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5 abr 2013

Capítulo 17 - revisited

José María Blázquez... a quien se atribuye eso de «el mío es el mejor aunque rebuzne»
No cabe duda de que uno de los capítulos más polémicos del libro fue el de Alfredo González Ruibal; «El desastre académico de la arqueología». Muchos lo han criticado, otros lo hemos admirado y alguno aún no se lo ha leído... No os haré comprar el libro, está en Academia.
El miércoles, el BOE publicaba una serie de plazas para la Universidad de Valladolid, entre las que había una para arqueología. Lo primero que le viene a uno es una sensación de alegría, por ver que aún hay cierto futuro para nuestros investigadores sin tener que irse a Sudáfrica (un abrazo Paloma). Por desgracia, la alegría dura poco al empezar a leer. Dicen que la mujer del rey no sólo tiene que ser buena, sino parecerlo. Una vez más, nos encontramos ante un problema de ética y estética.
El perfil de la plaza ofertada dice: «Actividades docentes e investigadoras a realizar por quien obtenga la plaza: Docenciaen materias propias del área.» Hasta aquí bien... «Investigación en neolítico y calcolítico...» Vale... «...en la meseta norte española y arqueología y antropología de las drogas» ¿? Entonces un no-doctor curioso decide ir a Google y escribir en el buscador: "valladolid arqueologia neolitico drogas" sin sorpresas. Elisa Guerra Doce (que hay que dar nombres) va a ganar esta plaza, antes de que fuera convocada. ¿Para qué la convocamos? Prefiero que directamente se la den, por lo menos no pareceremos tontos.
He de decir, que personalmente no tengo nada contra la Dra. Guerra, a quien le deseo el mayor de los éxitos. La 'queja' es por un sistema en el que no se puede ser tan descarado. Podemos estar de acuerdo en la búsqueda de perfiles concretos que permitan formar grupos homogéneos (o heterogéneos, según las necesidades), pero no es preciso hacer perfiles tan marcados. ¿Qué va a hacer cualquier otro candidato cuando llegue allí? ¿Merece si quiera la pena presentarse a esa plaza? Los perfiles cerrados deberían corresponder a grupos de investigación por proyectos (del estilo de los del ERC que nos presentaba en el libro Pilar López), pero no a plazas.
Este tema ha tenido ya su pequeña repercusión en las redes sociales, pero creo que la reflexión de fondo debe ir mucho más allá y clamar de nuevo por un modelo diferente en la contratación universitaria, que prime el trabajo y no la familia. Pero eso no es tradición española.


14 ene 2013

Capítulo 53

No haremos nada si no saben qué hacemos
Martiño Xosé Vázquez Mato

Desde que inicié mi carrera investigadora, ahora profesional, me han acusado de ser demasiado localista. Será porque es mi realidad inmediata, la que conozco y, en suma, la que puedo cambiar. Soy un firme defensor del Think Global, Act Local. Es por esto que mi contribución a esta reflexión conjunta del Futuro de la Arqueología se centra en reflexionar sobre el ámbito de la misma y su percepción en los ciudadanos de nuestro radio de acción.
Si salimos de nuestro nicho conceptual, nos ponemos en la piel del 99% de la sociedad desconocedora de nuestra realidad profesional y nos preguntamos sobre arqueología, no a nivel global donde evidentemente clichés como Indiana Jones o las pirámides de Egipto se llevarían la mayoría de las referencias, sino en nuestro ámbito territorial más inmediato; lo primero que se nos debería venir a la cabeza son referentes cercanos como por ejemplo los museos arqueológicos de nuestras ciudades. En el caso de mi ciudad, Ourense, el museo lleva 12 años cerrado a la espera de una eventual reforma. Al igual que cerrados se encuentran otros “centros de interpretación” de yacimientos de la provincia como consecuencia de la falta de planificación e inexistencia de planes de viabilidad en su construcción. Situaciones que, a pequeña escala, reinciden en el concepto de “burbuja cultural” que todos los gallegos conocemos bien por nuestra hipoteca adquirida con el contenedor de Eisenman. De este modo un escaparate magnífico para acercar tanto nuestra labor como el patrimonio arqueológico a la sociedad, e incidir en la importancia de su protección, investigación y difusión, pasa inadvertido a ojos de cualquier ciudadano. Aquellos que algún día lo vieron abierto lo habrán olvidado y quienes no tuvieron esa suerte ni siquiera sabrán de su existencia.
¿Qué otro contacto puede tener una persona normal con la arqueología en nuestra provincia?. Si somos una persona con inquietudes culturales y leemos la prensa a menudo, podremos ver de cuando en vez alguna excavación arqueológica que, con cargo a alguna ayuda europea, pretende poner valor este u otro yacimiento. Pero pasan los meses y, salvo honrosas excepciones, no volveremos a saber nada del lugar. Otro tipo de contacto puede ser obligado por la Administración si tenemos la “mala suerte” de querer construir o reformar nuestra casa dentro de un conjunto histórico o área protegida de algún yacimiento y que para tener la preceptiva licencia de obra nos requieran de los servicios de un profesional en arqueología. Así pues, ante la atomización del sector con empresas que no son más que autónomos tratando de sobrevivir, pediremos presupuestos a algunos de ellos observando las grandes diferencias en los totales. Algunos hablarán de un supuesto convenio y otros ni lo mencionarán.
¿Qué futuro pretendemos tener con esta panorama?. Fuera de debates sobre la inexistencia de una titulación específica en arqueología, la evidencia de una administración anacrónica, el recorte en proyectos de investigación, reformas aberrantes en la legislación patrimonial, la dependencia del sector de la construcción, etc.; preguntémonos cuál es el reconocimiento social de nuestra profesión y qué hacemos para mejorarlo. Nosotros en eso estamos.

