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jueves, 14 de diciembre de 2017

Tener y dar

Amelia Biagioni

(Gálvez, Buenos Aires, Argentina, 1916-Buenos Aires, 2000)

Me propuse ser alguien,
tener y dar
horizonte propio
y persona.
Mendigué hasta alcanzar un cuarto vivo.
Firmé el aire, las sábanas
y la escritura.
Organicé la luz, las horas,
dicté las jerarquías,
moví los sitios, las orillas,
los elementos quietos,
los movimientos y los ruidos.
Abrí la puerta
y entraron ceremonias
y el coro
y el azar
y me rodearon.
Y entró el solista,
me enhebró con un hilo azul,
me dio una oculta condición de fábula
y un oficio visible y errabundo
de hierba recorriendo las criaturas.
Y la fiesta brilló sobre su música
a lo largo del día.
Pero llegó la noche
y floté sola entre penumbras y enemigos.
Maderas, grifos,
alfombras, rincones, cristales,
todas las cosas
levantaron sus leyes,
sus dinastías,
sus personas,
devoraron
mi argumento de vida,
mi sonido,
mi calor,
y me echaron.
Detrás de mí se acerrojó la puerta.

martes, 27 de junio de 2017

Todos los tigres en su tigre

Amelia Biagioni 

(Gálvez, provincia de Santa Fe, Argentina, 1916-Buenos Aires, 2000)


CINCO CEREMONIAS DE LA TINIEBLA
(Poemas 1 y 4 )
1 — Concéntricos
Ardiendo frío circula en su curva idea
sin pausa el cazador plural
el invisible
—a quien tu nuca en todo sitio ve—
condenado a la esperanza y al éxtasis
de matar.
Lleva en el ojo un cazador que acecha
y este en el ojo un cazador que acecha
y este en el ojo un cazador que acecha
y así hasta las tinieblas.
Piensa sin tregua el ejemplar
su forma peso andanza olor sonido
lo piensa hermoso impar posible
infinito
—en su ciervo todos los ciervos
todos los tigres en su tigre—
lo piensa hasta sentirlo mente afuera
hasta verlo entrar en su mira.
No se prodiga no se agita.
Elabora la oblicua táctica
se ensaya ojo tras ojo, y en el instante
en que su geometría dice ¡Ya!
desde el ojo más hondo
ese que no termina
ese que nunca duerme
ese que ronda inmóvil
desenfunda sus concéntricos cazadores
los despliega
consuman
los pliega
se los hunde.
Y en la continua curva idea
el acecho se inicia.
4 — Grabado en fémur
Llevo sus armas
guardo en mi noche a la de altivo andar
y he comido
según el rito
la voz que conduce y otorga
la mirada solar
el compás de león
el rumbo de rubí
la infinita posteridad
y la final sonrisa
del enemigo,
para poder usar
su sombra coronada.

jueves, 20 de febrero de 2014

Por qué bajaste oscura

Amelia Biagioni
(Gálvez, 1916-Buenos Aires, Argentina,  2000)

Oh tenebrosa fulgurante

Oh tenebrosa fulgurante, impía
que reinas entre cábala y quimera,
oh dura poesía
que hiciste mi imprevista calavera.

Por qué me diste huesos
sí yo era, entre lenguas, "la que nombra
muriendo transparente", y entre besos
"llovizna" desde el beso hasta la sombra.

Sí yo era la pálida costumbre
de cruzar el otoño trashumante,
mientras tú suavemente, ave de lumbre,
alta volabas y constante.

Por qué bajaste oscura. Mis despojos
creas, desencadenas mi esqueleto.
Devoraste mis párpados, mis ojos,
mi corazón secreto.

Oh sacrílega maga que ceñiste
la gracia en hambre, alazo, pico y garra,
por qué en tu salamandra convertiste
a mi tristísima cigarra.

