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jueves, abril 05, 2012

Aire de Dylan. Acción y reacción

Si hasta ahora estábamos acostumbrados a un Vila-Matas que iba construyendo a través de sus ficciones una revisión desprejuiciada de la historia de la literatura, al llegar a Aire de Dylan nos encontramos con que, en esta ocasión, la mirada se detiene en sí mismo, en la propia naturaleza de Vila-Matas, quien parece que, de repente, piensa que es necesario revisarse a sí mismo antes de continuar con la titánica labor que se ha venido adjudicando desde hace bastantes años. Vila-Matas se explica a sí mismo, se detiene a reflexionar sobre  su obra, con sus enriquecedoras contradicciones y las múltiples máscaras que siempre sirvieron para definir a un autor único (único tanto en su inimitabilidad como en la coherencia intrínseca de su discurso). Para no romper con su coherencia, además, se vale para retratarse de las mismas armas que utilizó para reivindicar o subrayar la actualidad y vigencia de ciertos autores. La literatura del siglo XX, igual que la literatura del futuro, parece poder articularse a través de las herramientas que Pessoa y Kafka legaron al mundo y, de esta manera, la mirada desmitificadora de Vila-Matas funciona siempre a través de la ironía, es decir, crea mitos literarios al mismo tiempo que ironiza sobre la importancia del mero concepto de mito. Si en París no se acaba nunca Vila-Matas revisaba irónicamente sus años de aprendizaje y formación literaria, en Aire de Dylan parece hacer lo mismo con el resto de su carrera literaria, que siempre ha tenido un pie en el esfuerzo y el rigor y otro en la ligereza, el ingenio y el gesto festivo. Efectivamente, Vila-Matas está hecho de muchos, como cualquier individuo de los que poblamos este abigarrado siglo XXI, y todos ellos se pueden explicar a través de los personajes de su última novela, ya sea el joven, ingenioso y despreocupado (pero en el fondo también concienzudo y tenaz: ¿quién si no se embarcaría en la titánica tarea de crear un gran fichero general del fracaso?) Vilnius, o el riguroso (pero también ligero y cibernético: ¿quién si no crearía la base de su obra fundamentándose en la hipertextual idea de la interrupción?) y sacrificado Lancastre, representante de la cultura del esfuerzo, o el pertinaz, divertido y desmitificador narrador de la novela, cargado de irónicos traumas pero bisagra necesaria de la dualidad Vilnius-Lancastre. En realidad, cada uno de estos tres personajes vive, a su vez, inmerso en el mar de contradicciones procedente de la idea de que ellos también están hechos de muchos, y por eso no son personajes planos, de una pieza, sino mosaicos de ideas, caótica suma de sensaciones, huyendo del clásico retrato psicologista, que por algo estamos en un mundo postmoderno, o un poco más allá.
 

Plantea la novela diversos dilemas y disquisiciones cuya resolución queda pendiente del lector, ya que no hay nada menos postmoderno que un dogma unívoco lanzado desde un libro. Por lo tanto, la única idea que la mirada de Vila-Matas deja totalmente clara es, precisamente, que no puede haber ideas preconcebidas, que si algo es prescindible en el mundo del arte, eso son las hojas de ruta, tanto las que se dibujan los propios autores como las que sus seguidores pretenden trazar irreversiblemente. Se puede ser auténtico siendo muchos o, más bien, hay muchas formas de ser auténtico, aunque quizás la única manera de alcanzar esa autenticidad hoy día sea a través de reconocer todo lo que hay de otros en nuestro interior. Porque si algo trajo la postmodernidad fue la consciencia de nuestra propia historia, la asimilación de la interferencia y la mezcla, esa sensación experimentada en el libro cuando el espíritu de Lancastre interfiere después de muerto en la cabeza de su hijo Vilnius, deambulando como los viejos odradeks por la ciudad de Praga. Porque si contra algo clama la novela es contra las ideas preconcebidas, el encasillamiento y la obligación de ser lo que uno ha sido en el pasado. Por esa razón, Vila-Matas toma como referencia a Bob Dylan y su máxima de ir a casa, y no volver a ella como intentaría Nicholas Ray. No se busca el repliegue sino el avance, no es hora de refugios sino de conquistas. La literatura debe ser un arma cuyas balas se dibujan con la imaginación. A la hora de crear, obligación es castración, y esa idea hace de Aire de Dylan una novela puramente vilamatiana, auténtica a la vez que distinta y, para muestra, el hecho de que la trama comience y termine con sendos congresos literarios, uno sobre el fracaso y otro sobre la impostura, temas centrales de toda la obra del autor catalán.

La novela se mueve siempre entre dos polos, dentro de sus diferentes ramas, y por eso tiene tanto peso lo grave como lo ligero, lo serio como lo lúdico, lo clásico como lo moderno, Shakespeare y los surrealistas, las vanguardias europeas y el cine clásico de Hollywood, Guy Debord y Goncharov. Si el propio Vila-Matas comentaba, en referencia a su novela París no se acaba nunca, la influencia del estilo de Godard a la hora se saltear de citas toda la narración, aquí el espíritu cinéfilo más presente remite a Jacques Rivette, por esa mezcla entre lo lúdico y lo erudito que muy pocos saben crear, y por el gusto constante por el juego, la conspiración, el teatro, la simulación y las máscaras. Quizás inconscientemente, Vila-Matas ha escrito una novela auténticamente rivettiana, que además, como el cine del autor francés (como los artículos que ya escribía como crítico el propio Rivette), debe mucho al principio de acción y reacción, ya que la novela reacciona contra la crisis, que va más allá de lo económico para calar en lo cultural, que reacciona contra las herencias paternas, contra los espíritus indómitos, contra el arte acomodado (en esa caricaturesca escena en que se utiliza al personaje de Max para satirizar ciertas corrientes de rancia crítica cultural, y que recuerda a más de un personaje de este país que se mueve en esos mismos términos), contra la ficción y contra la realidad, contra la mirada otoñal de Dublinesca, contra los encasillamientos, por ese espíritu que evoca los tiempos juguetones de Historia abreviada de la literatura portátil, con ese sabor más juvenil, fresco y deshinibido, al son de nuestros tiempos pero cargado de una compasión por los personajes, de una comprensión del patetismo que ha ido ganando el autor a lo largo de los años y que ya es algo de lo que no puede prescindir.

