Alfonso Sola González
(Paraná, Entre Ríos, Argentina, 1917–Mendoza, id., 1975)
Recordando esta noche a Lenin
Escupe camarada sobre tu libro abierto
Mientras mi amada se desnuda en el baño
Y abre la canilla del agua caliente
Y me llega,
A través de la puerta sellada
Su dulce ruido adorado
El rumor de sus senos mojándose, llamándome.
El día ha llegado a su fin
Y abandono en la silla que velará la noche,
La corbata pintada por señoritas ciegas y otras flores aún tibias
Que ya no sirven para nada.
Y la lámpara alumbra en la revista de los tigres tristes,
Tu hermosa barba revolucionaria.
Escupe en tu último espejo de nieve, camarada,
Y él te devolverá los fusiles sagrados
De los Doce.
Ya la puerta se ha abierto
Y oigo sus pies desnudos
Caminar en el lento pasillo
Entre cucarachas y tanta niebla escrita
Mientras lentamente dispone las cosas de la noche.
Recuerdo que tal vez fui tu amigo
Tal vez, sí, inútilmente;
Que fui tu sacerdote desalmado
Viajando en sucios trenes con soldados y putas
Hacia el palacio oscuro de la revolución.
**
Poema
Vivir por ti
por mí
por la naranja
del verano
que rodea el sol
y por los pobres hombres
que recogen
las hojas de las rosas
en el viejo jardín perdido
en el otro jardín.
**
Cantos a la noche
I
Erraba yo por la ciudad oscura,
por calles y por rostros caídos a esa sombra
desde la vida o desde las estrellas;
erraba, viejo soñador, castigado
por la belleza que el amor del hombre no alcanza a conocer
y sabiendo
que el ensueño es vano y alejado como una música
detrás de una puerta que nadie abrirá nunca;
sabiendo
que antes que yo y los sueños de mi vida
rieron las hermosas muchachas
y por entonces amaron
y cantaba el ruiseñor y yo no era el amante;
sabiendo
que cuando yo no esté
otras muchachas buscarán mí rostro en el río de los sueños,
que Eurídice volverá de otros infiernos
con los ojos cubiertos por las aguas y la sombra
para escuchar la vieja melodía de Orfeo
y yo no seré nadie en esa música;
sabiendo
que amar es estar perdido
siempre, siempre, siempre desterrado
en un lento palacio.
Y así erraba yo y alcé los ojos, ¡noche!
para mirar tu gran viento quemado,
oh noche, madre inmensa
tendida en los callados arenales de ébano,
y sentí que la tristeza de amar en este mundo
sólo una fuente,
sólo el canto de un pájaro, sólo una gota de sangre,
no descendía de tu imperio ni de tu gran piedad
sino que aquí crecía,
en el jardín terrestre
donde los hombres y la luz combaten
entre ramas de mármol y pantanos.
Y así pensé en los dioses
que tú nutriste con tus ubres consteladas,
desdichadas criaturas hermosas en su fuego de piedra,
con sus coronas de carbón celeste,
con sus cabelleras de agua dulcemente tejida
para las abejas enloquecidas de amor;
pensé en los dioses de vellosos ijares ardientes
prisioneros de una garza del aire,
de una mejilla pastoral;
los bellos dioses que resplandecieron en la vastedad
y en la arena que flota sobre el mar, y en el viento
que sopla en los cóncavos espacios;
los dioses anteriores
que crearon la alabanza y la tragedia
y los himnos que azotan la tierra y la devastan
con sus carros de hierro.
Pensé en los dioses hijos de tu amor, oh noche,
de tus majestuosos racimos genitales.
Pensé en los dioses
y no pude llorar por su insigne desgracia.
Perdidos en tu reino
se extinguieron como leños sagrados,
como ricas cenizas en el vasto
calor de la rosa lejana.
