Lo que más me gusta en el mundo es escribir. Me gusta más que un costillar del Foster, más que un orgasmo vaginal, más que una semana en Atenas a gastos pagados, más que Risto Mejide al otro lado de la cama.
("Are you sure?")
Cuando era joven pequeña, el entretenimiento de todas las tardes-noches –después de hacer los deberes y merendar el zumo y la fruta, sí, mamá, que voy– pasaba por enganchar un cuaderno y escribir. Mi hermano prefería apedrear gatos y colgarlos de los árboles hacer cosas más de imbécil de chico, aquí la nena quería escribir. El regalo más bonito que me han hecho en la vida me lo hizo mi padre una vez que me trajo un pedazo-libro que se había encontrado junto a un contenedor, un pedazo-libro encuadernado y todo, más grande que yo, con las tapas marrones y unas letras de imprenta grabadas en dorado que rezaban:
ESTUDIO DEL CONTROL DE LOS ESFÍNTERES Y LA ENCOPRESIS.
UNIVERSITAT DE VALÈNCIA
Y, al abrirlo, estaba en blanco. Más de 500 hojas en blanco. Se me pusieron los ojos como platos, que diría el tópico. Con toda la paciencia y la ilusión del mundo, ahorré la paga no-sé-cuántas semanas hasta que pude comprarme en la papelería –porque en los 80 había un montón de papelerías– un rotulador gordo y dorado con el que inaugurar el libro, la primera hoja, escribiendo a lo grande, con mimo y devoción, el nombre no sólo del cuento que quería inventar, sino de quien seguramente tenía la culpa de todo. Yo tenía 9 ó 10 años, no lo sé. Y así hasta ahora.
Ficción a tope –lo de escribir los diarios, que también, va por otro lado–, me nacieron unos personajes que se bautizaron solos. Y hubo ligues, desastres, fiestas, playas, madres, padres, amigos, sueños y Sueños, dudas, bombas, drogas, violaciones, tumores en el cerebro, un poco de rollo periodístico cuando me equivoqué de carrera entré en la facultad, magia, amor y mitología, como dice la etiqueta.

Betty y Claudia, mis pijas favoritas, tienen zapatos de muchos cientos de euros, y yo tengo 15 hijos libros, mi tesoro. A ellas les choca mi afición, igual que a mí me choca que luzcan un bolso de 150 euros y no se les caiga la face de la vergoña. Cuanto más vieja me hago, más roja me vuelvo. De vez en cuando suelto discursos al borde de la demagogia, sobre esas cosas de los oros del Vaticano y el hambre en Somalia, sobre lo gastado y soberbio del capitalismo y en ocasiones sobre la conveniencia de eliminar regular la propiedad privada. Quizás es que soy cortita, pero creo que el hecho de que haya personas durmiendo en los cajeros de mi ciudad choca con la Declaración de Derechos Humanos. Pero, basta, que yo he venido aquí a hablar de mi libro mis mieddas.
Gracias, don Enrique, por fin algo de sensatez. Sigo con la paja mental.
La vida 2.0 es apasionante, porque aquí puedo explicar abiertamente cómo perpetré lo del Códice Calixtino sentimientos estúpidos y con mi familia no. Desde que, por circunstancias de las circunstancias, paso la mañana y la sobremesa en el nido, ejerciendo más de madre que de hija tanto de hija amantísima como de cocinera seudo-eficaz, y luego adecentando suelos, fregando platos, tendiendo y des-tendiendo ropajes y básicamente ocupándome de sus mis labores, el relax no está en meterme en un bar: está en volver a mi casa. Aquí me esperan el Códice Calixtino y Madeleine McCann otros libros requete-bonicos, haciendo una fila cuasi perfecta a la izquierda de mi cama, aguardando su turno. También me esperan las fotos, mi colección de estatuas de dioses paganos y mis gatetes de peluche. Y me esperáis vosotros, seres virtuales de mis entretelas.

Algunos parecéis buenas personas, unos pocos sois evidentemente genios, otros sin duda sois unos verdaderos imbéciles, y luego están los poetas con bigote, que esos son dignos de admiración. No obstante, el 80 por ciento de vosotros sois gentuza. Por eso me niego a des-virtualizaros, porque la decepción promete ser superlativa. Ay.
(¡SUSTO!)
La vida 1.0 pasa a su ritmo, pero apetece lo justo hablar de ella. Mi amigo Mikel, que tiene menos dinero que yo, se ha presentado esta mañana en mi casa pidiéndome una barra de pan y unas latas de atún que llevarse a la boca. Le he contestado que eso se lo daría a un desconocido, le he pegado un guantazo y me lo he llevado a comer a casa de mis padres. Paqui ha vuelto a la pescadería, y me ha dado tal abrazo cuando he ido con Mikel a por las viandas de hoy que sospecho que de Grecia me he traído una colega. Mañana tomaremos café e intuyo que tocará llorar. Miedda de melancolía. Mi amiga Luz se ha quedado sin casa y le piden mínimo 200 euros por una habitación. Entre eso y lo que manda cada mes a su madre y hermanas en su Bolivia natal, no llega. He comenzado a deshollinar mi cuarto de adolescente para que pueda instalarse cuando antes a él. Rose, de Movistar a Vodafone en plena Jornada Mundial de la Juventud, afirma que rezará por mí, que ella tiene mano, que el Catolicismo mola, y yo la quiero tanto que hasta eso se lo consiento, ya ves tú qué cosas, tolerancia y esas mieddas a mí, que oficialmente no tengo sentimientos. Ay.
Tras bregar con la vida 1.0, quando torno a casa me apetece veros leeros. Porque sois lo más parecido a los lectores que de joven de cría imaginaba que tendrían mis hijos. Y, como soy imbécil, me hace ilusión y todo.
Además de imbécil, soy mala madre, porque nunca he movido un dedo por ninguna de mis criaturas. En Septiembre lo pensaré. O no.
Han pasado veinte años desde que mi padre se encontró ese libro en blanco -que evidentemente conservo-, y desde que yo rotulé por primera vez las cuatro letras que me lo inspiraban todo, del nombre de los nombres. Ya no tengo del todo claro quién creó a quién, ni si él me inventó o viceversa, pero seguramente ambas circunstancias, imposibles en el tiempo y el espacio del mundo de los racionales humanos, son perfectamente factibles en la locura sublime que, vive Dior, me ha tocado. De la locura sublime que no cambiaría por una de esas vidas prefabricadas y bien vistas, tan iguales y grises como esos ‘copy-paste’ a los que hoy honramos.
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EXTRA BLOG :)
A estas harturas de la película, creo que no he terminado su cuento ni él ha terminado el mío. Pero me da que eso es lo que mola...