29 nov 2012

Capítulo 52

Caminante no hay futuro, ¿Podremos hacerlo al andar?
Sergio Escribano Ruiz


El futuro… la arqueología… Seguramente hoy son mayoría quienes consideran que son dos términos enfrentados, y lo harán por razones tan sólidas como evidentes. Afortunadamente no existe la razón única y mediante estas breves líneas trataré de ofrecer una visión más optimista, quizá ilusa. Y lo haré porque ha sido la forma en la que he afrontado mi experiencia en arqueología desde hace ya más de una década, con mucha ilusión y trabajo. Y, de momento, así seguimos…
Pero, además, mi argumentación será un tanto paradójica, ya que defiendo que el mayor potencial de la arqueología reside en la línea de investigación menos desarrollada en la actualidad, aquella que estudia el pasado que se extiende desde 1500 hasta el presente. La pluralidad de designaciones disponibles para hacer referencia al estudio material de este lapso cronológico (arqueología postmedieval, histórica, industrial, del pasado reciente y contemporáneo, postcolonial) es un claro síntoma de su dinamismo actual. Pero evidencia también el estado emergente de la arqueología post1500, un campo desarrollado aún al margen de los cauces unificadores de la mayoría académica.
Esta indefinición o estado emergente es uno de los aspectos por los que creo que la arqueología del pasado reciente puede ser la arqueología del futuro para algunos de los que aún no hemos conseguido consolidar nuestro futuro laboral. Todavía es una tierra de nadie. Aunque es el periodo más representado en la estratificación de cualquier paisaje, edificio o excavación, apenas ha sido objeto de investigación específica. Por tanto, existe una cantidad ingente de material esperando a ser estudiado. Y l@s arqueólg@s estamos comenzado a ser conscientes de ello. Aún recuerdo cuando me llamaban “periodista” por dedicarme al estudio de la cerámica postmedieval. Ahora, parte de la gente que se dedicaba a la arqueología “verdadera”, está comenzando a estudiar los periodos más próximos del pasado, evidenciando que hay futuro en la interpretación histórica de los restos materiales recientes.
Pero, más allá del vacío académico e historiográfico, consideramos que la fuerza de la arqueología del pasado reciente y contemporáneo reside en otro aspecto, en su potencial para construir una historia crítica de la sociedad actual. Desde que Tarlow y West (1999) nos demostraran que el pasado reciente nos resulta menos familiar de lo que creemos y desde que Buchli y Lucas (2001) nos hicieran ver la necesidad de una arqueología contemporánea, una arqueología del yo, su práctica está siendo imparable en Europa.
En España ya se han dado los primeros pasos al respecto, ya hay un camino a seguir. Sólo queda que seamos much@s más los que nos encontremos en ese camino, y que entre tod@s sustituyamos la historia vigente por otra que, al incorporar el discurso material, construya un relato más inclusivo del pasado y proporcione un nuevo conocimiento sobre el presente.
Es posible que esta profecía se cumpla para algún@s. También es probable que no; que se quede en una simple divagación, en una destilación de las ideas que ahora rondan mi mente. Si desgraciadamente el futuro me obligara a asumir mi fracaso predictivo, al menos podrá consolarme la intención de esta breve reflexión, tratar de mantener la esperanza ante la penumbra que se cierne sobre el horizonte arqueológico.