Si Dublinesca se podía leer como una novela sobre el apocalipsis (con aquella metafórica muerte de la era Gutenberg), en Aire de Dylan podríamos entender que este ya ha sucedido, con lo cual estamos ante un libro postapocalíptico, que tiene lugar sobre las ruinas de un esplendoroso pasado cultural. Todo lo que queda es la arqueología, como la que mueve a Vilnius para indagar en el pasado a través de la frase motor "Cuando oscurece, siempre necesitamos a alguien", que articula la estructura de la novela en lo que es uno de sus grandes hallazgos. Vila-Matas es, como él mismo afirmó hace unos días del recientemente fallecido Antonio Tabucchi, un investigador de la realidad, lo que supone sin lugar a dudas una de sus grandes virtudes, como vuelve a demostrar en Aire de Dylan.


jueves, abril 15, 2010

Dublinesca. Un suicidio ejemplar

Parece que ha llegado el momento y, después de varios libros tanteando el riesgo, Vila-Matas ha decidido dar el gran salto y suicidarse a la inglesa. En este proceso se han ido quemando etapas y ha pasado el tiempo, porque ya hace unos años que el autor barcelonés enfermó de El mal de Montano, para después desaparecer metamorfoseado en el Doctor Pasavento, y caminar al borde del precipicio de sus Exploradores del abismo antes de dar el salto definitivo, el gran salto al vacío que supone Dublinesca.

Porque Dublinesca, con su milimétrica estructura y sus juegos resonantes de personajes, sus referencias y construcciones metaficcionales, utiliza la historia de la literatura, y especialmente el Ulises de Joyce, de una forma que va más allá del postmodernismo que tan bien ha empleado Vila-Matas en otras ocasiones; esta vez, la esencia del Ulises se infiltra en la realidad de la ficción dándole cuerpo, de tal modo que se puede ver en el funeral del alter ego del señor Macintosh el funeral del propio Vila-Matas. El señor Macintosh era, en Ulises, un personaje misterioso que aparece por primera vez en el capítulo 6 de la novela, dejándose ver siempre con un halo de misterio en capítulos sucesivos. Como se recoge en la propia Dublinesca, según la teoría de Nabokov, ese personaje misterioso correspondería con el autor, el propio Joyce, creador del protagonista Leopold Bloom, a quien observa desde la distancia. Así pues, ese hombre misterioso, que puede vestir una chaqueta Nehru o parecerse a un joven Samuel Beckett, sería según Nabokov el propio Vila-Matas, y de esta forma la novela concluiría con su funeral. ¿Y qué es el funeral de un autor en su propio sino un suicidio? (Algo parecido planteó hace algunas décadas Philip Roth en una de sus novelas). Además, el suicidio del señor Macintosh a la hora del nacimiento de la era digital y la muerte de la galaxia Gutenberg es otra gran ironía del texto, otro gran juego de palabras joyceano de los muchos que habitan (en efecto, habitan, como entes vivos) la novela, aunque no sepamos qué tipo de ordenador tiene Vila-Matas.

Pero en ese caso, si el autor es ese observador externo que siempre está, mira y pasa desapercibido, como esos autores de nuestras propias vidas en quienes rara vez reparamos, ¿quién es el extraño narrador de la novela? ¿Quién es esa voz interior del protagonista, Samuel Riba? Acostumbrados a la primera persona y la voz absolutamente subjetiva de los libros de Vila-Matas, puede provocar extrañeza en un principio encontrarse con un falso narrador omnisciente, porque esa voz objetiva no es en realidad más que una visión externa del yo interno. Como si el protagonista hubiera decidido salir de sí mismo para narrar su historia. Y sobre esto puede parecer una pista la mención que en el libro aparece a El hombre que duerme, de Georges Perec, en el que una voz externa, como de autómata, va dictando al protagonista cuáles son sus acciones. Hay algo de preciso y mecánico en este narrador de Dublinesca, de fusión perfecta entre lo objetivo y lo subjetivo, la tercera persona y la primera. Y algo así pasaba con el protagonista de El hombre que duerme; su narrador provoca la misma extrañeza, aunque en ese caso sí queda clara la diferencia con la normalidad de un narrador omnisciente. Vila-Matas se esconde, juega sin parar con las máscaras del equívoco y la ambigüedad.

Pero, probablemente, la más importante idea (transformada en cosmogonía estructural) de la obra esté en la transición que lleva ese espíritu lúdico, juguetón, complejo y arrogante de James Joyce, hacia el sentimiento de insignificancia, angustia existencial y densidad moral del otro gran escritor irlandés del siglo XX, Samuel Beckett, quien, como se dice en la novela, marca una conmoción de pérdida, crepúsculo y sed que se corresponden perfectamente con esa especie de sentimiento colectivo con que ha nacido el siglo XXI, coda del XX y prólogo del vacío. Porque Samuel Riba se siente a menudo como si gritara al vacío en la cápsula sin aire de un mal sueño, y esta angustia beckettiana impregna una obra que, en contraste, está cargada de un hálito de tristeza poética enraizado con el otro gran artista del ascendencia irlandesa del siglo XX: John Ford.

Se evoca a Ford es distintas ocasiones a lo largo de la novela, ya sea por sí mismo, a través de otros (Yeats, Innisfree...), o mediante la invocación de la lírica de ese paisaje natural que él supo plasmar tan bien en sus películas. Y vemos que el sólido armazón narrativo de la novela de Vila-Matas (que quizás la convierta en su novela más clásica desde El viaje vertical o, mejor dicho, la que permite sobre ella una segunda mirada más clásica, paralela a la ya supuesta experimentación estructural y formal) esconde un profundo y melancólico aroma poético de una manera análoga a como funcionaban las películas de Ford. Resulta inevitable evocar ¡Qué verde era mi valle!, El delator o El hombre tranquilo, aunque en espíritu esté muy cerca de una película que vive en las antípodas contextuales: El hombre que mató a Liberty Valance. Porque un abrazo de desesperación en una acera lluviosa frente a un bar de perdición es capaz de evocar sensaciones parecidas a las de una flor de cactus sobre un ataud de madera. En realidad, la mirada que Vila-Matas dirige sobre Irlanda es, como la de John Ford, puramente emocional, nada realista, y aspira a través de sus referencias y sentimientos evocados a captar su auténtica naturaleza. Porque esa es la única manera de llegar a comprender la esencia de un lugar, de una ciudad (como ya hiciera en el pasado con la mitificada y difícilmente abordable París, por ejemplo).

Así pues, el aroma otoñal irradiado por el paisaje irlandés impregna toda la novela, y de esta manera el continente vuelca sus esencias sobre el contenido, modificando el sentimiento y las emociones de una manera que han captado en otros contextos otros artistas como Michelangelo Antonioni o David Cronenberg, no por casualidad presentes en Dublinesca. Porque el propio autor, con sus filias y obsesiones está más presente que nunca en esta novela, y el juego realidad-ficción alcanza una de sus cotas más insospechadas, retorcidas y divertidas, incorporando historias, características y detalles del propio autor a la figura de un editor literario. Como si todo fuera un sueño de Vila-Matas transfigurado en una vida paralela que compartiera la obsesión por los hikkikomoris, las extrañas estancias hoteleras en el extranjero o las visitas a conocidos escritores neoyorquinos, y como si todo virara a través de una serie de pesadillas que habitaran un humor finísimo y constante, parodia de todo pero chanza de nada, capaz de explorar los rincones más intrincados del alma humana de una manera cálida, a través de una ironía nada ofensiva. Siempre he mantenido la opinión de que esa manera de modular la ironía es una de las grandes virtudes de la literatura de Vila-Matas, derivada de su capacidad de comprensión del ser humano y el respeto a partes iguales por sus debilidades más profundas, sus pensamientos más ligeros y el contraste entre su soledad y su necesidad de comunicación.

