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lunes, 4 de junio de 2018

El que ya no recuerda su niñez; amado sea


CÉSAR VALLEJO
(Santiago de Chuco, Perú, 1892-París, Francia, 1938) 


Conozco a un hombre que dormía con  sus brazos. Un día se los amputaron y quedó dormido para siempre.

El día tiene a la noche encerrada dentro. La noche tiene al día encerrado afuera.

***

Las personas y cosas  que se cruzan en opuesta direcciones, se van a sitios diferentes. Todos van al mismo sitio, sólo que van uno tras otro.”

***

André Breton cuenta que Philip Soupault salió una mañana de su casa y se echó a recorrer París, preguntando de puerta en puerta

–¿Aquí vive el ser Philip Soupault?

Después de atravesar varias calles, de una casa desconocida salieron a responderle:

–Sí, señor, aquí vive el señor Phillipe Soupault.
***
QUEDÉME A CALENTAR LA TINTA EN QUE ME AHOGO…

Quedéme a calentar la tinta en que me ahogo

y a escuchar mi caverna alternativa,

noches de tacto, días de abstracción.


Se estremeció la incógnita en mi amígdala

y crují de una anual melancolía,

noches de sol, días de luna, ocasos de París.


Y todavía, hoy mismo, al atardecer,

digiero sacratísimas constancias,

noches de madre, días de biznieta

bicolor, voluptuosa, urgente, linda.

Y aun

alcanzo, llego hasta mí en avión de dos asientos,

bajo la mañana doméstica y la bruma

que emergió eternamente de un instante.


Y todavía,

aun ahora,

al cabo del cometa en que he ganado

mi bacilo feliz y doctoral,

he aquí que caliente, oyente, tierra, sol y luno,

incógnito atravieso el cementerio,

tomo a la izquierda, hiendo

la yerba con un par de endecasílabos,

años de tumba, litros de infinito,

tinta, pluma, ladrillos y perdones.

O los primeros veros de “Palmas y guitarra”

Ahora, entre nosotros,

ven conmigo, trae por la mano a tu cuerpo

y cenemos juntos y pasemos un instante la vida

a dos vidas y dando una parte a nuestra muerte.


Ahora, ven contigo, hazme el favor

de quejarte en mi nombre y a la luz de la noche teneblosa

en que traes a tu alma de la mano

y huimos en puntillas de nosotros.
***
Traspié entre dos estrellas

¡Hay gentes tan desgraciadas, que ni siquiera
tienen cuerpo; cuantitativo el pelo,
baja, en pulgadas, la genial pesadumbre;
el modo, arriba;
no me busques, la muela del olvido,
parecen salir del aire, sumar suspiros mentalmente, oír
claros azotes en sus paladares!

Vanse de su piel, rascándose el sarcófago en que nacen
y suben por su muerte de hora en hora
y caen, a lo largo de su alfabeto gélido, hasta el suelo.

¡Ay de tanto!, ¡ay de tan poco!, ¡ay de ellas!
¡Ay en mi cuarto, oyéndolas con lentes!
¡Ay en mi tórax, cuando compran trajes!
¡Ay de mi mugre blanca, en su hez mancomunada!

¡Amadas sean las orejas sánchez,
amadas las personas que se sientan,
amado el desconocido y su señora,
el prójimo con mangas, cuello y ojos!
Amado sea aquel que tiene chinches,

el que lleva zapato roto bajo la lluvia,

el que vela el cadáver de un pan con dos cerillas,

el que se coge un dedo en una puerta,

el que no tiene cumpleaños,

el que perdió su sombra en un incendio,

el animal, el que parece un loro,

el que parece un hombre, el pobre rico,

el puro miserable, el pobre pobre!

¡Amado sea

el que tiene hambre o sed, pero no tiene

hambre con qué saciar toda su sed,

ni sed con qué saciar todas sus hambres!

¡Amado sea el que trabaja al día, al mes, a la hora,

el que suda de pena o de vergüenza,

aquel que va, por orden de sus manos, al cinema,

el que paga con lo que le falta,

el que duerme de espaldas,

el que ya no recuerda su niñez; amado sea

el calvo sin sombrero,

el justo sin espinas,

el ladrón sin rosas,

el que lleva reloj y ha visto a Dios,

el que tiene un honor y no fallece!

¡Amado sea el niño, que cae y aún llora

y el hombre que ha caído y ya no llora!

¡Ay de tánto! ¡Ay de tan poco! ¡Ay de ellos!

***
ELLO ES QUE EL LUGAR DONDE ME PONGO…

Ello es que el lugar donde me pongo

el pantalón, es una casa donde

me quito la camisa en alta voz

y donde tengo un suelo, un alma, un mapa de mi España.

Ahora mismo hablaba

de mí conmigo, y ponía

sobre un pequeño libro un pan tremendo

y he, luego, hecho el traslado, he trasladado,

queriendo canturrear un poco, el lado

derecho de la vida al lado izquierdo;

más tarde, me he lavado todo, el vientre,

briosa, dignamente;

he dado vuelta a ver lo que se ensucia,

he raspado lo que me lleva tan cerca

y he ordenado bien el mapa que

cabeceaba o lloraba, no lo sé.