21 nov 2012

Capítulo 51

Verde (des)esperanza
F. Rafael Varón Hernández



Recientemente terminaba una charla de divulgación arqueológica en la que repasaba los últimos 200 años de la Arqueología en Álava con un planteamiento personal de cómo veía el sector profesional y las “otras” arqueologías, las que hacemos desde la Academia y las que practicamos desde las sociedades científicas no ligadas al mundo universitario.
El truco visual de power point era poner sobre fondo gris los aspectos negativos y en verde los positivos. Para las arqueologías de la universidad y de las agrupaciones culturales propuse algunas líneas de optimismo, usando el marco verde, mientras que para la profesional, el cuadro se quedó sin texto, transmitiendo mi sensación de vacío y de ausencia de futuro, al   menos de inmediato.
En el tercer tiempo, tras la charla, y con los correspondientes vasos en las manos, tanto mis compañeros de empresa, como brillantes representantes de la investigación arqueológica –becarios predoctorales- me transmiten el desasosiego que les ha dejado esa última diapositiva.
Lo cierto es que mi visión era muy negativa cuando prepare la charla, y me costó vislumbrar futuro en las otras arqueologías para las que sugerí hacer de la necesidad virtud.
Hoy todavía lo veo peor. Si en el inicio de la crisis, hace un par de años, miraba mi propia incapacidad para reconvertirme laboralmente en otra cosa relacionada con el Patrimonio –visitas guiadas especializadas, documentación virtual de los monumento, y un etcétera no pequeño que se nos proponía- en estos días aprecio, quizás desde el error, que esa reorientación profesional es, básicamente, imposible porque la capacidad de emprender o de inventar está siendo anulada por la situación del mercado y los continuos recortes, que están acabando con el público potencial al que dirigir nuestros esfuerzos profesionales: al ritmo que va la cosa nos vamos a quedar en casa muertos de asco –sin más-.
Tristemente se ha cumplido una de las cosas que no me he cansado de repetir estos últimos años y que no es otra cosa que quiénes nos dedicamos a la Arqueología comercial no éramos distintos de otras profesiones y trabajos, que quizás tratábamos con materiales especiales en sitios especiales, esos que a veces hacen que te lata más rápido el corazón y te permiten marchar a casa feliz a pesar de todo lo feo que haya pasado ese día.
Y hoy nos vemos sumidos en el mismo proceso que el resto de sectores laborales, lo que acaba con el sentimiento de ser especiales y, si alguno nos queda, quizás tengamos que plantearnos que el optimismo que derrochamos es patológico y que vivimos fuera de la realidad.
Sin embargo, yo creo que estamos todos pensando en lo mismo, en que llevamos tantos años trabajando en esto que no nos apetece hacer otra cosa, y que el karma, Fortuna o el ángel de la guarda nos van traer, en forma de llamada telefónica o de e-correo, ese proyecto que nos permita, si no salir de pobres, al menos vivir de lo que nos gusta un poco más y para lo que nos hemos preparado y seguimos formándonos día tras día.
Pero no es así. En próximas jornadas, en lo inmediato, está la asunción de decisiones tomadas por otros que van a desbaratar el camino que hemos transitado en estos últimos 17 años, que como dice el tango, son casi nada.

16 nov 2012

Capítulo 50

Con la cabeza en un lado y el corazón en otro... y viceversa
Natalia Moragas Segura


Hace apenas unos días que leí en el Facebook la invitación abierta de Jaime Almansa de seguir con la línea de debate sobre el futuro de la arqueología en España y me salió un: ¡yo misma! Jaime amablemente me dijo que sí y aquí ando intentando pensar en qué puedo aportar sobre dicha cuestión.
Lo cierto es que mi perfil laboral en la arqueología es “normalmente anormal”. Me explico: desde hace veinte años y, con mayor o menor fortuna, me dedico a la arqueología mesoamericana. Y digo con mayor o menor fortuna porque como suele suceder en nuestra profesión, algunas veces hemos tenido que aparcar la práctica profesional de nuestro oficio para dedicarnos a cosas tan mundanas como cobrar a final de mes. Bromas aparte, a menudo me he sentido un poco rara avis en este mundo arqueológico aunque ahora creo que formaba parte del proceso de aprendizaje, no tan sólo de lo que supone la adquisición de conocimientos, sino del propio medio académico y de gestión universitaria y profesional.
En definitiva y de lo que va este libro… ¿cuál es el futuro de la arqueología en España? O mejor dicho ¿Cuál es el futuro de la arqueología hecha en España? Dado que mi experiencia profesional y personal en los últimos veinte años se ha desarrollado en México y más recientemente en Brasil, creo que mi aportación será una reflexión muy genérica sobre la internacionalización de la arqueología española y su papel en el futuro.
Mi experiencia personal es moderadamente optimista. Moderadamente por la progresiva (aunque tímida) participación  de la arqueología hecha por españoles en proyectos fuera de España y el reconocimiento del trabajo de estos investigadores. Optimista porque de mi época de estudiante hasta hoy en día sí que se observa una mayor apertura de investigadores españoles en proyectos de investigación internacionales.
Sin embargo me sigue sorprendiendo que cueste tanto la internacionalización de la investigación arqueológica y más teniendo en cuenta que en general estamos bien reconocidos tanto por nuestra formación como capacidad de trabajo y nuestra integración en grupos internacionales. A menudo en mis clases acabo sorprendiendo a mis estudiantes comentándoles que hay trabajo ahí afuera. Claro que el “ahí afuera” normalmente se refiere a fuera del continente europeo, en países en los que la formación arqueológica se está implementando y que además están en pleno desarrollo de infraestructuras requiriendo por lo tanto, de una arqueología de urgencia. Además ese “ahí afuera” se refiere también a universidades de provincia y no a las Universidades principales. No obstante, resulta de lo más gratificante saber que contribuyes a la creación de las bases de la arqueología en una región.
No es un camino fácil y menos en un país que aún ve mayoritariamente como un mal el hecho de emigrar y no como parte de la formación laboral. Y es duro cuando son países muy lejos de lo que nosotros consideramos normal en nuestro (ex) Estado del Bienestar.  Pero es un camino aún no del todo explorado y que obviamente requiere de una inversión personal. Me sigue sorprendiendo la poca presencia de empresas de arqueología españolas en licitaciones internacionales o colaborando con otras empresas y/o universidades en proyectos de este tipo. Me sigue asombrando la poca movilidad de nuestros estudiantes y jóvenes profesionales en un siglo en el que las fronteras del conocimiento se diluyen gracias a internet.  
Hay aún un largo camino por recorrer pero ya hemos andado los primeros pasos.

