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domingo, diciembre 27, 2009

2009: 10 recuerdos literarios

1.-JAPÓN

Aprovechando un viaje de trabajo a tierras niponas, no sólo aproveché para hacer turismo, sino también para ponerme un poco al día en las corrientes de la literatura japonesa del siglo XX. Así pues, me decepcioné ligeramente con Soseki leyendo su popular Botchan, pero después me desquité con Kokoro, que me conquistó por su sencillez, por la pureza de su trazo y por la sensibilidad oriental de un autor fascinado por lo occidental pero demasiado sensible para adaptarse a los puntos de vista europeos. Más constante me pareció Kawabata, con obras maestras como Lo bello y lo triste o País de nieve, relatos prodigiosos y turbadores como La casa de las bellas durmientes, o novelas como Kioto, que reflejan un espíritu y una identidad de la mejor forma posible. Más turbio me resultó Mishima, con una violencia moral y un lirismo muy particulares, que pueden evocar en ocasiones a la poética de Kitano, pero que en ocasiones se tambalea y no sabe muy bien dónde situarse. Y por exceso de crudeza se me atragantó Ryu Murakami y su Azul casi transparente, que además terminé de leer en el tren bala que me llevó de Tokio a Kioto. Pero tampoco olvidé al más popular de los literatos japoneses vivos, y por fin leí La caza del carnero salvaje, mi cuenta pendiente en castellano con Haruki Murakami, que me convenció como uno de sus libros más completos y que, a pesar de los innegables defectos del autor, me fascinó e hizo devorar con ansiedad todas las páginas del tomo. Hay algo extraño y muy cercano en los protagonistas de las novelas de Murakami.


2.-A LA SOMBRA DE LAS MUCHACHAS EN FLOR/EL MUNDO DE GUERMANTES

También éste ha sido el año de retomar otras cuentas pendientes, como continuar la lectura de En busca del tiempo perdido, con su gozoso paladear de frases y sensaciones. No hay prisa por terminar los siete tomos, así que pensé que dos volúmenes al año es un buen racionamiento. Quizá El mundo de Guermantes se me llegó a atragantar un poco más (demasiados salones, demasiada aristocracia), pero el Marcel adolescente de Balbec me hizo disfrutar como ningún otro libro que yo recuerde.


3.-TU ROSTRO MAÑANA

Y negándome a abandonar la cadencia proustiana, también resultó absolutamente gozosa la lectura continua de Tu rostro mañana, la gran novela de Javier Marías, que es capaz de mezclar las más evocadoras influencias de Marcel Proust con los resortes más intrincados y juguetones de la novela de género: de Ian Fleming a Nabokov (si es que a Nabokov se le puede considerar un género). Da gusto perderse en las digresiones de Marías, a veces tan divertidas y a veces tan morales, aunque en ocasiones no esté de acuerdo con el fondo de la cuestión. Sin embargo, no se le puede negar su afán batallador y la autenticidad de lo volcado en cada palabra. Tengo que decir que, al acabar el tercer tomo, me quedé con ganas de más, me embargó una especie de mono de Marías.


4.-LA HISTORIA DEL AMOR

Un descubrimiento el de Nicole Krauss, esta neoyorquina a la que también conocí con motivo de un viaje a Nueva York, intentando encontrar autores que se salieran de lo más típico y conocido de la geometría de la Gran Manzana. Trata de judíos en Brooklyn, pero está tan alejado de Paul Auster como de Woody Allen. Meaclando una especial sensibilidad y dulzura con cierto riesgo estructural y narrativo, la prosa de Krauss va calando lentamente hasta abrir un hueco conmovedor en el interior de los lectores, alejado, además, de posibles sensiblerías.


5.-EL CORAZÓN ES UN CAZADOR SOLITARIO

Y si de autoras sensibles hablamos no podemos olvidar a Carson McCullers, de quién por fin he leído este año su obra maestra, El cazador es un cazador solitario, con su magnífica panorámica de un pueblo de la América profunda y su conmovedor retrato de un grupo de personajes. Es difícil pensar en un autor cuyos personajes tengan más alma y más cuerpo que los de esta novela, pequeña en apariencia pero muy muy grande en logros.



6.-LA CARRETERA

Seguimos en territorio estadounidense, pero cambiando totalmente de estilo. Con algún año de retraso leo La carretera, la fábula apocalíptica de Cormac McCarthy, y aprecio un cierto cambio con los años en el estilo del autor. La carretera es aún más seco y contundente de lo que es habitual en él, y su prosa no resulta tan embriagadora como en Sutree, por ejemplo, pero sus descripciones, con menos elementos, siguen siendo implacables, y sus pinceladas de personajes irreprochables. Su libro más minimalista y quizás el más contundente. No sé si eso es bueno o es malo, pero la novela me golpeó.


7.-WASHINGTON SQUARE

Un clásico de la etapa de transición de Henry James, a partir de la cual se dirigirá hacia un estilo más elíptico y seguramente elegante. Aquí todavía lleva a su terreno personal muchas convenciones narrativas decimonónicas, pero consigue una novelita irreprochable, casi perfecta, en la que no se puede dejar de pensar mientras paseas junto al arco o a la fuente de Washington Square. (Y la película de W. Wyler, La heredera, me parece una magnífica adaptación).


