¿Habrá lugar para los escépticos desde hoy en la Argentina?
Fuente: Diario Clarín, 24/10/11
Por JORGE AULICINO
Análisis
¿Habrá lugar para los escépticos desde hoy en la Argentina? Los escépticos tienen modos extraños y muy mala prensa, en realidad esperan con una pasión poco escéptica que sus argumentos sean respondidos... para probar la existencia de la dialéctica. En otras palabras: si su prédica es tomada como traición al valor más alto del mercado político –en este momento, el progresismo y no ya el progreso; el cambio y no ya la revolución; el modelo y no la épica electrificación de Rusia–, si esa prédica es considerada blasfema, entonces la dialéctica no existe. El escéptico ve confirmada su presunción. Pero el escéptico no quisiera verla confirmada, el escéptico es un desesperado: quisiera estar en la manada para demostrar que la manada no debe existir, sino un estado de organización superior, polémica. La lucha por la respuesta dialéctica es su pasión. El escepticismo quiere su lugar. Paradojalmente, oblicuamente.
Es afortunado este gobierno porque tiene a la mayor parte de la clase media intelectual consigo. Pero digamos al paso unas palabras respecto de intelectuales y clase media: cuando devienen intelectuales, aun los hijos de obreros devienen clase media. Tienen instrumentos intelectuales, tienen un capital, tienen propiedades que han adquirido en la universidad pública o privada o por sus medios: abstractas, pero propiedades.
El intelectual no puede salir de este orden. Tal vez el autodidacta es el que puede ignorarlo sin culpa. El intelectual revolucionario lo ha sido pasando por alto la cuestión y tomando el toro por las astas sin vergüenza, asumiendo que la conducción de la revolución debía ser obra de intelectuales; asumiendo que aun los intelectuales obreros lo eran, en tanto se convertían en cuadros de partido, y dándoles a los intelectuales propios y ajenos precisas funciones-camiseta: o intelectual del partido, o del enemigo. Por supuesto, el escéptico no tenía nada que hacer allí.
El escéptico era el filisteo –el que llegó a cierto punto y se detuvo, o insistió en él– cuando no el enemigo diabólico, pero jamás el enemigo lúcido. Jean-Paul Sartre, Albert Camus, eran en cierto modo escépticos; Pier Paolo Pasolini lo era y criticó el comisariato político de Sartre cuando éste era aliado de los soviéticos. No lo fueron, en cambio, el poeta Ezra Pound o Enrique Santos Discépolo.
Pound utilizó la radio fascista de Mussolini para predicar la necesidad de que su país, los Estados Unidos, no participara de la Segunda Guerra. Cuando fue juzgado en Washington se amparó en un argumento republicano: había ejercido la libertad de expresión para opinar sobre la política internacional del gobierno estadounidense. No sabemos cuál fue la evaluación de los jueces ante esta defensa, sabemos que, debido al prestigio internacional de Pound, optaron por considerarlo mentalmente insano y lo encerraron en un hospital psiquiátrico, en lugar de fusilarlo, que era la pena correspondiente al delito de traición a la patria.
A Discépolo, su personaje radial Mordisquito le costó una amargura en sus últimos años. Defendió con convicción y mordacidad el gobierno de Perón, escarneció a los opositores y muchos de sus colegas escarnecidos le hicieron el vacío después.
Aunque el gobierno no tiene la totalidad de los intelectuales, la fuerza moral de esa presencia en sus filas es un poderoso argumento de propaganda y un elemento dinamizador de su discurso.
Pero su relación con este poder no ha sido, no es y difícilmente sea de respeto y beneficio mutuo. El poder, y mucho más concretamente, los poderosos, no tuvieron casi nunca una relación de esa naturaleza con los intelectuales. Los políticos desconfían del ánimo crítico de éstos. No saben por cuánto tiempo contarán con ellos y rara vez saben qué pueden obtener de su militancia.
Sólo dos representantes de uno y otro campo, Charles De Gaulle y su ministro de Cultura entre 1959 y 1969, André Malraux, se admiraron mutuamente y mantuvieron una sólida y fluida relación. Ni siquiera pensaban igual. Por ese entonces, y bendecido por el general De Gaulle como “nuestro moderno Voltaire”, Sartre escapaba del ala del poder y se empecinaba en su posición crítica, a la que llevó casi hasta el grotesco cuando adhirió, anciano, al maoísmo.
De Gaulle dimitió a causa del estado de asamblea en que se mantuvo París en el mayo de 1968, cuando la chispa explotó en la Sorbona. Pero lo cierto es que Pompidou ganó las elecciones del 69, no la izquierda.