Mi casa, por desgracia, es una casa,

un suelo por ventura, donde vive

con su inscripción mi cucharita amada,

mi querido esqueleto ya sin letras,

la navaja, un cigarro permanente.


De veras, cuando pienso

en lo que es la vida,

no puedo evitar de decírselo a Georgette,

a fin de comer algo agradable y salir,

por la tarde, comprar un buen periódico,

guardar un día para cuando no haya,

una noche también, para cuando haya

(así se dice en el Perú — me excuso);

del mismo modo, sufro con gran cuidado,

a fin de no gritar o de llorar, ya que los ojos

poseen, independientemente de uno, sus pobrezas.

quiero decir, su oficio, algo

que resbala del alma y cae al alma.


Habiendo atravesado

quince años; después, quince, y, antes, quince,

uno se siente, en realidad, tontillo,

es natural, por lo demás ¡qué hacer!

¿Y qué dejar de hacer, que es lo peor?

Sino vivir, sino llegar

a ser lo que es uno entre millones

de panes, entre miles de vinos, entre cientos de bocas,

entre el sol y su rayo que es de luna

y entre la misa, el pan, el vino y mi alma.


Hoy es domingo y, por eso,

me viene a la cabeza la idea, al pecho el llanto

y a la garganta, así como un gran bulto.


Hoy es domingo, y esto

tiene muchos siglos; de otra manera,

sería, quizá, lunes, y vendríame al corazón la idea,

al seso, el llanto

y a la garganta, una gana espantosa de ahogar

lo que ahora siento,

como un hombre que soy y que he sufrido.

viernes, 24 de marzo de 2017

Una emoción de ayuno encadenada

César Vallejo
 (Santiago de Chuco, Perú, 1892 - París, Francia, 1938)



EL PAN NUESTRO

Se bebe el desayuno… Húmeda tierra
De cementerio huele a sangre amada.
Ciudad de invierno… La mordaz cruzada
De una carreta que arrastrar parece
Una emoción de ayuno encadenada!

Quisiera tocar todas las puertas,
Y preguntar por no sé quién; y luego
Ver a los pobres, y, llorando quedos,
Dar pedacitos de pan fresco a todos.

Y saquear a los ricos sus viñedos
Con las dos manos santas que a un golpe de luz
Volaron desclavadas de la Cruz!
Pestaña matinal, no os levantéis!
¡El pan nuestro de cada día dánoslo, Señor…!

Todos mis huesos son ajenos;
Yo talvez los robé!
Yo vine a darme lo que acaso estuvo
Asignado para otro;

Y pienso que, si no hubiera nacido,
Otro pobre tomara este café!
Yo soy un mal ladrón… A dónde iré!

Y en esta hora fría, en que la tierra
Trasciende a polvo humano y es tan triste,
Quisiera yo tocar todas las puertas,
Y suplicar a no sé quién, perdón,
Y hacerle pedacitos de pan fresco
Aquí, en el horno de mi corazón…!

viernes, 22 de julio de 2016

Confía en tu hilo blanco, fuma, pasa lista

César Vallejo

(Santiago de Chuco, Perú, 1892-París, Francia, 1938)

LOS DESGRACIADOS

Ya va a venir el día; da
cuerda a tu brazo, búscate debajo
del colchón, vuelve a pararte
en tu cabeza, para andar derecho.
Ya va a venir el día, ponte el saco.

Ya va a venir el día; ten
fuerte en la mano a tu intestino grande, reflexiona,
antes de meditar, pues es horrible
cuando le cae a uno la desgracia
y se le cae a uno a fondo el diente.

Necesitas comer, pero, me digo,
no tengas pena, que no es de pobres
la pena, el sollozar junto a su tumba;
remiéndale, recuerda,
confía en tu hilo blanco, fuma, pasa lista
a tu cadena y guárdala detrás de tu retrato.
Ya va a venir el día, ponte el alma.
Ya va a venir el día; pasan,
han abierto en el hotel un ojo,
azotándolo, dándole con un espejo tuyo...
¿Tiemblas? Es el estado remoto de la frente
y la nación reciente del estómago.
Roncan aún... ¡Qué universo se lleva este ronquido!
¡Cómo quedan tus poros, enjuiciándolo!
¡Con cuántos doses ¡ay! estás tan solo!
Ya va a venir el día, ponte el sueño.

Ya va a venir el día, repito
por el órgano oral de tu silencio
y urge tomar la izquierda con el hambre
y tomar la derecha con la sed; de todos modos,
abstente de ser pobre con los ricos,
atiza
tu frío, porque en él se integra mi calor, amada víctima.
Ya va a venir el día, ponte el cuerpo.

Ya va a venir el día;
la mañana, la mar, el meteoro, van
en pos de tu cansancio, con banderas,
y, por tu orgullo clásico, las hienas
cuentan sus pasos al compás del asno,
la panadera piensa en ti,
el carnicero piensa en ti, palpando
el hacha en que están presos
el acero y el hierro y el metal; jamás olvides
que durante la misa no hay amigos.
Ya va a venir el día, ponte el sol.

Ya viene el día; dobla
el aliento, triplica
tu bondad rencorosa
y da codos al miedo, nexo y énfasis,
pues tú, como se observa en tu entrepierna y siendo
el malo ¡ay! inmortal,
has soñado esta noche que vivías
de nada y morías de todo...

