martedì 28 agosto 2012

José Bretón, cuidadito

Nunca ha sido mi caso favorito -centro mis odios en el hijo de puta mayor del reino, esto es, en Gerry McCann-, pero la actualidad manda y hoy el equipo de El Comonunca quiere dejar constancia de un par de cuestiones relativas al asunto del día. Hoy les hablaremos de José Bretón.


Admitimos que no tiene pinta de estar demasiado cuerdo y que, al igual que le ocurre a Sánchez Gordillo, pierde puntos porque no está bueno. Por otro lado, que la finca se llame 'Las Quemadillas' es una licencia poética que no se le habría ocurrido ni a David Lynch puesto de peyote, así que no haremos chistes con lo obvio. La realidad es extra-ordinaria. Al caso.


Hoy se ha sabido que la familia de Ruth Ortiz hace tiempo encargó por su cuenta un informe que desacredita a la Policía Científica y revela que los restos encontrados en la hoguera que alguien -presuntamente Bretón- hizo el día de la desaparición de los niños en la finca no son de roedores, sino de niños. Concretamente, de dos, uno de 6 y otro de 2 años, casualmente las edades que tenían los pequeños Ruth y José cuando se les perdió la pista. La precisión es asombrosa.


Al momento, las redes sociales ardían, nunca mejor dicho. Mensajes de tono moderado y amable que efectuaban un análisis crítico de la situación. Veamos algunos de ellos:


Una vez comprobada la buena onda que existe en España, al rato ha salido el ministro del Interior y ha dicho que, bueno, que parece ser que sí hay un niño calcinado, y que tendría unos 6 años. Vale, hemos hallado uno. Nos sigue faltando el otro. No nos salen las cuentas.

("Mí no comprender")

Tanteemos el terreno. Hasta donde yo sé, la finca 'Las Quemadillas' es el escenario de un hipotético crimen. Ha sido rastreada en diferentes ocasiones por policías y, como presunta prueba latente, permanece custodiada por las fuerzas de seguridad, y no es precisamente fácil entrar y llevarse en una bolsa del Mercadona un puñado de tierra -cuanto menos, restos orgánicos- y disponer de ello a conciencia. Por tanto, ¿cómo hizo el experto pagado por la familia de Ruth Ortiz? ¿Acaso se introdujo en la finca con nocturnidad y alevosía, burló el cordón policial y sacó de allí las pruebas que los incompetentes policías, tras analizar mal, habían vuelto a despositar junto a los restos de la hoguera? 

("Está feo")

(Llegados a este punto de la discusión, a un miembro del equipo de El Comonunca se le ocurrió aventurar si acaso los restos que al parecer son humanos proceden de otro lugar distinto a 'Las Quemadillas', pero su ofensa ha sido de tal calibre que lo hemos expulsado del grupo y arrojado al Guadalquivir).


Luego tenemos a Ruth Ortiz. La mujer que quería sonreír y no debía en la entrevista que concedió a Susanna Griso en Antena 3, mi cadena favorita. La mujer que denunció a su ex marido por maltrato un día después de la desaparición de los niños, pero dejando claro entonces que eso era su suplicio y no tenía nada que ver con la pérdida de los críos. La mujer que tuvo fuerzas para sacar lírica del dolor y escribir en una carta tan perfecta eso de:

"Soy capaz de perdonar y olvidar 
si vuelvo a ver sus caritas y a escuchar mamá"

("Qué bonito")

Ruth Ortiz pasó de defender la primera versión oficial -"los perdí en el parque"- a arremeter contra su ex esposo y toda la familia de este en bloque en cero coma. Ruth Ortiz se ha dejado ver poco, y casi siempre con gafas de sol, por lo cual nuestros expertos no han tenido ocasión de analizar del todo su lenguaje no verbal y emitir un veredicto claro. Reiteramos que nuestros expertos se centran desde hace años en otras cuestiones:


Volviendo a la hoguera. En el caso de que, en Hefesto -nunca mejor dicho-, los restos perteneciesen a unos niños, ¿a qué niños? Se ha escrito que es prácticamente improbable sacar ADN de unas muestras tan deterioradas. En este sentido, los restos calcinados podrían pertenecer tanto a los pequeños Ruth y José como al Niño Pintor de Málaga.