Por qué. Pero me ofrezco y apaciento
mis huesos, y mi cara se acostumbra
a ser tan sólo profecía y viento.
Come, cuerva. Y relumbra.

sábado, 24 de marzo de 2012

Donde más digo menos digo

Otro poema de AMELIA BIAGIONI


(Argentina,1912 - 2000)

Decir


1

Donde más digo menos digo.
Y si porfío sin cambiar de elán o polo o centro
enrosco ablando borro lo ya dicho.
Porque decir es un rayo y su sombra.

**
2

Tengo una herida siempre verde
que reconoce el filo
del nombre oculto en la neblina.

**
3

Cuando recibo una palabra inesperada
la retengo y vigilo sus diferentes porvenires
hasta que alguno de ellos
de pronto se recuerda se incorpora
y no hay palabra ya
sino un gran viento que me empuña.

**
4

Quisiera ensayar
el paso de lis
del fuego que sube al espíritu.

**
5

Persiguiéndome por los ríos
espero alcanzarme en el mar
y encontrar en mi infancia
un dios irresistible
un sonido que abra y cierre a los otros
como un nocturno barco surcando un arpa.

**
6

Quisiera decir la pasión
aterradora del universo de la noche,
su ardiente abrazo que abandona.

De Las cacerías, Ed. Sudamericana, 1976

jueves, 2 de junio de 2011

Y no despiertes

Un poema de

AMELIA BIAGIONI
(Gálvez, Santa Fe, Argentina, 1916-
Buenos Aires, 2000)
 
LA FELICIDAD


No sé cuándo
y afuera
los felices bailaban olvidándose,
sin saber que bailaban.
Las desdichas
se apartaban al paso de la fiesta,
y ellos no agradecían, inocentes.
Los felices bailaban en la hierba,
qué lástima,
sin saber que eran príncipes.

Pero yo, que sabía,
no quise abrir mi baile
sin coronar mi sangre verde,
mi sombra doradora.

Tuve que caminar
por el aire
y negar
casi toda la tierra.
Pero al fin entré al círculo
de la reina.

Posible,
sentada en la rosa,
cantándose
peinaba su luz.

Deslumbrada, sin verla,
oh reina, soy feliz,
yo sé que soy feliz, oh madre,
dije.

Ah, puesto que lo sabes,
dijo la reina,
cálzate, hija,
cíñete la diadema,
Y no despiertes.

De El humo (1967)

Para leer más de Amelia Biagioni, aquí

lunes, 30 de agosto de 2010

Cada día me levanto sin nombre

Tres poemas de AMELIA BIAGIONI

(Gálvez, Santa Fe, Argentina, 1916-Buenos Aires, 2000)


LA FUGITIVA

Dónde
en qué noche y maleza
estoy corriendo
pelo rojo despavorido
ojos y nuca desbandados
gritando rotamente.
Soy la fugitiva
por qué
me persiguen sin tregua
quiénes
y huyo desnuda rota
atravieso cruentas palabras
pierdo los ojos
no puedo más
tropiezo
me derrumbo
pelo gris
grito
gris.

No huiste lo bastante
dice mi espalda
y me levanta.

Y huyo otra vez
manando
pelo rojo aterrado
huella roja
pájaro fijo.
Sabiendo solamente
de profundis
que debo huir
que vienen acortando distancia
no
no
no
que se acercan
desde una noche
venidera.
***
Cada día, cada noche

Cada día
me levanto sin nombre,
y en la nuca
una sombra
tenaz, ajena, a filo,
me acusa desde siempre;
y la culpa
total, indescifrable,
entera, me usurpa,
no sé quién soy, me oculto, huyo,
y me pierdo extranjera.
Hasta sentir,
cada noche,
una luz
fiel, entrañable, mansa,
que vuelca desde siempre
río, libélulas, sol, trébol
en mi cabeza más lejana,
y le apoya
alguna, aquella mano;
y cuando empiezo a recordarme,
un ruido sucio, espeso,
de sombra,
se interpone en la nuca
y despierto
sin nombre.
***
Post mortem

