EMMA VILLAZÓN
(Santa Cruz de la Sierra, Bolivia, 1983-2015)
ESE VICIO CON PLUMAS
Se parten las paredes.
Podrían derrumbarse y levantarse otras,
pero lo que se hará será maquillar las rajaduras,
curarlas con la capa de un largo vigor.
Alrededor de las hendiduras, la pintura calcárea
se descama y revolotean manchas oscuras dispersas.
Probablemente estuvieron ahí formándose desde siempre.
¿Por qué se las verá tan nítidamente hoy?
¿Cuántas estaciones habrán lamido el cielo
de abajo hacia arriba para que se transparente esta visión?
Cuántas. Pasan como la acelerada secuencia de una película.
Lo raro es ese vicio calmo con plumas
de seguir aguardando un largo vigor afuera.
¿O será esto un misterio de barca que no deja su agua?
**
Prótesis
Me alimento por mi cuenta,
abro enlatados con una mano: ¡voilà!
y limpio el piso dando saltitos en un pie.
Cualquiera diría que soy un héroe de la pantalla chica,
hijo de una voluntad hercúlea en tiempos de acero.
Pero soy un artista, dibujo con destreza ángeles arcabuceros,
les doy volumen y espíritu sin más ayudante
que una muñeca, bailarina equilibrada.
Nadie se atrevería a descoser la suficiencia
que completa mi mirada de luna voluble,
y observaría el brazo que me cuelga como florero del terror
o nota desencajada.
Fue fácil aprender a saludar de nuevo
— pasarme a la izquierda — la gente desviaba
mi lado negro, mi lado enano, mi lado
monkosh, mi caminar no natural. Los ojos
se saltaban la pérdida, el impedimento,
y yo me fui con ellos: conseguí un cómodo velo
para ocultar mi dificultad, un manto brillante
importado, suizo, y me uniformé al amor.
Con él puedo hablar, es en realidad
mi lengua adoptiva: un instrumento salvador.
Los dedos tiesos no tienen rechazo en las chicas,
con ellos cuento billetes y toco hendiduras
profundas, fronteras apasionantes
de pétalos nocturnos.
Aunque mi voz, mi voz,
no deja de ser un simulacro.
**
Ciudad
América es un sueño permisible,
Siempre que recuerdes que las hormigas
Tienen Américas y los Rusos
Como los Posesos tienen Américas
Jack Kerouac
Qué ajeno sueño
vivir en la pacífica ciudad,
madre tierra de cálidos hombres
donde se ocultan las maquinarias de violencia
y apenas tiemblan los labios de los mudos;
parece que bajo unas olas la gente se duerme se duerme
mientras los amigos rojos de vino vislumbran un camino
–mi rostro no me pertenece, me digo, no tengo futuro–
En la fiesta
juega mi voz con la de unos pocos románticos perros,
mientras sueñan las caras de los niños teñidas de progreso;
bajo su almohada veo alzarse sus autistas fantasías,
sus solitarias e incestuosas sonrisitas
Qué pudo enseñarles una maestra morena
si ellos adoran lo blanco, una tele, una cama,
un mundo sin luna, sin noche, sin padres, sin nada;
qué biblia de locura debió enseñarles,
qué palabras como dardos,
qué corazón dormido bajo el agua.
**
Líneas sobre la tierra
Lo que no estaba, lo que desconocían los mercaderes,
los jinetes, un asomo de sol instintivo. Desde su médano, pedía crédito
el día. Nadie sabía adónde habían volado las parteras (solo el aire las oía,
atrapadas entre musgo y barro), mientras los perros
cometían el letargo. Era el tiempo de la caravana crecida,
con su traqueteo de bienes descalzos y dientes límpidos,
desde donde todas las páginas decían empezaban. Como si
las ramas del deseo tuvieran raíces fijas, contables.
Nudo: Los mercaderes creen en el origen, en la perpetuidad
de la economía familiar, confían en que traspasan
horizontes sobre caballos coherentes.
Nudo II: Los mercaderes creen en ellos mismos,
lo que es lo mismo que decir en el mercado pero como principio infinito.
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viernes, 21 de agosto de 2015
viernes, 21 de mayo de 2010
No conozco otra estación que el despojo
Blanca Wiethüchter
(La Paz, Bolivia, 1947-2004)
El desasosiego
Sería después de conocer el mar
que la niña que fui
cogió una piedra del agua.
Esa piedra
desconocida y verbal
me posee
como un sol cautivo
con un fulgor
de país largamente buscado.
Esa piedra
como un carbón por lo negro
como un carbón por lo quemante
como un carbón por la ceniza.
Esa piedra
tosca
ardua en la memoria
se hizo fuego al tacto
y fue sin saberlo
un resplandor lejano
del cristal de la muerte
el don de la vida
el árbol del camino.
¿Y existe acaso el fuego para mí?
—pregunté entonces.
Miré alrededor.
Un silencio mudo
buscándome
observando con ojos de viva luz.
Y me dio miedo
porque soy mujer, creo.