8.-LOS DEMONIOS

El último de los grandes novelones de Dostoyevski que me faltaba por leer. Lo que pensaba ser una proclama política acabó convirtiéndose en otra de sus novelas más características, llena de personajes enloquecidos, de situaciones llenas de fiebre, de fiebre y lanza, y repletas de ideas desordenadas y caleidoscópicas sobre Dios, Rusia, la sociedad, la moral... La psicología de Dostoyevski, aunque juegue con arquetipos, llega lo más lejos que todas las posibilidades lo permiten (algo así dijo Borges de la novela rusa decimonónica en general).


9.-INDIGNACIÓN

Por poner alguna novedad, alguno de esos títulos que han aparecido en las listas de los periódicos, y por si alguien tiene necesidad de seguir el pulso de la actualidad (yo cada vez menos, la verdad, a pesar de que no puedo dejar de cumplir ciertas debilidades). La ya penúltima novela del gran Philip Roth parece desmarcarse de su última trayectoria, de la vejez y los meandros de la muerte y, aunque parezca mentira, vuelve a los terrenos de la juventud incendiaria que no tocaba desde los tiempos de Pastoral americana. La novelita es breve pero ejemplar, aunque a ratos pueda parecer que esté escrita con el piloto automático...


10.-MAUS

La novedad de este año es la incursión en el mundo del cómic, con el famoso premio Pulitzer de 1992 de Art Spiegelman. Aunque en muchas cosas no se pueda comparar literariamente con otras obras, el libro de Spiegelman resulta ejemplar en muchas cosas: desde su honestidad personal y moral, la brillantez de su ejecución y el riesgo (para un cómic) de su estructura, hasta su límpido y fiel retrato del Holocausto y, sobre todo, la conmovedora y auténtica relación mostrada entre un padre y un hijo. También hay grandes creaciones en el mundo de la historieta.




domingo, mayo 04, 2008

Ruido de fondo y Elegía, cara a cara con la muerte

A estas alturas, Don DeLillo y Philip Roth están reconocidos como dos de los novelistas estadounidenses fundamentales del cambio de siglo. Ambos han ido construyendo una obra muy personal, que crece con los años, y que los sitúa en dos corrientes de la literatura contemporánea muy alejadas entre sí. Por ese motivo resulta interesante fijarse en sendas obras de estos autores a las que separan más de veinte años, y que muestran que, en este tiempo, a pesar del 11-S (o precisamente por ello), las cosas no han cambiado mucho en la sociedad estadounidense.


Ruido de fondo fue publicada en 1985 y está considerada como una de las obras más representativas de Don DeLillo. Leída ahora puede resultar escalofriante por su capacidad profética, y quizás sea el primer libro que, sin saberlo, tratara el síndrome del 11-S. Con un contenido paranoico, heredero de Pynchon y su gusto por la conspiración, la escritura de DeLillo es inusualmente ligera en esta ocasión, como si pretendiera dejar a la luz el ensamblaje que articula los miedos, como si quisiera invocar en el lector la vulnerabilidad de la desnudez. Algún año después, DeLillo ensayaría con una prosa más densa, histérica y polifónica en Libra, acorde con el caracter de conspiración explícita de la trama, logrando también resultados excelentes. Pero en Ruido de fondo el motor es un McGuffin, el escape tóxico de un camión cisterna accidentado que obliga a evacuar una tranquila ciudad de provincias, que funciona como medio para tratar el tema que realmente interesa y que se hará explícito en la segunda mitad del libro: el miedo a la muerte. En realidad, la clave del asunto está en sacar a la luz los miedos que la sociedad obliga a ocultar, las tensiones que se liberan a través de mutaciones psíquicas y sociales, pero que posiblemente se pueden explicar mediante temores primitivos que el individuo no quiere mostrar para no dar síntomas de inmadurez. De este modo, el contemporáneo miedo a las apariencias se une al sempiterno miedo a la muerte liberando un tabú cuya sugerencia sólo mueve al silencio. Don DeLillo se plantea: ¿es el reverencial miedo a la muerte lo que hace pensar en la inmadurez la sociedad americana? ¿No será un síntoma mucho más claro el hecho de negar ese miedo y liberarlo a través de otras "pseudo enfermedades" contemporáneas más fácilmente justificables en un entorno social y competitivo? La amenaza que parece surgir de la tecnología es el miedo a lo desconocido, es decir, a la muerte, y por eso Ruido de fondo, pese a sus claras referencias temporales, siempre estará de actualidad.