15 abr 2012

Capítulo 49


Mea Culpa de un  Arqueólogo de Gestión
Juan I. García Hernández

“Toda la aspiración de un arqueólogo, es ver conservado in situ el área de excavación, en el propio lugar donde hubo vida, donde realmente debe permanecer el testimonio de la misma, reforzándose el impacto cultural y emocional del visitante; mas que llenar los museos de despojos que, al desenraizarse, pierden gran parte de su fuerza evocadora, la cultura moderna debe hacer surgir de la tierra aquellos recuerdos objetivos que permitan resucitar la Historia y dejarlos allí, sobre su viejo escenario, voces permanentes de unas vivencias humanas que el tiempo inexorable ha consumido” (Miguel Ángel García Guinea)


Me agradó notablemente leer a 45 profesionales (amigos, compañeros, maestros, conocidos -físicamente o por bibliografía- y gratos desconocidos) escribiendo sobre el futuro de nuestra profesión y pasión. Podría resaltar a unos cuantos, pero la verdadera reflexión es ver a un gran y variopinto grupo lanzando preguntas a navegantes y dando su opinión sobre el todo y sobre temas particulares. La verdadera paradoja es la unión de todos ellos. Como no, me dio también por reflexionar sobre el futuro de nuestro pasado. Yo mismo creo que me he encuentro en un momento para pensar en mi futuro.
 Creo que soy postprocesualista. Soy de ese gran grupo de profesionales que no pudo –o no quiso, o no valía para ello- dedicarse por entero al mundo de la investigación de manera mas pormenorizada –o mas reglada. Supongo que algo tuvoque ver el hecho de no especializarme en un periodo concreto, o el haberme dedicado a excavarlos todos por el ansia de trabajar. A veces pienso si me equivoque, si hice bien esto o lo otro, el pasado no deja de ser recuerdos, así como el futuro no deja de ser sueños. De uno y otro, vivimos el presente. Siento envidia sana por los profesionales y amigos que se dedican a la investigación y ven hacer sus sueños realidad. Hay gente que vale para ello, otros lo intentamos. Mis labores de investigación sensu stricto han estado marcadas por la vía administrativa o por una labor divulgativa.
El futuro de la arqueología esta intrínsecamente ligado al futuro de los profesionales que nos dedicamos a ello, por lo que también tendríamos que plantearnos cuál es nuestro futuro ¿Somos técnicos? ¿Somos investigadores? Si no hacemos investigación reglada, ¿eso quiere decir que nos somos investigadores? ¿El arqueólogo de Gestión no investiga? ¿Somos unos románticos? En este volumen se nos planteaba en muchas de sus paginas la diferencia entre la actividad arqueológica de universidades e instituciones con la de los llamados ‘mercenarios’ de la Arqueología de gestión, llegándonos a preguntar quién es arqueólogo, y quién no; quién gestiona cultura y quién es gestor cultural -esta es una gran diferencia aunque no lo parezca, si planteamos la cultura como producto, la gestionaremos como tal. Parece que hemos perdido el norte. No creo que sea así, sino que hay gente que busca el norte magnético y otros el geográfico, en ocasiones en el mismo sitio.   
No creo que el futuro esté en excavar más, sino en proteger lo que tenemos. Siguiendo los postulados de la Gestión Cultural, Patrimonial o Arqueológica, nos tenemos que basar en los tres pilares básicos; Conocimiento, Salvaguarda y Difusión. Dentro de este panorama, encontramos diferentes actores que deberían estar unidos en busca de un mismo fin. Nos referimos a la administración, el público llano y, como no, los profesionales.
Al observar la legislación vigente en materia de Patrimonio –pongamos como ejemplo la que mejor conozco- en la Comunidad Autónoma de Castilla y León, observamos que esta encaminada a la protección y salvaguarda de todo el Patrimonio Castellano Leones:

Artículo 1. Finalidad
1. La presente Ley tiene por objeto el conocimiento, protección, acrecentamiento y difusión del Patrimonio Cultural de Castilla y León, así como su investigación y transmisión a las generaciones futuras.