Cortesía de Marcelo Carnero
***
Vallejo Sabía Reír
Por Luis Aguirre


Vallejo murió con aguacero el 15 de abril de 1938. De ahí que la famosa fotografía tomada en Versalles en 1929 por Juan Domingo Córdoba -que muestra a un Vallejo fruncido, transido y pensativo desfigurándose el cachete con un puño haya armado un vínculo casi irremediable entre la poesía más tremebunda y adolorida del poeta y una personalidad sombría y hosca. Pero Vallejo sí reía.

Proyección ficticia aunque nada inverosímil de Vallejo en retoque de fotografía de 1929.

LA poesía de Vallejo fue recién asumida con devoción y orgullo después de su muerte en 1938. Desde entonces el imaginario popular -acicateado por una crítica algo solemne- ha internalizado a Vallejo no sólo como su poeta nacional, sino como el poeta llorón que retuerce sus tripas al son de "los golpes de la vida", "crece la desdicha" y "nací un día que Dios estuvo enfermo". Diversos testimonios hablan sin embargo del lado chispeante de Vallejo, último hijo de once hermanos, engreído y mimado por su familia en su tranquila y feliz vida norteña en Santiago de Chuco. "Los testimonios de sus amigos (señaladamente Orrego y Juan Espejo Asturrizaga)", dice el especialista Ricardo González Vigil, "coinciden en mostrarlo bromista y juguetón, como un niño (rodeado del cariño de los amigos, sacaba a relucir su emoción infantil)". Ciertamente este aspecto tiene un correlato en su obra poética, aunque sean aquellos versos los menos citados, actitud fiel a la extraña consigna de que la poesía cejijunta y deprimida tiene finalmente la virtud de la revelación. Vallejo sufrió sus penas -qué duda cabe de ello-, pero también ejercitó los placeres, el humor y un ludismo casi emparentado con la extravagancia.

Juan Domingo Córdoba publicó en 1995 "César Vallejo del Perú profundo y sacrificado", relato afectuoso y sincero de su vida en contacto con la de Vallejo entre 1927 y 1932 en Europa. En él cuenta sus primeros sobresaltos al enfrentarse a un Vallejo bastante disipado, que arrastraba a sus amigos de café en café "por los derroteros de la borrachera haciéndoles partícipes de sus consecuencias". Vallejo nunca tuvo buena cabeza para la bebida y perdía el control con facilidad. Córdoba apunta la contradicción del Vallejo siempre ocupado visitando los museos, conferencias, conciertos, teatro con esta explosión de furia etílica deambulante terminando a bailar en el "Gypsy" o en "Les Noctambules" del Quartier Latin. Alguna vez en "Les Noctambules", ebrio hasta las cachas, ingresó al lugar casualmente un argentino de vozarrón petulante que luego de un rato empezó a protestar por la calidad del whisky. Vallejó se paró al instante y violentísimo lo tomó de las solapas: "¡Ahora me las va a pagar todas este compadrito!". Al separarlos Vallejo explicó que la queja del argentino no hacía otra cosa que menospreciarlos, haciéndose el importante y adinerado para tomar luego a todas las chicas.
"La vida es corta y se vive una sola vez", solía decir Vallejo a su amigo Córdoba, "como dijo Whitman: ¡yo no llamo grande a esto, ni pequeño a esotro, ¡lo que llena su período y ocupa su lugar, es igual a cualquier otra cosa!" Vitalismo a cualquier precio, parecía rezar Vallejo en ese entonces, sin que su soledad le "nublara nunca la conciencia de estar vivo".
Por otro lado, se coligen de estas confesiones una vanidad intrínseca al personaje Vallejo, entregado sin tregua al viejo arte de la seducción, muchas de las veces con poco éxito. Antes de salir con sus amigos y su inseparable bastón "se daba un vistazo a los zapatos, volvía a cepillarse el traje acercándose al espejo se alisaba el cabello, para terminar con el examen de las manos de dedos largos y fuertes". Siempre alegre, "dicharachero, palomilloso con sus dichos, despropósitos, ocurrencias, observaciones y relatos reideros."

Bohemio César Vallejo en París con amiga Henriette y Carlos More en 1926. Al lado, César Vallejo (derecha) en pose de simio pensativo con Néstor Vallejo.

En el camino nunca dejaba de pasar una mujer atractiva. Y Vallejo no dejaba de inquietarse exclamando: "¿Se han dado cuenta, zorrillos, cómo me ha mirado?; seguro que se ha enamorado de mí, ¿y ustedes qué dicen?; ¿entonces creen, pero de verdad, creen?; no me estarán engañando" Y cuando perdía su oportunidad al ver que otro conquistaba a la dama, humano como cualquiera no dudaba en exclamar despechado: "Nada, nada, nada, la mejor carne se la come el perro". Otras veces ponía pies en polvorosa bajo el temor de que los amigos de las seducidas estuvieran merodeando y lo sorprendieran.