Elegía, por su parte, es la primera novela de Roth en la que el 11-S aparece como telón de fondo y, casualmente, es una novela que trata abiertamente, sin cortapisas ni tapujos, el miedo de la muerte. Ya no estamos ante un protagonista de mediana edad, así que no hay tiempo para subterfugios ni excusas, la muerte está ahí y nos mira cara a cara, por fin tenemos derecho a hablar de tú a tú con ella. El libro de Roth es terriblemente directo, tanto que en algunos tramos, de convalecencia en convalecencia, de operación en operación, de hospital en hospital, se hace insoportable. Esto ya nada tiene que ver con la muerte del padre, como se nos contaba en Patrimonio, y donde aquél era un libro duro pero contado con ternura, mostrando en el fondo una historia de amor filial, Elegía no da tregua, va directo a la yugular, es áspero en el estilo, en el mensaje, y en la concisión de su relato, que condensa toda una vida en escasas ciento cincuenta páginas. El convencimiento de la propia vejez, como una amputación del propio cuerpo, se convierte en una pesadilla con una única salida, una única liberación. Como se dice en la novela, la vejez no es una batalla, es una masacre. La muerte no tiene nada de romántico, es un espanto, el camino a la nada. Roth nos lo muestra y enfoca toda una vida desde la desesperación de la muerte.


Una paradoja interesante. Ruido de fondo es un libro escrito en primera persona en el que, sin embargo, el narrador no lo cuenta todo sobre sí mismo, como si se mirara desde fuera, ya que son los hechos, sus comportamientos, y el posterior reconocimiento de los problemas ante su esposa lo que nos dice cuál es el mal que estuvo presente, pero oculto, desde la primera página. Por el contrario, Elegía está escrito en tercera persona, pero desde el principio se nos plantea como una diatriba con la muerte, en la que no se esconde nada del protagonista, como si fuera visto desde dentro por un narrador omnisciente que, en realidad, lo único que sabe tiene que ver con el protagonista de la historia. Quizás el narrador de Elegía sea el propio protagonista una vez muerto, que se ve desde fuera sabiéndolo todo sobre él al tiempo que es consciente de que lo que le ocurrió es algo por lo que puede pasar cualquier hombre, esa degeneración física progresiva que va diciendo, poco a poco, con una fuerza imparable, que la muerte está cada vez más cerca. No se menciona en toda la novela el nombre del protagonista, seguramente por lo que comentamos de que podría tratarse de cualquier persona, y de ahí puede venir el título original de la novela, "Everyman", que querría decir algo así como "cualquier hombre". En definitiva, Ruido de fondo sería una novela de tercera persona escrita en primera persona, y Elegía sería una novela de primera persona escrita en tercera persona.

Ruido de fondo y Elegía nos presentan dos visiones tremendamente certeras de la muerte y de los miedos de la sociedad contemporánea. Ya no son libros que se circunscriban a una delimitación espacial o temporal concreta, a pesar de la tremenda importancia del contexto en ambos casos, y el hecho de universalizar lo local engrandece el tamaño de dos novelas que fueron concebidas, respectivamente, como obra maestra y como relato menor, como nudo gordiano de toda una carrera literaria y como epílogo testamental a muchos años de escritura. Ruido de fondo. Elegía. Réquiem.

jueves, diciembre 27, 2007

2007: mis 10 recuerdos literarios

Momento de balances. Hoy libros, otro día de esta semana cine. Selección dispersa y bastante caótica, pero importante para mí, creo que recomendable para cualquiera.

1.-Vila-Matas. El primero tiene que ser el nombre más importante para este blog en el último año. No sólo porque llegó, comentó, respondió, se presentó e incluso nos citó, con el acicate que eso supone y la energía que aporta a una tarea que muchas veces parece inútil y absurda. No sólo porque demuestre que se puede ser uno de los grandes sin estar endiosado, o porque cada movimiento suyo sea tan asombrosamente natural y cercano. No sólo porque me haya dejado boquiabierto, dado que nunca hubiera imaginado el alcance que puede tener un modesto blog. También porque en estos meses he leído buena parte de su obra, de la que antes sólo conocía (y ya admiraba profundamente) un par de "novelas", y porque me ha hecho reflexionar sobre cosas que nunca había imaginado y me ha hecho ver las ciudades como algo mucho más importante que un mero escenario de aventuras. ¿No es Vila-Matas el gran poeta contemporáneo de la urbe? Ahora cada calle es distinta, en cada esquina se abalanzan odradeks y en las fachadas se camuflan los sueños. Puede ser Praga, Budapest, Barcelona, Lisboa, Nantes, Veracruz. Puede ser París. Puede ser mi ciudad, tu pueblo, su aldea...


2.-Philip Roth. Cuando creía que ya había leído todo lo esencial del versátil judío, me sorprende con la impresionante novelita El animal moribundo, punzante y dolorosa, y con sus últimas vueltas de tuerca metaliterarias: Los hechos y La contravida (probablemente, su novela más ambiciosa: en estructura, contenido y valentía).



3.-La vida instrucciones de uso. Directamente, uno de los libros de mi vida, como ya comenté. Si me preguntaran qué libro de la historia de la literatura me gustaría haber escrito, no tendría ninguna duda.


4.-Crónica del pájaro que da cuerda al mundo. Pensaba incluir a Murakami en general, ya que he leído cinco de sus seis libros traducidos, pero la distancia del "pájaro" con el resto me parece demasiado grande, incluso con el aplaudido Kafka en la orilla. Pese a todo, no se puede negar el encanto, a pesar de la imperfección, de cada una de sus obras. Pero si hay que leer a Murakami, por favor, lean su Crónica del pájaro que da cuerda al mundo.