Observando esta declaración de intenciones, no podemos olvidar una de las cuestiones recurrentes en este tema siempre que hablamos de Patrimonio Arqueológico y su intervención en el mismo; la compatibilidad/conveniencia de realizar intervenciones arqueológicas que exhumen restos soterrados -y por ende, protegidos- en momentos de una cierta inestabilidad en panoramas constructivos, sociales y/o económicos
Al dedicarme al tema patrimonial en mi vida profesional y siendo autóctono de la comunidad de Castilla y León, considero que su fortaleza cultural es la misma que su debilidad si habláramos en términos de análisis DAFO: la ingente cantidad de Patrimonio. Aunque este hecho es meramente común a todas las comunidades restantes, la propia idiosincrasia del pueblo castellano, unido a su papel de secundario de lujo dentro de diferentes políticas estatales, regado por la falta de panorama industrial y desarrollista, ha dado lugar a un panorama cultural suficientemente amplio y continuo como para tener que desarrollar políticas culturales de amplio espectro, que muchas veces quedan en papel mojado. 
No quiero expresar en estas líneas que en momentos de inestabilidad[1] económica las políticas culturales deban pararse, ya que sabemos que no hace falta un momento como el que vivimos para que esto pase, sino que queremos expresar todo lo contrario; la necesidad de realizar actividades/dinámicas/iniciativas de carácter cultural, que vayan encaminadas hacia los parámetros de  la propia gestión cultural, bajo el binomio del trébol, es decir: Investigación, Salvaguarda y Difusión; Disfrute, Conocimiento y Protección[2], buscando convertir un Bien Cultural Pasivo en un recurso Cultural Activo.
En teoría, suena bien. La cuestión sería cómo. ¿Cómo hacer que verdaderamente esta legislación –y en todas las comunidades igual- se lleve a cabo esta protección y difusión de nuestras actividades? ¿Cómo hacer que el gran público no nos vea como cazadores de tesoros? ¿Cómo crear conciencia histórica arqueológica en la sociedad?
Tenemos que mirar a todos lados, tanto hacia adelante como hacia atrás, y a otras ciencias y conciencias. Tenemos un ejemplo del cual podemos sacar muchas ideas y que esta intrínsecamente unido a nosotros, como es el patrimonio natural. Desde mediados de los ‘70 se ha venido matizando la idea de ecologismo, medio ambiente y reciclaje. Las generaciones de la transición y algunas anteriores, tenemos inclucada una conciencia ecológica, y todos de una u otra forma, somos mas o menos ecologistas, o por lo menos sabemos lo que está bien o esta mal en estos parámetros. En cuestiones patrimoniales, todavía no se le da el mismo valor a un cuadro que a “unas piedras”. Ese debería ser uno de nuestros objetivos. El tema del Odissey creo que será nuestro propio “Vasa”.
Ante este hecho, parece que tenemos que hacer las ‘piedras’ atractivas al público (y yo que soy seguidor de Ruskin). Si no podemos hacerlas atractivas, ya que no pueden ser visitables, o por el contrario hay poco con lo que poder hacer una visita, utilizamos las posibilidades que nos ofrecen las nuevas tecnologías. Antes de seguir, decir que el tema de los TIC y NTIC es sumamente beneficioso para el patrimonio y la cultura en general. Lo malo es su uso excesivo y su frialdad virtual. Puedes hacer cualquier cosa, descargarte toda la información habida y por haber de lo que estás viendo, hacer una vista virtual a los restos de la manera en que fueron concebidos, observarlos a vista de pájaro en una pantalla, controlando nosotros lo que queremos ver, todo ello, sin moverte de casa, sin tocarlo, sin sentirlo. Es como si quisiéramos enseñar un paradiddle escuchándolo, saber si algo está soso oliéndolo, enamorarte de alguien, con una mirada furtiva de espaldas, solo teoría y nada de práctica. En parte, es verdad. Es necesaria la teoría para desarrollar la práctica, ciertos sentidos propician y aconsejan la utilización de otros. Una mirada puede ser maravillosa, pero necesitamos otro tipo de contactos, de tiempo, de predisposición para llegar a consumar, a deleitarnos.       
En palabras del gran Forges, “es indignante, las instrucciones para contemplar la puesta de sol, están en ingles”. Nos centramos tanto en las posibilidades que la tecnología nos ofrece, que nos olvidamos las posibilidades que tenemos como homo socialis. Pondremos un ejemplo pragmático para escenificar esta escena. Durante los años mas salvajes del neoliberalismo americano de Reagan, estaba en auge la carrera espacial entre los propios americanos y la antigua Unión soviética., bajo el sobrenombre de Star Wars. Durante esta etapa, el gobierno americano gasto mas de tropecientos (cantidad idealizada) millones en investigación para obtener una tinta de bolígrafo que pudiera ser utilizada por los cosmonautas en condiciones de falta de gravedad. Mientras tanto, los rusos, en sus incursiones espaciales, utilizaban lápices.
¿Qué quiero decir con estas palabras? Nada, solo señalando un hecho. Queremos investigación sin investigar -no creo que en la Universidad formen arqueólogos, forman investigadores, y algunas veces ni eso; proyección social sin divulgación. No podemos calificarnos de ciencia social si el actor mas importante de este teatro, la sociedad, no sabe nada de nosotros y encima nosotros no hacemos nada para que se involucre. Cambiamos cultura por turismo –el turismo cultural no es cultura. Democratizamos la cultura y el patrimonio hacia una sociedad menos interesada en la misma -vivimos ante el paradigma de la reina roja, estamos inmersos en una aculturización brutal por parte de los medios de comunicación. No formamos divulgadores -tener el CAP no me califica como profesor cuando no me gusta enseñar bajo parámetros de educación formal. Sobreutilizamos la tecnología en pos de una mayor comunicación y adecuación de contenidos –tanta tecnología nos está haciendo imbéciles. Nos olvidamos del publico, nos olvidamos de los profesionales, nos olvidamos de la ciencia, nos olvidamos de la cultura, nos olvidamos de las sensaciones. Nuestra búsqueda de respuestas, de nuevos caminos, de lo que nos deparará el futuro, de nuestra profesión tiene que estar lleno de sensaciones.
Hagamos amigos. O no. Somos una de las pocas profesiones que somos capaces de hablar de nuestro trabajo en las situaciones mas inverosímiles y en cualquier horario, cambiando de tema entre lo científico y lo banal, pasando de uno a otro sin ponernos colorados. Si somos capaces de hablar, somos capaces de opinar y somos capaces de hacer una critica constructiva sobre nosotros, sobre nuestra ciencia, del futuro de la misma y de la vida en general, entonces abramos las puertas y las ventanas al debate.
     