Además, dando por hecho que en 'Las Quemadillas' (je) se quemaron niños, ¿quién los quemó? Sin una confesión explícita -recordemos que José Bretón no es el paradigma de la estabilidad emocional, y tampoco está bueno, lo cual juega en su contra-, actualmente existen las mismas pruebas de que ese fuego lo provocase el padre de Ruth y José que de que lo provocase mi abuela, Mar Owen de Take That o Ángel Garó.

(Pena)

Por tanto, no es descabellado conjeturar que, con un buen abogado, José Bretón saliese de esta de rositas.

("¡¿Qué dices?!")

(Otro integrante del equipo de El Comonunca se atrevió entonces a decir que aún es factible que los niños estén vivos y cuidados en algún pueblo perdido, y que esta trama sólo responda a una lucha de clanes de la Andalucía profunda. Ni que decir tiene que, tras pronunciar tal barbaridad, le atizamos con un cenicero en la cabeza. No es el momento de verbalizar tonterías).

Desde este blog queremos felicitar a la cantera de jueces, abogados, criminalistas, científicos y analistas en general que hay en España, aunque lamentamos que pasen su tiempo en Twitter:


Y por penúltimo, a las masas enfurecidas que se llenan la boca con el palabro "justicia" y abogan por linchar a José Bretón, queremos recordarles dos cosas. La primera es esta:


Y la segunda, esta:


Besis.

domenica 26 agosto 2012

Amor amarillo

"La presencia física de Sabina era mucho menos importante de lo que había supuesto. Lo importante era la huella mágica que había dejado en su vida y que nadie podría quitarle".
Milan Kundera. 'La insoportable levedad del ser'.

Eres la persona más egocéntrica, pedante y sencillamente insoportable que conozco, pero estoy enamorada de ti. 


("Qué le vamoh a hazé")

Así podría empezar el SMS que no voy a mandarte, porque decir la verdad, en algunos casos, puede resultar contraproducente. Te quiero mucho, pero no hasta el punto de aguantarte. Supongo que a ti te pasa lo mismo. No que me quieres: que no me aguantas. Cuando alguien no aguanta a otro alguien, el sentimiento de repulsión suele ser recíproco. Recíproco, esa palabra que usaba el Amor de Mi Vida para evitar escribir te quiero. Recíproco. El muy cabrón.


("¡Anda a la mierda!")

Me gusta tener el poder. Todo lo extraordinario es efímero. De no ser así, lo extraordinario pasaría a ser ordinario. Una mierda, que diría aquel. Tocaba besarte con prisas, como si llevara cinco meses sin besarte -es que llevaba cinco meses sin besarte- y hacer inventario de triunfos. Por dónde vas tú, por dónde voy yo, qué países nos quedan por conquistar, a cuántos humanos les hemos impregnado el enormísimo poder. Después, el descanso del guerrero. Jugar a mezclarnos con los seres normales, con los que hace tiempo que se mueven por inercias y no se cuestionan nada. Y luego, separarnos, no definir en absoluto la hoja de ruta y continuar la misión. Sé el secreto para cambiar el mundo.


("¡Estupendo!")

Yo en realidad hoy quería escribir sobre Sánchez Gordillo, el cual adolece una pega para que su mensaje tenga calado: Sánchez Gordillo no está bueno.


(Véase)

No sólo no está bueno, sino que su apariencia clama a gritos que tiene, cuanto menos, lepra sida piojos. Su mensaje, no obstante, me parece correcto, como especialista en robos hurtos que me considero -véase mi experiencia en Amsterdam, Zürich y Oporto, maravillozo-, aunque lo de si es conveniente alimentar a andaluces merecería un debate aparte. Lo que desde la dirección de El Comonunca sostenemos es que, si Sánchez Gordillo fuera, pongamos, así:



... iríamos todos -mujeres y maricones, la base de la sociedad- en masa a asaltar supermercados y acabaríamos con el hambre en el mundo en un par de siestas. Pero Sánchez Gordillo es así...