Me miran con fijeza ya desierta
mis ojos, desde el cuerpo casi frío.
Acaba de arrojarme el pecho mío
cerrándose después como una puerta.
Sin embargo estoy viva, más despierta
que un filo, sin error, sin desvarío.
Qué espantoso llegar a este sombrío
descubrimiento. He muerto y no estoy muerta.
Quiero llorar con llanto y ya no puedo.
Lo que dudé era cierto: Estoy probando
que se acaba la sangre y no la vida.
Nunca podré morirme. Tengo miedo.
¿Quién con eternidad me está nombrando
e infinito se acerca? Estoy perdida.

Para leer más poemas de Amelia Biagioni, aquí

miércoles, 5 de mayo de 2010

Hay lugares sin hora


AMELIA BIAGIONI
(Gálvez, Santa Fe, 1916 - Buenos Aires, 2000)


ENTREVISTA
Por Enrique Butti


Ya en nuestro primer contacto, por teléfono, Amelia Biagioni se había negado a ser entrevistada. Se había negado con firmeza, sin posibilidad de réplica, sin atisbo de esa especie de seducción que ejercita quien se rehúsa para más para hacerse desear y rogar. “Ya no escribo”, dijo, para disculparse ante mi insistencia por querer conocerla. Finalmente, cuando supo que no tenía su último libro, “Las cacerías”, se ofreció a regalármelo.

Hasta que el ascensor me dejó en su 13er. piso de la calle Corrientes especulé con la idea de encender el grabador escondido en el portafolios. No caí, por suerte, en esa mezquina ruindad, por suerte para Amelia y para mí, no para el lector de esta nota, privado de la transcripción exacta de las tenues palabras que ella pronunció durante la visita.
La impresión que aún conservo es la de que Amelia Biagioni, conjurada por el destino, quizás, obligada por la noche, quisiera parecer una mujercita frágil y desfalleciente. La traicionan siempre, sin embargo, los ojos chispeantes y los movimientos graciosos.

Esa mirada, aguda y penetrante, se adivina en su obra, cuando un golpe de magia transforma el tono grave y explorador de su poesía en una tonada, en una cueca o chacarera llena de humor y de ironía. Como cuando hace hablar a los batracios, en “Las cacerías”: “...// y para terminar revelo / que soy un príncipe encantado. / Cualquier día regresaré / coronado de hierbas / a mi estatura y mi destino. / Y saldré a enderezar los pueblos / con la verdad original / aprendida en el barro”, y “De boca cerrada no salen moscas”; y “A marido regalado / no se le mira el príncipe”.

“Ya no escribo; temo que no escribiré más. Mientras hubo angustia hubo vitalidad. La angustia obliga a la acción, al movimiento, me llevaba a la escritura; lo que es terrible es la indiferencia, la impasibilidad, la inacción del limbo.” Yo no quise creerle; sus ojos y sus movimientos parecían desmentir la gravedad de su confesión. “Vamos, Amelia, quien conoce como usted el vicio de la poesía es imposible que pueda dejarlo tan fácilmente”, bromeé. Estaba de pie en ese momento; volvía de la cocina, creo. Dijo: “La poesía es una visitante; viene cuando quiere y se va cuando quiere”.

Las claves de su poesía están en las palabras (y en las resonancias y en las metáforas que implican) “fuga” (y la fugitiva), persecución (y la perseguida), la “caza” (y la señalada, la desarraigada, la emparedada, la extranjera, la descalza jadeante). En su poema “León” (y es el león quien habla) dice: “No importa si la pálida mujer / que en su torre escribe / amontona palabras tibias. // Cuando duerme / de un rojo salto / la arrebato y enciendo / la llevo a su selva / le infundo mi dinastía / y la obliga a reinar, / a avanzar segura y espléndida / a apresar bravamente / las palabras amantes o guerreras / y a desdeñar las otras”. Las palabras amantes o guerreras, dice, y desdeñar las otras, las que no gravitan en lo profundo. Entendí entonces que Amelia pretendía el mayor poder, la mejor fuerza de las palabras. Que exigía todo, y si no prefería la nada.