Pero también resulta sorprendente cómo la mirada melancólica de Vila-Matas es capaz de crear un personaje entrañable y absolutamente hermanado con el lector a partir de unos ingredientes que podrían indicar todo lo contrario. ¿Alguien querría compartir algún rato de su tiempo con Samuel Riba si solo conociera su retrato robot? La mirada del autor lo humaniza, lo acerca, y hace trascender su mirada irónica sobre todo y sobre todos haciéndonos partícipes de una compasión que también sentimos continuamente, aunque intentemos negarlo, sobre nosotros mismos.

Aunque la sugestión de la obra no se termina, porque cada detalle, cada idea, se vuelve a doblar sobre ella misma encontrando una nueva vuelta de tuerca. El análisis sería inabarcable, pero una de las incógnitas más visibles y llamativas sería averiguar quién es el misterioso escritor Vilem Vok que tan fascinante resulta en la novela, y preguntarnos si solo son reales los personajes que existen y si no es verdad que todos hemos soñado alguna noche con Rita Malú, aunque mude de piel de una novela a otra. ¿Todos son Vila-Matas? ¿Todos somos Vila-Matas?

¿Cuál es la gran riqueza de Dublinesca? No se puede responder, pero una posibilidad estaría en algo que, a pesar de empezar a convertise en tópico, puede ser uno de los más importantes paradigmas actuales de la literatura: la gran riqueza está en la diversidad de lecturas, en la posibilidad de cada lector de hacer suya la novela, llevarla al terreno personal y establecer las teorías más afines a sí mismo. La multiplicidad de lecturas, interpretaciones y conceptos redivivos. La validez de todo ello. La misma riqueza que convierte el Ulises de Joyce y todos los grandes clásicos del siglo XX en libros imprescindibles para comprender el caleidoscópico mundo actual. Así pues, esta teoría, esta interpretación de Dublinesca, solo es otra más de la infinita gama combinatoria. Como una obra de Perec, como un juego matemático, como la lluvia y el mar.

Ha llegado el día del finde la era Gutenberg, pero eso no es motivo de oprobio para los que hemos amado esa era gloriosa del pensamiento humano. Al contrario, podemos vanagloriarnos del éxito de esa etapa (de ficción, como todas las etapas) y de la riqueza que viene con la próxima, que no debe servir, y no va a servir para perder cosas, perder teorías, perder países, sino para ganar nuevas visiones, nuevas maneras y nuevas reformulaciones de nuestra realidad. Nuestra realidad, la ficción de todos.



viernes, octubre 03, 2008

La web de Vila-Matas. Extraña forma de vida

Anoche llegué tarde a casa, después de ver en el Instituto francés la película de tres horas de Olivier Assayas "Los destinos sentimentales". Volvía trazando una reflexión que me avergonzaba un poco por ser demasiado obvia, pero que, me daba la impresión, nunca me había parado a examinar. En una de las escenas de la película una pareja se despide en el andén de una estación ante una indefinida y forzosa separación. Pensé entonces en cuánta importancia tenía esa despedida en aquel momento histórico, ya que no se iban a ver de nuevo hasta que pasara mucho tiempo y no había más forma de comunicarse que la carta escrita. No había teléfono, no había Internet, y pensé que ahora, gracias a la tecnología o por culpa de ella, ha disminuido la responsabilidad de las palabras, que ahora se escuchan con la ligereza que da la seguridad de saber que se podrán recuperar. El estertor final de la voz, el significado trasero de la última frase, la última palabra. Esa sensación duraría por mucho tiempo, aleteando en las cabezas de los protagonistas y creando mundos paralelos de imaginación y una tensión emocional que podía ser difícil de aguantar. Sin embargo, quizás esa premura "obligaba" a decir cosas que de otra forma nunca salen a la luz. La épica de "lo último" favorece el riesgo, la aventura, y resulta difícil repetir una situación así en el mundo actual, donde las nuevas formas de comunicación han atrofiado un cierto tipo de emoción.

Así que llegué a casa y, después de cenar y poner una lavadora, viendo que se acercaban ya unas horas intempestivas, pensaba irme a la cama directo, sin encender el ordenador. Pero una extraña sensación me hizo pulsar el interruptor y comprobar si tenía algún comentario en el blog. La sorpresa fue mayúscula cuando vi el comentario de un anónimo (a quien le estoy muy agradecido :) ) que anunciaba, tras verlo en Luz de limbo, el blog de Víctor Coral, que Vila-Matas estrenaba su web oficial, todavía hoy en pruebas. Entré y pasé por lo menos media hora releyendo los textos (muchos ya felizmente conocidos), viendo las imágenes y las animaciones y navegando por las posibilidades y enlaces que ofrecía. Es una web absolutamente vilamatiana, por su diseño, por su ironía y por su gusto por la mezcla, el pastiche y la intertextualidad. Incluso tiene un pequeño rincón para Internet y los blogs, y es de agradecer que estemos por allí. Pero tanto como la web me fascinó la agilidad de la comunicación, cómo en un mismo día unos anónimos comentarios cruzados sobrevuelan blogs y comparten lo que saben que interesará a los pasan por allí. Es como pasear por una calle de la ciudad mundial en la que cada edificio está hecho para nosotros. Siempre puedes desviarte a otros barrios, pero así puedes compaginar distintos tipos de emociones y comportamientos; puedes medir las palabras y descubrir que, tras una comunicación segura también puede haber emoción. Aunque parezca que ya no es tan necesario como antes medir las palabras, en realidad los sentimientos se moldean con las sílabas de siempre, y la diferencia estriba en la velocidad del cambio, la frase breve y el párrafo escueto, el plano corto y el montaje sincopado. Aunque saber que podemos tener mucho puede dejarnos catatónicos, hacernos renunciar a todo y depurar. Pensar y pensar sin prisa, mantener planos infinitos enarbolando magdalenas proustianas. La emoción pura no se transmite, se comparte.

Así que, pocos minutos después de dudar de la tecnología, me reafirmé en su excelencia y en su capacidad para hacernos sortear los caminos predefinidos y descubrir paraísos invisibles. Sí, la tecnología volvió a parecerme maravillosa. Me fui a la cama a dormir las pocas horas que quedaban antes de que sonara el despertador. Hoy voy a hacer lo mismo, pero aquí abajo la puerta está abierta. Naveguen y disfruten.

PÁGINA WEB OFICIAL DE ENRIQUE VILA-MATAS


viernes, junio 13, 2008

Vila-Matas vs Fresán

Dado que ahora no tengo tiempo para actualizar, convierto esto en agenda de eventos.

