y tiene sueño, descubriendo los raros
transeúntes - cada cual fantaseando a solas,
porque sabe que al alba abrirá bien los ojos.
Cuando llega la mañana nos encuentra estupefactos
mirando el trabajo que ahora comienza.
Pero no estamos más solos y nadie tiene sueño
y pensamos con calma los pensamientos del día
hasta sonreír. En el sol que regresa
estamos todos convencidos. Pero a veces un pensamiento
menos claro -una sonrisa burlona- nos toma de improviso
y volvemos a mirar como antes de que saliera el sol.
La ciudad clara asiste a los trabajos y a las sonrisas burlonas.
Nada puede temer la mañana. Todo
puede suceder y basta alzar la cabeza
del trabajo y mirar. Muchachos fugitivos
que no hacen todavía nada caminan por la calle
y alguno hasta corre. Las hojas de las avenidas
arrojan sombra sobre la calle y solo falta la hierba
entre las casas que asisten inmóviles. Muchos
en la orilla del río se desvisten al sol.
La ciudad nos permite alzar la cabeza
para pensarlo, y sabe bien que después la inclinamos.

Versión de J. Aulicino
**
Disciplina antigua
Los borrachos no saben hablar a las mujeres
y se han dispersado; nadie les quiere.
Van despacio por la calle, la calle y los faroles
no tienen fin. Alguno da paseos más largos:
pero nada hay que temer, al día siguiente regresan a
casa.
El borracho que se dispersa se imagina con mujeres
-los faroles son siempre los mismos y las mujeres,
por la noche,
son siempre las mismas-; ninguna le escucha.
El borracho argumenta y las mujeres no quieren.
Estas mujeres que ríen son el tema de su plática:
¿por qué ríen tanto las mujeres o gritan, si lloran?
El borracho quisiera una mujer borracha
que escuchase sumisa. Pero éstas le ensordecen:
“Para tener un hijo, debes pasar por nosotras”
El borracho se abraza a un compañero borracho,
que esta noche es su hijo, no nacido de aquellas.
¿Cómo una mujercita que llora y chilla
podría hacerle un hijo compañero? Si el otro está
ebrio,
en su andar bamboleante ni se acuerda de las
mujeres
y los dos avanzan en paz. El hijito que importa
no ha nacido de mujer -también él
sería una mujer. Él anda con el padre y discute:
los faroles le duran toda la noche.


Versión s/d
**
Imagen: Mark Rothko

domingo, 1 de diciembre de 2013

Como un rebaño desganado

Cesare Pavese 
(Santo Stefano Belbo, 1908-Turín, Italia, 1950)

Exterior
No vuelve el muchacho que se fue a la mañana.
Dejó la pala todavía fría en el gancho
-era el alba- y nadie quiso seguirlo:
se habrá tirado sobre alguna colina. Un muchacho,
de la edad en que se comienza a escupir juramentos
no sabe hacer discursos. Nadie
quiso seguirlo. Era un alba quemada
de febrero, cada tronco color de sangre
coagulada. Nadie sentía en el aire
la tibieza futura.

La mañana pasó
y la fábrica libera mujeres y obreros.
En el buen sol alguno -regresa al trabajo
dentro de media hora- se tiende a comer, hambriento.
Pero hay una humedad dulce que muerde la sangre
y le da a la tierra escalofríos verdes. Se fuma
y se anota que el cielo está sereno, y a lo lejos
las colinas son violetas. Sería bueno
quedarse un tiempo largo sobre el suelo, bajo el sol.
Pero, finalmente, se come, ¿quién sabe si comió
ese muchacho testarudo? Dice un obrero flaco:
está bien, uno se rompe el lomo trabajando,
pero comer se come. Incluso, se fuma.
El hombre es como un animal, querría no hacer nada.

Son los animales los que sienten el tiempo, y el muchacho
lo sintió desde el alba. Y hay perros
que terminan podridos en un pozo: la tierra
agarra todo. ¿Quién sabe si el muchacho no termina
dentro de un pozo, hambriento? Escapó en el alba
sin hacer discursos, con cuatro juramentos,
alta la nariz en el aire.

Piensan todos en eso
esperando el trabajo, como un rebaño desganado.


De Lavorare stancaPoesie, Mondadori, Milán, 1969
Versión de Jorge Aulicino
Somos parecidos a esos sapos que en la austera noche de los pantanos se llaman sin verse, doblegando con su grito de amor toda la fatalidad del universo.
René Char


No haría falta amar a los hombres para darles una ayuda real. Sólo desear hacer mejor cierta expresión de su mirada cuando se detiene en algo más empobrecido que ellos, prolongar en un segundo cierto minuto agradable de su vida. A partir de esta diligencia y cada raíz tratada, su respiración se haría más serena. Sobre todo, no suprimirles por entero esos senderos penosos, a cuyo esfuerzo sucede la evidencia de la verdad a través de los llantos y los frutos.
René Char