5.-Corazón tan blanco. Por alguna extraña razón no había leído este título fundamental de la narrativa en castellano de los 90. Desde que lo leí se convirtió en mi favorito del autor, que siempre me cayó bien desde que me enteré de que su película favorita era El fantasma y la señora Muir (aunque para descubrimientos y revelaciones cinéfilas me quedo con su hermano). Ahora habrá que pensar en leer su mega trilogía.


6.-La subasta del lote 49. Tras algunos años vuelvo a Pynchon (aunque aún no me he atrevido con su arco iris) y la sensación no puede ser mejor. Divertidísima paranoia que da la vuelta a todas las convenciones, que nos hace compadecernos del sinsentido de nuestra propia vida. Mandar una carta nunca volvió a ser igual, aunque no queden restos.


7.-Proleterka. Mi descubrimiento de Fleur Jaeggy, del que salgo cautivado. Con su prosa cortante, tan gélida como evocadora, y su gusto por lo esencial, por el gesto, los matices. Seguiremos leyéndola.


8.-Tristam Shandy. En un año en que he dejado un poco de lado los clásicos (me sorprendo al no haber leído a ninguno de mis adorados franceses o rusos decimonónicos), el libro de Sterne ha sido, probablemente, la lectura más moderna, inteligente y divertida que ha caído en mis manos. Poco queda que no se haya dicho ya, incluida la fantástica traducción de Javier Marías.


9.-Contra la interpretación. Como ensayo, me quedo con este libro ya antiguo de la gran Susan Sontag. Algunas ideas pueden parecer muy propias de su época, pero hay que aplaudir tanto la valentía como la agudeza y profundidad de muchas observaciones. El capítulo sobre Vivre sa vie, probablemente, mi lectura de cine favorita.


10.-Pessoa. Por último, el que siempre está para momentos inciertos. Cuando una novela es una losa pero quieres leer algo realmente íntimo y concreto, es una gozada abrir a cualquiera de los múltiples pessoas. Porque todas las listas de amor son ridículas.

domingo, octubre 14, 2007

En torno a El animal moribundo

Pero ¿comprenden qué es lo que desechan? Ser casto, vivir sin sexo... bien, ¿cómo encajarás entonces las derrotas, los compromisos, las frustraciones? ¿Ganando más dinero, ganando todo el dinero que puedas? ¿Teniendo todos los hijos que puedas? Eso ayuda, pero no es en absoluto como lo otro, porque lo otro se basa en tu ser físico, en la carne que nace y la carne que muere, porque sólo cuando jodes te vengas de una manera completa, aunque momentánea, de todo cuanto te desagrada de la vida y todo cuanto te derrota en la vida. Sólo entonces está más limpiamente vivo y eres tú mismo del modo más limpio. La corrupción no es el sexo, sino lo demás. El sexo no es sólo fricción y diversión superficial. El sexo es también la venganza contra la muerte. No te olvides de la muerte. No la olvides jamás. Sí, también el poder del sexo es limitado. Sé muy bien lo limitado que es. Pero, dime, ¿qué poder es mayor que el suyo?
El animal moribundo, Philip Roth, 2001. Traducción de Jordi Fibla


Leyendo El animal moribundo no puedo evitar que el protagonista, David Kepesh, me recuerde a Joao de Deus, el personaje creado, interpretado y dirigido por el difunto Joao Cesar Monteiro. ¿No es Kepesh la versión estadounidense de Joao de Deus con posición y dinero?


Según imdb, ya está completa la película de Isabel Coixet sobre el libro de Roth y, curiosamente, el título original del film es Elegy, idéntico al de la traducción en España de la última novela de Roth: Elegía (Everyman en inglés). ¿Pura coincidencia o hay alguna razón subterránea? Además, el protagonista es Ben Kingsley, siempre recordado como Gandhi (no se me ocurre personaje más opuesto a David Kepesh) que, casualmente, guarda un extraño parecido con Joao Cesar Monteiro...


Ya veremos cómo aborda Coixet al siempre inadaptable Roth. Miedo me da, pero no caigamos en prejuicios, le daremos una oportunidad.

Portnoy dedicó un par de entradas al libro de Roth:

Carne, Roth y Spencer: Obra gráfica contra Obra literaria
El animal moribundo

lunes, julio 09, 2007

Saldando deudas con Bellow: Las aventuras de Augie March

Recuerdo una tarde de abril de hace un par de años. Estaba en uno de los laboratorios que tenemos durante la carrera, intentando que el motor de un ventilador girara a mayor o menor velocidad según la temperatura ambiente, mientras la ilusión por hacer prosperar un trabajo compartido luchaba por sobrevivir. En uno de los muchos momentos de desesperación, bajé la cabeza cogiendo el diario El país, que en esa época repartían gratuitamente, y empecé a hojear sus páginas. Mi compañera luchaba con el ventilador, intentando que no se comportara aleatoriamente según la calidez de los ojos con que lo mirabas, y se asustó cuando escuchó mi exclamación y me vio saltar de la silla. Había llegado a la sección de obituarios y me sorprendió una foto de Saul Bellow en una pequeña porción de página, insignificante para alguien de su importancia. Lo que me impactó no fue el hecho de su fallecimiento (ya había cumplido los 89), sino que no me hubiera enterado de la noticia hasta un par de días después de suceder. No me explicaba cómo era posible un alcance tan limitado de algo así, similar a lo que ha pasado estos días con Edward Yang. ¿Cómo puede haber una diferencia tan abismal entre un personaje de la farándula y una personalidad de la cultura?