Las anécdotas divertidas y pícaras eran también parte de su repertorio. Tenía la historia del pequeño hijo curioso que merodeaba en la zona media y púdica de su madre frente a sus amigas y que al ser rechazado la delataba diciendo "ahí mi mamá tiene pelos". O la de su compañero escolar onanista en su pueblo natal que era acosado mientras daba rienda suelta a sus manipulaciones en un maizal con unos sonoros y sincronizados ¡hop, hop, hop!. No se puede concluir esta pequeña sección somática con la mención a un magistral pedo en medio de una función de cine experimental con audiencia copetuda y amanerada en París que para Vallejo fue la mejor crítica que se le pudo hacer a lo que estaba siendo proyectado. Si el autor de "España aparta de mí este caliz" fue velado protagonista de las anécdotas es algo que nunca queda claro.
No es esta una actitud nacida por la transformación generada por la distancia. Vallejo incubó siempre esto desde joven, siempre ironizando alrededor de la cultura y sus manifestaciones más respingadas. Así, con respecto a la literatura Vallejo a veces era un majadero. Cuenta Juan Espejo Asturrizaga en "Cesar Vallejo. Itinerario del hombre" que en Trujillo solía burlarse de poemas ajenos cambiándoles las rimas y los sentidos con tanto ingenio que divertía a todos, y era algo que duraba días. También hacía estos juegos con expresiones doctas, moralejas y máximas con una insistencia pueril. Su tendencia a ser desequilibrante lo llevaba incluso a denostar su propia condición de poeta -en tono divertido- presentándose a veces como vulgar y altamente monetarizado.

Una última. Haciendo cola en la Biblioteca Nacional Vallejo chocó accidentalmente al girar con un señor elegantemente vestido desarmándole la fachada adusta arrojando sus anteojos, su sombrero hongo y su bastón. Vallejó pidió disculpas pero el agraviado sólo le espetó su poca adecuada manera de comportarse en sitio de cultura. Vallejo, irritado por la reacción, volvió a excusarse, pero el señor continuó increpándolo hasta exclamar a voz en cuello: "¿Usted sabe con quién está tratando? ¿Sabe por ventura quien soy yo?" Vallejo lo observó perplejo. "¡Sepa usted que soy don Pedro de Osma!". Vallejo, ya sonriente e irónico le hizo una venia y respondió: "Y yo qué culpa tengo, señor...". gajes de poeta. (Luis Aguirre)

Fuente: http://www.caretas.com.pe/1999/1562/vallejo/vallejo.htm

viernes, 25 de septiembre de 2015

El lagrimal trifurca

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**
CÉSAR VALLEJO

(Perú, 1892-Francia, 1938) 

 IV

Rechinan dos carretas contra los martillos
hasta los lagrimales trifurcas,
cuandonunca las hicimos nada.
A aquella otra sí, desamada,
amargurada bajo túnel campero
por lo uno, y sobre duras ájidas
pruebas                                 espiritivas.

Tendime en són de tercera parte,
mas la tarde —qué la bamos a hhazer—
se anilla en mi cabeza, furiosamente
a no querer dosificarse en madre. Son los anillos.

      Son los nupciales trópicos ya tascados.
El alejarse, mejor que todo,
rompe a Crisol.

      Aquel no haber descolorado
por nada. Lado al lado al destino y llora
y llora. Toda la canción
cuadrada en tres silencios.

      Calor. Ovario. Casi transparencia.
Háse llorado todo.           Hase entero velado
en plena izquierda.


De Trilce, Lima, 2007 [Madrid, 1922].

viernes, 11 de septiembre de 2015

Me acuerdo que nos hacíamos llorar

El Vallejo de Los heraldos negros


A mi hermano Miguel
In memoriam

Hermano, hoy estoy en el poyo de la casa,
donde nos haces una falta sin fondo!
Me acuerdo que jugábamos esta hora, y que mamá
nos acariciaba: “Pero, hijos...”

Ahora yo me escondo,
como antes, todas estas oraciones
vespertinas, y espero que tú no des conmigo.
Por la sala, el zaguán, los corredores.
Después, te ocultas tú, y yo no doy contigo.
Me acuerdo que nos hacíamos llorar,
hermano, en aquel juego.

Miguel, tú te escondiste
una noche de agosto, al alborear;
pero, en vez de ocultarte riendo, estabas triste.
Y tu gemelo corazón de esas tardes
extintas se ha aburrido de no encontrarte. Y ya
cae sombra en el alma.

Oye, hermano, no tardes
en salir. Bueno? Puede inquietarse mamá
**
III

Las personas mayores 
¿a qué hora volverán? 
Da las seis el ciego Santiago, 
y ya está muy oscuro. 

Madre dijo que no demoraría. 

Aguedita, Nativa, Miguel, 
cuidado con ir por ahí, por donde 
acaban de pasar gangueando sus memorias 
dobladoras penas,
hacia el silencioso corral, y por donde 
las gallinas que se están acostando todavía, 
se han espantado tanto. 
Mejor estemos aquí no más. 
Madre dijo que no demoraría. 

Ya no tengamos pena. Vamos viendo
los barcos ¡el mío es el más bonito de todos!
con los cuales jugamos todo el santo día.
sin pelearnos, como debe ser:
han quedado en el pozo de agua, listos,
fletados de dulces para mañana. 