Pero nosotros
pálidas criaturas,
pájaros de pelo delgado y frío,
animales de fina calavera
delicada como pétalos de nácar,
nosotros
herederos de la gran soledad, escombros del espacio
enterrado en tu gran vientre solemne,
nosotros, soñadores, hijos de la mujer,
engendrados en su luna caída,
nutrimos nuestros sueños con infieles palabras
que el diluvio arrastró como un bosque de arpas
y quisimos poblar la antigua soledad donde arde
la médula brillante del vacío
donde alimentas, ¡vieja loba nevada!
la vasta creación.
II
En el mes de septiembre el hemisferio austral ve llegar la
engañosa primavera con su espejo de almendra.
(¡Ofelia, Ofelia, olvida tu canción!)
Cantando nos perdemos en la oscura ciudad entre los
hombres y las muchachas renacidos en el brillante pavor
de sus cálidos cuerpos, y los amantes queman la rosa del
amor junto al mar que golpea sus sienes inocentes.
(En Dakar es de noche.
Caminamos por la pista del aeropuerto,
viajeros hacia París o Londres,
indiferentes, sensatos, silenciosos
junto al ángel de plata que ha cruzado el mar.
Negros insomnes tallados como ídolos
en el azúcar caliente de la noche.
Solo. Cambiando dinero en el bar de otro continente
sin preguntar por ti. Lejos
de nuestros países agrupados
en torno de las frutas.
solo en la noche tórrida de espumas calcinadas
solo, como el nácar celeste de una vena
quemada por el aliento de ángeles impuros.
Solo en la noche de Dakar,
perdido en el plumaje de un pájaro de llama negra,
en la voz de los viajeros desconocidos,
en el ruido del mar que se levanta resonando
como un trueno de luto.
Solo, lejos de ti,
lejos de las maderas unidas de nuestra casa,
de una pesada pluma de piedra junto al cielo
en Mendoza.
Solo, lejos,
en otra noche estoy).
En el mes de septiembre en nuestras tierras del oeste
reverdecen las viñas
y vienen desde lejos apasionadas noches
en los carros espumosos del agua.
Tú cantas y te pierdes en la oscura ciudad,
sonriendo, mi amor,
sollozando, mi amor,
y buscas el jardín adorado que cuelga
de las llaves del cielo.
El racimo solar cae sobre estos montes
y te golpea el pecho con su piedra de miel.
Como desde lo hondo de un rostro
sepultado en arcones de polvo,
has contemplado el sueño vano de la juventud.
Ahora ya es de noche y duermen los amantes
eternamente separados
en cada sueño,
en cada
latido que gotea una arena distinta.
El desvelado, ausente de un reino,
de una ciénaga de rosas
regresa a la ciudad cuando desciende
sobre la inmensa sombra
la lanza solitaria de la luna.
III
Erraba yo, y vanamente preguntaba.
Llamo a esta puerta iluminada donde
un hombre ha derramado su lámpara de vino;
llamo a esta ventana que han cerrado
para que yo no llame. Este es el resplandor
atroz de la taberna de los pobres
inundada por un río pesado donde flotan
pájaros del diluvio.
Esta es la mirada del ídolo cubierto
de pálidos cabellos tejidos por la muerte,
el ídolo que roe las maderas
podridas de la noche y sonríe en los vastos espacios.
(¿O pensé acaso en el ruiseñor que cantó en aquel granado?)
Preguntaba yo, y allí estaba mi padre
que no dormía en la alta noche velando por el hijo
perdido en la violencia y el canto de las rosas.
Y pregunté qué era esa respiración mortal
y vi un jardín de aire enloquecido
que un gran pájaro bebe solitariamente.
Y sólo el amor paseaba
Con su espejo bordado de hiedra roja y viento.
Alcé entonces los ojos, y también más allá
donde no estás, donde se pierde
inútilmente el hierro de los hombres,
vi el león majestuoso de los astros
alzándose despacio en las arenas
sagradas de la música.