El triunfo gaullista en el país que había encendido la protesta estudiantil no impidió que en Italia la izquierda continuara progresando; en 1970 Pasolini consideraba seriamente la posibilidad de volver al PC, porque al fin y al cabo era el partido que los obreros querían. Para el más crítico de los intelectuales italianos de la posguerra, lo que se presenta como una posibilidad en un poema de su último libro, Transhumanar y organizar, es una especie de esquizofrenia intelectual: Eh, es natural que debería entonces adaptarme a esta disociación. Cada cálculo la implica, cada pacto, cada degradación: estaré dividido: callado y oficial en las acciones, crítico y solo al escribir poesía. ¿No es esta separación la que siempre se ha querido -tal vez justamente?
Desde el día de abril de 1930 en que una bala disparada por su propia mano partió el corazón de Vladimiro Maiacovski en el callejón Lubianski, de Moscú, el poder ha tenido –al contrario de lo que sucedió en toda la Edad Media y el Renacimiento– una relación complicada con los intelectuales. No importa qué poder sea. No importa con cuánta lucidez defina la función del intelectual orgánico. Los intelectuales modernos, y la clase media culta sobre la que irradian, no han nacido al parecer para participar del poder, sino para ejercer su crítica. ¿Pero cuántas veces la clase media intelectual sintió en la Argentina que participaba de un gobierno? Tal vez sea la hora de hacer la experiencia que otros países hicieron a lo largo de todo el siglo pasado. Y ojalá la haga sólo en los términos de simulacro en que lo hizo hasta ahora, cuando juega a que libra una guerra que no se está librando, a no ser por algún que otro daño aún menor, como amenazar a los medios, retener libros en la Aduana o desgañitarse a gritos contra la derecha porteña; o mayor, como el fusilamiento de un militante de izquierda.
Mi vaticinio es que tarde o temprano habrán de ver lo que han sido preparados para ver: “La verdad”, ha dicho Camus, “no es de derecha ni de izquierda”. En criollo: “La única verdad es la realidad”. Y en términos leninistas: “Los tozudos hechos”.
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lunes, 24 de octubre de 2011
martes, 2 de marzo de 2010
Solo como en sí mismo
ANTONIN ARTAUD
(Francia, 1896-1948)
Los enfermos y los médicos
La enfermedad es un estado,
la salud no es sino otro,
más desagraciado,
quiero decir más cobarde y más mezquino.
No hay enfermo que no se haya agigantado, no hay sano que un buen día
no haya caído en la traición, por no haber querido estar enfermo,
como algunos médicos que soporté.
He estado enfermo toda mi vida y no pido más que continuar estándolo,
pues los estados de privación de la vida me han dado siempre mejores indicios
sobre la plétora de mi poder que las creencias pequeño burguesas de que:
BASTA LA SALUD
Pues mi ser es bello pero espantoso. Y sólo es bello porque es espantoso.
Espantoso, espanto, formado de espantoso.
Curar una enfermedad es criminal
Significa aplastar la cabeza de un pillete mucho menos codicioso que la vida
Lo feo con-suena. Lo bello se pudre.
Pero, enfermo, no significa estar dopado con opio, cocaína o morfina.
Y es necesario amar el espanto de las fiebres.
la ictericia y su perfidia
mucho más que toda euforia.
Entonces la fiebre, la fiebre ardiente de mi cabeza,
-pues estoy en estado de fiebre ardiente desde hace cincuenta años que tengo de vida-
me dará
mi opio,
-este ser-
éste
cabeza ardiente que llegaré a ser, opio de la cabeza a los pies.
Pues,
la cocaína es un hueso,
la heroína, un superhombre de hueso.
Ca itrá la sará cafena
Ca itrá la sará cafá
y el opio es esta cueva
esta momificación de sangre cava,
este residuo de esperma de cueva,
esta excrementación de viejo pillete,
esta desintegración de un viejo agujero,
esta excrementación de un pillete,
minúsculo pillete de ano sepultado,
cuyo nombre es:
mierda, pipí,
Con-ciencia de las enfermedades.
Y, opio de padre a higa,
higa, que a su vez, va de padre a hijo,-
es necesario que su polvillo vuelva a ti
cuando tu sufrir sin lecho sea suficiente.
Por eso considero
que es a mí, enfermo perenne,
a quien corresponde curar a todos los médicos,
-que han nacido médicos por insuficiencia de enfermedad-
y no a médicos ignorantes de mis estados espantosos de enfermo,
imponerme su insulinoterapia,
salvación de un mundo postrado.
