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sábado, 13 de abril de 2019

Elogio de la cordura



MI MUJER me despertó porque había escuchado ruidos en el desván. Sin dirigirle la mirada, le dije que seguramente eran producto de su imaginación, pero una retahíla de clacs, clacs, clacs se confabularon para desmentirme. No tuve más remedio que calzarme las pantuflas y seguir su concejo de hacerme con el palo de hockey del placar.
A poco de salir del dormitorio, caí en la cuenta de que nuestra casa carece de desván. Lo que, concatenadamente, me llevó a cuestionarme el uso de la palabra «nuestra», porque, aparte de vivir solo —y no practicar deporte alguno—, yo jamás tuve esposa. No obstante, al regresar a mi habitación, me preguntó por el origen de los ruidos. Tras observarla por vez primera, atiné a endilgárselos a una ventana mal cerrada, además de rezar en silencio para que ella fuese igual de consistente que aquel palo de hockey que aún persistía entre mis manos.
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El presente texto forma parte del libro «Brevedades. Antología argentina de cuentos re-breves» (Gardella, 2013, página 19).
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jueves, 27 de diciembre de 2018

El delicado asunto del tubo de dentífrico



UN DÍA mamá dijo que nuestra casa era un caos y que para revertir tal situación necesitábamos reglas claras. Que no hacer ruido al tomar la sopa, que no dejar entrar al perro a los dormitorios, que a las diez a la cama. Las reglas eran para todos y todos las obedecíamos a cara caída. Pero un día papá simplemente no pudo más. Agarró el tubo de dentífrico, lo apretó por la parte de arriba y nos alentó a que hiciéramos lo mismo. ¡Todo en presencia de mamá! Ella puso el grito en el cielo y, tras achacarle que era un mal ejemplo, le arrebató el tubo y el cepillo de las manos y vociferó:
—¡Acá nadie se lava los dientes si no acata las reglas!
Papá, imitándola en voz y movimientos, también vociferó:
—¡Las reglas, las reglas, todos deben obedecer las reglas o sucumbir!
Yo no sabía qué significaba sucumbir, supongo que Matías tampoco, pero a ambos nos causó tanta gracia que nos echamos a reír. Mamá se puso roja como un volcán en erupción y antes de que las palabras que mascullaba hallasen forma definitiva, papá nos dio un beso y se marchó a trabajar. Lo primero que mamá hizo entonces fue reacomodar el contenido del tubo apretándolo por debajo y observar que nos laváramos los dientes según las reglas. Lo segundo, fue una llamada telefónica.
Cuando a las siete y media papá volvió, no pudo entrar.
—¡Lo siento, cariño —le dijo mamá desde el primer piso y sacando la mitad del cuerpo fuera, al tiempo que meneaba una reluciente llave entre sus dedos—, pero la nueva regla es que quien desobedece las reglas se queda de patitas en la calle!
No sé qué me pasó entonces por la cabeza, pero cuando estaba a punto de lanzarme sobre mamá para darle un empujón, Matías apretó el tubo de dentífrico por arriba vaciando parte de su contenido sobre el parquet.
De la impresión, mamá se cayó por la ventana.
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miércoles, 12 de diciembre de 2018