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jueves, 18 de mayo de 2017
sábado, 22 de octubre de 2011
Aquí la noche es un hombre caído
ALFONSO SOLA GONZALEZ
(Paraná, provincia de Entre Ríos, Argentina, 1917-Mendoza, 1975).
Nota: esta entrada se la dedico a Alcira "Tuki" Carboni
Vosotros que dormís en las bellas estatuas donde el sueño del mundo se detiene.
Coronados, ciegos de ojos gloriosos: Tomad mi pobre corazón adormecedlo en vuestro eterno encanto.
El mirlo de otro tiempo ha cantado en su laurel de olvido.
Dulce el crujido de las hojas antiguas, bajo los pasos del que regresa embellecido por la muerte.
Ah, pobre corazón, junco de oro tembloroso quebrado en las orillas que pisaron los dioses!!
Los magníficos mantos que ningún viento mece...
Dichosos los que han muerto y cantan en las arpas de piedra.
Te alabo como infame hoja de infame ortiga. Como polvo de ortiga, como sombra de ortiga en los dedos de un dios.
Canta el mirlo reciente en la arboleda y la arboleda ha muerto en la canción del mirlo de otro tiempo.
Bajo la luna lenta de las criptas...
Dejad mi corazón en esta sombra.
El huésped del delirio bebe su lenta luna iluminada.
un himno que las piedras arrancan del amor.
...canto circular como la noche..
Retornas como el paso de un gran mendigo.
Ojos quemados por el polvo nocturno.
Más allá del desierto que devora las lámparas y el rostro de los sueños; más allá de los muros que levantan la cal y la saliva de la muerte; más allá de las rocas donde embisten con sus hocicos de espumosa hiedra los caballos del mar, donde se hunde el trono majestuoso de la noche, alguien sueña...
...y la antigua nostalgia de ruiseñor le quema el pecho, para que el ruido oscuro de una rosa ate un río de pájaros al mundo y una música perdida.
La corona desciende como un imperio calcinado y bello sobre la cabellera y la quemada piedra de la noche.
Viejo soñador, castigado por la belleza que el hombre no alcanza a conocer ...!!
Amar es estar perdido, siempre desterrado en un lento palacio.
Oh noche..Madre Inmensa!!
Pensé en los dioses que tu nutriste con tus ubres consteladas, dioses de ijares ardientes prisioneros de una garza del aire, los bellos dioses que resplandecieron en la vastedad y la arena que flota sobre el mar, los dioses anteriores que crearon la alabanza, la tragedia y los himnos que azotan la Tierra y la devastan con sus carros de hierro.
Pensé en los dioses y no pude llorar por su insigne desgracia.
Nosotros somos herederos de una gran soledad.
Bosque de arpas.
Antigua soledad donde arde la médula brillante del vacío.
Ofelia, Ofelia, olvida tu canción.
Cantando nos perdemos en la oscura claridad.
Caminamos silenciosamente junto al ángel de plata que ha cruzado el mar.
Solo en la noche tórrida de espumas calcinadas.
Solo como el nácar celeste quemado por el aliento de ángeles impuros.
Tú cantas y te pierdes en la oscura ciudad y buscas el jardín adorado que cuelga de las llaves del cielo.
Latido que gotea una arena distinta.
Sobre la inmensa sombra, la lanza solitaria de la luna.
Llamo a esta puerta iluminada donde un hombre ha derramado su lámpara.
Llamo a esta puerta que han cerrado para que yo no llame.
Esta es la mirada del ídolo cubierto por pálidos cabellos tejidos por la muerte, el ídolo que roe las maderas podridas de la noche.
Pregunté qué era esa respiración mortal y vi un pájaro bebiendo solitariamente.
Y sólo el amor paseaba con su espejo bordad de hiedra roja y viento.
Alcé entonces los ojos, y también más allá donde no estás, donde se pierde inútilmente el hierro de los hombres.
Oh nodriza de calcinados pechos, madre salvaje y ciega ...!!
Yo conocí su mesa y sobre su mesa el pan del desamparo y sus oscuras manos ofreciendo la pobreza y el frío.