... y no motiva al personal, no arenga a las masas, no termina de ganarnos de calle. Al igual que aquellos mineros...



... que una noche tomaron la villa y de los que se supone que teníamos que tomar ejemplo, pero que ya nadie sabe dónde están, al igual que nos ocurre con Jaime Bores.



En realidad me preocupa más lo de Jaime Bores. Pero sigamos con el asunto cursi que nos ocupa.


("Qué le vamoh a hazé")

Hoy me has vuelto a decir que puede conseguirse todo. La frase es casi tan manida como las de nada es imposible, nunca dejes de soñar, salvad a las ballenas, lega-legalización. Sin embargo, en todo proceso comunicativo que vaya a alguna parte lo que importa es el emisor. No el mensaje, su contenido, su esencia, ni siquiera importa el canal. Importa el emisor.


("Mí no comprender")

Ejemplo práctico. Cuando, con once años, mi abuela me decía que me comiese una manzana, porque sus no-sé-qué nutrientes eran buenos y necesarios, le hacía el mismo caso que Bebe al champú, que Falete a la dieta o que Mariano Rajoy a su conciencia, esto es, ninguno. Cuando, diez minutos después, me lo decías tú, me metía ipso-facto la pieza de fruta a la boca y a media tarde complementaba con un zumo de naranja. Natural, de la güerta, con grumos asquerosos, apasionante.



Hoy me has vuelto a decir que puede conseguirse todo. No te pienso explicar por qué tú y yo somos la prueba de que claro que se puede. Aunque a veces me gustaría. No explicártelo a ti, pero sí fardar. Fardar ante los humanos que nunca creyeron en mí, los que me brindaron una risa mala cuando yo les exponía un deleite quizás demasiado solemne. Los que, paradoja, con su desprecio me dieron la fuerza para ganar y ganarte. He ganado en todo.



Paseamos juntos por Madrid y nadie nos mira por la calle. Fabuloso. Hemos dejado los estertores de la fama en otro contenedor, para que no molesten, para que no hieran. La fama es una consecuencia, no una meta, como vivir en la capital era un medio más que un fin, y a los dos se nos ha quitado casi del todo de la cabeza hacerlo. Que una pareja así de normal anormal esté cambiando el mundo no se le pasaría por la cabeza a alguien racional. Pero se me pasó a mí, el milenio pasado, y las que estamos locas a veces hacemos cosas extrañas: a veces, oh, cumplimos nuestros sueños.



giovedì 9 agosto 2012

Y yo quiero seguir jugando

Me alisté en el ejército sin saber que me enamoraría de ti. El ejército estaba bien dispuesto, organizado, con una jerarquía definida y un buen trato hacia los soldados rasos. Nos dispensaban el rancho y hasta cigarrillos, nos instruían en el fragor de la batalla y nos corregían si el ímpetu del principiante amagaba con estropear alguna partida. Tú por entonces eran un infiltrado. Tenías sangre de mercenario y permanecías agazapado, dentro de las filas, sin hacer demasiado ruido, latente. Quizás que me enamorara de ti no estaba en tus planes, pero te empeñaste en ello –por aburrimiento, por reto, tú lo sabrás– y al hacerlo conseguiste un aliado. Una aliada que tenía como credenciales la juventud y la promesa de una laureada carrera por delante. Pero me afilié a tu secta por algo más grande que la vocación, que el orgullo y que las ganas: lo hice por una pasión.

Quemamos noches a solas perfilando las estrategias. A solas y con otros mercenarios que también albergaban el ansia de destrozarlo todo. Tú eras nuestro líder y nuestro oráculo. Me hablaste de la necesidad de romper el sistema, la jerarquía, el ejército entero. Cuando lo hiciéramos, refundaríamos la idea, pero entonces sería diferente: entonces tú serías el jefe. Y yo, a tu lado, sería la primera dama, la reina que sólo se arriesga al final de las operaciones clave. O así me lo imaginé, eso nunca lo dijiste. Acepté tus mociones sin preguntarme si en mi fuero interno estaba de acuerdo con ellas. También me convertí en mercenaria.