Traté de bromear también cuando anunció que pronto dejaría Buenos Aires para regresar a su natal ciudad de provincia, Gálvez. Le recordé el aire puro del campo, el estimulante retorno a los orígenes. Ella fue terrible otra vez cuando me interrumpió: “Vuelvo a Gálvez como un elefante a su última morada”.

Después me presentó los cuadros y los objetos que pueblan su departamento: una ilustración a un poema suyo, de Batlle Planas; un dibujo del Quijote, de Carlos Alonso... En el pequeño cuarto donde trabaja me mostró un collage de reproducciones y dedicatorias: un acróstico de Pedroni; un juego de palabras y flores de Mujica Láinez; un original de Enrique Banchs; una página manuscrita de Borges joven (con una letra asombrosamente pequeña, las líneas aplicadamente apiladas, minuciosas)... En su dormitorio, sobre la cama, la reproducción de un paisaje de Cézanne. En el borde inferior del cuadro hay una fila de árboles. Se acercó para indicármelos con el dedo: “¿Ves? Estos árboles escriben un nombre: Omar Khayyán. Quién sabe si Cézanne no lo hizo intencionalmente...”. Aunque no descifré las letras en la pintura, le dije que sí, que las veía. Recordaba entre tanto ese extraordinario poema breve de Amelia, “Espesura”, que dice: “Entré en mi espesura / y vi tu nombre escrito con árboles”.

Le pedí que leyera un poema en voz alta y me permitiera grabarlo (leyó “La fugitiva”, que es casi un grito), le pedí que me permitiera fotografiarla, le pedí un poema inédito que salvara y justificara la idea de escribir este artículo. Así que cuando me habló de su último libro editado, “Las cacerías”, y explicó que el tema central era la vida entendida como caza, la caza como motor del universo, me sentí como un perseguidor de imágenes exteriores, de sensaciones vanas y lejanas a las de su poesía. Se lo dije y nos reímos. “Sí, todos cazamos, sea signos, amor, o poder, o libertad”. Un fragmento del poema “Bosque” manifiesta claramente la intuición que guía a ese libro: “...// Mi actos / me mostraron / que el universo es un oscuro claro andante bosque / donde todo movimiento es cacería”.

Finalmente buscó su libro inédito sobre Van Gogh. Paseamos el libro, magnífico, tratando de encontrar un poema que pudiese extrapolarse del conjunto; era difícil, porque los poemas de cada libro de Amelia se interrelacionan formando un sólido, estrecho andamiaje. Cada poema se refiere a un episodio de la vida, o a una obra, del pintor maldito. Antes de leer cada texto, en el cuarto soleado, Amelia contaba la anécdota que la había inspirado. Hablaba de Van Gogh con un gran conocimiento, con una ternura que sobrepasaba la admiración y la piedad: “El pobre Vincent... La pobre prostituta que recibió el lóbulo de su oreja (porque él había visto las corridas de toros y, quizá, cortarse la oreja le pareció una manera de destruir la bestia que se debatía dentro suyo...)”.