Los árboles mueren de pie



CAMINO a paso de tortuga. No quiero ir al velorio pero Luciana insiste. «Era tu mejor amigo», dice. Y tiene razón. Hace una semana me había llamado para que nos reuniéramos a jugar al pool, como antes. Le dije que no podía, que tenía que levantarme temprano para llevar los chicos a la escuela. Mentí. Al colegio siempre los lleva Luciana. Me planto como una mula a una cuadra de la sala velatoria, y mi mujer dice: «No tengas miedo, voy a estar a tu lado». Ella está conmigo pero pudo haber estado con él. Hace veinte años jugamos unos partidos de pool que definirían nuestras vidas. Luciana nunca lo supo pero los dos andábamos atrás de ella. Nuestra amistad corría peligro. Dijimos: «El mejor de una serie a cinco partidos tiene vía libre con Luciana, el otro se hace a un lado». Sobra decir que estábamos medio borrachos, pero siempre fuimos tipos de palabra. Cuando metí la bola ocho, que ponía la serie tres a dos, él se quedó sereno e íntegro como un árbol, un poco emulando a la abuela de aquella obra que habíamos leído en el colegio «Los árboles mueren de pie». Luciana me tira del brazo. Yo me casé con ella, tuvimos tres hijos, somos felices. Él permaneció soltero. Y se distanció para no estorbar. El otro día me llamó para jugar al pool. «Un último partido», dijo. Le contesté que no podía. Mentí. Estaba enfermo y le restaban pocos días, supe después. Luciana me ayuda a traspasar el umbral. Pienso que si yo hubiese perdido la serie, me hubiera quedado soltero como él. Así la amábamos. Les damos nuestro pésame a los padres y nos acercamos al féretro. Lagrimeo. Luciana me consuela. Él me llamó para jugar al pool y yo le dije que no podía.
Mentí.
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miércoles, 28 de noviembre de 2018

Tras cuarenta días y cuarenta noches de lluvia



UN HOMBRE CALVO, que flotaba como un ahogado profesional, golpeó ayer a mi puerta. Supuse que la responsable era la corriente, aunque jamás existió corriente alguna en esta calle ni en ninguna otra. No respondí. A veces, pienso que tanta soledad me está volviendo loco; a veces, que debí de haberme ido con los demás…
Esta mañana, el hombre calvo regresó en compañía de una mujer, tres niños y un perro. Todos flotaban de maravillas. Rogué para que pasaran de largo, pero vinieron directamente hasta mi puerta. Y comenzaron a golpear.
—¡Vayan a la casa de al lado que tiene dos baños, tres cuartos para los chicos y hasta una cucha para el perro! —grité de repente, y los golpes cesaron.
Yo no creo en lo sobrenatural. La corriente —en la que sí creo, pese a que no existe—, por suerte, se llevó los cuerpos. Lo que verdaderamente me preocupa ahora son esas, veamos, una, dos, tres… diez familias que se acercan flotando derechito hacia mi puerta.
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jueves, 15 de noviembre de 2018

La niña y los cuerpos astrales



EL HOMBRE puede verse a sí mismo tendido en la calle. Recuerda un dolor en el pecho, como un nudo de espinas, y los árboles y las casas girando a su alrededor. Recuerda, también, el rigor de la vereda al recibir su cuerpo. Y los ojos entreabiertos a los que asomaba una niña. Y de repente la nada.
Y en este verse a sí mismo tendido en la calle, vuelve a asomar aquella niña, quien ahora se acuclilla a su lado parsimoniosamente. «Pobrecita, se va a asustar», piensa, al tiempo que la niña saca unas tijeras y corta la cuerda con la que el alma del hombre aún permanecía unida al cuerpo. Acto seguido, un túnel con una luz al final se abre. El hombre acepta su destino y comienza a adentrarse en la oscuridad. La niña, con una sonrisa de ceja a ceja, sujeta la cuerda que retiene el alma y, decidida, camina en sentido contrario. Al llegar a la esquina, una mujer, con voz firme pero no exenta de dulzura, le espeta:
—Cariño, ¿qué te he dicho al respecto?
La niña baja la cabeza, mueve un pie como si estuviera aplastando un insecto, y alega:
—¡Pero, mamá, es que este de verdad sí se parece a mi papi!
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Foto © Desconocido, Luz al final del túnel
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miércoles, 31 de octubre de 2018