En aquel momento sólo había leído una de sus obras, Carpe diem, que no me embargaba de gozo; más bien me pareció un esbozo, en ocasiones demasiado histérico, de una historia (de un personaje), que podía dar más de sí. Por esa razón, cuando murió me propuse hacerme con alguna de sus grandes obras: "Herzog", "El legado de Humboldt" o "Las aventuras de Augie March". Han pasado dos años (algo más), pero al fin he saldado mi deuda, y con gran satisfacción.

En cierto modo, "Las aventuras de Augie March" era una novela cuya lectura me daba bastante pereza. Nunca me han interesado (y sí cansado) las historias de pícaros al modo "El lazarillo de Tormes" o "El buscón", y a eso, tenía entendido, se parecía el clásico de Bellow. Sin embargo, desde el principio la sensación fue bastante positiva. La infancia del protagonista, la convivencia en esa familia judía tan peculiar, me recordaba los ambientes de algunas novelas de Philip Roth, pero conforme avanzaban y avanzaban las páginas, sólo me venía a la cabeza el personaje de Julian Sorel, de la novela de Stendhal. Y eso que el protagonista de "Rojo y negro" es muy diferente de Augie, teniendo éste un carácter mucho más ingenuo y compasivo, una manera de afrontar la vida no tan centrada en el ascenso social y sí más en una felicidad que se presenta, en todo momento, inasible. Augie es, en definitiva, un alma más cándida. Podemos buscar las similitudes en la simpatía intrínseca, el don de gentes, la malicia juguetona (ambiciosa en uno, entrañable en el otro), la curiosidad, o el afán de aventuras (a menudo inconsciente) y de dejarse llevar y mecer por el destino. En todo caso, Julian es más cerebral y Augie más emocional, lo que configura ambas novelas como complementarias, con tonos completamente opuestos.

Se menciona al comienzo de la narración la frase de Heráclito "carácter es destino", aunque mi impresión una vez terminado el libro se inclina a pensar que estamos más ante una ironía que ante una declaración de intenciones. La ironía de Bellow, al menos en este libro, se manifiesta de manera muy soterrada, a diferencia del Roth más incisivo, aunque ambos comparten un gusto por el fatalismo, la desilusión y la impotencia muy propio de la generación judío-estadounidense a que pertenecen. Una de las cosas que parecen quedar más claras al término de la novela es, precisamente, la imposibilidad de que el propio carácter forje nuestro destino en la vida, de modo que cada avatar, cada jarana del azar, configure el auténtico devenir. Tanto Augie como su hermano Simon, cuyas vidas paralelas se contraponen desde el principio como diferentes maneras de abordar la realidad, observan cómo no logran alcanzar la ansiada felicidad, ni por el camino de la seguridad ni por el del instinto. Impotencia es lo que se trasluce y, me da la impresión, Bellow da a entender que lo único que merece la pena es buscar la felicidad y asombrarnos ante cada pequeño milagro vital, huyendo de la obsesión de alcanzar una plenitud que no puede estabilizarse más que durante el parpadeo de una memoria muda.


La novela tiene algunas partes que me parecen culminantes, rayanas lo sublime, como ese viaje de Augie y Thea (su amor "verdadero") a México para intentar amaestrar un águila algo rebelde. Se palpa ahí un existencialismo que se acerca al sentimiento de las corrientes europeas de Sartre y Camus. En toda esa secuencia, y en alguna otra, conviven el tono realista que suele definir el libro con una sensación onírica, algo imprecisa, que nos hace pensar si todos los instantes de felicidad no son, realmente, meros sueños de los que, más antes que después, tenemos que despertar.

Hay algo extraño en "Las aventuras de Augie March", algo que consigue que se acerque mucho al olor y al sabor de la vida, a la impredicibilidad de lo seguro y a la certeza de lo vago. Porque podemos saber cómo va a ser el día de mañana, qué vamos a comer o cuándo vamos a dormir, pero no tenemos la certeza de cómo lo sentiremos, lo saborearemos, o qué soñaremos. Esa es la aventura de vivir, sea la vida más ajetreada que podamos imaginar o la rutina más incómoda. ¿Por qué no es posible que mañana, en el trabajo, la misma sonrisa de la misma persona nos despierte una emoción que nunca habíamos experimentado?

El autor que se lleva los más altos honores de la literatura norteamericana de nuestro tiempo es Saul Bellow, gracias a su extraordinaria energía e inventiva, y a su sentido del asombro ante el mero hecho de la existencia humana.

Joyce Carol Oates, contraportada del libro.