El último recuerdo de la visita es el mediodía detenido en las ventanas; ella, devuelta a su oficio o arte sombrío; en su boca la historia de Vincent que habla con su hermano muerto, llamado Vincent como él: el diálogo de un hombre ante su tumba: “... —Qué harás oh Vincent sin mis días en tu agujero vertiginoso./ —Seguir muriendo inmensamente Vincent./ —Qué haré Vincent sin ti cruzando el viento./ —Vivir con desmesura Vincent/ explorando el jardín humano/ mientras tu espalda en éste yacerá”.
**
Fuente: Suplemento cultural de El Litoral, 5 de setiembre de 1983.
***
Encuentro

Fue en Corrientes y San Martín
Y en un rato de otoño.
Después que el prodigioso atardecer
Borró murallas de cotizaciones
Cerró el tiempo
Y extendió un bosque lila.
Allí supe
Que hay lugares sin hora
En donde el agua y el aceite
O Bach o Villa Lobos
O los pasos de los diversos
Comparten aura.

En aquel bosque lila
Vi a dos hombres distintos y perennes
En sus páginas y en sí mismos,
Dos de las varias escrituras
De Buenos Aires.

Inesperadamente
Los singulares, encendidos
Por los dos mundos del crepúsculo
Se divisaron en un claro,
Con ademán volando
Se saludaron en el oro,
Al lila refluyeron
Y caminaron
Alejados y acercados
Por hojarascas paralelas.

Uno extraviaba entre los árboles
Su agonía quemante
Y el otro dispersaba entre los pájaros
Su agonía funámbula.
Pero tendiendo.
Cada uno en su letra
Y oyendo a la diversa,
Roberto y Macedonio
Desandaban
Maravillados de escucharse.

Hasta que se atraparon.
Hasta que cada cual se oyó en el otro.
Hasta que hubo
Una sola escritura
O pasión
O senda,
Y por ella los dos se fueron.
**
De Poesía completa, de Amelia Biagioni. Adriana Hidalgo editora, Buenos Aires, 2009.
Imagen: www.ucm.es/info/especulo/numero23

jueves, 22 de octubre de 2009

Torre de padre abierta en verde madre


Unos pocos poemas de
AMELIA BIAGIONI
y algo más
(Gálvez, Santa Fe, Argentina, 1916-Buenos Aires, 2000)


Bosque

Mi sombra
mi pasión
mi razón
mi relámpago
me dijeron
que hay en el universo cuatro hambres.

Mis hambres
me gritaron
que el universo no se calma con gemidos
sino con actos.

Mis actos
me mostraron
que el universo es un oscuro claro andante bosque
donde todo movimiento es cacería.

De Hambres y actos
***
LEÓN

No importa si la pálida mujer
que en su torre escribe
amontona palabras tibias.

Cuando duerme de un rojo salto
la arrebato y enciendo
la llevo a su selva
le infundo mi dinastía
y la obligo a reinar,
a avanzar segura y espléndida
a apresar bravamente
las palabras amantes o guerreras
y a desdeñar las otras.

De Las cacerías, 1976.
***
Cavante, andante

A veces
soy la sedentaria.

Arqueóloga en mí hundiéndome,
excavo mi porción de ayer
busco en mi fosa descubriendo
lo que ya fue o no fue
soy predadora de mis restos.

Mientras me desentierro y me descifro
Y recuento mi antigüedad,
pasa arriba mi presente y lo pierdo.

Otras veces
me desencorvo con olvido
pierdo el pasado y soy la nómada.

Exploradora del momento que me invade,
remo sobre mi canto suyo
rumbo al naufragio en rocas del callar,
o atravieso su repentino bosque mío
hacia el claro de muerte.

Y a extremas veces
mientras sobrecavándome
descubro al fondo mi
fulgor inmóvil ojo
de cerradura inmemorial,

soy avellave en el cenit
ejerciendo
mi remolino.

De: Región de fugas, 1995.
***
SOPLO

Algún mañana o nunca seré un hombre.
Diz que difícil que me dejen serlo.
En tanto soy un corto dios:
el que amansa los cuchillos del frío
y un algo ve lo que sucederá.

Sobre esta sal desparramada altura
de puna que perdió su poncho,
soplo en mi cuerpo-quena
para que sepa el sol que abrigo su camino.