El sábado un imprescindible en la Feria del libro de Madrid.

Enrique Vila-Matas vs Rodrigo Fresán.
Sábado 14 de junio. 13:00-14:30.
Encuentros. Fundación Círculo de Lectores.

Promete ser jugoso :)

domingo, junio 01, 2008

Spider vilamatizado


Una de esas casualidades vilamatianas.

Entro en El país y leo el Dietario voluble de hoy. Veo que habla de Spider, una película de Cronenberg que siempre me pareció magnífica e infravalorada. Quizá en su momento no fue muy apreciada porque rompió el estilo del director al abrir su etapa de clasicismo formal. Trastocó las ideas preconcebidas. Se reinventó. Sin embargo, es personal como ninguna, turbia como todas. El nuevo Cronenberg me gusta incluso más que el anterior.

Entro en TVE y miro la programación. Esta noche, a las 4:00 de la madrugada, ponen en La 2 Spider, de David Cronenberg. Quien no la haya visto, que prepare su vídeo.

Ah, y la comparación con Antonioni y El desierto rojo no puede ser más acertada.


jueves, diciembre 27, 2007

2007: mis 10 recuerdos literarios

Momento de balances. Hoy libros, otro día de esta semana cine. Selección dispersa y bastante caótica, pero importante para mí, creo que recomendable para cualquiera.

1.-Vila-Matas. El primero tiene que ser el nombre más importante para este blog en el último año. No sólo porque llegó, comentó, respondió, se presentó e incluso nos citó, con el acicate que eso supone y la energía que aporta a una tarea que muchas veces parece inútil y absurda. No sólo porque demuestre que se puede ser uno de los grandes sin estar endiosado, o porque cada movimiento suyo sea tan asombrosamente natural y cercano. No sólo porque me haya dejado boquiabierto, dado que nunca hubiera imaginado el alcance que puede tener un modesto blog. También porque en estos meses he leído buena parte de su obra, de la que antes sólo conocía (y ya admiraba profundamente) un par de "novelas", y porque me ha hecho reflexionar sobre cosas que nunca había imaginado y me ha hecho ver las ciudades como algo mucho más importante que un mero escenario de aventuras. ¿No es Vila-Matas el gran poeta contemporáneo de la urbe? Ahora cada calle es distinta, en cada esquina se abalanzan odradeks y en las fachadas se camuflan los sueños. Puede ser Praga, Budapest, Barcelona, Lisboa, Nantes, Veracruz. Puede ser París. Puede ser mi ciudad, tu pueblo, su aldea...


2.-Philip Roth. Cuando creía que ya había leído todo lo esencial del versátil judío, me sorprende con la impresionante novelita El animal moribundo, punzante y dolorosa, y con sus últimas vueltas de tuerca metaliterarias: Los hechos y La contravida (probablemente, su novela más ambiciosa: en estructura, contenido y valentía).



3.-La vida instrucciones de uso. Directamente, uno de los libros de mi vida, como ya comenté. Si me preguntaran qué libro de la historia de la literatura me gustaría haber escrito, no tendría ninguna duda.


4.-Crónica del pájaro que da cuerda al mundo. Pensaba incluir a Murakami en general, ya que he leído cinco de sus seis libros traducidos, pero la distancia del "pájaro" con el resto me parece demasiado grande, incluso con el aplaudido Kafka en la orilla. Pese a todo, no se puede negar el encanto, a pesar de la imperfección, de cada una de sus obras. Pero si hay que leer a Murakami, por favor, lean su Crónica del pájaro que da cuerda al mundo.


5.-Corazón tan blanco. Por alguna extraña razón no había leído este título fundamental de la narrativa en castellano de los 90. Desde que lo leí se convirtió en mi favorito del autor, que siempre me cayó bien desde que me enteré de que su película favorita era El fantasma y la señora Muir (aunque para descubrimientos y revelaciones cinéfilas me quedo con su hermano). Ahora habrá que pensar en leer su mega trilogía.


6.-La subasta del lote 49. Tras algunos años vuelvo a Pynchon (aunque aún no me he atrevido con su arco iris) y la sensación no puede ser mejor. Divertidísima paranoia que da la vuelta a todas las convenciones, que nos hace compadecernos del sinsentido de nuestra propia vida. Mandar una carta nunca volvió a ser igual, aunque no queden restos.


7.-Proleterka. Mi descubrimiento de Fleur Jaeggy, del que salgo cautivado. Con su prosa cortante, tan gélida como evocadora, y su gusto por lo esencial, por el gesto, los matices. Seguiremos leyéndola.


8.-Tristam Shandy. En un año en que he dejado un poco de lado los clásicos (me sorprendo al no haber leído a ninguno de mis adorados franceses o rusos decimonónicos), el libro de Sterne ha sido, probablemente, la lectura más moderna, inteligente y divertida que ha caído en mis manos. Poco queda que no se haya dicho ya, incluida la fantástica traducción de Javier Marías.


9.-Contra la interpretación. Como ensayo, me quedo con este libro ya antiguo de la gran Susan Sontag. Algunas ideas pueden parecer muy propias de su época, pero hay que aplaudir tanto la valentía como la agudeza y profundidad de muchas observaciones. El capítulo sobre Vivre sa vie, probablemente, mi lectura de cine favorita.


10.-Pessoa. Por último, el que siempre está para momentos inciertos. Cuando una novela es una losa pero quieres leer algo realmente íntimo y concreto, es una gozada abrir a cualquiera de los múltiples pessoas. Porque todas las listas de amor son ridículas.

martes, noviembre 27, 2007

Vila-Matas en Paper de Vidre

Me llega un mail de Cristina Núñez dándome a conocer la revista Paper de Vidre, en cuyo último número aparece una jugosa entrevista a Enrique Vila-Matas. La revista es en catalán, pero las respuestas de Vila-Matas también aparecen en castellano. Además, tiene un gesto amigo para algunos de nosotros :)
Pero ya se está hablando más y mejor de todo esto en el blog de Portnoy. Así que yo sólo abro la puerta.

Y aquí el enlace: número 45 de la revista.

viernes, noviembre 16, 2007

El día que conocí a Vila-Matas

Anoche soñé que veía a Vila-Matas. Bajaba despacio del taxi, gabardina oscura y mirada hundida, mientras por la otra puerta salía el hombre que lo acompañaba. Yo no me atrevía a acercarme, pero con sólo tenerlo a menos de cinco metros me temblaban las piernas. Me asombraba que no empezaran a acosarlo desbordadas bandadas de gruppies, pero ahí me quedé, en la puerta de la Residencia de estudiantes viendo cómo entraba en el edificio junto a los anfitriones que lo habían recibido a su llegada. La noche ya era cerrada en Madrid, a pesar de que apenas daban las siete y veinte de la tarde. Esperaba la llegada de la simpatiquísima Cristina Núñez, con quien estaba citado para ver a Vila-Matas desde unos días atrás, cuando quedamos a través de comentarios en nuestros blogs y un par de e-mails. No llevaba más que cinco minutos esperando, pero casi no me creía haber llegado tan pronto cuando diez minutos antes estaba entrando, por la calle Serrano, en el enorme recinto de la Residencia con la boca abierta ante un complejo tan lleno de construcciones anónimas y callejones tenebrosos. Pensé si mi vagabundeo por aquellos rincones que un día frecuentaron los Lorca-Dalí-Buñuel tendría final feliz, pero la suerte me sonrió cuando encontré un vigilante de seguridad que me condujo por el lugar apropiado. A la hora de la quedada yo ya estaba en el lugar convenido, a tiempo incluso de ver la llegada en taxi de Vila-Matas.