Versión de Aldo Pellegrini
***
Descripción de un estado físico
Una sensación de quemadura ácida en los miembros, músculos retorcidos e incendiados, el sentimiento de ser un vidrio frágil, un miedo, una retracción ante el movimiento y el ruido. Un inconsciente desarreglo al andar, en los gestos, en los movimientos. Una voluntad tendida en perpetuidad para los más simples gestos, la renuncia al gesto simple, una fatiga sorprendente y central, una suerte de fatiga aspirante. Los movimientos a rehacer, una suerte de fatiga mortal, de fatiga espiritual en la más simple tensión muscular, el gesto de tomar, de prenderse inconscientemente a cualquier cosa, sostenida por una voluntad aplicada. Una fatiga de principio del mundo, la sensación de estar cargando el cuerpo, un sentimiento de increíble fragilidad, que se transforma en rompiente dolor, un estado de entorpecimiento doloroso, de entorpecimiento localizado en la piel, que no prohíbe ningún movimiento, pero que cambia el sentimiento interno de un miembro, y a la simple posición vertical le otorga el premio de un esfuerzo victorioso. Localizado probablemente en la piel, pero sentido como la supresión radical de un miembro y presentando al cerebro sólo imágenes de miembros filiformes y algodonosos, lejanas imágenes de miembros nunca en su sitio. La suerte de ruptura interna de la correspondencia de todos los nervios. Un vértigo en movimiento, una especie de caída oblicua acompañando cualquier esfuerzo, una coagulación de calor que encierra toda la extensión del cráneo, o se rompe a pedazos, placas de calor nunca quietas. Una exacerbación dolorosa del cráneo, una cortante presión de los nervios, la nuca empeñada en sufrir, las sienes que se cristalizan o se petrifican, una cabeza hollada por caballos. Ahora tendría que hablar de la descoporización de la realidad, de esa especie de ruptura aplicada, que parece multiplicarse ella misma entre las cosas y el sentimiento que producen en nuestro espíritu, el sitio que se toman. Esta clasificación instántanea de las cosas en las células del espíritu, existe no tanto como un orden lógico, sino como un orden sentimental, afectivo. Que ya no se hace: las cosas no tienen ya olor, no tienen sexo. Pero su orden lógico a veces se rompe por su falta de aliento afectivo. Las palabras se pudren en el llamado inconsciente del cerebro, todas las palabras por no importa qué operación mental, y sobre todo aquellas que tocan los resortes más habituales, los más activos del espíritu.
De El ombligo de los limbos
***
Martes 18 de Noviembre de 1947
No hay mundo
ni invisible dominio oculto
ni espíritus ni mundo de espíritus, nada de eso, nada de eso,
hay simplemente un estado escondido y oculto,
un desplazamiento o partir invisible de los cuerpos humanos
cuyo estado anatómico externo, orgánico externo
es el único estado reconocible, valorable, de todos los cuerpos.
Esta partida o desplazarse invisible de los cuerpos humanos
es un estado en el que no se permanece, en el que no se puede
permanecer,
porque es el vacío y la nada
y habitar en él es
PERMANECER MUERTO
en lugar de querer estar vivo,
de buscar PERMANECER VIVO,
para ganar la vida eterna,
y este estado en el que no se puede permanecer porque es
el vacío y la nada, el vacío de la nada,
es un estado en el que hay que evitar, hay que vencer la
tentación de hacerse cuerpo, de dar vida al cuerpo
porque es la d (...)
pero es cierto también que a través de aquel dominio pasa todo
lo que hay de valorable en un cuerpo
y que no es el estado pútrido
o fluido,
que no es un estado químico o físico, que no es tampoco
el estado
al-químico
de los CUERPOS,
no es un estado sensible y es peligroso y mortal quedarse allí,
no es un estado insensible y nada más que eso,
no es un estado imperceptible y nada más que eso,
y no es un estado que pueda percibirse
pero es el estado perceptivo,
y no es el estado de no percepción,
el estado repulsivo,
no es un estado,
es una voluntad de vacío,
una voluntad que crea el vacío en torno a ella,
y que se corresponde con aquello a lo que se llama
el polvo de la eterna resurrección,
es el estado en el que es preciso no dejarse FIJAR
y no el cual
pero a través del cual
yo fijo los dominios de conciencia que yo quiero destruir y
eliminar
porque no hay
y no debe haber allí conciencia,
no es un estado en suma
sino un cuerpo,
una eliminación de todo cuerpo,
el grado eliminativo (mierda)
el terrible paso por el fuego verde y negro
que no debe mostrarse
pero a través del cual se reposa,
y el vacío y lo pleno.
P.S.:Es un agujero que no debe ser dejado vacío
y por medio del cual, con la ayuda del cual se reposa de
los cuerpos de más en más terribles
y evidentes
de lo pleno
Es el grado del vestido definitivo
que permanece
invisible solamente
cuando se lo mira.
¿Se podrá quizá mirarlo?
Es el estado de perfección
y esa perfección es ser uno mismo,
la perfección del dolor absoluto donde se está solo
pero solo CONSIGO MISMO
solo como en sí mismo.
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Somos parecidos a esos sapos que en la austera noche de los pantanos se llaman sin verse, doblegando con su grito de amor toda la fatalidad del universo.
René Char
No haría falta amar a los hombres para darles una ayuda real. Sólo desear hacer mejor cierta expresión de su mirada cuando se detiene en algo más empobrecido que ellos, prolongar en un segundo cierto minuto agradable de su vida. A partir de esta diligencia y cada raíz tratada, su respiración se haría más serena. Sobre todo, no suprimirles por entero esos senderos penosos, a cuyo esfuerzo sucede la evidencia de la verdad a través de los llantos y los frutos.
René Char
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