Cuando descubrieron tus planes y te expulsaron del ejército, quise caer a tu lado. Inmolarme, como esas mujeres hindúes que se lanzan a la pira del esposo muerto, ser tu víctima colateral. Pero tú preferiste que siguiera dentro. Que siguiera infiltrada. Fui entonces tus ojos y tus manos en las filas enemigas. Podías seguir preparando un golpe interno y nadie sospecharía de ti, porque aún nadie sabía que te amaba por encima de la traición, por encima de mí. Y traicioné. Como la Sabina de Milán Kundera, traicioné lo que quería sin llegar a preguntarme si quería traicionarlo. Así es como fui asalariada del enemigo, de las personas que tú más odiabas, del ejército al que ya nunca pertenecerías. Me asqueé. Trabajar para gente aborrecida mermaba mis soles y contaminaba mis lunas, aunque mis lunas las pasase acariciándote el pelo y escuchándote vomitar odios que no te llevaban a ninguna parte. Quise desertar. Irme contigo, unirme a tu causa, dejar de comer si era necesario con tal de más nunca mirar a los ojos a aquellos que te habían hecho daño. Me fui sin que me echaran. No me acordé entonces de que, como dijo Vida, quien se va sin que lo expulsen, vuelve cuando le da la gana.

Al poco me expulsaste tú. Dejé de servirte y de acariciarte el pelo. Dejé de ser tu subordinada y tu aprendiz. Dejé de valer la pena. Desterrada del ejército y de tu cuerpo, pasé dos años vagando, inventándome un hogar, cerrando los ojos, tentando de lejos otros ejércitos a los que acudir. Me cambié de nombre tres veces y de tinte otras tantas. Me cambié de ciudad y acaricié el pelo de otras personas. No fue fácil acordarme de quién era yo antes de ser tu segundo de a bordo. Cuando me di cuenta de que quería volver a mi casa, y como si lo hubieran olido, me llamaron. El ejército aún existe. El ejército, aunque mermado, se acuerda de que yo una vez hice guardias y masqué heridas en trincheras en las que no todo el mundo sobrevive. El ejército, que ya no te recuerda, me daba otra oportunidad.

Y tú te quedaste solo, tan solo como has deseado estar siempre, gritando desde tu dolmen aislado en el desierto, bramando que todos y cada uno de nosotros damos asco y damos pena. Que no resistiremos las embestidas del invierno. Que nos diezmaremos y nos moriremos víctimas de nuestra propia jerarquía. Que no sabemos luchar, que merecemos deshonra. Que nos hemos olvidado de cuál es nuestra guerra.

Y ahora dentro, miro tu trinchera sin nostalgia. Porque ya no es tu trinchera. Desde ella me explicaste cómo se odia y como se muerde la mano que te da de comer, pero nunca me explicaste que la lid puede convertirse en hermosa si se hace con amor. Jamás te gustó la palabra ‘amor’. A mí tampoco, no te creas. Sé que Cupido es hijo de una puta y un loco, sé que amar mucho puede resultar contraproducente, pero también sé que no amar nada acaba por pudrirte la piel, las ganas y los desvelos. Se lucha mejor sin tus ojos. Se lucha mejor sin tus desprecios.

-Señorita, déjese de tanta lírica. ¿Firma usted el contrato?
- Por supuesto.

lunedì 6 agosto 2012

Porto, tocado y hundido

Há metafísica bastante em nāo pensar em nada.
Fernando Pessoa.