Cuando apareció Cristina al fondo de la calle no necesitó sacar de la carpeta la flor dibujada con boli rojo sobre una hoja de cuaderno; ni siquiera me fue necesario fijarme en el libro de Vila-Matas en italiano que ella debía llevar: sabíamos quiénes éramos sin habernos visto nunca. Tras la consabida presentación intercambiamos nervios y suspiros de resignación por nuestro comportamiento adolescente, que considerábamos impropio de dos personas maduras como nosotras... Entramos en la sala para hacernos con un buen sitio, en la tercera fila del lado izquierdo, cerca de donde se sentaría nuestro héroe particular. Nos reíamos de la situación y de nosotros mismos, al tiempo que se sentaba justo detrás de nosotros un hombre alto, de larguísimo pelo blanco y nevada barba hasta el ombligo. Cuando lo vimos nos miramos comprendiendo que sabíamos quién era, un espectador mítico, habitual del círculo de eventos culturales madrileños, que siempre organizaba algún tipo de extravagancia.

Llegaron los conferenciantes y discurrieron con normalidad las ponencias: la del moderador, la del psiquiatra invitado y, por último la de Vila-Matas, quien ideó para su intervención una ingeniosa construcción a partir de sus dos últimas entregas del Dietario voluble. Muchas cosas ya nos sonaban a conocidas pero, aun así, es Vila-Matas, y de repente se proyecta de su boca una frase cargada de ironía, como un arma sin ganas de disparar. A mitad del acto, el hombre de barba y pelo infinitos pidió el turno para hacer una pregunta y, cuando se lo concedieron, se apuntó a la cabeza con uno de los dedos de la mano derecha y empezó a golpearse en pecho con la otra. "¿No va a preguntar nada?", inquirió el moderador, y el hombre se sentó tan mudo como se había levantado.

Al término del acto nos pusimos en pie dirigiéndonos a donde estaba Vila-Matas. Dejé a Cristina pasar delante, con su libro en italiano y un ejemplar de El viajero más lento presto a ser dedicado. Nos presentamos y Enrique resaltó la extrañeza de la situación: dos entes cobijadas por la escafandra del blog se materializaban como personas físicas. Sí, existíamos, y él existía para nosotros. Era realmente emocionante, tanto que me quedé callado sin saber qué decir, con la mirada fija como un bobo con pretensiones, víctima de un bloqueo mental que me impedía asimilar la situación. Mientras, Cristina demostraba su agudeza apuntando pertinentemente la idea de Nabokov de escribir "realidad" siempre entre comillas. A mí me vino a la cabeza Bresson, con uno de sus famosos apuntes de sus Notas para el cinematógrafo ("Rechazar todo lo que, de lo real, no se vuelve verdadero. La horrible realidad de lo falso."), pero ni recordaba la cita con exactitud ni estaba en condiciones de articular oraciones de tan profundo significado. Pero no importaba, yo estaba feliz, y la cordialidad y el buen trato de don Enrique me tenían maravillado. También hubo una alusión al extraño hombre barbudo que se sentaba detrás de nosotros, y comentamos rápidamente que se trataba de un habitual de la parafernalia literaria de la ciudad. Seguía con nosotros Vila-Matas cuando se le acercó su acompañante del taxi, al que había visto antes, y le comentó casi al oído algo de la cena de esa noche. El deseo de escuchar se contraponía a la moralidad de no invadir conversaciones ajenas, por lo que salió una extraña mezcla en la que se coló por mis sentidos alguna palabra suelta que me hacía pensar en el significado evitado. Finalmente, nos despedimos y dimos media vuelta con nuestros libros firmados. Al salir de la sala nos embargaba una emoción preescolar, sanamente inmadura. Cristina me hablaba y yo continuaba en estado semicatatónico, a la espera de una sacudida celestial o una embestida imaginada. Nos quedamos a medio salir, en el hall entre la sala y la calle, satisfechos con lo vivido pero como con ganas de más. Entonces me di cuenta de mi sofoco y sugerí salir a la calle, donde me acordé de que tenía entre mis manos un ejemplar dedicado de Exploradores del abismo que ni tan siquiera había mirado. Lo abrí y mi alegría aún se multiplico al ver la dedicatoria compartida. Porque así es, no sólo me lo dedicó a mí, también se acordó de Maud.

Caminamos sin rumbo, sin haber pensado dirección ni destino, y sin darnos cuenta nos encontramos fuera el recinto de la Residencia de Estudiantes, a punto de ser atropellados por un taxi de carrera desbocada. Debíamos andar como zombis para haber estado tan cerca de formar parte de una de esas casualidades vilamatianas que a buen seguro nos habría conducido a una póstuma aparición en el Dietario Voluble. Por un momento pensamos que podía estar Vila-Matas en ese taxi para redondear la jugada, pero en el fondo mirábamos hacia atrás de refilón por si nos encontrábamos con alguna sopresa por detrás. Justo un instante antes había pasado junto a nosotros el hombre extraño de la barba y el pelo largo empujando a una señora oriental en una silla de ruedas.