Embriagaos… embriagaos constantemente. De vino, de poesía o de virtud, como gustéis. De Arte, Patrimonio o Arqueología, pero por Dios, embriagaos. La primera corre de mi cuenta.


[1] Da igual  hablar de recesión, desaceleración, crisis,…..ya que todos los términos escuchados sobre este momento en cuestión, no dejan de enumerar la cuestión referente; existe una inestabilidad en los mercados que repercute en todas las acciones que realicemos porque, nos guste o no, somos homo socialis, el cual vive en sociedad y desgraciadamente, también somos homo economicus –vivimos en una sociedad de corte eminentemente capitalista.
[2] Llamo ‘binomio del trébol’ a los pilares básicos de la Gestión Cultural porque cada una de las acciones lleva intrínsecamente ligada una acción siguiente; el disfrute por parte de la comunidad, llevara ligado un conocimiento; este conocimiento, llevara ligada la protección, salvaguarda, respeto; la protección a su vez podrá llevar un disfrute o un conocimiento, investigación, información; a su vez, el disfrute estará encaminado hacia la didáctica, divulgación, dinamización, información; el conocimiento, llevara hacia la investigación, divulgación científica, turismo cultural; la protección hacia la salvaguarda, conocimiento, investigación… Es decir, todo está ligado en un mismo circulo, en la forma de un trébol. Siguiendo con el símil, si entra un nuevo concepto dentro de este campo, pues como la vida misma, suerte.

5 ene 2012

Capítulo 48

Profesionalizarnos para trabajar, y no viceversa 
Pablo Aparicio Resco

Había algo que me aquejaba desde hacía tiempo. Una pequeña espinita que clamaba por escapar. Un problema que necesitaba solución urgente: me encontraba estudiando Historia del Arte y quizás no estuviera tan preparado como debiera para acudir a una excavación, para inmiscuirme en el mundo de la arqueología. Por desgracia –y no precisamente para mí– no tenía nada de qué preocuparme.
El sol brillando sobre mi cabeza. Rodillas en el suelo y paletín en mano, llegó el día. Resulta que la gente con la que excavaba codo con codo, en su mayoría estudiantes de Historia, tenían los mismos conocimientos que yo para realizar aquella práctica. Las supuestas asignaturas de arqueología que a todos nos habían impartido en la facultad –incluido a mí– habían sido en realidad un sucedáneo de Historia Antigua, Arte Antiguo e Historia de los Primeros Exploradores. Surgía entonces, tras unas cuantas campañas en las que llegaban “reclutas” igual de preparados que yo en mi primera vez, una terrible pregunta: ¿es que acaso cualquiera vale para hacer arqueología? Eso parecía.
Hoy me acosa otra de igual calibre: ¿es que acaso ninguno valíamos para hacer arqueología? Desgraciadamente, me temo que así es: la cantera de arqueólogos no se encuentra en las universidades sino en los yacimientos. A fuerza de consejos “a pie de obra”, fallos y errores, y mucha práctica, se forman los peones de la arqueología, supervisados, eso sí, por todo tipo de alfiles, torres, caballos, reyes y reinas en continuas guerras y disputas. Todo ello da pie a que se considere válida para excavar a gente proveniente de un amplísimo arco de estudios delimitado según su cercanía a la Historia. Esta situación es, sin embargo, comprensible e indispensable para que surjan arqueólogos ya que no existe en España ninguna titulación específica de nuestra disciplina –en la actualidad, y sin ninguna promoción todavía, existen solo tres universidades que imparten un dudoso Grado de Arqueología–.
Este sistema en el que hay que trepar desde el barro ayudado por un fuerte autoaprendizaje, esquivando las zancadillas de todos aquellos que se niegan a perder el protagonismo schliemaniano, es la causa de que hoy la sociedad considere la arqueología como algo que hacer en los veranos, como un romántico hobby de tiempo libre. Es la causa de que la Arqueología no esté considerada como una profesión más, en la que también se suda, también se duerme poco y mal, también se ve poco a la familia, también se lucha con la burocracia. Y, para colmo, se ganan cuatro duros. Para que luego te digan que “son cuatro piedras”, que “¡Anda! ¡Como Indiana Jones!” y que “no nos cansaremos mucho dándole al pincel”.
Creo que, de cara al futuro, es extremadamente necesaria la profesionalización de nuestra disciplina. Por lo pronto, estableciendo una titulación universitaria propia y reconocida que se imparta en toda España. Y no basta con cambiar el hábito y no al monje, cosa que me temo que se está llevando a cabo, no basta con cambiar el nombre y no los contenidos: es necesario que se imparta y se enseñe una arqueología actual, pública, social y patrimonial. Es imprescindible la puesta en marcha de la enseñanza de una arqueología técnica que verdaderamente prepare al arqueólogo para ser capaz de llevar a cabo, con las mejores armas, los tres pilares de su disciplina: la excavación, la investigación y la divulgación. Sin ello jamás conseguiremos un reconocimiento como lo que al fin y al cabo somos: trabajadores.
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Pablo Aparicio Resco Nacido en 1989, soy estudiante del último año de Historia del Arte en la Universidad Complutense de Madrid. He participado en campañas de excavación en diversos yacimientos de España, la República de Macedonia e Italia. Durante el año pasado estuve estudiando Arqueología en la Universidad de Roma Tre y excavando en dos yacimientos de esta ciudad.