Lo que yo creo es que la vida, y la novela, es como una práctica de laboratorio que desarrollas durante todo un cuatrimestre. Vas avanzando casi imperceptiblemente, lo que un día funcionaba al día siguiente no hace nada, el fatalismo llega por muy recto que sea el camino, los momentos de armonía son compartidos, y las desesperaciones sólo pueden ser aplacadas por tu pareja: cuando ésta no funciona, todo se hunde.

Uff, ha sonado muy pretencioso (y obvio), pero esto no es más que un divertimento.

PD: se me ha olvidado comentar si Saul Bellow desarrolla en su obra un despliegue de humanismo, como se suele comentar, o más bien compasión, que es lo que yo pienso. Pero lo dejo para otro día.

domingo, marzo 18, 2007

La conjura contra América, de Philip Roth

Uno de los pilares básicos en que se asienta la literatura de ficción, es la capacidad de despertar en el lector una incertidumbre sobre la posibilidad de lo narrado. Esto es, que aquello que se nos cuenta pueda llegar a suceder en un futuro o presente, o haya podido acaecer entre las invisibles rendijas de la intrahistoria. De este modo, Philip Roth decide, en su penúltima novela, prescindir de este arnés de seguridad y lanzarse directo al vacío, contándonos una historia que sabemos que nunca jamás sucedió, y adoptando de todos modos un estilo absolutamente realista. La ucronía que se nos propone en La conjura contra América (Lindbergh, simpatizante de los nazis, se presenta a las elecciones presidenciales por el partido republicano y resulta vencedor, colocando a su país en una situación de aislacionismo en plena Segunda Guerra Mundial) está relatada a la manera de alguna de las últimas novelas de Roth: Newark, barrio judío, costumbrismo, interioridad familiar y silenciosos conflictos que devienen en catarsis; lo que podría ser una novela de ciencia ficción se nos presenta como una narración detallada y absolutamente realista, y el lector va entrando poco a poco y queda con la boca abierta, estupefacto ante la valentía (¿o arrogancia?) del autor y la capacidad de hacernos partícipes. Un auténtico salto al abismo.


Aunque la obra tenga todas las características de Roth (salvo ese pequeño gran detalle), produce una extrañeza algo inquietante el aparente desapego con que está escrita, como si quisiera distanciarse de la acción del mismo modo que un adulto se distancia con los años de la mirada de un niño. Todo está contado, claro, por un supuesto Philip Roth de siete años, y en todo momento nos planteamos la duda sobre la limpieza de la mirada. Nunca sabemos si cada observación, cada reflexión sobre el estado de las cosas, está desarrollada por el Roth niño de los 40 o el Roth narrador que escribe el libro, y de esta manera quedan cubiertas las espaldas ante una visión que podría llegar a ser demasiado unidimensional.

No sé si esa extraña falta de fuerza (algo compensada en los dos últimos capítulos) es una virtud o un defecto, pero creo que las grandes virtudes de la novela, aparte de un retrato siempre vigoroso de los personajes, están en la comprensión de un mundo infantil (ya sea desde una óptica infantil o adulta, poco importa eso) lleno de miedos y traumas, y propenso a los extremos. Es necesario un pequeño detalle para que la mente de un niño te condene para siempre al Paraíso o al Infierno, un detalle que puede resultar tan esclarecedor como intrascendente.


La parte final de la obra ayuda al desconcierto, pues se nos plantean algunas alternativas de desenlace ciertamente disparatadas, que nos hacen plantearnos, como afirma Portnoy en su crítica, si no se tratará todo de una ensoñación del Roth de los siete años.

lunes, julio 31, 2006

Zuckerman encadenado (y IV): La orgía de Praga

La orgía de Praga es la obra, de apenas cincuenta páginas, que sirve de epílogo a las tres novelas anteriores de Zuckerman encadenado. Aquí asistimos a una especie de impostura (una vez más), en la que Zuckerman se convierte en improvisado agente secreto para realizar una misión en la Checoslovaquia comunista que, en cierto modo, se impone él mismo.



No me parece casual que la aventura esté precedida de La lección de anatomía y la crisis personal de Zuckerman, ya que esto nos permite comprobar un interesante paralelismo con la posterior Operación Shylock, donde al cambiar Praga por Jerusalem observaremos una situación parecida en cuanto a las motivaciones íntimas del personaje.


La orgía de Praga es un texto tan exquisito que provoca una horrible sensación al ver cómo el final se acerca a una velocidad vertiginosa. Todo el tiempo da la impresión de que va a saber a poco, pero, una vez terminado, nos damos cuenta de la precisión de lo narrado y lo necesario de la brevedad. Las cuarenta y ocho horas de aventura se evaporan de repente, con la misma sensación que le queda a Zuckerman cuando embarca de vuelta en el avión y percibe que algo que podía haber sido muy grande se diluye en sus manos como un simple azucarillo.


Pero el relato va más allá del Zuckerman íntimo y Roth sigue estableciendo sus relaciones verdad-mentira, realidad-ficción, y reflexionando sobre el oficio de escribir, la necesidad de la literatura, y la realidad política más cruda.