Aguardemos así, obedientes y sin más 
remedio, la vuelta, el desagravio 
de los mayores siempre delanteros 
dejándonos en casa a los pequeños, 
como si también nosotros
                              no pudiésemos partir. 

Aguedita, Nativa, Miguel? 
Llamo, busco al tanteo en la oscuridad. 
No me vayan a haber dejado solo, 
y el único recluso sea yo.
**
VI

El traje que vestí mañana
no lo ha lavado mi lavandera;
lo lavaba en sus venas otilinas,
en el chorro de su corazón, y hoy no he
de preguntarme si yo dejaba
el traje turbio de injusticia. 

A hora que no hay quien vaya a las aguas,
en mis falsillas encañona
el lienzo para emplumar, y todas las cosas
del velador de tanto qué será de mí.
todas no están mías
a mi lado. 

                     Quedaron de su propiedad, 
fratesadas, selladas con su trigueña bondad. 

Y si supiera si ha de volver;
y si supiera qué mañana entrará
a entregarme las ropas lavadas, mi aquella
lavandera del alma. Qué mañana entrará
satisfecha, capulí de obrería, dichosa
de probar que sí sabe, que sí puede
                              ¡CÓMO NO VA A PODER!
azular y planchar todos los caos.
**
XI

He encontrado a una niña
en la calle, y me ha abrazado.
Equis, disertada, quien la halló y la halle,
no la va a recordar. 

Esta niña es mi prima. Hoy, al tocarle 
el talle, mis manos han entrado en su edad 
como en par de mal rebocados sepulcros. 
Y por la misma desolación marchóse,
   delta al sol tenebroso,
   trina entre los dos. 

       “Me he casado”, 
me dice. Cuando lo que hicimos de niños 
en casa de la tía difunta.
      Se ha casado.
      Se ha casado. 

Tardes años latitudinales,
qué verdaderas ganas nos ha dado
de jugar a los toros, a las yuntas,
pero todo de engaños, de candor, como fue.
**
XVIII

Oh las cuatro paredes de la celda.
Ah las cuatro paredes albicantes
que sin remedio dan al mismo número. 

Criadero de nervios, mala brecha, 
por sus cuatro rincones cómo arranca 
las diarias aherrojadas extremidades. 

Amorosa llavera de innumerables llaves, 
si estuvieras aquí, si vieras hasta 
qué hora son cuatro estas paredes. 
Contra ellas seríamos contigo, los dos, 
más dos que nunca. Y ni lloraras, 
di, libertadora! 

Ah las paredes de la celda. 
De ellas me duele entretanto más 
las dos largas que tienen esta noche 
algo de madres que ya muertas 
llevan por bromurados declives, 
a un niño de la mano cada una. 

Y sólo yo me voy quedando,
con la diestra, que hace por ambas manos,
en alto, en busca de terciario brazo
que ha de pupilar, entre mi dónde y mi cuándo,
esta mayoría inválida de hombre.
**
XXIII

Tahona estuosa de aquellos mis bizcochos 
pura yema infantil innumerable, madre. 

Oh tus cuatro gorgas, asombrosamente 
mal plañidas, madre: tus mendigos. 
Las dos hermanas últimas, Miguel que ha muerto 
y yo arrastrando todavía 
una trenza por cada letra del abecedario. 

En la sala de arriba nos repartías 
de mañana, de tarde, de dual estiba, 
aquellas ricas hostias de tiempo, para 
que ahora nos sobrasen 
cáscaras de relojes en flexión de las 24 
en punto parados. 

Madre, y ahora! Ahora, en cuál alvéolo 
quedaría, en qué retoño capilar, 
cierta migaja que hoy se me ata al cuello 
y no quiere pasar. Hoy que hasta 
tus puros huesos estarán harina 
que no habrá en qué amasar 
¡tierna, dulcera de amor, 
hasta en la cruda sombra, hasta en el gran molar 
cuya encía late en aquel lácteo hoyuelo 
que inadvertido lábrase y pulula ¡tú lo viste tanto! 
en las cerradas manos recién nacidas! 

Tal la tierra oirá en tu silenciar, 
cómo nos van cobrando todos 
el alquiler del mundo donde nos dejas 
y el valor de aquel pan inacabable. 
Y nos lo cobran, cuando, siendo nosotros 
pequeños entonces, como tú verías, 
no se lo podíamos haber arrebatado 
a nadie; cuando tú nos lo diste, 
¿di, mamá?
**
XXVIII  

He almorzado solo ahora, y no he tenido
madre, ni súplica, ni sírvete, ni agua,
ni padre que, en el facundo ofertorio
de los choclos, pregunte para su tardanza
de imagen, por los broches mayores del sonido. 

Cómo iba yo a almorzar. Cómo me iba a servir 
de tales platos distantes esas cosas, 
cuando habrase quebrado el propio hogar, 
cuando no asoma mi madre a los labios. 
Cómo iba yo a almorzar nonada. 

A la mesa de un buen amigo he almorzado, 
con su padre recién llegado del mundo 
con sus canas tías que hablan 
en tordillo retinte de porcelana, 
bisbiseando por todos sus viudos alvéolos; 
y con cubiertos francos de alegres tiroriros 
porque estanse en su casa. Así qué gracia! 

