Olvídate de tener el mundo a tus pies
con los pies en la tierra
Para
ver si te quiero quise a ti más que a él, he hecho la prueba de los
politonos. La he hecho de madrugada, para desazón de mis vecinos.
Primero, poner a berrear al Nokia con la canción que sonaba cuando
tú me llamabas, canción que lleva más de tres años sin sonar. A
continuación, poner la que sonaba cuando me llamaba él, canción
que no llevo contado el tiempo -y me da igual- que lleva sin sonar.
El resultado ya lo sabes. Por algo te estoy escribiendo esta entrada
a ti.
Cuando
te conté que intentaba rehacer mi vida, me dijiste que el amor era
ciego, tonto e inevitable. Nunca te gustó la palabra amor. No pasa
nada. La cursilería ya la llevaba yo de serie. Qué coño, en
realidad no me apetece escribir sobre aquel tiempo a tu lado.
Hubo
un tiempo en el que no soportaba seguir viviendo en la misma ciudad
que tú. Y me fui. Ya te lo conté. Lo de la huida y eso. Estuve dos
años sin deshacer la maleta, y había días que me despertaba sin
saber en qué país me encontraba. Amsterdam, París, Madrid, Lisboa,
Oporto, Santiago, Vigo, Atenas, Agistri, Barcelona. Todas esas
ciudades también te las debo a ti.

A
ti te debo el Dadá e, indirectamente, el haber conocido el secreto
para cambiar el mundo. Aunque lo andase buscando antes de
encontrarte, nunca lo hubiera sabido de haber seguido contigo. Nunca
habría visto amanecer en Granada sobre las rodillas del seguramente
verdadero Amor de Mi Vida. Nunca habría tenido Malasaña, ni la
Boquería, ni La Latina, ni Carlota, ni Sue, ni Nano, ni una escala
en Zurich, ni mil fotos de China en un smartphone sin teclado. Nunca
habría tenido una hija, ni habría leído 'Caso abierto' en la arena
de El Postiguet. Nunca habría sabido que tenía un ángel, porque
quizás no habría necesitado tener un ángel. Ni Daniel Higiénico,
ni un cumpleaños en el Hydra, ni las alarmas del Cabaret Voltaire en
su día libre.

Ahora
me alegro de volver a tener una casa. De volver a vivir en la ciudad
donde tú vives. Porque cualquier día puedo cruzarme contigo por la
calle, eso que antes tanto me aterraba y ahora tanto me ilusiona me da igual. La
vez que pasó, temblé demasiado. Ahora creo que ya no temblaría.
Está bien que no duelas.

Antes de ser el Amor de Mi Vida, fuiste el colega de mi vida. El maestro de mi vida, el tío al que admirar, de quien aprender, a quien consultar. El puto pedante que veía cine iraní en versión original, que leía tostones de Saramago y escuchaba filarmónicas imposibles que a mí sólo me provocaban sueño. El que no soportaba que yo viera 'Gran Hermano' y 'I love Escassi'. El que estaba de vuelta de todo y no ocultaba que era incapaz de ser fiel a una mujer. Un puto desastre de amigo. El puto desastre de colega por el que cancelé una estúpida boda con un menos estúpido novio de toda la vida. Ni siquiera despegaste los labios cuando el imbécil de mi hermano te lo contó. Porque siempre has sido un gilipollas. Mi gilipollas favorito.
Pero contigo tuve un orgasmo en Atenas. A ver quién supera eso.
Nunca
me has insultado, nunca me has puesto la mano encima, nunca me has
estafado, nunca me has humillado, nunca me has ignorado y nunca me
has destrozado a conciencia. Lo único que hiciste fue ser un
adúltero de libro, un cabrón con pintas, y dejar de quererme. Pero
querer no es cuestión de voluntad. Sé que lo intentaste. Pero no es
cuestión de voluntad. Dejaste de quererme tú antes de que lo
hiciera yo, pero no pasa nada. Hace nueve años y un mes que eres el
Amor de Mi Vida, y estoy muy orgullosa de que seas tú.
Soy
feliz por saberme afortunada de haber vivido contigo.
Cómo
mola quererte cuando ya no te quiero.