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viernes, 19 de enero de 2018

Una ciudad, una campiña, de lejos, es una ciudad y una campiña

Blaise Pascal
(Francia, 1623-1662)

"El hombre es solamente una caña, la cosa más frágil de la naturaleza, pero una caña pensante. No hace falta que el universo entero se arme para aplastarlo: un soplo de viento o una gota de agua bastan para destruirlo. Pero incluso cuando el universo lo aplastase, el hombre sería todavía más noble que lo que le mata. Porque sabe que muere y lo que el universo tiene de ventaja sobre él, mientras que el universo no sabe nada de eso."
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"Una ciudad, una campiña, de lejos, es una ciudad y una campiña; pero a medida que uno se aproxima son casas, árboles, tejas, hojas, hierbas, hormigas, patas de hormigas, hasta lo infinito. Todo esto se envuelve bajo el nombre de campiña." 
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 "En cuanto al espacio, el universo me comprende y devora como un punto. Pero, por el pensamiento, yo comprendo al universo."
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¡Reconoced pues, oh orgullosos, qué paradoja sois para vosotros mismos!
¡Humíllate, razón impotente! ¡Cállate, naturaleza débil, entérate
de que el hombre sobrepasa infinitamente al hombre y entérate por tu
amo de tu condición verdadera que ignoras! Escuchad a Dios. (L. I31.)
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¿Pero no seríamos inexcusables si siguiéramos con esa misma idea
ahora que, ayudados con las ventajas que nos proporciona el catalejo,
hemos descubierto en ella una infinidad de pequeñas estrellas, cuyo
resplandor más abundante nos ha hecho reconocer cuál es la verdadera
causa de esa blancura?
¿ No tenían también motivos para decir que todos los cuerpos
corruptibles se hallaban encerrados en la esfera del cielo y de la luna,
puesto que, en el transcurso de tantos siglos, no habían observado
corrupciones ni generaciones fuera de ese espacio?
Pero ¿no debemos nosotros asegurar lo contrario cuando toda la
tierra ha visto palpablemente inflamarse y desaparecer cometas mucho
más allá de esa esfera?
Así es como, sobre el tema del vacío, tenían derecho a decir que
la naturaleza no lo toleraba, porque todas sus experiencias les habían
hecho ver siempre que lo aborrecía y no lo podía soportar.
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Así es como, sin contradecirlos, podemos asegurar lo contrario de
lo que ellos decían y por mucha fuerza que, en fin, tenga esa antigüedad,
la verdad debe llevar siempre ventaja, aunque haya sido descubierta
recientemente, puesto que es siempre más antigua que todas las
opiniones que se han tenido sobre ella, y sería ignorar su naturaleza
imaginar que ha empezado a existir en el momento en que empezó a
ser conocida. 


De la traducción y las notas de Las provinciales,
Opúsculos, Cartas, Pensamientos, Obms matemáticas, Obms físicas,
Vida de Monsieur Pa.'cal, Conversación con Monsieur de Saci:
Herederos de Carlos R. De Dampierre.

© De esta edición: EDITORIAL GREDOS, S.A., 2012.

lunes, 30 de marzo de 2009

No por mérito sino por gracia


BLAISE PASCAL
(1623-1662)


Los filósofos no prescribieron sentimientos proporcionales a los dos estados [se refiere a los sentimientos de grandeza y de pequeñez]. Ellos inspiraron movimientos de grandeza pura y ése no... es el [estado] verdadero del hombre. Ellos inspiraron movimientos de bajeza pura y ése no es el [verdadero] estado del hombre. Son necesarios los movimientos de bajeza, no por naturaleza, sino por potencia, no para permanecer, sino para ir más allá de la grandeza. Son necesarios los movimientos de grandeza, no por mérito, sino por gracia y [ello] luego de haber pasado por la bajeza. (Fr. 398. Lafuma)
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La fantasía es parecida y contraria al sentimiento; de suerte que no se puede distinguir entre esos contrarios. Uno dice que mi sentimiento es fantasía, otro que su fantasía es sentimiento. Se necesita tener una regla. La razón se ofrece, pero ella es doblegable a todo sentido.
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(...) la falsedad de los placeres presentes, como la ignorancia de la vanidad de los placeres.
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No veo sino infinitos en todo, que me encierran como un átomo, y como una sombra, que no dura sino un instante y ya no vuelve.
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No es bueno que el hombre no vea nada; no es bueno tampoco que vea lo bastante para creer que posee; sino que vea tan sólo lo suficiente para conocer que ha perdido. Es bueno ver y no ver; esto es precisamente el estado de naturaleza.
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Después de su muerte vino San Pablo a declarar a los hombres que todas estas cosas habían acontecido en figuras; que el reino de Dios no consistía en la carne, sino en el espíritu; que los enemigos de los hombres no eran los babilonios, sino sus pasiones propias.
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Nada es tan importante al hombre como su estado; nada le es tan temible como la eternidad; a sí, el hecho de que se encuentren hombres tan indiferentes a la pérdida de su estado y al peligro de una eternidad de miserias, no es cosa natural. Bien diferentes son respecto a las demás cosas; temen las más ligeras, las prevén, las sienten; y ese mismo hombre que pasa los días y las noches en la desesperación por la pérdida de su empleo, o por alguna ofensa imaginaria a su honor, es el mismo que sin inquietud y sin emoción sabe que va a perderlo todo a su muerte. Es una cosa monstruosa ver a un mismo corazón, y a un mismo tiempo, esta susceptibilidad ante las menores cosas y esta extraña impasibilidad ante las mas grandes.
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Es necesario tener un pensamiento propio, y juzgarlo todo con él, y, sin embargo, hablar como el pueblo.
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No viendo la verdad entera, no han podido llegar a la perfecta virtud. Considerando los unos la naturaleza como incorrupta, los otros como irreparable, no han podido huir del orgullo o de la pereza, que son la fuente de todos los vicios, puesto que no pueden hacer otra cosa sino abandonarse en la cobardía o crecerse en el orgullo. Porque, si conocen la excelencia del hombre, ignoran su corrupción; de suerte que si evitan la pereza se pierden en la soberbia. Y si reconocen la flaqueza de la naturaleza, ignoran su dignidad; de suerte que pueden evitar la vanidad, pero se precipitan en la desesperación.
Somos parecidos a esos sapos que en la austera noche de los pantanos se llaman sin verse, doblegando con su grito de amor toda la fatalidad del universo.
René Char


No haría falta amar a los hombres para darles una ayuda real. Sólo desear hacer mejor cierta expresión de su mirada cuando se detiene en algo más empobrecido que ellos, prolongar en un segundo cierto minuto agradable de su vida. A partir de esta diligencia y cada raíz tratada, su respiración se haría más serena. Sobre todo, no suprimirles por entero esos senderos penosos, a cuyo esfuerzo sucede la evidencia de la verdad a través de los llantos y los frutos.
René Char