Allá
detrás de la distancia
en suaves montes de amanecer
pinto con mis sonidos
los colores del primer sueño y sus vicuñas,
y en los atardeceres los despinto.

Cuando aparece noche regalada
no me devuelvo al mundo triste:
me soplo hasta perderme titilando.

Algún tal vez tendré una casa luna
que me cante navidad india y que me abrace,
de donde baje
a descubrir el río del pez de la vida.
Su galopar me ha de llevar al mar sin dueño.

Pero algún antes
conoceré lo que diz que es el árbol.
Caminando por el gran viento colorado
bajo los árboles del sol
a mis ojos vendrá:
torre de padre abierta en verde madre.

Me contará
que hace una larga procesión de tumbas mías
yo era copla razón y mando de esta tierra.

Me avisará –con soplo mío-
que mientras dure la filosa eternidad
en la sonrisa hay que pararse,
pues que en lugar que el olvido manda
la risa baila con la muerte.

Me hará crecer
el alma en ramas sin descanso
formando techo del grandor del territorio
para mi cantidad de mudas hambres.

Me enseñará las letras de los hombres
y a soplar sobre cumbres poderosa escritura
que nadie apague en el atardecer.

De Región de fugas (1995)
***
Lluvia

Llueve porque te nombro y estoy triste,
porque ando tu silencio recorriendo,
y porque tanto mi esperanza insiste,
que deshojada en agua voy muriendo.

La lluvia es mi llamado que persiste
y que afuera te aguarda, padeciendo,
mientras por un camino que no existe
como una despedida estás viniendo.

La lluvia, fiel lamido, va a tu encuentro.
La lluvia, perro gris que reconoce
tu balada; la lluvia, mi recuerdo.

Iré a estrechar tu ausencia lluvia adentro,
a recibir tu olvido en largo roce:
Que mi sangre no sepa que te pierdo.
***
La ventana

Procura vivir de suerte
que al final de la partida,
saques de la muerte vida.
(Anónimo)

Una ventana y nada más quisiera,
un fervoroso prólogo del vuelo,
que me instara a subir, con el modelo
de lo que se remonta en primavera.

Me bastaría sólo esa ligera
interrupción de muro y desconsuelo
para desvanecerme por el cielo
clara, sonora, libre, verdadera.

De tanto que la sueño, una mañana
encontraré en mi cuarto a la ventana
llamándome con luminoso grito.

Desde que se abra, viviré de suerte
que me sorprenda el plomo de la muerte
volando en mi retazo infinito.

De Sonata de soledad (1954)
********
Palabras de Ivonne Bordelois
Para La Nación - Buenos Aires, 2000


Nuestra gran Amelia Biagioni ha muerto: una reina desconocida, plena de gracia, humor, modestia y altivez. La más cósmica en toda la poesía argentina de esta generación, la más rebelde en su falta de obediencia a las modas y modelos imperantes, la más lúcida y solitaria en su lucidez, la más atrevidamente musical entre nosotros ha partido -un domingo, como ella misma, a la manera de Vallejo, lo profetizó- quizá en señal de desacuerdo con tanta confusión y mediocridad como la que nos rodea. Era demasiado universal para las suntuosas revistas alegadamente poéticas que la tachaban de cursilería; demasiado grande para los cenáculos intrigantes que deciden arbitrariamente acerca de famas y celebridades, y acaban por ahuyentar a un público sediento de las verdaderas fuentes de la poesía verdadera.