Ellos cantan la noche.
Dime, pregúntame otra vez quién eres!!
Río extraño que arrastra los calientes desperdicios de la noche y las flotantes hojas vagabundas de una canción atroz.
Sólo ves la imagen de un ángel que se hunde con las alas abiertas.
Y el mar alza la lámpara de los pájaros grises para decir que no.
Te vi vestida como si llegaras con un ramo de agua y sin olvido.
Un día todo comenzará a cubrirse con el último pájaro.
Cómo fulgura el carro de los ángeles.
Te he visto entrar en la sala del rey y te he reconocido.
Y todo es como un arpa cerrada.
Madera del mar que se quema en tu pelo.
¿Cómo será un cementerio perdido en el corazón del poema.
Los caracoles son los visitantes, andan despacio y no honran a nadie. Saben demasiado para ocuparse de las piedras.
Un niño mira una mariposa y la sigue: Es tu tumba.
Y sin embargo ascendía entre infiernos cantando.
Alguien canta una canción que no conozco, que no conoceré nunca.
Este espejo roto clavado en mis ojos refleja el viento vagabundo que pasa por la calle solitaria con el alma perdida.
Erraba como nadie, como el hueso de un pájaro arrebatado a la flor del plumaje.
El canto era distinto, como una espada y el guerrero.
Y alcé mi rostro, noche otra vez para juntar mis ojos desterrados.
Aquí la noche es un hombre caído.
Aquí la noche es el asesino desgarrado por el diente de oro de su crímen.
Aquí la noche es la noche de los hombres.
Pero tú, antigua noche, lames la pureza de tu vientre cavado por un río de plata y engendras el terror y la belleza.
***
Poema
¿Hasta qué otro paisaje he de llegar
para encontrar la tan querida muerte?
Las piedras de otros países no te responden
y el mar alza la lámpara de los pájaros grises
para decir que no.
No busques el camino más allá
de la infancia.
En tu casa hay una vieja fotografía
donde ya estás muerto,
Alfonso.
***
POEMA
Y yo no podría decir que aquello fuera así
o tal vez como un sueño,
como una vieja melodía junto al fuego apagado
que alguien recuerda antes de partir.
Pero vi que mi mano caía sobre el rostro de los hombres
y ya no relucía su rubí codicioso
ni era mi mano aquella, sino el miedo
de otros dedos manchados que no eran los míos
y me acercaban otras manos que tampoco
conocían las gracias de la vida.
Y todo se movía o creía estar en un camino hacia los ángeles
y con temor amoroso de las jerarquías, ascendían
todos, despacio.
Sí, ellos también. Todo, todo se movía dichosamente.
Todo quiso decir: el hermano
y el amigo con su viejo sombrero de hierro,
dulce para el perdido en la noche
entre las estrellas del jardín.
Y era saber cómo se enciende el fuego,
cómo se abre la puerta para el que sólo trae
lentas arcas de olvido.
Y era decir: Tú y yo, caminando por los viejos mercados,
junto a las bestias sacrificadas y los frutos que arden
entre los pobres y los ricos
y la hermosa moneda de impiedad que los separa.
Y todo quería decir ofrecerme a esta vida
que me ha dado estos ojos con que muero y te miro,
y herirte sin descanso
con la resplandeciente mordedura del hombre
perdido, repartido bajo nubes feroces.
Y sin embargo ascendía entre, infiernos, cantando.
(Paraná, provincia de Entre Ríos, Argentina, 1917-Mendoza, 1975).
Nota: esta entrada se la dedico a Alcira "Tuki" Carboni
Vosotros que dormís en las bellas estatuas donde el sueño del mundo se detiene.
Coronados, ciegos de ojos gloriosos: Tomad mi pobre corazón adormecedlo en vuestro eterno encanto.
El mirlo de otro tiempo ha cantado en su laurel de olvido.
Dulce el crujido de las hojas antiguas, bajo los pasos del que regresa embellecido por la muerte.