En Oporto he descubierto que soy fea, que no me quiero morir todavía y que no hay capricho que colme un deleite. Ya debimos olernos algo cuando la pantalla de Ryanair explicó claramente cómo era nuestro vuelo:



Sin embargo, Carlota y yo asumimos el riesgo y nos subimos a una aeronave que tenía la misma consistencia que el carisma de Mariano Rajoy, que la carrera musical de Nahuel o que mi relación con el Señor X, es decir, ninguna. Del vuelo prefiero no dar detalles, no me gusta recrearme en el miedo. Sólo diré que a punto estuve de meterme yo misma la moneda debajo de la lengua y que acabé rogando a Zeus, ¡A ZEUS!, para que las nubes nos salvaguardaran.


("¿Sí o qué?")

Una vez en la ciudad -añeja, gris, con ropa tendida en las ventanas y una pátina de melancolía sucia en las aceras-, Carlota y yo nos hospedamos en un hotel emplazado en la plaza de los Desvalidos -no se llama así oficialmente, pero así la bautizamos tras una primera observación de las gentes tullidas que se daban cita en la zona-, dejamos los bártulos en la habitación e hicimos fotos de nuestros pies con el único cuadro que adornaba nuestros aposentos.



Y ahora, sin más preámbulos, pasemos a desgranar el...


¡¡¡Top Ten de maravillas de Oporto!!!

10. Marketing desafortunado.
Lo que es ganas, ganas, como que no dan de entrar en esta tienda, ubicada a los pies de la Torre de los Clérigos:



9. El poeta enamorado.
Arnaldo Gama seguramente será un señor importante, mi incultura no lo sabe y yo no voy a ponerlo en duda. Pero, para nosotras, hallar su estatua a los pies de la fortaleza de Oporto fue un shock. 



Porque la efigie de don Arnaldo, oh, nos recordó poderosamente a la de otro poeta, valenciano, grande, amigo de este blog y autor de versos tan celebrados como aquel de...


¡El amor es poderoso!


Fue hermoso.

8. Gastronomía razonable.
En Oporto degustamos platos buenos y baratos, como este combinado universal, del cual rogué al camarero no colocasen el huevo frito sobre el filete, infructuosamente claro...



... y este otro llamado aletheia de caça. Hace gracia, porque es como caca, pero no:



Eso sí, la última noche nos desquitamos. En la misma plaza de los Desvalidos, Carlota y yo nos metimos entre pecho y espalda una bandeja de frango a la brasa para cuatro que sólo nos costó 5 euros por cabeza. El sueño de Arias Cañete. Bueno, en realidad Arias Cañete soy yo.



7. El enormísimo poder.
Las estatuas de Oporto se descojonan de todo. De la mugre, de los turistas, de los mendigos que atiborran la ciudad, de nosotras mismas. Véase este ejemplo hallado en la plaza del Ayuntamiento...


("¿Sí o qué?")

Y este otro rapaz que, junto a sus clones, sostiene una enorme mole de uvas, seguramente una ofrenda al mismísimo Baco:



Me parece bien que las estatuas callejeras de Oporto se lo tomen todo a pitorreo. Peor sería lucir en lo alto,  perfecto, impoluto, solemne, como si tuvieras un palo metido por el culo:



6. La ducha explícita.
Curioso fue descubrir la incuestionable forma fálica de la ducha de nuestro cuarto, como si los responsables del hotel se hubieran percatado de que sus huéspedes eran dos chiquillas que necesitaban un sucedáneo de varón:



Quede claro que Carlota y yo andamos bien servidas, especialmente desde que mantenemos sendos noviazgos con los hijos de Esperanza Aguirre. Pero no nos gusta hablar de nuestras vidas privadas.

5. Viva la Diva, viva Victoria.
Un síntoma de que la igualdad de género está cada vez más cerca lo podemos encontrar en este escaparate luso, donde quien luce el vestido de novia es claramente un transexual. Mención aparte merece también el zagal de las rastas de la izquierda, que se ha vestido de persona para asistir al enlace, seguramente oficiado por Pedro Zerolo. Bravo.



4. La librería de Lello está sobrevalorada.
Ni su fachada supone un gozo para los sentidos...



... ni su interior -al que está prohibido echar fotos, por lo cual le eché una foto- supone una explosión de belleza inefable que marca al humano que tiene el privilegio de adentrarse en su seno.