Biagioni nunca equivocó su vocación de totalidad, que se expresa desde temprano en su poesía: "hacerme un alma donde sucedieran/ todas las vidas, todos los países.// Hasta volverme una caricia/ giradora en la tierra única,/ maravillosamente inútil. Y al fin voy/ de eternidad flameando, con la túnica.// La que buscan como un aceite/ los quemados y desollados./ La que desciende al lirio campesino/ cuando se miran los enamorados" ("La llave"). Clásica en sus comienzos, pero siempre con un temblor; melodiosa, pero con esa musicalidad no aprendida que es más que música, aquella que obligaba a Alejandra Pizarnik a leer en voz alta sus poemas; con su falta absoluta de reverencia por temas o estilos epocales, con su libertad central y original, Biagioni supo enlazar en su poesía temas que reinterpretaban los acentos de la gran Alfonsina Storni, y al mismo tiempo dialogar de tú a tú con Hölderlin y Van Gogh, e interrogarlos intrépidamente en aquella veta de locura que fue también el precio de su grandeza.

"El universo es un oscuro claro andante bosque/donde todo movimiento es cacería": ¿quién, en qué lugar, antes o después, supo mejor trasmutar en poética el pensamiento de ese gran visionario que fue Teilhard de Chardin? ¿Quién recuerda mejor a Kafka que ese extraordinario poema, "La partiquina", de donde provienen aquellas impresionantes líneas: "Y en el fondo/ cae un llanto desconocido/ y el llanto aplaude"? ¿Quién inventó el escenario donde se encuentran Roberto Arlt y Macedonio Fernández con la precisión mágica de su mirada aguda como un diamante?

Quizá nadie haya descripto mejor ni más profundamente el mensaje poético de Biagioni que Enrique Pezzoni, cuando dice, en el artículo más brillante, penetrante y entusiasta que acaso haya escrito, hablando de Las cacerías, que "su ritual celebra el encuentro del fragmento con el todo, de la cercanía con la distancia; son las nupcias de lo irreconciliable consigo mismo. Los versos oscilan así, entre el himno y la fórmula mágica que ilumina sin cesar la creación, mostrándola inclusive en sus aspectos más feroces: a través de la muerte, todo está en marcha hacia sí mismo." Y añade: "Hay en estos versos algo semejante a la sonrisa en el rostro de los rostros que pululan en algunos templos de la India". Y el texto corrobora sus palabras: "Halalí/ que reverbera en astronaves y galaxias/ en flecha en selva y en turbina/ con ansia blanca y negra/ las estirpes/ del polvo al ángel/ devorándose comulgándose/ persiguen la persecución/ halcón azor amor neblí radar/ para alcanzarme límpidas a Mí/ que soy el Cazador". Como dice Pezzoni, "pocos poetas han visto como ella la grandiosidad de ese monólogo múltiple que es el existir como busca, la asunción del cambio como testimonio único de lo inmutable." Pocos poetas, añadiría yo, han poseído una lengua tan enérgica y delicada para trazar el fresco vibrante de la evolución, desde los inicios de la creación hasta nuestros días, en imágenes y ritmos tan poderosos como inesperados y en enumeraciones tan espléndidas y vertiginosas como ésta: "halcón azor amor neblí radar", donde el trayecto de la especie se describe en una suerte de centella fulminante de pasión y precisión poética.

Biagioni soslayó los tonos confesionales, panfletarios o herméticos en los que naufraga tanta poesía en nuestro tiempo: escribió con grandeza, con misteriosa claridad, con musicalidad única, sobre los grandes temas del ser humano contemporáneo, desde el gran escenario que le proporcionaba la incesante y ávida lucidez de su mente privilegiada. Nada en ella fue pequeño, salvo su delicada figura de geisha iluminada. A Biagioni le faltaba el espíritu de la negociación, la obsecuencia y el compromiso: en El humo denunció sin tapujos "el valle del lucro" adonde descienden tantos. Ella carecía de tiempo y espacio para las pequeñas intrigas; era impaciente con los calculadores y los mediocres, a los que discernía a la distancia, y de los que se protegía con aquella tan suya y modesta altivez. Alto fue el precio de su aventura: "En la plaza me apagarán/ con sordos con ciegos con llamas/ por haber espiado a Dios", dijo proféticamente en "La señalada".