Y me han dolido los cuchillos 
de esta mesa en todo el paladar. 

El yantar de estas mesas así, en que se prueba
amor ajeno en vez del propio amor,
torna tierra el bocado que no brinda la madre.
**
LII

Y nos levantaremos cuando se nos dé 
la gana, aunque mamá toda claror 
nos despierte con cantora
y linda cólera materna. 
Nosotros reiremos a hurtadillas de esto, 
mordiendo el canto de las tibias colchas 
de vicuña ¡y no me vayas a hacer cosas! 

Los humos de los bohíos, ¡ah golfillos
en rama! madrugarían a jugar
a las cometas azulinas, azulantes,
y, apañuscando alfarjes y piedras, nos darían
su estímulo fragante de boñiga,
                  para sacarnos 
al aire nene que no conoce aún las letras, 
a pelearles los hilos. 

Otro día querrás pastorear 
entre tus huecos onfalóideos
                ávida cavernas,
                meses nonos,
                mis telones. 

O querrás acompañar a la ancianía 
a destapar la toma de un crepúsculo, 
para que de día surja 
toda el agua que pasa de noche. 

Y llegas muriéndote de risa, 
y en el almuerzo musical,
cancha reventada, harina con manteca, 
con manteca,
le tomas el pelo al peón decúbito
que hoy otra vez olvida dar los buenos días,
esos sus días, buenos con b de baldío,
que insisten en salirle al pobre
por la culata de la v
dentilabial que vela en él.

martes, 14 de julio de 2015

La cocina a oscuras, la miseria de amor





CÉSAR VALLEJO
(Perú, 1892-Francia, 1938) 

Poema XXIII

Tahona estuosa de aquellos mis bizcochos 
pura yema infantil innumerable, madre.

Oh tus cuatro gorgas, asombrosamente 
mal plañidas, madre: tus mendigos. 
Las dos hermanas últimas, Miguel que ha muerto 
y yo arrastrando todavía 
una trenza por cada letra del abecedario.

En la sala de arriba nos repartías 
de mañana, de tarde, de dual estiba, 
aquellas ricas hostias de tiempo, para 
que ahora nos sobrasen 
cáscaras en relojes en flexión de las 24 
en punto parados.

Madre, y ahora! Ahora, en cual alvéolo 
quedaría, en qué retoño capilar, 
cierta migaja que hoy se me ata al cuello 
y no quiere pasar. Hoy que hasta 
tus puros huesos estarán harina 
que no habrá en qué amasa 
¡tierna dulcera de amor, 
hasta en la cruda sombra, hasta en el gran molar 
cuya encía late en aquel lácteo hoyuelo 
que inadvertido lábrase y pulula ¡tú lo viste tánto! 
en las cerradas manos recién nacidas.

Tal la tierra oirá en tu silenciar, 
cómo nos van cobrando todos 
el alquiler del mundo donde nos dejas 
y el valor de aquel pan inacabable. 
Y nos lo cobran, cuando, siendo nosotros 
pequeños entonces, como tú verías, 
no se o podíamos haber arrebatado 
a nadie; cuando tú nos lo diste, 
¿di, mamá?
**
XXVIII

He almorzado solo ahora, y no he tenido 
madre, ni súplica, ni sírvete, ni agua, 
ni padre que, en el facundo ofertorio 
de los choclos, pregunte para su tardanza 
de imagen, por los broches mayores del sonido.

Cómo iba yo a almorzar. Cómo me iba a servir 
de tales platos distantes esas cosas, 
cuando habráse quebrado el propio hogar, 
cuando no asoma ni madre a los labios. 
Cómo iba yo a almorzar nonada.

A la mesa de un buen amigo he almorzado 
con su padre recién llegado del mundo, 
con sus canas tías que hablan 
en tordillo retinte de porcelana, 
bisbiseando por todos sus viudos alvéolos; 
y con cubiertos francos de alegres tiroriros, 
porque estánse en su casa. Así, qué gracia! 
Y me han dolido los cuchillos 
de esta mesa en todo el paladar.

El yantar de estas mesas así, en que se prueba 
amor ajeno en vez del propio amor, 
torna tierra el bocado que nos brinda la 
MADRE, 
hace golpe la dura deglusión; el dulce, 
hiel; aceite funéreo, el café.

Cuando ya se ha quebrado el propio hogar, 
y el sírvete materno no sale de la 
tumba, 
la cocina a oscuras, la miseria de amor.
**
LOS PASOS LEJANOS

Mi padre duerme. Su semblante augusto
figura un apacible corazón;
está ahora tan dulce...
si hay algo en él de amargo, seré yo.

Hay soledad en el hogar; se reza;
y no hay noticias de los hijos hoy.
Mi padre se despierta, ausculta
la huida a Egipto, el restañante adiós.

Está ahora tan cerca;
si hay algo en él de lejos, seré yo.
Y mi madre pasea allá en los huertos,
saboreando un sabor ya sin sabor.
Está ahora tan suave,
tan ala, tan salida, tan amor.