25 dic 2011

Capítulo 47

Arqueozoología: Crisis de la crisis
Víctor Bejega García
Como la gran mayoría de arqueólogos, cursé la Licenciatura de Historia, teniendo que cursas todas las asignaturas de Prehistoria, Arqueología y Museología posibles para alcanzar una aproximación teórica al asunto, completando la parte práctica con las ya famosas excavaciones veraniegas. Pero, por suerte, en la Universidad de León, el Laboratorio de Prehistoria estaba abierto a los alumnos, por lo que durante el año tenia la posibilidad de trabajar con materiales.
Fue en ese momento, cuando de la mano del profesor Carlos Fernández Rodríguez, inicié mi formación arqueozoológica, concretamente en la rama de la Arqueomalacología. La formación en este tipo de disciplinas es compleja. Si un arqueólogo tiene difícil la formación para aprender a llevar una excavación, en nuestro caso se trabaja abriendo camino. La casi ausencia de publicaciones, manuales o cualquier tipo de material académico al respecto, obliga a buscar la especialización con esfuerzo e ingenio. Junto a mi compañero Eduardo González, especializado en ictioarqueología, hemos recorrido pescaderías, recogido conchas de las playas y pidiendo a los amigos y familiares que nos guardasen los restos de pomposas comidas. Todo para organizar una colección comparativa que facilitase nuestro trabajo.
Pero nuestra lucha no sólo era con nosotros mismos, con desarrollar una metodología de estudio, un marco práctico y teórico. Nuestra lucha también era contra el resto de arqueólogos. Y es que, la Arqueozoología lleva años en crisis, víctima colateral del incremento de excavaciones. La dinámica era demasiado simple. Las empresas arqueológicas recortaban presupuestos para lograr la concesión de obra, por lo que necesitaban “agilizar” los trabajos. Además, los Museos, superados por la gran cantidad de excavaciones desarrolladas, se veían desbordados y no contaban con espacio suficiente para almacenar materiales. Ante la pasividad de administraciones, empresas y museos, se generó una práctica común de no recoger todos los materiales, siendo la fauna el principal sacrificado. Sabemos que es frecuente recoger mucho material, inventariarlo y almacenarlo en el museo, sin estudiar, pero al menos recogido. Pero en nuestro caso, ni siquiera contábamos con esa oportunidad.
He sido testigo de la aplicación de criterios de selección de materiales basados en cuestiones tan científicas como “recoge los huesos grandes”, “recoge sólo lo identificable” (¿por quién?), “coge un par de conchas y tira el resto”. No me imagino tirando media fíbula o medio plato de terra sigillata únicamente por que no estén completas, basándome en criterios sin fundamento sobre un material del que apenas conozco nada. Y sin embargo, es lo que ocurre.  En uno de mis últimos trabajos, he tenido que recoger, bajo mi ética profesional, más de 200 kg de restos faunísticos, que representaban una de las mayores colecciones faunísticas de un yacimiento romano en Castilla y León, cuyo destino era la escombrera.
Esto me hace reflexionar, plantearme qué arqueología se estaba haciendo. Soy consciente de que se han realizado muy buenos trabajos, pero también muy malos. Hemos realizado miles de excavaciones, pero hemos perdido información muy valiosa. ¿De qué nos sirve excavar cientos de yacimientos si no se estudian? ¿Para qué tanto trabajo si luego el material, en el mejor de los casos, se almacena en el museo a la espera de caer en el olvido? ¿Qué futuro les espera? Para muchos arqueólogos, la respuesta es simple. Ya lo estudiarán, becarios-precarios que realicen su tesis doctoral y necesiten materiales. ¿Acaso no es un neo-coleccionismo disfrazado con metodologías de recuperación y contextualización?
Por mi experiencia, creo que uno de los campos de futuro que debemos trabajar los arqueólogos es el estudio de los materiales almacenados. Necesitamos “salvar” las excavaciones realizadas en estos años ahora que estamos a tiempo, estudiar los materiales y completar esos puzles que aún quedan pendientes. Porque la puesta en valor y la construcción de un discurso didáctico requiere tener algo verdadero que contar, y para ello es necesario estudiar los materiales y contextualizarlos con el resto de datos, para obtener un verdadero discurso arqueológico. La tan nombrada interdisciplinaridad de la que todo el mundo habla y solo unos pocos practican.
La tarea de promover estos trabajos, probablemente debería recaer en las Administraciones, pero Universidades y empresas tienen algo que decir. Pero es una reflexión que pocos han realizado. Si se consiguiese avanzar en este camino, la tan ansiada colaboración entre Universidad  y empresas sería factible, se podrían generar puestos de trabajo, se contribuiría a solucionar la problemática de los Museos y se arrojaría mucha más luz a los estudios arqueológicos, reflejado, no sólo en un aumento exponencial del conocimiento histórico y arqueológico, sino también en una mayor veracidad del discurso expositivo.
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Víctor Bejega García. Licenciado en Historia por la Universidad de León, cursé todas las asignaturas de Arqueología y Prehistoria de la carrera, asistí a todas las excavaciones veraniegas que pude y trabajé en el Laboratorio de Prehistoria de la ULE desde 1º para aprender sobre materiales y trabajo de laboratorio. Me especialicé en Arqueomalacología y compaginé mis estudios de doctorado con el trabajo en arqueología de gestión (cuando había suerte) y en lo que fuese saliendo, para poder financiar mi Tesina de Licenciatura, el DEA y, actualmente, la Tesis. No recibí ni una sola beca, pues las instituciones leonesas las retiraron y las de CyL las disminuyeron a cotas ridículas. Actualmente, trabajo como arqueólogo de fortuna. Si tienen la suerte de encontrarme, quizá pueda hacerles un estudio arqueomalacológico.