El susto del casi-atropello nos sirvió para despertarnos y pensar qué camino debíamos seguir para llegar al metro: concluimos que debíamos retroceder y volver a atravesar la Residencia. En realidad podía ser un deseo inconsciente de reencontrarnos con Vila-Matas, pero yo rápidamente le dije a Cristina que era imposible que eso sucediera, porque si el taxi de ida lo había dejado en la puerta, a la vuelta debería seguir el mismo procedimiento. Así que nos tranquilizamos un poco hsta que, de repente, al girar la esquina, aparecieron caminando apaciblemente Vila-Matas y su acompañante del taxi. La penumbra del lugar impidió que nos reconociéramos instantáneamente, pero viendo que era él hice un amago de pararme, con lo que se dio cuenta de quiénes éramos. De repente estábamos allí los cuatro, dos a dos, solos en un rincón donde las sombras jugaban a esconderse de los odradeks y los carretes de hilo kafkiano se materializaban de extrañeza. Era el clima perfecto, y Enrique nos presentó a su acompañante, Marcos, del que antes habíamos especulado Cristina y yo sobre si se trataría de su secretario o algún tipo de agente... Inmediatamente después apostilló: Giralt Torrent. Seguimos en blanco, sin llegar a tomar conciencia de lo que había dicho ni dar síntomas de reconocimiento. Después elogió el trabajo de Cristina sobre su conferencia de Oviedo, y a mí me dijo que me imaginaba más mayor. "Pero me alegro, mejor para ti", añadió. "Será por el nombre". Sí, tengo un nombre que suena a antiguo (mi nombre real), eso es innegable, y la máscara del blog afianza la primera impresión de la imaginación. Por último, antes de despedirnos por segunda vez nos dijo que seguiríamos en contacto a través de la Red..., si queríamos, claro... Y entonces alucinamos. Enrique y Marcos siguieron caminando hasta que los perdimos de vista y no éramos capaces de creer lo que habíamos oído ¿Es posible ser más humilde? ¿Es posible ser más educado y libre de prejuicios? ¿Es posible que un escritor de su prestigio y fama internacional se comporte de esa manera? ¿Sería todo un sueño en el que habitáramos un mundo de color de rosa en el que todos fuéramos iguales y ser el más culto significara ser el más sabio?

Intentamos salir del recinto de la Residencia de Estudiantes por la puerta de la calle Serrano por la que yo había entrado unas horas antes. Pero, misteriosamente, nos era imposible dar con algo que no fueran bocacalles sin salida, oscuros callejones angostos y deshabitados cubículos de inquietud. Como si de un laberinto se tratara, de repente estábamos en el mismo sitio en que encontramos a Vila-Matas, y dándonos por vencidos en nuestra búsqueda acabamos saliendo por la puerta en que casi nos habían atropellado.

Dimos un rodeo para llegar al metro, y seguimos comentando la maravillosa extrañeza de los sucesos de la noche mientras caminábamos grácilmente como porteados por los espíritus risueños. Entonces le hablé a Cristina de una amiga ovetense con la que llevaba (y llevo) años sin mantener contacto, pero que sabía que era de su misma edad. Se echó las manos a la cabeza repitiendo el nombre que yo había pronunciado. No podíamos creerlo. ¡Habían sido compañeras de clase en el instituto!

Descendimos a los abismos del metro convencidos de que no podía pasar nada más, y cuando el tren llegó desfilamos hasta el fondo del vagón, apoyando la espalda en el cristal que permitía ver el vagón contiguo. Una parada antes de llegar a nuestro destino giré la cabeza y vi a un hombre corpulento, de gabardina oscura y elegante sombrero, apoyado de la misma manera que yo en esos momentos. Nos bajamos del metro y el tren volvió a arrancar. Mientras recorría los primeros metros, Cristina me tocaba el hombro sin ser capaz de articular palabra. Me señaló el vagón junto al que habíamos estado y encontré al hombre de la gabardina saludándonos, lanzando su irónica mirada al tiempo que agitaba su sombrero. No podíamos creerlo, Vila-Matas estaba en todas partes.

La conferencia según Cristina

domingo, octubre 21, 2007

12 de noviembre: Vila-Matas en Madrid

Ando un poco liado, por lo que no pensaba actualizar esta semana, pero acabo de leer el artículo del Dietario voluble de Vila-Matas de hoy y me he enterado de la noticia. En el texto sólo comenta de pasada lo siguiente:

Encuentro cosas que reprobarle a la ciencia, sobre todo desde que sé que debo acudir a Madrid a debatir acerca de las distintas formas de percibir la realidad por parte de científicos y escritores. Creo que allí, en la Fundación de Ciencias de la Salud, diré que en esa vieja dicotomía entre las letras y las ciencias siempre quise estar en los dos lados.

Y con eso ya podemos tirar del hilo y saber que la visita a la capital se debe a una mesa redonda sobre La percepción de lo real, enmarcada en unas conversaciones entre ciencias y letras organizadas por la Fundación de Ciencias de la Salud, el lunes 12 de noviembre. El lugar, la Residencia de Estudiantes. Le acompañarán un médico psiquiátra y el moderador, Alberto Galindo. Personalmente siempre me ha interesado mucho el tema, dado que soy de ciencias por formación y de letras por vocación, así que estaremos allí si nada ajeno lo impide. Espero que no esté muy difícil el acceso. Ese día Vila-Matas será más Dr. Pynchon que nunca., aunque esperemos que más visible.

Respecto a la última conferencia de Vila-Matas, en Oviedo hace unos días, nos quedamos con la crónica de Cristina.

domingo, septiembre 30, 2007

Exploradores del abismo. Las variaciones Vila-Matas


Siempre me han gustado las tinieblas, los espejos que no devuelven la propia imagen, las resonancias invisibles, el déjà vu impreciso, la coreografía desordenada, el balanceo con un solo dedo, la belleza oculta por el escepticismo irónico. Cuando esos ingredientes se perciben en una obra literaria, la fascinación nos coloca en el ojo de un torbellino maravilloso que elude abrumarnos con la ayuda de un sincronismo matemáticamente perfecto. Exploradores del abismo, como tantos libros de Vila-Matas, sobrevuela a muchos y diversos escritores, pero me ha recordado, en su sensación final, el efecto producido por algunas de las primeras obras de Paul Auster, especialmente su Trilogía de Nueva York.

La referencia no es gratuita, y mucho menos ingeniosa. En uno de los relatos finales del libro, el central Porque ella no lo pidió, Vila-Matas cabalga sobre Auster en varios frentes, llevándolo a su terreno y convirtiendo una historia metaliteraria en el eje sobre el que oscila el resto de relatos. Como Vila-Matas en su nuevo libro, el neoyorquino ya había utilizado la figura de la atrevida fotógrafa Sophie Calle como personaje de ficción en su novela Leviatán, encarnada en Maria Turner, a la que el catalán hace un guiño ficcionándose a sí mismo como un escritor llamado Jean Turner. Del mismo modo, el entramado argumental del relato parte de una supuesta proposición de Calle a Vila-Matas que funciona como reflejo de la proposición que le había hecho anteriormente a Paul Auster (en la realidad o en la ficción, ¿hay diferencia?), y que terminó germinando en el libro Double Game. La estructura, a su vez, se organiza en torno a tres partes, que funcionan como cajas chinas (a la manera de Auster) que cuestionan su propio contenido (a la manera de Vila-Matas); me explico: cada caja supone un nivel que encuadra una ficción planteada como realidad implícita y explícita, al incorporar elementos y situaciones fácilmente reconocibles; a su vez, es desmontada por la caja superior, que la reafirma como ficción gracias a la distancia que impone sobre ella. Podemos entender, entonces, que la única posibilidad de discernir entre realidad y ficción será separarnos del objeto para poder analizar con frialdad aquello que tratamos. Por otro lado, tampoco podemos considerar casual la presencia de un cuaderno rojo, que nos lleva a recordar la kafkiana pesadilla de Daniel Quinn en Ciudad de cristal, o el juego de cazacoincidencias que abrirá puertas hacia otro relatos del libro.