Hay soledad en el hogar sin bulla,
sin noticias, sin verde, sin niñez.
Y si hay algo quebrado en esta tarde,
y que baja y que cruje,
son dos viejos caminos blancos, curvos.
Por ellos va mi corazón a pie.
**
Fresco

Llegué a confundirme con ella,
tanto...! Por sus recodos
espirituales, yo me iba
jugando entre tiernos fresales,
entre sus griegas manos matinales.

Ella me acomodaba después os lazos negros
y bohemios de la corbata.  y yo
volvía a ver la piedra
absorta, desairados los bancos, y el reloj
que nos iba envolviendo en su carrete,
al dar su inacabable milinete.

Buenas noches aquellas,
que hoy la dan por reír
de mi extraño morir,
de mi modo de andar meditabundo.
Alfeñiques de oro,
joyas de azúcar
que al fin se quiebran en
el mortero de losa de este mundo.

Pero para las lágrimas de amor,
los luceros son lindos pañuelitos
lilas,
naranjos,
verdes,
que empapa el corazón.
Y si hay ya mucha hiel en esas sedas,
hay un cariño que no nace nunca,
que nunca muere,
vuela otro gran pañuelo apocalíptico,
la mano azul, inédita de Dios!
**
Idilio muerto

Qué estará haciendo esta hora mi andina y dulce Rita 
de junco y capulí;
ahora que me asfixia Bizancio, y que dormita 
la sangre, como flojo cognac, dentro de mí.

Dónde estarán sus manos que en actitud contrita
planchaban en las tardes blancuras por venir;
ahora, en esta lluvia que me quita 
las ganas de vivir.

Qué será de su falda de franela; de sus 
afanes; de su andar;
de su sabor a cañas de mayo del lugar.

Ha de estarse a la puerta mirando algún celaje,
y al fin dirá temblando: "¡Qué frío hay... Jesús!".
Y llorará en las tejas un pájaro salvaje.


 Imagen: Jackson Pollock

miércoles, 27 de agosto de 2014

Ese oscuro hasta cuándo la cena durará

CÉSAR VALLEJO

(Perú, 1892-Francia, 1938) 

La cena miserable 

Hasta cuándo estaremos esperando lo que
no se nos debe… Y en qué recodo estiraremos
nuestra pobre rodilla para siempre. Hasta cuándo
la cruz que nos alienta no detendrá sus remos.

Hasta cuándo la Duda nos brindará blasones
por haber padecido
                                                Ya nos hemos sentado
mucho a la mesa, con la amargura de un niño
que a media noche, llora de hambre, desvelado…

Y cuándo nos veremos con los demás, al borde
de una mañana eterna, desayunados todos.
Hasta cuándo este valle de lágrimas, a donde
yo nunca dije que me trajeran.
                                    De codos
todo bañado en llanto, repito cabizbajo
y vencido: hasta cuándo la cena durará.

Hay alguien que ha bebido mucho, y se burla,
y acerca y aleja de nosotros, como negra cuchara
de amarga esencia humana, la tumba…
                                    Y menos sabe
ese oscuro hasta cuándo la cena durará!

sábado, 12 de abril de 2014

El paciente contempla su calzado vacante

CÉSAR VALLEJO

(Perú, 1892-Francia, 1938) 

XXXI

Esperanza plañe entre algodones.
Aristas roncas uniformadas
de amenazas tejidas de esporas magníficas
con porteros botones innatos.
¿Se luden seis de sol?
Natividad. Cállate, miedo.
Cristiano espero, espero siempre
de hinojos en la piedra circular que está
en las cien esquinas de esta suerte
tan vaga a donde asomo.
Y Dios sobresaltado nos oprime
el pulso, grave, mudo,
y como padre a su pequeña,
apenas,
pero apenas, entreabre los sangrientos algodones
y entre sus dedos toma a la esperanza.
Señor, lo quiero yo...
Y basta!

De Trilce
***
Las ventanas se han estremecido...