La carga



ANTE LA REPENTINA TEMPESTAD, el capitán ordena que aseguren la carga con cuerdas y que un hombre armado se sume al clérigo y la vigile. La misma consiste en una caja de tres metros de altura por uno cincuenta de ancho y de profundidad. Nadie sabe qué contiene. La abstraída presencia de aquel sacerdote, que camina alrededor de la caja mientras reza, no hace más que aumentar los rumores entre la tripulación. Algunos dicen que se trata de una reliquia sagrada; otros, de un artefacto demoníaco. Lo cierto es que hasta ahora había sido una travesía sin mayores contratiempos. Pero la tormenta ha puesto inusualmente nervioso al capitán, que maldice cada vez que las olas sacuden al barco y mojan su rostro. Bajo cubierta, entretanto, un marinero provisto con un fusil observa al religioso y le pregunta:
—Padre, ¿qué hay en la caja? —El hombre de fe se abstiene de responder y continúa rezando.
Entonces, el viento y las olas arrecian, y el barco no llega a escorar de milagro, pero las cuerdas se rompen o se sueltan y la caja cae hacia un costado. El clérigo se acerca y la ausculta.
—¡Gracias a Dios, continúa dormido! —exclama.
Y antes de que el marinero haga la pregunta obvia, una especie de rugido se impone en violencia a los truenos. Acto seguido, la caja se deshace en manos de aquel esperpento que mira al cura y al marinero y otra vez al cura.
—¿Dónde estamos? —quiere saber.
—En medio del mar, rumbo a Roma.
—¡Decidle a vuestra Excelencia que jamás volveré! —vocifera, y sacudiéndose de las alas los restos pétreos, mal camina hasta la cubierta y gana el cielo, que ya ha comenzado a despejarse.
Recién entonces se oye un disparo.
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sábado, 13 de octubre de 2018

Antes del mar



TODAS LAS TARDES, el anciano se sentaba frente al mar con una foto amarillenta, también de cara al mar, a su lado.
—Hace un poco de frío, Marta, pero el solcito está lindo, ¿no? —decía, y posaba una mano a forma de abrazo sobre la imagen.
A veces el viejo agarraba la foto y caminaba hasta el borde mismo del agua, porque según él, ella se lo pedía, y se quedaba allí, conversando con los recuerdos como un árbol conversa con los pájaros.
Yo, para descansar de mi hábito de correr, solía sentarme junto a la pareja. La primera vez que lo hice, el viejo se molestó y no me devolvió el saludo. Pero unos minutos después me dijo:
—Marta acaba de regañarme por maleducado. Disculpe usted. ¡Buenas tardes!
—¡Buenas tardes! —le volví a decir, sonriendo, y nos demoramos más de una hora charlando.
Cada tanto intervenía en la conversación Marta, que estaba al día con las noticias, ya que por las mañanas entre mate y mate el viejo le leía los diarios. Lo más curioso, no obstante, era que ella y yo coincidimos en nuestro gusto por Nino Bravo; gusto que, vale mencionarlo, heredé de mi abuela. Al cabo, cuando me puse de pie, el viejo me dijo:
—Marta quiere saber si mañana también puede detenerse un ratito a conversar… que a mí, dice, me hace bien.
Ese pedido desde la soledad me dio pena y no pude negarme.
Así, entre charla y charla, se nos fueron tres meses, hasta que el viernes pasado hallé al pobre viejo sin vida. Tenía una mano posada sobre la foto, pero en la foto, Marta, permítaseme la frase, brillaba por su ausencia. Entonces, perplejo, aparté la vista y descubrí a aquella pareja de jóvenes que, antes de meterse al mar, me saludaron afectuosamente.
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domingo, 30 de septiembre de 2018