Terminando con Porque ella no lo pidió, probablemente la pieza más fascinante, irónica y compleja de la colección, resulta agradable la vuelta a la Rue Vaneau, que enlaza directamente con su anterior libro, Doctor Pasavento, en la que se trata el tema de la desaparición, fundamental también en la primera parte del relato. En una de sus últimas páginas, Sophie Calle menciona a un tal Maurice Forest-Meyer del que Vila-Matas (o el Vila-Matas de la ficción) reconoce no saber quién es. Este personaje constituye la divertida sombra que recorre todo el libro dando unidad más allá de la fuerte conexión temática ya existente de por sí.

Se nos presenta a Maurice Forest-Meyer como un funambulista que va apareciendo escondido por muchos de los relatos, como un espectro evocado cuya existencia no sabemos si creer. Además de la mención de Sophie Calle, descubrimos al curioso personaje en La gloria solitaria, donde quiere tener un coche como el de Raymond Roussel, o en Materia oscura, donde su existencia se conoce a través del sonido del televisor de los vecinos (en lo que me parece el cuento más carveriano de la colección, algunos relatos después de haber hecho la mención explicita al creador del "realismo sucio"). También en Niño se nos aparece como el funambulista que quiere fotografiar el vacío desde la cuerda floja; en Así son los autistas es el hermano mayor del protagonista y, en Fuera de aquí quizás sea el tal Maurice que porteará la historia desde el origen del siglo XX hasta su nieto, el narrador actual. Pero el más divertido golpe a costa del famoso equilibrista (que imagino que no existirá, o al menos Google no lo conoce...) está en Amé a Bo, la fábula intergaláctica en la que nuestro autor coquetea con el existencialismo científico de gente como los Stanislaw Lem o Andrei Tarkovski. Aquí Maurice se convierte en Billy Forest-Meyer, cambio con el que podemos experimentar variadas hipótesis: 1, que Vila-Matas nos quiere mostrar la distorsión de la memoria en condiciones extremas, o 2,en una explicación más prosaica, que Maurice cambiara del nombre hacia el final de sus días, en una carrera que va por delante de la nuestra. Este mismo relato, seguramente el más extraño del libro, se relaciona temáticamente con el ya mencionado Materia oscura, pues ambos son unidos por el hilo invisible de los misterios astronómicos.

Fotografía cedida por Enrique Vila-Matas

Además de los ya mencionados, tenemos una infinidad de autores que desfilan por las páginas de Exploradores del abismo, como no podía ser menos, con algunos relatos que, más que un homenaje, pretenden ser un estudio sobre la vigencia y la imposibilidad de representación de ciertos clásicos. Como ejemplo tenemos el cuento ruso, que parece pretender hacernos creer que estamos ante un relato de Chejov, sin ocultar, claro está, menciones y referencias al autor de El jardín de los cerezos. Sin embargo, aunque la naturaleza de cuento, la estructura y el diseño de personajes parezca cercano a Chejov, formalmente me parece más próximo a Dostoievski, y nos metemos totalmente en esa Rusia convulsa hasta que mediante un elegante truco metaliterario se nos dice que Vila-Matas no quería hacer un cuento de Chejov o Dostoievski, sino una relectura moderna de sus posibilidades literarias.

Pero, sin duda, el autor más presente en el último libro de Enrique Vila-Matas es el checo Franz Kafka, a quien se nombra repetidamente, además de alargar su sombra a través del
aire de pesadilla praguense y la seguridad incierta de futuro que impregna la mayoría de los relatos. Además, en el caso de Niño y Fuera de aquí, asistimos a relatos generacionales de gran intensidad, que parecen ajustes de cuentas de padre a hijo, al revés que hiciera Franz Kafka en su ya mítica Carta al padre.

En La gloria solitaria, el otro relato clave del conjunto, el más cercano al ensayo y uno de los más jugosos en el estudio de las relaciones entre literatura y vida, Vila-Matas sobrevuela un libro de Don Delillo, Contrapunto, que podemos leer en el blog de Little Turtle. En este cuento se trata la afición a la soledad y la misantropía, además de tener a Glen Gould como un exponente claro del Síndrome Asperger, lo que nos lleva a pensar de nuevo en Así son los autistas, relato en el cual tiene relevancia fundamental la cicatriz interior del protagonista. ¿Será una coincidencia o esto se relaciona con la obra de Philippe Garrel? (Sus películas siempre tratan del vacío y de personajes que se asoman al abismo, coqueteando con el suicidio después de una vida en el alambre...).

Podríamos analizar la totalidad de la obra con más detalle, con todos los nombres y relaciones que van apareciendo en cada relato, pero eso haría perder al libro parte de su encanto, ya que quizás aclararíamos la neblina que Vila-Matas nos lanza para que sintamos el aturdimiento del abismo. Sin embargo, por muchas vueltas que demos, algunos misterios quedarán en el texto, resonantes, como la presencia del pueblecito holandés de Delft, que abre y cierra el volumen en una inquietante coreografía de la extrañeza, como si la luz milagrosa de Vermeer circundase todas las historias del mundo. Como bien decía Francis Black, cada relectura es completamente nueva. El libro funciona como un puzzle en el que las piezas van cambiando de dibujo, de modo que, al terminar, hay que volver a hacerlo inmediatamente.

El nuevo libro de Enrique Vila-Matas es una especie de programa informático, hipertexto infinito de conceptos misteriosamente relacionados, donde diferentes hebras que corren independientes deben coordinarse para llegar adecuadamente a su destino, preciso y calculado hasta el último milímetro. La galería de personajes que se asoman al abismo nos demuestra que Vila-Matas es capaz de escribir sobre "personas normales, de carne y hueso, sangre e hígado", sin perder un ápice de su sello inconfundible, sin dejar de fascinarnos con su incesante debate en torno a los temas vida-literarios que le preocupan y que, en definitiva, son los que persiguen a todos los que disfrutamos con la literatura.


Edito para añadir el artículo de Vila-Matas en El país del 7 de octubre. Sí, a vueltas con Sophie Calle :)

El largo adiós de Sophie Calle

Y de paso la crítica de Exploradores del abismo de Rodrigo Fresán...
Y la de Portnoy

viernes, septiembre 14, 2007

Guía para exploradores

No me resisto a dejar más visible el último comentario de Enrique Vila-Matas en este mismo blog a partir de un par de preguntas de Francis Black. Ya sabemos que tiene nuevo libro, Exploradores del abismo, que ha servido para que leamos las entrevistas y reseñas de rigor. Dejo también unos enlaces relacionados.