Magnífico epílogo para una magnífica trilogía.



sábado, julio 29, 2006

Zuckerman encadenado (III): La lección de anatomía

Roth nos presenta, en La lección de anatomía, un Zuckerman mucho más alterado que de costumbre. Nuestro amigo Nathan está sumido en una fuerte crisis personal, acompañada de grandes dolores que intenta aplacar mediante las más variadas drogas. En paralelo mantiene una relación con cuatro mujeres que le cuidan y, aparentemente, le mantienen con vida. Ahora podríamos preguntarnos si esos dolores físicos surgen como consecuencia de su inestabilidad mental y emocional o más bien ocurre al contrario. Yo lo veo como un bucle realimentado, en el que cada paso atrás le hace retroceder kilómetros, y donde la espiral en que se haya sumergido no tiene otra salida que batirse de frente con el problema encontrando un apoyo sólido en alguien de confianza.


La situación de Zuckerman va degenerando hasta llegar a extremos de locura y paranoia. No quiero desvelar más datos del argumento, pero la pesadilla (que de una u otra manera está presente en casi todos los libros de Roth) está provocada en esta ocasión por el propio protagonista, arrastrado incoscientemente por sus temores más íntimos y necesitado de una ficción personal con que suplantar su ausencia de actividad literaria.


Me gustaría destacar una similitud bastante clara entre las tres novelas de Zuckerman encadenado (a falta de leer el epílogo La orgía de Praga): todas ellas suponen una búsqueda de sí mismo del propio Zuckerman, y todas finalizan en un momento de replantear la vida después de una catársis física o psicológica. La calma parece terminar adueñándose de todo, como si fuera la única salida posible, cuestionando la utilidad-banalidad de lo vivido, y haciéndonos conscientes de los requiebros morales con que juegan con nosotros las circunstancias que nos rodean. Cada una de estas novelas parece cerrar una etapa de la vida de Zuckerman, y esa sensación reflexiva de cada final nos hacen ser conscientes de ello.


La novela, en definitiva, nos adentra en el mundo del dolor, sus consecuencias y, como dice Portnoy en su crítica, en su forma de exteriorizarlo. Hay mucho de cierto, como se ve en esta obra, en eso de que la literatura tiene su origen en el dolor, sea éste de la índole que sea.

lunes, julio 10, 2006

Zuckerman encadenado (II): Zuckerman desencadenado

Sólo puedo decir que sigo rendido a la maestría de Roth. Empecé esta novela pensando que me encontraría al Roth más lúdico y desenfadado, y así lo parece durante buena parte de la narración. Zuckerman acaba de tener un éxito fulgurante con su última novela y se ve incapaz de asumir su nueva condición de celebridad pública, provocando, una tras otra, situaciones bastante rocambolescas. Roth se saca de la manga un personaje magistral, Alvin Peper, que recuerda de alguna manera al "doble" de Operación Shylock (es igual de patético, igual de pesado, igual de divertido), y ejerce de motor de la historia.

El universo Roth no nos abandona en ningún momento: volvemos al juego metaliterario, a los problemas familiares, a la memoria como elemento traumático y decisivo en los sentimientos y actitudes de Zuckerman... Pero poco a poco la frivolidad se va adentrando en una dimensión más profunda, se trasciende el presente, se convierte el tiempo en algo inexistente y la paranoia se transforma en amargura.
Los terrenos de amor y muerte se alternan con una precisión asombrosa, y al viaje físico que emprende Zuckerman le sobreviene un viaje iniciático, de reencuentro y búsqueda de la propia identidad. Grande Roth de nuevo.


viernes, julio 07, 2006

El Doppelgänger

Acabo de descubrir que existe un término alemán para designar el mito del doble. Parece ser que en algunas culturas es una fábula ancestral mucho más popular de lo que lo es en nuestro país.
Después de de pasar una hora y media con la boca abierta delante de esa absoluta obra maestra de Kristof Kieslowski llamada La doble vida de Veronica, he decidido no escribir nada de ella. Todo lo que pudiera decir resultaría completamente vano ante unas imágenes que hablan por sí solas. Así que una sola recomendación: si no la has visto, hazte con ella ¡ya!, del modo que sea. Así pues, me he parado a pensar en el tema que aborda la película, el del doble, y he visto que ha dado mucho juego en la historia del cine y la literatura.

En primer lugar me he acordado de un pasaje de un libro de Millás que se me quedó grabado a fuego en su momento, así que buscando en Internet he encontrado la frase clave, que pertenece a La soledad era esto.
"Según mi madre, todos tenemos en nuestras antípodas a un ser que es exacto a nosotros... este ser anda, duerme y sufre al mismo tiempo que una porque es nuestro doble y piensa lo mismo que nosotras pensamos y al mismo tiempo..."

Ahora..., te pido un acto de sinceridad: ¿no reconoces haber pensado en algún momento de tu vida que tienes un doble en algún lugar del mundo? Creo que es una idea compleja y que puede tomar matices muy distintos según la mirada con que se aborde.