Ah, pobre corazón, junco de oro tembloroso quebrado en las orillas que pisaron los dioses!!
Los magníficos mantos que ningún viento mece...
Dichosos los que han muerto y cantan en las arpas de piedra.
Te alabo como infame hoja de infame ortiga. Como polvo de ortiga, como sombra de ortiga en los dedos de un dios.
Canta el mirlo reciente en la arboleda y la arboleda ha muerto en la canción del mirlo de otro tiempo.
Bajo la luna lenta de las criptas...
Dejad mi corazón en esta sombra.
El huésped del delirio bebe su lenta luna iluminada.
un himno que las piedras arrancan del amor.
...canto circular como la noche..
Retornas como el paso de un gran mendigo.
Ojos quemados por el polvo nocturno.
Más allá del desierto que devora las lámparas y el rostro de los sueños; más allá de los muros que levantan la cal y la saliva de la muerte; más allá de las rocas donde embisten con sus hocicos de espumosa hiedra los caballos del mar, donde se hunde el trono majestuoso de la noche, alguien sueña...
...y la antigua nostalgia de ruiseñor le quema el pecho, para que el ruido oscuro de una rosa ate un río de pájaros al mundo y una música perdida.
La corona desciende como un imperio calcinado y bello sobre la cabellera y la quemada piedra de la noche.
Viejo soñador, castigado por la belleza que el hombre no alcanza a conocer ...!!
Amar es estar perdido, siempre desterrado en un lento palacio.
Oh noche..Madre Inmensa!!
Pensé en los dioses que tu nutriste con tus ubres consteladas, dioses de ijares ardientes prisioneros de una garza del aire, los bellos dioses que resplandecieron en la vastedad y la arena que flota sobre el mar, los dioses anteriores que crearon la alabanza, la tragedia y los himnos que azotan la Tierra y la devastan con sus carros de hierro.
Pensé en los dioses y no pude llorar por su insigne desgracia.
Nosotros somos herederos de una gran soledad.
Bosque de arpas.
Antigua soledad donde arde la médula brillante del vacío.
Ofelia, Ofelia, olvida tu canción.
Cantando nos perdemos en la oscura claridad.
Caminamos silenciosamente junto al ángel de plata que ha cruzado el mar.
Solo en la noche tórrida de espumas calcinadas.
Solo como el nácar celeste quemado por el aliento de ángeles impuros.
Tú cantas y te pierdes en la oscura ciudad y buscas el jardín adorado que cuelga de las llaves del cielo.
Latido que gotea una arena distinta.
Sobre la inmensa sombra, la lanza solitaria de la luna.
Llamo a esta puerta iluminada donde un hombre ha derramado su lámpara.
Llamo a esta puerta que han cerrado para que yo no llame.
Esta es la mirada del ídolo cubierto por pálidos cabellos tejidos por la muerte, el ídolo que roe las maderas podridas de la noche.
Pregunté qué era esa respiración mortal y vi un pájaro bebiendo solitariamente.
Y sólo el amor paseaba con su espejo bordad de hiedra roja y viento.
Alcé entonces los ojos, y también más allá donde no estás, donde se pierde inútilmente el hierro de los hombres.
Oh nodriza de calcinados pechos, madre salvaje y ciega ...!!
Yo conocí su mesa y sobre su mesa el pan del desamparo y sus oscuras manos ofreciendo la pobreza y el frío.
Ellos cantan la noche.
Dime, pregúntame otra vez quién eres!!
Río extraño que arrastra los calientes desperdicios de la noche y las flotantes hojas vagabundas de una canción atroz.
Sólo ves la imagen de un ángel que se hunde con las alas abiertas.
Y el mar alza la lámpara de los pájaros grises para decir que no.
Te vi vestida como si llegaras con un ramo de agua y sin olvido.
Un día todo comenzará a cubrirse con el último pájaro.
Cómo fulgura el carro de los ángeles.