Francis Black: La entrevista esta bien , pero hay alguna pregunta que creo que falta , por ejemplo , los libros de cuentos tienen un orden , hay un cuento detras de otro , en principio el lector sigue el orden pero en la practica no , pues en posible que un dia antes de dormir de leas un cuento de tres paginas y te guardes el de cuarenta para el sabado por la tarde , asi que hay la pregunta :¿ La estructura del libro es importante , para encontrar u sentido unitario ?

Luego hay otra y es que en España el cuento esta poco valorado , si dices que te gusta mas leer cuentos o relatos te toman poco menos que por un perezoso , se asocia al cuento con blancanieves , otra pregunta seria : No considera que los dominicales en vez de ser anuncios y promociones de Spiderman podrian poner un cuento a la semana .

Las dejo en el aire .

Vila-Matas: Hola, aquí Enrique.
El orden de los cuentos lo coloqué al terminar de escribir el último, el número 20. De modo que es un orden muy pensado. Aparece al principio "La modestia", por ejemplo, para entroncar con lo que se dice en "Café Kubista", el prólogo. Y sitúo al final del libro los dos textos que precisamente escribí primero ("Porque ella no lo pidió" y "La gloria solitaria"), que son los que tienen una mayor carga metaliteraria y que definen la unidad del libro.
En la prmoción de "Exploradores" trato en algunas entrevistas de reivindicar el cuento, que en definitiva es algo que han practicado recientemente -con mucha aceptación de los lectores- autores como Monzó, Pàmies, Fernández Cubas, Jordi Puntí, Méndez (el de los girasoles), etcétera. Por no hablar del interés que despiertan entre nosotros escritores como Carver, Cheever, Chejov, Hemingway.

Y nada más por hoy, un saludo a todos.

Entrevista en El país
Presentación del libro en El mundo (EFE)
Crítica de 'Exploradores del abismo' en Babelia
Crítica de 'Expoladores del abismo' en El cultural
Enrique e Iluminado en el paseo (El país)
Adelanto del libro en La jornada

Y claro, también tenemos la columna semanal de Vila-Matas, su Dietario Voluble

viernes, agosto 31, 2007

Para fans de Vila-Matas...

Y lectores de Pasavento.


(Certifico la presencia de policías amenazadores con grandes pistolones intentando impedir las grabaciones o fotografías. "No filmar, no filmar". Aun así, dando un rodeo se les pudo dar esquinazo. Espero no ser perseguido después de esto.)








Como colofón, una foto de Vila-Matas con Saint-Exupery, uno de los ilustres habitantes de la Rue Vaneau. Cortesía del propio Enrique. Muchas gracias por ello :)

miércoles, julio 25, 2007

París no se acaba nunca: Vila-Matas sobrevuela a Hemingway

La ironía como asunto literario resulta una componente ciertamente peligrosa, y no sólo porque pueda utilizarse como excusa para grandes maldades. Además de eso, puede ser un arma de doble filo que sirva, por una parte, como elemento de complicidad con el lector, haciéndole entrar en un mundo de juego que revele verdades inexpresables en su cruda realidad; al mismo tiempo, también puede colocar al autor en un plano superior a los personajes, como un gran demiurgo que se ríe de ellos (y del lector al mismo tiempo) menospreciando todo aquello que considera lejos de su dominio. Experimento esta sensación al leer a ciertos autores que, a pesar de ello, me gustan mucho, y pienso en Oscar Wilde (dentro de una línea más clásica) o en Kurt Vonnegut (en parámetros más modernos). Ambos diseñan jugadas maestras en las que el ingenio se alía con el humor más corrosivo con resultados muy estimulantes, pero tambien algo agresivos y soberbios.



Creo que una de las grandes virtudes de Vila-Matas es trazar las líneas directrices de sus personajes a través de una ironía vista a pie de tierra, sin sobrevolar sus cabezas con aviones de combate listos para el ataque. Todo se observa con la premisas de la comprensión, lo que lleva a una cierta ternura con la que se compadece de sí mismo. Porque si uno no es capaz de compadecerse de sí mismo, menos será de compadecer a los demás. De esta manera, no sólo se aleja de la temible caricatura que suele acompañar al relato humorístico, sino que también nos permite admirarnos ante la verdad de lo que se nos expone. Quizás no sea la realidad, pero poco importa, porque podemos ver la verdad. Dualidad esta, por otra parte, muy vilamatiana.



Salvado este importante escollo, Vila-Matas nos invita a una relectura del clásico de Hemingway, París era una fiesta, trazando divertidos paralelismos, y parece señalarnos que el cambio de valores, actitudes y sentimientos entre su época (con un mayo del 68 tan cercano como invisible) y la del narrador estadounidense, no impide que las íntimas preocupaciones existenciales sean, al fin y al cabo, las mismas de siempre. Por esta razón, tomando a Samuel Becket como bisagra, se nos dibuja un hilo muy sutil entre los cuellos de Hemingway y Margarite Duras; un hilo que pende de la nada, del vacío que tanto asusta a los que han llegado demasiado lejos, y su propia condición de artistas les bloquea hasta que ven tapiada la última salida. Hay algún momento estremecedor en esa parte del libro, articulada como un coro de capítulos que nos llevan en volandas de una reflexión a otra, abriendo interesantísimas puertas como la que esconde el tema de la desaparición, que será ampliamente tratado y explotado con maestría en la posterior Doctor Pasavento.

Las diferencias entre París era un fiesta y París no se acaba nunca son claras y bastante evidentes, desde los aspectos formales hasta un contenido enfocado hacia dentro en el primer caso y hacia afuera en el segundo. La prosa directa, seca y evocadora de Hemingway se ve sustituida por un estilo más ramificado y altisonante, lleno de disgresiones y cambios de ritmo. En cierto modo, una frase de Hemingway puede equivaler a un plano fijo de John Ford, a una flor de cactus sobre un ataud de madera, mientras que una frase de Vila-Matas se parece más un plano de Godard,con autonomía y vida propia, referencial, divertido y elocuente. Sin embargo, lo que más interesa a Vila Matas no es actualizar las vivencias del pescador barbudo, sino hacer una reinterpretación, respetuosa y sosegada, huyendo del mito y riéndose de la propia tendencia de su protagonista (¿de él) a la mitificación. ¿Importa ser infeliz si se ha aprendido a escribir a máquina?



En definitiva, sólo puedo decir que resulta una gozada leer esta novela-autobiografía-ensayo o lo que quiera ser. Poco importa el encasillamiento, precisamente porque el autor ha luchado siempre contra todo tipo de encasillamiento, tanto personal como global. ¿Por qué poner límites? ¿Por qué encajonar la literatura? Lo único que merece la pena es amarla huyendo de la necesidad de clasificación, que surge como consecuencia del utópico deseo del hombre de abarcar-todo-lo-que-se-conoce. Sólo hay que dejarse llevar. Jugar. ¡Suerte!

(Tengo la impresión de que menciono a Godard en cada cosa que escribo. ¿Estoy obsesionado, realmente es tan importante, o simplemente representa una cierta idea de modernidad encarnada por otros muchos autores?)