27 nov 2011

Capítulo 46


El futuro de la arqueología, desde fuera de la arqueología
José Manuel Peque Martínez

Para mí la Arqueología es un campo tan importante como mal tratado y peor conocido dentro de nuestro país. Y creo que el fondo de la cuestión no es un problema de base, ni de metodología, ni de financiación pública, que también, sino esencialmente de difusión y divulgación.
En nuestro país sí se realizan acciones encaminadas al conocimiento de nuestro patrimonio, lo que ocurre es que esas acciones no tienen demasiado eco dentro de nuestra sociedad debido a que no se publicitan lo suficiente. En ocasiones ni siquiera en los municipios donde se hallan museos o yacimientos musealizados existe una correcta información acerca de lo que allí se encuentra.
Y ni que decir tiene que donde no hay una correcta información, no hay público, y donde no hay público no hay dinero, y por lo tanto no hay inversión para realizar un mantenimiento correcto.
Hay que ahondar en esta idea y en otra que he ido observando en estos años de contacto con el mundo arqueológico profesional: la falta de unión y de acuerdo a la hora de realizar los trabajos y cómo hacerlos. Particularmente conozco el caso de Madrid, que es el lugar donde me muevo. Aparte de una sección en el CDL,  sólo existe una asociación profesional, la AMTTA (Asociación Madrileña de Trabajadoras y Trabajadores en Arqueología), con una participación baja.
Evidentemente sin unión no es posible una línea de actuación común ni mucho menos  una única voz para reclamar aquello que actúe en mejora de las condiciones de trabajo de los arqueólogos. Sin unión no es posible informar de forma correcta como se deberían divulgar los hallazgos ni tampoco qué líneas seguir para su correcta conservación.
En definitiva: donde falla la unión, falla todo el sistema, porque todo depende de la fuerza conjunta que ponga un colectivo en defender lo suyo.
Sé lo difícil y lo utópica que puede resultar esta idea, pero creo que en este tema urge comenzar por los cimientos antes de pensar en otras cuestiones como el beneficio personal. Los campos de estudio que no han recibido una atención excesivamente cuidada por parte de la administración ni por las empresas privadas, ni mucho menos por el público, como es el caso de la arqueología, necesitan demostrar eficacia, cohesión y cercanía.
Efectivamente, eso se tiene que trabajar. Y mucho. Si se quiere un futuro para la arqueología en España, y se quiere que este sea un futuro donde los esfuerzos  empiecen a dar sus frutos hay que sembrar y cultivar para recoger.
Un profesional  puede ser muy bueno en su campo, pero sin cobijo y apoyo de sus colegas no es nadie. Un yacimiento del Calcolítico en la provincia de Ávila, por ejemplo, puede ser un gran hito dentro de la arqueología española, pero si ni siquiera en el lugar donde se encuentra lo conocen y si ni siquiera está correctamente señalizado a 500 metros de su ubicación, jamás será valorado, divulgado, y muchísimo menos respetado, ni por las instituciones ni por el público. Y acabará echado  a perder, como un miembro más de la ya por desgracia extensa lista de los yacimientos que acabaron abandonados, destrozados y cubiertos de basura.
Por eso, como conclusión, para que la Arqueología española tenga futuro, se necesitan dos cosas tan sencillas como a la vez complejas: Unión y Divulgación. Si se consiguen en los próximos años quizás el actual pesimismo y sensación de indefensión se transformen en unas gotas de ilusión.
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José Manuel Peque es filólogo y aficionado a la arqueología, tema sobre el que escribe en plataformas digitales como suite101 o divulgahistoria.