Las gárgolas del padre Mario



EL PADRE MARIO quería adornar cada una de las esquinas de su iglesia con una gárgola. Pero como las contribuciones de los fieles eran insuficientes para hacerlas de piedra, habló conmigo para que las tallara en madera. Yo ignoraba lo que era una gárgola, y cuando lo supe no me agradó la idea.
—Padre, aquí le traigo los bocetos de unos ángeles —le dije al día siguiente.
—Ángeles, no; gárgolas. Pero si éstas escapan a sus habilidades, se las encargo a otro.
El curita sabía pegar donde duele.
—En seis meses se las tendré listas —le dije mientras hacía papel picado con los bocetos.
Al cabo del sexto mes golpearon a mi puerta. Era, lógicamente, el padre Mario. Con gesto de aprobación, caminó alrededor de cada una de las esculturas pero al llegar a la tercera y a la cuarta, arqueó las cejas.
—Hay un problema —dijo—. ¡Estas dos son hembras!
—¿Qué dice? ¡Si ni siquiera pensé en ponerles sexo!
—No obstante…
—¡Ah, bueno!, dígame, ¿cómo sabe que estas dos son hembras?
—Entre otras cosas, por la mirada de los machos.
Y ciertamente descubrí un fuego en los ojos de aquellas gárgolas que yo no había puesto ahí.
—¡Cosa de mandinga! —dije y me santigüé.
—No se preocupe… ¡Donde hay amor no hay pecado! El viernes las caso y el domingo las encaramamos al techo de la iglesia.
—¿Y el sábado? —quise saber.
—Aunque breve, la luna de miel, por supuesto.
Y por mi madre, que Dios la tenga en la gloria, juro que algo parecido al rubor iluminó entonces las cándidas mejillas de las hembras.
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martes, 31 de julio de 2018

No hay cielo que de impoluto azul dure cien años



MI VECINO «tiene» por mascota un elefante. Todas las tardes se engalana con sus mejores prendas para sacarlo a pasear por el vecindario. Yo, sobra decirlo, nunca he visto al elefante, pero le sigo la corriente para no entrar en discusiones innecesarias. Por ejemplo, la semana pasada me dijo:
—Le queda bonito, ¿no?
—Sí —le respondí.
—Usted también debería usar uno.
—Le parece.
—Claro, hombre, anímese.
Jamás supe de lo que estábamos hablando. Lamentablemente, no hay cielo que de impoluto azul dure cien años. Esta mañana mi vecino golpeó a la puerta.
—Mi elefante —dijo— se ha subido a su techo.
Sonreí y le contesté:
—Seguro que después se baja.
—No lo creo, dice que usted lo invitó a quedarse todo el tiempo que desee.
—Mire —suspiré antes de aventurarme entre espinas—, ahí arriba no hay ningún elefante, usted lo sabe, ¿no?
Mi vecino se puso blanco.
—Y yo que creía que éramos amigos —dijo, y comenzó a caminar de un lado para el otro—. ¡Ya sé lo que pasa! —gritó de repente—. ¿Cómo no me di cuenta antes?... Usted siempre quiso adueñarse de mi elefante. ¡Lo voy a denunciar! —Y girando sobre sí mismo se marchó a toda prisa.
—¡Uf! —bufé—, con las ganas que tengo de lidiar con un loco en la comisaría.
—¡Quédese tranquilo!, no lo va a denunciar, es pura espuma —dijo una voz desde el techo, justo antes de que éste se desplomara. Poco después, la misma voz, ya de cuerpo presente, gemía—: ¡Ay, ay, ay! ¡Maldito sea usted y su casa! ¡Ay, ay, ay!
—De cajón me como, no una, sino dos denuncias —murmuré totalmente resignado.
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sábado, 30 de junio de 2018

Espejos



EL HOMBRE se para frente al espejo, se corre hacia un lado y hacia otro, intensifica la mirada, como si esperase un milagro, y vuelve, como todas las noches, a bufar. De repente, la esposa entra y le pregunta:
—¿Estás bufando?
—Sí, querida; hacer el nudo de la corbata nunca va a ser uno de mis puntos fuertes —improvisa, da una última mirada al espejo, y agrega—: Ya tengo que irme.
—¡Ay!, ¿cuándo te van a cambiar de horario?
—Un día de éstos.
Ella extiende una mano y él se acerca, se abrazan y se besan.
—¡Un día de éstos! —repite, y se dirige hacia la puerta de calle, la abre y la cierra, pero no sale.
Cuando la mujer se retira al dormitorio, él, sigilosamente, hace lo propio al jardín y se transforma. Entre aleteo y aleteo, siente que aún no tiene corazón para confesarle la verdad, y, menos aún, para pedirle que se convierta.
Ella, entretanto, toma un libro escondido bajo la cama, y piensa que será la mujer más feliz del mundo cuando él se atreva a decirle la verdad, la convierta, y ya no deba fingir que es tan ciega como los espejos.
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domingo, 10 de junio de 2018