Las ventanas se han estremecido, elaborando una metafísica del universo. Vidrios han caído. Un enfermo lanza su queja: la mitad por su boca lenguada y sobrante, y toda entera, por el ano de su espalda.
Es el huracán. Un castaño del jardín de las Tullerías habráse abatido, al soplo del viento, que mide ochenta metros por segundo. Capiteles de los barrios antiguos, habrán caído, hendiendo, matando.
¿De qué punto interrogo, oyendo a ambas riberas de los océanos, de qué punto viene este huracán, tan digno de crédito, tan honrado de deuda derecho a las ventanas del hospital? Ay las direcciones inmutables, que oscilan entre el huracán y esta pena directa de toser o defecar! Ay! las direcciones inmutables, que así prenden muerte en las entrañas del hospital y despiertan células clandestinas a deshora, en los cadáveres.
¿Qué pensaría de si el enfermo de enfrente, ése que está durmiendo, si hubiera percibido el huracán? El pobre duerme, boca arriba, a la cabeza de su morfina, a los pies de toda su cordura. Un adarme más o menos en la dosis y le llevarán a enterrar, el vientre roto, la boca arriba, sordo el huracán, sordo a su vientre roto, ante el cual suelen los médicos dialogar y cavilar largamente, para, al fin, pronunciar sus llanas palabras de hombres.
La familia rodea al enfermo agrupándose ante sus sienes regresivas, indefensas, sudorosas. Ya no existe hogar sino en torno al velador del pariente enfermo, donde montan guardia impaciente, sus zapatos vacantes, sus cruces de repuesto, sus píldoras de opio. La familia rodea la mesita por espacio de un alto dividendo. Una mujer acomoda en el borde de la mesa, la taza, que casi se ha caído.
Ignoro lo que será del enfermo esta mujer, que le besa y no puede sanarle con el beso, le mira y no puede sanarle con los ojos, le habla y no puede sanarle con el verbo. ¿Es su madre? ¿Y cómo, pues, no puede sanarle? ¿Es su amada? ¿Y cómo, pues, no puede sanarle? ¿Es su hermana? Y ¿cómo, pues, no puede sanarle? ¿Es, simplemente, una mujer? ¿Y cómo pues, no puede sanarle? Porque esta mujer le ha besado, le ha mirado, le ha hablado y hasta le ha cubierto mejor el cuello al enfermo y ¡cosa verdaderamente asombrosa! no le ha sanado.
El paciente contempla su calzado vacante. Traen queso. Llevan sierra. La muerte se acuesta al pie del lecho, a dormir en sus tranquilas aguas y se duerme. Entonces, los libres pies del hombre enfermo, sin menudencias ni pormenores innecesarios, se estiran en acento circunflejo, y se alejan, en una extensión de dos cuerpos de novios, del corazón.
El cirujano ausculta a los enfermos horas enteras. Hasta donde sus manos cesan de trabajar y empiezan a jugar, las lleva a tientas, rozando la piel de los pacientes, en tanto sus párpados científicos vibran, tocados por la indocta, por la humana flaqueza del amor. Y he visto a esos enfermos morir precisamente del amor desdoblado del cirujano, de los largos diagnósticos, de las dosis exactas, del riguroso análisis de orinas y excrementos. Se rodeaba de improviso un lecho con un biombo. Médicos y enfermeros cruzaban delante del ausente, pizarra triste y próxima, que un niño llenara de números, en un gran monismo de pálidos miles. Cruzaban así, mirando a los otros, como si más irreparable fuese morir de apendicitis o neumonía, y no morir al sesgo del paso de los hombres.
Sirviendo a la causa de la religión, vuela con éxito esta mosca, a lo largo de la sala. A la hora de la visita de los cirujanos, sus zumbidos nos perdonan el pecho, ciertamente, pero desarrollándose luego, se adueñan del aire, para saludar con genio de mudanza, a los que van a morir. Unos enfermos oyen a esa mosca hasta durante el dolor y de ellos depende, por eso, el linaje del disparo, en las noches tremebundas.
¿Cuánto tiempo ha durado la anestesia, que llaman los hombres? ¡Ciencia de Dios, Teodicea! si se me echa a vivir en tales condiciones, anestesiado totalmente, volteada mi sensibilidad para adentro! ¡Ah doctores de las sales, hombres de las esencias, prójimos de las bases! Pido se me deje con mi tumor de conciencia, con mi irritada lepra sensitiva, ocurra lo que ocurra aunque me muera! Dejadme dolerme, si lo queréis, mas dejadme despierto de sueño, con todo el universo metido, aunque fuese a las malas, en mi temperatura polvorosa.
En el mundo de la salud perfecta, se reirá por esta perspectiva en que padezco; pero, en el mismo plano y cortando la baraja del juego, percute aquí otra risa de contrapunto.
En la casa del dolor, la queja asalta síncopes de gran compositor, golletes de carácter, que nos hacen cosquillas de verdad, atroces, arduas, y, cumpliendo lo prometido, nos hielan de espantosa incertidumbre.
En la casa del dolor, la queja arranca frontera excesiva. No se reconoce en esta queja de dolor, a la propia queja de la dicha en éxtasis, cuando el amor y la carne se eximen de azor y cuando, al regresar, hay discordia bastante para el diálogo.
¿Dónde está, pues, el otro flanco de esta queja de dolor, si, a estimarla en conjunto, parte ahora del lecho de un hombre?
De la casa del dolor parten quejas tan sordas e inefables y tan colmadas de tanta plenitud que llorar por ellas sería poco, y sería ya mucho sonreír.
Se atumulta la sangre en el termómetro.
¡No es grato morir, señor, si en la vida nada se deja y si en la muerte nada es posible, sino sobre lo que se deja en la vida! ¡No es grato morir, señor, si en la vida nada se deja y si en la muerte nada es posible, sino sobre lo que se deja en la vida! ¡No es grato morir, señor, si en la vida nada se deja y si en la muerte nada es posible, sino sobre lo que pudo dejarse en la vida!

De Poemas en prosa
Somos parecidos a esos sapos que en la austera noche de los pantanos se llaman sin verse, doblegando con su grito de amor toda la fatalidad del universo.
René Char


No haría falta amar a los hombres para darles una ayuda real. Sólo desear hacer mejor cierta expresión de su mirada cuando se detiene en algo más empobrecido que ellos, prolongar en un segundo cierto minuto agradable de su vida. A partir de esta diligencia y cada raíz tratada, su respiración se haría más serena. Sobre todo, no suprimirles por entero esos senderos penosos, a cuyo esfuerzo sucede la evidencia de la verdad a través de los llantos y los frutos.
René Char