Así que ver la archifamosa y renombrada librería de Lello me produjo el mismo impacto visual que ver esto:


('Cuadrado negro'. Kasimir Malevich. Museo Estatal de Rusia)


3. La belleza de lo feo.
Nadie se hace fotos con el AVE que va a Albacete (ay, Albacete), pero todo el que pisa Oporto se lleva a su casa la instantánea del pequeño tranvía que recorre sus cuestas, con toda la obsolescencia del orbe y un poso de autenticidad que gusta. En un mundo eclipsado por las nuevas tecnologías, donde las auroras boreales se ven en el iPad, da gusto encontrar de vez en cuando infraestructuras cochambrosas. Son souvenirs en movimiento.




2. Viva el vino.
Apuntarse de gratis a la visita guiada a la bodega más antigua de Oporto estuvo bien, principalmente porque nos pimplamos saboreamos una copa de tinto sin pagar un céntimo y vimos un gatete gordo en la puerta del establecimiento:


(Gatete gordo)

Uno de los integrantes de nuestro grupo de profanos quiso saber, y así se lo preguntó a la guía, qué se hace con las maderas de los barriles que ya se han hecho mayores para albergar caldos en su interior. La chica admitió que no tenía ni idea. Y yo le hice una foto a los toneles y luego me apoyé en ellos, como nunca se debe hacer. Puse en riesgo mi vida por segunda vez en 24 horas y salí ilesa. Soy una superviviente.



1. Y si no te desesperas.
De contemplar desde el teleférico, con lluvia, los tejados de las casas ubicadas en la ribera del Duero puede que salga una novela, pero va a ser que no. No obstante, les hicimos una foto:



Carlota dice que Oporto es añejo y hermoso. Claro que también dijo que se iba a encargar ella de redactar la crónica del viaje y mirad quién acaba firmándola. Las promesas de los humanos no son de fiar. Odio a los humanos.


("Qué le vamoh a hazé")

Cuando ya nos disponíamos a volver a volver, y volver a rezar apoltronadas en ese avión de Ryanair, me percaté de que apenas había sustraído adquirido ningún souvenirs de Porto, quitando el hermoso gallo que sustraje cogí prestado casualmente me eché al bolsillo sin que mediase transferencia económica de por medio regalé a Carlota. Ella adora esos gallos.



Pero para mí mismamente no había cogido nada, y eso había que remediarlo. Me acerqué a un establecimiento de periódicos, libros y otras cosas perniciosas y lo primero que me saltó a la cara fue esto:



¡¡Un cuaderno del metro de Atenas!! ¡¡Un cuaderno del metro de Atenas vendido como souvenirs en una tienda de Oporto!! Fuera de lugar, absurdo, maravilloso. No sé si creo en las señales -en realidad, no sé prácticamente nada-, pero juro por la Estigia que esa libreta me estaba mirando. Me estaba reprochando el andar perdiendo días y billetes en caprichos, en lugar de centrarme en pisar la única tierra que quiero pisar. Cuando has encontrado tu lugar en el mundo, seguir buscando es de imbéciles.


("Qué bonito")

Ni que decir tiene que me lo eché al bolso -pagándolo y todo- y que lo tengo sin empezar, porque la primera palabra que quiero escribir en él no quiero que sea caça ni engue. En el fondo me encantan los rituales. Soy muy gilipollas.


("Podría ser peor")

De Oporto no he aprendido nada y quizás un día lo olvide. Tengo 102 fotos en el álbum y otras tantas en la cabeza, donde decía el Amor de Mi Vida que se archivaban de verdad los recuerdos. El capricho ha valido para inaugurar Agosto brindando a la orilla de un río bonito. Próxima estación, esperanza. Como dice la canción.



(Si Carlota se comporta como una mujer formal, en breve tendréis la versión buena del viaje en este mismo blog. Todo lo que yo he puesto me lo he inventado. Y ahora voy a colgar una canción que no tiene nada que ver, porque no habla de Portugal ni de Grecia ni de Laponia, donde en realidad hemos estado, bueno, no. Un besi).