El chal



—TÍA —le digo, sentándome a su lado y tomando entre las mías sus gélidas manos—, usted ya ha cumplido su ciclo vital. Porque no se porta bien y deja que la metan en el ataúd y la pongan linda para el velorio. ¡Hasta los primos de Chivilcoy prometieron que iban a venir a despedirla!
—Vos no entendés, por primera vez en mi vida soy parte de algo más grande que yo…
—Claro, el otro lado debe ser enorme.
—¡Y pensar que siempre fuiste mi sobrino preferido!
—Por eso mismo estoy aquí —el empleado de la funeraria me mira y me señala repetidamente el reloj—, y porque no quiero que pase vergüenza; imagínese qué va a decir la gente si falta a su propio funeral.
—Ya nada…
—¡Los fiambres de las salas 3 y 5 —vocifera otro empleado asomándose a la habitación— tampoco quieren entrar a sus ataúdes!
—… volverá a ser lo que fue.
Seguidamente, mi tía se levanta de la silla, me da un beso y se reúne en el pasillo con los otros difuntos. Intercambian unas palabras y alcanzo a escuchar que van a marchar hacia la plaza. Yo me quedo junto al ataúd, sin saber qué hacer, hasta que descubro su chal sobre el respaldo de la silla. Entonces lo agarro y salgo a la calle. Viva o muerta, no puedo permitir que mi tía se resfríe.
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viernes, 25 de mayo de 2018

Hello, how are you?



ÉL tenía los oídos descompuestos. Pero, entiéndase, no era que estuviese quedándose sordo, porque oír, oía perfectamente, lo suyo pasaba más bien por una cuestión idiomática. Así, por ejemplo, a un simple «Hola, ¿cómo estás?», nunca sabía qué responder, porque sus oídos se habían encaprichado en traducirle todo al inglés, y de inglés no entendía nada de nada. Le aconsejaron entonces aprender el idioma, pero nunca logró superar el nivel básico. Se sentía condenado a comunicarse para siempre mediante señas o papelitos, hasta que un día aquella estudiante de intercambio, amorosamente, le dijo «Hello, how are you?», y él pudo oír la frase en perfecto castellano.
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jueves, 10 de mayo de 2018

Pociones



A VECES papá volvía a casa y a veces no. Mamá decía que necesitaba ayuda para ponerlo otra vez en vereda. No podía imaginarme a papá caminando por la calzada: él era un hombre prudente, que respetaba el tránsito. La cuestión es que mamá me hizo poner la ropa de salir y me dijo que íbamos a lo de una bruja. Yo no quería ir, pero, como papá me había dicho que debía cuidar de mamá cuando él no estuviese, la acompañé sin chistar. La verdad es que tenía miedo. Las brujas te pueden convertir en sapo y yo no conozco a ninguna princesa. Pero resultó ser una señora que, además de amable, era tan bonita como mamá. Hasta me dio un gnomo de plástico para que jugase mientras ellas conversaban. Mamá le dijo que estaba segura de que había otra, que le preparase uno de sus brebajes, que ya no podía seguir así. La bruja se retiró hasta una mesa llena de botellitas y comenzó a verter nerviosamente el contenido de algunas en una copa. Mamá seguía absorta sus movimientos. Entonces papá se asomó por la puerta que daba al resto de la casa y se puso blanco como un conejo. Yo iba a saludarlo, pero se llevó un dedo a la boca, y volvió a cerrar la puerta. Cuando la bruja terminó de llenar un frasquito con la poción, dijo:
—Ponéselo en el café o en el mate, cuando haya luna nueva.
Mamá asintió, le pagó, y luego me llamó a su lado. Yo le devolví el gnomo a la bruja, pero ella dijo que podía quedármelo, y me dio un beso relindo, como los que hacía tanto que mamá no me daba.
Entonces supe qué tipo de poción había ido a buscar papá.
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viernes, 27 de abril de 2018