Porque no sabía quién era yo
ni quién sería
ni sabía decir, ni tampoco reír
ni cansarme
sólo percibir
el rigor de la llama
anunciando el desierto.
Esperé una señal
un signo, un sueño, un cometa
para echar a andar, me dije
sin quitar el ojo
a la locura del fuego:
esa piedra
entre mis manos.
Y era alumbrar
con un relámpago
un abismo
y era bajar
y forjar
y subir
tan sólo para poder morir
junto al fulgor de esa luz
en cautiverio.
de El rigor de la llama*
Santa Cruz: Ediciones Centro Simon I,1994.
***
De "Territorial"
(fragmento)
Sólo tengo este cuerpo. Estos ojos y esta voz
Esta larga travesía de sueño cansada de morir.
Conservo el temor al atardecer.
No se comunica con nadie.
Por mi modo de andar
algo descubierto un poco esperando
cambio frecuentemente de parecer
conmigo no puedo vivir segura.
Habito un jardín de palabras
que han dejado de nombrarme
para nombrarla. No me atrevo
pero es necesario decirlo. Es un secreto.
En realidad somos dos.
Ahora debo inventar a la otra.
***
De "Madera viva y árbol difunto"
(epílogo)
Me he muerto a mí misma
y eso me conmueve sobremanera.
Volver a preparar mi desaparición
me consuela y me desgasta.
Pero puedo seguir la curva de mi brazo
lo que me da la medida de mi soledad
y puedo morderme el vientre de nuevo
lo que enciende el sumidero
en el que temo caer para siempre.
Amo este mi cuerpo árido
sin solicitud, con avaricia
mi negro hombro infantil
que se desplaza según el cielo
que diseña todo invierno.
(No conozco otra estación que el despojo.)
Todavía no me interrogo
sobre lo que significa para mí
esta nueva derrota en mi historia.
Me pregunto cuántas veces aún
tendré que ofrecer mi cuerpo
para cambiar de nombre
y llamarme solamente a mí
con mi claridad desamparada
y mi oculta herida sin balanza.
Me pienso a veces
con el orgullo de una estrella
y alguien en mí se mofa del algodón
con un canto de sirena entre los senos
no entiende nada de las hormigas
ni del placer de mirarse morir
matando lo harto que todavía hay en mí
de niña tierna y maternal.
Pocos son los que comprenden el fuego que se está quemando
y que puedo morir de verdad morir de verdad
sin un signo de locura.
***
El Reposo
Entro en mi casa
y me alojo en su centro
esperando la temperatura
que enmudece los ruidos inútiles.
En un andar del silencio
comienza el mundo
en un olor a fuego
en una hoja
en un cambio de sábanas
en una gana de hacer cosas
no siempre precisas.
Ya no soy la misma
y mis pasos en la voz
resuenan más oscuros.
Otro es el sol que arde
en los crepúsculos que contemplo
viajera inmóvil
pienso
sólo quiero cuidar de lo vivo
y tener luz
para él
y mis niñas.
***
De "La Lagarta"
(fragmento)
Yo que soy profunda
lóbrega
como la tierra
húmeda y caliente.
Yo que soy nocturna mirada como ella
aunque ciega de los pies
voy girando en otro tiempo
tenazmente hacia la muerte.
Yo que soy como ella
la amo
planetariamente
como si fuera mi sombra.
Este es mi cuerpo
nido de ojos furtivos
acostumbrados al miedo
—esa manera de pensar el mundo
en la penumbra
(umbral que ella crea
para engendrar la piedra.
Oscuridad que nos queda
después del inaudible grito).
Este mi cuerpo subterráneo
envuelto en sedas de innumerables fuegos
es mi cuerpo profundo que se está yendo
y sin embargo pregunto
¿quién es, quién es la que se queda y mira
cómo se va, cómo se está yendo
este mi cuerpo llorado por otro cuerpo
de la tierra amado y sombra?
**
Tomados de http://www.boliviaweb.com
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Somos parecidos a esos sapos que en la austera noche de los pantanos se llaman sin verse, doblegando con su grito de amor toda la fatalidad del universo.
René Char
No haría falta amar a los hombres para darles una ayuda real. Sólo desear hacer mejor cierta expresión de su mirada cuando se detiene en algo más empobrecido que ellos, prolongar en un segundo cierto minuto agradable de su vida. A partir de esta diligencia y cada raíz tratada, su respiración se haría más serena. Sobre todo, no suprimirles por entero esos senderos penosos, a cuyo esfuerzo sucede la evidencia de la verdad a través de los llantos y los frutos.
René Char
René Char
No haría falta amar a los hombres para darles una ayuda real. Sólo desear hacer mejor cierta expresión de su mirada cuando se detiene en algo más empobrecido que ellos, prolongar en un segundo cierto minuto agradable de su vida. A partir de esta diligencia y cada raíz tratada, su respiración se haría más serena. Sobre todo, no suprimirles por entero esos senderos penosos, a cuyo esfuerzo sucede la evidencia de la verdad a través de los llantos y los frutos.
René Char