Una pureza incontaminable la destinaba a entregarse totalmente a la poesía como a una oscura fuerza irresistible a la que retrató indeleblemente en El humo: "Oh tenebrosa fulgurante impía/ que reinas entre cábala y quimera/ oh dura poesía/ que hiciste mi imprevista calavera//[...]Por qué bajaste oscura. Mis despojos/ creas, desencadenas mi esqueleto/ devoraste mis párpados, mis ojos/ mi corazón secreto.// Oh sacrílega maga, que ceñiste/ la gracia en hambre, alazo, pico y garra/ por qué en tu salamandra convertiste / a mi tristísima cigarra.// Por qué. Pero me ofrezco, y apaciento/ mis huesos, y mi cara se acostumbra/ a ser tan sólo profecía y viento./ Come, cuerva. Y relumbra". Aquí entramos en una verdad inconfundible y ósea, lejos de toda retórica. Alguien se ha entregado a la poesía y posee la certeza de que el retorno no sólo sería sacrílego sino que, de hecho, es imposible.

"Clara, sonora, libre y verdadera", como se define en "La ventana", habitó un espacio incontaminado pero certero de luz y realidad auténtica. Sabía de su grandeza y nunca la traficó: por eso pudo preservarla. Fue un ejemplo difícil de seguir ("Para cantar hay que morir. Y canto."), pero acaso el único digno de tenerse en cuenta.

"Episodios de un viaje venidero", su poema póstumo, es la narración visionaria del camino de sus propias cenizas que, a la manera de Quevedo, persisten en la contemplación enamorada ("mi contemplar desconocido"); pero más allá de la tenacidad del fuego erótico, lo que contemplan las cenizas es la trama misma del universo, la ley de la primordial devoración de la especie "volcán-laurel-zorzal-amor": "No hay pleno arpegio/sin terror ni dolor". Otra vez la magnitud de esta visión invoca los grandes textos que la acompañan: Rimbaud, Homero, Melville, la Biblia: regénesis "hasta que el mar se acabe". De la posible destrucción venidera y total, la del pájaro misil, se salvará acaso el ojo-lince del poeta, que retoma el cántico de la energía "dentro de algún volar del INFINITO".

Entre nosotros quedan y permanecen, afortunadamente, algunos grandes poetas, pocos pero verdaderos. Pero Biagioni pertenece a una raza aún más rara y singular, aquella de los poetas que son torres de Dios. A esa misma raza pertenece alguna vez Borges, pertenece también nuestra gran Olga Orozco, pertenece, de modo negativo pero no menos evidente, la trágica Alejandra Pizarnik y algunos otros, pero muy pocos más. Cada vez que una de estas torres se desploma, se produce súbitamente algo así como un enorme vacío, un baldío de silencio estremecedor, dentro de nosotros mismos y a nuestro alrededor. A pesar de su ocultamiento, Biagioni era una gran torre de luz, más necesaria aún en esta hora de tinieblas que nos acecha. De nuestra fidelidad y lucidez, de la verdad que permitamos que nos habite, depende que su resplandor y su fuerza nos acompañen en el duro mundo de la vida y de la poesía amenazada.
**
Saludo la edición de su Poesía completa, a cargo de Valeria Melchiorre, Adriana Hidalgo Editora, Buenos Aires, 2009
Somos parecidos a esos sapos que en la austera noche de los pantanos se llaman sin verse, doblegando con su grito de amor toda la fatalidad del universo.
René Char


No haría falta amar a los hombres para darles una ayuda real. Sólo desear hacer mejor cierta expresión de su mirada cuando se detiene en algo más empobrecido que ellos, prolongar en un segundo cierto minuto agradable de su vida. A partir de esta diligencia y cada raíz tratada, su respiración se haría más serena. Sobre todo, no suprimirles por entero esos senderos penosos, a cuyo esfuerzo sucede la evidencia de la verdad a través de los llantos y los frutos.
René Char