En la literatura existe una larga tradición en torno a este asunto, comenzando con el singular Gogol, cuya prolongación podemos ver en Dostoyevski, que escribió en El doble una novela fundamental, divertidísima y de gran hondura psicológica, que probablemente sea la obra canónica del tema. En el siglo XX también ha sido algo muy recurrente y que ha dado grandes títulos. Creo que Borges tenía algún relato sobre ello (sí, el tema es inevitablemente borgiano) y, más en la actualidad, dos de mis autores favoritos como Auster y Philip Roth han volcado aquí buena parte de sus obsesiones. En el primero es inevitable pensar en la Trilogía de Nueva York, donde se aborda de una manera críptica, pero presente a lo largo de todo el relato, como inundando el ambiente de una sensación de permanente ambigüedad. Auster habla del doble entre tinieblas, entre las tinieblas de la mente quizás, dotándolo de un aura de irrealidad que nos permiten incluirlo en el infinito subgénero de la literatura fantástica. Roth, sin embargo, parece más aferrado a la realidad y se inventa, en Operación Shylock, una de sus mejores obras, a un doble de sí mismo repleto de ironía y mordacidad, sin perder, de todos modos, el aire de pesadilla que inevitablemente asociamos al tema.

En cuanto al cine la lista sería interminable, desde la obligada referencia al Vertigo de Hitchcock hasta los múltiples plagios que ha desarrollado (y sigue haciendo) su homólogo (casi doble) Brian de Palma (Fascinación, Doble cuerpo, creo recordar que también la última, Femme Fatale, y alguna más que seguro que se me escapa). Pero yo creo que el autor más obsesionado es David Cronenberg, que en muchas de sus obras hace alguna referencia al doble y lo presenta casi como una enfermedad. Lo más obvio es recurrir a Inseparables, con esos dos gemelos a los que da miedo acercarse, pero también podemos volver a Spider, o a su última y magnífica Una historia de violencia, donde lleva el tema del doble a ámbitos más introspectivos y psicológicos. Aunque si seguimos por este camino no podemos olvidar la obra cumbre de Bergman, Persona, o, más claramente, lo último (esperemos que por poco tiempo) de David Lynch, su fascinante Mulholland Drive.

Y en realidad este tema se puede alargar todo lo que queramos, pero con esta somera relación de títulos me doy por contento, ya hablaremos de ellos en algún momento de nuestras insignificantes y parciales vidas...


No sé cómo dormiré esta noche, porque Verónica permanece incólume en mi cabeza; sigo rememorando la amalgama de sensaciones que me ha provocado. Quizás algún día, si logro asentar esos retazos de escalofrío, me anime a comentar algo de ella, pero de momento sólo puedo decir que se ha colocado en lo más alto del pedestal.
PD: ¿parece Irene Jacob una mezcla de Mamen Mendizábal y Amelie o estoy empezando a desvariar demasiado?

martes, julio 04, 2006

Zuckerman encadenado (I): La visita al maestro


Antes de nada, quiero recomendar la magnífica reseña que sobre este libro hizo hace unos meses Portnoy en su blog (aquí) y, después, comentar que siempre es un placer leer cualquier cosa de Philip Roth, sean novelas inmensas e inabarcables o pequeños apuntes de genialidad, como este caso. El americano es uno de los autores más regulares que he leído nunca: muy difícilmente decepciona.

En este caso, La visita al maestro es, como ya se ha dicho muchas veces, una obra menor. Se trata de la primera aparición de Nathan Zuckerman como tal y, comparándola con la narrativa posterior del autor, se puede concluir que parece un esquema de todos los temas y obsesiones que tratará en profundidad en la última etapa de su carrera, probablemente la mejor, que se extiende desde el principio de los noventa hasta la actualidad.

Nathan Zuckerman, aquí veinteañero, se presenta como una prolongación madura de Alex Portnoy, menos exhibicionista y más contenido, pero con los mismos problemas de fondo. Toda la novela se desarrolla en la casa de un admirado escritor del que espera el apadrinamiento literario, más a nivel moral que oficial, y poco a poco vemos cómo la relación va ahondando hasta terrenos movedizos. Aquí todo resulta algo más mesurado y maduro de la habitual, como anticipando su trilogía de la hipocresía moral en Estados Unidos. Así pues, el esquema narativo parece similar al que explotará en profundidad en Me casé con un comunista, con ese juego de dualidades maestro-alumno, vehículo para la expiación de los traumas más recónditos. Por otro lado, se nos presenta una interesante fabulación historicista, con Ana Frank como protagonista de los desvaríos de Zuckerman, en una suerte de manipulación explícita como la de La conjura contra América. Por supuesto, no puede faltar el conflicto generacional, con esa rivalidad padre-hijo que se trata en Patrimonio o Pastoral americana.
Y por último, no podemos olvidar los dos problemas de fondo que remueven toda la acción:
  1. El judaísmo, con una clara crítica a su discurso victimista y el proteccionismo desmesurado de sus miembros, en especial dentro del ámbito familiar.
  2. El sexo como motor de todas las pulsiones del protagonista. Aquí no resulta tan explícito como en otras ocasiones, pero todo se desarrolla a partir del deseo incontenible de Zuckerman por la jovencita que habita la casa del escritor y a quien imagina como Ana Frank.

En definitiva, otra gran novela de Roth, menos ambiciosa y quizás no tan desarrollada como las últimas, pero con todos los ingredientes que lo convierten en el mejor escritor judío de su generación.