Te he visto entrar en la sala del rey y te he reconocido.
Y todo es como un arpa cerrada.
Madera del mar que se quema en tu pelo.
¿Cómo será un cementerio perdido en el corazón del poema.
Los caracoles son los visitantes, andan despacio y no honran a nadie. Saben demasiado para ocuparse de las piedras.
Un niño mira una mariposa y la sigue: Es tu tumba.
Y sin embargo ascendía entre infiernos cantando.
Alguien canta una canción que no conozco, que no conoceré nunca.
Este espejo roto clavado en mis ojos refleja el viento vagabundo que pasa por la calle solitaria con el alma perdida.
Erraba como nadie, como el hueso de un pájaro arrebatado a la flor del plumaje.
El canto era distinto, como una espada y el guerrero.
Y alcé mi rostro, noche otra vez para juntar mis ojos desterrados.
Aquí la noche es un hombre caído.
Aquí la noche es el asesino desgarrado por el diente de oro de su crímen.
Aquí la noche es la noche de los hombres.
Pero tú, antigua noche, lames la pureza de tu vientre cavado por un río de plata y engendras el terror y la belleza.
***
Poema
¿Hasta qué otro paisaje he de llegar
para encontrar la tan querida muerte?
Las piedras de otros países no te responden
y el mar alza la lámpara de los pájaros grises
para decir que no.
No busques el camino más allá
de la infancia.
En tu casa hay una vieja fotografía
donde ya estás muerto,
Alfonso.
***
POEMA
Y yo no podría decir que aquello fuera así
o tal vez como un sueño,
como una vieja melodía junto al fuego apagado
que alguien recuerda antes de partir.
Pero vi que mi mano caía sobre el rostro de los hombres
y ya no relucía su rubí codicioso
ni era mi mano aquella, sino el miedo
de otros dedos manchados que no eran los míos
y me acercaban otras manos que tampoco
conocían las gracias de la vida.
Y todo se movía o creía estar en un camino hacia los ángeles
y con temor amoroso de las jerarquías, ascendían
todos, despacio.
Sí, ellos también. Todo, todo se movía dichosamente.
Todo quiso decir: el hermano
y el amigo con su viejo sombrero de hierro,
dulce para el perdido en la noche
entre las estrellas del jardín.
Y era saber cómo se enciende el fuego,
cómo se abre la puerta para el que sólo trae
lentas arcas de olvido.
Y era decir: Tú y yo, caminando por los viejos mercados,
junto a las bestias sacrificadas y los frutos que arden
entre los pobres y los ricos
y la hermosa moneda de impiedad que los separa.
Y todo quería decir ofrecerme a esta vida
que me ha dado estos ojos con que muero y te miro,
y herirte sin descanso
con la resplandeciente mordedura del hombre
perdido, repartido bajo nubes feroces.
Y sin embargo ascendía entre, infiernos, cantando.
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Somos parecidos a esos sapos que en la austera noche de los pantanos se llaman sin verse, doblegando con su grito de amor toda la fatalidad del universo.
René Char
No haría falta amar a los hombres para darles una ayuda real. Sólo desear hacer mejor cierta expresión de su mirada cuando se detiene en algo más empobrecido que ellos, prolongar en un segundo cierto minuto agradable de su vida. A partir de esta diligencia y cada raíz tratada, su respiración se haría más serena. Sobre todo, no suprimirles por entero esos senderos penosos, a cuyo esfuerzo sucede la evidencia de la verdad a través de los llantos y los frutos.
René Char
René Char
No haría falta amar a los hombres para darles una ayuda real. Sólo desear hacer mejor cierta expresión de su mirada cuando se detiene en algo más empobrecido que ellos, prolongar en un segundo cierto minuto agradable de su vida. A partir de esta diligencia y cada raíz tratada, su respiración se haría más serena. Sobre todo, no suprimirles por entero esos senderos penosos, a cuyo esfuerzo sucede la evidencia de la verdad a través de los llantos y los frutos.
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