Aniversario



—DOS ancas de rana, una hoja de muérdago, los bigotes de un gato, lluvia de abril —iba diciendo el brujo mientras colocaba los ingredientes en el pequeño caldero—. Y por último —dijo levantando el tono de voz—, un mechón de pelo de Laura.
Entonces, del caldero se levantó una densa humareda. Cuando se hubo disipado, una figura, enorme y majestuosa, quedó expuesta. Era un león. Decepcionado, el hombre tomó el libro de magia y la hoja en que había transcripto el hechizo. La bestia se indignó ante tamaña indiferencia.
—Voy a comerte —le dijo.
—Soy puro huesos —le respondió el brujo, y comenzó a cotejar—: dos ancas de rana…, una hoja de muérdago…
La cola del león iba de aquí para allá.
—Esto es un atropello; antes lo dije en broma, pero ahora lo digo en serio: ¡voy a comerte!
—Bueno, sí; arriba de la mesa está la sal: ¡soy medio desabrido de noche! —y siguió cotejando—: Los bigotes de un gato…, lluvia de abril…
El león rugió, tomó la sal y se acercó al hombre.
—Vos lo quisiste —dijo, y lo saló abundantemente.
—… un mechón de pelo de la amada y… ¡ah, gracias! —exclamó el brujo mientras recogía con una mano un poco de la sal que le estaba nevando.
El león alzó sus portentosas garras, pero antes de que las dejara caer, el brujo arrojó la sal en el caldero. Una densa humareda volvió a inundar la habitación. Cuando se hubo disipado, el brujo dijo:
—¡Exactamente lo que Laura quería! —Y dejando el libro y la hoja sobre la mesa, recogió del suelo el enorme león rampante de peluche.
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jueves, 12 de abril de 2018

«Cuentos decimonónicos de fantasmas»



CUANDO entró a la biblioteca, el hombre descubrió que una mano flotaba en el aire con un libro abierto. Iba de una esquina a otra de la habitación, y aproximadamente cada dos rondas, una página se daba vuelta sola. El hombre tosió, y la mano dejó caer el libro, se elevó aún más en el aire y se dirigió hacia una pared, donde se estampó ruidosamente. Acto seguido, se deslizó hacia la puerta y salió del cuarto. El hombre, entretanto, recogió el libro y se prestó a sus palabras. Poco después, la mano volvió, pero ya no era una, sino dos. Él disimuló no verlas y continuó con la lectura. Ellas se limitaron a quedarse quietas, como mariposas dormidas en el aire. Al cabo del primer cuento, el hombre se incorporó y sirvió dos copas de coñac. Bebió de una y le ofreció la otra a aquellas manos finas, que delicadamente se frotaron entre sí, antes de agarrar la copa. Entonces una mujer traslúcida se dejó ver.
—Tengo miedo —dijo.
—¡Ahora, yo también! —exclamó el hombre, tras notar que una de sus manos comenzaba a desvanecerse.
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jueves, 29 de marzo de 2018

Cosas que suceden de madrugada



LA MUJER se levanta para ir al baño y se da de bruces. Y mientras se acaricia el raspón en una de sus rodillas, se percata de que ahora tiene dos pies izquierdos. Prontamente, y como puede, regresa a la cama. Debería hacerse mil preguntas, pero siempre ha sido una mujer insegura, y sólo se pregunta cómo reaccionará su marido al enterarse de semejante novedad. Y, sin dejar de mirarse los pies, llora en silencio. De repente, el marido bosteza y se levanta para ir al baño. Ella se seca las lágrimas y se finge dormida. Entonces oye un golpe. Su esposo ha trastabillado. Él se mira los pies y, como puede, regresa a la cama. Acto seguido, su llanto desbocado inunda la habitación. La mujer lo abraza y le pregunta qué le sucede.
—No sé cómo —dice él—, pero ahora tengo dos pies derechos.
—Y yo, dos izquierdos —dice ella, al tiempo que le enseña los suyos.
Luego, apoyándose el uno en la otra, van juntos al baño.
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sábado, 24 de febrero de 2018

El lector y su oyente



I
Cuando aquella noche el anciano se desmayó en la calle, lo reanimaron unos impetuosos lengüetazos. Eran de una perra menuda, de color ocre y mirada triste. Él la acarició y ella lo siguió hasta su casa. No tuvo más remedio que dejarla entrar. «Sabés —le dijo—, a los ochenta y siete pirulos, sos mi primera mascota». Y enseguida recalentó unos fideos que le habían quedado de la cena. «Espero que te gusten», sonrió, y a la perra le gustaron, casi tanto como su casita improvisada con una caja de cartón y una frazada en desuso.
II
Cuando el clima y el reuma se lo permitían, el anciano iba al parque a leer bajo la sombra pródiga de algún árbol. Entonces había que ver cómo la perra prestaba atención a las palabras que salían de sus labios, y cómo, en aquellos párrafos poblados de zozobra, a ella se le crispaba el lomo. Hombre y animal formaban así una especie de simbiosis que hacía imposible determinar quién había adoptado a quién.
III
Una noche, el viejo apartó la vista de su lectura y descubrió que su fiel oyente tenía la mirada más triste que nunca. Con la rapidez de un rayo se acuclilló a su lado, pero no halló respuesta a sus caricias. Lloró largamente, y al incorporarse se observó a sí mismo sentado en el sofá y con el libro abandonado sobre las rodillas. De pronto algo tocó su mano. Era la perra que le traía la correa para guiarlo al parque más hermoso que jamás hubiera conocido.
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martes, 6 de febrero de 2018

No son horas



A LAS TRES de la mañana, Juan se despierta con ganas de comer un huevo frito. Así que va hasta la cocina, pone el sartén a calentar y saca un huevo de la heladera. Luego llena una jarra con agua para comprobar que éste no flote. Afortunadamente, el huevo se queda dormido en el fondo y Juan procede a cascarlo. Pero sobre el sartén no cae un huevo, sino un pequeño libro. Juan retira el sartén del fuego, y, tras redimir al libro del aceite, husmea sus páginas. Contiene un único texto, breve, de esos que algunos llaman microrrelato. El mismo comienza con la frase: «A las tres de la mañana, Juan se despierta con ganas de comer un huevo frito». Entonces Juan cierra el libro y vuelve a la cama. Aquellas no son horas para comer huevos fritos, y menos aún para demorarse en relecturas.
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El presente texto resultó ganador del pasado mes de noviembre del II Concurso de microrrelatos «La Radio En Colectivo/Valencia Escribe».
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domingo, 10 de diciembre de 2017

Cómplices



APARTO la vista del libro, disfruto del sol y vagabundeo con la mirada. Una niña juega con su muñeca al lado de una señora que habla por el celular, una pareja de abuelos da de comer a las palomas. Vuelvo a mirar a la niña. De uno en uno, le está arrancando los cabellos a la muñeca; su voz me llega como un susurro: «¡Calva te vas a ver mucho más linda!». Retorno decididamente a mi lectura, pero ella no cesa: «¡Sin deditos, La Manquita te van a llamar!». Doy vuelta a la página. «¡A alguien que yo sé le sobran los ojitos!» Comienzo a leer en voz alta, pero otra voz me ahoga las palabras: «¡Ayúdeme, por favor, ayúdeme!», clama la muñeca. Su voz me recuerda a la de mi hija. Cierro el libro y me dirijo hacia ellas. De un manotazo, le arrebato la muñeca a la niña, y la mujer, sin cortar la llamada, me increpa. Trato de explicarle lo que ocurre, pero se niega a escucharme. Un policía interviene, me quita la muñeca y solicita una patrulla. La gente se arremolina a mi alrededor. Y mientras me arrestan, alcanzo a observar cómo la niña y la muñeca se sonríen.
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martes, 14 de noviembre de 2017

Capitalismo salvaje



EN NUESTRA CIUDAD llueve durante todo el año, por eso no es de extrañar que una de las profesiones más prósperas fuera la de paragüero. Y digo fuera, porque desde que doña Gertrudis entrara al negocio, todos nos hemos visto forzados a bajar las persianas. Es que no hay manera de competir contra sus paraguas con arcoíris incluido.
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